SOBRE LOS 7 NIÑOS DE ECIJA
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ

CAPITULO - 3

Regreso de Don Juan Antonio de los Ríos a Córdoba.- El Juez de dicha ciudad toma declaración a los ermitaños acerca de la asistencia de los Niños de Ecija a los funerales de Don Alfonso de los Ríos; y los consejos que da Don Juan Antonio a dicho Juez respecto de las sospechas vehementes que infundían su cuñada Doña Claudia y su sobrina María de estar en connivencia con los bandidos.

Tan luego como en Córdoba se supo la llegada de don Juan Antonio de los Ríos, se llenó su casa de gente, más bien movidos de la curiosidad y por escuchar de su misma boca lo que le había ocurrido, que por interés a su persona; él les satisfizo relacionándoles cuanto le había sucedido desde el momento en que fue cogido hasta su regreso, sin omitir que su rescate le había costado cuarenta mil reales. Los más curiosos le preguntaban si efectivamente no eran más que siete los ladrones, de cuyo número no pasaban nunca, y si no calculaba el paraje hacía donde estaba la caverna en que había estado preso. Ríos, le contestó que los ladrones no eran más que siete bien montados, pero el que quedó con él en el subterráneo no era ninguno de los siete que habían salido a la carretera, pues que lo habían conducido y sacado de él con los ojos vendados. En esta conversación se hallaban cuando entró el juez que instruía la causa, con cuyo motivo se retiraron las visitas dejándoles solos. Ríos hizo la misma relación al juez añadiendo que aún cuando los Niños de Ecija nunca se presentaban más que en número de siete, se podía asegurar que pasaban de setecientos los afiliados a la partida; así, pues, se notaba que cuando cogían o mataban alguno de ellos, era al momento reemplazado por otro, siendo aún mayor el número de los encubridores y espías que el de los hombres capaces de arrojarse al campo. El juez participó a Ríos la poca luz que daba el sumario respecto a los que patrocinaban a los bandidos, los que, según una declaración, habían estado en la ermita de la Sierra y aún oído misa horas antes de cometer el robo en la carretera de Sevilla; asegurándole pasaría a dicha ermita con objeto de examinar a los ermitaños acerca de la ocurrencia. Y se despidió de Ríos, quien deseaba y necesitaba descanso.

Al siguiente día de la llegada de don Juan Antonio, el juez de Córdoba, acompañado de escribano, alguaciles y tropa, se personó en la ermita y tomó declaración a todos los ermitaños sobre la gente armada que había oído misa en su santuario que, efectivamente, siete hombres armados, cuyas señas dieron, se habían presentado en la ermita y asistido a una misa funeraria que un caballero desconocido había mandado celebrar por el alma de don Alfonso de los Ríos; y el sacerdote añadió: que uno de los siete armados había entrado en la sacristía y le había entregado dos mil reales para misas en sufragio del mismo señor Ríos, sin que pudiera decir otra cosa, pues que no había conocido al caballero que le encargó el funeral ni a los siete que asistieron a él. Confrontadas las señas que dieron los ermitaños con las que ya habían dado los robados, no cupo ninguna duda al juez que los hombres que habían allí oído misa eran los mismos que habían robado en la carretera y secuestrado a don Juan Antonio de los Ríos, hermano de don Alfonso, por cuya alma parecía que tomaban interés los siete bandidos. Practicadas todas estas diligencias regresó a la ciudad y participó al don Juan Antonio los misterios que encerraban las declaraciones que acababa de tomar. Ríos, cual si hubiera sido iluminado o más bien seducido por un infernal espíritu, dijo al juez:

-Todo está descubierto, señor mío, os lo patentizaré. Mi cuñada, cuyos padres ignora ella misma, fue abandonada al nacer por quien la había dado el ser y entregada por un mulato a Fabricio el hortelano, que compadecido de la criatura o esperando grandes recompensas, la bautizó y dio a criar a una hermana suya, adoptándola por hija; la niña creció a su lado y al llegar a ser moza desplegó una belleza extremada junto con un extraordinario talento. Por aquella época mi hermano don Alfonso, que servía en Guardias, vino a Córdoba con real licencia, y como tuviese una cabeza ligera y amante de novelescas aventuras, principió a hacer el amor a aquella joven, y tuvo la debilidad de efectuar su casamiento con ella clandestinamente, cuyo delito no se supo hasta nacer mi sobrina María; desde entonces ninguno de la familia volvió a hablarle y mi tío don Pedro, que le quería más que a mí, le desheredó completamente en su testamento, pues el supuesto codicilo que dicen hizo en Madrid, es una solemne falsedad, como tengo probado; más no obstante, mi hermano entabló el litigio, que mi cuñada sigue con terquedad. Muerto mi hermano de una estocada hace un año, quedaron mi cuñada y sobrina en el mayor abandono y miseria, pero cuando se creía que empeoraría su suerte, se ha visto, con asombro, que han comprado una magnifica casa, en la que viven con un lujo que llama la atención; además de esto, continúan un pleito que les cuesta muchos miles y nadie puede atinar de dónde sale tanto dinero. Unidos estos antecedentes a la misa funeraria mandada celebrar, sin duda, por alguno de los bandidos, a la que asistieron los siete que me secuestraron el mismo día, y unido también el antecedente de haber dado uno de ellos dos mil reales para misas por el alma de mi hermano, son pruebas irrecusables de que mi cuñada y sobrina sostienen una grande intimidad con los Niños de Ecija, quienes las proporcionan cuantos recursos necesitan.

Al juez le llamaron la atención las observaciones, al parecer, tan convincentes, pues efectivamente todo era exacto; pero la irreprensible conducta de Claudia y María rechazaban las pruebas de su complicidad y trato con los ladrones, cuya objeción hizo observar a Ríos, quien contestó. Mi cuñada tiene talento para ocultar los mayores crímenes bajo el hipócrita velo de una conducta religiosa y sin mancha. Por otra parte, los Niños de Ecija tienen tantos espías y protectores, que se entran con la mayor serenidad en las más populosas ciudades, viviendo y divergiéndose entre nosotros, pues quien los conoce no los delata, antes les patrocina y auxilia; de este modo ¿qué extraño es que vengan a Córdoba a emplear el fruto de sus robos en diversiones y galanteos, y que mi cuñada y sobrina sean las ocultas mancebas de estos vándalos? Por último, por los antecedentes que he dicho y resultan de la causa, juzgo que se está en el caso de averiguar, al menos, la mano por donde le vienen estos recursos.

El juez, convencido con las razones de Ríos y creyendo descubrir los cómplices de los Niños de Ecija, se decidió a providenciar la prisión de doña Claudia y María con el embargo de todos sus bienes.

A la misma hora, poco más o menos, entraba el gitano Lagartija en el despacho del procurador don Anacleto y le entregaba mil duros de parte del capitán de los Niños.

Por la noche se dirigió el procurador a la casa de doña Claudia y la entregó diez mil reales, quedándose él con notros diez mil por la agencia y para seguir el pleito. Doña Claudia y su hija, al mirar aquella cantidad, volvieron como de costumbre, a instar al procurador, y ofreciéndole el mayor sigilo, para que les manifestase su ignorado protector; pero el procurador se negó, como otras mil veces, a satisfacer la curiosidad, más ellas no dudaron entonces de que aquellos auxilios les eran enviados por el padre natural de doña Claudia, que casado, tal vez, con otra que no era la madre de dicha señora, se veía obligado a socorrerlas por medios tan ocultos. El procurador se despidió de ellas, pretextando ir a sus curiales ocupaciones.