SOBRE LOS 7 NIÑOS DE ECIJA
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ

CAPITULO - 5

Llegada de Padilla por segunda vez a las Ermitas de Córdoba.- Historia de la muerte de don Alfonso de los Ríos.- Logra el célebre facineroso inclinar a uno de los ermitaños a favor de las presas.

Doña Claudia y María se habían mejorado, gracias al exquisito cuidado de su médico y del joven oficial Adolfo, que no se había separado de la cabecera de sus camas y María al volver de su delirio, no pudo menos de sorprenderse al mirar a su lado al joven militar, en cuyo semblante se veía retratado el dolor, la generosidad y los nobles sentimientos; este la prodigaba toda clase de consuelos manifestándola que la intriga, la envidia y las malas pasiones habrían sido causa, sin duda del atropello que se había usado con ellas, pero que esperase en Dios se pondría en claro su inocencia. El confesor de dichas señoras, por su parte, hacia lo mismos, extendiéndose a preguntarles qué mano era la que las socorría desde la muerte de su marido, pues sabía que en esto se cifraban la mayor parte de las sospechas que contra ellas resultaban. Doña Claudia y su hija le manifestaron con la mayor sencillez, y como lo habían hecho ya en confesión, que los auxilios que recibían era por mano de su procurador don Anacleto Oñate, quien jamás había querido al decirlas el nombre de su protector ni dónde se hallaba. El confesor, que había examinado y dirigido sus conciencias muchos años, no tenía la menor duda de su inocencia, pues conocía a fondo sus virtudes y buenas costumbres. Despidiese de ellas manifestándolas que iría a las Ermitas de la Sierra con objeto de rogar a Dios por la pronta aclaración de su inocencia y suplicar al sacerdote director de aquellos santos anacoretas, muy amigo suyo, que hiciese lo mismo. Adolfo, a quien correspondía salir de guardia, tuvo que despedirse de las dos presas, ofreciéndolas volver a visitarlas, a pesar de su incomunicación. La inocente María no pudo menos de dejar correr algunas lágrimas al despedirse del joven oficial que tanto interés tomaba por ellas.

Cuando llegó a las Ermitas el confesor de doña Claudia y su hija, los ermitaños se hallaban orando, a cuyo acto religioso les acompañó, rogando al Todopoderoso iluminase al tribunal de justicia para que aclarase la inocencia de sus espirituales hijas. Concluida la oración, salieron del santuario los ermitaños, y el confesor al avistarse con su amigo se saludaron con fraternidad y se dirigieron ambos a un cerro inmediato, en cuyo sitio corrían las cristalinas aguas de una fuente; el eremita no pudo menos de extrañar la tristeza de su amigo el religioso de Córdoba y en su vista le interpeló cariñosamente diciendo:

¿Qué pesar os atormenta, oh carísimo hermano, qué os arrebata la alegría con que solíais venir a visitarme?

-¡Oh amigo!, respondió el confesor, me hallo afligidísimo por una desgracia que sucede a dos de mis predilectas hijas de confesión y le manifestó minuciosamente cuanto ocurría a doña Claudia y su hija, sin omitir que solo el procurador don Anacleto podía sacarlas de aquel apurado trance, manifestando quién era el sujeto que por su conducto las socorría. El ermitaño consoló a su amigo diciéndole que la cosa no presentaba gran dificultad, pues que el procurador declararía, a no dudar, la mano que las socorría, puesto que las circunstancias le obligaban a quebrantar el secreto que hasta entonces había guardado; lo único que hacía perder las conjeturas y devanar los sesos a estos religiosos, era la misa funeraria mandada decir en el templo de las Ermitas por un desconocido en sufragio del alma de don Alfonso de los Ríos en el crítico día en que se celebraba su aniversario o cabo de año en Córdoba, chocándoles aún más la asistencia a ella de los siete Niños de Ecija, y los dos mil reales que dieron para invertirlos en misas para sufragios del mismo Ríos, esto para los dos religiosos era un misterio que no acertaban a explicar por más que hacían.

El confesor de las dos señoras no omitió medio para interesar a su amigo el ermitaño, manifestándole también lo ocurrido desde que doña Claudia la condujo el mulato de recién nacida a la choza de Fabricio, el hortelano, hasta su prisión. El ermitaño se estremeció y mudó el color al oír nombrar el mulato conduciendo la niña recién nacida, pero repuesto un poco de la agitación, dijo con decisión al confesor: mañana temprano que se aviste conmigo este procurador de las desgraciadas señoras, a ver si encuentro un medio de salvarlas, si es que son tan inocentes como aseguráis. Consolado con eso el padre confesor, tomó el camino de Córdoba para avisar al procurador.

El solitario, agitado sobremanera y como si estuviera poseído del más grande pesar, se retiró a su ermita y arrodillado ante la imagen del Redentor, oró fervorosamente hasta las diez de la noche, que le sacaron de su piadosa ocupación tres fuertes golpes que dieron a su puerta; se levantó para abrir a la persona que llamaba y ¡cuál sería su sorpresa, cuando vio entrar al mismo hombre que le había entregado el bolsillo en la sacristía después de concluida la misa por el alma de don Alfonso de los Ríos!. Padilla, que era el mismo que acababa de entrar, dijo con fruncido cejo al sacerdote de las Ermitas:

-Padre, bien a mi pesar os vuelvo a ver en hora bastante incómoda; pero tenemos que ajustar algunas cuentas y antes de zanjarlas y colgar del campanario a cuantos habitan estas ermitas, deseo oír de vuestra boca los motivos que habéis tenido para causar con vuestras declaraciones la ruina y desgracia de dos inocentes criaturas; os hablo, padre mío, de la esposa e hija de don Alfonso de los Ríos, que se hallan presas porque habéis declarado tenían una conexión íntima con mi cuadrilla, y esto es lo que vengo decidido a castigar esta noche.

El solitario, a quien las amenazas del bandido no atemorizaban, le respondió con calma:

-Señor mío, nuestra misión en la tierra no es la hacer daño ni aún a los mismos criminales; ¿cómo, pues, queréis hayamos perjudicado a dos personas que decís son inocentes? Posteriormente al día que asististeis al funeral por el alma de don Alfonso de los Ríos, dándome dos mil reales para los invirtiese en sufragios por su alma, vino a estos solitarios lugares el juez de Córdoba y nos tomó declaración acerca de esta ocurrencia y declaramos sencillamente la verdad: ¿qué culpa, pues, tenemos de las coincidencias, sospechas o realidades que puedan resultar contra las dos señoras que tanto os interesan?

Padilla, sorprendido de aquella serenidad y convencido de la inculpabilidad del padre y de los ermitaños, se inclinó ante él y tomándole una de sus manos, le dijo:

-Padre, os pido humildemente perdón por mi imprudente ligereza, y os suplico me escuchéis en confesión; séame lícito hacer un bien entre tantos males como causo. El sacerdote, conmovido, le apartó la mano, diciéndole:

-Derramad en mi pecho cuantas penas atormentan al vuestro; Dios es grande y bondadoso y la religión ofrece los más eficaces consuelos a todos los mortales, por pecadores que sean, si se acogen a su amparo. Padilla, sin variar de posición, se expresó así:

– Hace poco más de un año, padre mío, que dejando a mi cuadrilla a dos leguas de Córdoba, me introduje en la ciudad con objeto de pasar la noche al lado de una pérfida mujer a quien amaba con delirio; entrado en la población en una oscura y tenebrosa noche, me dirigí a su casa sin avisarle, como antes lo había hecho de la hora de mi llegada y como yo tuviese una llave secreta de la puerta, la abrí sin dificultad y llegué sin ser sentido hasta su misma habitación; ¡cuál sería mi sorpresa cuando vi que a su lado dormía tranquilamente un hombre para mi desconocido!. El furor, los rabiosos celos, la cólera del infierno se apoderó de mi pecho y me obligó a coserles a puñaladas sobre el mismo lecho que había servido a su infidelidad; no despertaron más padre mío, desde el sueño momentáneo de esta vida pasaron al eterno descanso. Cometido este acto de justicia, a mi parecer, vuelto a salir de la casa, pero apenas pasé los umbrales de su puerta cuando me vi acometido por cuatro hombres, cuyas brilladoras espadas dirigían contra mi pecho; disparé mi trabuco y uno de los agresores cayó exánime en tierra; pero los otros tres, lejos de desmayar con la muerte de su compañero tornaron a acometerme nuevamente, hiriéndome en varias partes y hubieran concluido con mi existencia a no haber aparecido como milagrosamente un bizarro caballero, que desenvainando su espada se puso a mi lado, privando a mis adversarios concluyeran de matarme. Como yo no tenía más armas que el trabuco descargado, pues el puñal se había quedado sobre el lecho de mi criminal querida, no podía ayudarle en casi nada, y mientras volví a cargarle tuvo que sostener el combate contra los tres, lo que hizo con valentía; pero al atravesar con su espada el pecho de uno de los combatientes, otro de los dos que quedaba en pie, le dio una estocada por la espalda haciéndole caer al suelo. Entonces ya había yo cargado mi trabuco, que disparé tan acertadamente que sus cuatro balas pudieron embotarse en los sesos de los dos únicos contrarios que quedaban. Cinco victimas había costado la infidelidad de mi querida; más mi valiente defensor aún respiraba y exhalaba algunos dolorosos gemidos; le tomé en mis brazos y a la escasa luz que prestaba un farol del alumbrado público, pude reconocer en él al noble y bizarro don Alfonso de los Ríos, a quien yo conocía, aunque sin relacionarme con él; traté de conducirle a la casa de un facultativo, fuese cual fuese mi exposición, pero don Alfonso me dijo:

-Caballero, no os incomodéis en procurarme remedios que serían inútiles, yo estoy herido de muerte y dentro de poco me hallaré ante la presencia de Dios. Os recomiendo a mis queridas esposa e hija, a quienes dejo abandonadas en este mundo, cuidad de ellas y socorredlas si podéis.

Yo le juré atender a sus necesidades con cuanto tuviera, y que las protegería hasta perder mi existencia. Ríos apretó mi mano y exhaló el último aliento.

Aquí tenéis padre mío, todo el secreto. Salí de Córdoba, reuniéndome con mi cuadrilla a quien no conté nada de lo ocurrido. Desde aquel día, por conducto del procurador don Anacleto Oñate, mi antiguo conocido, socorro a las pobres señoras con cuanto les hace falta y puede contribuir a hacerlas menos amarga la muerte del malhadado don Alfonso; ellas no me conocen ni jamás han sabido la mano que las auxilia, pues si el procurador las hubiese hecho la menor revelación sobre este punto, no tardaría en ser colgado en un roble de los de esta Sierra.

-Levantad y consolaos, hijo mío, dijo el religioso, que había estado escuchando con atenta curiosidad la relación de Padilla; creo cuando me habéis dicho y estoy convencido de la inocencia de esas señoras, veré si puedo remediar los males que padecen, pero decidme: ¿por qué no habéis querido que sepan la mano que las socorre?

-Porque de saberlo, contestó Padilla, no hubieran admitido jamás los socorros de un facineroso, que tiene que robar a otros lo que les da a ellas.

-Está bien, dijo el religioso; sentaos mientras escribo una carta, que creo será lo bastante para ponerlas a cubierto de toda sospecha.

Concluida la carta la cerró y se la entregó a Padilla, diciéndole: Esta misma noche poner en el correo esta carta que dirijo a Don Isidro Medina, rico capitalista de Madrid y antiguo amigo mío. En cuanto al procurador, le diréis que cuando le tomen declaraciones, exprese que el tal don Isidro Medina es el que le ha remitido cuantas cantidades ha entregado a doña Claudia y de este modo todo quedará arreglado; no faltando otra cosa para coronar mis deseos, sino que vos y los que os siguen, os arrepintáis de vuestra criminal vida y solicitando un indulto, volváis a la pacífica que tiene el hombre honrado.

Padilla, después de prometer al ermitaño volvería otro día a escuchar sus consejos, salió precipitadamente a reunirse con sus compañeros y el procurador, a quien comunicó cuanto le había ocurrido con el solitario y entregándole la carta que debía echar en el correo, lo despidió para Córdoba. A este mismo tiempo llegaba el gitano Lagartija, a quien ya esperaba el famoso Padilla.