VERDADERA HISTORIA DE LOS 7 NIÑOS DE ECIJA
POR D. VICENTE DURAN RECIO

1.- CAUSAS DEL BANDOLERISMO EN ANDALUCIA

Écija es tan bella, tan compleja e interesante, tan prometedora y sugestiva que, a pesar de todo lo que se ha escrito, todavía la gloria está esperando al escritor que con honradez sepa hablar de ella.

Desde los tiempos mas remotos hasta nuestros días, siempre ha sido en su espíritu joven y fecunda, centro generador de riqueza durante cinco ilustres civilizaciones: Tartésica, Romana, Visigoda, Árabe y Cristiana Sus cosechas de cereales y aceite han sido despensa de Andalucía, su cielo azul y su clima han dotado a los que viven bajo su radiante sol de la alegría de vivir y de la gracia atractiva para la vida.

En la época que nos ocupa, último tercio del siglo XVIII y primero del XIX, el cultivo de la tierra en Écija, al igual que en toda Andalucía, se diversificaba en las tres modalidades territoriales que la caracterizaban: La Dehesa, de monto bajo; el Cortijo, de tierra “calma”, dedicado al cultivo del cereal, en las ricas vegas de los ríos Genil y Blanco; y la Hacienda, olivarera, en la región ondulada.

Pero además habría que decir, que lo que siempre caracterizó la constitución agraria de la comarca ecijana, al igual que las vecinas de Osuna, Estepa, Marchena y Carmona, fue la gran propiedad, o dicho con la palabra mas breve y temida, el latifundio, con todas sus condiciones y características mas acusadas; la extensión superficial desde cientos de hectáreas en adelante; el predominio de la cerealicultura extensiva, alternando con los pastizales y, finalmente unidad administrativa de la explotación, mas o menos deficiente siempre. Este fenómeno latifundista viene desarrollándose en Écija desde época romana y paralela a él, también desde época romana viene desarrollándose el bandolerismo; luego es muy posible que el régimen latifundista conduzca al bandolerismo en toda su complejidad: abigeato, secuestro, salteamiento, exacciones, etc. En regiones o comarcas donde el latifundio era menor o no existía, el fenómeno del bandolerismo se veía atenuado.

Pero no solo el fenómeno latifundista era el que motivaba el bandolerismo; otras características especiales de la Baja Andalucía eran condiciones favorables al fenómeno:

1º.- Pocos pueblos en provincias enteras. Dispersión geográfica.
2º.- Términos municipales enormes.
3º.- Población condensada en grandes ciudades.
4º.- Campos desiertos, sin otra entidad de población que los cortijos.
5º.- Por último, escasez de caminos rurales y en general de vialidad, reducida ésta a los grandes caminos donde, de jornada en jornada, se alzaba solitaria la venta que, hasta su nombre solía hacer sospechar cuánto era (la del Puñal, la del Judío, la del Moro, la de la Mala Mujer, la de los Ladrones, etc, etc). Pero no eran estas condiciones demográfica del campo ecijano los que motivaban el bandolerismo; éstas ponían la ocasión y quien, en definitiva, lo impulsaba era la constitución social cuyas características principales era:

1º.- La gran propiedad territorial, el latifundismo. En efecto, los latifundios muy de la época que nos ocupa, eran grandes extensiones de tierras continua, bajo una sola linde, pertenecientes a un solo propietario, resto de las antiguas vinculaciones señoriales.
2º.- La concentración de la propiedad, es decir, diversas fincas pequeñas o grandes con un solo propietario. Esto producía el mismo efecto social o quizás peor que el latifundio.
3º.- La ausencia casi total de clases medias.
4º.- Las grandes masas de campesinos, desposeídos de tierras, padeciendo el hambre y la injusticia de aquellos que gozaban del poder, el ocio y la riqueza, Este fue, sin duda, el principal motivo que indujo la rebeldía de hombres de cierto templo que se “echaron al campo” para obtener, “sui géneris”, lo que otros poseían: riqueza, ocio y poder.

El bandolerismo fue una forma de reaccionar de aquellos hombres que se veían oprimidos secularmente por el “cacique” y en el que no faltaban manifestaciones de justicia y venganza a favor de los humildes y los pobres.

El señorito andaluz era, según las crónicas de la época, soberbio, altanero y dominador de los “esclavos”, que tales eran los jornaleros adscritos a las faenas agrícolas; los obreros del campo, analfabetos, mal alimentados, mal tratados, sin capacidad política ni social, sin otra conciencia que la del odio ininteligente al señorito que lo explotaba. Señorito que por otra parte y en ocasiones, era tan ladrón como el propio bandolero con el que compartía los robos llevados a cabo por éste, sirviéndole de protección y procurándole refugio en sus propias casas y cortijos, como lo demuestran los muchos procesos llevados a cabo contra receptores y expendedores de productos robados por bandidos.

Procesos como los celebrados, durante los año 1815 a 1818, contra D. Martín Galván, Cavaría, María Angulo y Gabriela de Castro, de los que hablaremos mas adelante, y que son ejemplos claros de lo que decimos. También el ruidoso proceso de los Cano de Casariche evidencia esa infame contubernio de señoritos (caciques) y bandidos, que con tanto detalle narra Zugasti en su obra “El Bandolerismo”. Nobles ecijanos como los Marqueses de Peñaflor y Alcántara, fueron amigos y protectores de los Niños de Écija. La Real Audiencia de Sevilla desterró al primero, en su propio cortijo o en el de su hija; y el segundo, según el proceso de D. Martín Galván (Señorito de Osuna), estaba íntimamente relacionado con los bandoleros ecijanos. Igualmente, García Casero en su libro “Caciques y Ladrones”, se pone de manifiesto este maridaje entre bandidos y señoritos y comenta haber presenciado el vergonzoso espectáculo de ingresar en la cárcel de Estepa a los Alcaldes de los pueblos de Pedrera y Marinaleda, a un teniente de alcalde y un concejal de Aguadulce, otro concejal de Estepa, un juez municipal, un médico titular y otro forense, más otros funcionarios, todos ellos por resultar encartados en causas relacionadas con el encubrimiento o protección al bandolerismo.

Volviendo a las causas del bandolerismo, ya en 1767, denunciaba el Asistente Olavide que la mayor parte de los habitantes de las provincias andaluzas, estaban en unas condiciones peores que la de los esclavos, porque las tierras estaban en muy pocas manos; que de los cortijos y haciendas, las menores eran de 1.000 fanegas; que todos los que se ocupan de las faenas son meros jornaleros que en las temporadas de siembra y recolección ganan un simple jornal, y el resto del año tienen que dedicarse a mendigar y que muchos de ellos se hacen ladrones, contrabandistas y malhechores inducidos, por un aparte de la necesidad y, por otra, de no tener casa, hogar, ni nada que perder.
La aparición de los bandoleros denominados “Los Siete Niños de Écija”, al igual que los de otras comarcas andaluzas, creemos que es a causa de la constitución social de la época. Según Quirós, “el bandido andaluz es un hombre de casta, raras veces es un tipo patológico, degenerado o epiléptico”.

El Andaluz se “echa al monte”, como vulgarmente decimos, por hurtar y robar contra la propiedad o por delito de sangre, huyendo de esta forma de la justicia y organizando su vida en forma hostil y extralegal al medio en que socialmente vivía. Nos dice D. José Santos en su obra “El Bandolerismo Andaluz” que las causas son: (El juego, las pasiones exacerbadas llevadas al límite en la línea imprecisa todavía de la delincuencia en la que al fin se incide, la venganza por celos o por defensa del honor ultrajado, que llevan al homicidio o al asesinato, cuyo caso mas expresivo puede ser el del gitano “Tragabuche”, presumible miembro de la partida de los Niños de Écija.

Otras causas exógenas que se dieron durante esta época y que determinaron el estado social que dio origen a que los campos ecijanos se infestaran de bandidos fueron: 1º) las epidemias de los primeros años del siglo XIX, y 2º) la Guerra de la Independencia contra el invasor francés.

La primera de estas epidemias se desencadenó en el mes de junio de 1800; el foco de origen estuvo en Cádiz y muy pronto se propagó por toda la provincia de Sevilla. Asoló casi todos los pueblos y echó al campo a la mayoría de sus habitantes, que trataban de librarse de posibles contagios.

En Écija, según los Cabildos de la época, fueron muchos los jornaleros o trabajadores que huyeron al campo y, libres de toda vigilancia y faltos de recursos, pedían limosnas en los caseríos o tomaban por la fuerza lo que necesitaban para ellos y los suyos; y estas circunstancias llevaron a una gran cantidad de hombres honrados a convertirse en salteadores de caminos.

No había hecho nada mas que remitir esta primera epidemia en mayo de 1801 cuando, en octubre del mismo año, nuevos brotes de la misma hacen que otra vez los campos se pueblen de jornaleros necesitados y mendigos.

En las Actas Capitulares de estos años, se reseña que los campos estaban infestados de hambrientos y facinerosos.

A las epidemias de los años 1800 y 1801, se unió la mala cosecha del año 1803 y la nueva epidemia de 1804 que agudizó el hambre e incrementó las huidas al campo.

Un oficio del Alcalde Mayor de Écija de aquel año de 1804 dice textualmente: “Siendo público y notorio a todo el vecindario el escándalo y abandono con que se han arrojado muchas cuadrillas de gentes, en las inmediaciones de esta ciudad a robar los caseríos, cortijos, eras y conductores o arrieros de pan que vienen de Fuentes, en tal disposición que apenas persona alguna se atreve a salir al campo por miedo a ser robada, herida o muerta, como ya ha sucedido por la inundación y plaga de pobres que habiéndose quedado sin trabajo y sin poder subsistir… Écija, 20 de agosto de 1.804. D. José Joaquín de Santamaría:-Sr. Corregidor e ilustre Ayuntamiento de esta ciudad”.

También la cosecha de 1805 fue mala y así mismo las de 1806 y 1807; esto provocó el aumento del numero de hambrientos en los campos, siendo continuos los robos y fechorías que se cometían. Los Cabildos de estos años hablan de cuadrillas de bandoleros hambrientos.

A estos dos factores de epidemia y hambre viene a añadírsele el de la intranquilidad pública en 1808 y 1809, por la invasión francesa; éste es el factor último que explica lógicamente el que las autoridades no pudieran poner coto al aumento del bandoleros en el campo y, en consecuencia, a la formación de cuadrillas de ladrones que, mas tarde, culminaría en la famosa de “Los Siete Niños de Écija”.

Durante la dominación de los franceses en Andalucía, aunque las poblaciones quedaron bajo su tutela, el campo quedo en manos de guerrilleros que, aunque combatieran al invasor, no dejaron de robar al amparo de las armas españolas.

Malhechores, contrabandistas y bandoleros se vieron premiados con indultos y, además, con el pretexto de combatir a los franceses, fueron ayudados, cobijados y ensalzados por el pueblo; se convirtieron en héroes populares que, cuando los invasores se retiran de Andalucía, son privados de la popularidad, la vida libre y anárquica, y quedan relegados al olvido por los que antes los ensalzaban; así se convierten en bandoleros y contrabandistas.

Por ultimo, a estas causas hay que añadir como bien dice Zugasti en su obra “El Bandolerismo. Estudio Social y Memorias Históricas”, razones sociológicas: el clima, que irremisiblemente convida a los goces; el carácter aventurero y la imaginación árabe extraordinariamente vivaz del andaluz; el maravilloso influjo que sobre ellos ejerce la fantasía y nombradía de algunos bandidos célebres; el ansia de ver relatadas sus guapuras en romances y en papeles públicos; el encanto del peligro y aun de las ganancias en las aventuras y negocios del contrabando; el prurito de ir armados, perdonar vidas, convidas a todo el mundo y montar buenos caballos; el afán de singularizarse y lucir ricas sortijas en el pañuelo del cuello y costosas botonaduras; la afición al jaleo, baile, guitarra, cante y jaranas y, sobre todo, la especie de culto y paliza con que favorecen a las buenas hembras, a las cuales prodigan sin reparos y con verdadero rumbo cuántas galas, joyas y sopapos se le antojan, y por cuya causa se dan de puñaladas, roban y secuestran, matan o van poco mas o menos que gustosos a presidio, son otros tantos y poderosos estímulos que los conducen a salir en cuadrillas y a caballo a cortar caminos y a desplumar caminantes.

Pero, ¿cómo nacen los Niños de Écija?.

Terminada la guerra contra los franceses, la mayoría de los guerrilleros que tan heroicamente habían luchado contra ellos, vuelven a sus casas, y otros, desde luego la minoría, acostumbrados durante cuatro años a una vida agitada y regalona, no se resignan a renunciar a ella y continúan en el campo, ya no persiguiendo y matando a franceses, sino robando en cortijos, asaltando caminantes, exigiendo contribuciones, quemando las cosechas a los que no la pagaban, e hiriendo y matando a todo aquel que se oponía a sus exigencias. Así ocurre con unos pocos de hombres, admirados antes por su pueblo y admitidos ahora por temor.

A esta cuadrilla de bandidos y criminales se les conoce en un principio con el nombre de “Ladrones Ecijanos” o “Los Ladrones de Écija”, según los Cabildos de la época de Osuna y Écija. Se organizan en pandillas compuestas de cinco a siete hombres y cada una actúa por su cuenta, aunque a veces se unen para defenderse de las compañías de escopeteros que se organizan en todos los pueblos en los que los Ladrones Ecijanos tienen su campo de actuación.

En los primeros años, 1812 y 1813, no respetan ni a su pueblo y son continuos los robos y quemas de cosechas, tanto en Écija como en los pueblos limítrofes: Osuna, Marchena, Carmona, El Rubio, Palma del Río, etc. Estos pueblos se ven obligados a defenderse y para ello crean compañías de escopeteros y rondas armadas.

En Écija, el día 10 de septiembre de 1812, pocos días después de abandonar la ciudad el ejercito francés, se celebró un acto presidido por la Junta Popular donde se decía: “…El Corregidor hizo presente, son repetidas y aun continuadas las quejas que se le están dando de los frecuentes robos y otros exceso y crímenes que se están cometiendo en el término de esta ciudad, hasta llegar al extremo de haberse arrojado a lo interior de ella, cuadrillas considerables de bandidos y malhechores…”.

En aquella junta de 10 de septiembre de 1812 se acordó crear una partida de escopeteros que estaría formada por cuarenta hombres a caballo y veinte a pié; nombrándose en aquel mismo acto comandantes o jefes a D. José Mª de los Ríos, D. Domingo Antonio García y D. José Díaz.

El día 16 de noviembre del mismo año, el Capitán General, Conde de Abisbal, aprobó estos nombramientos.
Osuna, para combatir estas partidas de ladrones reorganiza “La Partida de los Guerras”, que tanta fama había alcanzado en toda Andalucía luchando contra los franceses como guerrilleros. En Cabildo de 6 de Septiembre de 1812 se dice entre otras cosas que, reunidos en la Sala Capitular del Ayuntamiento de Osuna los capitulares y la mayor parte de los propietarios y hacendados de la Villa, el Sr. Alcalde propone urgentemente se debe crear una Ronda Armada con el objeto de perseguir los muchos ladrones y malhechores que infestan el término, con el correspondiente permiso y autorización del Gobierno.

Acordaron se compusiera dicha Ronda de doce hombres y cuyo jefe fuese Juan Guerra atendiendo a las circunstancias que en él y sus compañeros residen. Para que esto se lleve a cabo lo mas rápido posible, se nombra una Comisión formada por los Sres.: D. Cristóbal Govantes, D. José Limeño y D. José Jurado que, inmediatamente, una vez terminado el Cabildo, se ponen en contacto con los Guerras.
Al dias siguiente, 7 de septiembre, se reúne de nuevo el Cabildo para tratar de los contactos llevados a cabo por la Comisión con los Guerras, y se acuerda lo siguiente: Que la Ronda Armada estuviese formada por los siguientes hombres: Miguel Hidalgo como primer comandante, Juan Guerra como segundo comandante, Diego Hidalgo, Miguel Guerra, Manuel Quirós, José Copete (Coronilla), José Guerra, Juan Bermudo, Antonio Quirós, Manuel Marín, Francisco Quirós y Tomás Olmedo. Que se les abonarían las respectivas raciones de paja y cebada, y doce reales de vellón diario a cada uno, y que les serían pagados por la Tesorería. Que se les daría un pasaporte visado y el correspondiente permiso de armas.

Una vez extendidos estos documentos por el Ayunamiento, se acordó que desde el día siguiente comenzaran a ejercer sus funciones.

El 28 de noviembre de 1812, el Capitán General da orden por la que se crean partidas de paisanos honrados para defenderse de bandidos y malhechores en todos los pueblos.

Como vemos por estos documentos, tanto en Écija como en Osuna, es tal el estado de cosas al que se ha llegado que, en tan solo 6 días, se forma una partida de escopeteros y una ronda armada y, en pocos mas, se limpia de bandoleros y malhechores los términos de ambas comarcas, como sabemos por un expediente de 12 de diciembre de 1812, en el que se le comunica al Ayuntamiento de Écija que salgan conducidos para Sevilla los individuos siguientes: Francisco Benavente, Antonio Gregorio López y José Lorenzo García, los tres de la Campana; José de los Reyes, de Fuente Palmera; Juan Antonio Martínez, de la Luisiana; Juan Pérez , de Osuna; Andrés de la Torre, de Lucena; Miguel Rodríguez, de los Corrales; Antonio Muñoz, de Vélez Málaga; y Antonio Reyna, de la Puebla de los Infantes.

Es muy posible que estos ladrones, cogidos todos en el campo, actuaran solos y no en cuadrillas.
Los demás bandoleros, agrupados en pandillas de 5 a 7 hombres, abandonan por momento los términos de Écija y Osuna, y se dispersan y asolan los de Carmona, Mairena del Alcor, Alcalá de Guadaira y Sevilla, como se puede comprobar por un oficio de fecha 30 de julio de 1813 que el Jefe Superior Político de la Provincia, D. Luis María Salazar, remite al Corregidor de Écija, donde entre otras cosas dice que: “… el día anterior a dos leguas de esta Capital, en el camino de Mairena al sitio Callejón de Pitas, que está al descender de la Hacienda Nueva, robaron a unos caminantes una cuadrilla de dos hombres a caballo y siete u ocho a pié; y otra cuadrilla de tres a caballo y cuatro a pie, había sido vista en la vereda que parte del Almacén de la Pólvora al Camino de Mairena en el término de Alcalá; estos últimos vestidos de paisano con chaqueta y calzón de pana verde, sombrero portugués, botín de cordobán y pelo atado…”. Es muy posible que esta cuadrilla sea ya la que empieza a llamarse “La Cuadrilla del Padilla”.

Por falta de fondos los Ayuntamientos de Écija disuelve la partida de escopeteros en el año 1813, y los ladrones de Écija, organizados ya en pandillas de cinco a siete hombres, comienzan nuevamente a robar en caminos y cortijos de su término, a pedir contribuciones a los hacendados y comerciantes, amenazan a guardas de campo, vigilantes, aperadores de cortijos, a escribientes del Ayuntamiento, y se alían con desaprensivos señoritos con los que comparten sus robos de ganado y los alijos de las diligencias y otros caminantes. Empieza el temor por parte de los propietarios y hacendados, y sus cortijos y haciendas sirven de refugio a estas pandillas de ladrones.

¿Y como se comporta el pueblo ecijano ante estas cuadrillas de bandoleros, amos del campo y de la ciudad?.
Los Cabildos de los años 1814 a 1817, son claros al respecto: algunas veces queriendo terminar con la situación creada, otras como si el grave problema no les afectara y, en ocasiones, poniendo el asunto en manos de la autoridades provinciales. Nadando, pero guardando la ropa.

El Cabildo de 19 de enero de 1814. Don Juan Corso y García, teniente retirado, se ofrece para ser nombrado Comandante de la Partida de Escopeteros, comprometiéndose a exterminar toda clase de malhechores. El Ayuntamiento no estima la petición.

En el Cabildo de 1 de marzo de 1814. Se aprueba formar la partida de escopeteros, que estaría compuesta por 12 hombres de caballería y 6 de infantería, con el sueldo de 15 reales los primeros y 10 reales los segundos. Se nombra comandante a D. José Mª de los Ríos, cabo primero a D. José Bonal, y cabos segundos a D. Francisco Campos Capillas y D. Antonio Franco. Sus sueldos serán con arreglo al decreto que rige sobre la materia. Se le encomienda al Comandante que forme la partida.

En Cabildo de 10 de marzo de 1814. El Comandante de la Partida da cuenta de los individuos que la forman:

Hombres de Caballería:
Cabo 1º D. José Bonal; Cabo 2º D. José Benítez, y los diez restantes:
José Gómez, José Fernández Navas, Juan Jiménez, Francisco Burgos, Manuel Sanz, Pedro Sanz, Antonio Escalera, D. Juan del Pozo, Fernando Martín y Francisco de Paula López.

De Infantería:
Cabo 2º D. Antonio García y los restantes:
Fernando Guideo, Francisco Estrada, Francisco Carmona, Francisco Díaz, José Martín Ravelo y Pablo Rodríguez.

En Cabildo de 1 de junio de 1814. Se acuerda pedir al Comandante General arbitre medios para que subsista la Partida de Escopeteros o auxilie a esta Ciudad con la de la Provincia.

En Cabildo de 23 de junio de 1814. Don Miguel Barela, Comandante de los dependientes de Rentas, se ofrece con otros dependientes a desempeñar las funciones de la Partida de Escopeteros que, por falta de fondos, el Ayuntamiento había disminuido en su número.

El Sr. Presidente dice que no es suficiente la fuerza armada de la que dispone para la multitud de malhechores que día en día aumentan, llegando a la osadía de atravesar la Ciudad con armas y caballos.

El Ayuntamiento acordó, por unanimidad, que se suspendiera la Partida de Escopeteros el día 26 del corriente; que se solicite al Sr. Capitán General u otras autoridades que se auxilie a esta Ciudad; se autoriza a Miguel Barela que reúna a los dependientes de su cargo; que se le gratifique con seis reales diarios, y que si logra así la Partida del Resguardo como otra cualquiera, aprehender y entregar con toda seguridad a los malhechores o ladrones más notorios, con especialidad a los seis mas conocidos, cuyos nombres se expresaran, se les dará por vía de gratificación y en premio a su servicio tan importante y beneficio a este pueblo tan afligido, seiscientos cuarenta reales por cada uno de los reos.

Como vemos, ponen precio por la captura, vivos o muertos, de los seis más conocidos, pero no dan sus nombres.

En Cabildo de 7 de julio de 1814. Se acuerda imprimir pases con las circunstancias y señales personales que todo vecino debe llevar consigo para salir del pueblo.

En Cabildo de 7 de octubre de 1814. Se presentan varios oficios dirigidos al Sr. Corregidor pro el Comandante General de las Partidas destinadas a perseguir malhechores, D. José Ruiz, fechados en Córdoba.

En uno se pide una lista de malhechores con expresión de hechos, moradas y filiaciones.
En otro, se solicita 120 reales por los reos que han retenido Antonio Núñez y Juan Carmona.
En el otro, se comenta que hay en la Ciudad una cuadrilla de siete a diez ladrones de a caballo, que están robando en el término a todos los pasajeros y cortijos, que impiden las elaboraciones de la agricultura, que han entrado en la Ciudad y en las tabernas se han tomados los licores que han querido, y todo esto, a pesar de haber en la Ciudad una Partida para arrestar malhechores.

En el Cabildo de 27 de octubre de 1814. Se lee un oficio del Comandante de Armas, el Sr. Marqués de las Cuevas del Becerro, dirigido al Sr. Corregidor-Presidente, pidiendo le diga que noche se introdujeron en la ciudad los principales malhechores de la cuadrilla que se persigue; en que puntos o tabernas estuvieron bebiendo; que auxilio pidió al Comandante Militar o a algún puesto de guardias, etc, etc.

La ciudad en su vista acuerda se diga al Sr. Comandante que por notoriedad llegó a entender este Ayuntamiento que una de los noches de feria, se introdujeron algunos malhechores de los de la cuadrilla que se persigue, sin poder detallar los puestos o tabernas en que estuvieron bebiendo en dicha Feria del Campo; del mismo modo que se han presentado a la vista del Pueblo persiguiendo a la Tropa y quedándose con parte de ella como rehenes, maltratando a uno de los dependientes de esta ciudad, D. Juan del Pozo, su Guarda Mayor del Campo; y por lo que respecta a las personas y vecinos honrados y aplicados a la agricultura, que puso en prisión al Comandante D. José Ruiz, resulta de la lista que está unida al expediente, dada por el Alcaide de la Cárcel, que por la propia notoriedad se supo que la expresada cuadrilla de malhechores se hallaba robando en las inmediaciones de esta Ciudad, siendo digno de notarse que en paraje tan publico como el Cortijo de Benafique, los mismos ladrones detuvieron entre otras personas al Coronel D. Mariano Mantilla y diferentes soldados…

El Comandante José Ruiz fue separado del mando de la Partida de Escopeteros, por haber detenido una serie de encubridores y chivatos, de los muchos que tenía la partida de los Niños de Écija, en esta Ciudad.

Ya, hasta septiembre de 1815, Écija se olvida o no quiere saber nada de estos bandoleros que cometen toda clase de fechorías en los términos de Carmona, Osuna, Marchena, Lora y Fuentes, y respetan el de Écija.

En Cabildo de 5 de septiembre de 1815 se leyó una Orden de la Real Sala del Crimen, previniendo la captura de la cuadrilla del malhechores. Manifestando el escrito que los pocos individuos que quedan de la famosa cuadrilla de ladrones que trae atemorizada a esta Provincia se amparan en los olivares de esta Ciudad y sus inmediaciones, por encontrar acogida en sus caseríos, cortijos y haciendas. Se previene al Ayuntamiento los aprehenda en el plazo de quince días, valiéndose para ello de cuantos arbitrios se crean imaginables, bajo la responsabilidad y demás efectos.

El Ayuntamiento acuerda se convoque una Junta de hacendados para el martes 12 de septiembre, en la que con la presencia de la referida Orden y de los hechos que constan de publico y notorio, se delibere el método o medios que debe adoptarse para conseguir la deseada captura de los citados malhechores, a los cuales han perseguido y persiguen innumerables partidas de tropas, a quienes han estado encargadas estas diligencias por orden de los Excmo. Capitanes Generales.

El Ayuntamiento convocó a Junta extraordinaria a todos los labradores y propietarios, y se celebró el día 12 de septiembre, pero sin acudir a ella ninguno de los más de trescientos convocados. ¿Por qué?: por temor y porque sus propiedades y cosechan no corrían peligro alguno. Porque pagaban sus contribuciones y no quería enfrentarse a aquella terrible cuadrilla de forajidos que, en estos años de 1815, 1816 y 1817, respetaban el término de Écija y solo robaban en los colindantes.

En este Cabildo extraordinario, el Pleno determinó escribir a la Real Sala del Crimen en estos términos:
“La ciudad no puede menos que manifestar a la Real Sala del Crimen, que deseaba adoptar medios para conseguir la captura de los ladrones que tantos daños y escándalos han causado y están causando; y para dar una idea a dicho Superior Tribunal del modo con que se maneja la famosa cuadrilla de salteadores, le es indispensable no conviene con el contenido de la citada orden, pues no es cierto se haya disminuido el numero de aquella, antes sí se ha aumentado y dividido en dos partidas que unidas componen doce hombres; que tampoco lo es el que subsistan en los olivares de este término sino en el caso de travesías…”, las justicias y Ayuntamiento, como que han carecido y carecen de fuerza armada, has descansado en ver las activas providencias de los Excmo. Sres. Capitanes Generales disponiendo batidas y partidas permanentes de tropas en esta Ciudad y pueblos inmediatos que innecesariamente persiguen a dichas cuadrillas; es notorio, y se ha dado parte al Capitán General, delos arresto de aquellas cuadrillas, pues han desarmado a la tropa aprisionando a los soldados, y a sus jefes, como lo hicieron con D. José de Hoyos yendo a la cabeza de considerable numero de tropas de caballería e infantería; con el guarda mayor del campo de esta Ciudad D. Juan del Pozo a quien aprisionaron con seis soldados y un sargento del Regimiento Caballería de Borbón, mediante a que los soldados que pudieron escaparse, fueron perseguidos hasta la vista del pueblo; habiendo sido divisados los ladrones desde la Alameda publica, toda la tropa disponible tuvo que salir en su persecución; con D. José Rodríguez, Comandante de Escopeteros que actualmente manda la partida establecida en esta población, que yendo acompañado de tropas fue preso por una cuadrilla y estuvo muy a riesgo su vida; y últimamente, es notorio, que a un vecino de la Ciudad de Carmona que avisó hallarse en su cortijos estos ladrones, habiendo salida la tropa se batió con ellos, y el infeliz paisano que la condujo, desamparado por ella, fue pasado a balazos por aquellos.

Estos desastres y el no permitir armas a los paisanos para defenderse, hace que temerosos de que sus haciendas sean destruidas, no haya concurrido ni un apersona de las trescientas que han sido citadas para este acto con el fin de reunir fondos par dar premios a los que capturen malhechores….”

El Pleno concluye suplicando a la Real Sala diga lo ocurrido al Capitán General para que determine.
La Real Sala del Crimen contesta a este escrito, con otra Orden, previniendo al Ayuntamiento de su responsabilidad si no lleva a cabo la detención de los bandidos.

En Cabildo de 25 de septiembre, el Ayuntamiento vuelve a contestar a la Real Sala del Crimen diciendo que: “La Ciudad acuerda manifestar a dicho Superior Tribunal, que es un cuerpo gubernativo económico que carece de fuerza armada… Que si los ladrones existen, mal pueden los individuos de este Ayuntamiento responder de sus excesos, cuando en su persecución son publicas las providencias dictadas, por cierto sin éxito, por el Excmo. Sr. Capitán General, y la multitud de tropas que los persiguen; y considerándose esta Corporación, ajada por las expresiones de la Orden, recurre en queja al Excmo. Señor Ministro de Gracia y Justicia para que dé cuenta a S.M.”.

A los pocos días se vuelve a recibir otra Orden de la Real Sala del Crimen, previniendo al Ayuntamiento que bajo su responsabilidad cuide de la tranquilidad publica y seguridad de los campos; y nuevamente el Ayuntamiento, en Cabildo de 17 de octubre del mismo año 1815, responde de esta forma:

“A esta Ciudad le es sumamente sensible los notorios males y perjuicios que padece toda la península por los escandalosos robos y cuadrillas de ladrones que cometen en toda su extensión; es notorio que en Torreblanca, a una legua de la capital de Sevilla, hace muy pocos días han sido robadas cuantas personas transitaban por el camino; en las inmediaciones de la Corte se verifican los robos aún de los más sagrados cual es el conductor de correo. Que por todas partes no se oye otra cosa que clamores de la inseguridad de los caminos. Los lances ocurridos últimamente con dos Partidas del Regimiento de Borbón a quienes resistieron los malhechores, es una prueba que en su lugar manifestará esta Corporación del ningún arbitrio que tiene para capturar a estos malvados. La tranquilidad de esta Ciudad, los ninguno robos y atentados cometidos en su población son un testimonio del continuo celo del Magistrado: no queda otro arbitrio que estos antecedentes a los que componen este Ayuntamiento que salir a los caminos a tratar de batirse con unos hombres a quienes la fuerzas armada no han sido bastante para resistirlos. Este caso parece no está en el orden cuando hay un Comandante de lar armas con seiscientos o setecientos hombres de caballería a su disposición y además la partida de escopeteros de Andalucía de cincuenta hombres a las órdenes de un oficial que los comanda para cuya subsistencia contribuye esta Ciudad con mas de once mil reales anuales; por cuyas razones cree este Ayuntamiento muy propio todo cargo y responsabilidad al Comandante de las Armas Bajo cuyas ordenes esta la fuerza armada establecida para la seguridad y tranquilidad del estado…”

Por este escrito vemos que los bandidos respetan el campo y la Ciudad de Écija: “La tranquilidad de esta Ciudad, los ningunos robos y atentados cometidos en su población”. Esto prueba el maridaje Señor-Bandido.

Según el Legajo 591 del Archivo Municipal de Écija, el día 23 de enero y el 17 de febrero de 1816 se reciben en el Ayuntamiento de Écija sendos escritos del Excmo. Sr. Capitán General de la Provincia dando órdenes para exigir dos maravedí mensuales por fanega de tierra y aranzada de olivar, viña y huerta para contribuir al exterminio de malhechores.

Estos impuestos se hace extensivo a las ciudades siguientes: Écija, Carmona, Osuna, Estepa, Fuentes de Andalucía, la Campana, Peñaflor, Palma del Río, la Rambla, Montalbán, Herrera, La Puente de Don Gonzalo (Hoy Puente Genil), Aguilar y Montilla.

En los escritos se insta al Sr. Corregidor de Écija que se haga Junta de todos los que tengan tierras de labor y remitan testimonio de ella, Así mismo se le ruega al Sr. Corregidor que remita copia a los Ayuntamientos referidos y remitan a su Ayuntamiento testimonio de la misma.

El día 4 de marzo de 1816, se reúnen los hacendados, arrendatarios y propietarios de tierras, viñas, olivares y huertas, correspondientes a la Collación de la Parroquia de Santa Cruz (ciento diez personas, según listado con nombres y apellidos que rezan en el Legajo 591). Presidida la reunión por el Sr. Corregidor y con la asistencia del Caballero Teniente Coronel, graduado de Capitán Comisionado para la persecución de las cuadrillas de ladrones que infestan los términos de los pueblos antes mencionados, y habiéndose leído en voz alta los escritos referidos, acuerdan conformarse y ofrecerse a contribuir gratuitamente con los dos maravedí mensuales, bajo la expresa condición de que los tratantes, comerciantes y demás personas, contribuyan igualmente por todos sus tráficos, tratos y granjerías a proporción de sus utilidades. Por lo tanto se acordó dar conocimiento a los distintos gremios para que también contribuyeran voluntariamente.

El día 6 de marzo se reúnen los afectados de la Collación de Santiago (132 personas), y se expresan en los mismo términos que los de Santa Cruz.

El día 8 de marzo se reúnen los afectados de la Collación de Santa María (62 personas); el día 13 lo hacen los de la Collación de San Juan (27 personas); el día 18 los de la Collación de San Gil (22 personas), y los de Santa Bárbara (40 personas). Todos se expresan en los mismo términos que los de Santa Cruz.

El Ayuntamiento comunica a los distintos gremios los escritos del Sr. Capitán General, y les pide que ayuden a la causa del exterminio de malhechores.

En días sucesivos se reciben en el Ayuntamiento oficios de los distintos gremios en los siguientes términos:

Del gremio del aguardiente, vino y demás bebidas espirituosas, lista de los que se ofrecen voluntariamente a contribuir mensualmente:
Cristóbal Calvo con 1 maravedí. ; Pablo Escalera con 2 ; José de Oña con 2. ; Juan Pelaes con 9 ; Francisco Segovia con 1. Francisco Pacheco con 1, Antonio Rodríguez con 2 ; Francisco Rincón con 1.

Lista de los que ofrecen los almacenes:
D. Félix Carvajal y su compañía, 20 maravedí; D. Manuel Jiménez y Compañía, 15; D. Juan Trujillo con 10; Doña Josefa Ramos, no ofrece nada.

En el oficio del Gremio de Zapateros, se acompaña una lista de 59 personas, de las que tan solo ocho se prestan a la ayuda. En este oficio, mandado por el Alcalde del Gremio al Sr. Corregidor, se da cuenta de que la reunión se ha celebrado con casi todos los componentes, que se leyeron los escritos, y que todo fue en vano a causa de las voces y siniestras ideas de dos de los reunidos que sedujeron a los demás, para no aportar la ayuda solicitada. Este oficio está firmado por el Alcalde del Gremio, Félix Moyano.

El oficio del Gremio de Confiteros, firmado por su Alcalde, José Onetti, dice que por los malo años que corren no pueden participar en la ayuda solicitada. Además del Alcalde del Gremio, lo firman: Juan Diego Rodríguez, Antonio García, Francisco Rodríguez, Juan Revollo, José García y Juan García Montes.
En el oficio del Gremio de Quincalla, se dice que se niegan a pagar cantidad alguna. Lo firma su Alcalde Domingo Campos.

El Gremio de Curtidores según su oficio también se niega a pagar. Está firmado por su Alcalde, Andrés Baena.

El 19 de Abril, después de las reuniones de hacendados, propietarios y arrendatarios, y de todos los gremios, se hace una reunión con el representante de todos los grupos, y se acuerda dar cuanta al Sr. Capitán General de que no están de acuerdo con la contribución de 2 maravedí, y que se haga un reparto equitativo entre todo el vecindario.

Fuentes de Andalucía, manda un oficio al Sr. Corregidor de Écija, en los siguientes términos:
“Los continuos robos y otros desórdenes que frecuentemente llevan a cabo la partida de Ladrones de esa, el Alaya, el Pintado y otros, ha obligado a los labradores y hacendados de esta Villa a convenirse en levantar una Partida de vecinos montados y armados, costeado por aquellos a excepción de los que se han presentados a servir voluntariamente con el objeto de perseguir a los citados Ladrones en el término de esta Villa y fuera de él, habiéndose nombrado Comandante de esta partida a Don José Galindo, dador de este oficio, quien prestará a V.S. para que se sirva reconocerle por tal Comandante y prestar los auxilios necesarios que parece conforme al celo de V.S. por este servicio.- Dios guarde a V.S. muchos años.- Fuentes de Andalucía 30 de Agosto de 1816.- Ruperto Orozco”.

En este expediente, del Legajo 591, hay otro oficio del Sr. Comandante de las Partidas de Persecución de malhechores, residente en la Ciudad de Écija y dirigido al Sr. Corregidor de Écija que dice así:

“Lo comunico a V.S. en cumplimiento de mi deseo y a fin de que lo ponga en conocimiento de labradores y hacendados de ese pueblo y estén advertidos del riesgo que corren sus posesiones si no imitan la conducta de los de Fuentes de Andalucía, Osuna y otros pueblos que ya están armadas sus partidas para obrar con la premura que exige el caso, pues estos malvados perseguidos en los términos de los que tengan partidas pasaran a los que no la tengan, donde ejecutaran lo que en Fuentes y Osuna de haber quemado cortijos porque sus dueños no han podido satisfacer en el corto término que les pidieron las contribuciones de 15 y 20 maravedí y esto sin embargo de haberles satisfecho poco tiempo hace otras contribuciones de menores cantidades.
La necesidad que tienen los labradores de armar otras partidas es tanto mas urgente cuanto que yo no puedo abarcar a la vez todos los pueblos con las tropas que en día tengo a mis ordenes, por el reducido numero que obliga las circunstancias de atender a otros objetivos no menos graves de los que se hallan en Fuentes de Andalucía. Espero que V.S. tenga a bondad de acusarme recibo de este oficio, y participarme en su consecuencia la resolución de los labradores y si fuese la de armar la partida, de que numero se compondrá y el sujeto a quien nombren Comandante así para darle el debido conocimiento al Excmo. Sr. Capitán General como para prevenir a las Partidas de mi cargo para que sean reconocidas, como para que les prevean al auxilio necesario. Dios guarde a V.S. muchos años.- Écija 1 de Septiembre de 1816.- Juan de Vergara.”.

En el expediente, a si la Villa de la Rambla contribuye con dos maravedí para el exterminio de los malhechores, entre otras cosas, dice que se celebró la Juan el día 16 de marzo de 1816, y en uno de sus párrafos, defendiéndose a tal contribución, aunque no se niegan a pagarla, dice textualmente”… además es bastante notorio que la Ciudad de Écija tiene la desgracia de llevar lanota de ser madre de Ladrones, que siempre los ha habido en ella, quien los oculta, los protege, y quien compra lo robado; pues hasta ahora mismo se ha hallado en ella algunas de las Alhajas preciosas que parece iban para su Majestad; y también lo es que este es un mal muy antiguo que no han tratado de curárselo ella misma…”

Montilla, según su expediente, dice que su pueblo y término está libre de ladrones, está lejos de Écija, no es limítrofe de él ni de la misma Provincia, y se niega a contribuir con los 2 maravedí para el exterminio de los Ladrones ecijanos.

La Puente de Don Gonzalo (Puente Genil), se expresa casi en los mismos términos que Montilla.
Lora del río, dice estar de acuerdo, siempre que todos los pueblos citados hagan lo propio.

El pueblo de Montalbán, dice que a consecuencia del paso por el pueblo del ejercito enemigo en el año 1810 camino de Cádiz fue saqueado y robado cuanto tenían, que en dos días que permanecieron en el pueblo los 8.000 hombres, los dejaron arruinados, que por estas circunstancias es el pueblo más infeliz de Andalucía, y que es tal es estado de sus vecinos labradores por las deudas por rentas atrasadas que, por su notoria miseria, no pueden satisfacer la ayuda que se le solicita.

Santaella, se expresa casi con los mismos términos que Montalbán, haciendo alusión también al paso del ejercito invasor, que los dejó en la ruina, y a los pocos propietarios y arrendatarios que hay en el pueblo.

Marchena, en su expediente, manifiesta estar de acuerdo con el pago de los dos maravedí para la buena causa del exterminio de malhechores.

Osuna, en su expediente, dice no estar dispuesta a contribuir por las razones siguientes:

1ª). Por las noticias que hay en el pueblo, sobre la presentación voluntaria de los siete ladrones ecijanos al Teniente de Coronel, Don Diego de los Reyes, comisionado por el Sr. Capitán General, en virtud del indulto que se les ha ofrecido.
2ª). Por no poder pagar dos contribuciones: la de la Partida de los Guerras y ésta. Además manifiestan la extrañeza que les había causado el arresto y prisión de los Guerras, quienes desde su formación en Partida habían ahuyentado a dichos ladrones de su término, con considerable beneficio a los labradores y trajinantes.

Como vemos por este oficio, mandado por Osuna a Écija el día 18 de marzo de 1816, aún no se le llama a la célebre Partida con el nombre “Los Siete Niños de Écija”, pero sí dice que son siete; y hace alusión al indulto que le ofrece el Capitán General, y que, con tanto detalle, narra Don Diego de los Reyes en el certificado que se acompaña al proceso de Don Martín Galván y Doña Gabriela de Castro. Es muy posible que a este indulto se acogieran, Alaya, el Pintado, Mesa y Calzado, componentes en aquel momento de la Partida, ya que más tarde no los encontramos reseñados en ningún documento. No queda constancia documental de los procesos contra estos bandoleros, ni de los que más tarde se celebraron contra los que fueron presos o ajusticiados, ya que estos documentos, pertenecientes a la Real Audiencia de Sevilla, se quemaron cuando el 6 de agosto de 1918 se produjo en el edificio de esta Institución el incendio que destruyó toda la parte alta y casi toda el ala derecha donde se situaba la Sala de lo Civil, la Sala de Togas y varias dependencias de la Secretaría de Sala.

Este mismo legajo 591, del Archivo Municipal de Écija, que lo forman los distintos expedientes que hacen referencia a la contribución de los 2 maravedí para la persecución de malhechores, contiene otros expedientes con referencia a ladrones, así como diligencias sobre dónde viven los individuos licenciados de presidio, además del expediente de Sebastián Martín (el Hornerillo), donde se previene vigilar la conducta de éste hasta que las autoridades de Justicia dicten sentencia.

En otro expediente sobre persecución de una cuadrilla de ladrones, fechado en el año 1819, se dice que a Sebastián Martín le dieron garrote vil en Sevilla.

En otro , de 17 de junio de 1819, el subalterno del Juzgado, Don Serafín Campos, comparece ante el Ayuntamiento y dice que el resultado de las diligencias que ha practicado para averiguar las casas y barrios donde viven varios individuos licenciados de presidio, que se compendian en una lista que le fue entregada al efecto por el Sr. Corregidor es la siguiente:

No dan razón: Basilio Romero (Calle del Moral) – Juan Pérez (Calle Radón).

No dan noticias: Francisco Gil – Juan del Valle Rodríguez (Calle del Carmen) – Francisco Sánchez (Calle Santiago) – Luis Aguilar (El Parralejo) – Cristóbal Álvarez – Francisco del Valle – Francisco Rafal Urbano (Natural de Santaella).

En la Cárcel: Manuel de Arias (Plaza Mayor).

Muertos: Manuel González (El Antequerano) – Antonio Santos “a” (El Granadino) – Juan Maria Riva de Neira – Juan de Laura.

Por primera vez aparece, en documento oficial, el nombre del bandolero apodado “El Granadino” al que, todos los autores que han tratado el tema, lo hacen natural de Granada, haciendo coincidir el sobrenombre con el gentilicio. Sin embargo, tras la lectura de este documento referido a malhechores ecijanos, indagué en los Archivos Parroquiales hallando, en el de Santa Cruz, la partida de bautismo de este bandolero, que, si bien no formó parte de la Pandilla principal, sí actuaba en una de las paralelas y que, el día 25 de julio de 1817, junto a todos los Niños de Écija, tuvo enfrentamiento con las tropas del Coronel Vergara y fue detenido en las cercanías de Aguilar (Córdoba).

Según se desprende de este expediente contenido en el legajo 591, Antonio Santos (a) el Granadino, ya había estado en presidio antes de ser detenido el 25 de Julio de 1817.

En el expediente de Sebastián Martín (a) el Hornerillo, figura la sentencia de la Comisión Militar que dice así: “Visto el proceso formado a Sebastián Martín (a) el Hornerillo en Consejo de Guerra celebrado en este día presidido por su Jefe el Coronel de Infantería Barón de Fuente de Quintos, habiendo asistido los señores vocales que abajo firman y el Asesor Ldo. Don Alonso Aurioles; oída la censura fiscal y el alegato del oficial defensor, todo bien examinado, ha acordado el Consejo sea puesto en libertad Sebastián Martín, quedando la causa abierta para que se vigile sobre su conducta, y se diere motivo para ello, se le continúe de nuevo con arreglo a la ley 6ª, libro 12, título 14. Sevilla 5 de octubre de 1816= El Barón de Fuente Quintos.= Ignacio María Aguilar.= Antonio Marfil y Mérida.= José Maria Sonet.= Diego Estrada.= Raimundo del Orbe.= José Fernández.

Una vez la sentencia fue aprobada por el Capitán General, el 14 del mismo mes, el dia 22 se presentó Sebastián Martín al Sr. Corregidor de Écija, Don Juan Ruano, el cual dispuso que los tres Tenientes Alguaciles Mayores vigilaran incesantemente su conducta.

Esta vigilancia no sirve de nada y el Hornerillo se una a los Niños de Écija, como lo comprobamos por su detención en la inmediaciones de Santaella el día 24 de julio de 1817 y, según este mismo legajo 591, le dieron garrote vil en Sevilla, por cuyo costo de ejecución el Ayuntamiento de Écija tuvo que pagar la cantidad de 2.572 reales a la Sala del Crimen, según el Cabildo de 15 de Noviembre de 1818.

En el Cabildo de 6 de agosto de 1816, se da una Orden del Sr. Regente relativa al pago de los gastos causados en la sentencia de muerte del reo Francisco Muñoz. Este bandolero también perteneció a la Partida de los Niños de Écija.

En el Cabildo de 27 de agosto de 1816 se lee un Oficio del Alcalde Mayor de Osuna que dice que los trabajadores y hacendados de aquella Villa han convenido en defender su término persiguiendo a la cuadrilla de malhechores, y que se adopte igual medida en Écija.

El Ayuntamiento acuerda que por el Sr. Presidente se le haga llegar al Comandante General de Partidas, Don Juan de Vergara, el contenido del oficio, y que se le comunique a Osuna, que el Ayuntamiento de Écija no tiene facultades en estos particulares.

En el Cabildo de 30 de septiembre del 1816, se lee un expediente del Gremio de Carpinteros, relativo a que se les declare libre y exonerado de la obligación de construir patíbulos.

En el Cabildo de 6 de agosto, que hacen mención a la ejecución de Francisco Muñoz, natural de Écija, se acordó abonar cierta cantidad al Depositario de penas de cámara de la Audiencia de Sevilla. La ejecución que tuvo lugar en Écija el dia 13 de julio, dio motivo a que los Alcaldes de los Gremios de Carpinteros de lo primo y de lo grueso, Isidoro Maestre, José Ruiz, Alonso Gallego y Pablo Díaz, recurrieran al Sr. Corregidor, con fecha 6 de julio, diciéndole que se les estaba obligando nuevamente a formar tablado y demás para la ejecución de Francisco Muñoz, lo cual no les correspondía, ya que eso lo debían hacer voluntariamente los carpinteros que se prestasen a ello, mediante el pago de la cantidad que se estipulara; y piden en el escrito que se les declare libres de tan injusta obligación. El Sr. Corregidor, Don Juan Antonio Ruano determinó que resolvería el asunto en justicia.

El Corregidor, por medio del Procurador D. Cayetano Eulogio Ramírez y del Doctor D. José Maria Domínguez y Rodríguez, presentó escrito en Sevilla, con fecha 25 de septiembre, en el Juzgado tercero ante el Teniente Terceto de Asistente, D. Juan Félix Maruri, y el Escribano Francisco del Valle y Pérez, interesando se les permitiera justificar por medio de testigos: Antonio Cabezas, hijo de José el Pregonero, de treinta años de edad que vive en la calle Arrayán, y dice que los tablados para los ajusticiados en Sevilla lo han hecho su padre, su hermano Andrés Cabeza, ejecutor de la justicia, el testigo y algunos carpinteros voluntarios, sin que jamás se haya forzado a los gremios. Detrás de este declara el verdugo Andrés Cabeza y dice igual. A continuación declaran: D. Manuel Sánchez, Alguacil de los Veinte de a caballo del numero de esta Ciudad; D. Manuel de la Rosa y Correa, Alguacil de Capa y Espada, de la Real Audiencia; D. Elías Muñoz y D. José Álvarez de la Marina, Alguaciles de Vara Alta de la Real Audiencia.

Concluida esta información, los gremios de carpinteros la presentaron al Ayuntamiento de Écija, el cual en Cabildo de 30 de octubre del mismo año, acordó pasar el asunto al Tribunal de Justicia. Pon fin, la Real Audiencia, con fecha 18 de marzo de 1817, dispone que sea obligación del ejecutor de la justicia el poner y quitar los tablados, satisfaciéndole por ello, en Sevilla, la cantidad que es costumbre, y en los pueblos de su territorio, lo que se concierte con sus Justicias, quedando a cardo de dicho ejecutor el costo de los operarios que necesite y que, voluntariamente, se presten a ello, sin que sea obligación de los gremios.

Después de ejecutado los reos, en muchas ocasiones, eran descuartizados y sus miembros y cabeza eran colgados en las Picotas que estaban situadas a la entrada de las ciudades.

La Picota, también llamada Rollo, era una columna de piedra, antiguo signo de jurisdicción, donde se exhibían los reos a la vergüenza pública.

La Picote tenía un remate o varios en forma de aguja (la picota del rollo). El rollo solía levantarse a la entrada de las poblaciones, en paraje publico y transitado. A comienzos del siglo XX se mantenían en pie, en España, un total de 52 rollos o picotas (en su mayor parte en Castilla la Vieja), algunas de las cuales conservaban aún las argollas o garfios de los que se colgaban los miembros de los ajusticiados.

La picota se empleaba también, como dicen las Siete Partidas, para poner a alguien en deshonra, bien fuese tras haberle azotado, bien en otras ocasiones “faziéndole estar al sol, untado de miel, porque lo coman las moscas alguna hora del día”. Siguió usándose en España hasta la primera mitad del siglo XX, para exhibir los miembros descuartizados de algunos ajusticiados.

En Écija existían dos rollos, uno a la entrada de la ciudad por la parte de Córdoba, y otro por la parte de Sevilla.
El de la parte de Córdoba se llamaba el Rollo, y el de Sevilla el Rolluelo. El primero desapareció y el Rolluelo del que adjuntamos fotografía, permanece intacto. El Rollo también lo podemos ver en la fotografía de la vista general de Écija.

El rolluelo está situado en la “Casilla del Rajamanta” y forma parte de la nueva edificación de la casa. Es digno de mención el haber mantenido esta columna, hecha de ladrillos, donde los ecijanos del pasado siglo vieron colgados los restos de algunos de aquellos bandoleros que trajeron en jaque a media Andalucía.

La cuesta de la carretera antigua de Sevilla, que lleva a la casilla de Rajamanta, donde esta situada la Picota, de siempre ha sido conocida por la “Cuesta del Rolluelo”.