SOBRE LOS SIETE NIÑOS DE ECIJA
POR D. RAMON FREIRE GÁLVEZ – 2004

CAPITULO - 1

Exequias fúnebres que se hicieron en la ermita de Sierra Morena por el alma de Don Alfonso de los Ríos, a la que asistieron los Niños de Ecija, marchándose luego después a verificar un robo a la carretera de Sevilla, y todos sus pormenores.

Aún iluminaban el horizonte algunas estrellas, y el negro manto de la noche iba desapareciendo paulatinamente en el hermoso cielo de la gran Sierra-Morena cuando el tétrico y retumbante sonido de las campanas del modesto santuario de los ermitaños de Córdoba, saludaban la aurora, y llamaban a la oración a los místicos moradores de aquella mansión agreste y pintoresca. El alegre cántico de un sin número de diferentes avecillas daban á conocer que los rayos del sol sustituirían en breve a las pálidas sombras de la noche. Los penitentes ermitaños abandonaban sus pobres y pajizos lechos dirigiéndose al templo, en el que se anunciaba un solemne funeral; todo se hallaba prevenido para este acto; pero aún no resonaban en el santo recinto los ecos fúnebres, cuando de repente se escuchó el confuso tropel de las pisadas de algunos caballos, y poco después entraban en el templo siete hombres lujosamente vestidos en trajes de campo; sus tostados rostros, siniestras miradas y desenvuelto continente, estaban muy distantes de armonizar con sus lucidas ropas y menos con la devoción y penitencia á que se consagraban los ermitaños de aquella Sierra, formando un contraste tan admirable y chocante las numerosas armas que llevaban.

No dejó de sorprender á los penitentes eremitas la aparición de aquellas veinte personas; pero como á las conciencias tranquilas y de pobreza extremada nada de la tierra les intimida ni acobarda, empezaron sosegadamente sus rezos; cuyo solemne acto pareció querer imitar los personajes que acababan de entrar, pues se arrodillaron respetuosamente en seguida de llegar el sacerdote revestido de negro al pie de altar, y dio principio la misa funeraria; concluida esta y después los responsos ordinarios, se retiró el sacerdote á la sacristía; a poco rato le siguió uno de los siete individuos que habían asistido al acto religioso y alargándole un bolsillo lleno de monedas de oro, le dijo: Padre, esta pequeña cantidad que os entrego la invertiréis en misas por el alma del caballero cuyo fúnebre aniversario acabáis de celebrar y que espero se cumplirá en esta capilla durante mi vida; os suplico, pues, padre mío, que encarguéis a estos santos eremitas le encomienden á Dios…Y una lágrima ardiente corrió por la tostada mejilla del individuo que alargaba el bolsillo, pareciendo hallarse poseído de la mayor agitación. Pasó por su rostro un riquísimo pañuelo blanco, y apretando la mano del sacerdote salió precipitadamente del templo seguido de sus compañeros. Pocos momentos después se alejaban galopando en siete briosos caballos, dirigiéndose hacia la carretera.

Ni el religioso que acababa de recibir tan crecida cantidad para misas, ni ninguno de los ermitaños pudieron atinar quienes fueran aquellos siete pasajeros desconocidos, máxime cuando el funeral se había mandado celebrar hacía siete días par un caballero también desconocido, pero que no era ninguno de los que habían asistido á él.

En el mismo día, aunque á hora mas avanzada, se celebraba en una de las principales parroquias de la ciudad de Córdoba el mismo fúnebre aniversario, con la diferencia de que aquí resaltaba la pampa y la magnificencia, al paso que en la ermita de la Sierra todo era pobre, solitario y modesto. Una gran orquesta acompañaba las concertadas y armoniosas voces de cien sacerdotes, y el templo enlutado e iluminado con profusión, si no inspiraba más devoción y recogimiento que el de los pobres ermitaños, demostraba un culto tan esplendente como el que puede ofrecer un potentado a la sagrada casa del Altísimo.

Un inmenso gentío, más bien, tal vez, por curiosidad que por devoción, asistía á los funerales. Sobre el negro mármol se hallaban una hermosísima señora como de unos 34 años y una hechicera joven de 16; ambas se hallaban enlutadas, y vertían lágrimas sobre la tumba de Don Alfonso de los Ríos, que hacía un año que había sido muerto de una estocada en una de las calles de la ciudad, y cuyo aniversario ó cabo de año se estaba celebrando. Estas dos agraciadas criaturas eran la esposa é hija del difunto Don Alfonso, cuya pérdida lloraban amargamente.

Concluida la fúnebre ceremonia, fue la concurrencia desocupando el templo, y las dos enlutadas señoras salieron las últimas, acompañadas de algunas personas. Pocos momentos después se hallaban en la sala principal de una bellísima casa, cuya arquitectura y moblaje daban a conocer el exquisito gusto de sus dueños.

Varias personas de ambos sexos rodeaban á las señoras del duelo, y durante algunas horas no cesaron de entrar y salir gentes, que por amistad o etiqueta visitaban la casa, y en aquel día iban á dar o repetir el pésame y prodigaban algunos frívolos consuelos á la madre é hija del infortunado Ríos, que pertenecía á una de las principales familias de la población. Las dos de la tarde serian, cuando estando la sala llena de concurrentes, se presentó una raquítica figura de hombre, de pelo rubio, abultada cabeza y torcidas y delgadas piernas, que llamó la atención de los circunstantes al ver sus grotescas maneras de saludar, los que no pudieron menos de soltar la risa, á pesar del triste objeto que les había reunido en aquella casa. El hombrecito, sin cuidarse mucho de las risas á que había dado margen la ridiculez de su figura, se acercó en ademán sentimental a dar el pésame a las señoras de la casa, Claudia y María, que así se llamaban la esposa é hija del difunto don Alfonso, quienes le dieron las gracias par tan piadosa atención, mandándole sentar cercano a ellas, como a procurador que era de sus litigios. Efectivamente, el hombre pigmeo era uno de los procuradores del tribunal jurídico de la ciudad; colocado entre las dos señores repitió el pésame compadeciéndose y aún vertiendo alguna que otra lágrima porque no se había podido descubrir a los autores del asesinato del malhadado Ríos, cuyas virtudes y abnegación, ponderaba con entusiasmo, y al hablar de este crimen y otros de igual naturaleza, frecuentes por desgracia en Andalucía, dijo el procurador: A propósito, señoras, ¿saben ustedes que á las once de esta mañana han sido robados, por los Niños de Ecija, cuantos pasajeros se dirijan desde esta á Sevilla? Pues sí, señores, continuó el procurador, esos bandidos que siempre son siete aunque el día antes de cometer un asalto hayan muerto cuatro de ellos, acaban de repetir uno de los innumerables robos con que tienen atemorizado al país; y aún hay más desgracias que lamentar, y es que el señor don Juan Antonio de los Ríos, hermano mayor del finado esposo de esta buena señora, se lo han llevado á la Sierra por no haberles podido facilitar las sumas que se le exigían; y ya se ve, el buen señor no llevaba más que el preciso dinero para el viaje; pues ya saben ustedes que en Sevilla tiene inmensos bienes que le dejó su tío , cuya mitad litiga esta señora. Yo, aunque procurador contrario, siendo le haya sucedido esta fatalidad, que le costará muchos miles; pues los Niños de Ecija no son mozos que se contenten con poco; Doña Claudia y su hija mostraron gran sentimiento por este fatal incidente, y los concurrentes, al oír la noticia, se despidieron, dejando á las señoras de la casa solas con su procurador.

La hermosa viuda, dirigiéndose al pequeño procurador, le dijo:

– Y bien, señor don Anacleto, ¿creéis que suceda algún grave mal á mi señor cuñado, á quien, según decís; se han llevado los bandidos?

– Señora, respondió el procurador, yo juzgo que el único mal que podrá sucederle, será el de soltar algunos miles, pues los Niños de Ecija, no habiendo resistencia armada, solo quieren dinero y nada de sangre.

– No obstante, repuso doña Claudia, se dice que cometen muchas atrocidades y yo sentiría infinito que a mi hermano político le sucediera una desgracia, a pesar de lo mal que se ha portado con nosotras y del desprecio con que siempre nos ha tratado.

– Sois demasiado generosa, señora; otra en vuestro lugar desearía venganza, pues don Juan Antonio, como hermano mayor de vuestro esposo, se llevó el pingüe mayorazgo de la familia, sin habernos socorrido en nada desde que una mano alevosa os dejó en el mayor desamparo; y no contento con haberse llevado cuanto pertenecía a vuestros padres políticos se ha hecho dueño también de los inmensos bienes de su tío, pretextando le dejó en su testamento por único y universal heredero, en razón al desigual enlace que con vos había contraído su hermano Don Alfonso.

– Y ¿qué queréis?, repuso doña Claudia; los bienes de mis padres políticos son todos de mayorazgo y por consiguiente le han correspondido como hijo mayor; y los del tío Don pedro, como murió célibe y no tenía herederos forzosos, pudo dejárselos, desheredando a mi esposo por haberse casado conmigo, que soy una pobre, y una pobre que no tiene padres conocidos; ¡que horror! Doña Claudia se cubrió el rostro con las manos y luego se abrazó a su hija, sollozando las dos amargamente.

El procurador continuó impasible:

– Efectivamente, los bienes de vuestro suegro corresponden todos al gran mayorazgo, y por consecuencia pasaron a Don Juan Antonio, como hijo mayor, quedando excluido vuestro esposo como segundo; ley que es preciso acatar aunque traiga consigo la monstruosidad de que un hijo, tal vez el más malo, se lo lleve todo porque nació primero, y los demás, por buenos que sean, se quedan sin nada por haber venido al mundo después ¿Y por qué creéis se estableció esta injusta desigualdad entre unos mismos hermanos?. Pues no tiene otro objeto que el de mantener el lustre de un apellido y perpetuar el nombre de una casa, amortizando bienes para uno, que pudieran hacer felices a muchos. De cualquier manera, prosiguió el Procurador, vuestro señor cuñado se ha portado como un tirano; pues jamás debió hacer pasar a vuestro esposo por las humillaciones vergonzosas con que todos le vimos desde que enlazó con vos. Después de haber quedado viuda, ya habéis visto lo que ha sucedido, no os ha mirado la cara, a pesar del desamparo en que os veía, y en cuyo miserable estado no hubierais podido subsistir a no ser la mano bienhechora que por mi conducto os socorre con prodigalidad.

– Todo esto es verdad, contestó Doña Claudia; y a propósito de ello, voy a reiterar mis súplicas con vos a fin de que me digáis qué persona se halla tan interesada por nosotras, que después de regalarnos esta hermosa casa, nos remite por vuestro conducto cuantas cantidades son necesarias para vivir con la decencia y comodidades que gozamos. Mi hija y yo os pedimos encarecidamente nos deis a conocer a ese protector generoso, a esa alma bienhechora que vela sobre nuestras necesidades; porque sabed, don Anacleto, que es cruelisimo recibir tan singulares beneficios de una ignorada mano que no podemos besar y estrechar contra nuestro corazón.

El procurador, algún tanto conmovido, dijo:

-Un juramento solemne, del que pende mi existencia, me imposibilita el revelaros quién es vuestro favorecedor; basteos saber que lo hace porque debe la vida a vuestro esposo, y puedo aseguraros que sin conoceros os ama entrañablemente, a más de facilitaros cuanto necesitáis para vuestra subsistencia, me da las cantidades necesarias para la continuación del litigio que vuestro esposo dejó entablado contra su hermano don Juan Antonio, por los bienes que posee de su tío don Pedro.

-Respeto esa modestia, repuso doña Claudia, pero al menos servíos expresarle nuestro indecible agradecimiento y vehementes deseos de conocer a un mortal generoso. El pleito que seguimos contra mi cuñado, soy de opinión que se abandone, ya por no ocasionar más gastos a nuestro desconocido protector, y ya porque hallándose discordes los testigos y no pareciendo el codicilo, es imposible una solución favorable.

-En verdad que no ofrece el mejor aspecto el litigio, contestó don Anacleto; pues el testamento otorgado por el tío de vuestro esposo, deja, como he dicho, por único y universal heredero a vuestro cuñado don Juan Antonio, excluyendo de toda participación a su difunto hermano don Alfonso, por haber empañado el lustre de su familia con su enlace con vos; y aunque dos testigos han declarado que lo fueron presentes, con otros tres, de un codicilo otorgado posteriormente en Madrid por el mismo don Pedro, y en el que quedaba a vuestro esposo por heredero, revocando en esta parte las disposiciones del anterior testamento, al evacuar las citas el escribano, ante quien dicen se otorgó este codicilo, niega el hecho y lo mismo los tres testigos citados, de manera que contra dos testigos hay tres y el escribano, cuya prueba no es fácil de rebatir. Esto se lo he hecho saber más extensamente a vuestro favorecedor para que se abandonase el litigio, pero lejos de ello se empeña en que se siga a todo trance.

-¡Qué hombre tan singular!, exclamó doña Claudia, tal vez haya conocido a los autores de mis días y por eso redoble su interés por nosotras.

-Es demasiado joven para haberlos conocido, repuso el procurador, lo único que sabe y eso porque se lo han dicho, es, de que un mulato se llegó una noche a hora avanzada a la choza del hortelano Fabricio, y le entregó una niña recién nacida y sin bautizar, dándole en el acto un bolsillo lleno de oro y la mitad de un pergamino, que no es posible leer su contenido sin que se le una la otra mitad; que encargó muchísimo el cuidado de la niña a Fabricio y que solo la entregara al que presentase la otra parte del pergamino que le dejaba; le prometió que todos los años recibiría igual suma a la que contenía el bolsillo y desapareció sin que a él ni a la cantidad prometida se les haya vuelto a ver. Vos, que erais una niña, quedasteis en la choza de Fabricio con riquísimos pañales, la mitad del pergamino y un retrato de un joven como de treinta años, que era, sin duda, el de vuestro padre, cuyas prendas conserváis cuidadosamente. El hortelano os hizo bautizar y os adoptó por hija, a cuyo lado crecisteis, hasta que don Alfonso de los Ríos, quedando prendado de vuestras gracias, os eligió por esposa, casándose en secreto, que descubierto por sus padres, acudieron al rey, quien le despidió del servicio, pues ya sabéis era guardia de Coros. Esto es lo único que sabe vuestro protector respecto a vos. A vuestro difunto esposo le debió su vida en cierto lance y este es el motivo de sus deferencias; ni él sabe más, ni yo puedo manifestaros otra cosa.

Madre e hija quedaron meditabundas y el pequeño procurador se despidió de ellas pretextando tener que ir al tribunal a cerciorarse de lo ocurrido en la carretera de Sevilla con los Niños de Ecija.