SOBRE LOS 7 NIÑOS DE ECIJA
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ

RESUMEN Y CONCLUSIONES

iguiendo el orden cronológico que nos hemos marcado, con el fin de llegar lo más cercano a nuestro tiempo, otra de las publicaciones donde se escribe de los Niños de Ecija, fue en el periódico local La Opinión Astigitana, número de 26 de Agosto de 1896, titulado El último niño de Ecija (Rasgo Histórico), obra del escritor y periodista ecijano D. Benito Más y Prat, nacido en el año de 1846, artículo publicado a los cuatro años de su fallecimiento, cuyo autor, por su cercanía en el tiempo, también estuvo cerca, tal como hace constar en su propio artículo, de personas que bien pudieron conocer o estar relacionadas con alguno de los componentes de los famosos Niños de Ecija, de los que no cabe duda, en las publicaciones y documentos que hemos dejado aportado, coinciden en muchos de sus nombres y no tanto en el lugar donde nacieron, que, como hemos dicho desde el principio de este capítulo, aunque no dudemos que alguno sería de Ecija, no todos lo fueron.

A fin de que las valoraciones las haga el propio lector, será mejor, transcribir literalmente el artículo que apareció en el citado periódico La Opinión Astigitana en su número de 26 de Agosto de 1896:

“No hay duda, de que ha degenerado la respetable clase de bandidos de á caballo, aunque haya progresado la de á “pié”. De “el Bizco de el Borge” y “Melgares” a “Diego Corriente”, “José María el Tempranillo” y “Ojitos”, hay gran distancia; la historia del latrocinio “campeante” solo cuenta en su última etapa figuras de segundo orden como los “Juanillones” y “Pachecos”; el postrer representante de “la edad clásica”, “Juan Caballero”, murió hace poco en Estepa hecho lo que se llama “un buen hombre”.

En vano la nueva clase de ladrones de pacotilla, cuyos modelos son “Cartouche” y “Candelas”, quieren buscar los “roeles” y “calderas” de su escudo en Juan de Mung, el célebre trovador que legó a los dominicos de San Jacques, para pago de su entierro, un cofre de piedras preciosas que luego resultaron pizarras, o en el Cid, que empeñó a los judíos cajas llenas de arena, tomando por ellas buenos puñados de oro; sus esfuerzos han resultado inútiles; el timo no es popular: “José María” “Diego Corriente” y “Ojitos” fueron al drama y al romance; pero los ladronzuelos de nuestra época no pasaran a la posteridad; son sencillamente INDUSTRIALES.

Los que hoy parodian, en Málaga y la Serranía de Ronda, los atrevimientos y empresas de los célebres NIÑOS DE ECIJA, son también actores de menor cuantía.

Han pasado ya los tiempos de las fechorías andantescas, y cuando el ladrón Pacheco quiso seguir en Córdoba la senda de aquellos “briganes”, que más de una vez fueron héroes durante la invasión francesa, cayó atravesado por una bala a los pies del General Caballero de Rodas. Pertenecen, pues, a la tradición, y por eso voy a relatar, uno de los episodios de la vida íntima de estas gentes NON SANCTAS, recogido de labios de un anciano labriego y que tiene, a mi juicio, gran originalidad histórica:

“Desde el principio de la invasión francesa en España, por los años de 1808 a 1809, recorrían la Campiña de Ecija, importante ciudad de la provincia de Sevilla, y cuya fertilidad y riqueza fueron siempre proverbiales, varios grupos de bandidos de á pié y de á caballo, unos hijos de dicha ciudad y otros escapados de las aldeas y pueblecitos circunvecinos. La insignificante persecución que se les hacia, la situación topográfica de Ecija inmediata a los ríos Genil y Guadalquivir, vadeables por varios puntos la mayor parte del año y la proximidad de Sierra Morena, eran motivos suficientes para que estos malhechores tuvieran escogido su término por campo de batalla, pernoctando en él con seguridad extrema.

Ocupada en 1810 en su mayor parte la Andalucía Baja, y habiéndose acantonado en la referida Ciudad fuerzas considerables de Infantería y Caballería francesas, propusiéronse limpiar de “briganes” el territorio y dedicaron varias Compañías Montadas en su persecución, las cuales cogieron muchos, que fueron fusilados a las 24 horas y colgados hechos cuartos, algún tiempo después en la llamada “Mesa del Rey”; rollo de piedra coronado por el Escudo de España que se levantaba a orillas del Genil en las afueras de la antigua Colonia Astigitana.

Tal medida dio por resultado la extinción total de algunas partidas, escapando sólo aquellas que poseían mejores caballos y armamentos, y eran mas conocedoras de los escondrijos y senderos que conducían a la Sierra.

Entre los restos de estos “briganes” o “brigantes”, se contaban los célebres NIÑOS DE ECIJA, a los cuales se ha considerado por algunos como héroes, por suponer que dieron verdaderas batallas campales a los destacamentos franceses y ayudaron de algún modo a la EPOPEYA de la INDEPENDENCIA española.

Si estaban o no, confabulados contra los franceses; si, como se afirma entre la gente de pluma de Ecija y los citados “pájaros del Camino Real”, había secretas inteligencias, cosa es, que hasta ahora no ha salido a la superficie; lo que si puede asegurarse es que ellos respetaron muchas veces a los viajeros ecijanos. Lo que distinguía principalmente a estos bandidos era su inalterable número y su notable disciplina. Eran 7 con el Capitán, y cuando uno de ellos moría o caía en manos de los antecesores del heroico Cuerpo creado en 1844, cubríase inmediatamente la plaza y volvía a completarse el número, acaso simbólico de la cuadrilla.

Los 7 NIÑOS que se asemejaban un tanto a los que acomodó a su fantasías novelescas Fernández y González, solían entrar y salir en Ecija y en los pueblos comarcanos con mucha frecuencia y más de una vez se vieron en la plaza pública a caballo y como en casa propia, sin que los hostilizaran las autoridades. Sus fechorías se transformaban en verdaderos golpes de mano y tenían en la Región Andaluza inusitada resonancia.

El episodio que voy a referir y en cuyo relato seguiré estrictamente la tradición oral, que considero histórica, pinta de modo notable el carácter de aquellos hombres y revela algo de las intimidades de sus existencias algarivas ambiciosas, que se encenagaban en el crimen por un ducado y solían DAR GENEROSAMENTE, como San Martín, media capa al pobre en determinadas ocasiones. Mi difunto amigo, el diligente historiador Garay, no es de esa opinión y afirma que los “7 NIÑOS” de Ecija, no fueron otra cosa que malhechores más o menos atrevidos, que organizados de un modo particular pudieron escapar por algún tiempo a la “JUSTICIA del ROLLO”.

Cierta mañana, los habitantes de la Ciudad del Genil, reunidos en el mentidero de la plaza Mayor, comentaban acaloradamente el acontecimiento extraordinario del día.

Los Niños de Ecija habían llevado a cabo, dos noches antes, uno de esos hechos que asombran, que no serían hoy concebibles. El corro de curiosos, que era por demás heterogéneo, puesto que se componía de rapabarbas, ministriles, braceros y hermanos de ánimas, hacía aspavientos y admiraciones. Un lego franciscano del convento de enfrente, relataba el asunto con pelos y señales y ponderaba en valor y sagacidad de Ojitos, guapo mozo, capitán de los niños, a la sazón, del que se contaban maravillas y heroicidades.

Tratábase del robo de un rico presente enviado por el Sr. Goyeneche, gobernador de la Habana a S.M. el rey D. Fernando VII. A pesar de la fuerte escolta que llevaba el convoy, los Niños se habían dado buenas trazas en uno de los descansos del camino real, que sin sufrir la pérdida de un solo hombre, lograron apoderarse de cajones y valijas. Ocho poderosas mulas, cargadas de preciosidades artísticas y objetos de plata y oro pasaron a poder de Ojitos y sus compañeros, desapareciendo como por encanto en las cercanías de La Luisiana. El botín ascendía, según el decir de los bien informados, a muchos miles de pesos fuertes.

Departíase en el corro acerca del modo, hasta cierto punto inverosímil, cómo los siete bandidos habían logrado realizar tan importante golpe de mano, cuando el ruido de un tronco de un tambor y un numeroso grupo de gente armada que asomó por uno de los costados de aquella plaza aportalada y de monumental aspecto, vino a diseminar a los habladores, y a poner en conmoción a los que en el corro se hallaban.

Como el turbión y el redoblar de cajas avanzaba hacia las Casas Capitulares, lego, ministriles y hermanos de ánimas, se dirigieron allá engrosando las filas de verduleras y chicuelos que se habían escalonado al paso.

Lo que vieron les horrorizó. Entre un grupo de migueletes, sostenido por los brazos penosamente, iba un hombre como de treinta a cuarenta años, alto, fornido, simpático, con patilla al uso de la tierra, vestido con traje corto, es decir calzón de punto, marsellés, faja bordada, botín pespunteado y sombrero de catite. Tras él, atravesados en cuatro pacientes asnos, se veían cuatro cuerpos muertos. El hombre vivo adelantaba con dificultad y parecía experimentar al menor movimiento terribles dolores; los cadáveres, acomodados en sendas cabalgaduras, mostraban sus rígidas extremidades por los remates de los lienzos que los cubrían y se bamboleaban al tardo paso de las bestias. El lego franciscano y los ministriles y rapabarbas no tuvieron que preguntar lo que significaba aquel extraño cortejo.

El preso, que maniatado y pálido como la muerte abría la marcha, casi arrastrándose, era el celebrado y simpático capitán Ojitos, los cuatro hombres muertos no podían ser otros que bandidos compañeros suyos, a juzgar por los caballos ricamente enjaezados que llevaban del diestro los migueletes y de cuyos arzones se veían aún pendientes las pistolas y los trabucos naranjeros.

Lo que llamó más la atención de los curiosos fueron los cuatro pares de mula con pesada carga que cerraban esta lúgubre procesión; no podían menos de ser las conductoras del gran convoy que había caído en manos de los niños hacía dos noches.

El efecto producido por este espectáculo fue tal, que pronto el pueblo entero se dio cita en aquel sitio, cubriendo hasta los soportales de la plaza. ¿Cómo habían muerto aquellos hombres?. ¿De qué modo cayeron en poder de los migueletes, tan torpes de ordinario, los restos de tan soberbio golpe de mano?. ¿Quién había sido el valiente que apresara al arrojado e invencible Ojitos, terror de Sierra Morena?.

Durante muchos meses se repitieron en los mentideros de la ciudad estas preguntas que no pudo contestar ni esclarecer un proceso interminable. Ojitos murió pocas horas después de su entrada en Ecija, sin que fuera posible hacerle confesar lo que había ocurrido. La escena que voy a referir sólo la presenciaron los bandoleros y las driadas que habitaban en los troncos de los álamos de la isla de Villaverde.

Ahora bien; ¿el anciano que me hizo esta relación muchos años después, fue acaso, alguno de los niños que escapó al cuchillo de Ojitos o a las garras de los migueletes?. ¿Quién sabe?. Yo no puedo asegurarlo porque jamás me he permitido ver el crimen bajo los cabellos blancos y las arrugas de la senectud.

– “Luego que se consumó el robo del convoy de la Habana, los Niños, precedidos del capitán Ojitos, se dirigieron a uno de sus más seguros puntos de parada; la isla llamada de Villaverde, distante dos o tres leguas y cuya situación era la más apropiada para el reparto de aquellas riquezas.

El agreste teatro donde había de celebrarse el reparto del botín, estaba en consonancia con la escena fantástica y dramática a la vez que allí iba a representarse. Lejos del camino real, cerrada en sus frentes por altas arboledas y rodeada por las aguas del Genil en la parte opuesta, como aún hoy mismo se conserva, la isleta preferida de los Niños, tenía todas las condiciones necesarias para poder pernoctar en ella sin temor a las acechanzas de sus perseguidores. La noche a que se refiere este relato, era una noche de plenilunio, y aquel semicírculo festoneado por tarajes, mimbreras y cañizales, sombreado por álamos negros y alfombrado de florecillas, presentaba, sin duda, el aspecto de uno de esos lugares en que los gnomos y las valkirias del Norte extienden en las veladas nocturnas sus codiciados tesoros para hacerlos brillar ante los ojos del viajero que sigue fascinado la dirección de los inquietos fuegos fátuos. A lo lejos, divisábanse las cortijadas y blancos caseríos que se perdían entre la bruma a la otra banda del Genil.

Para que la semejanza con el reino de los gnomos fuera completa, la isleta de Villaverde soportaba aquella noche verdaderos montones de oro y piedras preciosas.

Siete anchas mantas valencianas extendidas en semicírculo sobre el musgo, iban recibiendo, por turno los objetos que el capitán Ojitos arrojaba desde el centro del corro formado por los seis bandoleros. El capitán tomaba la pieza de un gran montón que tenía ante sí e iba repartiéndolas con precisión y habilidad extrema. Las vasijas de carey y plata, las estatuitas de marfil y sándalo, los objetos de China y el Japón, las joyas adornadas de pedrería fina, iban volteando por el aire y caían sobre cada uno de aquellos paños de colores produciendo ruidos extraños y dando fantásticas vislumbres. Cada uno de los bandidos permanecía al lado de su manta, inmóvil, resignado, sin desplegar los labios. Ojitos apartaba para la suya colocada a su derecha, una parte semejante y chupaba tranquilamente su veguero repitiendo a media voz estas palabras: ¡Oro!, ¡plata! ¡terciopelo! ¡marfil! ¡sándalo! ¡porcelana! ¡seda!…etc.
Cuando el gran montón desapareció del todo y las siete mantas estuvieron casi repletas, el capitán se cruzó de brazos y se dispuso a repetir la frase sacramental: “que os sirva de provecho”. Pero en ese momento, el segundo, un bandolero llamado el Zurdo, feo y mal encarado, cuyos codiciosos ojos recorrían la parte de todos creyéndolas más valiosas que la suya, se dirigió a Ojitos en son de quimera, diciéndole entre zumbón y provocativo:

– ¡Capitán, el que parte y reparte…!

– ¡Pierde el pan y pierde el perro!, reputo Ojitos, con esa viveza meridional que le distinguía y le habían hecho siempre ser el primero en echarse el trabuco a la cara o en empalmarse el cuchillo.

¡El que parte y reparte, insistió el Zurdo, ya con mala intención, jace lo que el capitán; se quéa con el santo y la limosna!.

Ojitos palideció hasta el punto de parecer lívido y haciendo una expresiva señal a los demás Niños que habían dado un paso para acercarse a él, dijo en voz alta e imperiosa: ¡Quieto too el mundo y dejarme a mí con este poenco!. Los capitanes como yo no necesitan repartir bien ni mal porque es suyo todo lo que hay a la vera. ¡Ahora limpiense ustedes las lagañas y vean lo que jace Ojitos…!

Y arrastrando su manta llena de preciosidades hasta el borde del Genil, la arrojó en el río con todo lo que contenía, menos pesaroso que aquellos soldados que sepultaron el tesoro de Alvino, bajo las aguas del Busanto.

Tan atrevido acto produjo en aquellos hombres un movimiento de asombro y expectación; el ruido de tan ricos objetos tragados por las ondas, resonó de un modo particular en sus oídos; uno de los Niños no pudo contenerse y exclamó anudando su manta:

¡El capitán está loco…!

Entre tanto, Ojitos se dirigía al Zurdo, que hacía señas a dos de sus compañeros para que le ayudasen en tan gran lance y sacando una navaja corta, ancha y afilada, como aquellos cachicuernos de nuestros antepasados los árabes, díjole, poniéndosele cara a cara:

¡Cobarde, avaricioso, ahora me vas a entregar tu manta que se me ha puesto entre ceja y ceja!.

El Zurdo dio un rugido y los demás Niños callaron como muertos; salió a relucir la navaja del aludido y se entabló entre ambos bandidos una lucha terrible y salvaje. Quien hubiese visto aquel duelo extraño, tenido a la luz de la luna y entre montones de ricos objetos, se habría creído transportado a la época bárbara y raíz de los Nibelungos. A los pocos instantes, el contrario de Ojitos acosado por éste que daba verdaderos saltos de pantera y se quitaba los golpes con el brazo, lanzó un ¡ay! y un horrendo voto y cayó sobre su propia manta con el corazón partido de un tremendo navajazo. La vajilla destinada a Fernando VII recibió en vez de licores y gomas perfumadas un raudal de roja y caliente sangre.

Entre los bandidos notóse cierto movimiento hostil y sedicioso; más Ojitos no cejó por esto. ¡Ahora esa otra!, dijo avanzándose a uno de los niños amigo del Zurdo. Y uniendo la ofensa a la petición le acometió con tan buen acierto que le dejó tendido a sus pies antes de que pudiera defenderse.

Entonces pasó allí algo imprevisto y terrible. Unos aguijoneados por el ejemplo del capitán y otros temerosos de perder la parte del botín que les había caído en suerte, tomaron juntamente la ofensiva y se lanzaron unos contra otros. La luna que antes se reflejaba en metales, paños y piedras preciosas, dejó caer sus rayos indiferentes sobre las hojas de los cuchillos y dio relámpagos rojizos a aquellas retinas turbias e inyectadas.

Poco después, sonaba una descarga cerrada que hacía una víctima entre los combatientes y penetraba en la isleta un destacamento de migueletes, al que algún bocón había dado aviso. Ojitos, sudoroso, ensangrentado, pero todavía ágil y erguido, se revolvía contra dos de sus compañeros cuando se apercibió de la llegada de las tropas. Dio una desesperada voz de alarma, pero fue inútil; cuando hacía morder el polvo al cuarto de sus antiguos camaradas, los migueletes le sujetaban por la espalda, mientras que los dos Niños restantes huyeron por un sendero oculto de la enramada, llevándose lo que pudieron de aquel nefasto tesoro.

Cuatro cuerpos tendidos sobre lagos de sangre; algunas mantas llenas de objetos preciosos y varías caballerías atadas a los troncos de los álamos; he aquí lo que se ofreció a los asombrados ojos de los migueletes después de apresar al capitán de los Niños que se retorcía de rabia entre las manos de los que le atarazaban. Recogido el importante botín, levantados los muertos y acomodado el herido sobre unas parihuelas de ramas secas, emprendieron los migueletes la marcha hacia Ecija, a donde llegaron, como se ha dicho, a la mañana siguiente.

Aquel drama terrible dio al traste con la primitiva partida de Los Niños de Ecija, pues aunque después de la muerte de Ojitos, aparecieron otros con parecida organización y el propio título, siempre el matador del Zurdo y sus compañeros en la isleta de Villaverde, fue considerado como el último Niño de Ecija.”

En 1909, el cronista oficial de la Ciudad de Ecija, Don Manuel Ostos y Ostos, publica su obra Alfajores de Ecija, dentro de la cual, dedica un amplio capítulo a los Siete Niños, que ocupa las páginas 287 a 353, ambas inclusive, bajo el título: Ni eran siete…Ni eran de Ecija.

Nuestro paisano, después de una exhaustiva investigación en todos los archivos donde constaba algún dato sobre dicha banda o cuadrilla, hace una completa información, demostrando que Ecija sólo se quedó con la mala fama que le proporcionó el nombre de dicha cuadrilla, culpando a la indolencia del propio pueblo ecijano, dicho título tan lastimoso, lamentándose que las flores y laureles fueren para otras ciudades, entre ellas Carmona, terminando dicho extenso capítulo, con las siguientes conclusiones:

“…Extractado, copiado y comentado todo, o casi todo lo que encontré fuera y dentro de Ecija y haciendo constar que muchos documentos originales, casi todos, se los llevó el Comisario Regio Don José García de la Torre, termino con el siguiente resumen:

PRIMERO.- Queda demostrado que la serie de calamidades que asolaron toda Andalucía y que arrancan en 1800, de fiebre amarilla, hambre y guerra con el francés, determinaron el estado anárquico que dio origen al bandolerismo, aumentado con el pretexto de guerrillear contra los invasores y más aún, en los años siguientes al en que los soldados de Napoleón abandonaron nuestro suelo, por el natural desconcierto de las autoridades, no repuestas ni constituidas hasta mucho después de abandonar esta región los franceses. Pero este estado anárquico fue general de Andalucía entera, no de Ecija exclusivamente.

SEGUNDO.- Ecija, espontáneamente, sin ajena ayuda, comenzó la persecución de los bandoleros, creando por su cuenta partidas de escopeteros antes que el Gobierno de la Nación pensara atajar aquel mal. Después, quizás por su iniciativa, por su situación y por su importancia, fue designada como centro de las operaciones militares y a Ecija tuvieron que abonar contribución otros pueblos de esta provincia y la de Córdoba, para atender a los gastos de la persecución. De ahí que Ecija fuera nombrada en todas partes; en la Capitanía General…tropas a Ecija; en la Audiencia…órdenes a Ecija; en los pueblos…contribución a Ecija; en Madrid…Comisionado Regio a Ecija. Y tanto fue y vino el nombre de Ecija, que acabaron por asociar el noble y siempre honrado nombre de Ecija a aquel estado anárquico de España en general y particularmente de toda la Andalucía.

TERCERO.- Cuando quedó casi terminado el bandolerismo, es cuando, la última partida que hubo, empieza a llamarse la de “Los Niños de Ecija”; partida que se llamó así y que estuvo por estas inmediaciones los años 1816 y 1817, hasta que el 25 de Julio de este último año fue desbaratada junto a Santaella. Ese resto que acabó con la muerte de Pablo Aroca y la sucesiva de Candil o Candiles, fue el que llevó el nombre de Ecija. Antes de esa última partida, ninguna de las innumerables que existían llevaron el nombre de esta Ciudad según los documentos oficiales. No hubo pues, más que una partida con el nombre de Ecija, que tuvo por primer capitán a Antonio Padilla y como último a Pablo Aroca a)Ojitos y que, comenzando en 1816 fue desbaratada en Santaella en 1817 y concluida con la muerte de Ojitos en Posadas, en Mayo de 1818.

CUARTO.- En los documentos oficiales nunca se les llama Los Siete Niños, ni nunca tuvo ese número la cuadrilla. Eso del número es…la poesía popular y la novela de Fernández y González.

Desde 1816 a 1818, según el Cabildo de 2 de Julio de ese año, proposición de Don Marcos Castrillo y oficio del Coronel Vergara; ósea cuando existió la cuadrilla de Los Niños, esta se componía de los bandidos siguientes:

Antonio Padilla, José Martínez “El Portugués”, Sebastián Martínes “El Hornerillo”, Antonio Quirós “El Curita”, Becerra, Dandil o Candiles, Fray Antonio de la Grama “El Fraile”, el Rojo, el Minos, Juan José Gutiérrez “El Cojo”, Alaya, Mesa, el Granadino, dos más desaparecidos con Becerra, pues aún cuando se dice eran tres, descontamos al Candil, muerto poco después que Pablo Aroca “Ojitos”. Total, con el Ojitos, diez y seis. Si los apellidos Alaya y Mesa corresponden a algún apodo, serán catorce, pero nunca siete y si incluimos en esta última partida a Juan Romero Peña y Felipe Romero Moreno, ajusticiados en 1815, son otra vez diez y siete; pero como en 1815 no existía la cuadrilla que se llamó de los Niños, tenemos que dejar fuera a Juan y Felipe Romero, quedando la partida en catorce hombres que andaban juntos, según la acción de Santaella, o en diez y seis si los apodos no corresponden a Mesa y Alaya.

Y como no fueron siete, ni oficialmente nunca se les nombra por ese número, podemos afirmar…Ni eran siete…

QUINTO.- Sin negar que entre aquellos bandidos hubiera alguno de nuestro pueblo, pues en los pueblos nacen los nombres y nacen buenos y malos, y en contrapeso de algunos de esos desgraciados puede poner Ecija, héroes, sabios, escritores, artistas y hasta santos, debe, sí, asegurarse en términos generales que no eran de Ecija.

De los diez y seis, a catorce bandidos, según hagamos la cuenta que componían la cuadrilla mal llamada de Niños de Ecija, que ya queda identificada, sólo uno era ecijano; Sebastián Martín “El Hornerillo”. Y si metemos en esa cuadrilla a Juan y Felipe Romero, cosa que no puede hacerse puesto que murieron en 1815 y la cuadrilla llamada de los Niños sólo existió en 1816, 1817 y 1818, serían entonces tres niños verdaderamente ecijanos. Y admitamos los tres; de admitirlos, serán tres ecijanos entre diez y ocho bandidos, pues a los diez y seis tendríamos que sumar a los Romeros. No creo que puedan llamarse en justicia Niños de Ecija, a la ínfima minoría de la cuadrilla; minoría que llega a tres, metiendo a dos que aún cuando fueron ajusticiados como bandoleros, murieron antes de que el nombre de Ecija se diera a la cuadrilla.

De los otros bandidos, fueron capturados vivos El Hornerillo, El Curita, El fraile, El Rojo, El Minos, El Cojo, Alaya, Mesa y el Granadino. Todos murieron en el patíbulo.

De haber sido ecijanos alguno más que El Hornerillo, existirían antecedentes, con relación a ellos, como este:

“Oficio.- En el expediente formado sobre los gastos ocasionados en la ejecución de justicia que sufrió Juan Romero Peña el día 24 de Febrero próximo pasado, he decretado lo siguiente.- Su Ilma. en vista de este expediente y resultando de él que Juan Romero Peña sentenciado por Consejo Militar que sufrió pena de muerte el 24 de febrero próximo pasado era vecino de la Ciudad de Ecija y no tener bienes algunos, y que los 3,825 reales librados en calidad de reintegro para la ejecución de la justicia es indispensable reintegrarlos con más 108 reales de las costas del infrascrito escribano, importando todo 3,933 reales, líbrese orden al Corregidor y Ayuntamiento de Ecija para que de los propios y arbitrios de dicha Ciudad, remita esa cantidad a poder de Don Domingo de Menchaca, Depositario de penas de Cámara.- Dios guarde a Vm, muchos años.- Sevilla y Noviembre 18 de 1815.- Isidoro Sanz de Velasco.- Señor Corregidor y Ayuntamiento de Ecija.”

De ese oficio se dio cuenta en Cabildo de 20 de Diciembre del mismo año quince, así como de otro en que reclamaban 3,933 reales con referencia a la ejecución de Felipe Romero.

En la sesión de 6 de Agosto de 1816 se acordó abonar 2.457 reales gastados en la ejecución del reo Francisco Muñoz; este seguramente fue condenado por algún crimen que no tenía relación con el bandolerismo, si bien no se expresa cual fuera; pues en vez de ser sentenciado por el Consejo de Guerra lo fue por …los Señores Ministros de la Sala del Crimen de esta Real Audiencia… Y en Cabildo de 13 de Noviembre de 1818, se dijo: …se abonen 1,572 reales que ha tenido de costo la ejecución con la pena ordinaria de muerte del reo Sebastián Martín “El Hornerillo”, natural y vecino de esta población…

Ni antes ni después de estas fechas se encuentran referencias a otros reos naturales y vecinos de Ecija, por lo cual, puede afirmarse que sólo tres individuos ecijanos, pertenecieron a la cuadrilla y eso admitiendo en ese número a los Romeros.

En los años 1813 y 1814, sólo se nombran a Los Papindos, que si bien eran ecijanos no pertenecieron a Los Niños; y a un José Piña, que no era de esta Ciudad, por todo lo cual, creo que puedo completar el título de este trabajo diciendo…ni eran de Ecija.

SEXTO.- No siendo, como en efecto no eran ecijanos, pues una golondrina no hace verano, hay que explicarse que tomaran el nombre de nuestro pueblo por las causas ya apuntadas y por haber escogido aquellos bandidos como centro de sus operaciones nuestro extenso término, muy a propósito para librarse de las emboscadas de la tropa; cosa muy fácil en la sierra por los pazos forzados, y en nuestro término imposible por ser todo él como la palma de la mano.

SEPTIMO.- Para concluir en carácter con relación al motivo de este artículo. Las equivocaciones que con referencia a los Niños se sientan en la página 173 de la segunda parte del Bosquejo Histórico (se refiere aquí el autor a la obra titulada Bosquejo Histórico de la Ciudad de Ecija, de la fueron autor Tamarit Martel y M. Varela, publicada en 1892) están a la vista; basta un cotejo de fechas y fijarse en cuál mataron al Portugués, y en qué sitio murió Pablo Aroca “Ojitos”, para notar la equivocación. Haga el cotejo el bondadoso lector; que yo…estoy ya cansado.

En este punto, yo, como bondadoso lector, siguiendo las indicaciones de Manuel Ostos y Ostos, hago dicho cotejo. Tamarit Martel y M. Varela, dentro del Capítulo II, dedicado a Ecija, después de la retirada de los franceses, reformas que dejaron establecidas, constitución de 1812, partidos políticos, hechos varios, actitud de Ecija desde esta época hasta la muerte de Fernando VII, Niños de Ecija, efectivamente en su página 173, escriben:

“…Pero como la presencia de estos hombres imposibilitaba el tránsito por los caminos y la vida en el campo, Ecija, como hemos dicho, trabajó y puso de su parte cuantos medios halló a mano hasta conseguir su extinción, la que logró ver realizada en julio de 1817. En tal época y en una reñida acción que sostuvieron en las inmediaciones de una finca rústica situada en los confines de este término y en de la villa de Aguilar, se consiguió la captura de Sebastián Martín “Hornerillo”, que sufrió pena capital; quedaron muertos Pablo Aroca “Ojitos”, que hacia de jefe de la partida, y otro apodado Candiles. Después fueron muertos en las inmediaciones de Aguilar, Fray Antonio de la Grama, a quien llamaban “El Fraile” y el conocido por “El Portugués”. Como consecuencia de esta persecución fueron capturados o muertos el “Rojo”, “El Chivo” y “Becerra”, con los que se dio fin de la partida. Distinguióse en esta obstinada y cruenta lucha el Coronel D. Juan de Vergara, que mandaba las tropas reales y el cuerpo de escopeteros de que hemos hecho mención, consiguiendo con sus acertadas disposiciones tan lisonjero resultado…”
Realizado el cotejo al que nos invitaba Ostos y Ostos, finalizamos lo escrito por este respecto de los Niños de Ecija, retomando el hilo de su escritura:

Y OCTAVO….para borrar el SIETE.- Con lo escrito, con los datos y documentos oficiales que dejo mencionados, creo que la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Ecija, tiene sobrado derecho para borrar la falsa e injusta leyenda de Los Siete Niños y para decir muy alto y en todas parte, que NI ERAN SIETE…NI ERAN DE ECIJA. Y conste, que como dije al principio, tengo el temor de haber acertado, de haber destruido la leyenda…la última que nos queda, la que nos da fama…la leyenda de Los Siete Niños de Ecija.

Pero como el cariño a la noble Ciudad de Ecija, vale más, pesa más que cualquiera preocupación, yo, diciendo, donde digo digo, no digo digo, que digo Diego, hónrome en haber acopiado estos materiales y en haber ultimado este modestísimo trabajo, para la Ciudad ecijana pueda repetir una y mil veces y yo con ella…NI ERAN SIETE…NI ERAN DE ECIJA.”

En el año de 1929, el poeta gaditano Fernando Villalón, en su obra Romancero del 800, inspirada en la poesía lorquiana, menciona a los Niños de Ecija con su famoso poema que sigue:

I

Diligencia de Carmona,
La que por la vega pasas
Caminito de Sevilla
Con siete mulas castañas,
Cruza pronto los palmares,
No hagas alto en las posadas
Mira que tus huellas huellan
Siete ladrones de fama.

II

Remolinos en el camino.
Siete bandidos bajan
De los alcores del Viso
Con sus hembras a las ancas.
Catites, rojos pañuelos,
Patillas de boca de hacha.
Ellas navaja en la liga;
Ellos la faca en la faja;
Ellas la Arabia en los ojos,
Ellos el alma a la espalda.
Por los alcores del Viso
Siete bandidos bajan.

III

Siete caballos caretos;
Siete retacos de plata;
Siete chupas de caireles,
Siete mantas jerezanas.
Siete pensamientos puestos
En siete locuras blancas.
Tragabuches, Juan Repiso,
Satanás y Mala-Facha,
José Candio y el Cencerro
Y el capitán Luis de Vargas,
De aquellos más naturales
De la vega de Granada.
Siete caballos caretos
Los Siete Niños llevaban,

IV

Echa vino, montañés,
Que lo paga Luis de Vargas,
El que a los pobres socorre
Y a los ricos avasalla.
Ve y dile a los milicianos
Que la posta está robada
Y vamos con nuestras novias
Hacia Ecija la llana.
Echa vino, montañés,
Que lo paga Luis de Vargas.

Volviendo a la imputación que nacidos en Ecija, se ha hecho casi siempre sobre los Siete Niños, del poema anterior escrito por Fernando Villalón, cuando dice: ”…más naturales de la Vega de Granada…vamos con nuestras novias hacia Ecija, la llana…” que, sin perjuicio de que alguno de sus componentes, a lo largo de todos los años que tuvo vigencia dicha cuadrilla o banda, aproximadamente entre 15/20 años, fuera nacido en Ecija, no deja de ser más cierto que la gran mayoría no lo fueron, así como tampoco sus novias. De ello que, como hemos leído anteriormente y lo haremos más adelante, fueran varios los escritores que, a lo largo de la historia desde que emergieron dichos Niños, hasta nuestros días, hayan intentado demostrar que ni eran siete ni eran de Ecija.

Hace mención Villalón en su Romancero del 800 a uno de los bandoleros componentes de los Siete Niños, concretamente a “Tragabuches”. Es posible que, por el paisanaje, ya que tanto el poeta como “Tragabuches”, nacieron en la gaditana localidad de Arcos de la Frontera, tuviese aquel datos suficientes no sólo del bandolero sino del entorno que le rodeaba. De todas formas, una fotografía del citado miembro de los Siete Niños, obrante en una publicación de la que es autor Don José Mª Gutiérrez Ballesteros “Conde de Colombí”, editada en Madrid 1959 y de la que más adelante nos ocuparemos, nos sirve para conocerle en su época de torero, del que su biografía dice:

“JOSE ULLOA.- Nacido en Arcos de la Frontera (Cádiz) el 21 de septiembre de 1781. De raza gitana, heredó el apodo de su padre que, en cierta ocasión, se había comido un feto de asna adobado.

Ahijado de Bartolomé Romero, pariente de la familia torera de los Romero de Ronda, fundadores de una de las famosas escuelas de tauromaquia, de joven se formó como banderillero en las cuadrillas de los matadores rondeños José y Gaspar Romero. Recibió de este último la alternativa en la misma corrida, celebrada en Salamanca el 12 de septiembre de 1802, en la que Gaspar Romero fue cogido y muerto en el primer toro, por lo que Ulloa tuvo que terminar la faena.
Su prometedora carrera de torero se vio truncada por un desagradable incidente. Ulloa se dirigía a caballo para torear en otra plaza, cuando un accidente le obligó a regresar de improviso a su casa, un desafortunado regreso que le llevó a conocer la infidelidad de su mujer. Tras dar muerte al amante y la infiel esposa, no halló otra solución para su destruida vida que alistarse en la cuadrilla de bandoleros de Los Siete Niños de Écija, que dirigía en aquella época Juan Palomo. En ella permaneció hasta su definitiva disolución. La mayoría de sus miembros recibieron el indulto, excepto “El Tragabuches”, cuya huella se perdió desde ese momento.”

Tragabuches
Tragabuches

Retomando la mencionada obra de D. José María Gutiérrez Ballesteros “Conde Colmbí”, titulada Los Siete Niños de Ecija (Ni eran siete, ni eran de Ecija, deshaciendo un equívoco), publicada en Madrid, año de 1959, Gráficas Versal (que, como he dicho más arriba, poseo uno de los escasos originales que quedan), donde el autor, hace una defensa de la no ecijanía de los Niños, inserta en su página tercera el escudo de la Ciudad de Ecija, en la cuarta la foto aportada de “Tragabuches”·

Gutiérrez Ballesteros, como fundamento de dicha defensa, comienza escribiendo: “Quiero romper una lanza más, a favor de la muy noble y muy leal Ciudad de Ecija…la que hace ya muchos años soporta estoicamente un San Benito, que según los datos que conozco, no hay derecho a que continúe por más tiempo. Se dice y ya es añejo, aquello de “Los siete niños de Ecija” y se cuentan historias con pelos y señales, de actos vandálicos realizados por estos siete niños, que yo afirmo rotundamente, ni eran siete ni eran de Ecija…”

Tras hacer un poco de historia sobre el origen de dicha banda o cuadrilla, apoyándose, igual que otros autores, en la famosa novela de Fernández y González y mencionando el poema de Diligencia de Carmona del también citado Fernando Villalón que hemos dejado aportada, dedica un apartado a la lista de Niños de Ecija que fueron capturados por la fuerza pública, fechándola entre Diciembre de 1812 y 1815, reseñando a los siguientes:

“…a los que el vulgo bautizó como pertenecientes a esta partida: Francisco Benavente, Antonio Gregorio López y José Lorenzo García, los tres naturales de La Campana (Sevilla); José de los Reyes, natural de Fuente Palmera; Juan Antonio Martínez, de La Luisiana (Sevilla); Juan Pérez, de Osuna (Sevilla), Andrés de la Torre, de Lucena (Córdoba), Miguel Rodríguez, de Los Corrales (Sevilla); Antonio Muñoz, de Vélez Málaga y Antonio de la Reyna, de La Puebla de los Infantes (Sevilla), todos los cuales terminaron en el patíbulo. Poco después fue también capturado y sufrió la última pena Sebastián Martín “El Hornerillo”, natural de Ecija, que parece fue algún tiempo capitán de la partida. El 14 de Febrero de 1814 se capturó y fue ejecutado José Piña, natural de Lucena (Córdoba) y en 24 de Febrero de 1815 lo fue asimismo sufriendo también la pena de muerte Juan Romero Peña, natural de Ecija (Sevilla). En 20 de Noviembre del mismo año le tocó el turno a Felipe Romero, cuya filiación se desconoce y Antonio Quirós “El Curita”, natural de Estepa, escopetero que se pasó a la partida, los cuales corrieron la misma suerte que los anteriores, siguiéndole los apodados “El Ayala”, “El Mesa” Y “El Granadino”. El primer capitán parece que fue Antonio Padilla y el último Pablo Aroca “Ojitos”, siendo extinguida totalmente la banda a la muerte de este.

Todas estas capturas tienen constancia en documentos oficiales, bien en los sumarios instruidos por los respectivos juzgados o en actas de cabildos celebrados en el Ayuntamiento de Ecija, aunque puedo afirmar, sin temor a equivocarme que no existe ni un solo documento municipal en que se les llame Los siete niños de Ecija.

Entra después el autor a referir la existencia de un bando ofreciendo gratificar con mil ducados a la persona o personas que facilitaran la captura de alguno de los componentes de la partida, bando, que es la sentencia cuya copia hemos aportado, dictada por la Audiencia de Sevilla en 1 de Julio de 1817. Sobre ello, continúa Gutiérrez Ballesteros:

“…despertando la codicia de un comerciante de Aguilar llamado don Pedro García que los delató, indicando se encontraban reunidos en una venta situada en el término municipal del pueblo de La Luisiana, provincia de Sevilla. Para allí salieron en uno de los días del mes de Julio de 1817 fuerzas de las tropas reales que, unidas a los escopeteros y al mando del coronel don Juan de Vergara, los sorprendieron, entablándose encarnizada lucha que costó la vida a tres migueletes y de la que resultaron heridos el jefe de estos y cuatro números más, deteniendo al capitán de la partida Pablo Aroca “Ojitos”, a Juan Antonio Gutiérrez “El Cojo”, a Francisco Navajo “Becerra”, a José Martínez “El Portugués” y a Antonio Laguna “El Fraile”, apodado así por haber sido lego, logrando escaparse los otros dos conocidos por “”El Rojo” y “El Chivo o el Minos”.

Si comparamos lo escrito por Más y Prat sobre su relato publicado en La Opinión Astigitana en 26 de Agosto de 1896, sobre El último niño de Ecija, refiriéndose a Pablo Aroca “Ojitos” y como fue capturado el mismo, podemos comprobar que difiere un poco aquello de lo escrito por Gutiérrez Ballesteros, dado que aquel cuenta, como fin de la banda, la captura de los mismos, después de una disputa entre los propios componentes acaecida en la isleta de Villaverde, por el reparto de un botín, mientras el Conde de Colombí, la sitúa en la localidad de La Luisiana (Sevilla), distante de Ecija unos dieciséis kilómetros dirección Suroeste, la misma distancia que existe, aproximadamente, desde Ecija a la isleta de Villaverde, pero dirección al Sur. En cambio, si coinciden ambos en la encarnizada lucha y la fuga de dos de los niños que en aquel momento se encontraban allí, mientras que Más y Prat, escribe que cuatro fueron muertos y malherido “Ojitos”, falleciendo posteriormente.

Concreta Gutiérrez y Ballesteros su pequeña, pero ilustrativa publicación, detalles sobre el proceso, condena y naturaleza de cada uno, tras la captura de la banda en La Luisiana:

“…Conducidos a Sevilla los detenidos y procesados, se celebró la vista de la causa instruida, dictándose sentencia condenatoria en la que se dice textualmente “por pertenecer a la cuadrilla llamada de los niños de Ecija, salteadores de caminos, incendiarios, asesinos, forzadores de vírgenes y mujeres honradas y otros delitos”. Y para vindicar a la hermosa Ciudad de la luz y del calor, que se conoce por la sartén de Andalucía, a esta gran Ciudad de las once torres y como argumento final de mi afirmación que ni eran siete, como queda demostrado anteriormente, ni eran de Ecija, sino que se llamaban así por haber escogido las diferentes partidas de maleantes, para centro de sus hazañas, el campo de esta gran Ciudad, expongo que los cinco detenidos, juzgados y condenados, habían nacido respectivamente en Carmona, Fuentes de Andalucía, Lora, Marchena y Osuna, o sea que ninguno de ellos eran naturales de Ecija.

“El Fraile” y “Ojitos” fueron sentenciados a muerte en horca, y el primero, en consideración a la petición del arzobispado, a que no fuese descuartizado, pero sí el otro, que los demás reos presenciasen el suplicio de sus compañeros en el tablado y que fuesen llevados a un presidio de los de Africa por doce años como se ejecutó el día 1 de Septiembre de 1817. Unido al proceso, figura el acta de entrega de 11.000 reales de vellón a Don Rafael García como apoderado del denunciador don Pedro del mismo apellido.

En 25 de Septiembre de aquel año se autorizó al impresor Rodrino, a petición de Antonio de Espejo y otros vecinos, la impresión de un romance relatando el caso que anteriormente describo…”

Dicho autor, finaliza con lo que titula el autor Contrapartida de esta mala partida, donde hace una loable relación de dignidades eclesiásticas, apellidos ilustres y valientes guerreros que enaltecieron a la Ciudad de Ecija.

Fuese verdad o no, fuesen siete o novecientos, fuesen o no algunos de sus componentes naturales de Ecija, fuese cierto o no cuanto se le imputaba, a favor o en contra, a los que, en el primer cuarto del siglo XIX, fueron conocidos y llamados por Los Siete Niños de Ecija, que, quiérase o no, mancilló el nombre de nuestra Ciudad por toda la geografía universal, y aunque no lo conocimos, no cabe duda que forma parte de la historia de esta Ciudad, aunque, como otros han escrito, terminemos diciendo, después de todo lo que hemos aportado para su conocimiento y disfrute, que:

Ni eran siete, ni eran Niños y ni eran de Ecija.