FANTASÍA ECIJANA
POR D. JOAQUÍN J. NOGUERAS ROSADO – 1982
Dibujos: D. Cesáreo Cambronero López.

JESUS SIN SOGA

Cristo Jesus sin Soga Écija – EcijaTodo el mundo conoce en Ecija el retablo, cerrado con reja o cancel de hierro forjado, existente en la fachada de la iglesia de Santa Bárbara, en la Calle Nicolás María Guerrero (hoy Jesús sin Soga), muy cerca ya de la calle de los Caballeros.

Este templo de Santa Bárbara tiene una historia muy interesente, dada su antigüedad. Está construido sobre cimientos de un monumental templo romano dedicado al dios Sol. Fue iglesia mozárabe y sede de los últimos obispos astigitanos. En los postreros tiempos de la dominación árabe, fue una de las numerosas mezquitas existentes en la ciudad. Su torre, que era interesantísima, construida sobre minarete árabe, fue destruida por un rayo en 1892, y en ella existía una campana antiquísima que tocaba cuando se ajusticiaba a algún malhechor.

Pues de entre todas estas historias del templo de Santa Bárbara, hay una muy curiosa: la del retablo citado al principio y que se conoce con el nombre popular y tradicional de “Jesús sin siga”. Y esta es su leyenda:
Serían los finales del siglo XV, año de mil cuatrocientos ochenta y tantos aproximadamente, cuando vivía muy cerca de la iglesia que nos ocupa, un pobre carpintero muy conocido, más que por su profesión, por sus aficiones a la bebida y al juego, y al que todos llamaban maese Pablo.

El Tal maese Pablo nunca tenía un maravedí que llevar a su casa, pese a tener que alimentar a su mujer, bastante enferma de no sabemos que males crónicos, y a dos pequeñuelos, endebles y raquíticos, hijos del matrimonio. Y no es que a Pablo le faltara trabajo, muy al contrario le sobraba pues realizaba bien su oficio. Pero todo lo que ganaba iba a parar inmediatamente a manos de los mesoneros, o lo que era peor a manos de los profesionales de los dados, juego entonces tan popular como lo es ahora el “bingo”.

La pobre mujer sin medicinas, los hijos sin un pedazo de pan que llevarse a la boca, todos sin vestir, la casa sin pagar y en los bolsillos de maese Pablo ni un solo real de vellón cuando bien entrada la noche llegaba medio borracho a su desvalijada casa, pues el vicio le condujo a ir vendiendo su escaso ajuar a un judío llamado Samuel, de los muchos que entonces hacían de “montes de piedad”, sin piedad, en el vecino barrio de la judería.

El decía que no jugaba por vicio, sino que por sacar a su familia de la pobreza, el día que la suerte le sonriera. Pero la suerte con él nunca tenía ganas de risa, y si alguna que otra vez, muy pocas por cierto, le insinuaba una leve sonrisita, la avaricia de maese Pablo la volvía a poner seria; y así noche tras noche.

En una de ésta, al llegar a su casa encontró a sus hijos llorando de hambre y de miedo y a su mujer agonizante. El cuadro era patético, de un dramatismo impresionante. ¿ A quien recurrir ?; sus amigos ya no le prestaban desde hacía mucho tiempo; al judío Samuel ya no tenia nada que llevarle; en las tiendas no le fiaban.

¿ Que hacer, Jesús mío ?.
¡Jesús!, si señor -se dijo maese Pablo- mi vecino Jesús Nazareno; al que está ahí pintado en el lienzo de la capilla. ¡ Ese si que me va a ayudar; de seguro que me ayuda !.

Y su fe hizo el milagro. Todo arrepentido, lloroso, compungido se dirigió a la capilla de Jesús Nazareno. Allí, de rodillas, a solas con su Dios, en una noche sin estrellas, agarrotadas las manos en los hierros fríos de su cancel, pidió perdón por sus pecados y misericordia para su familia. Allí, solo ante el Padre, entre sollozos, expuso su lamentable situación; la gravedad de su mujer, el hambre de sus hijos, la pobreza de su casa. Allí, solo ante su creador, pidió ampara y protección. Y su fe hizo posible el milagro.

El buen Jesús, el Padre bondadoso que jamás niega nada a sus hijos cuando se lo piden de corazón, hizo lo que los dados le negaban: sonreirle.

Maese Pablo vio como el rostro del cristo, dibujado en aquel lienzo de retablo, se iluminaba con una sonrisa de bondad y se animaba su figura. Un extraño halo daba al lienzo velada claridad, mientras una voz dulce, suave y melodiosa, como un suspiro que acariciaba los oídos, le decía:
-No llores hijo. Tu arrepentimiento y tu fe ta han salvado.

Mientras esta voz se oia en el silencio impresionante de la noche, Pablo contemplaba atónito como Jesús Nazareno se desceñia el cíngulo de soga que el anónimo artista le había pintado desde su cuello a la cintura donde, después de varias vueltas, le caía suelto hasta cerca de los pies.

Toma este cíngulo, símbolo de mi cautiverio que los hombres me pusieron al prenderme, poco antes de mi cruxificción para remisión de todos los pecados -continúa diciendo aquella voz celestial-. Vete en paz con él y vendérselo al viejo Samuel por el que te dará muy buenos doblones, ya que en el camino se te convertirá en un cordón de finísimo oro. Con ese dinero atiende a tu familia y no vuelvas a pecar. Tus pecados te han sido perdonados y la paz del Señor está contigo.

El silencio volvió a reinar en la oscuridad de la noche. La pintura volvió a quedar inmóvil. Sobre la túnica morada no se veía el cíngulo. Una Paz densa y penetrante se respiraba en el ambiente.

Maese Pablo se levantó. En sus manos tenia una soga de esparto. Elevó sus ojos hasta los de Jesús Nazareno y, en su emoción solo pudo pronunciar dos palabras:
-¡ Gracias, Señor!.

Con la vista fija en aquella burda soga que llevaba en las manos, Pablo anduvo unos pasos muy lentamente, pero los suficientes para comprobar como aquel áspero cordón se convertía en el precioso y preciado metal, cuyo peso excedía de lo normal por lo que hubo de echárselo al hombro. Volvió la cabeza hacia el retablo y ya sin distinguir la figura, volvió a exclamar:
-¡ Gracias, Señor!.

Sorprendido, anonadado, sobrecogido y perplejo ante tal prodigio, corrió maese Pablo hacia la casa del judío Samuel, al que le sacó un buen capital por tan preciada joya.

Radiaba de alegría. Brincaba de felicidad. Ansiaba llegar a su casa y contar a su familia tan milagroso suceso. Se acabaron sus penurias, se terminó su pobreza; arrojaría de su casa el hambre y la enfermedad. Compraría muebles, ropas, …
… Pero pasó por la puerta de la casa de los juegos. Oyó el ruido de las monedas y las voces de los jugadores. Y creyendo que su suerte había cambiado para siempre, sintiéndose hombre rico y poderoso, dispuesto a dar un golpe de efecto entre sus amigos, olvidándose de sus buenas promesas, de su familia y del milagro, entró en el “garito”. Y como siempre, como una noche cualquiera, volvió a salir sin un maravedí. Todo aquel capital lo había perdido nuevamente en el juego.

Jesús Nazareno, ante la ingratitud de maese Pablo y sabiendo que en su infinita misericordia, no podrá negarle nuevamente su auxilio si volviera a pedirselo, dispuso que de entonces para siempre se le borrara el cíngulo cada vez que se lo pintaran; para evitar de ese modo el hacer donativos a los ingratos que todo lo olvidan ante el vicio.

Desde aquella remota fecha hasta nuestros días, la imagen de Jesús Nazareno de la Capilla de Santa Bárbara aparece sin cordón o cíngulo, por lo cual el pueblo de Ecija la venera y conoce con el nombre de “Jesús sin Soga”.

LA TORRECILLA DEL GALLO

Dentro de la típica construcción ecijana, se da mucho el rematar las edificaciones con una torreta, que de por si da gracia y esbeltez al edificio. En principio estas torretas o torrecillas –como vulgarmente se llama- se daban exclusivamente en las casas señoriales y palaciegas, como mirador o atalaya de sus moradores. Posteriormente, y ya como exclusivo adorno, se ha ido prodigando en casi todas las edificaciones que han querido seguir el típico estilo localista.

Los miradores o torrecillas van generalmente rematadas por un airosa veleta, o por cualquier otro símbolo, en forja de hierro, que las ha ido caracterizando y particularizando.

En pleno centro de la ciudad, en una de sus encrucijadas mas felices, precisamente en la que forman, las calles Mas y Prat con Santa Cruz, Garcilaso y Recogidas, existía una de estas torrecillas que, al estar rematada por un arrogante gallo, era conocida por la “Torrecilla del Gallo”. El edificio primitivo, casa señorial desde luego, fue derribada y construido otro moderno en el que se ha reproducido la celebre torrecilla, pero ya sin el airoso arrogante gallo.

Pues este desaparecido gallo de la torrecilla, tenia su historia, mejor dicho sus historias, cuentos o leyendas, porque son dos las que sobre el tema contaban los abuelos de épocas pasadas.

La primera de estas leyendas, tiene mucho que ver con los cambios de actitudes y conductas; porque el modo de actuar de las personas, en cualquier época, ha dependido siempre de las creencias particulares del individuo por un lado y, por el otro, de las predisposiciones activadas por la situación en que se encuentre el individuo. Así pues la conducta social de una persona depende siempre de dos tipos, al menos, de actitudes: uno activado por el objeto y otro activado por la situación.

Y vamos a la leyenda.
Vivía en aquella casa palaciega -portada señorial, caballerizas con accesos al patio de carrozas empedrado de pequeñas chinas blancas, y suntuoso arranque de doble escalera- una encopetada dama de alta alcurnia y mas alta economía, viuda, sin hijos, una buena nómina de sirvientes, tres gatos, dos perros y un hermoso y arrogante gallo, que le hacia las veces de reloj-despertador para sus misas de alba. El gallo estaba mas mimado, atendido y regalado que la “querida” de un gentilhombre, infanzón o hidalgo, de aquellos tiempos, bueno de aquellos y de estos, solo que las queridas han pasado un poco de moda, ante tanta actual “facilidad”.

Aquel mimado y privilegiado gallo, como todo ser viviente, comenzó a envejecer; la roja y arrogante cresta se fue arrugando y palideciendo; sus fuertes, viriles y penetrantes cantos mañaneros, fueron apagándose; sus brillantes y lustrosas plumas destiñéndose; y una mala mañana, aquel sultán de gallinero, pero sin harén y sin gallinero, no despertó a su señora.

El gallo había muerto. Tristeza en toda la casa, alegría en la del vecino, porque quieras o no, el gallo despertaba a la vecindad a altas horas de la madrugada; llantinas de la encopetadas dama y hasta tres días de luto decreto la buena señora para toda la servidumbre (el luto en ella era normal desde que muro su buen marido, tiempo Há).

Pero no se conformó con todo ello la enlutada dama de la “torrecilla del gallo”; quiso que su inseparable y fiel “despertador” tuviese unos dignos funerales y misas gregorianas, propios de la alta alcurnia en que se había criado tan hermoso animal, porque aunque no había conocido gallina alguna, tal vez en sus largas noches invernales soñara con alguna coqueta polluela, de esas que hacían tan buen caldo para las paridas de aquellos tiempos, y su buen gallo no debía pasar ni tan siguiera por el purgatorio, al igual que le ocurriera a aquel santo varón que fue su marido.

Y así pensado, se fue en busca del capellán del convento cercano; un anciano sacerdote, de aquellos de “misa y olla”, que desempeñaban su ministerio impulsados por la fuerza de la costumbre mas que por la vocación.

Aquello al pobre capellán le sorprendió enormemente y como en su dilatada vida de sacerdote jamás le habría ocurrido, se opuso con toda firmeza a celebrar los funerales y las gregorianas por el gallo de la encopetada dama.

Mientras mas insistía la dama, mas se oponía el cura, porque como bien decía, era un caso insólito y que podría sentar precedente, y que diría de ello el Sr. Cardenal!.

La discusión y el intercambio de opiniones se fue alargando, y en el transcurso de la misma, la dama citó una importante cifra como estipendios para compensar los servicios del cura. Y aquí paróse la discusión. El viejo cura quedó pensativo y la dama a la expectativa. En la mente del capellán se estaba produciendo ese cambio de actitud que al principio se indicaba, y en esta ocasión iba a ganar la situación activada por la cuestión monetaria sobre las creencias particulares. El breve silencio fue cortado por el cura, que al final dijo:

-Bien señora, accedo a su petición; su gallo tendrá funerales y gregorianas, ya que usted me ha convencido de que era un buen creyente.

Segunda Leyenda.-

Vivía en aquella casona –portada señorial, caballeriza con acceso al patio de carrozas empedrado de pequeñas chinas blancas, y suntuoso arranque de doble escalera- un viejo, avaro y descreído individuo que había amasado una inmensa fortuna, engañando y robando a todo ser viviente que a él se acercara: prestamista usurero, tratante sin entrañas, negociante sin escrúpulos; malhablado, descreído y mofador de toda manifestación religiosa; en fin, una de esas almas que tanto gustan a mi gran maestro “el diablo cujuelo”.

Este “rico-home” –como se decía entonces- odiado en secreto por todo el pueblo, pero respetado por su dinero, vivía solo, sin lacayos, sin cochero porque nunca salía, solo atendido por una pobre vieja que le limpiaba de cuando en cuando la casa y el mal cocinaba unos potajes que olían a rancho de campamento en tiempo de guerra.

Su puerta, ventanas y balcones, estaban siempre cerrados, y solo se asomaba a la calle desde el mirador o torrecilla de la casa, para mofarse de los desfiles procesionales que pasaban por su puerta, por ser itinerario obligado, dada su estratégica y céntrica situación.

Aquel año estaba el “rico-home”, como siempre, asomado a su torrecilla, viendo pasar el suntuoso desfile de la procesión del Corpus Christi y como siempre sus mofas, burlas y risotadas se oían en toda la calle; cuando, de repente, el mas fuerte gargajeo de su sonora risa quedo quebrado en seco, para continuar sin interrupción en el kikiriki de un portentoso gallo.

Quedó en silencio el hombre, todo el gentío de la procesión quedo expectante. Intento reír de nuevo el viejo avaro y nuevamente el kikiriki ruidoso de un joven gallo afloro a su garganta. Intentó hablar y nuevamente el cacareo del gallo fue su lenguaje. Asi una y otra vez, y así ocurrió hasta su muerte, que no tardo en llegarle.

Alguien después, en memoria de este sorprendente hecho, colocó un arrogante gallo en el alto remate de la torrecilla. Y así el titulo que hoy aun se recuerda de “La Torrecilla del Gallo”, aunque ya no tenga gallo la torrecilla.

CambroneroEL POSTIGO DE SAN RAFAEL

Una de las características peculiares de Ecija es su arquitectura civil, y durante lo siglos XVI, XVII y XVIII vivió un periodo de verdadera genialidad dentro de esta faceta; así como levanto suntuosos templos, edificó infinidad de palacios dignos de una población de numerosa aristocracia, ya que Ecija fue cuna y sede de la mayoría de apellidos nobles andaluces.

Con el Renacimiento el palacio adquiere la primicia como tipo arquitectónico, concebido ya en el sentido de residencia ciudadana, alejándose de su estructura como baluarte defensivo de la edad media. Es por tanto el renacimiento la base fundamental del posterior gran palacio barroco, en que la libertar del arquitecto encuentra amplio cauce para su desarrollo, basado en la concepción del palacio romano: Rica y artística fachada, abundantes vanos, patio noble, grandes salones, extensos jardines, casa de labor, caballerizas y viviendas anexas para el servicio.

En uno de estos palacios, cuyas proporciones alcanzaban manzanas enteras, precisamente en el del Marques de las Cuevas del Becerro, construido sobre ruinas del antiguo convento de las Dominicas del Espíritu Santo, que diera nombre a la calle, tuvo lugar una curiosa historia de amor, a mediados del año 1815, en pleno apogeo de la partida de “los siete niños de Ecija”, y que dio motivo a que un postigo de dicho palacio tomara el nombre de “Postigo de San Rafael”, como hasta hoy se le conoce.

Don Luís de padilla, apodado Luís de Vargas, era a la sazón capitán de la partida de los Siete. Hombre de una valentía sin limites, descendiente de una familia noble pero venida a menos, que a raíz de la invasión francesa había formado una cuadrilla de guerrilleros, compuesto por siete hombres decididos que alcanzaron fama por sus innumerables actos heroicos, pero que una vez terminada la guerra y expulsado de España el invasor, por motivos que explicaremos en otro capitulo, se convirtió en una pandilla de salteadores de caminos.

En el vecino pueblo de La Luisiana, fundado por el rey Carlos III en la época de la colonización, existía una posada real, alivio de caminantes y estación de servicio para el cambio de postas. Un día, próximo ya el verano de 1815, se detuvo en dicha posada un convoy suficientemente escoltado por una compañía de soldados bien armados. Desde luego la cosa no era para menos, ya que el convoy transportaba una enorme cantidad de doblones de oro, con destino a las arcas reales. El oficial que mandaba la tropa, considerando que en aquella época todas las precauciones eran pocas, dispuso que nadie se acercara a los carros mientras se relevaban los soldados y postillones para cenar por turno.

Pero no habían contado con el propio posadero que, siguiendo las instrucciones del capital de los Siete Niños, se encargo de verter en el vino y la comida preparada para la tropa un fuerte narcótico, que los dejó a todos sumidos en un profundo sueño y permitió a l apartida apoderarse tranquilamente de los tan custodiados doblones.

Pero yendo en aquella fecha hacia La Luisiana el capitán Luís de Vargas, acompañado de su segundo Juan Palomo, para retirar los fondos procedentes del atraco, y que habían dejado a buen recaudo en dicho pueblo como medida precautoria, divisaron a lo lejos una carroza parada en medio del camino, rodeada por algunos hombres a caballo. Presumiendo se tratara del algún asalta, detuvieron su cabalgaduras, desmontaron y se escondieron tras unos matorrales.

Luís de Vargas sabia que, debido a la fama de la partida de los Siete Niños, no eran pocos los grupos mas o menos nutridos de bandoleros, que llevaban a efectos numerosas fechorías, fingiéndose individuos de la partida de Luís de Vargas o dejándose tomar por tales. El pánico que se apoderaba de los asaltados al creer que tenían delante a los temibles y famosos “niños”, hacíales dejarse despojar, la mayoría de las veces, sin la menor resistencia.

Por esto Luís de Vargas en mas de una ocasión, hubo de castigar con el mayor rigor a tales aprovechados de su fama y nombre.
Nuevamente se le presentaba la ocasión de demostrar quien mandaba en este territorio, en cuanto a asaltar diligencias se refiere, y dar escarmiento a los bellacos que se permitían “operar” al ampara de su popularidad.

Atentos al registro de unos baúles, no se percataron los bellacos de que sigilosamente se les iba aproximando Luís de Vargas, trabuco en mano, mientras Juan Palomo desde los matorrales cubría a su capitán.

A prudente distancia, dando un trabucazo al aire, grito:
-¡A por ellos los siete niños!.

Los trabucazos de Luís y Juan y los gritos de ambos, hicieron creer a los salteadores que la cuadrilla entera de los Siete niños, se les echaba encima, por lo que a todo correr pusieron la mayor cantidad de tierra por medio.

Luís de Vargas y Juan Palomo quedaron solos ante la carroza. En el suelo, muerto o mal herido, estaba el cuero inmóvil del conductor. Parecía como sino hubiera nadie más. Pero al estar ya cerca, percibieron la debilitada voz de una mujer, pidiendo auxilio.

Luís de Vargas abrió la portezuela y vio que quien daba aquellas ahogadas voces era una delicada jovencita de unos dieciocho años, muy elegantemente vestida. Si su hermosura seducía, sobrecogía su palidez.

Era la única viajera del vehiculo. Y al ver a dos desconocidas, trabucos en ristre, lanzo un grito y cayo desmayada.
El capitán que era hombre de rápidas desiciones, dijo a su compañero Juan:
-Hay que socorrerla. Sigue tu solo para La Luisiana, y en el sitio de costumbre nos veremos dentro de dos días.
Juan Palomo espoleó a su caballo, mientras Luís de Vargas, con una delicadeza impropia de su rudo carácter, tomó en sus brazos a la joven, la envolvió en su manta y montando en su alazán, galopó en dirección a al venta.

Mientras galopaba, puesta su mirada en aquella carita de palidez marfileña que se reclinaba sobre su pecho, sintió una extraña sensación espiritual; un algo indefinible y desconocido para él, que le ardía en el corazón y le quemaba las entrañas. No, no era piedad ni compasión, era algo mas ardiente, mas vivo y a la vez mas suave y dulce, mas intimo, mas hondo, mucho mas bello. Tal vez fuera amor. Si, tenia que ser eso, porque esta sensación jamás la había experimentado. En su juventud de estudiante había leído “El Banquete, o del amor” de Platón, pero tenia una vaga noción de lo que era ese primer y mas importante acto de la voluntad humana (el “Eros” griego o el “agepé” cristiano). Más no; él tenia el corazón demasiado endurecido ya, para que a estas alturas de su vida se lo ablandase tan delicada damita. Sin embargo, si el desamor puede representarse como un endurecimiento del alma, su contrario que es el amor puede simbolizarse por la blandura. Nó, no podía ser; había mucha diferencia entre ambos; el era rudo, fuerte, despiadado y a veces cruel, además estaba la diferencia de edad. Sin embargo, a veces, el amor nace por el contraste entre los seres.

Pensando así había llegado a la venta. Pidió la mejor habitación y la cama más blanda. Solicito agua y sales, Y ordeno que fueran preparando un buen plato de sustanciosas sopa de gallina y un vaso del mejor vino que hubiera en la bodega.

Depuse de unas compresas de agua fresca sobre la frente y de aspirar un frasco de sales la joven volvió en sí. Habíase recuperado pero su palidez seguía siendo intensa.

Luís de Vargas, para tranquilizarla. Le dijo que estaba entre gente honrada, y le contó lo sucedido. Ella le agradeció su hidalgo gesto con una sonrisa, aunque un tanto apagada por la tristeza de su rostro.

-¿Cómo se llama usted, señorita?
-Me llamo Rafaela, ¿y usted, caballero?
Luís de Vargas quedo un instante pensativo, y al fin dijo:
-Mi nombre es don Luís de Padilla; nombre y apellido que quedan desde este momento a su servicio. Pero permítame ahora una pregunta, si no es indiscreción, señorita Rafaela ¿cómo es que viaja sola?

Entonces ella le contó que estaba convaleciente de una terrible afección al pecho, enfermedad heredada de su madre, recientemente fallecida. Ella vivía sola con su padre el Conde de Amaniel, unido en parentesco con el Marques de las Cuevas del Becerro, a cuyo palacio de Ecija se dirigía y donde pasaría una larga temporada de convalecencia, al lado de las hijas de este.

Luís le prometió conducirla hasta el palacio ecijano de sus parientes. Durante el mismo, don Luís de Padilla, mas conocido por Luís de Vargas, casi sin darse cuenta le había declarado su amor a la bella y delicada Rafaela de Amaniel. Sintió entonces su alma liberada y libre como un pájaro. Se dio cuenta de que en el se estaba operando una profunda transformación. Era el amor que todo lo puede y hace milagros. Y pensó que si lo elegía como ·”bueno para él” lo anteponía al amor verdadero que ama “lo bueno en sí” y ello nunca seria amor duradero, porque estaría regido por el egoísmo. Extrañado de estas reflexiones que él había catalogado siempre como cursilerías, se dijo que tal vez fuera la inclinación a complacerse un bien que el espíritu ha elegido como conveniente. Pero ¿y si ella descubría su propia identidad, su actual actividad?

¡Que lo ignore mientras viva¡ -se dijo- ¡y pobre del que se atreva a revelarle tal secreto¡.

Para la joven aquello fue una experiencia fascinante. Era su primer encuentro con el amor y este había hecho mella en su corazón débil y casi infantil. Un amor nacido en circunstancias verdaderamente extraordinarias, casi novelescas. Achacaba a San Rafael, su abogado-patrono y del que era muy devota, el milagro de haber encontrado a don Luís. ¡Era realmente feliz, con esa felicidad primaveral de sus pocos años¡.

Postigo San RAfael EcijaOscurecía cuando llegaron al palacio, radiante de dicha. Antes de separarse quedaron convenidas las diarias entrevistas. Luís le sugirió, por lo intimo y solitario, un postigo que estaba al final de los jardines de palacio. Bien sabia él que el sitio lo elegía por lo discreto del lugar y poder pasar así desapercibido par los representantes de la justicia.

Durante algún tiempo todo fue un transcurrir de horas felices en las dulces anochecidas de esas deliciosas tardes ecijanas.

Y un día, a la puerta del postigo, esperaba a don Luís una doncella:
-La señorita Rafaela esta muy grave. Durante el día ha tenido varios vómitos y los médicos no dan esperanzas.
Aquella misma madrugada, estando Luís de Vargas colocando un cuadro de San Rafael sobre la puerta del postigo, escuchó a sus espaldas una voz:
¡Alto a la Justicia Real¡

Eran los migueletes, avisados seguramente por algún delator.

Luís de Vargas fue preso y ajusticiado en el “rolluelo”. El “rollo” o “rolluelo de Ecija” era una hermosa columna, fijada buena parte bajo tierra, que estaba situada en la ribera oriental del río Genil, pasada la puente, donde comienza el camino de Córdoba. Tenia en cuadro repartidas otras cuatro columnas menores, trabadas con cadenas, al objeto de detener al pueblo y que no hiciera estorbo a los ejecutores de la justicia. Sobre el capitel un león de mármol blanco y en sus garras el escudo de armas de la ciudad.

Ese día, la campana que la hermandad de la Caridad tenia en la torre de Santa Bárbara, estuvo constantemente tocando, como era la tradición siempre se que ajusticiaba.

Y ese mismo día, la partida de los “Siete Niños” nombraba capitán a Juan Palomo, al que le rogaron que jamás se enamorase, pues no querían que por otro de sus hombres se volviese a escuchar aquella tonadilla popular que decía:

Una mujer fue la causa
de su perdición tan negra.
No hay perdición para el hombre
que de mujeres no venga.