FANTASÍA ECIJANA
POR D. JOAQUÍN J. NOGUERAS ROSADO – 1982
Dibujos: D. Cesáreo Cambronero López.

LAS MARTIRES DEL VALLE

Florentina era la segunda hija de una noble familia originaria de Cartagena, que había tenido cinco hijos, y cuatro alcanzaron la santidad: San Leandro, Santa Florentina, San Fulgencio y San Isidoro. Juliano no dice al respecto: “Santa Florentina nascitur Cartagine anno DXLV”.
Esta santa que, al decir de los historiadores, era una bellísima doncella, guiada por las virtudes de su hermano mayor Leandro, retiróse en plena juventud a un monasterio de la orden de San Benito, en Ecija, fundación suya propia, como lo afirma el breviario de la misma Orden. Allí se encerró en compañía de unas cuantas jovencitas, siendo el ejemplo de su vida tan convincente que arrastro a otras muchas a seguir su profesión. Y fueron tantas que su numero paso de trescientas, convirtiéndose el monasterio en el mas insigne y celebre de aquel tiempo. Voló tanto la fama de esta santa fundadora, que llego a gobernar hasta cuarenta conventos con mas de mil religiosas en ellos; queriéndolas todas como a madre, respetándola como a superiora y venerándola como a santa.
El monasterio donde Santa Florentina vivió en Ecija, fue el celebre santuario de Nuestra Señora del Valle, asolado durante la invasión árabe, y reconstruido después por los monjes de San Jerónimo, convirtiéndose en 1485 en un fabuloso y maravilloso monasterio, donde recibió culto la imagen de la Virgen del Valle, patrona de la ciudad, hasta 1835 en que por nueva ruina del monasterio, fue trasladada definitivamente a la Iglesia Mayor de Santa Cruz.

A la muerte de Santa Florentina en el año 633 y ochenta y ocho de vida en este mundo, su cuerpo fue enterrado en dicho monasterio del Valle, pero con la dominación árabe fue trasladado, junto con el de su hermano San Fulgencio, Obispo de Ecija, a Berzocana (Cáceres), en cuya iglesia parroquial se guardan sus reliquias.

Llegó el año 711. Tarik-ben-seyad, caudillo berberisco, tras su triunfal desembarco en la península, avanza por e sur de España en persecución de los cristiano, hasta llegar a Ecija. Aquí sus habitantes, junto con el resto del ejercito de Don Rodrigo, le hicieron frente en las afueras de la población, al lado de un manantial, desarrollándose tan sangrienta batalla que las aguas corrieron rojas de sangre, por lo que desde entonces se conoce aquel lugar con el nombre de la “la fuente de los cristianos”.

Aunque fueron los musulmanes los triunfadores en tan cruenta batalla, los estragos en sus filas también fueron cuantiosos. Era el primer enfrentamiento serio y difícil tenido en su triunfal marcha. Ello hizo que su furia creciera en tal manera que decidieron arrasar tierras, casas, y posesiones a las afueras del recinto amurallado, en donde nuevamente los ecijanos se habían hecho fuertes, aunque la falta de hombres les hiciera colocar en las almenas muchas de las estatuas que, de procedencia romana, aun había en la ciudad al objeto de intimidar a los árabes.

El monasterio del Valle, residencia de las monjas de Santa Florentina, se encontraba asentado en la ribera occidental del río Genil. A media milla de las murallas de la ciudad, y por tanto en inminente peligro en aquel desamparado valle.

La descompuesta soldadesca sarracena, enterada de la existencia de esta comunidad de mujeres, sin protección militar alguna, deciden asaltar el convento y dar en el rienda suelta a sus apetitos carnales, pues era fama la juventud y belleza de las monjas de la congregación.

Milagrosamente enterada la abadesa de las pretensiones de los moros, llama a capítulo a sus hermanas que reunidas ante la tumba de Santa Florentina, muerta hacia ya setenta y ocho años, les expone el peligro que corren en su honestidad, ante la violencia y barbarie de aquellas gentes.
La madre abadesa en una breve pero elocuente platica, les habla del compromiso que todas habían contraído con Dios el día que entraron a formar parte de la comunidad en aquel santo monasterio. Y para probar sus vocaciones, el Señor les obligaba ahora a elegir entre la traición o la valentía. También contaba el miedo, miedo que el mismo Cristo quiso vivir en el Huerto de los Olivos y que supero por su confianza en el padre al que libremente ofrece su sacrificio, como un acto heroico para la salvación de los hombres. Les recordó lo que decía el libro “Sobre la institución de las vírgenes y el desprecio del mundo” que como las reglas de la santa madre Florentina, escribió para ellas su hermano Leandro. Les hablo, por fin, de la pureza y de la belleza espiritual que es la única que vale ante Dios, y termino con esta frase: “mas vale vivir sin cara que sin alma”.
Tras una corta deliberación, acordaron entre si de afear sus rostros de manera que no solo fuesen incentivo de su apetito carnal, sino mas aun lo apagasen del todo y se les hiciese aborrecibles. Unas a otras fueron dándose cortes en el rostro, sin oírse siquiera la mas mínima lamentación. (Ejemplo que siguieron después y por el mismo motivo, las siete doncellas de Simancas).

Aquella mañana en el convento, solo se oía el exquisito canto matinal del oficio de laúdes, tras el cual la madre abadesa, con voz entrecortada por la emoción al ver aquellas caras desfiguradas dijo:
-Supone una gran responsabilidad para todas nosotras demostrar valor y entereza, dando así un alto ejemplo de serenidad, pues pase lo que pase será la voluntad de Dios y Él nos ama sobre todas las cosas.

Cuando al fin llegaron las moriscas huestes, quedaron sorprendidos anta el espectáculo de unos rostros cuajados de heridas sangrantes. Su enojo fue tal y su enfado tan irritante al verse burlados, que decidieron pasarlas a cuchillo. Ante el sorprendente peligro, corrieron las monjas despavoridas para alcanzar las murallas de la ciudad y obtener protección allí. Pero en el camino, una a una, fueron degolladas. La mas joven, una novicia recién ingresada en la orden, pudo adelantarse y llegar hasta la puerta de Palma, manchando con su sangre una de las columnas de la portada, antes de caer mortalmente herida y subir al cielo con su doble corona de virgen y mártir, al igual que todas sus hermanas.

Andando el tiempo, la columna, como un homenaje a aquellas mártires, fue colocada en la Ermita del Humilladero, sitio del camino llamado de “las Vírgenes”, porque allí fueron asesinadas, cruzado por el arroyo del “Ahulladero” nombre este tomado de los descompasados alaridos que daban los perseguidores árabes.

En confirmación de este suceso, en 1624 escribió así fray Rodrigo de Yepe, de la orden de San Jerónimo, religioso morador del Monasterio del Valle, tras su reconstrucción:
“Todos los que ahora viven se destetaron oyendo la devoción a Nuestra Señora del Valle y de su santa imagen, y de haber vivido aquí Santa Florentina y las santas vírgenes de su monasterio. Y las abuelas decían a sus nietos que tuviera devoción en el camino del Valle, que se dice el camino de las Vírgenes o del Ahulladero; por que todo él, desde la iglesia mayor de Santa Cruz hasta el Monasterio, está regado de sangre de las doncellas santas que martirizaron los infieles arrianos. Y a la Puerta de Palma de esta ciudad, están unos mármoles que se dice se regaron con la sangre de estas santas doncellas, cuando desde el monasterio las iban martirizando las infieles., En confirmación de esto hay memoria en esta ciudad de una devota mujer, que se decía Maria Alonso, y ahora viven los que la conocieron., la cual afirmaba que una mañana antes del amanecer, que solía venir ella al monasterio cada día, le apareció una procesión de las vírgenes con candelas encendidas, le dieron una de ellas, la cual guardo para la hora de su muerte. Por reverencia de estas cosas y devoción de esta gran santa, muchas personas vienen gran parte del camino desde la ciudad descalzas, y otras las rodillas por tierra, hasta ver con sus ojos la santa imagen de la Madre de Dios, y el lugar donde vivió la virgen Florentina, con la compañía de las doncellas martines de Cristo, y su capilla y sepultura. Hablo de esto no solo por la relación de otros, sino como testigo de vista en dos años que residí en aquel santo monasterio”.

Y cuenta la tradición popular que aplicando el oído a la columna de la ermita del Humilladero, se oye como un fluir de sangre a borbotones.
Y también es fama el oír sonido de campanas debajo de la tierra, donde se dice estuvo el monasterio de monjas de Santa Florentina.
Lo que si nos cuenta Fray Jaime Bleda en el lib. VII, cap. II, es “que las monjas de Santa Florentina de Ecija, fueron las que primero padecieron el martirio, luego en la primera invasión de los moros, cuando fue tomada aquella ciudad”.

LA PATRONA ASTIGITANA

La Edad Media representa para la antigua Astigi un lapso de tiempo verdaderamente religioso, en la historia eclesiástica de entonces, debido al importante papel que tuvieron muchos de los Obispos de la Silla Astigitana.

Cuando el arriano Leovigildo se adueña del cetro español por muerte de su hermano Luiva, sometiendo a su reinado a casi todas la provincias ocupadas por los romanos, se posesiona también de la Bética dando cima a sus ambiciosos proyectos.

El rey Hermenegildo, último de la dinastía arriana, fue el origen de un nuevo plantel de monarcas españoles que consiguieron la unidad católica de nuestra patria, y que perseguido por su padre encontró cariñosa acogida en el suelo astigitano.

Eran los tiempos en que San Leandro ocupaba el Arzobispado de Sevilla, uniéndole muy estrecha amistad con el entonces apocrisiario del Papa Pelagio II y que mas tarde fue Pontífice de la Iglesia Universal, con el nombre celebre de San Gregorio Magno.

Y eran los tiempos en que Fulgencio, sucediendo a Pagasio, ocupa la silla astigitana en el año 619. Este era hijo del Duque Severiano, gobernador y jefe militar de Cartagonova, hermano, además, de los santos Leandro, Isidoro y Florentina, así como también hermano de la primera mujer de Leovigildo y por consiguiente tio carnal de San Hermenegildo.

Era santo obispo astigitano, era muy versado en todas la ciencias eclesiásticas, así como el conocimiento de las lenguas hebrea, siria, griega, latina, gótica y arábiga, siendo tenido por uno de los doctores mas insignes de su época, debido a sus esclarecidas virtudes, precocidad de ingenio y vastísima erudición.

San Fulgencio firmo con otros prelados el decreto del rey Flavio Gundemaro, en el que se mandaba a los de la provincia de Cartagonova reconocer la primicia de la silla de Toledo. Asistió al Concilio II Hispalense, presidido por San Isidoro, donde se trataron cosas referentes al Obispado Astigitano, tal como la devolución de parroquias que pertenecían al Obispado de Málaga (entonces la provincia astigitana lindaba con la malagueña).

La princesa Florentina, hermana de San Fulgencio, había renunciado a las grandezas mundanas y se traslado a la hermosa y floreciente tierra andaluza, donde su hermano ejercía el ministerio apostólico. Y en la ciudad de Astigi funda, con sus propias rentas, el monasterio de religiosas de la orden Benedicto, monasterio que distaba de la población un kilómetro por el noroeste y a orillas del caudaloso Genil. A él se retiro tan virtuosas dama, siendo muy respetada por todas sus monjas como Abadesa, no menos querida como madre y hasta venerada como santa: exaltación que alcanzo después de su muerte, acaecida en dicho monasterio en el año 633.

Florentina era muy devota de la Virgen y, por tanto, quiso colocar en su monasterio una imagen de la Madre de Dios, encargo que le hizo a su hermano Leandro, a la sazón Arzobispo de Sevilla. San Leandro poseía y tenia en gran aprecio un “Mariano simulacro”, que había traído desde Constantinopla como regalo de San Gregorio Magno, por entonces Apocrisiario del Papa Pelagio II, cuyo obsequio suponía para el una inestimable reliquia, dada su procedencia. Pero ante la insistencia constante de su hermana, opto por cedérselo, al objeto de que fuera venerado en el Monasterio.

El “Marianun Simulacro” fue recibido en medio del regocijo y gran contento de toda la comunidad de religiosa, no solo por se obsequio del Arzobispo Leandro, sino por su originaria procedencia, precisamente de Constantinopla, lugar donde tubo su origen el culto popular a las imágenes marianas y por suponerse obra salida de las manos del que fuera gran Papa Gregorio Magno. Así es que la incontable alegría de las monjas tenia un sólido fundamento.

Para aquella imagen de la Virgen carecía de un nombre particular, por el que fuera invocada y venerada. Hubo dentro de la comunidad reuniones especiales para tratar del tema y al fin, tras largas deliberaciones, no menos cabildeos y amistosas discusiones, se opto por el que daba nombre al lugar en que estaba instalado el monasterio-convento: “el Valle”. Se le rogó al Obispo Fulgencio trasladarse al Monasterio para que, en cabildo extraordinario presidido por él, se aprobara solemnemente la advocación de la imagen. Fue celebrada función principal, en el transcurso de la cual se entronizo el mariano simulacro en el Altar Mayor, con el nombre sonoro y poético de Nuestra Señora del Valle. La devoción fue creciendo tan rápida como insospechadamente, hasta el punto de que el pueblo la venerase como a su reina y patrona.

triunfo vigen del vallePero llega la invasión agarena. La comunidad, muerta ya su madre y fundadora, temerosa de los desmanes que pudieran ocasionar las tropas islámicas, y poco antes de su martirio, deciden esconder los restos de Santa Florentina, así como la imagen de la Virgen del Valle.
A partir de aquí hay dos versiones sobre la imagen de la Señora y Reina del Valle. La primera y mas popular es la que se lee en los “Siglos Jeronimianos” (Part. 71, fol. 183) que dice fue hallada por el Conde de Palma don Luís Portocarrero, con ocasión de cazar una paloma que se oculto en un mechinal de los muros del casi derruido convento, antes de su reedificación en el año 1485. El Conde de Palma, para conmemorar este hallazgo prodigioso, emprende a sus expensas la reconstrucción del monasterio, convirtiéndolo en un fastuoso templo que entrega a la comunidad de Padres Jerónimos, para que dieran culto de por siempre a tan peregrina imagen; pero este “de por siempre” solo duro hasta el año 1835 en que por estar nuevamente en estado ruinoso el monasterio, fue trasladada definitivamente a la Iglesia de Santa Cruz, en donde hoy recibe culto como patrona de la Ciudad.

La otra versión, menos conocida, es que ante el temor al vandalismo sarraceno, las monjas del monasterio del Valle, entregaron la imagen de la Virgen, junto con los restos mortales de Santa Florentina, a un grupo de astigitanos, para que en unión de los retos de San Fulgencio, fueran trasladados a Extremadura, lejos del dominio de la morisca, Los restos de ambos santos se encuentran en la Iglesia Parroquial de Berzocana, provincia de Cáceres, y la Imagen de Nuestra Señora del Valle recibo hoy culto bajo el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, en el Monasterio extremeño de tal nombre, siendo la actual Patrona de Ecija una imagen del siglo XIII..

Pero lo cierto es que la Virgen del Valle ejerce su patronato sobre la vieja Astigi, sin haberse encontrado documento alguno que así lo exprese oficialmente, por mas que sea suficientemente fundado en una remota antigüedad, sustentada por el Ayuntamiento en su “Ceremonial Político”, en el reconocimiento que de ello hacen todas las “Escrituras Públicas”, y en el testimonio del “Pueblo fiel” que lo ha confesado en todas las épocas, confirmándolo así cuantos Emperadores, Reyes, Príncipes y Jefes de Estado que en el transcurso de la historia, han orado a las plantas de esta imagen: La Santísima Virgen del Valle, de Ecija.

Muralla CarboneroLEYENDA DEL TORREON

Corría el año árabe 419 (1301 de nuestra era) cuando asesinado el ultimo Omeya la disgregación del califato dio paso a una serie reinos de taifa, establecidos en las ciudades mas importantes. Ecija (por entonces llamada Medina Estighia, que quiere decir “Ciudad Rica”) como ciudad importante, había entronizado una dinastía berberisca, con reino taifa independiente, cuya extensión comprendía desde Almodóvar por el norte a Carmona por el Sur. Toda una amplia vega riquísima en cultivos, especialmente del algodón, que dio a la ciudad un enorme prestigio entre todas las del Andalus, ello unido a su enriquecimiento con todo lo que la alta civilización árabe traía.

Se construyeron palacios suntuosos, castillos señoriales, casas nobles con amplios patios, zaguanes de rico alicatado de azulejería, rejas, celosías, aleros y voladizos en los tejados –moda éstas impuestas por los árboles- mezquitas, fuentes publicas, etc. Y sobre todo el monumental Alcázar situado en lo mas alto de la Población a la que dominaba.

Gran parte del trazado urbanístico de la Ecija actual corresponde a aquella época: callecitas estrechas llenas de imprevistas revueltas, recoletas y escondidas plazuelas…
Y en aquellos dias de prosperidad para Merina Estighia, vivía en uno de sus numerosos palacios Ahmad-ben Muhamad, perteneciente a la rica burguesía mercantil y que a fuerza de improbos trabajos, riegos de todas clases y tráficos, muchos de ellos ilegales, había alcanzado una considerable fortuna. Pero por encima de esta clase social estaba la nobleza árabe, los cadies, gobernadores, los allegados al palacio real, los parientes de los reyes taifas e incluso los héroes de las constantes guerras, no solo contra los cristianos sino entre yemeníes y muladíes.

Ahmad-ben Muhamad se sentía altamente contrariado por estimarse, y de hecho lo era, de clase inferior. Desde luego estaba forrado de dinero, aunque seguiría siendo siempre un mercader, un simple y vulgar comerciante, muy por debajo de aquella alta nobleza a la que el envidiaba. Gente toda siempre orgullosa, altiva y soberbia.

Pero Ahmad tenia un hijo, un apuesto galán llamado Jarquiz sobre el que volcó toda su ilusión y entusiasmo, ante la imposibilidad de dar ese salto de categoría tan ansiado y que le recompensara de las amarguras y afrentas sufridas. Dinero le sobraba para ello –tal vez fuera el mas rico de la ciudad- y asi pone al servicio del hijo los mas sabios y renombrados educadores en las ates, las letras y las guerras.

Jarquiz crecía, con gran complacencia del padre, adornado de bellas dotas de sensibilidad, buenos modales y costumbres, en suma con señorío, que le permitían figurar, sin diferencias, entre los jóvenes mas distinguidos de la Estighia de entonces. Y aun pudiéramos decir que en vivacidad, fantasía, alegría, gallardía, quedaba muy por encima de todos, convirtiéndose Jarquiz en un autentico caudillo para fiestas, correrías y andanzas juveniles.

muralla calle merino ecijaPor su simpatía, desenfadado y apostura, no había fiesta ni banquete, ya fuera en castillo, palacio o casa solariega, donde Jazquiz no fuera invitado. Su forma de comportarse gustaba a todos; era elegante y distinguido, y lo mismo cantaba que bailaba, declamaba o componía delicados versos, que tomaba parte en torneos y duelos de los que salía siempre victorioso.

En una de estas fiestas, la celebrada por el cadi Ishac-ben-Abd-Allah en su castillo situado junto al puente que Almanzor mando edificar sobre el Uad-el.Genil, muy cerca de la torre defensiva de la entrada del puente, llamada por los moros Bibiluad y que posteriormente se le denomino “Torre de los Guardas”, conoció nuestro joven Jarquiz a una encantadora damita, hija del cadi Isaac, llamada Milenda y de la que quedo profundamente enamorado.

Días en claro y noches desvelado pasaba el rendido enamorado Jarquiz, que ya no vivía mas que para su Milenda. Pero el cadi Ishac-ben-Abd-Allah era inflexible: de ninguna manera consentía en los amores de su hija con el apuesto galán. Así es que el deseo y la ansiedad de alcanzar gloria y fama a través de la caballería, se convirtió en la obsesión de Jaquiz, para que el obstinado cadi accediera al matrimonio.

Todos los jóvenes sueñan con ser alguien, y en aquel tiempo, sobre toda para un joven como Jarquiz, educado en las nobles y heroicas epopeyas guerreras, ser alguien significaba llegar a caballero triunfador de mil batallas, capitán heroico de legiones victoriosas, recibido, agasajado y condecorado por reyes, adulado por la nobleza y admirado por las damas languideciendo de amor. Soñaba pues con una luciente armadura, una espada invencible y un brioso corcel; y luego las victorias cantadas por juglares y trovadores de corte en corte, Guerras no faltaban para iniciarse en la carrera caballeresca. Y el mismo se veía encarnado de un Demóstenes, arengando con elocuencia a sus huestes.

Entre yemeníes y muladíes la enemistad se había hecho grande y profunda, andando con frecuentes pendencias y escaramuzas. Además el campo de acción estaba mas cerca que la entonces lejana frontera cristiana y sus resonantes triunfos llegarían antes al conocimiento del obstinado cadí Ishac.
El viejo Ahmad-ben-Muhamad adquirió para su hijo el mas brioso caballo de la mas depurada raza arabe y la mas fina y reluciente daga templada por expertos maestros armeros. Y como combatiente de a caballo, con sus veinte años recién estrenados, dos servidores y un coplita, se fue Jarquiz al campo de batalla, en busca de la gloria.

Pero la gloria no estaba allí para él. En la primera escaramuza –porque no llego ni a ser batalla, para su deshonra- en que participo, fue herido y hecho prisionero; y como cautivo estuvo encarcelado durante dos largos años, sin saber de su familia y, lo que era peor, sin noticias de su amada Milenda.

Largo periodo en el cual no le falto tiempo para reflexionar sobre su pretendida carrera caballeresca, ridículamente truncada. Reflexiones que fueron agriando su carácter y haciendo de Jarquiz un hombre resentido contra todo y ante todo.

Cuando al cabo de esos dos años su padre pudo liberarlo, previo el pago de un importante rescate, Jarquiz no era el mismo. Su carácter antes alegre, era ahora taciturno; su fuerte complexión se trunco en enclenque y debilucha, por mor de las fiebres padecidas en el cautiverio; su condición de hombre confiado y seguro de si mismo, se torno en desconfianza, duda y temor ante los demás. El desaliento se había apoderado totalmente de su animo.

Muralla calle merinos EcijaAláh lo ha querido así. Pero en cuanto se reponga, volverá a ser el mismo de antes, decía el viejo Ahmad-be-Muhamad refiriéndose a su hijo.

Pero el hijo no se reponía, mas al contrario, cada vez se mostraba mas resentido y su odio mas recalcitrante, sobre todo cuando intento volver a las fiestas y reuniones, dándose cuenta que era el centro y motivo de burla, chistes y mofas por parte de sus antiguos camaradas de juergas, y no digamos de las damas, que ni siquiera se recataban en reirse abiertamente de sus maltrechas hazañas guerreras. Ello le hizo desistir en su deseo de entrevistarse con su amada Milenda, pero no de saciar sus apetitos de venganza, de dar suelta a su mal humor y demostrar su odio, acumulado durante tanto tiempo.

Entonces urdió un diabólico plan: citaba cada noche a un mancebo en nombre de Milenda, a las puertas del Castillo, donde el lo esperaba y tras darle muerte, lo arrojaba al río. Y así hasta que una noche decidió acabar también con su mas terrible enemigo, el cadi Isaac-ben-Abd-Allah, causante, según el, de sus desgracias y desdichas.

Escalo los muros del castillo y ya dentro busco y rebusco al que en tiempos deseo por suegro, sin encontrarle por parte alguna. Bajo incluso a las “mazmorras”, pero con tal mala fortuna que, estando en ellas, una inesperada y enorme crecida de Uad-el-Genil (el invierno había sido muy lluvioso y la primavera calurosa propicia para el deshielo de las nievas de Sierra Nevada), inundo todo el castillo, pereciendo entre sus aguas el desafortunado Jarquiz.

El Cadi Ishac no se encontraba en su castillo porque aquella misma noche cenaba, junto con su hija, en el Alcázar, a donde había sido invitado por el rey Muhammad-Ben-Abd-Allah. Allí le fue comunicada la noticia de la riada, que estaba asolando la comarca, causando enormes perjuicios tanto en tierras de cultivo como en viviendas.

Cuando Ishac llego al puente pudo observar que de su castillo solo quedaba el torreón, precisamente el que estaba encima de las mazmorras, y que aun hoy se conserva en la margen derecha del Genil.

Jarquiz había desaparecido. Para muchos su vergüenza le había obligado a marcharse a combatir en las fronteras con los cristianos, donde quizás había muerto sin pena ni gloria.
Esto ocurrió en la luna Rabie, postrera del año 421 (1033 de nuestra era).