Cultura de Ecija

Historia de Écija – Ramón Freire Gálvez (2004)

3.- Ecija Visigoda, Bizantina, Musulmana y Mozárabe.

En el siglo V, concretamente en el año 411, los vándalos singilos se asientan en la Bética mediante un reparto impuesto al Imperio, pero en el 418 son aniquilados por el rey visigodo Walia que actuaba en nombre del Imperio del que los visigodos eran entonces confederados. Vuelto el rey godo a la Galia, un año después, en 419, los vándalos asdingos, procedentes de Gallecia invaden la Bética que queda a merced de ellos después de la gran derrota infligida en 421 al general romano Castino, cayendo en su poder en 426 la metrópoli de la Bética, Hispalis y Cartagena, con lo que de hecho termina la dominación romana en la parte meridional de la Península. En 429, al marchar en masa al Africa estos asdingos al mando del rey Genserico, dejan en libertad a la Bética, pero en 438 el rey suevo Rékhila invade esta provincia y derrota a orillas del Genil al romano Andevoto, según refieren San Isidoro e Hidacio.

En las dos décadas siguientes las fuentes permanecen mudas sobre la situación de la Bética, pero en 458 y 459 se realizan intentos por parte de los visigodos para someter a su dominio esta provincia, aunque ni siguiera en tiempos de Eurico puede afirmarse de un modo rotundo que la ocupasen de modo permanente. El dominio total de la Bética no parece haber sido resultado de ninguna campaña, sino consecuencia lógica de la situación creada por la desarticulación de la parte occidental del imperio y debió llevarse a cabo durante los reinados de Eurico y especialmente de Alarico II, es decir, en el último tercio del siglo V.

Desde el momento en que los reyes visigodos rompieron sus vínculos con el Imperio, dejaron de aparecer ante sus súbditos hispanos-romanos como representante de la legalidad imperial única para ellos legitima. Este estado de ánimo que se pone de manifiesto en cuantos reinos fundaron los germanos en el Occidente, debía de ser más agudo en la Bética por su más alto grado de romanización y por su mayor alejamiento del centro de los territorios que constituían el foco de la dominación visigoda en la Península. Ello unido a la oposición religiosa explica suficientemente la rebeldía que polarizada primero en Atanagildo y luego en San Hermenegildo, enfrenta en dos ocasiones a la Bética con el estado visigodo. Córdoba y Sevilla, las dos antiguas metrópolis de la provincia, fueron respectivamente, en ambas coyunturas, centro del movimiento de oposición. La llegada de los imperiales en 551 llamados por Atanagildo, no hizo sino robustecer las fuerzas de resistencia de la cultura antigua, precisamente en un momento en que ésta experimentaba con Justiniano un espléndido resurgir en el Imperio Oriental.

El área de ocupación bizantina en España hubo de ser muy extenso; por lo que se refiere a la Bética, en los primeros momentos llegaron a conquistar a Sevilla, que perdieron en seguida y a Córdoba que conservaron más tiempo. No hay duda de que Ecija se hallaba incluida en la zona ocupada, permaneciendo en poder de los bizantinos unos veinte años, ya que lógicamente debe conquistarse su reconquista por Leovigildo en la campaña de 572, en la que el gran monarca visigodo se apoderó de Córdoba y otros poblados y fortalezas de la región, previo el extermino de una multitud de campesinos, lo cual es una prueba más de que la dominación bizantina y la resistencia contra los godos, contaba con el apoyo de las masas populares hispano-romanas de estas regiones.

Es lógico pensar que Ecija se sumara al partido de San Hermenegildo; la huida de este desde Sevilla a Córdoba, después de la conquista de la primera por su padre, hubo de realizarse con toda verosimilitud por la vía romana que unía a las dos ciudades, pasando por Ecija, ya que la orilla derecha del Guadalquivir se hallaba dominada por el rey visigodo establecido en Itálica. Bajo el gobierno de los reyes godos católicos la Bética vivió pacíficamente hasta el final de la dominación de aquel pueblo.

En ninguna otra región de España mejor que en la Bética, se hallarían argumentos para defender la opinión muy extendida de tomar la invasión musulmana como punto de partida de la Edad Media peninsular, en vez de fijar su comienzo en la irrupción de los pueblos germánicos y en la subsiguiente dominación de los visigodos. Los testimonios arqueológicos positivos o negativos, tan elocuentes éstos como aquéllos, vienen en efecto a poner de manifiesto que el período visigodo fue en esta región meridional de España una etapa que no aporta nada nuevo en el aspecto cultural, como tampoco parece haberlo de forma apreciable en el social y religioso, entre otros, y que lejos de representar el comienzo de una nueva edad histórica, no hace más que continuar el proceso degenerativo de las instituciones imperiales romanas.

Podemos suponer que bajo el dominio visigodo la antigua Astigi siguió viviendo del prestigio de su gran pasado romano, como lo indica la conservación en ella de una sede episcopal. Con menor intensidad que en pasadas épocas de prosperidad, los productos de su término debieron seguir desempeñando un papel importante en la economía de la región. Pero en confirmación de tales asertos la arqueología apenas nos suministra más que insignificantes vestigios. En Ecija, en la calle del Puente nº 50, sirviendo de basa a una columna se encuentra en posición invertida un capitel de mármol de tipo bizantino en forma de pirámide.

En el Cortijo de la Alberquilla, en el caserío del Cortijo Alcotrista, en el Cerro de Pascualejo y en el Cortijo de Fuentidueñas, aparecieron restos que pueden ser colocados cronológicamente dentro de la época visigoda.

Uno de los motivos de oposición y divergencia entre godos e hispano-romanos hasta fines del siglo VI fue la religión. El cristianismo en Ecija, se remontaba, como en toda la Bética, a una fecha muy remota. La opinión más admitida es la de que a fines del siglo III o principios del IV existía ya en Astigi una sede episcopal. La permanencia de esta sede en la época visigoda se halla atestiguada por las suscripciones de los obispos astigitanos en las actas del Concilio de Toledo.

La tradición recogida ya en el siglo XVII por el Padre Roa, señala la Parroquia de Santa Cruz como lugar del emplazamiento de la primitiva catedral del tiempo de los godos y parece venir en confirmación de ello, probando, al menos, la existencia allí de un templo cristiano, el hallazgo en el año de 1885 en dicho lugar, del magnifico sarcófago de piedra caliza con relieves. Fue encontrado vacío a cinco o seis metros de profundidad al hacerse la excavación para los cimientos de la capilla de la Virgen del Valle.

Sarcofrago godoSolamente presenta decorada la cara anterior en la que, enmarcada por una sencilla faja plana, aparecen tres escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento que simbólicamente hacen referencia a Jesucristo. La del centro representa al Buen Pastor personificado en un joven imberbe que lleva sobre sus hombros la oveja perdida, empuñando con su mano izquierda el cayado; viste túnica y lleva terciado sobre el costado izquierdo el zurrón, teniendo a cada lado la figura de un cordero paciendo. En una cartela adosada por debajo a la faja del marco y dividida en dos trozos desiguales por la cabeza de la figura, lleva en caracteres griegos la palabra Pimen (pastor).
A la derecha de esta escena aparece la del sacrificio de Isaac que simboliza el de Jesucristo obediente hasta la muerte a la voluntad del Padre, como en la del Buen Pastor, también ostenta esta escena los nombres de los protagonistas Abraham e Isaac escritos sobre sus cabezas en caracteres griegos. La escena de la izquierda representa a Daniel en el foso de los leones, símbolo de la muerte y resurrección de Cristo; entre las manos levantadas del profeta, que viste túnica con mangas y clámide, aparece su nombre en griego en la misma forma que en las dos escenas anteriores. La técnica del relieve plano y el envaramiento y convencionalismo de las figuras acreditan a este interesantísima pieza como otra bizantina.

Otra memoria de la primitiva cristiandad queda reflejada en una pequeña lápida de mármol encontrada en 1950 al abrir los cimientos en la casa nº 27 de la calle del Conde, cuyo texto, incompleto, termina diciendo:

“sierva de Dios, de menos de veinte años, murió el domingo 4 de Julio.”

Este ejemplar epigráfico de Ecija puede datarse hacia la mitad del siglo V, siendo, por consiguiente, uno de los más antiguos de su clase, encontrándose actualmente en la colección arqueológica de la Parroquia de Santa María.

Fue Ecija el primer lugar donde los musulmanes encontraron después de la victoria del río Barbate, alguna resistencia organizada por parte de los visigodos. Tarik, después de aquel triunfo, avanzó en persecución del enemigo hasta llegar a Ecija, cuyos habitantes juntamente con los fugitivos del ejército de don Rodrigo, formando una inmensa muchedumbre le hicieron frente; se combatió con ardorosa tenacidad, más luego fueron derrotados los españoles. Tarik había establecido su campamento junto a una fuente distante cuatro millas de la ciudad de Ecija, la cual fue llamada desde entonces Ain Tarik, la fuente de Tarik.

Barbaros ecijaMientras duró el cruel sitio ocurrió un horrible crimen con las religiosas que vivían en clausura dentro del monasterio de Santa Florentina. Asaltado este por una descompuesta soldadesca sarracena, tuvieron precisión aquellas de salir precipitadamente con dirección a la ciudad, huyendo del inminente peligro que corrían en este desamparado valle, pero alcanzadas en su fuga, fueron todas degolladas, y una que se había adelantado a la puerta de Palma manchó con su sangre la columna que más tarde se colocó en la ermita del Humilladero, sitio del camino llamado después de las Vírgenes, porque allí fueron asesinadas o del Ahulladero tomado de los descompasados gritos que daban sus perseguidores al tratar de darles alcance.

Una vez tomada Astigi por los sarracenos, estimaron en tanto esta ciudad, que la consideraban entre las mas apreciables de la provincia. Reedificaron y repararon sus murallas, con más solidez que antes tenían así como las nueve puertas que daban entrada a la población, llamadas la del Sol, Puerta Cerrada, la de la Verdad hoy Puerta Palma, Puerta Nueva, la de Viviluad hoy del Puente; la de Calahorra hoy del agua, Puerta de Estepa, Puerta de Sevilla, y Puerta de San Juan.

Construyeron además un Alcázar, con plaza de armas en el sitio más alto, con fuertes muros y almenadas torres. Reserváronse para Mezquita la primitiva Iglesia cristiana, situada donde ahora está la parroquia de Santa Cruz y designaron para el culto católico otro santuario que ocupaba el que tiene la parroquia de Santa Bárbara. Fabricaron también acueductos, acequias de riego y espaciosos abrevaderos para comodidad del vecindario y uso de los ganados.

Denominaron primero a la ciudad Medina Alcotón, por la especialidad en sus algodones; después Medina Estigha o Ciudad Rica, viciada luego por el de Ecija, que prevaleció; así como su río Nahr Garnata y más tarde Guada-Genil o río Genil que es como se le nombra en el día.

Una vez posesionados de Ecija, quedó encomendada a los judíos la guarnición de la plaza, y los árabes comenzaron a adoptar medidas rigurosas e inhumanas, imponiendo el pago de cierto tributo a los que no se adherían al islamismo, y en cuanto a los renegados, que por suerte fueron los menos, al goce de todo género de franquicias.
Ecija, fue, pues, la primera gran ciudad de la Península ocupada por los musulmanes, que transcribieron su antiguo nombre de Astigi por el de Istigga, que según una curiosa etimología que corría entre los ecijanos, quería decir “las ventajas se han reunido”

Siguió la ciudad bajo sus nuevos dominadores las vicisitudes de la historia del Andalus. En 745 el inquieto qaysí Sumail sumó a Ecija al movimiento contra el gobernador Abu-I Jattar. En 798, ya entronizada la dinastía omeya, Suleiman, tío de Alhakem I, rebelado contra el emir, se enfrentó dos veces con las tropas de su sobrino en los alrededores de Ecija, siendo derrotado. En 909, con motivo de las luchas entre yemeníes y muladíes en Sevilla durante el reinado de Abdallah, el muladí sevillano Muhammad ben Galib con autorización del emir y para asegurar las comunicaciones entre Sevilla y Córdoba, se estableció con gente resuelta en el castillo de Siete Torres o San Tirso entre ambas ciudades.

Umar-ben-Hafsun

Durante la larga lucha de los antecesores del Emir de los Creyentes Abad-ar-Rahman con el rebelde Umar-ben-Hafsun éste se apoderó de Ecija en 889; dos años después los ecijanos, que constituían el núcleo principal de las tropas del rebelde que se enfrentaron a los leales del emir Abd-Allah en las cercanías de Aguilar, huyeron, abandonándolo, siendo causa de que el emir se apodera de Aguilar y poco después de Ecija, que se le entregó sin resistencia. En 897 Umar recobró temporalmente Ecija, pero en 1 de Enero de 913 Abd-ar-Rahman III, en su enérgica campaña contra los rebeldes de Andalucía, envió una columna mandada por el hachih Bard-ben-Amad para recobrar a Ecija, que por su proximidad a la capital omeya constituía un peligroso foco de rebeldía.

La represión fue muy severa; las murallas de la ciudad fueron derribadas hasta sus cimientos, y para aislarla de los territorios insumisos obedientes a Umar-ben-Hafsum, destruyóse el puente sobre el Genil, que luego fue reconstruido por Almanzor. Dos interesantes inscripciones encontradas se refieren a la construcción de dos fuentes en este período. Una en 930, bajo Abd-ar-Rahaman III, por el cadi de la ciudad Umaiya-ben-Muhammad, y otra en 997, por orden de la célebre sultana favorita de Alhaken II, la vasca Subb (aurora); el que por su encargo realizó la obra fue Ahmed-ben-Abdallah, jefe de policía y cadi o gobernador del distrito de Ecija, Carmona y sus dependencias.

Estos dos epígrafes, se hallan embutidos en la parte inferior de la torre de Santa Cruz en la cara que mira al poniente. Ambos están esculpidos en caracteres cuficos de resalte distribuidos en 10 y 11 líneas, respectivamente, y sus textos, según la transcripción de Leve Provençal, son los siguientes:

“Ha ordenado el Emir de los creyentes, que Allab lo ilustre- Abd-ar Rabman hijo de Muhammad la construcción de esta fuente, con la esperanza de una hermosa recompensa de Allab (y de una magnifica retribución) y este trabajo se terminó con la ayuda de Allab bajo la dirección de su liberto y de su gobernador Umaiya, hijo de Muhammad ibn Suhaid en el mes de Al-Muharramdel año 318 (febrero de 930).”

La segunda de dichas inscripciones dice:

“Ha ordenado la construcción de esta fuente, la señora –que Allab la ilustre- la válida, la madre del Emir de los creyentes Al Mu ´aiyad billah Hisam hijo de Al-Hakam –que Allab prolongue su vida- , con la esperanza de una hermosa recompensa de Allab y de una magnifica retribución. Y esta fuente se terminó con la ayuda de Allab y su asistencia bajo la dirección de su protegido el jefe de policía y kadí de la población del distrito de Ecija, Carmona y dependencias, Ahmad hijo de Abdallab, hijo de Musa y esto en el mes de rabí II del año 367 (16 de Noviembre-14 de Diciembre de 977).”

La primera de estas inscripciones es la más antigua en que aparece el supremo título califal que asumió Abd-ar-Rahman III a principios del año 929. La segunda alude, sin duda, a la famosa vasca Subb (Aurora), favorita de Al-Haken II y madre del califa reinante Hixen II, que es lo que quiere decir el título de válida que se le da en el epígrafe. Es igualmente históricamente interesante la referencia al distrito de Ecija, Carmona y sus dependencias, en las que Ahmed ejercía la potestad judicial en representación del gobierno de Córdoba.

Arco Mudejar Santa Cruz
Arco Mudejar Santa Cruz

El precioso libro de Al-Himyarí que tantos datos suministra sobre las ciudades del andalus, contiene interesantes pormenores topográficos sobre la Ecija musulmana. Al tratar sobre la arquitectura militar, hace constar que Ecija se hallaba situada sobre el arrecife, que constituía una vía de comunicación “entre el mar y el mar”; se refería a la antigua Vía Augusta, que seguía en uso y ponía en comunicación el Mediterráneo con el Atlántico a través del valle del Guadalquivir. Poseía Ecija barrios espaciosos, mercados frecuentados y numerosas posadas; uno de estos mercados daba nombre a una de las puertas situadas al norte del recinto que se llamó en cristiano la Puerta del Mercadillo. La mezquita aljama situada en el barrio principal, estaba edificada en piedra y constaba de cinco naves sostenidas por columnas de mármol. Posiblemente el emplazamiento de esta aljama era el de la actual Iglesia de Santa Cruz, ratificado después con la reconquista, puesto que era frecuente en los cristianos, establecer la principal iglesia de las ciudades reconquistadas, en la mezquita mayor o aljama de los moros, como ocurrió igualmente en Sevilla.

En Ecija, como ciudad importante, debieron existir numerosas mezquitas u oratorios. Algunas calles y edificios dan referencias de ello; así la calle de la Verdad que iba salir a la puerta del mismo nombre, llamada después de Palma y a la peculiar disposición urbana de las ciudades moras hace alusión, indudablemente, el nombre de la calle de los Arquillos; también la plaza de los Baños del Rey y el Horno de las Aguas, que posiblemente se refiere a algún establecimiento balneario y entre las collaciones de Santa Bárbara y Santa Cruz la Carnicería.

Los escritos árabes hacen constar que Ecija era una ciudad antigua, existiendo en ella numerosas ruinas y encontrándose vestigios soterrados. Su territorio extenso y fértil, producía bastantes cosechas de excelentes frutos y cereales y tenía numerosas huertas y jardines, comprendiendo su territorio cinco akalim o distritos agrícolas. Las numerosas norias que existían en el término de Ecija, movidas por el río Genil y que elevaban el agua a grandes alturas para regar algodonales, huertas y plantaciones de cáñamo, eran indudablemente, de origen musulmán.

La ocupación musulmana dejó en una triste situación a los núcleos cristianos y mozárabes que quedaron en los territorios sometidos a los nuevos dueños de la Península, no ciertamente por la intolerancia religiosa islámica, que salvo en contadas ocasiones no dio lugar a actitudes violentas, sino por la natural situación de una creencia que había de vivir en adelante en condición de inferioridad, respecto a la oficial y en algunos casos controlada por autoridades pertenecientes a la religión enemiga aún en funciones tan genuinas como la celebración de los Concilios.

Por lo que se refiere a Ecija, es un hecho indudable la continuación en ella de la sede episcopal después de ocupada por los musulmanes. En el Concilio cordubense de 839 firma Leovigildo, obispo astigitano. El abad Samsón, refiriéndose a hechos ocurridos en 862, cita al obispo de Ecija Beato, que en cartas dirigidas al de Córdoba defendía al Abad de ciertas imputaciones que se hacían contra él. En 1729 se descubrió en un lugar de la sierra de Córdoba denominada el Agarbejo la inscripción sepulcral de otro prelado ecijano, Martín, muerto en 13 de Mayo de 931.

A partir de aquí se pierde la memoria de la sede astigitana. Quizás haya que atribuir su extinción a la intransigencia almohade, fatal a las minorías mozárabe y judía en los territorios dominados por los “unitarios”, al menos en la primera época de rigorismo.

Fundado en Córdoba por el Omeya-Abderraman I un emirato, año 756, independiente del gobierno de Damasco, quedó Ecija tributaria suya, y lo mismo en el periodo del califato hasta la reconquista, sufriendo los mozárabes, que era como se llamaban los cristianos de entonces, continuadas luchas intestinas durante una larga serie de cinco siglos, empleados en recíprocas represalias; así que decretado por Hixen I el Agied o guerra santa, para resucitar los buenos tiempos del Islam, soportó Ecija con gran entereza de ánimo aquella lucha religiosa y también la persecución terrible de Abderramán II contra los cristianos que, espontáneamente, se ofrecían al martirio; contándose entre estos dos hijos de Ecija, ambos presbíteros, adscrito el uno a la Catedral de esta ciudad donde ejercía la cura de almas, llamado Pedro y el otro Wistremundo, monje de S. Zoil.

Mohamed I prosiguió con mayor crueldad que su padre la persecución que este había iniciado, y mandó la destrucción de los templos cristianos, tocando esta desgracia a la catedral de Ecija, que convirtieron en aljama.