SOBRE LOS 7 NIÑOS DE ECIJA
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ

CAPITULO - 6

Asalto de los Niños de Ecija en las inmediaciones del Carpio, en el que coge Padilla el codicilo otorgado por don Pedro de los Ríos.- Combate sangriento entre la tropa y los bandidos.- Conversación del oficial que mandaba la tropa con Padilla y sus resultados.

Tan luego como Lagartija se presentó al capitán de los Niños, le entregó una carta diciéndole: Leedla, pues es interesantísimo su contenido, según me dijo el escribano de Ecija que me la entregó. Padilla mandó encender un farol de talco a uno de los suyos y abriendo la carta leyó la respuesta: “Madrid, 12 de Mayo. Mi querido tío, por fin he podido averiguar cuanto deseaba usted saber respecto al codicilo otorgado en esta escribanía, de la que soy primer escribiente como usted sabe por don Pedro de los Ríos, en el que efectivamente queda por universal heredero de todos sus bienes a su sobrino don Alfonso, en atención a que el hermano de este, don Juan Antonio, ha heredado el gran mayorazgo de su padre. Un descuido de mi principal me ofreció la oportuna ocasión de registrar la correspondencia que había dejado sobre el bufete y pude leer una carta de don Juan Antonio, en que decía; que los cuarenta mil reales que le había ofrecido por la ocultación del codicilo, se los entregaría en Córdoba, adonde esperaba verle a la mayor brevedad con el interesante documento para hacerle pedazos, y que a los tres testigos que habían negado el haber presenciado el otorgamiento del citado codicilo, les juzgaba suficientemente recompensado con los sesenta mil reales que les había remitido. A esto está principalmente reducida la carta del señor Ríos. Mi principal contestó a ella hace cuatro días y como me la entregase con otras varias para echarla al correo, picado de la curiosidad, por lo que usted me tiene prevenido, pude abrirla con la mayor sutileza y de modo que no se pudiera conocer el fraude, y en su contenido vi que mi principal prometía a Don Juan Antonio pasar a Córdoba con el codicilo inmediatamente para entregárselo y recoger la cantidad convenida; efectivamente, ayer salió de esta en un carruaje acelerado, de modo que al día siguiente que usted reciba esta, llegará él probablemente a Córdoba. Queda de V., etc.”

Tan luego como Padilla acabó de leer la carta, brilló en su semblante una indefinible alegría y dando unos cuantos pesos duros al gitano, le dijo que volviese a Córdoba a observar lo que pasaba y que a otro día por la noche le esperaba en el subterráneo. Al mismo tiempo los Siete Niños montaban a cabello y tomaban el camino del Carpio, a cuyas inmediaciones llegaron antes de amanecer. En un cortijo que había a corta distancia de la carretera, cuyos habitantes les eran familiares, se entraron. Padilla habló en secreto con dos que parecían pastores, los cuales salieron luego del cortijo y se colocaron al amanecer a orilla de la carretera con unas cuantas ovejas; en el ínterin que pacían los inocentes animalitos, los dos pastores, convenientemente colocados, examinaban con cuidado cuantos carruajes venían de Madrid para Andalucía; el uno llevaba una escopeta, pareciendo a la vez pastor y cazador; y el otro que se hallaba más cercano al cortijo, tenía un flautín en la mano. Los bandidos dormían tranquilamente, excepto uno de ellos, que era relevado oportunamente por otro. Así pasaron hasta las dos de la tarde que despertaron y se pudieron a comer unos bien condimentados pavos y gallinas asadas, cuya gastronómica operación fue turbada por un disparo que escucharon a lo lejos, y a poco rato se oyeron también los desapacibles sonidos del flautín. Los Niños montaron a caballo y se lanzaron a la carretera en el mismo instante que el carruaje pasaba a su frente, el que se detuvo a la voz de ¡alto! que le dieron, rodeándole en seguida. Padilla mandó echar pie a tierra a todos los pasajeros y mientras los suyos espulgaban los equipajes, él iba reconociendo todos los papeles que se les encontraban.

En esta operación se hallaban, cuando a muy corta distancia divisaron una partida de tropa de caballería; inmediatamente montaron a caballo y Padilla que aún quedaba registrando papeles, mandó a su cuadrilla que hicieran frente a la tropa para impedir que se acercara. Las balas principiaron a silbar por encima de los pasajeros y bandidos. Padilla entre tanto preguntaba quien de los detenidos era escribano de Madrid, y habiéndose dado a conocer el que lo era, le intimó que le diera inmediatamente el codicilo de don Pedro de los Ríos; el escribano, aturdido en con el estruendo del combate y sorprendido de que aquel bandido supiera la existencia de aquel documento en su poder, no tuvo para ocultárselo, y le dijo lleno del asombro más medroso: ahí lo tenéis y le señaló una cartera de tafilete verde que rodaba por el suelo. Padilla la recogió con júbilo y montó a caballo en el crítico momento que una bala hería en el pecho al notario, que cayó redondo al suelo; puesto a la cabeza de la cuadrilla se avivó el combate de un modo mortífero. Adolfo, que era el oficial que mandaba la tropa, viendo que el plomo enemigo hacia destrozo en su gente y que no era fácil alcanzar la victoria con las armas de fuego, mandó cargarles a la bayoneta y poniéndose montado a caballo a la cabeza del pelotón, acometió denodadamente a los forajidos, quienes le esperaron hasta disparar a quema ropa, de cuya descarga cayeron al suelo tres soldados, pero en la lucha que se trabó, cuatro ladrones mordieron también la tierra y los tres que quedaron, en cuyo número iba Padilla, se pronunciaron en retirada buscando su salvación en la ligereza de sus caballos; los tres se dispersaron cada uno por un lado, seguidos dos de ellos por los soldados, menos Padilla, a cuyo alcance iba el oficial Adolfo; largo rato marcharon uno tras otro a todo escape; cansados los caballos, el capitán de los Niños fue conteniendo el suyo hasta que se le acercó su perseguidor; entonces volvió caras y disparando su trabuco logró derribar al oficial. Este en tierra, aunque sin ser herido, pues solo había muerto su caballo cogiéndole debajo. Padilla desmontó del suyo, y acercándose a su contrario, que no podía moverse, le dijo: No tengáis cuidado joven bizarro, los ladrones también sabemos respetar a los valientes que arriesgan la vida por cumplir con el deber que les impone el honor de su carrera. Levantaos y seremos amigos, al menos en este momento en que puedo disponer de vuestra vida.

Y separándole del caballo le ayudó a ponerse en pie. Adolfo le dio las gracias por tanta generosidad, manifestándole le era muy doloroso que un hombre tan valiente y que demostraba sentimientos nobles, hubiera abrazado una carrera tan ignominiosa, a lo que contestó Padilla:

-Amigo, este es mi sino y prefiero más robar exponiendo mi vida, que ser uno de esos innumerables ladrones que cobardemente y sin el menor peligro consumen su vida en un continuo robo y gozan en la sociedad el puesto de un hombre honrado. ¡Cuántos se dedican hoy al robo bajo formas distintas, sin más diferencia de ellos a nosotros que la de estar nuestra vida siempre amenazada por las armas de fuerza pública o por la mano del verdugo, al pasado que a ellos se le guardan todas las consideraciones, escudados bajo la protección de las leyes!.

Adolfo estaba asombrado de escuchar tal razonamiento y Padilla continuó: Para probaros esta verdad, quiero leáis los papeles que he cogido a un escribano que venía entre los pasajeros que hemos robado hace poco.

Adolfo leyó el codicilo de don Pedro de los Ríos, en que quedaba por único heredero el padre de su adorable María y leyó también las cartas, en cuya correspondencia se trataba de ocultar la existencia del tal codicilo, mediante una suma de dinero que don Juan Antonio de los Ríos ofrecía al escribano.

Asombrado se hallaba el joven oficial al mirar en sus manos unos documentos que tanto podían servir a la mujer que amaba, acusada de complicidad con los Niños de Ecija, complicidad que él acaba de creer, por el interés que había notado en Padilla al entregarle aquellos papeles; y no pudiendo ocultar sus recelos, se los hizo presentes al capitán de los Niños, sin ocultarle lo que amaba a María y lo que sentiría fuese cómplice de una cuadrilla de malhechores. Padilla entonces, después de haber exigido palabra de honor a Adolfo de guardar sigilo, le manifestó cuanto le había ocurrido con el padre de María, haciéndole la misma relación que al religioso de las Ermitas. Satisfecho Adolfo de la inocencia de su amada, suplicó a Padilla le hiciese entrega de todos aquellos documentos, prometiéndole que él mismo los podría en manos de la autoridad. Así lo hizo Padilla, después de haberle asegurado que no conocía ni aún de vista, a la viuda del difunto don Alfonso ni a su hija.

Despidiéronse con un apretón de manos, tomando Padilla la dirección a la Sierra y Adolfo se encaminó al sitio donde había principiado el combate, donde le dieron noticias de que su tropa y los pasajeros robados se hallaban en el Carpio, a cuyo pueblo se dirigió. En dicho punto se hallaba su gente apesumbrada por su ausencia, creyendo hubiese muerto en la refriega. Al escribano, herido de gravedad, se le había confesado y administrado el Santo Viático y cuando llegó Adolfo se hallaba haciendo testamento ante el alcalde, cura y escribano, declarando cuanto había ocurrido y mediado respecto a la ocultación del codicilo, cuyos papeles declaró habérselos llevado el capitán de los ladrones; mostró grande arrepentimiento de esta falta, encargando que si parecían los papeles se presentasen al tribunal competente, para que los herederos de don Alfonso de los Ríos entrasen en el goce de los bienes que les pertenecían; y hecha esta declaración expiró. Adolfo presentó al alcalde el codicilo y cartas que le había entregado Padilla, manifestando las había cogido en la huida de los bandidos; de todo se hizo inventario, extendiéndose las oportunas diligencias y al día siguiente, el alcalde, cura párroco y escribano del Carpio, escoltados por Adolfo y su partida, se dirigieron a Córdoba, con objeto de entregarlos al tribunal con las formalidades debidas cuantos documentos interesaban al litigio que doña Claudia seguía con su cuñado don Juan Antonio, prestando para ello sus declaraciones.

Doña Claudia y su hija continuaban presas, aunque con algunas consideraciones; ya se les había tomado declaración acerca de la persona que tan prodigiosamente las socorría y ellas habían manifestado que era por conducto del procurador don Anacleto Oñate, cuya cita evacuada también, resultaba de ella que don Isidro de Medina, rico capitalista de Madrid, era el que por su mediación las facilitaba los recursos necesarios para vivir decentemente. El tribunal exhortó al de la corte para que examinase a Medina respecto si era cierto o no lo que el procurador Oñate declaraba. En este estado se hallaba el asunto cuando Adolfo con el alcalde del Carpio presentaron el codicilo de don Pedro de los Ríos y demás documentos.

Viendo con Juan de los Ríos descubierta su infernal trama por medios que parecían casuales o dirigidos por la mano del Omnipotente, quedó tan profundamente afectado, que a los pocos días de la ocurrencia amaneció muerto en su cama, y como no tuviese herederos forzosos y muriese sin testar, todos sus bienes venían a parar a su sobrina María, como parienta más cercana, de manera que, no solamente no pudo arrebatarle los que la correspondían, sino que la dejó, tal vez contra su voluntad, todos los suyos; castigo del cielo, cuyos fallos no están sujetos al error de las equivocaciones.

Pasáronse algunos días, en que las presas, ya en comunicación, recibían algunas visitas y en particular de Adolfo que lo hacía con frecuencia, llevado más del amor que de las riquezas que iba a ser poseedora su amada, y como orientado por Padilla, estaba segurísimo de su inocencia; pero lo que le llenó de confusión en sumo grado, fue el saber que el procurador don Anacleto había declarado que don Isidro Medina era el que las socorría por su conducto, pues el tal don Isidro era nada menos que el padre del joven oficial amante de la hermosa María; de manera que el enamorado joven llegó a persuadirse, o que el procurador mentía o que su señor padre estaba también en connivencia con los Niños de Ecija.

Estos habían vuelto a aparecer en número de siete en Lebrija y Jerez, a pesar de que, como se ha dicho habían muerto cuatro de ellos no hacía muchos días en las inmediaciones del Carpio.

Cuando esto ocurría en Andalucía, que no se hablaba en toda ella más que de los Niños de Ecija y sus milagros o resurrecciones, don Isidro de Medina se disponía a abandonar la corte para marchar a Córdoba, donde pensaba visitar a su antiguo amigo el sacerdote de las Ermitas de la Sierra, a quien juzgaba muerto hacía muchos años, y no se cansaba de leer la carta que aquel le había dirigido, en la que además del objeto primordial de ella, que ya saben nuestros lectores, le hacía una narración de todo cuanto le había ocurrido desde que se separaron en América hasta que tomó la resolución de regresar a España y concluir sus días en aquel retiro de Sierra Morena. Medina salió de Madrid antes de que llegara el exhorto para que prestase su declaración en el asunto que indicaba la carta; mientras él caminaba anheloso de echarse en brazos de su amigo y de su hijo Adolfo, los Niños de Ecija repetían un día y otro sus crímenes y atrocidades, sin que fuera posible exterminarlos. Una noche que Padilla se hallaba con su cuadrilla a las inmediaciones de Ecija y a poco reato de haberse puesto a descansar, como a tiro de bala de la carretera, se llegó junto a ellos el gitano Lagartija.

Mañana muy temprano pasa para Córdoba un mulato americano que lleva inmensas riquezas; con que ojo alerta; así me lo han asegurado los amigos de Ecija, que me envían para daros la noticia, viene sólo en un coche tirado por cuatro mulas, es cuanto puedo deciros.

Los corazones de los bandidos palpitaron de alegría con la nueva que acababa de darles el gitano, a quien hicieron colocar cerca de la carretera atisbando el momento de ver aparecer el apetecido coche. Padilla con los suyos se emboscó en un espeso olivar y en esta disposición aún no había acabado de amanecer cuando se sintió el chasquido del látigo, las imprecaciones del mayor que animaba a las mulas y el ruido del carruaje; Lagartija tocó el pito y los ladrones salieron del olivar y rodeando el coche le mandó parar; hicieron bajar al único personaje que le ocupaba, el cual era un mulato como de unos cincuenta y cuatro años de edad y después de haber registrado el carruaje, al mayoral y al mulato, no pudieron hallar más de cuatro mil reales y algunas alhajas; presa insignificante para la que se habían prometido hacer en este asalto; por cuyo razón, no satisfechos de ella, principiaron a apalear al mayoral y al pasajero, pidiendo a este los muchos miles que traía de América. El pobre mulato, al observar el mal trato que les daban, se puso de rodillas, diciéndoles:

-Señores, es verdad que he traído una regular fortuna a España, pero desde Cádiz, adonde desembarqué hace quince días, he girado contra varias casas de Córdoba, en cuya ciudad debo hacer entrega de las riquezas que traigo a una persona que le pertenecen; por consecuencia, en este momento no puedo daros más cantidad que la que habéis hallado, que reservé para mi viaje a dicha ciudad.

Padilla, movido por la curiosidad, preguntó al mulato a qué persona de Córdoba correspondían aquellas riquezas que traía de América; desviándose todos a cierta distancia de la carretera le satisfizo el mulato con la siguiente narración:

-Hace treinta y cuatro años que me hallaba yo en Madrid sirviendo a un caballero muy rico, el que por entonces tuvo relaciones amorosas con una señorita, también rica y extremadamente hermosa, con quien juzgaba casarse; pero habiendo muerto en América el padre de mi amo, tuvo que embarcarse precipitadamente para recoger los cuantiosos bienes que allí tenía, dejando a la señorita en el mayor desconsuelo; despidiéronse los dos amantes con la mayor ternura, jurándose un amor eterno y que el enlace se verificaría al regreso de mi señor, que sería tan luego como arregla se sus negocios. Yo quedé al lado de la señorita para cuidarla durante la ausencia de mi amigo, pero a los pocos meses se sintió en cinta mi señora. Anegada en lágrimas me reveló su estado, manifestándome que el excesivo amor que profesaba a mi señor le había arrastrado a aquella apurada situación, y que era preciso ocultarlo a todo trance a su familia. El padre de la señorita tenía una heredad con una magnífica casa junto a Sierra Morena y la joven le propuso desearía pasar en ella el tiempo que tardase en regresar mi señor, a cuya proposición accedió el padre, que la amaba en extremo, haciendo que acompañase a la señorita en el viaje un hermano suyo. Llegamos en cuatro días a la posesión, regresando su hermano a Madrid a los quince, dejándonos en la casa de campo en compañía de los encargados de ella. A los cuatro meses de hallarlos allí, se sintió la señora con dolores de parto y después de algunos padecimientos dio luz a una hermosísima niña. Tan luego como nació y se la envolvió en riquísimos pañales, se me mando conducirla a la choza de un hortelano llamado Fabricio, a quien se la entregué con un bolsillo lleno de monedas, un retrato de su padre y la mitad de un pergamino que poseo. Cuando regresé al cortijo, mi señora acaba de fallecer, cuya fatal nueva comuniqué a su familia, presentándose inmediatamente su hermano en Córdoba, a donde se había conducido y sepultado el cadáver de mi joven señora. Nada quisimos decirle de lo ocurrido con su hermana, por temer de que no se enfureciese y por consiguiente nada supo. Yo me embarqué para Londres, donde por orden de mi señor recogí cincuenta mil duros que le pertenecían y llevárselos al Brasil, como efectivamente lo hice, pero retrasos considerables ocurridos durante el viaje, dieron lugar a que al llegar yo a aquel punto mi amo había tenido precisión de embarcarse para Europa; yo me decidí a ir en su busca, pero después de recorrer varios países por espacio de muchos años sin poderle hallar, ni quien me diera la menor noticia de su paradero, lo que me hace suponer habrá muerto, he regresado a España con objeto de entregar los cincuenta mil duros a la hija, si es que vive y puedo dar con ella.

Padilla, asombrado de la relación del mulato le dijo con emoción:

-Tomad vuestro dinero y alhajas, pues los Niños de Ecija saben también apreciar a los hombres de bien; partid para las Ermitas de la Sierra y el sacerdote que hace cabeza de los ermitaños os dirá donde se encuentra la señora que buscáis.

Los bandidos desaparecieron por medio de los olivares, dejando maravillados al viajero y al conductor por el porte inesperado que con ellos habían usado; tomaron el coche dirigiéndose con la mayor celeridad a las Ermitas, llegando por la tarde a la inmediación de la Sierra, en cuyo punto dejó el carruaje el mulato y subió a pie hasta el santuario. Llegado a él, preguntó por el religioso director de aquellos penitentes y uno de ellos le condujo a su modesto albergue; puesto a la presencia del santo eremita le manifestó el objeto de su visita, expresando le había dirigido allí el capitán de los Niños de Ecija. El religioso miraba y remiraba con la mayor atención al mulato, como si quisiera conocerle, más no le fue posible por de pronto y le suplicó le explicase todos los pormenores acerca de la señora que buscaba; el mulato entonces le hizo la misma relación que había hecho a Padilla, pero antes de concluir le abrazó fuertemente el ermitaño, exclamando:

-¡Oh Pablo mío! ¿no reconoces en mí a tu amo?

Asombrado el americano, no se atrevía a dar crédito a lo mismo que estaba viendo; pero convencido luego de la realidad, estrechó entre sus brazos a su recobrado señor, vertiendo uno y otro un torrente de lágrimas emanadas de la alegría. Sosegados ya de la agitación que les había producido tan inesperado encuentro, Pablo relacionó a su amo cuanto había ocurrido con la señorita que murió en el cortijo de la Sierra, no omitiendo el fiel criado lo mucho que había corrido en su busca, y los cincuenta mil duros que traía, y que pensaba dar (juzgándole muerto) a su hija, que había dejado en poder del hortelano. El ermitaño manifestó a su antiguo sirviente cuanto ocurría con doña Claudia y María, a quienes sin reconocer en ellas a su hija y nieta las había servido como padre, recomendándolas a su amigo Don Isidro Medina.

En estas interesantes aclaraciones se hallaban cuando vieron entrar a don Isidro Medina, acompañado de su hijo Adolfo; se abrazaron el mayor afecto los dos amigos y después de pasados los primeros transportes de júbilo, el ermitaño relacionó a Medina todo lo concerniente a su recomendada doña Claudia, sin omitir cuanto había hecho Padilla en obsequio de dicha señora y de su hija, y Adolfo a su vez contó también lo que le había ocurrido con el mismo el día del combate. Maravillados estaban los cuatro personajes de tan extraordinarios sucesos como los que acababan de referirse, no pudiendo atribuir su descubrimiento a otras causas que la sabiduría del Omnipotente; respecto a Padilla lamentaban no le tocase Dios en el corazón para que se arrepintiera de su vida criminal y acordaron unánimemente remitirle propios amonestándole se retirara a vivir como hombre de bien, prometiendo el indulto de S.M y parte de las riquezas que unos y otros poseían.

Con tales propósitos abandonaron las Ermitas, dirigiéndose a Córdoba y en seguida a la casa del caballero corregidor, que era amigo íntimo de don Isidro de Medina; le relacionaron todo lo ocurrido y quedó pasmado de escuchar tan raros y extraordinarios sucesos. Sin dar tiempo al descanso se dirigieron todos juntos a la cárcel; allí se dieron a reconocer y al momento tuvo lugar la escena más tierna y afectuosa que se pueda imaginar; abrazados con el mayor júbilo, doña Claudia pudo pronunciar por primera vez el tierno nombre de padre, abrazando al ermitaño y este repetir mil veces el de ¡hija mía! Adolfo vio coronados sus deseos con mirar en la hechicera María a la nieta de un amigo de su padre, quienes lejos de oponerse que llegara a ser su esposa, tendrían un singular placer en ello. Conmovido el corregidor con unas escenas tan tiernas, se apresuró a sacarles de aquella horrible mansión habitada por el crimen y les condujo a la casa de doña Claudia, donde todos se hospedaron en medio del placer y del contento.

Inmediatamente despacharon propios en busca de los Niños de Ecija con cartas para Padilla, en que le manifestaban todo lo ocurrido y le pedían encarecidamente se retirase de la abominable vida que llevaba, prometiéndole alcanzar del rey un indulto para él y su cuadrilla. Mientras los mensajeros corrían en busca de los Niños, en casa de doña Claudia todo era gusto, placer y delicia, haciendo los oportunos preparativos para el próximo enlace de Adolfo y María, que debían ser los herederos de dos grandes fortunas. Efectivamente, Alfonso era el único hijo heredero del rico capitalista don Isidro Medina y María reunía los cuantiosos bienes de toda la familia de su padre don Alfonso de los Ríos, merced a los desvelos de Padilla por hacerse con el codicilo que cogió al escribano de Madrid, reuniendo además el millón de reales que le traía el mulato Pablo, su fiel criado. Nada, pues, faltaba a esta dichosa y riquísima familia más que el arrepentimiento de Padilla, a cuya generosidad debía buena parte de los goces que disfrutaban en aquellos momentos; pero estos goces fueron turbados a los pocos días, pues uno de los propios trajo la triste noticia de que Padilla había sido muerto de un balazo en el cortijo de las Pilas, que se halla entre Montilla y Córdoba. Todo el contento que disfrutaba aquella virtuosa familia se trocó en tristeza por la muerte de aquel afamado bandido, de quien tenían tan gratos recuerdos, y a quien no pudieron recompensar ninguno de sus servicios.

Adolfo casó con María tan luego como tuvieron arreglado todo lo necesario. El ermitaño con su hija Claudia y don Isidro Medina vivieron algunos años en compañía de los jóvenes esposos.

Muerto Padilla, su cuadrilla se fue exterminando, ya a manos de la tropa que le perseguía, ya expiando sus crímenes en el cadalso. La causa de estos célebres facinerosos duró muchos años, llevando al patíbulo y a los presidios a un sin número de personas que les protegían y auxiliaban, de modo que se puede asegurar que los Niños de Ecija no robaban aún lo suficiente para sufragar los gastos de sus muchos cómplices.