ECIJA, LO QUE NO CONOCIMOS… LO QUE PERDIMOS…
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ -2004

TRAS LA CREACION  DE LA LUISIANA POR EL REY CARLOS III

CONTROVERSIAS Y DISGUSTOS ACAECIDOS EN ECIJA, ENTRE ALGUNOS DE SUS ILUSTRES CIUDADANOS.- 1774 -1777.

Por Real Cédula del Rey Carlos III, expedida en Madrid al año de 1767, que contenía la instrucción y fuero de población, que se debía observar, comenzó la política colonizadora de dicho Monarca y que, respecto del término de Ecija, supuso la pérdida de casi diez mil hectáreas de tierra.

Dentro de esta superficie, a partir de finales de 1768, quedaron ubicadas las nuevas poblaciones cercanas a Ecija, denominadas La Luisiana, El Campillo, Los Motillos y Cañada Rosal. Todas ellas creadas en baldíos de Mochales, que eran terrenos comunales pertenecientes a la Ciudad de Ecija. Las tierras segregadas a nuestra Ciudad, para la creación de las anteriores nuevas poblaciones, comprendieron 9.161 fanegas de las dehesas de las Yeguas y Mochales, más 905 fanegas del cortijo de la Orteguilla, propiedad del Marqués de Peñaflor, el cual recibió a cambio las tierras de Barranco Bermejo, que aunque no eran de mejor calidad que la Orteguilla, se encontraba lindante con el coto del Alamillo, al cual quedó incorporada.

La Dehesa de los Mochales era nombrada como la despensa de la ganadería ecijana, dado que era abundante en pastos y agua segura para el ganado. Unido lo anterior a la pérdida de otras miles de fanegas que supuso la creación de las nuevas poblaciones dentro de la provincia de Córdoba y así no los demuestra cuanto haremos constar a continuación, la política colonizadora de Carlos III, a través del Superintendente Don Pablo de Olavides, nunca fue vista bien del todo, dentro de la población ecijana, incluida la nobleza ecijana, excepción hecha del Marqués de Peñaflor, aunque toda ella, por lo menos de puertas hacia fuera, mantuviese su fidelidad a la Corona, a pesar de que dicha pérdida de tierras, seguramente supuso un grave perjuicio para la economía ecijana, muy dependiente de la agricultura y ganadería.

Las quejas y denuncias de los colonos en el año de 1769, tanto los ocupantes sobre tierras enmarcadas dentro de la provincia sevillana como la cordobesa, lindante ambas con Ecija, sobre “…sustracción de ropas, dinero, amenazas y violación de sus mujeres, al tiempo que hacían patente la falta de diligencia en la Justicia y capitulares ecijanos que, lejos de reprimirlos como debían, se complacían con la comisión de tales hechos…”, llegaron a conocimiento de Olavide en varias ocasiones, quien tras las lógicas comprobaciones, emitió el correspondiente informe a más altas instancias, pues pensaba que los capitulares ecijanos, como así era, sólo deseaban la desaparición de dichas nuevas poblaciones, para poder conservar los pastos y el agua de las tierras colonizadas.

Ese sentimiento de animadversión hacia los colonos, duró varios años, viéndose asaltado los mismos en los caminos que venían y salían de Ecija, sobre todo por los ganaderos que, en definitiva, fueron los más perjudicados por las pérdidas de los susodichos pastos comunales.

Como muestra de lo anterior y dejar constancia de que no les faltaba razón a dichos colonos, incluso varios años después de la fecha que nos ocupa, aportamos lo encontrado en el archivo parroquial de Santa Cruz, al libro 17 de difuntos, página 149, al año de 1792, donde aparece la siguiente inscripción:

“En la ciudad de Ecija, día ocho de Diciembre de mil setecientos noventa y dos años, se enterró en esta Iglesia Mayor, de limosna, el cadáver de un hombre que se ha encontrado en un camino por la Real Justicia muerto a puñaladas, degollado, cuyo nombre, apellidos y vecindario, se ignoraba. Por noticia posterior se supo que había sido muerto en El Chaparral, término de esta Ciudad, el cual dijeron se llamaba Juan Geins (sic – el apellido correcto sería Henz, pero al anotarlo el sacerdote por comunicación oral, lo escribe tal como fue pronunciado), viudo, de nación alemán y colono de La Carlota.- Y lo firmé.- Juan de Aguilar y Pérez.”

Volviendo a lo que será el documento encontrado y que al final aportaremos textualmente, como introducción a ello, nos servirá lo escrito por José Antonio Filter Rodríguez, en su obra Las Colonias sevillanas de la Ilustración, publicada en el año de 1996, respecto de los terrenos que nos ocupan y referente solamente al Marqués de Peñaflor.

“…La unidad de criterios que existía en la Corporación Municipal ecijana, con respecto a las Nuevas Poblaciones, se resquebrajó cuando uno de sus más prestigiosos miembros, a espaldas del Cabildo, mantuvo unas secretas negociaciones con Olavide primero y después con Valiente, para llevar a cabo la permuta de su Cortijo de la Orteguilla, por tierras baldías en Barranco Bermejo, con la intención de ubicar una nueva remesa de colonos que llegaron a esta zona.

En contra de esta permuta y abanderado de los capitulares que no aceptaban este canje, estaba el Marqués de Alcántara, el cual argumentaba que el Marqués de Peñaflor no es que estuviera al lado de la colonización, sino que estaba defendiendo sus propios intereses e intentaba sacar buen partido de la situación.

Aunque las negociaciones comenzaron antes de que Olavide fuera cesado provisionalmente, el 17 de Junio de 1769, estando Don Pedro Pérez Valiente en La Carlota, escribe al Marqués de Peñaflor, comunicándole que acepta la permuta de su Cortijo de la Orteguilla por tierras de Barranco Bermejo, cercanas a Cañada Rosal y a las propiedades que este tenía en la zona conocida como el Alamillo. Nombra a Don José González Terminor a fin de que acompañado de un perito y de otro nombrado por el Marqués señalen la tierra que le corresponda.

Cuatro días después de este escrito, el Ayuntamiento, ajeno quizás a que sus nuevos baldíos pertenecientes a la ciudad de Ecija, iban a pasar a propiedad del Sr. Marqués, se reúne para tratar como único punto del día la visita que el Sr. Valiente tenía previsto realizar a la ciudad astigitana, acordando recibirle con los honores que le corresponden… Precisamente en estos días (6 y 11 de Julio de 1769), el Cabildo se reúne para tratar la noticia que se había corrido como la pólvora del canje efectuado por el Marqués de Peñaflor, el cual sorprendió a la Corporación y a los compañeros nobles de la ciudad.

En dicho Cabildo la Corporación muestra su total desacuerdo con el cambio o permuta. Argumentan que la Ciudad recibiría graves perjuicios pues la Orteguilla eran tierras de gran utilidad por sus pastos, por su fertilidad y por su gran porción de monte donde buscaban asilo los horneros. Aparte de estos perjuicios señalan que las tierras incluidas en el cambio son de gran utilidad para la ciudad, puesto que las mismas poseen dos aguaderos, uno de Cañada Rosal –lugar donde más tarde se crearía el pueblo de este nombre- y Barranco Bermejo, los cuales mantenían los ganados que pastaban en los baldíos de Mochales. Proponen la Dehesa de Mingo Andrés, inmediata a La Luisiana, en lugar de las anteriormente señaladas…”

Tras varias cartas y pleito interpuesto por el V Marqués de Peñaflor (Don Antonio Manuel Pérez de Barradas), el 30 de Agosto de 1773, dicho noble ecijano, a través de su apoderado Don Domingo de los Ríos, recibió de Don José Antonio García Navarro, del Consejo de S.M., su oidor en la Real Audiencia de Sevilla, la posesión de la Dehesa de Barranco Bermejo, sin perjuicio de lo que resolviera el Supremo Consejo de lo que quedó demarcado y medio quedando libre la cañada señalada para el paso de ganados comunes, finalizando el expediente, definitivamente, por carta despachada por el Consejo Real, en Madrid el día 15 de Diciembre de 1774.

Pues bien, a partir de este momento, se inicia en Ecija una campaña contra el Marqués de Peñaflor, encabezada por Don José Tamariz, importante ganadero y apoyada por el Marqués de Alcántara, así como por otros ricos ganaderos y algunos eclesiásticos que permanecieron en la sombra. Hechos, que dieron lugar a un memorial o crónica de de lo ocurrido, sin autoría, fechado en Madrid, pero que por su lectura, se desprende una parcialidad clara y meridiana a favor del Sr. Marqués de Peñaflor, ya fuere por amistad o relación, aunque no cabe duda de que el autor, con muy buena letra, fue conociendo y anotando, puntual y detalladamente, todos y cada uno de los hechos que ocurrieron, casi durante tres años, tras la toma de posesión de la Dehesa de Barranco Bermejo por parte del Marqués de Peñaflor y que, por ser un documento desconocido y recuperado, como algo que no conocimos, merece la pena saber su contenido, con independencia de las conclusiones que pueda sacar el lector, en relación con lo aportado como introducción al mismo, por lo que seguidamente pasamos a reproducirlo literalmente:

“PUNTUAL Y VERDADERA NOTICIA DE LOS HECHOS, QUE HAN OCASIONADO LAS CONTROVERSIAS Y DISGUSTOS, ENTRE LA CIUDAD DE ECIJA, SUS CAPITULARES, DIPUTADOS DE RENTAS Y OTRAS PERSONAS DE ELLA.

Al principio de establecer las Poblaciones de Andalucía, escribió una carta Don Pablo Olavide, Superintendente General de ellas al Marqués de Peñaflor, pidiendo el cortijo y tierras de la Orteguilla, en cambio de otras equivalentes en el sitio que nombran de Barranco Bermejo, situadas unas y otras en el término de Ecija, expresando era útil a S.M. dotar la nueva Población de La Luisiana con el terreno de dicho Cortijo, perteneciente a uno de los Mayorazgos del Marqués, quien le respondió que como de todos sus haberes eran dueño el Rey y en el Marqués había una voluntad muy personal y rendida para ponerlos a su real arbitrio nada había que tratar en el asunto, sino es que dicho Don Pablo de Olavide, usare del cortijo y sus tierras como más le conviniere y así lo ejecutó demarcándolas para que fuesen y se guardasen como propias de la Luisiana, suponiendo también reintegrar al Mayorazgo del Marqués con las de Barranco Bermejo, que recibió en permuta, sin mezclarse a inquirir si eran o no equivalentes, pues desde luego se prometió que aquel ministro habría procedido en este cambio con aquel juicio y justificación que corresponde a negocios en que intervino el respetable nombre del Soberano.

Don José Tamariz y otros ganaderos poderosos de Ecija, que desde los principios miraron con horror el establecimiento de las poblaciones, porque parece que amaban más la subsistencia de sus ganados y amplitud de sus pastos para su interés particular, que el aumento del Reino y el cumplimiento de las Regias Disposiciones. Se conmovieron más a vista de la citada permuta, pues veían disminuirseles el término en aquella parte que S.M. cedía al Marqués de Peñaflor, contra cuyo inculpable proceder fulminaron todos sus enojos, moviéndoles un pleito a todas luces injusto, pues suponían que las tierras de Barranco Bermejo eran mucho más ventajosas que las de Orteguilla y que en ese cambio quedaba el Marqués considerablemente beneficiado en perjuicio de la causa pública. Son innumerables las desazones y gastos que adquirió el Marqués esta cabilosidad de sus enemigos, hasta que el Supremo Consejo de Castilla se sirvió mandar que pasase a Ecija un ministro togado de la Real Audiencia de Sevilla, para que mensurando unas y otras tierras, se justipreciasen por inteligentes y se pudiese venir en conocimiento de su respectivo valor. De cuyas diligencias resulta que las de Barranco Bermejo eran inferiores en catorce mil y más reales. Y en vista de todo se sirvió dicho Supremo Consejo mandar que al Marqués de Peñaflor se le compensase esta cantidad en que se hallaba perjudicado. Bien pudo este vergonzoso convencimiento enseñar a Don José Tamariz y sus coligados a respetar la verdad, pero fue estímulo para emprender nuevas venganzas contra el Marqués de Peñaflor, cuyas más inocentes operaciones censuraban impiadosamente haciéndolas desgraciadas en el concepto de la Chancillería de Granada, a cuyo ministro informaron siniestramente de los negocios de aquella Ciudad y de sus gentes, para recaer a las violencias, persecuciones, ruinas y dispendios sucesivos.

Por fallecimiento de Don Juan de Ariza, Abogado de los Reales Consejos, teniente del Marqués en el empleo de Alférez Mayor, concurrió a diferentes Cabildos, ínterin elegía persona que sirviese la tenencia. Y con este motivo (no sin grave compasión), se instruye necesariamente del desorden que militaba en el Ayuntamiento, el abandono con que se trataban las Leyes y que los capitulares distantes de aquellas ocupaciones propias de sus oficios, eran los mayores contrarios del público, pues Don Pedro de Figueroa, Don José Ramirez, Don Vicente Gillamas y otros Regidores e individuos del cuerpo de Ciudad tenían por si y por sus hijos y criados tabernas públicas y en sus casas mataban y vendían privadamente toda especia de carnes, defraudando los Reales intereses, desobedeciendo las Leyes que prohíben ese manejo y abriendo puerta con tan mal ejemplo, a que en este desorden les imitasen otros muchos vecinos. Que para que los Diputados de Rentas, a quienes correspondía evitar semejantes perjuicios, tolerasen tan delincuente conducta los prorrogaban en las Diputaciones sin tomar cuentas anuales, como debían hacerlo y mirando con total indiferencia la mala versación en el recaudo de rentas y finalmente que el oficio de Regidor era únicamente sombra para la escena y para socorrer las urgencias de sus casas por medios ilícitos que se sostenían en la autoridad de Capitulares.

Llegaron a los oídos del Marqués los lamentos de los Gremios sobre la exorbitancia de los Repartimientos, se le ofrecieron pruebas evidentes de la mala versación de los Diputados de Rentas y principalmente de Don José Tamariz, que se había perpetuado en este encargado alzándose con el gobierno de ellas. Y también notó que en las Carnicerías públicas sólo se mataban y vendían por los ganaderos reses inservibles para la cría y labor y otras enfermas y mortecinas, pero a precios inmoderados con grave detrimento de la salud pública y de los intereses del comercio.

El Marqués de Peñaflor consultó sus intenciones con el de Quintana y con Don Francisco Carrasco y Don Juan Manuel Martín Guerrero, a quien había elegido por su teniente, que eran personas de quienes por todas circunstancias debía prometerse sano y sincero consejo, pues eran capitulares modernos, que igualmente sentían la sensible constitución del pueblo, oyó sus dictámenes y los de otros sujetos de buenas intenciones, instrucción y cristiandad y confrontándolos todos no le dejaron arbitrio para disimular la mala versación del Ayuntamiento y Diputados de Rentas, con que hizo escribir un requerimiento que se leyó a la Ciudad en el día 3 de Abril de 1774 en que exponía el deplorable estado de los negocios del público e indebido manejo de algunos Regidores y Diputados, principalmente el de Don José Tamariz; también le fue indispensable culpar la tolerancia del Marqués de Alcántara, que conocen era Sindico Tesorero porque a vista de tantos daños como se experimentaban subsistía sereno, sin que el pobre común le doliere aquellos oficios propios de la obligación de su empleo y concluyó exhortando a la Ciudad a que mandare tomar las cuentas y aplicar todo su celo al establecimiento de un gobierno más conforme al servicio de ambas Majestades y a la utilidad pública, pues de lo contrario se vería precisado a ponerlo todo en noticia del Supremo Consejo de Castilla para su remedio.

Mandó la Ciudad copiar dicho requerimiento en los libros de su acuerdo y que se tomasen las cuentas a los diputados de rentas, que por todos cuantos medios son imaginables resistieron darlas, prueba evidente de la desconfianza que ellos mismos hacían de su versación, pues quien duda que si tuviesen satisfacción de que habían cumplido fiel y celosamente hubieran formado las cuentas sin repugnancia que a todas luces era sospechosa y es de advertir que el solicitar los Marqueses que se formalizasen fue porque la Ciudad y Diputados, expusieron que se notaba mucha pérdida en las rentas y era necesario suplicar a S.M. se dignase mandar aminorar el cabezón; más los Marqueses dijeron que para documentar este recurso, se hacía indispensable liquidar las cuentas, porque no podían justificarse ganancias ni pérdidas, no habiendo precedido estas formalidades, pero para que esto no llegase y todo se confundiese acudieron a la Chancillería de Granada, el Marqués de Alcántara, Don José Tamariz y otros parciales suyos (y ocultamente algunos eclesiásticos, ricos y ganaderos), dirigidos de Don Antonio Moriano, Abogado, díscolo y perturbador y se quejaron de que el Marqués de Peñaflor había calumniado con las expresiones del requerimiento a los Capitulares y Diputados con cuyo motivo dicho Marqués presentó al Supremo Consejo de Castilla con copia íntegra de él, más sus contrarios lograron entretanto que la Chancillería sin citarle, oírle, emplazarle, ni atender a la calidad de Grande de España le multare en dos mil ducados y mandase tildar y borrar el Requerimiento copiado en los Libros de Acuerdo.

Esta novedad tan extraña, a juicio de los Letrados con quienes los comentó, le hizo abandonar su casa y familia y pasar a esta Corte a vindicar su lastimado honor, más en el día siguiente al de su arribo le pasó un papel de aviso (cuyo testimonio tiene presentado) por el que dicho Supremo Consejo se dignó manifestarle que había sido agradable el celo que el Marques había mostrado en dicho requerimiento y que para la averiguación y castigo de los excesos que en él se indicaban, mandaban dicha Superioridad pasar algunos testimonios a las oficinas pertenecientes.

Quejose el Marqués del modo de proceder la Chancillería y suplicó al Consejo fuere servido mandar expedir Real Cédula a fin de que dicho Tribunal de la Chancillería remitiese todos los autos, lo que así se decretó y ejecutó sin embargo de oposición hecha por el Marqués de Alcántara, Don José Tamariz y sus coligados, y en vista de lo expuesto por el Sr. Fiscal mandó el Consejo cesar en toda diligencia contra el Marqués de Peñaflor sobre exacción de multa y costas y que se llevase a puro y debido efecto la anterior resolución que se acordó pasar al Marqués el referido papel de aviso.

Se restituyó a su casa y considerando que ya tenía subsanado sus escrúpulos, con las noticias que dicho Supremo Consejo había tomado del estado de Ecija, se apartó de los negocios de su común y de la Asistencia a los Ayuntamientos, pero sus émulos más empeñados en perturbar la tranquilidad del Marqués se reunieron nuevamente y para tratar de su venganza hacían juntas privadas, derramas y repartimientos para sostener injustos pleitos, siendo tanta la libertad con que procedían que judicialmente reconvinieron a los herederos de Don Cristóbal de Albornoz por tres mil reales con que debía haber contribuido para los gastos de esta congregación tan perjudicial al público sosiego.

Don Francisco Javier de Quiroga y Losada, Corregidor que a la sazón era de la referida Ciudad, no pudo menos de interesarse de estas controversias y que el motivo de ella era la proposición o requerimiento hecho a la Ciudad por el Marqués de Peñaflor y reconociendo que todos los puntos que comprendían eran puros y convenientes a la utilidad pública, quiso dicho Juez ponerla en práctica de conformidad con todos los que estaban discordes y no habiendo podido conseguirlo con los contrarios de los marqueses por el tesón con que acostumbran seguir sus ideas, tuvo por conducente dar varias providencias por sí sólo sin que los marqueses le estimulasen en la cosa más leve y en fuerzas de ella con aprobación del Real Supremo Consejo de Castillo, estableció carnicería y abasto fijo de carnes útiles y saludable a precios muy equitativos, puso pesos públicos de harina, despojó a los ricos de las tierras que tenían contra la piadosa intención del Rey, las repartió a los pobres jornaleros y braceros, concediéndoles trigo del Posito para que las cultivasen y sembrasen, con cuyo medio creo vasallos útiles para el aumento de la agricultura. Prohibió que después de alzadas las gavillas, entrasen los ganados a comerse la espiga y la reservó para los pobres, mandó igualmente que en tiempo alguno del año no entrasen los gastos en los olivares del término para cortar los graves daños que hacían en aquel plantío y las discordias, heridas y muertes que entre pastores, guardas y caseros se experimentaban con frecuencia. Últimamente dio otras disposiciones tan útiles al servicio de ambas Majestades y bien público como aborrecidas de Don José Tamariz y otros ganaderos que tenían su mayor interés en la libertad a que estaban acostumbrados por la tolerancia de otros Jueces. Se opusieron a tan importantes establecimientos por cuantos medios juzgaron oportunos a dejarlos sin efecto, faltando a la obediencia del Supremo Consejo de Castilla que había mandado observarlos y destruyendo la utilidad que resultaba al común la subsistencia de ellos; el Corregidor procuró sostener su providencia y este fuerte empeño fue suficiente a contraerle las iras de Don José Tamariz y sus parciales que declamaban contra él, pública y privadamente, llamándole intrépido y orgulloso y otras injurias contrarias a lo que publicaban los pobres jornaleros que le apellidaban su protector.

Consiguieron dicho Don José Tamariz y sus parciales que la Chancillería fulminase cierto procedimiento contra el Corregidor y dando al negocio más gravedad de la que tenía solicitó aquel tribunal que el Rey permitiese despachar una pesquisa de oficio contra el expresado Juez para cuyo logro parecer se suponía que en Ecija había bandos y divisiones y que dicho Corregidor favorecía el de los Marqueses de Peñaflor y Quintana, pero S.M. reconociendo benignamente los daños y perjuicios que provienen a los pueblos de semejantes pesquisas, se dignó de negarlas y mandó que pasase a Ecija un ministro togado que averiguase únicamente la causa impulsiva del procedimiento contra el Corregidor y el origen de las parcialidades que se decía haber en Ecija.

Recayó el nombramiento de Comisionado en Don Manuel Santos de Aparicio, Alcalde del Crimen de la Ciudad de Granada, que pasó a la de Ecija acompañado de un preceptor nombrado Felipe Gamiz, cuya mala conducta era notoria y la continuó en dicha comisión, que barrenando el Real Decreto se convirtió en una pesquisa general contra los que consideraban ser adictos a las puras intenciones de los marqueses, examinando por testigos a los mismos contrarios así para querer justificar que el partido de dichos marqueses era turbulento, como para los demás fines a que se encaminaba la venganza de sus poderosos émulos, y así fueron innumerables las violencias que se cometieron ya desterrando de la Ciudad a los Capitulares que adoptaban los pensamientos de dichos marqueses y ya aprisionando en la cárcel con el mayor rigor a alguno de los pobres jornaleros que habían pronunciando alabanzas de la conducta del Corregidor y por esos medios se aposesionaron don José Tamariz y sus parciales de cuantas satisfacciones podía apetecer su encono, presionando a los marqueses a que volviesen a pasar a esta corte a poner en noticia de S.M. semejantes acontecimientos y su real clemencia se sirvió mandar que dicho Don Manuel Santos de Aparicio se retirase inmediatamente y así este como la Chancillería remitiesen a esta Corte todos los autos y papeles respectivos a estos negocios, sus incidencias y coincidencias, para que vistos y examinados por una Junta de Señores ministros nombrado a este fin determinase lo conveniente sin figura de juicio y a consulta de S.M. y es de notar que hasta este punto no procedió el comisionado a la soltura de los pobres a quien hacía preso por la confederación que se les suponía con el Corregidor, diligencia que pudo ejecutar tres o cuatro meses antes, pues en ellos parece que nada trabajó en su comisión y de ella mandaría lo propio que después de siete meses que los tuvo en la cárcel expuestos a perecer.

Con este motivo se retiraron los marqueses a sus casas y por cuantos medios y políticas son imaginables han procurado atraer a sus contrarios a una reconciliación cristiana, que de una vez cortase los pleitos y desazones pero toda diligencia ha sido inútil por la obstinación de sus émulos que cada día acrecientan los empeños de su mala conducta, como la califica el repartimiento que hicieron a los dueños de olivares, exigiéndoles a medio real por cada aranzada de olivar con el pretexto de subvenir a los gastos de la solicitud hecha a S.M., sobre que se dignase aminorar la contribución que se paga por dicho plantío y después de haber percibido el Marqués de Alcántara mil pesos para dicho efecto, se ha verificado que dicha gracia se concedió por la piedad del Rey, sin que tuviese costo ni dispendio alguno, como así lo manifestó el Excmo. Señor Don Miguel de Márquez en cierta carta orden que dirigió al Ayuntamiento, cuya fea operación por sí sola, sin concurrencia de otros muchos ejemplares, acredita el carácter y versación de los contrarios a los marqueses y se halla justificada con testimonios presentados al Ilustrísimo Sr. Gobernador del Consejo para que se hayan presentes a la Junta.

Otro tanto de desazón no menos considerable produjo en Ecija Don Pablo de Trava, Administrador que fue de Rentas Provinciales de Estepa, pues habiéndole comisionado para que averiguase los agravios hechos a los Gremios de aquella ciudad en los repartimientos de reales contribuciones, representó a S.M; al principio de su encargo eran justas las quejas de los Gremios y muchos los excesos en los repartimientos, pero después procedió tan a contemplación de Don José Tamariz, el Marqués de Alcántara y otros Diputados de Rentas, que el esmero que debió poner a justificar el gobierno que habían tenido le interpuso en fomentar que la instancia de los Gremios había sido por seducción de los marqueses y separándose de la seriedad y obligación de comisionado, se constituyó Agente de los verdaderos reos, congregando en su posada a los Gremios y obligándoles con amenazas y promesas a que se desistiesen de sus acciones y derechos, pero por más que quiso patrocinar las de dichos Diputados, se halla en el día acreditado el manejo e indebido gobierno de las rentas por espacio de once años en que la Ciudad las tuvo por encabezamiento en 900 ducados y más reales pues en aquel tiempo determinó el Ayuntamiento suplicar a S.M. se dignase aminorar la cuota en atención a las pérdidas o alcances que resultaba, según exponían los mismos Diputados y habiéndolo sido los marqueses en el año 1775 pusieron en arcas un millón y sesenta y seis mil reales, quedando en debidos más de otros cien mil reales, todo respectivo a él año de su Diputación y cobraron de atrasos otros trescientos mil reales como lo acreditaron con certificaciones remitidas al Excmo. Sr. Superintendente General de la Real Hacienda.

En el año de 1776 y en el presente que se han administrado dichas rentas de cuentas de S.M. han producido aún mayores calamidades, sin embargo de ser mayores los dispendios y gastos en oficinas y dependientes y no haber alterado en lo más leve el orden de contribuciones y ajustes, concurriendo en estos últimos tres años la circunstancia de haberse disminuido el término de Ecija en diez o doce mil fanegas de tierra que ocupan tres villas y once aldeas de nueva población hechas en la Jurisdicción de aquella Ciudad y la mayor parte de sus colonos eran antes vecinos de Ecija que hacían mayor el consumo y por consiguiente el ingreso de las rentas y lo cierto es que mientras Don José Tamariz tuvo la dirección y gobierno de ellas se figuran atrasos y pérdidas y después que cesa y la administran los Marqueses y la Real Hacienda, se notan unas ganancias tales, que en atención a ellas y a la disminución del término son algunos los millones de reales que en los años anteriores se hizo de perjuicio al público por los diputados antiguos de cuyo cargo no pueden exonerarse con pretexto alguno.

Estos son puntualmente los hechos que en Ecija han ocasionado las discordias y litigios pendientes y que tantos gastos y perjuicios han producido a los expresados marqueses y aunque desde luego se advierte el honor y justicia con que se han portado, han conseguido sus contrarios confundir la verdad, atribuyéndoles que los medios de que se han valido han alterado la paz, como si la que había en Ecija fuese otra cosa que una quietud simulada, ofensiva a Dios, al Rey y a la Patria, pues a la sombra de ellas, se cometían tantos y tan grandes desordenes; pero en la representación o memorial instructivo que dichos Marqueses presentarán en la Real Junta nombrada para la determinación de todos estos asuntos, harán expresión de los derechos y preceptos que han impulsado sus justos y arreglados recursos y los debidos sentimientos que les asisten de que la Chancillería de Granada y el Comisionado Don Manuel Santos de Aparicio, no hayan estimado su conocido celo, como lo hizo el Supremo Consejo de Castilla y que se haya dado margen a tantas venganzas, ruinas, persecución y agravios, faltando a las disposiciones de derecho, examinando testigos reprobados por la Ley y rompiendo el Real Decreto expedido para la averiguación de solos dos particulares, cuyo exceso de jurisdicción no deja duda de la pasión con que se ha procedido, ni presta solemnidad o validación a cosa alguna de lo actuado, como hecho sin autoridad bastante y sin audiencia de los perseguidos a contemplación del Marqués de Alcántara, Don José Tamariz y sus parciales.
Madrid y Diciembre 23 de 1777.

RECORDANDO A LUIS VELEZ DE GUEVARA

Siempre se ha escuchado decir que Ecija es muy mala madre y muy buena madrastra y de algunos hechos ocurridos parece ser que ello se confirma. No cabe duda, que el más importante autor ecijano de todos los tiempos, ha sido el célebre dramaturgo Luis Vélez de Guevara, autor de más de cuatrocientas comedias, entre ellas Reinar después de morir, ósea los amores de Doña Inés de Castro con Don Pedro de Portugal, Cumplir dos obligaciones, Duque de Saboya, Obrero de Caña, El Diablo Cojuelo y muchas más. De nuestro dramaturgo, dijo Lope de Vega, al dedicarle su Laurel de Apolo:

Ni de Ecija dejara,
El florido Luis Vélez de Guevara
De ser su nuevo Apolo,
Que pudo darle sólo
Y sólo en sus escritos
Con flores de conceptos inauditos,
Lo que los tres que faltan;
Así sus versos de oro
Con blando estilo la materia esmaltan.

Se dice que Vélez de Guevara fue muy favorecido por el rey Felipe IV, desprendiéndose de ello que estaba bien considerado en la Corte, mientras que en el año de 1892, más de doscientos años después de su fama, ni siquiera se sabía en Ecija la parroquia donde nació, pues se fijaba su natalicio en la feligresía de San Gil y su casa en la número 10 de la calle Puente. Al mismo tiempo en dicha fecha, aparecía una calle con el nombre de “Vélez”, vulgarmente conocida por Sajones, con entrada por calle Mayor y salida a calle Salto, la misma calle, de muy corto recorrido, que hoy se nomina “Vélez de Guevara”.

De lo anterior se comprueba el poco interés que en Ecija, su ciudad natal, se mostraba respecto de tan insigne autor, pues lo cierto es que la calle “Vélez”, correspondía a la segunda palabra de dicha calle que estaba rotulada como “Peñón de Vélez” (en recuerdo a la isla de dicho nombre), pero que al haberse caído la parte alta del rótulo de dicha calle, concretamente la correspondiente a la palabra “Peñón”, cuando en el año de 1816 se rotulan las calles ecijanas, el político de turno, quizás pensó que aquella calle estaba dedicada a Vélez de Guevara y la dejó nominada sólo y exclusivamente con el primero de sus apellidos, sin preocuparse, no sólo ya de asignarle una calle de mayor amplitud para su mejor difusión, sino lo más importante, dejar de consignar el segundo de sus apellidos, que hubiese servido para identificarlo plenamente, lo que fue recuperado posteriormente por las corporaciones que rigieron los destinos ecijanos durante el siglo XX y últimamente, en esta época, con su nombre a un centro de enseñanza.

Aunque ello sea anecdótico, lo que si es un poco más preocupante es que nadie indagara sobre el nacimiento de Luis Vélez de Guevara hasta el año de 1903, en que el escritor Don Felipe Pérez y González, desde Madrid y para un artículo que sería publicado en la revista La Ilustración Española y Americana, dedicado a Vélez de Guevara, encarga a Don Evaristo Mejía de Polanco, Procurador y primer teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Ecija su búsqueda en las Parroquias ecijanas, encontrando su partida de bautismo en la Parroquia de San Juan, acudiendo al ecijano Don Juan N. Díaz Custodio, para que realice la correspondiente fotografía de dicha inscripción, cuya fotografía, quien escribe, cuando investiga el archivo de Díaz Custodio para la publicación de su biografía en 1994, la encuentro con todo lo que sigue a continuación:

La anterior inscripción bautismal, textualmente, dice:

“LUIS.- Sabado primero día del mes de Agosto año de mil y quinientos e setenta y nueve años baptice yo el Bachiller Alonso Navajas Clerigo Cura de la Iglesia del Señor San Juan a Luis hijo de los señores Licenciado Diego Velez de Dueñas y de Doña Francisca su legitima muger fue su padrino el ylustre Señor Don Alonso Chico de Molina vecino desta ciudad en fe de verdad lo firme de mi nombre.- Firmado.- El Bachiller Alonso Navajas.”

En la misma Iglesia de San Juan, al libro 2º de moniciones, correspondiente al año de 1573, al folio 9 y con fecha 10 de Febrero, aparece nota de casamiento:

“El Señor licenciado Diego Velez de Dueñas, vecino de Sevilla, collacion de la Madalena, hijo del Señor Alonso Rodríguez Velez y de Doña Isabel de Dueñas, su mujer y la señora Doña Francisca de Negrete de Santander, hija del señor Licenciado Diego de Santander, difunto y de la Sra. Maria de Medina, vecina desta parroquia.”

Entre las mismas notas encontradas, aparece que Luis Vélez de Guevara tuvo tres hermanos, una primera hermana Isabel, bautizada el lunes 8 de Abril de 1577 en San Juan, inscrita folio 130 del libro 6º de Bautismos; otra segunda hermana llamada igualmente Isabel (quizás por fallecimiento de la primera), bautizada en igual iglesia de San Juan el miércoles 14 de Julio de 1581, anotado el mismo en el folio 223 del citado libro 6º y un último hermano, llamado Diego, bautizado el lunes 17 de Marzo de 1586 en la misma Iglesia Parroquial de San Juan, donde aparece inscrito al folio 54 del Libro 7º de Bautismos.

Dejé escrito al principio que, según crónicas e informaciones, Luis Vélez de Guevara fue favorecido de Felipe IV. No sé si fue o no cierto, pues aunque nació en Ecija, fue en Madrid donde pasó la mayor parte de su vida, pero la realidad que me encontré entre las notas que junto a la fotografía de su partida de bautismo poseía Díaz Custodio, es que murió en 10 de Noviembre de 1644 en Madrid totalmente endeudado, como se desprende de su propio testamento, otorgado el 5 de Noviembre de 1644, escribanía de Lucas del Pozo, a los folios 426 y 427, años de 1643 a 1645.

Al principio de su testamento dice: “Iten declaro que por el presente estoy muy alcanzado y necesitado de hacienda para poder disponer y dejar las misas que yo quisiere por mi alma. A continuación relaciona las deudas como siguen:

Declaro que a Matías de Arronis, mercader de Paños en la Plaza le debo algunas cantidades de maravedíes de recados que he sacado de su casa.

A Francisco Martínez, mercader de sedas en la Puerta de Guadalajara, le debo también algunos maravedíes de mercadurías que he sacado de su tienda.
Debo cincuenta reales a Mateo Velasco, mercader en la Puerta de Guadalajara de resto de un vestido que saqué para mi mujer.

A una mujer de un ropero en la calle Mayor que no conozco ni se donde vive y en aparecer mando se la paguen y hágase diligencia y si no apareciere se digan de misas por las ánimas del purgatorio.

A Juan Lázaro, sastre le debo otros cincuenta reales.

A un sastre que vive frente a San Yuste le debo lo que el dijere de hechura de un vestido de camino.

Debo a un engastador que vive en la carrera de San Jerónimo, de un engarce seis reales.

Debo al padre pastor religioso del Convento de la Santísima Trinidad descalzos de esta Villa cien ducados en vellón que el susodicho me prestó por hacerme amistad y buena obra.

Al padre Fray Justo de los Angeles, religioso de San Jerónimo de esta Villa lo que el dijere mando se le pague.

Debo a Doña María de Orta lo que apareciere por una cédula hecha por Don Francisco Carrión mi cuñado.

A Jaime, boticario en la calle del Príncipe lo que apareciere por las recetas que están en su poder de las medicinas que ha dado para mi casa.

Debo a Francisco Sánchez Lencero tres reales de a ocho de plata de resto de una deuda que le debía.

También debo cien reales de vellón a Jorge de Ober, casero.

Debo doscientos reales de vellón a don Diego de Sierra, Canónigo de Zamora.

Termina nombrando albaceas y testamentarios al Excmo. Sr. Conde de Lemus y Excmo. Sr. Duque de Veraguas, Almirante Mayor de las Indias y a Fray Justo de los Angeles, religioso del Convento Real de San Jerónimo de Madrid y a Doña María López de Palacios, su legítima mujer, y a Juan Vélez de Guevara su hijo legítimo mayor, instituyendo a su mencionada mujer por universal heredera de sus bienes, derechos y acciones y por tutora y curadora de las personas y bienes de de Doña María Vélez de Guevara y Don Juan Vélez e Guevara, niño de cuatro meses, sus hijos legítimos…”

Tras dichas notas aparece la firma de Vélez de Guevara, insertada al pie de su testamento que es como sigue:

No cabe duda que Vélez de Guevara, por muchos favores y privilegios que recibiera de la Corte, no dejó tras su fallecimiento bien alguno, excepción hecha de sus magníficas obras literarias, pero ello fue un maravilloso legado para que las generaciones posteriores, disfrutáramos de las mismas y que yo, concretamente de su famosa obra: El Diablo Cojuelo (1641), novela costumbrista entroncada con el género picaresco, en este apartado recordatorio dedicado a tan insigne escritor, he querido reproducir el trozo de tranco relativo a Ecija, que dice:

“… Y levantándose por el aire, parecieron cohetes voladores y los dichos alguaciles, capados de varas, pedían a los gorriones : ¡favor a la justicia!, quedándose suspensos y atribuyendo la agilidad de los nuevos volatines a sueño, haciendo tan alta punta los dos halcones, salvando a Guadalcázar, del ilustre Marqués de este título, de claro apellido de los Córdovas, que dieron sobre el rollo de Ecija, diciéndole el Cojuelo a Don Cleofás:

– Mira que gentil árbol berroqueño, que suele llevar hombres, como otros fruta.

– ¿Qué columna tan grande es esa? -, le preguntó Don Cleofás.

– El celebrado rollo del mundo, le respondió el Cojuelo.

– Luego, ¿esta Ciudad es Ecija?, le repitió Don Cleofás.

– Esta es Ecija, la más fértil población de Andalucía, dijo el Diablillo, que tiene aquel sol por armas a la entrada de esa hermosa puente, cuyos ojos rasgados lloran a Genil, caudaloso río que tiene su solar en Sierra Nevada y después, haciendo con el Darro maridaje de cristal, viene a calzar de plata estos hermosos edificios y tanto pueblo de abril y mayo. De aquí fue Garci Sánchez de Badajoz, aquel insigne poeta castellano; y de esta Ciudad solamente se coge el algodón, semilla que en toda España no nace, además de otros veinte y cuatro frutos, sin sembrallos, de que se vale para vender la gente necesitada; su comarca también es fertilísima…

Cuando iba el Cojuelo refiriendo esto, llegaron a la Plaza Mayor de Ecija, que es la más insigne del Andalucía y junto a una fuente que tiene en medio de jaspe, con cuatro ninfas gigantas de alabastro derramando lanzas de cristal, estaban unos ciegos sobre un banco, de pies y mucha gente de capa parda de auditorio, cantando la relación muy verdadera que trataba de cómo una maldita dueña se había hecho preñada del diablo y que por permisión de Dios había parido una manada de lechones, con un romance de don Alvaro de Luna y una letrilla contra los demonios que decía:

Lucifer tiene muermo;
Satanás, sarna,
Y el Diablo Cojuelo
Tiene almorranas.
Almorranas y muermo,
Sarna y ladillas,
Su mujer se las quita
Con tenacillas.

El Cojuelo le dijo a Don Cleofás:

¿Qué te parece los testimonios que nos levantan estos ciegos y las sátiras que nos hacen?. Ninguna raza de gente se nos atreve a nosotros si no son éstos, que tienen más ánimo que los mayores ingenios; pero esta vez me lo han de pagar, castigándose ellos mismos por sus propias manos y daré, de camino, venganza a las dueñas, porque no hay en el mundo quien los quiere mal, y nosotros las tenemos grandes obligaciones, porque nos ayudan a nuestros embustes, que son demonias hembras.

Y sobre la entonación de las coplas metió el Cojuelo tanta cizaña entre los ciegos que, arrempujándose primero y cayendo ellos en el pilón de la fuente y nosotros en el suelo, volviéndose a juntar, se mataron a palos, dando barato, de camino, a los oyentes, que les respondieron con algunos puñetes y coces. Y como llegaron a Ecija con las varas los alguaciles de la Corte, llegó la justicia de la Ciudad a hacelles fiesta y a lisonjeallos con ofrecerles sus posadas, y ellos, valiéndose de la ocasión, admitieron las ofertas con que fueron regalados como cuerpo de rey; y preguntándoles qué era el negocio que traían para Ecija, el Cojuelo les respondió que era contra los médicos y boticarios y visita general de betas; y que a los médicos se les venía a vedar después de matar un enfermo, no les valiese la mula por sagrado y que, cuando no se saliese con esto, por lo menos, a los boticarios que errasen las purgas, que no pudiesen ser castigados si se restrujesen en los cimenterios de las mulas de los médicos, que son las ancas; y que a las betas se les venía a quitar el tomar tabaco, beber chocolate y comer jigote.

Parecióle al Alguacil Mayor, que no era lerdo y tenía su punta de hacer jácaras y entremeses, que hacían burla dellos y quiso agarrillos para dar con ellos en la trena y después sacudilles el polvo y batanalles el cordobán, por embelecadores, embusteros y alguaciles chanflones; y levantando el Cojuelo una polvareda de piedra azufre y asiendo a don Cleofás por la mano, se desaparecieron entre la cólera y la resolución de los ministros ecijanos, dejándolos tosiendo y estornudando, dándose de cabezadas unos a otros sin entenderse, haciendo los neblíes de la más obscura Noruega puntas a diferentes partes y dejando a la derecha Palma, donde se junta el Genil con el Guadalquivir…”

Hasta aquí algo que no conocíamos sobre nuestro más insigne e ilustre escritor universal, del que cuando escribo el presente en el año de 2004, hace 360 años de su fallecimiento, he querido aportar no sólo para que sea conocido, sino que sirva como divulgación de su cuantitativa y cualitativa obra literaria.

¿ SABÍAS QUE ?

En este apartado, quiero dar a conocer algunos hechos o noticias relacionadas con Ecija y que aparecen testimoniadas en los archivos de nuestras iglesias e instituciones, así como en las diversas publicaciones que, a lo largo de los siglos anteriores, vieron la luz; hechos y noticias que forman igualmente parte de nuestro patrimonio, ya lo sean a nivel cultural o de simple curiosidad, pero que deben ser conocidas, con independencia de su mayor o menor importancia. Para ello empezaremos de forma cronológica y sin dejar de reconocer la existencia de otras que también podrían haber formado parte de este apartado, pero que, para no hacerlo inacabable, he optado por reseñar las que siguen:

Las palabras “Civitas Solis Vocabitur Una” que orla el escudo de Ecija, son las mismas del versículo 18 del profeta Isaías: “Una sola será llamada Ciudad del Sol”.

Ecija, a la fecha que nos ocupa, todavía tiene Obispado con su nombre. De la relación de Obispos que ocuparon la silla astigitana, aunque se desconocen la totalidad de prelados que dirigieron esta antiquísima diócesis, por haberse perdido las Dísticas y el Episcopado, solamente se sabe que el catálogo de los Obispos astigitanos se reanuda en el año 580 cuando Gaudencio presidía dicha diócesis. Sigue luego Pegasio (590), San Fulgencio (619), Sthphano (641), Theodulfo (681), Narcidabo (688), Arvidio (693), Beato (871), Leoncio, Domiciano, Aureliano, Abencio.

Durante la dominación árabe y en el periodo comprendido entre los años 1023 a 1045, Ecija se erigió en reino taifa independiente, cuyos reyes fueron Muhammad-ben-Ab Allah, Isha ben-Muhamad y Alaziz-ben-Isahc.

El día 3 de Mayo de 1240, cuando Ecija fue conquistada por el rey San Fernando, fue nombrada Iglesia de Santa Cruz, la Parroquia Mayor de la Ciudad, por ser ella la primera en que se colocó la insignia de la Cruz.

En el año de 1387, el Ayuntamiento de Ecija vendió al de Sevilla, en pago de una deuda que aquel tenía con este, dos grandes columnas, que pertenecieron a una de las suntuosas puertas de nuestra Ciudad y hoy se encuentran colocadas en la Alameda de Hércules de la capital hispalense.

En el año de 1398, el rey Don Pedro, dispuso y ordenó que los barqueros de Sevilla, pudiesen navegar por el río Genil, llegando hasta Ecija, en su camino hacia Córdoba.

En el año de 1407, San Vicente Ferrer, de paso para la ciudad de Sevilla, predicó en la Iglesia conventual de San Pablo y Santo Domingo.

El día 31 de Julio de 1482, el rey Fernando el Católico, llegó a Ecija para ponerse a la cabeza de un importante ejército, con el objeto de expulsar de la península a los moros.

En el mes de Diciembre de 1490, los Reyes Católicos pasaron por Ecija camino de Sevilla.

En el año de 1519, fue recogido por Hernán Cortés en la isla de Acuzamil, el ecijano Jerónimo de Aguilar, nacido en el año de 1489, donde permanecía desde que en el año de 1511 viajó al Nuevo Mundo y arribó a lo que se conocía como Tierra Firme, de donde intentó pasar a Santo Domingo, naufragando cerca de las costas de Yucatán. Apresado por un cacique maya, logró escapar junto a otro superviviente, Gonzalo Guerrero. Ocho años más tarde, cuando Hernán Cortés llegó al territorio que habría de conformar el virreinato de Nueva España, encontró en los primeros meses de 1519 al citado Jerónimo de Aguilar, de cuya existencia tenía noticias. Conocedor nuestro paisano de la lengua maya, entró a formar parte de la expedición del conquistador español, sirviéndole como intérprete, con la posterior ayuda de la famosa Malinche. Tras participar en los avatares de la conquista novohispana, obtuvo en 1526 tres encomiendas al norte del valle de México.

El año de 1526, estuvo en nuestra Ciudad el emperador Carlos V, jurando guardar los privilegios concedidos a Ecija.

El 31 de Mayo de 1535, los caballeros ecijanos Pedro Carrillo de Henestrosa, Pedro de Castro, Diego de Tártalo y Lopez Alvarez de Henestrosa, concurrieron voluntariamente al hecho de armas contra Barbaroja en sus posesiones de Africa.

En el mes de Febrero de 1543 se produjo una gran inundación en Ecija al desbordarse el río Genil.

Hasta el año de 1578 se llamó Jerusalén la Iglesia Mayor de Ecija (Santa Cruz).

El 28 de Noviembre de 1580, el Cabildo ecijano solicitó de la Autoridad eclesiástica, se hiciera Obispado a esta Ciudad como lo había sido antiguamente.

En el mes de Septiembre de 1587, el insigne escritor Don Miguel de Cervantes, aparece en Ecija, como comisionado del proveedor de la armada, Guevara (a través de su delegado en Sevilla D. Diego de Valdivia), para “sacar todo el trigo que tuvieren los vecinos, dejándoles para comer y sembrar”, según consta en acta capitular del 26 de Septiembre de dicho año, donde igualmente se expresa que la saca de trigo sea la menos posible en atención “a la falta de que él hay.”

El día 31 de Diciembre de 1589 amaneció la Ciudad de Ecija con más de una cuarta de nieve.

El día 31 de Enero de 1590, nevó nuevamente en Ecija, durando ocho días, subiendo las calles más de media vara (45 centímetros aproximadamente), teniendo que apartarla para poder transitar por ellas y descargar los tejados por el peligro que representaba el peso de la nieve.

Desde el día 4 de Marzo hasta el 5 de Mayo de dicho año, estuvo lloviendo ininterrumpidamente en Ecija, produciéndose cinco desbordamientos del río Genil.

El sábado 11 de Mayo de 1590, se sintió en Ecija un fuerte temblor de tierra.

Desde el día 27 de Enero hasta el 10 de Marzo del año de 1618, estuvo lloviendo en Ecija de forma considerable, produciéndose una gran arriada que se extendió por la mayoría de la ciudad, causando graves daños y perjuicios.

El día 25 de Julio de 1622, se produjo un incendio en el Convento de Santa Inés del Valle, quemándose el coro, la iglesia y dos claustros con muchas celdas.

El martes, 27 de Febrero de 1624, primer día de cuaresma, entró en esta Ciudad eL rey Felipe IV, que venía de Córdoba en una carroza verde y todos los criados con librea verde. Venían acompañándole en la carroza el Conde de Olivares, el Marqués del Carpio y muchos señores de su acompañamiento; posó en la calle Conde, en el Palacio de los Conde de Palma (después convertido en convento por la Duquesa de Béjar); al día siguiente oyó misa en San Francisco y se fue para Sevilla.

Quedó ingresado en el Hospital San Sebastián de Ecija, El joven Juan Ruiz de Palazuelos, por haber sido atendido dicho día de “perniquebrado de una pierna”, era caballerizo del Rey, soltero, de edad catorce años, hijo de Juan Ruiz de Palazuelos y Caballos y de María de los Reyes, natural de Córdoba, llevaba ropilla y calzones de terciopelo y unos calzones de lienzo y una capa azul y un capote pardo y unas camisas.

El año de 1624, existían dentro del término de Ecija, 500 vigas de molino con otros tantos caballos, que, en cinco meses que duró la elaboración de la aceituna, pasó de 30.000 fanegas de cebada la cantidad que consumieron dichas caballerías.

A las siete de la tarde del día 10 de Febrero de 1626, se desbordó nuevamente el río Genil, produciendo las más graves inundaciones conocidas.

El día 29 de Diciembre de 1645, nevó en Ecija mucho más que había nevado antes, que habían sido tres, siendo la única que se produjo en dicho mes, dado que las otras lo habían sido en los meses de Enero (por San Pablo) y en Febrero.

En el año de 1647, Ecija contaba, por su importancia, con un Comisario de la Santa Inquisición, como consta en nota existente en el Archivo Parroquial de Santa Cruz, Libro de Difuntos Primero, página 93, de 31 de Marzo, cuando se dio lectura al Edicto de la Santa Inquisición, siendo Comisario de Ecija el Ldo. Pedro de Vargas Barrasa, haciéndose el lunes en los Conventos de Monjas, eL martes en la Victoria, el miércoles 3 de Abril en San Juan, el jueves 4 de Abril en Santiago, el viernes 5 en Santa María y el domingo 7 se hizo anatema en la de Santa Cruz. El cargo de Comisario de la Inquisición o Santo Oficio, podía ostentarlo cualquiera de los ministros sacerdotes que el Tribunal tenía en las principales ciudades del reino y por ser Ecija, considerada entre las de dicha categoría, tenía plaza en ella un Comisario, el cual estaba atribuido de poder para ejecutar las órdenes y entender de las competencias del Tribunal que representaba que, en Andalucía, contaba con los Tribunales de Sevilla, Córdoba y Granada.

En el año de 1649, estuvo toda la Semana Santa (principios de Abril) y la anterior lloviendo, saliéndose el río Genil de su cauce e inundada la Ciudad.

La noche del 29 y 30 de Marzo de 1650, los ecijanos hicieron grandes procesiones, cantando que Nuestra Señora la Virgen María fue concebida sin pecado original, motivado porque predicando en Granada el dominico Padre Arratia, dijo que el pueblo seguía la opinión de que la Virgen era concebida sin pecado original, formándose por ello un gran alboroto, repicando todas las iglesias por donde pasaban las procesiones, abriendo las puertas y recibiéndola con cruz y capa los religiosos, excepción hecha de los de Santo Domingo, que sólo tocaron las campanas.

El día 8 de Septiembre de 1652, el rey Felipe IV, concedió a Ecija la celebración, bajo la advocación de San Mateo, de una feria pechera, esto es no franca, remitiendo la correspondiente carta real, donde fijaba que no podía durar más de dieciséis días, iniciándose el día 21 de Septiembre y en la que se pudieran vender y comprar todos y cualquier género de mercaderías sin exceptuar ningunos.

Ecija cuenta con una de las ferias más antiguas de España por concesión real. El rey Alfonso X, cuando hizo el reparto del término municipal ecijano, firmó en Santo Domingo de la Calzada, el día 29 de Enero de 1274, un privilegio por el que autorizaba al Concejo de Ecija, para que pudiera hacer feria cada año, ocho días antes de cuaresma mayor mediada y ocho después. El Cabildo de Ecija, al concederse idénticos privilegios a poblaciones cercanas a nuestra Ciudad, con el fin de que nuestra feria tuviese mayor importancia, solicitó en diversas ocasiones el traslado de la feria a otras fechas, concediendo dicho traslado el rey Alfonso XI por Real Privilegio. Unas veces se celebró el 15 de Mayo y así también, se opuso el Condado de Palma. Al crear Córdoba su feria en dicho mes, Ecija acudió en súplica al rey Enrique III el Doliente, quien autorizó su traslado por carta real firmada en Madrid el día 17 de Enero de 1394, al mes de Septiembre, donde se fijó su comienzo en el día 15, por espacio de quince días.

Ecija, no sólo ha perdido la feria de Mayo que lo ha sido en fechas recientes, sino una de las facetas más importantes dentro de la misma, cual fue la feria de ganado que, paralelamente a la fiesta de carácter más lúdico, se celebraba en los llanos del Valle, donde el marcado de animales, asnal, caballar, vacuno, ovino, caprino, etc, conseguía transacciones diversas y numerosas, instalando el Ayuntamiento, junto a la Ermita del Humilladero, una carpa o caseta, donde a la sombra de la misma, se realizaban dichas operaciones de compra y venta, tanto por los ecijanos como por los numerosos forasteros que acudían a nuestra famosa feria de ganado.

De la carta real de Felipe IV aportamos la reproducción de la misma y de la feria de ganado, una fotografía fechada en 1912.

El domingo 3 de Septiembre de 1665, comenzó a llover desde las tres de la tarde hasta las ocho de la noche sin parar, desbordándose el Arroyo del Matadero, siendo las calles más afectadas Carreras, Cavilla, Espada y Calzada. Se ahogó un sacerdote, que vivía en calle Carreras, que hacía muchos años padecía achaques de locura y estaba atado a la cama y un seglar tercero que cayó de un caballo en la barrera de Puerta Cerrada y apareció muerto en la cruz de la calle Mayor. El agua se llevó los dos puentes del arroyo, alcanzando una altura de una vara y media y todos los ecijanos mayores convinieron en decir que ni habían visto ni oído una inundación tan grande.

El año de 1700 ya estaba colocado en las casas palacio del Sr. Marqués de Peñaflor, el balcón corrido de su fachada, con un largo de 76 varas (61 metros aproximadamente) y una vara (80 centímetros aproximadamente) de vuelo.

En este siglo (XVII) se dieron a conocer por sus méritos y virtudes, los naturales de Ecija; los doctores Don Pablo Mqueda y Castellano y Don Cristóbal de Moscoso y Córdoba, catedrático de Salamanca el primero y Canciller de la Audiencia de Granada y Valladolid el segundo; Don Marcos Tamarit de la Escalera, Juez Mayor de Vizcaya; Don Antonio Villacreces y Aguilar y el Dr. D. Antonio Fernández Montiel, Ministros togados de Guatemala y Charca; Don Gome de Zayas, catedrático de la Universidad de Sevilla, Don Francisco Núñez Navarro de la Universidad de Osuna, Fray Antonio de Zayas, religioso franciscano Obispo de Nicaragua en el Nuevo Mundo, Fray Domingo Cano, de la orden de Santo Domingo, confesor y director espiritual del rey Felipe IV; Luis Vélez de Guevara, escritor dramático y poético; D. Pedro Cabeza de Baca, obispo de Córdoba, Don Bartolomé Eslava obispo de Segovia, Don Jerónimo de Zayas obispo de Soria, D. Fray Alonso Vidal de Lipari, obispo en Italia, Don Juan Fernández de Henestrosa, célebre como legislador y Don García Ramírez de Arellano, que escribió sobre las mejoras de la táctica de caballería, entre otros.

El año de 1701 se hizo el puente de la Puerta de Osuna, siendo diputados de la ciudad Don Juan de Zaldúa y Don Gregorio Thamariz, Regidores y Francisco Torres Jurado.

El día 13 de Julio de 1703, una vez terminada la obra de cantería de jaspes se estrenó la capilla y se colocó a Nuestra Señora del Socorro en el altar mayor de la Parroquia de Santa cruz, con luminarias y fuegos la noche anterior, celebrándose un espléndido convite a expensas de Diego de la Isla, hermano y devoto de Nuestra Señora.

El día 12 de Septiembre de 1720, se celebró procesión en rogativas por la peste que en este tiempo había en Francia, desde Santa Bárbara a la Iglesia de la Compañía de Jesús, con todo el clero y las imágenes de San Sebastián, San Roque y San Miguel. En los días posteriores se celebraron rogativas en todas las parroquias, conventos y monasterios, ejecutándose todo ello conforme al Decreto del Rey.

El día 24 de Febrero de 1734, en la Parroquia de San Juan, se consagró Obispo para Barcelona a Don Felipe de Aguado Requejo, Canónigo de Sevilla, que en dicho año había sido nombrado Obispo de Barcelona, siendo ello la primera vez que ocurría en nuestra Ciudad, motivado por la estancia en Ecija del Arzobispo de Sevilla Don Luis de Salcedo y Azcona, Arzobispo de Sevilla, quien pasaba grandes temporadas en el palacio de su hermana la Sra. Marquesa de Alcántara del Cuervo.

El día 25 de Julio de 1753, festividad de Santiago Apóstol y en esta ocasión, por segunda y última vez, se consagró Obispo de Anazarbo, Don Isidro de Cabanillas, para ser coadministrador con el Serenísimo Sr. Infante Cardenal D. Luis Antonio Jaime de Borbón, Arzobispo de Sevilla y de Toledo, actuando de consagrante Don Francisco Solis Foch de Cárdenas, Obispo de Córdoba. El padrino que solemnizó la función a nombre del Sr. Infante Cardenal, fue el Excmo. Sr. Don Antonio de Zayas y Moscoso, Duque de Arjete, Marqués de Culleras, Conde de las Torres, Marqués de Santa Cruz, Conde de la Coreana, Grande de España e hijo de Ecija, cuya casa palacio era la nº 4 de la calle Mayor del Valle.
Al día 26 de Abril de 1754, había en Ecija 230 eclesiásticos seculares, 557 regulares y 389 monjas.

El día 16 de Mayo de 1755, se hizo procesión general con el clero y comunidades y la ciudad, desde Santo Domingo a la Iglesia Mayor de Santa cruz, donde se llevó la Cruz de San Pablo y colocada en el altar mayor se cantó misa, con el Santísimo manifiesto y rogativa por la plaga de cigarras que inundaban nuestros campos y comarcanos, en tanto grado, que habiendo cogido y muerto hasta dicho día nueve mil fanegas de ellos, conviniéndose que por fuerzas humanas no se puede agotar.

El día 1 de Noviembre de 1755, a las 10 de la mañana se sintió en Ecija un gran terremoto, que fue conocido posteriormente como el “terremoto de Lisboa”, causando graves daños en iglesias, torres y otras edificaciones.

En 1780 fue colocada en la torre de Santa Cruz, la campana llamada “La Gorda”, fundida por José Castellanos, que pesó 237,50 arrobas (11,5 kilos era el peso de la arroba castellana).

El año de 1793, el ecijano Don Rafael María de Aguilar, de la casa de los Marqueses de Santaella, siendo dicho año gobernador de San Sebastián, fue nombrado Capitán General de Filipinas.

El día 3 de Marzo de 1807, nació en Ecija Antonio Martín, conocido por todos posteriormente por el apodo de “El tonto del agua”, destacando por su especial memoria, pues recordaba todos los acontecimientos ocurridos en Ecija desde que tuvo uso de razón, sin saber leer ni escribir y respondiendo a todas las fechas con la mayor exactitud, siendo célebre por sus acertados pronósticos.

El día 26 de Febrero de 1810, fueron ajusticiados por las tropas francesas, en el sitio que llamaban “El Rollo”, Andrés Rodríguez, vecino de Valdepeñas y Francisco Fernández, natural y vecino de La Campana.

En 1811 se edificó en Ecija, el primer cementerio público, situado en la calle Nueva, donde hoy está el Depósito de Recría y Doma.

El año de 1816, se llevó a cabo la división civil de la población en cuatro cuarteles y cada uno de estos en cuatro barrios, colocándose losillas de azulejos con los nombres de los cuarteles, barrios, calles y números de las casas.

En 1842 se construyó el reñidero de gallos en la calle Ancha, dándose en arrendamiento a un particular y destinada su rentas a gastos de beneficencia.

En 1843 se empedraron casi todas las calles de Ecija, iluminándose de noche con farolas de reverbero y en el centro de la Plaza Mayor se construyó un paseo llamado Salón, con cuatro escalinatas.

En 1848 fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros en España, el ecijano Don Joaquín Francisco Pacheco, siendo posteriormente Senador del Reino y Embajador en Méjico.

El 16 de Diciembre de 1850, se produjo en Ecija la última ejecución de la justicia, en la persona del gitano Manuel de los Reyes, celebrada en Puerta Cerrada, por haber dado muerte a su esposa estando embarazada. El pueblo lo recordó con estos cantares: “Mataron a la Galinda / la honra de los gitanos / de catorce puñaladas el día de Santiago / toca la campana gorda de Santa Cruz la agonía / Manolín de los Reyes ya pagó lo que debía”.

En 1854, el número de eclesiásticos era de 165 con inclusión de las monjas, resultando 1.011 menos que en el año de 1754.

En 1861, el censo de la población ecijana, ascendía al número de 27.216 habitantes.

En 1863 el número de difuntos sepultados en el cementerio público desde su fundación (1811) hasta dicho año, era de 44.448.

El día 1 de Octubre de 1868, el Ayuntamiento de Ecija, adopta el acuerdo en el que decide la demolición del Arco de Santa Ana (“…ganaría mucho con la desaparición en uno de los sitios más importantes y concurridos de la población de un arco mezquino, estrecho y repugnante…” (sic, dice el acta capitular); el 20 de igual mes y año, se decide lo mismo con los arcos de la Oliva, de Estepa, Capuchinos, Morería, el triunfo de Santa María, el Obelisco de San Cristóbal, la muralla de Puerta Osuna; la Mesa del Rey y las casas adosadas al Convento de San Francisco que dan a la plaza mayor; de todo ello, sólo se salvó el monumento a la Virgen del Valle en la Plaza de Santa María, gracias a la Condesa de Valverde y la acera de San Francisco, por la inspiración divina, digo yo; todo lo destruido lo perdimos y no lo conocimos gracias a los revolucionarios e incultos ediles ecijanos del año de 1868.

El 21 se Septiembre de 1892, se concedió la primera alternativa en la Plaza de Toros de Ecija, tomándola el diestro Joaquín Navarro “Quinito”, de manos de Cara Ancha, con toros del Sr. Marqués de los Castellanes.

El día 2 de Julio de 1897, llegaron los salesianos a Ecija, abriéndose las puertas del Colegio del Carmen, donde permanecieron hasta el mes de Agosto de 1967, dejando durante sus setenta años de enseñanza en Ecija, la semilla salesiana en multitud de ecijanos que habían cursado sus estudios en dicho centro.

En 1910, el censo de la población ecijana ascendía a 23.128 habitantes; 2.722 casas en el casco de la misma, 26 iglesias, 8 edificios públicos, 188 cortijos y dehesas, 251 molinos, 245 casillas de olivar, 16 lagares, 118 huertas, 60 casas de campo y 2 fábricas de sal, 2 fábricas de harina “La Giralda” y “Nuestra Señora del Rosario”, una fábrica de electricidad, dos de aceites, una llamada “Villa Josefa” y otra “San Francisco de Asís” junto a la estación del ferrocarril, dos de jabones, Santa Teresa y la del Sr. Cenicero en la carretera de Osuna; de escobas de palma de los Sres. Don Victoriano Valpuesta y Bernáldez y Martínez y Martínez; las de capotes de campo impermeables para agua de los Sres. Ariz y Flores y Fernández y los grandes talleres de coches de los señores don José y don Salvador Soto.

En 1950 el censo de habitantes de Ecija ascendía a 42.447 habitantes.

El día 3 de Febrero de 1954, se produjo una gran nevada en Ecija, de la que aportamos el correspondiente testimonio fotográfico.

El martes, 21 de Septiembre de 1954, primer día de la Feria de San Mateo, en la Plaza de Toros de Ecija, tomó la alternativa, como matador de toros, el diestro ecijano Bartolomé Jiménez Torres, de manos de Antonio Bienvenida y como testigo César Girón. La cuadrilla de dicho diestro estuvo formada por los picadores Isidro Alvarez y Antonio Curiel, banderilleros Pascual Montero, Joselito de la Cal y José Sacos “Niño de Dios” y, como puntillero, José López Fuentes.- Los toros pertenecían al hierro de la ganadería jerezana del Sr. Marqués de Domeq, con divisa blanca y azul, llamándose el toro de su alternativa “Viruta”, número 35, castaño y ojinegro, al que el diestro ecijano le cortó las dos orejas y el segundo toro “Boquiflojo”, número 9, negro, cortando dos orejas, rabo y pata.

 

El 17 de Febrero de 1963, el Genil nuevamente se sintió importante, saliéndose de su cauce y provocando una de las mayores inundaciones que conoció Ecija en el silo XX, de tanta magnitud, que causó numerosos daños en huertas colindantes al río, así como en el interior de la propia Ciudad, siendo visitada en días posteriores, por el entonces Jefe del Estado Francisco Franco.

El día 16 de Junio de 1966, por Decreto nº 1802/1966, siendo Ministro de Educación y Ciencia Don Manuel Lora Tamayo, es declara la Ciudad de Ecija como Conjunto Histórico-Artístico, publicándose dicho Decreto en el BOE nº 174 de 22 de Julio, páginas 9324 y 9325.

En los últimos días de Julio, Ecija, registró la más alta temperatura de España, alcanzando 49 grados a la sombra, por lo que a primeros de Agosto de 1968, el Ayuntamiento de Ecija, mediante un bando firmado por su Alcalde Don Joaquín de Soto Ceballos, autorizó;
“Se permite a los ecijanos aparcar sus vehículos en cualquier parte que exista sombra, dado el excesivo calor imperante en la Ciudad.”
La originalidad de dicho bando, provocó que diese la vuelta al mundo y fuese recogido en toda la prensa internacional.

Los hechos y sucesos acaecidos desde la última noticia aportada, no los reseñamos por su reciente ocurrencia (han transcurrido al 2004 nada más que treinta y seis años) ya que pueden ser transmitidos por todos cuantos tuvimos la dicha o desdicha de vivirlos, dependiendo de su contenido, dejándolo, en su caso, para que puedan formar parte de cualquier otra publicación.