FANTASÍA ECIJANA
POR D. JOAQUÍN J. NOGUERAS ROSADO – 1982
Dibujos: D. Cesáreo Cambronero López.

LOS SIETE NIÑOS DE ÉCIJA

Quisiéramos ver esta historia no como una mancha en el noble abolengo ecijano, sino como un símbolo popular que quedo para siempre en la leyenda de esta Ecija que tuvo de todo en su dilatada existencia.
Preferimos hacernos eco de aquella estrofa:

Echa vino montañés
que lo paga Luís de Vargas
al que a los pobres socorre
y a los ricos avallasa.

Porque así la leyenda tiene un atractivo quijotescamente popular que vive para siempre en la fantasía del pueblo, como

Siete pensamientos puestos
en siete locuras blancas…

Esos siete que van con sus novias a la grupa de siete jacas jerezanas, camino de Ecija la llana.

Porque en esa fantasía del pueblo noble y sencillo, hay todo un cuento romántico de bravos bandidos generosos, que ejercían a su modo la justicia distributiva de la riqueza, con la arrogancia de las gentes andaluzas y el espíritu aventurero de toda una raza.
Sí, preferimos mejor la caliente poesía popular, que la fría prosa de unos documentos. Ese mismo calor popular que cantaba en el mas vulgar lenguaje del romancero anónimo:

Migueletes y “soldaos”
que nos persiguen sin tregua
estarán hoy “acampaos”
a lo menos una legua.

Según nos dice un espía
“algunos” mas cerca están
formando una compañía
con su bravo capitán.

Si despreciando la “vía”
se acerca “argun” miguelete
le dará la “bienvenia”
las bocachas de los siete.

Ecija no puede renegar de esos “Niños” que lo ultimo que robaron, y por cierto con amor, fue su nombre para repartirlo, como un gran tesoro, por todo el mundo.

Muchos autores han tocado este tema como un asunto enojoso para la ciudad, como si se tratara de un baldón, de una mancha caída sobre el brillante sol del escudo ecijano. Pero nada mas lejos porque los Niños de Ecija, ni eran “Niños” ni eran de Ecija. Además, si se nos apura un poco, hemos de decir que estos bandoleros constituyeron la primera promoción del turismo en Andalucía. Y ahí va la prueba: cuando las viajeras extranjeras que se aventuraban a pasar por Andalucía, comunicaron a sus amigas la noticia de que la diligencia en que viajaron, había sido asaltada por una tipos de patillas largas, extraños sombreros sobre pañuelos a la cabeza, armados de grandes trabucos y largas facas, que después de obligar a todos a descender de la carroza se limitaban a robarles solamente las joyas valiosas, haciendo alarde de ademanes corteses y galanes, llegando incluso a devolver los aderezos cuando se trataba de mujeres jóvenes y bonitas, se produjo un amplio movimiento femenino europeo hacia esta región andaluza, al igual que ocurre ahora con la costa del Sol, atraídas por aquella leyenda de bandolerismo quijotesco. Aunque tampoco faltaron las decepcionadas que atravesando desde Despeñaperros a Sevilla sin contratiempo alguno, se consideraban estafadas, por no haber conseguido la singular emoción de ser protagonistas en encuentro tan romántico.

Empecemos ahora por admitir que el origen de bandolerismo en España, es casi tan antiguo como el de nuestra nación, pues de fechas muy remotas se había ya, en las paginas de su historia, de individuos que mal avenidos con las leyes y costumbres, se dedicaban a la apropiación de lo ajeno y vivían de la rapiña.

Luego las guerras con los árabes, por espacio de siete siglos, y las revueltas políticas, una vez alcanzada la unidad nacional, fueron también causa y motivo de que muchos hombres se dedicaran al bandidaje; y así, unas veces lo vemos como heroicos perseguidores de los moros, y otras, cuando la necesidad los impulsaba, los vemos haciendo toda clase de atropellos. De este modo, en perfecto consorcio con el acto de mayor gloria nos encontramos con el hecho brutal realizado por el bandido, que bien lo encarna el señor que toma el hecho a forma de aventura, o el vasallo que, rechazando una ley injusta y oprimente, opta por la rebelión y decide vender cara su vida, antes que sufrir el servilismo vejatorio. Y no pocos fueron arrojados al campo del bandolerismo por la misma sociedad a la que demandaban protección y amparo, justicia y ley, contra el caciquismo imperante en ciertas épocas. Es la lucha eterna del bien y del mal, del débil y del fuerte, del poderoso y del humilde. No podemos negar tampoco que a la sombra de estos bandoleros, hubiese otros muchos mas viles que los que daban su vida limpiamente por los caminos y haciendas.

Y dicho esto vamos a concretarnos en lo que ocurrió con los “Niños de Ecija”. Al ser invadida la península por las tropas napoleónicas, organizaronse gran numero de partidas de guerrilleros, con la obligación de molestar constantemente a aquellas. Y en esta zona, como en otras, hubo hombres de valor y tan amates de su independencia, que no queriendo sufrir la dominación extranjera, se arrojaron al campo a perseguir y hostilizar las tropas de Napoleón. Pero a la vez que luchaban con el invasor, tenían que atender a sus mas apremiantes necesidades, y no pudiendo entrar en los pueblos, pues hubiera supuesto entregarse a sus enemigos, vieronse en la necesidad de robar para vivir, siendo declarados entonces bandidos.

Después de una larga y penosa lucha, España, tras la batalla de bailen, se ve libre de los invasores. El desbarajuste de una guerra en propio suelo; malas cosechas y epidemias de aquellos años, provocaron un agudo malestar económico que. Unido a la fácil propensión del hombre a la vida de libertad que ofrece la naturaleza, sobre todo para los que se han visto obligados a vivir dependiente de ella, dieron lugar, principalmente en Andalucía, al desarrollo del bandidaje. Además aquellos guerrilleros que tanto contribuyeron a la independencia nacional, eran ya considerados como vagabundos y hombres de mal vivir, dignos solo del desprecio ante la sociedad y de la horca ante la ley, por lo que muchos de ellos, acostumbrados a campar por sus respetos y a obtener por el valor y la astucia mas ganancias que por un trabajo honrado, siguieron en el campo, siendo el terror de los caminos.

Écija ocupa el centro geométrico de Andalucía, muy cerca de Sierra Morena y en pleno camino real, paso obligado de diligencias y de convoyes con ricos cargamentos de especias, oro y plata, procedentes de las Ameritas rumbo a Madrid para las reales arcas. Y no es de extrañar por ello, que este fuera el sitio que eligieron los “Niños”, como el mas provechoso para sus fechorías, tomando así como apellido el de la Ciudad. En cuanto al numero siete, es de suponer que fuera este el mas constante durante su corta existencia, ya que nunca bajo de seis ni paso de doce.

Comenzó entonces una activa persecución contra ello, y Ecija mas interesada que ningún otro pueblo en hacer desaparecer una partida que la deshonraba llevando su nombre, creo y organizo, a mediados de 1812, un cuerpo armado de escopeteros, dedicados exclusivamente a tal objeto.

A su vez los bandoleros se organizaban, y al mando del bravo capitán Luís de Vargas, quedo constituida la primera partida, compuesta por Juan Palomo, Satanás, Mala Facha, Cándido, El Cencerro y Tragabuches. Este ultimo, dado su interesante historial bien merecía un capítulo aparte, pero por apartarse de nuestro cometido solo diremos que el que se llamaba José Ulloa, gitano por los cuatro costados, que cambio su apellido por ese tan ilustre, acogiéndose a la pragmática que dio Carlos III autorizando a los gitanos a tomar el nombre que quisieran, al igual en siglos pasados ocurriera con los judíos conversos. Era natural de Ronda y el apodo le vino por haberse comido de joven un burro recién nacido. Tenia dos profesiones que simultaneaba: contrabandista y torero, contando en esta ultima con la protección de Pedro Romero (creador de la escuela de Ronda), quien le dio la alternativa el 12 de Septiembre de 1802 en Salamanca. Estaba casado con una guapa bailaora que se denominaba “la Nena” a quien tragabuches le sorprendió un amante al que apuñaló una madrugada, tirando a “la Nena” por la ventana de la casa, uniéndose en su huida a la pandilla de los Siete Niños de Ecija.

Esta partida tenia establecida espías en todas la poblaciones de la comarca; consiguieron amistad y protección en determinadas clases sociales, bien por soborno o por terror; designaron por las razones expuestas centro de sus operaciones el termino de esta ciudad, y amparados por la inmediata Sierra Morena, consiguieron ser el espato de toda Andalucía y extender su fama a toda la península.

Todos los medios de represión eran pocos. Cuadrillas de escopeteros y compañías de soldados custodiaban los caminos y pueblos, siendo las mas burlada su vigilancia. La Audiencia de Sevilla impone durísimas penas a los capturados; la capital de España siente verdadera inquietud por el conflicto, y en 1816 se crea una contribución especial para aliviar los gastos que todo ello ocasionaba y que debían pagar varios pueblos de Andalucía, siendo designada Ecija por su importancia y situación, como centro de todas ellas a los efectos de cobro y administración. A quien también se establece una especia de Cuartel General de tropas encargadas de la persecución de malhechores; aquí se reciben ordenes de Capitanía y la Audiencia; y aquí, en fin, establece su residencia el comisionado regio don José García de la Torre, desplazado a Ecija para estudiar tan difícil problema. Todo ellos da lugar a que suena tanto el nombre de Ecija asociado al bandolerismo (fondos para las tropas de Ecija, ordenes a Ecija, abastecimientos a Ecija, contribuciones para Ecija, etc.) que ha pasado a la historia como capital del mismo.

Ajusticiado Luís de Vargas, toma el mando de la partida Juan Palomo, que apresado al poco, cede el puesto a Pablo Aroca, alias “Ojitos”, que rehace el grupo con nombres tan celebres como El Portugués, Sebastián Martín, El Granadino, El Rojo, Minas y hasta incluso un fraile, el famoso fray Antonio de Lagama, de contextura moral semejante a la del cura pervertido de “El diablo mundo” que encuadra Espronceda en las tabernas y bajos fondos de Madrid de hace mas de un siglo.

En cabildo celebrado el 2 de Julio de 1818 se queja la ciudad de que “siendo compuesta dicha partida de bandidos o ladrones, por naturales de Córdoba, Granada, Lucena, Estepa, de otros distintos pueblos, y aun de Portugal, fuese denominada por la de los Niños de Ecija”.

En una reñida acción que sostuvieron las tropas al mando del comandante Vergara contra la partida, en las inmediaciones de una finca rústica situada en el limite de este termino con el de Aguilar, quedaron muertos Sebastián Martín, El Granadino, el Rojo y Minas. El resto de la partida se refugia en Sierra Morena al mando de Ojitos, que vuelve a rehacer la partida con El Portugués, El Fraile, Hornerillo, Candiles, el Chivo y Becerra.

Posteriormente el comandante Vergara comunica en oficio al Ayuntamiento de Ecija, que había conseguido derrotarlos en la campiña de Santaella, matando al famoso Portugués, deteniendo a Hornerillo y el Fraile, y dispersando desarmados a los restantes, quedando reducida la cuadrilla a solo cuatro individuos capitaneados por el llamado Ojitos. Este y sus subordinados se vieron obligados a refugiarse nuevamente en Sierra Morena donde, después de varias batidas, el mismo Vergara consiguió dar muerte al capitán hallándose después muerto Candiles y ocultándose los dos restantes, con lo que se dio la partida por extinguida.

Pese a toda esta documentación que consta en los archivos, los Siete Niños siguen viviendo en la fantasía del pueblo como hombres legendarios dignos de admiración. Y aunque no fueran siete, ni los siete fueran de Ecija; aunque dieran origen al mito unos vulgares ladrones, la leyenda tiene un atractivo heroico y el encanto plástico de un aguafuerte de Goya.

EL ARCO DE BELÉN

Entre las muchas leyendas que tiene la vieja Astigi, no podía faltar una que tuviera un cierto matiz supersticioso, y es la que vamos a narrar seguidamente, no sin antes hacer un breve estudio de ese fenómeno de la “superflua aut superstatuta observatio” como decía San Isidoro en sus “Etimologías”.

La superstición es como la sombra de la autentica postura religiosa. En algunos textos romanos, como por ejemplo “Enfada” de Virgilio o “Epístolas” de Séneca, la palabra “superstitio” designa la religión intensamente vivida. Pero por lo general tiene un sentido peyorativo, deformático por exceso, de la religión.

Sergio en “In Aenaidam” dice de las mujeres que por querer ser demasiado religiosas, se hacen supersticiosas. Naturalmente tampoco faltan los hombre, generalmente entre los escasos de cultura. Teofrasto en su obra “Caracteres” dice así de estos hombre: “Andan de una parte para otra con el recipiente de agua consagrada en la mano y el laurel en la boca. Si una comadreja atraviesa el camino, no sigue adelante hasta que otra no lo haya hecho en sentido inverso o sin haber arrojado tres piedras sobre el camino. Caen de rodillas y rezan por cualquier motivo. No se atreven a pisar una lápida sepulcral”. Y sobre esto podríamos nosotros añadir lo de la sal derramada, el espejo roto, el tocar madera, las tijeras abiertas sobre la mesa, el entrar con el pie derecho, el hablar de culebras, el abrir un paraguas en recinto cerrado, etc. Sin olvidar tampoco lo de aquel pueblo que, como reliquia, exhibía una pluma del ala derecha del Arcángel San Gabriel.

La superstición es la religión deformada y brota precisamente en las épocas de decadencia de la autentica vida religiosa, y muy especialmente durante las guerras o las postguerras.

A la virtud de la religión se opone la irreligiosidad, que en su sentido más amplio incluye todos los pecados que contra ella se someten, bien por comisión, bien por omisión. Por omisión se peca cuando se abandonan las practicas del culto debido a Dios que son obligatorias. Los pecados de comisión pueden ser por defecto o por exceso; por defecto cuando se desprecia o rechaza a Dios o se tratan sin la debida reverencia las cosas sagradas. En cuanto al exceso, en realidad ( porque parecería un contrasentido que el hombre pueda excederse en el culto a Dios) mas que un exceso propiamente dicho, se trata de una deformación cualitativa, es decir del pecado que se comete, como dice Santo Tomás, cuando “se ofrece culto divino a quien no se debe, o a quien se debe pero de un modo impropio”.

Y en esto consiste la superstición en sentido amplio, un pecado contra la virtud de la religión por comisión y por exceso, una psudorreligiosidad consistente en la adulteración del verdadero culto por introducción de elementos extraños, realizándose ceremonias absurdas, extrañas o ridículas que desdicen del decoro y dignidad del culto a Dios.

En tiempo pasados había mujeres que sabían una oración para determinada cosa, pero que la oración no podía recitarla mas que ella porque, caso contrario, perdía su efectividad, y cuando alguien padecía un problema relacionado con aquella cosa, tenia que recurrir a la mujer para que, por favor, hiciera el secreto rezo. Había oraciones que para comunicarlas de uno a otros tenia que ser a la hora de la muerte. Había oraciones para que cesara el viento o la lluvia, para el trueno o el granizo, para la sequía, para el parto, para las colocaciones, para las perdidas, y hasta para saber de parientes que en lejanas tierras habían demorado la escritura.

Y sobre esto precisamente, va a tratar la historia que sigue a continuación.

En el rincón que forma el final de la actual calle Coronel Puyoy y sobre los restos de un murallón que era parte de la composición de la Puerta de Estepa, frente a la que se llama “Casa de los Alcaldes del Alcázar”, se encuentra un retablo dedicado a la Virgen de Belén.

A este retablo, que el pueblo conoce por el Arco de Belén, se le atribuía el don de dar noticias de personas ausentes de la ciudad, siempre que el interrogador, por lo general interrogadora, cumpliese los siguientes requisitos: Desde el domicilio particular hasta el arco habían de ir dos personas juntas, es decir por pareja (sí se iba solo no servía), durante nueve días consecutivos; Una vez ante el retablo se rezaban cada día unas oraciones alusivas al caso y se volvía, pero este regreso en absoluto silencio (si se hablaba tampoco servía), para poder escuchar con toda atención lo que decían las personas que la pareja se fuera encontrando en su camino de retorno.

Si se encontraban con personas que fueran diciendo, por ejemplo, algo así como “está muy bien”, era señal que el individuo objeto de la pregunta gozaba de un perfecto estado de salud. Si escuchaban algo parecido a “he recibido noticias suyas”, es que pronto recibían carta. Si lo oído era “pues esta algo delicado”, es que había caído enfermo. Y para qué seguir, ya se puede ir haciendo idea el lector de cómo se desarrollaban estas “revelaciones”, a través de lo escuchado en terceras personas.

Pero se dio el caso un día de una pobre mujer que hacia tiempo no tenia noticias de su hijo, soldado en la guerra de Cuba, allá por los últimos años del pasado siglo. Y como todas las mujeres de aquel tiempo que se encontraban en tales condiciones, recurrió al sistema de comunicaciones inalámbricas de “el Arco de Belén”.

La buena mujer que era un poco sorda, se dejo acompañar por una anciana que oía menos que ella, y claro se juntó el hambre con las ganas de comer. ¡Y así salió la cosa¡.

La noticia recibida el primer día, ya fue alarmante, pues al decir de un grupo de personas que se encontraron “esta ya cansado”, ella tradujo por “esta ya casado”. La noticia del segundo día fue “tiene una mala causa”, que ella interpretó por “tiene una mala casa”. El tercer día fue peor, pues la frase “a la comadrona” fue trocada por “a la madre abandona”. Y la del cuarto fue ya preocupante, pues al decir “no quiere doncella”, la entendió por “no quiere saber de ella”. Aquello iba de mal en peor. La madre no quería dar crédito a tales noticias. Su hijo había sido siempre muy cariñoso y fiel con ella; era un hijo ejemplar. Pero el sistema jamás había fallado; era una tradición de años, quizás siglos, que a nadie había defraudado.

Y toda compungida y alarmada, continuo sus diarias visitas al Arco de Belén, esperanzada en que las próximas noticias fueran un poco mas tranquilizantes. Pero ¡que vá¡. Si malos fueron los cuatro primeros mensajes, mucho peores fueron los cincos restantes. Y ahí va la prueba:

Frase dicha                                         Versión Tomada
5º día: Al cobro se dedicó.                    Al Robo se dedicó.
6º día: Lo enteraron bien.                     Lo encerraron bien.
7º día: Ya no puede progresar.             Ya no puede regresar.
8º día: La mar de gracia.                      Una gran desgracia.
9º día: La madre es la marimorena.       La madre se morirá de pena.

Y realmente, aquella buena pero sorda mujer, que confió demasiado en una superstición popular, murió de pena. Fue en lo uno que acertó.
Cuando su hijo, una vez terminada la guerra, pudo regresar de Cuba, donde estuvo largo tiempo prisionero, solo le quedò llevar a su madre un ramo de flores que depositó sobre su tumba, y elevar al cielo una autentica y verdadera oración; esa que empieza así:
Padre nuestro que estás en los cielos… 

LA NOVIA DEL SOL

Las ciudades andaluzas, como mozas llenas de encantos en una primavera eterna: blancas, puras, alegres, perfumadas, cantarinas risueñas, estaban enamoradas del astro rey. Le veían cada mañana asomar tras los montes cercanos, procedente de lo inmenso, con sus rubios cabellos sueltos al aire, apuesto, solemne, lleno de poderosa majestad, sublime. Y todas ellas, coquetas como mujeres, se acicalaban tras la madrugada con sus blancos ropajes, para enamorar al sol. Así entablaban cada amanecer como un pugilato o certamen de belleza ciudadana. Allí estaba Sevilla la bella, luciendo con garbo la peineta de la Giralda; y Córdoba la sultana, asomando sus ojos de mora al espejo tranquilo del Guadalquivir; y Cádiz la plateada, adornando sus trenzas rizadas espumas de su bahía; y Málaga la cantarina, que peinaba su larga cabellera en las azules aguas mediterráneas; y Huelva la marinera, que adereza sus manos con los mil reflejos de su ría; y Granada, orgullosa de su realeza mora, luciendo la mantilla blanca de su sierra helada. Y luego las poblaciones: Osuna, Estepa, Marchena, Carmona… romanas y moras, ocultándose coquetonas entre el verdor de los olivos o adornándose galanamente con amapolas de sus trigales.

Pero entre tanto flirteo de ciudades hermosas, solo a Ecija prefería el majestuoso Febo. Para ella enviaba cada día sus mas ardientes rayos, dándole en ellos su luz, su vida, su calor, su energía, en una palabra su fuego que es amor y es purificación. Ecija se convirtió así en la preferida del Sol. “Civitas Solis Vocabitur Una, Astigi”.

¿ Que tendrá –decían entre sí las demás ciudades- para ser su preferida?. Ecija como mujer que se sabe hermosa, creía tenerlo todo. Solo le faltaba poder llegar al Sol, consumirse en su calor, embriagarse de su luz cegadora, ser herida mortalmente por su rayos para, en carroza de fuego de amores, recorrer universos de un interminable y sublime viaje nupcial.

Por eso las albas siempre le sorprendían adornándose con amapolas y margaritas silvestres de su florido valle, cubriéndose el talle con el manto verde y oro de sus escuadras de olivos y sementeras fértiles, ciñéndose al pelo la diadema de piedras talladas que la luna le dejaba cada noche en el río.

La luna era su consejera, su confidente, y ella con sus hebras largas de plata le ataba tirabuzones caídos sobre el barroquismo de su figura, en esas noches claras en que las grandes estrellas lucen en soledades de espacio, y su luz fría va poniendo claridades tenues en las esquinas de las calles estrechas, como charcos plateados sobre sus piedras romanas.

Mas la distancia que le separaba de su galán seguía siendo larga, larguísima,. Imposible llegar hasta el para hablarle de sus amores, de esa pasión que la consumía. En vano pasaba las noches en vela meditando, rebuscando un medio, consultando a los hados, conversando con ninfas, diosas y sombras.

Pero el amor, cuando a la mujer ciega, recurre a lo más inverosímil, incluso a lo más trágico y hasta a veces a lo mas maligno, sin precaver sus consecuencias. No hay nada que lo detenga, porque el amor constituye fuerza unitiva y tiende a la posesión real de lo amado; es un ímpetu que surge de lo más subterráneo de la persona. Ya Ortega y Gasset caracterizaba el amor como un movimiento centrífugo del alma dirigido hacia e objeto amado y dotado de cierta temperatura espiritual.

Y este fue el caso de Ecija. Su amor tenia una temperatura abrasadora que le irradiaba el ser amado, y a su busca fue sin precaver sus consecuencias. No le importo las envidiosas y celosas criticas de sus compañeras, ni que las estrellas le guiñasen con picara malicia. Ella iría en busca de su amor…

Así fue como llego a un acuerdo con Lucifer. Entre ambos llevarían a efecto un plan preconcebido por el diablo a cambio de la posesión de la ciudad, de establecer en ella su reino, de hacerse dueño y señor del espíritu, noble y leal, astigitano.

Era un plan perfecto: Debería construir doce torres altas, monumentales, grandiosas, bellas; dignos pedestales sobre las que se elevaría a los eteros dominios solares.

Y Ecija a toda prisa, se preocupo de ir construyendo, una tras otra, las doce hermosas torres que el demonio le había indicado. La tarea fue dura, pero Astigi la bella, la enamorada, la galana, sin medir el alcance de su ofrecimiento tenebroso y pecador, activaba la construcción. Y como fruto de su actividad iban surgiendo, cada una en su estilo, las bellas torres astigitanas.

Un día, cuando ya estaban construidas once torres y se trabajaba afanosamente en la ultima, el Sumo Hacedor de todas las cosas, el Creador de Ecija la bella, previendo su desastroso final, se dispuso a desbaratar los maquiavélicos planes del diablo. Pare ello, mientras Astigi contemplaba orgullosa su obra, la mano poderosa de Dios, lanzó un potente rayo sobre una de las ya acabadas torres.

-Abandona tu obra mujer- le dijo el Señor a Astigi- y no te condenes para siempre. Deja inacabada tu ultima torres y no levantes la que yo he destruido. Nunca podrás acercarte a tu amor, porque es un amor nacido de la soberbia, y el verdadero amor ha de nacer de la caridad, en una conjunción perfecta de lo divino con lo humano. Yo ahora podría castigar el pecado que ha servido de cimiento a tus torres monumentales, destruyéndolas una por una; pero ello seria borrar toda huella de tus culpas y es mi deseo que queden como ejemplo eterno de tu amor irrealizado., Y así como el demonio te ordeno construir las torres, Yo ye ordeno que al pie de cada una levantes un templo, donde constantemente hagas penitencia de tus pecados, mientras en lo alto, las campanas que coloques, hablen al universo de tu arrepentimiento.

Ecija se arrepintió y cumplió las ordenes divinas. Y así fue como al pie de cada torre creció un templo: Santa Cruz, Santa Maria, San Gil, Santiago, San Juan, El Carmen, La Victoria, La Concepción, Santa Ana…; Santa Bárbara fue la menos afortunada, pues creció al pie de la torre que el Señor eligió para castigar a Ecija; y también Santo Domingo, que fue precisamente la que quedo sin terminar.

Mas tarde Astigi, en prueba de humildad, fue construyendo otras torres para la mayor gloria de Dios, pero entonces ninguna era alta, todas se quedaron en simples espadañas o campanarios.
A punto estuvo la enamorada Astigi de condenarse para siempre. Solo le falto medio torres para contraer sus nupcias con el Sol y entregar, a cambio, su alma al demonio.

Y esta es la historia, fantástica e irreal, pero romántica y sentimental de las torres ecijanas, debida a una mitología historia de amor. Y de aquí también los nombres de “Ciudad del Sol” y, por qué nó, el de “Sartén de Andalucía”. El primero porque estuvo a punto de ser su esposa, y el segundo por faltarle muy poco para arder en los infiernos.

El Sol, sin embargo , sigue distinguiendo a Ecija, a su Ecija. Y para ella envía, día tras día, los mas ardientes rayos, las mas abrazadoras saetas de fuego, para que como dice Lamartine podamos “evaporar nuestras almas bajo el fuego del sol”.