FANTASÍA ECIJANA
POR D. JOAQUÍN J. NOGUERAS ROSADO – 1982
Dibujos: D. Cesáreo Cambronero López.

EL MILAGRO DE SAN VICENTE FERRER

Con el nombre de judaizantes se conocían los conversos al cristianismo de procedencia judaica que, mas tarde, apostaban de la fe católica volviendo, total o parcialmente, a sus antiguas creencias y practicas religiosas. Pseudoconversiones de judíos por motivos políticos y económicos han tenido lugar en numerosos países y épocas, siendo este fenómeno una de las causas que motivaron la instauración de los tribunales de la Inquisición medieval en Europa. Sin embargo las circunstancias históricas por las que atravesó la península Ibérica desde la época visigoda, hicieron que este fenómeno adquiriese aquí proporciones desconocidas en otros países.

Como consecuencia de las matanzas populares de 1391, hubo conversiones en masa. “Pero que especie de conversiones eran estas fuera de las que produjo con caridad y mansedumbre Fr. Vicente Ferrer… fácil es de adivinar…. De estos cristianos nuevos, los mas judaizaban en secreto; otros era gente sin Dios ni Ley; malos judíos antes y pésimos cristianos después. Lo menos en numero, aunque entre ellos los mas doctos, estudiaron la nueva ley, abrieron sus ojos a la luz y creyeron”. (M. Menéndez Pelayo).

Así el problema de los judaizantes se planteo en toda su crudeza. Para evitar el sacrilegio y la apostasía, se impuso una labor de catequesis que tornase, en la medida de lo posible, en sinceros a pseudoconversos, y en conversos a los judíos públicos. Labor que tuvo su máximo exponente en Vicente Ferrer que consiguió gran numero de conversiones sinceras, especialmente de rabinos ilustres y doctos.

Vicente Ferrer que a los 17 años ingreso en el convento de los dominicos de Valencia, su tierra natal, encarnó el ideal de la orden dominicana: la figura del fraile que va de un lugar para otro predicando la restauración de la vida cristiana, para la cual era necesario, decía, procurar el retorno de los pueblos a Cristo y a la iglesia.

Vicente se presentaba antes sus oyentes como un enviado de Dios, adoptando el ceremonial necesario para impresionar a los fieles. Su llegada a los pueblos estaba precedida por un procesión en la que se entonaban cantos penitenciales. En medio de la muchedumbre aparecía Vicente montado en una borriquilla y apoyado de su báculo, rodeado de un grupo de sacerdotes. El acto iba seguido de la celebración de una Solemne Misa, con un sermón a su cargo, que solía durar unas tres horas. Numerosos milagros se producían durante sus predicaciones, así como innumerables conversiones, especialmente de judíos y moros de España.

Estábamos en la plena esfervecencia misionera de San Vicente, concretamente en el año 1410, y precisamente en esta época estuvo viviendo el santo en el Convento de Santo Domingo de esta ciudad de Ecija, cuyo convento tenia anexo el histórico templo llamada de San Pablo y Santo Domingo, construido en el año 1383 a expensas del hidalgo señor don Lorenzo Fernández Márquez, casado con doña Mencia Fernández de Tejada, para lo cual donaron las casas de sus morada, según escritura firmada ante Sancho García, escribano publico de Ecija.

De la estancia del santo en Ecija quedaron estimables recuerdos en el Convento, como el pulpito en que hacia sus predicaciones y una pintura del “Juicio, infierno y purgatorio” pintada por orden de San Vicente; de ninguna de ambas reliquias quedan rastro, ya que el pulpito fue gastándolo la devoción del pueblo sacándole astillas para guardarlas como preciadas reliquias del santo, y de la pintura nada se sabe en la actualidad.

Pulpito San Vicente Ferrer EcijaSin embargo en la Iglesia de Santa Maria si se conserva el pulpito donde predico el Domingo de Ramos del año 1410, fecha en que según la tradición, realizó un milagro en la persona de una judía llamada Raquel, celebre en la ciudad por su perfecta belleza y su inmensa riqueza, heredada de su padre victima de las matanzas de judíos del año 1391, ocurridas en el barrio de la judería ecijana, luego extendidas por toda la península. Raquel era una, entre tantas, de las que judaizaban en secreto, pues su conversión había sido forzada por las circunstancias.

La joven Raquel se encontraba aquel domingo de Ramos entre el enorme gentío que llenaba totalmente las amplias naves de la Iglesia de Santa Maria para escuchar la convincente elocuencia de Fray Vicente Ferrer, aunque ella lo hacia para cubrir las apariencias, ya que en su fuero interno estaba burlándose de lo que decía el Santo.

Por divina inspiración se percato Vicente de las burlas de la bella judía, y suspendiendo su discurso se dirigió al auditorio para decir “Entre vosotros hay una persona que se burla de lo que digo y Dios quiere castigar este desacato”. Hablando entonces a los que ocupaban el fondo de la Iglesia les ordeno que se apartasen de la puerta, porque amenazaba ruina. Todos los que estaban cerca de ella se retiraron apresuradamente menos la judía que, con una sonrisa en los labios y una mirada retadora, quedo quieta en el lugar que ocupaba con ademán desafiante.

Apenas retirados los fieles, cuando desencajándose de sus quicios la puerta, cayo sobre Raquel que perdió la vida bajo el peso de la madera.

El pueblo quedo perplejo y confuso en medio de un silencio impresionante, inmóviles, con los nervios en tensión, mudos de temor y pánico; solo Vicente, con gran tranquilidad y serenidad, atravesó la nave central del templo con dirección a la puerta caída. Rogó que entre todos la retirasen, quedando al descubierto el maltrecho cuerpo de la joven Raquel, que yacía en medio de un charco de sangre. Espectáculo impresionante que hizo cerrar los ojos de los aterrorizados fieles. Pero el Santo, arrodillándose, hizo fervorosa oración, resucitando la judía ante el estupor de la concurrencia. Convencida así Raquel de sus errores se hizo una verdadera y autentica cristiana.

Y para perpetua memoria y en agradecimiento de ello, estableció y doto de su hacienda una fiesta anual el Domingo de Ramos, día en que obro el tal prodigio, según nos cuenta el padre Maestro Fray Francisco Vidal, del Orden de Predicadores, en su libro “Vida de San Vicente”. De ello nos da también fé un cuadro que reproduce el milagro y que se conserva, aunque en mal estado, en la Iglesia de Santo Domingo, fechado en el año del Señor de 1410.

EL MORAL DE LA VICTORIA

Existía fuera del recinto de esa ciudad, allá por el siglo XV, una ermita dedicada aIglesia de la Victoria Écija – Ecija San Martín, de la que se hicieron cargo en el año 1505 los religiosos Mínimos de San Francisco de Paula, no tras muchas vicisitudes, siendo este el cuarto convento de la Orden que se fundara en España, en vida del Santo, con el nombre de Convento de la Victoria.

En este lugar dice la tradición que obró San Pablo el milagro, que conmemora la ciudad, en la persona del joven Antón Fernández de Arjona.

Pero vamos a referirnos aquí ahora a tan extraordinario acontecimiento, sino a otro mas simple, pero no por ello menos singular e insólito. Se trata de narrar el origen de un frondoso moral que existía en el huerto del extinguido convento de la Victoria.

Por aquel entonces estaba de lego en el convento Fray Martín de Marmolejo, hombre de bondadoso corazón y gran sencillez, que a todos obedecía y a nadie mandaba; solo atento a sus obras de caridad y amor, a sus rezos, meditaciones y mortificaciones, y a escuchar en todo momento la palabra de Dios y acatar sus designios.

Solo tuvo un capricho en su dilatada vida de Santidad: quería conocer personalmente al humilde fundador de su Orden, el padre Francisco de Paula, del que tanto hablaban los hermanos venidos de Francia, donde se encontraba a la sazón el fundador, al que alababan sus virtudes y ensalzaban ya como Santo.

En un banco de piedra que había en un apartado de la huerta del convento, sentábase Fray Martín a descansar de sus duras faenas y a pensar en el viaje que con tantas ansias deseaba, pero que su humildad no le permitía ni siquiera solicitar la autorización de su superior para llevarlo a afecto.
Pero Dios que no abandona a sus hijos mas humildes, al contrario los ensalza, le proporciono la oportunidad de hacer realidad sus deseos ocultos.

Un día de esos en los que Fray Martín estaba pensativo en su banco preferido, se le acerco el Prior del Convento y le dijo:
-Hermano Martín, le veo de poco tiempo a esta parte un tanto agotado, como deprimido, y ello es debido, estoy seguro, al exceso de trabajo que pesa sobre usted. Y como la salud del cuerpo es tan importante como la del alma para estar al servicio de Dios, he decidido darle un descanso, unas vacaciones. Yo creo que no le vendría mal un viaje y así visitar algunos de nuestros conventos. Dígame, ¿dónde le gustaría ir, hermano Martín?

Sin siquiera pensar la repuesta, el hermano Martín contestó:
-A Tours, reverendo Padre. Quisiera conocer a nuestro fundador.
-Pues echo; no se hable más. Cuando quiera puede partir para Tours.
Y el prior dejo a fray Martín con una cara de satisfacción imposible de disimular, Su sueño dorado se había convertido en feliz realidad. Seria largo y duro el camino a recorrer dada su edad, pero eso no le importaba al buen fraile; él sería uno de los privilegiados en conocer personalmente a su fundador, en hablar con el, en recibir su bendición.

En la madrugada del siguiente día, tras el canto gregoriano de maitines, y siendo despedido por sus hermanos con muestras de gran regocijo, partió feliz fray Martín, a lomos de una buena mula, rumbo a tours donde el santo estaba de conventual.

Un mes, tal vez días más que días menos, tardó el buenazo de fray Martín de Marmolejo en llegar a la ciudad francesa. Su jubilo fue enorme cuando saludo al santo fundador de la orden; con el compartió ratos inolvidables y charlas sustanciosas y edificantes. El Santo Escuchó enternecido los relatos que le hacia el fraile español sobre los problemas e inconvenientes que tuvieron en la fundación de la casa ecijana, de cómo en ésta habíase aparecido San Pablo en tiempos pasados y obrado milagro que el pueblo conmemoraba con singular esplendor. Le habló, en fin, de infinidad de detalles relativos al convento y su comodidad, de los ecijanos en su vida y sus costumbres, muchas de ellas de origen árabe, que hacían sonreír al santo Francisco.

Fray Martín por su parte, recogió consejos y enseñanzas del fundador franciscano; orientaciones para la vida monástica y soluciones para determinados problemas conventuales y propios de la vida en comunidad.

Su viaje había valido la pena. Volvería cargado de ilusiones, de optimismo, de esperanza y, sobre todo, de recomendaciones para los hermanos de la comunidad ecijana.

Moral de la Victoria EcijaPero fray Martín deseaba regresar con algo más; con algún obsequio material del santo, que perpetuase en el su visita a Tours; con algún objeto que, como recuero, quedase para siempre en su convento ecijano; alguna cosa intima o allegada al santo que sirviera de estimulo permanente a sus hermanos de Ecija.

Una vez que con toda humildad y sencilla devoción expuso sus deseos a San Francisco de Paula, éste le dijo:
-Bueno hermano, voy a complaceros. Tomad este báculo en que mis muchos años se apoyan y serviros de él durante vuestro regreso a España; mas cuando lleguéis a Ecija plantadlo en uno de los patios de vuestro convento, que él brotará sin necesidad de riego, bastándole la fe de los astigitanos para nutrirse, crecer y estar lozano.

Sobre este hecho hay otra versión que diferencia poco de la narrada, y dice que no teniendo el santo nada a mano que entregarlo, quebró una gruesa vara de un moral que estaba cerca, diciéndole que de ella se sirviese por báculo en el camino y llegado a su convento plantase.

Sea de una forma o de otra, lo cierto es que fra y Martín, a decir de los testigos que lo vieron regresar, no uso de la mula, pues quiso caminar al apoyo del báculo de San Francisco, y según se lo había ordenado.

Y en premio a su fe, obediencia y credulidad, permitió Dios que brotara de aquel seco palo un frondoso árbol que sirvió, además de sombra y cobijo, de estimulo a las legiones de hijos de San Francisco de Paula, que por este convento pasaron, muchos de ellos en olor de Santidad, como el buen fraile Martín de Marmolejo.

CALLEJUELA DE LA TRAMPA

El centro de la circunferencia es la plaza mayor; el célebre “Salón” ecijano, como una sinfonía abierta a todas las épocas y a todos los estilos. Para un concierto de las horas de Ecija, esta plaza grande, este “Salón” valdría como tema. En él todos los acontecimientos, todos lo hechos, todas las galas. Corazón, centro motor y eje de nuestro cotidiano vivir. Plaza majestuosa, amplia y bella, custodiada por palmeras, naranjos y magnolias, a las que besan sus plantas extensas rosaledas. En un centro las ninfas que otrora cantara Vélez de Guevara, derraman sus fuentes cristalinas hacia los cuatro puntos cardinales, en simbólico derroche de fecunda producción agrícola. Y limitando, en parte, su conjunto, los soportales que le dan ese aire de gigantesco claustro conventual.

Aquí los “miradores” de las casas señoriales, con artísticas galerías abiertas en sus plantas superiores, bajo guardapolvos decorados con pinturas de la época. Y aquí también la típica y desconcertante acera de San Francisco, como estribor de un viejo galeón, anclado para siempre en el océano de los siglos, y como puente de mando, su espadaña ancha mas alta, capitaneada por elegantes cigüeñas.

Y de aquí, de la plaza grande, a su hermana menor la plaza de Santa María, no ha distancias. Bello escenario del siglo XVII, con su hermosa torre paramentada de azulejería, su esbelto arco elíptico, su airoso monumento barroco dedicado a la Patrona,m y sus enanos, típicos y curiosos soportales. Plaza en que se celebraban toda clase de solemnidades: autos de fe, justas, fiestas de toros, juegos de cañas y toda clase de divertimientos. A esta plaza cuajada de arte, de historia y de belleza, desemboca la misteriosa “callejuela de la trampa”; toda una evocación de vieja pero real leyenda que sobrecoje e intimida. Calleja de sabor moruno, con una historia cruenta de celos mal reprimidos.

Y a ésta, a la “Callejuela de la trampa” nos vamos a referir ahora, tomando los datos que constan en un archivo público de la ciudad, donde existe toda la documentación del proceso a que dio lugar un trágico suceso.

La antigua calle Beneficiados, hoy Arcipreste Dominguez, que comunica la plaza de Santa María con la calle del Conde, era en el siglo XVIII si no sede rancia nobleza, si morada de una clase encumbrada económicamente. Casas de amplias dimensiones con fachadas encuadradas dentro de la más genuina línea arquitectónica ecijana, con enormes zaguanes de acceso, luminosos patios claustrados con artísticas fuentes de mármol o piedra, rodeada de enormes macetones donde se cultivaban las más variadas y hermosas plantas decorativas; cómodas y amplias escaleras, generalmente rematadas por bóveda con decoración de artística yesería, y espaciosos salones donde tenían lugar las naturales reuniones y actos sociales, propios de la época.

Balcon callejuela de la Trampa EcijaEn una de estas casas, precisamente la marcada con el número cinco, que hace rincón en la calle, se afincó en el año de 1674 el respetable señor don Gonzalo Gil y Pérez del Pulgar, que había ejercido el alta cargo de Oidor en una de aquellas Audiencias. Con fama y aspecto de inmensamente rico, mas de setenta años de edad a sus espaldas, un genio agrio e insoportable, y una esposa guapísima que aún no había cumplido sus veinte primaveras, a la que don Gonzalo guardaba con el celo propio de un turco.

Pero el ama o dama de compañía de doña Violante, que había sido nodriza del joven y noble caballero ecijano don Luis de Saravia y Ochandiano, y a cuya familia le unía gran agradecimiento y afecto, refirió a titulo de comentario curioso y desde luego sin ninguna mala intención, la existencia de tan bella, joven y simpática dama, en tan singular cautiverio.

La curiosidad en principio hizo que don Luis de Saravia fuese diariamente a la misa del alba de Sana María. El amor después hizo lo demás. Miradas furtivas, sonrisas significativas, ofrecimiento cortés del agua bendita a la entrada y salida del templo, misivas amorosas que el ama se encargaba de entregar a doña Violante, hicieron que el tierno corazón de la dama se convirtiera en ardiente y eruptivo volcán.

Y al igual que Julieta con Romeo, doña Violante permitió a su don Luis penetrar de noche en su habitación por un artístico balconcillo que, estando precisamente en el rincón que forma la calle, mira a la plazuela de Santa María.

No ha quedado noticia de si fueron muchas o pocas las noches de esas dulces y amorosas entrevistas, ni nadie lo sabe. Lo único cierto, lo que quedó escrito en los legajos del archivo, es que una noche, la del diez de marzo de 1765, al penetrar don Luis por el típico y artístico balconcillo, fue inesperadamente cogido en “una especie de cepo o trampa” (frase textual en los legajos), que echando a su cuello, fino y resistente cordel, sirvió para darle muerte al ser empujado desde el balconcillo a la calle.

A la mañana siguiente, el tranquilo vecindario del barrio, quedó aterrorizado al ver el cadáver de don Luis bamboleando en tan singular y artístico cadalso.

Al ser registrada la casa por la justicia, cuyas puertas, además amanecieron abiertas, fue encontrada doña Violante en su propia cama, con el corazón atravesado por un puñal y sobre el pecho un papel en el que se leía: “Justicia, antes que venganza. Don Gonzalo”. Papel que también consta en el sumario.

Nadie pudo averiguar el paradero del terrible don Gonzalo, ni tampoco el de sus mas allegados criados, por mucho que se les buscó, primero en la comarca y después en la nación entera.

Vendida por la justicia la casa con sus muebles, fué adquirida por los padres del infortunado don Luis que, como religioso recuerdo, hicieron poner en el balconcillo un lienzo con la sagrada efigie de un Ecce Homo, el cual se veneró y tuvo luces encendidas a costa de piadosos vecinos, hasta principio del presente siglo, en que el lienzo fue trasladado a la subida de la escalera principal de la casa, quedando el pequeño balcón cerrado con puerta de cuarterones.

Desde aquel trágico suceso que conmovió a toda la ciudad, el pueblo dio a la calle el apodo de “Callejuela de la Trampa” que hoy, a pesar de los años transcurridos, aun conserva.