SOBRE LOS 7 NIÑOS DE ECIJA
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ

CAPITULO - 2

Secuestro hecho en la carretera de Sevilla en la persona de don Juan Antonio de los Ríos.- Providencias de la autoridad para perseguir a los bandidos y lo que hicieron estos con el secuestrado en un subterráneo.

Mientras que en la ciudad de Córdoba se comentaba de diferentes maneras el robo verificado aquel día en la carretera de Sevilla, salían diferentes partidas de tropa en persecución de los bandidos, y el tribunal de justicia se ocupaba en instruir el oportuno sumario en averiguación del hecho, tomando para ello declaración de los robados, que todos habían llegado a la ciudad menos Don Juan Antonio de los Ríos, que se lo habían llevado los ladrones. Algunas gentes incautas atribuían este suceso a castigo del cielo, ya por el mal comportamiento que había tenido Ríos con su hermano, y ya por haberse ausentado de la población el mismo día que se celebraba su aniversario; desprecio irreligioso que anatematizaban los fanáticos.

Serían las doce de la noche cuando Córdoba yacía en el más profundo silencio, solo en la casa de Don Juan Antonio se notaba alguna agitación emanada, no del pesar ni tristeza por lo acaecido a su dueño, sino discurriendo el mayordomo, ama de llaves y criados el modo mejor de hacer cada uno su pacotilla, si los Niños de Ecija tenían el antojo de despacharlo al otro mundo; pensamiento y deseo criminal, que es muy frecuente en la mayor parte de los fervientes. El señor Ríos era un rico solterón, sin otros parientes cercanos que su cuñada Doña Claudia y su sobrina María, de quienes no hacía el menor caso. Era enemigo de hacer favores y no tenía otro pensamiento que atesorar moneda; con tales dotes no es extraño careciese de amigos que sintieran su desgracia.

En aquella misma noche tenía lugar otra escena en un profundo subterráneo que se halla en lo más escabroso de Sierra Morena. Tres hombres mal carados y armados de trabucos, pistolas y puñales, se hallaban sentados en secos troncos de encina fumando tranquilamente; entre ellos se miraba un caballero pálido, desencajadas sus facciones, y como si se hallara cercano a la muerte. Los cuatro rodeaban una tosca mesita de pino, sobre la cual se notaba un tintero de asta, una caja de obleas y algunos pliegos de papel. El más apuesto de los tres armados, que al parecer sería el capitán, se dirigió al caballero, diciéndole:

-En todo el día de mañana necesito dos mil duros para cubrir cierta deuda sagrada que tengo contraída, espero señor don Juan Antonio que usted me los facilitará sin falta alguna si es que no prefiere se empleen en misas por su alma; no hay más remedio amigo mío; los ricos es preciso que socorran a los necesitados; ahí tenéis todo lo necesario para escribir a vuestro mayordomo a fin de que mañana, sin falta, entregue los dos mil duros a uno de mi cuadrilla que hallará por bajo del Morro de esa cumbre.

-Me es imposible daros la crecida cantidad que me pedís, señor capitán, contestó dando un suspiro don Juan Antonio de los Ríos, que era el caballero que se hallaba en el subterráneo; es verdad que tengo bastantes bienes, pero también es cierto que sostengo muchas obligaciones y…

Sin dejarle concluir, le repuso con ironía el bandido:

-Señor Ríos, el capitán Padilla, jefe de los bravos Niños de Ecija, tiene una numerosa policía secreta que le notifica, sin engañarle jamás, cuanto ocurre en todas las poblaciones de España y muy particularmente de Andalucía; por consecuencia, no ignora los crecidos gastos que tenéis que hacer para sostener a vuestra cuñada y sobrina con la decencia que exige el decoro de vuestro ilustre nombre; también sé lo mucho que empleáis para socorrer a los pobres y no obstante, os exijo dos mil duros que necesito para pagar el espionaje que me hace saber vuestras recomendables prendas y las de otros, con que podéis escribir a vuestro mayordomo para que mañana traiga la mosca, si no lo hace, a estas horas habréis cenado con Dios; elegid.

Padilla encendió otro cigarro con la mayor tranquilidad.

Don Juan Antonio tomó la pluma y temblando de miedo y cólera, escribió a su mayordomo, pintándole su triste situación y mandándole que a todo trance trajera a la Sierra del Morro cuarenta mil reales; y concluido entregó la carta al temible Padilla, quien le dijo:

-Está bien, mañana al amanecer estará en poder del sujeto a quien va dirigida.

Y levantándose del asiento, se dirigió a uno de sus subordinados, diciéndole:

-Juanito, tú quedas encargado de custodiar a este caballero; yo te avisaré oportunamente lo que debes hacer con él.

Y Padilla con otro de su cuadrilla desaparecieron introduciéndose a gatas por un agujero que había en el subterráneo, que daba entrada a una estrecha y tortuosa galería, la que concluía en una estrecha boca, como la de una cueva, cubierta de ramaje. Los dos bandidos salieron por ella volviéndola a tapar con maestría, y echaron a andar silenciosamente por una estrecha senda. Al cabo de una hora se reunieron con otros cinco que se hallaban tendidos sobre ricas mantas y siete arrogantes caballos comiendo abundante cebada. Al llegar Padilla se levantaron y le saludaron con respeto, poniéndose en el momento todos a cenar unas gallinas asadas, jamón en dulce y sabroso salchichón, acompañado de sendos tragos del añejo de Montilla. El centinela que había quedado con Ríos en el subterráneo hizo lo mismo que sus compañeros, convidando a su huésped, que no quiso aceptar. Comiendo estaban aquellos, cuando sintieron ruido entre la maleza que se hallaba a su frente.

-¡Quién va!, preguntó con ronca voz uno de la cuadrilla.

-Lagartija, respondió otra voz no menos ronca.

-Adelante, dijo Padilla, con la mayor calma; y enseguida se presentó un hombre, que por su tez cobriza, vestimenta y modales, parecía ser gitano; dio las buenas noches y Padilla se separó con él a un lado, e interpelado por el capitán, contestó Lagartija:

-A las dos de la tarde se supo en Córdoba el asalto que habéis hecho en la carretera y que os habíais traído a Don Juan Antonio de los Ríos. Inmediatamente salieron tres partidas de caballería en vuestra persecución, la primera en dirección al sitio de la ocurrencia, la segunda marchó al lado opuesto, hacía el Carpio y la otra, que es la más cercana a vosotros, se internó en esta parte y duerme esta noche en el cortijo de la Condesa; todo esto lo averiguó el ratón del procurador don Anacleto y me lo dijo; y habiéndoseme avisado del sitio adonde os hallaréis esta noche, salí de Córdoba con mi caravana de caballerías, que he dejado a una hora de aquí y he venido a daros la noticia para que os dirijáis por terrenos que no recorran las partidas.

-Muy bien, amigo Lagartija, le dijo Padilla, dándole una palmada en el hombro; mañana te hallarás apacentando tus caballerías al pie de la Ermita; allí llegará uno de los nuestros y te entregará mil duros, que inmediatamente darás al feo de don Anacleto, pues a estos curiales es preciso tenerlos contentos, porque son más temibles que una legión de mil caballos. Toma tú esa cantidad y repártela entre los amigos que sabes; y le alargó una docena de onzas de oro, que el gitano cogió con ansia. El capitán continuó: Amigo mío, por ahora no puede ser más, pues todos mis asaltos no bastan a satisfacer las cargas que pesan sobre mi, porque a más de tener mil amigos a quien premiar los servicios que me hacen, tengo que contentar a otros mil que, sin serlo, me convienen más que todo.

Volvieron a reunirse a los seis, que aún estaban bebiendo y después de hacer partícipe del banquete al gitano, montaron a caballo y partieron con ligereza. Lagartija se dirigió a pie al sitio donde había dejado su caravana, que halló sin novedad. Los Niños de Ecija no se sabe la dirección que tomaron.

A las cinco de la tarde del día siguiente, un hombre de mal talante se hallaba en la cumbre de la montaña del Morro atisbando con sumo cuidado el camino de Córdoba; más debajo de él había un hermoso caballo, aunque encubierto en el ramaje de las retamas y robles. Una hora después se veía caminar en dirección al Morro otro hombre montado a caballo, el que al gran trote fue acercándose hasta llegar a la inmediación del que se hallaba en la cumbre; este preparó su trabuco echando el quién vive, a lo que contestó el que se acercaba, haciendo alto:

-Soy el mayordomo del señor Ríos.

-Adelante, dijo el centinela.

Reunidos, el recién llegado entregó al que esperaba cuarenta mil reales en monedas de oro, que el bandido contó como el más escrupuloso cajero, y después dijo al mayordomo:

-Está bien; solo resta poner en libertad a vuestro amo, pero para ello es preciso que anochezca.

Conformándose el otro con esta digresión se sentaron ambos y el bandido sacando unos ricos cigarros habanos, alargó uno al recién venido para entretener el rato fumando, hasta que apareció la noche, a cuyo tiempo se levantó el satélite de Padilla y dijo al mayordomo:

-Ha llegado el momento de dar libertad a vuestro amo; pero para ello es preciso os resignéis a cierta operación indispensable; y sacando del bolsillo un pañuelo se seda le vendó perfectamente los ojos; luego le ayudó a montar a caballo, asegurándole que nada tenía que temer. Montado ya el cordobés, el bandido le ató las manos con objeto de que no pudiese separar con ellas la venda que le privaba de la vista; y tomando del rendaje al caballo, fue en busca del suyo, montando con ligereza en él y principió a caminar.

Más de dos horas anduvieron de este modo y en cuanto hicieron alto, el facineroso tocó un pito, se hallaban cercanos al subterráneo donde estaba preso don Juan Antonio de los Ríos. Apenas su guardián oyó el silbato, cuando levantándose precipitadamente, dijo:

-Ha llegado el momento de daros libertad, pues esta es la señal de que han entregado ya vuestro rescate. Y vendándole los ojos igualmente que al mayordomo, le tomó de la mano y le sacó de la caverna en que había pasado más de veinte y cuatro horas mortales. Llegado adonde estaban los de fuera, le montaron en la misma cabalgadura del mayordomo, atando juntos amo y criado, y caminaron conduciendo el bandido de la mano el caballo que los llevaba. Después de cuatro horas de marcha hicieron alto y el que había servido de guardián del señor Ríos les ayudó a apearse y devolvió la vista quitándole el pañuelo de los ojos y se abrazaron con alegría viéndose libres de los malvados Niños de Ecija. Tomaron la dirección hacia Córdoba, de donde se hallaban a cuatro leguas de distancia, pero sin poder atinar, ni aún remotamente, ni el camino que habían traído ni menos el sitio donde podría hallarse el subterráneo que había servido de prisión a Don Juan Antonio. El guarda de la caverna se dirigió a Ecija y el que había cobrado los cuarenta mil reales en dirección a las Ermitas, donde encontró al gitano Lagartija, quien recibió de aquel los mil duros que Padilla le había ofrecido, para que se los diese al procurador de los tribunales de Córdoba.