ECIJA, LO QUE NO CONOCIMOS… LO QUE PERDIMOS…
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ -2004

DE ECIJA A SEVILLA POR EL RIO GENIL

DIARIO DE A BORDO: 14 – 21 de Agosto de 1954.

El río Genil, ese río nuestro, de amores y desamores, repleto de alegrías y no pocas tristezas para nosotros, cantado por los poetas en numerosas ocasiones, como lo hiciera García Lorca en su Baladilla de los tres ríos, que naciendo en Sierra Nevada y haciendo maridaje de cristal con el Darro, deja la vega granadina para buscar la provincia cordobesa y tras entrar en la tierra astigitana, se funde y confunde en las aguas del Guadalquivir, una vez que pasa Palma del Río.

Pues bien, este río nuestro ya fue navegable por los romanos cuando dominaban la Astigi augusta, por el que transportaban el aceite de nuestros olivares hasta los grandes barcos que tenían en el Guadalquivir; este río, que en el siglo XIV, por mandato del Rey Don Pedro, ordenó que se dejara navegar en él a los barqueros que desde Sevilla se dirigían a Córdoba, también fue testigo en el verano de 1954, de una odisea patrocinada por tres ecijanos, intrépidos y aventureros, mucho más valorada teniendo en cuenta la poca relación con la marinería que tiene nuestra Ciudad, personajes, a los que si no hubiese conocido posteriormente, podría haber dudado de su travesía fluvial.

En aquel año, Alfonso Osuna Díaz, Pedro Ostos Benitez y Alfonso Martín Martín, eran tres ecijanos, estudiantes, que se encontraban disfrutando del periodo vacacional universitario en su nativa Ecija. Conociendo como conocí personalmente a Alfonso Osuna Díaz, con quien tuve el grato privilegio de compartir su sincera amistad y caballerosidad, no me extraña la aventura que les voy a relatar y de la que, siento ahora pena por no haberlo podido comentar con el mismo, al cabo de muchos años, ha llegado a mi poder el testimonio escrito que tan marinero trío, dejó escrito, quizás sin pensarlo ellos mismos, para la posteridad; testimonio escrito que, posiblemente, algunos de los descendientes de los mismos, no conocería, al igual que ustedes y yo, motivo por el que creo debe ocupar unas páginas de esta publicación.

Imagino que los amigos y familiares de los tres marineros ecijanos, calificarían en aquel entonces esta aventura como una excursión de placer, pero conociendo la bravura de los ríos Genil y Guadalquivir, con las dificultades que conlleva su discurrir hasta la capital hispalense y realizada la travesía en una piragua, debería por lo menos de calificarse, como arriesgada, aunque placentera por el final feliz que tuvo. Lo que ustedes leerán a continuación, no exento de ciertos tintes poéticos y literarios, es lo que podríamos titular el Diario de a bordo.

“14 de Agosto de 1954.- Hemos zarpado a las siete de la mañana, de este caluroso día. Ecija, con sus altas torres iluminadas por el sol alegre de la mañana, se va quedaNdo atrás. La de San Juan nos dice adios con un guiño de sus azulejos brillantes. La visión es fantástica, el panorama atrayente, la brisa agradable. Todo ello nos hace presentir un feliz viaje y el optimismo nos invade en este primer tramo de nuestro viaje.

¡Atención! ¡azuda a proa! Y todas nuestras maniobras resultan inútiles para contener la catástrofe. A tan pocos kilómetros de Ecija y esta lamentable contrariedad, por poco volvemos poniendo rumbo a nuestras casas. Pero tras hora y media de trabajos, reparando la piragua y con nuevos bríos, emprendemos la marcha para llegar a “Quintana” a la hora de almorzar.

Hemos repuesto fuerzas y aquí estamos como nuevos Pinzones dispuestos a continuar la empresa. Ya hemos dejado atrás “Alcotrista” y “La Palmosa”, donde saludamos a unos pescadores paisanos, entre ellos nuestro amigo Soria.

Y seguimos con ánimos de llegar hasta “Tarancón”, pero las adversidades nos dejan sólo en la “Huerta Cuevas”, donde por primera vez arenamos nuestra tienda de campaña. Aquí, la curiosidad de los indígenas apenas nos dejan descansar; unos nos toman por ingleses, otros por franceses y los hubo que hasta por indios nos tomaron.

A la mañana siguiente salimos de la “Huerta Cuevas”, con etapa directa a Palma del Río; pero nos faltaba experiencia en estos cálculos. Nuestros estómagos al pasar por “Doña Mencía”, nos indican que es la hora de almorzar, donde fuimos invitamos por una familia atentísima y, la verdad, como nosotros no estábamos muy duchos en el arte culinario y en nuestra embarcación no cabía cocinero, pues optamos por la invitación. A la terminación del día 15, sólo nos encontrábamos en la Presa de las Valbuenas, justamente a mitad de camino entre Ecija y Palma.

Amanece el 16 y nuevamente embarcamos, ya sin determinar previamente la escala. A las cuatro de la tarde hacemos parada para el almuerzo en el “Cortijo del Judío”. Y sin pérdida de tiempo, continuamos bogando, cual corresponde a tres “tíos” a los que le hierve la sangre (desde luego el hervor se lo debemos al calor, que conste). Al atardecer de aquel día, un precioso atardecer de tonalidades rojizas en el horizonte, nos sorprendió –bueno, mucha sorpresa no fue- en “Malpica”. Durante la noche sacamos en conclusión el por qué del nombre de “Malpica”, los mosquitos nos dieron el quid.

Mañana alegre del 17 y decimos alegre porque los señores de Cruz nos obsequian con un opíparo desayuno. Creo que ello nos dio fuerza para llegar, al fin, aquella mañana a Palma del Río. Allí estuvimos todo el día. En realidad era el fin de la primera etapa y bien merecíamos un descanso.

Comenzamos a navegar aquel día, 18 de Agosto, con la idea de llegar a la desembocadura del Genil, lo que logramos a las seis y media de la tarde. Nos pareció poco y seguimos bogando para llegar a Peñaflor a las nueve de la tarde donde pasamos la noche.

Día 19.- Sin novedad hacemos el recorrido Peñaflor-Lora del Río, para almorzar en este punto. Por la tarde seguimos rumbo a Alcolea, pero la noche nos sorprende antes. Por cierto que esa noche la pasamos en claro, con respecto a la comida; mal cálculo de aprovisionamiento. Por ello de madrugada emprendemos la marcha y las primeras luces nos iluminan Alcolea donde reponemos calorías.

Durante el 20 recorremos Villanueva del Rey, Tocina, Cantillana y Brenes, donde cenamos y dormimos (todo en nuestra tienda de campana).

El almuerzo del día 23 lo hacemos en La Algaba, habiendo dejado atrás Alcalá del Río y por fin, de un tirón, llegamos a Sevilla a las ocho de la tarde de este día 21 de Agosto de 1954, después de ocho días de navegación por aguas del Genil y el Guadalquivir.”

Imagina quien escribe, que algunos de sus familiares o amigos, estarían esperando a los tres intrépidos marineros en la capital hispalense, o quizás cabe la posibilidad de que se quedasen en ella para celebrar el final de su aventura, aunque esto es lo de menos, lo más importante fue que tres ecijanos, igual que hicieron dos mil años antes los romanos y seiscientos años antes los barqueros sevillanos, navegaron por el río Genil desde Ecija hasta su encuentro con el Guadalquivir y por este hasta Sevilla, para gloria no sólo de ellos sino del bizarro pueblo que los vio nacer.

EL TERREMOTO DE LISBOA - 1 de Noviembre de 1755

Cuántas veces hemos escuchado y leído lo sufrido por Ecija como consecuencia del terremoto que fue llamado de Lisboa, por tener el epicentro en dicha capital portuguesa. Pero gracias a nuestros antepasados, de este suceso, al igual que de otros, así como de gloriosos hechos en los que participaron hijos de esta bendita tierra, podemos tener un mayor conocimiento, pues de ello dejaron testimonio escrito en los lugares más inesperados y variopintos. Así sucede con la crónica que del citado terremoto de Lisboa se dejo escrita, concretamente en el libro de bautismos de la Parroquia de Santiago, al final del libro 51, firmada por el sacerdote Dr. Lora y dice así:

“En el día primero de Noviembre de 1755, día en que se celebra por la católica universal iglesia la festividad de todos los Santos, entre las nueve y diez de la mañana, hubo en esta Ciudad de Ecija un tan horrible y espantoso terremoto, que, según varias opiniones, desde su principio (que comenzó precedido de un espantoso ruido) hasta su entera conclusión, duró diez minutos; causó mucho daño y si hubiera durado tres ó cuatro minutos más, hubiera enteramente arruinado todo este pueblo, como lo hizo por donde pasó, pues según cartas y noticias, se sintió en la mayor parte de toda España y Portugal, Africa, muchas provincias de Italia y de Inglaterra; pues aunque dice el Angélico Doctor que el terremoto nunca es general en todo el orbe, como sucedió en el que hubo en la muerte de Nuestro Señor y Dueño, no obstante, fue tan fuerte y general, que parece quería arruinar a todo el mundo. En Ecija maltrató la iglesia del Carmen y su torre la cuarteó; la iglesia de los Remedios del mismo modo y el techo del coro alto se hundió, rompió la bóveda y el entresuelo y arruinó ambos coros, alto y bajo; la iglesia de las Mercedarias Descalzas la cuarteó mucho y los dos cogollos de sus dos torres cayendo al suelo, arruinando el uno el coro alto y el otro la galería y un ángulo alto de dicho convento; el cogollo de la torre de la Compañía de Jesús padeció igual estrago; el de la torre de Santa María quedó mantenido sólo en dos pilares y lo demás vino al suelo; la iglesia y convento de la Victoria sufrió gran daño y su Capilla Mayor y media naranja se derrotó; la de la Merced Calzada padeció de igual modo; la torre de Santa cruz se abrió como una granada y su campana mayor estuvo tocando por sí sola todo el tiempo que duró el terremoto. Todos los edificios y casas de este pueblo padecieron mucho; pero lo particular que hubo fue el no haber habido desgracia alguna más que la de un muchacho de siete años que en la de las Monjas Blancas, pereció entre las ruinas de una casa.”

Ecija, en acción de gracias, desde el día siguiente, 2 de Noviembre hasta el día 27 de Diciembre, estuvo celebrando funciones religiosas en todas las iglesias, conventos y capillas existentes en nuestra Ciudad, con cargo a la Ciudad, Hermandades y gremios.

PROCLAMACION EN ECIJA DEL REY FELIPE V.

30 DE NOVIEMBRE DE 1700

En el capítulo dedicado a los Alcaldes y Fortalezas de la Ciudad de Ecija dentro de esta publicación, hemos podido leer que el acceso a la ciudad de Ecija, se hacía por siete puertas que atravesaban mediante puentes levadizos el foso de agua que la ceñía. La del Sol, la de Bibiluad o del puente, la de la Verdad o de Palma, la Cerrada, la de Osuna, la de Estepa y la del Agua, que era la de Calahorra o Alcázar. Posteriormente se abrieron tres puertas más, la de San Juan, en la calle Arquillos, la Nueva y la de Sevilla; puertas de entrada, que, hasta principios del siglo XIX tuvo la suerte de poseer nuestra Ciudad.

Monumentos, que en la capital hispalense, se están intentado recuperar con su reconstrucción y que en Ecija podría intentarse, pues con los datos existentes y los adelantos técnicos, creo que sería fácil su recuperación, sino de todas, si algunas de ellas, aunque comprenda el alto coste económico que ello podría suponer.

Fueron nuestras puertas lugares importantes, de tanta magnitud que en ellas se hacía la proclamación de los Reyes de España cuando los mismos subían al trono, y como testimonio del abolengo y categoría con que se celebraba en Ecija dicha proclamación, por la categoría de nuestra Ciudad dentro del Reino de España, así como el de que conste el hacerse igualmente en algunas de nuestras puertas, es lo que me ha llevado a aportar el contenido de una amplia nota manuscrita, que encontré en 1998, en el Archivo Parroquial de la Iglesia Mayor de Santa Cruz, al libro 7º de Difuntos, en sus páginas 213 y vuelta, fechada el 30 de Noviembre de 1700.

Había fallecido el 1 de Noviembre de 1700, el rey Carlos II, ordenando la Ciudad de Ecija, el día Domingo 7 de dicho mes, cuando llegaron las noticias, el anuncio de dicho fallecimiento, doblando, durante tres días y tres noches, sin cesar, los esquilones y campanas de nuestras torres y celebrando las honras fúnebres el día 22 de Noviembre en la Iglesia Mayor de Santa Cruz, con asistencia de todas las Comunidades, Parroquias y la Ciudad.

A la muerte de dicho monarca, subió al trono el primer rey de la Casa de Borbón, concretamente Felipe V y la proclamación de su reinado en Ecija, tal como aparece en la nota anteriormente mencionada, fue como sigue:

“Martes Treinta de Noviembre de mil y setecientos años, día de San Andrés, habiendo dispuesto la Ciudad levantar el estandarte real por muerte de Carlos Segundo que Dios tiene en su gloria, Rey de las Españas, se levantó en nombre del Sr. Philipo Quinto, segundo hijo del Delfín y de Doña María Victoria, Electoral de Baviera, por llamamiento y herencia que le hizo el Rey difunto y hecho dicho recuerdo la diputación, la Ciudad pasó a ver al Sr. Vicario que lo es el Ldo. Don Pedro Ponce Carrasco y le hizo relación del testimonio, que para que en los archivos de esta ciudad quede lo que se ejecutó en semejante función el año de mil seiscientos sesenta y siete el día nueve de Octubre que se levantó a Carlos Segundo difunto. Y asimismo hicieron relación de todo lo demás que para dicha función se acordó y dicho Sr. Vicario mandó convocar a todo el clero de esta Iglesia Mayor y se hicieron luminarias y fuegos el día de la víspera y se colgó toda la Iglesia y se previno el Altar Mayor con el mismo aparato que el día de la basílica y se alfombró gradas y pavimento.

Y este día a las tres de la tarde, estando la Iglesia prevenida de todo lo necesario, salió el Cabildo de la Ciudad de sus casas capitulares que estaban colgadas y en medio, en su dosel, una pintura del natural del Señor Philipo Quinto. Y los reyes de armas vestidos de encarnado a los lados del dosel en pie. Y se puso en orden la Ciudad a cabo de esta forma: los atabales delante vestidos de encarnado y seguían todo género de alguaciles y después del número de hermanos yendo delante los reales, a quien seguían los maceros vestidos de encarnado. Y después los dos Procuradores de la Ciudad y seguían la diputación de ciudad. Y después los escribanos del Cabildo, a quien seguían los Jurados y Regidores por sus antigüedades y en la presidencia venía el Alférez Mayor que lo era Don Juan Fernández de Henestrosa, Marqués de Peñaflor. Y al lado derecho el Corregidor y al izquierdo el Alcalde Mayor y dicho Alférez con el estandarte real y delante los dos reyes de armas. Y dicho Alférez, todo vestido de telas encarnadas a lo cortesano con godilla y capa de forros verdes y plumas en el sombrero y palafrenero y un clarín, todos de encarnados.

Y dichos Jurados, Regidores y escribanos; los caballos buenas mangas bordadas y cadenas en los pechos y ordenados todos a caballo fueron a casa del Alférez Mayor a sacarlo de su casa con el estandarte real y vinieron en la forma dicha hasta esta Iglesia Mayor y a su puerta se desmontó el dicho Alférez Mayor, Corregidor, Alcalde Mayor, la Diputación y dos Regidores, los reyes de armas, quedándose el demás resto de ciudad a caballo en la plazuela.

Y revestido el dicho Sr. Vicario y diáconos con un terno muy rico encarnado y capa pluvial de lo mismo, se puso en la puerta de en medio de esta Iglesia. Y todo el clero con sobrepellices en dos coros de puertas adentro haciendo el Preste testero con la cruz de reliquia en las manos y su toalla entró el Alférez Mayor en esta Iglesia acompañándole los susodichos y se incorporó en procesión con el estandarte y reyes de armas llevando su lugar en medio del clero, llevando el preste y diácono su lugar como en todas las procesiones. Y el demás acompañamiento tomó lugar junto a la cruz y el Sochantre entonó el himno Tedeum Laudamus, en medio también empezaron a tocar ambos órganos.
Se dispararon fuegos y hubo repiques generales hasta salir de esta Iglesia el estandarte real y en forma de procesión, precediendo la cruz y ciriales, fueron al Altar Mayor y en la última grada de arriba se arrodilló. Y el preste, estando en pie y bonete puesto, tomó de mano del Alférez dicho estandarte y lo entregó al subdiácono, el cual, puesto de espaldas en medio del altar mayor y estando en pie todos, salieron cuatro beneficiados con capas pluviales encarnadas y se pusieron a los lados del Preste y empezaron la bendición.

Dicha oración se dice en tono ferial y acabada, el Preste asperja con el hisopo tres veces y el estandarte y acabado toma dicho estandarte de mano del diácono y con bonete puesto lo entrega al Alférez Mayor, que estaba arrodillado en el mismo sitio que lo entregó al Preste.

Acabado esto, soltando el Preste el estandarte abraza al Alférez Mayor diciéndole: “pax nobis” y se levantan y el preste, diáconos, caperos, cruz y ciriales se entran en la sacristía y el demás resto del clero con sobrepellices salen acompañando el estandarte real hasta la puerta de esta Iglesia, donde vuelve a montar el Alférez Mayor, Corregidor y demás acompañamiento y puestos en forma de Ciudad, marchan a las Casas de Cabildo y estando al pie de ellas se apea el Alférez Mayor, Escribanos del Cabildo, Reyes de Armas y entregan el estandarte al Corregidor para desmontarse, el cual le tiene hasta haber subido los susodichos al Cabildo Alto y desde allí el dicho Alférez echa un cordón de seda encarnada, con el cual sube dicho estandarte el dicho Alférez. Dicen los Reyes de Armas lo siguiente: “Cid, Cid, Cid, Don Phelipe Quinto de este nombre que guarde Dios para defensa de estas tierras y de la santa fe católica, Viva, Viva, Viva”. Y respondió el pueblo “Viva”. Y lo mismo se hizo en las puertas del Puente, Puerta Palma y Puerta Cerrada y se acaba la función como constara en los libros de Cabildo de esta Ciudad.”
Al margen: “Bendición estandarte real.- Firmado: Diego Valeros Gudiel, siendo Sochantre de esta Iglesia Mayor Don Diego Valeros y Gudiel, Presbítero, año de 1700.”