FANTASÍA ECIJANA
POR D. JOAQUÍN J. NOGUERAS ROSADO – 1982
Dibujos: D. Cesáreo Cambronero López.

TRES HISTORIAS PIADOSAS.

PRIMERA HISTORIA.

Curro Vargas, como buen gitano, era gran devoto del Cristo de la Sangre. Curro era de aquellos gitanos viejos que todos los años, en la tarde del Jueves Santo, vestía su túnica color amapola, y sobre sus hombros llevaba el “paso” de su Cristo con orgullo de raza, por las calles ecijanas. y Todas las tardes del resto del año, terminado su trabajo de herrería en el que era un artista, se iba a Santa Cruz para echar un ratito de charla con el Padre de los gitanos (según decía él).

Curro tenía un hijo, un espigado chaval, que cantaba y bailaba como nadie. ¡Había que oír las saetas que el churumbel le cantaba al Cristo, cuando pasaba por el barrio gitano de Colón!. Currillo, que así le decían, era el orgullo de la familia; alegre, simpático, cariñoso, y hasta trabajador, pues a le ayudaba a su padre en las faenas de herrería artesana, cuyo trabajos tenían fama en toda la comarca.

Pero un mal día el chaval enfermo. Era un enfermedad maligna, de esas que no tienen cura. Curro, día tras día, le pedía a su Cristo de la Sangre que le curara al hijo, que no se lo llevara. Que ese tallo de lirio no se marchitara, que llegara a flor para inundar de aroma el jardín gitano de Ecija.

Pero su Cristo en esta ocasión, no oyó sus ruegos y Currillo, el hijo de Curro Vargas, el gitano recio, el gitano bueno y honrado, murió una tarde vísperas de primavera, muy cerca ya de la Semana Santa.

Curro se enfadó con su Cristo. No fue mas a verle a Santa Cruz; se acabaron para el sus diarias charlas con el padre de los gitanos (según decía). Ya no saldría más con su túnica roja la tarde del Jueves Santo, llevando sobre sus hombros al Cristo de la Sangre. Las relaciones entre Curro y su Cristo, se habían roto definitivamente; él era hombre de decisiones terminantes.

Un día su mujer, preocupada por el cambio de carácter que se había producido en su marido a raíz de la muerte del hijo, le dijo a Curro:
— ¿ Por que no vas a ver al Cristo ?
— ¡ Que venga el Cristo a verme a mí !.

Fue la respuesta, seria y contundente de Curro, que para no seguir la charla, dio media vuelta y cogiendo un martillo se puso a machacar un hierro sobre el duro yunque, con sones de martinete.

Y llegó la Semana Santa; la primera que en la dilatada vida de Curro, no saldría como cofrade de su Hermandad. Fue aquella una Semana Santa pletórica de luz y de aromas primaverales. Y llegó también el Jueves Santo, uno de los tres del año que relumbran como el sol, y que en esa ocasión hizo honor al refranero popular. La tarde se presento esplendorosa, estallante de luz y color. La barrera de Santa Cruz era un hervidero de gentes; payos y calés se habían allí congregado, como todos los años, como siempre, para ver salir a las imágenes, muy especialmente al Cristo de la Sangre, que tanta devoción despertaba entre el pueblo.

Había pasado el Cristo por Puerta Palma y ya se encaminaba hacia el barrio de Colón, centro de la gitanería ecijana, cuando el cielo empezó a oscurecerse. Grandes nubarrones amenazaban tormenta. Cayeron las primeras gotas tímidamente; luego más seguidas, más pertinaces, para continuar en fuerte aguacero. Habría que resguardar las imágenes en algún local amplio, con capacidad suficiente para los “pasos”.

¡ Al taller de Curro ! — Se oyó de repente, sin saber quien lo había dicho.
Y sin dudarlo, allá se encaminaron los hermanos, con su Cristo en hombros, a toda prisa. El taller estaba cerrado, por lo que tuvieron que llamar con insistencia.

Fue el mismo Curro quien abrió la puerta, dándose de cara con el Cristo de la Sangre clavado en el madero.
Y allí, en la casa de Curro, estuvo el Cristo acompañado de su madre unas cuantas horas, hasta que pasó la tormenta.
Aquella noche, Curro confeso a su mujer que le había parecido oír una extraña voz que le dijo:
— ¿ No querías que viniese a verte ?, ¡ Pues aquí estoy, Curro !

SEGUNDA HISTORA

Transcurriendo el año de 1530, Doña Sancha Carrillo, hija de los Marqueses de Guadalcázar, estaba preparando sus galas con las que iba a presentarse en la Corte, como Dama de honor de la emperatriz esposa de Carlos V, cuando el Maestro Juan de Ávila inicia en Ecija sus predicaciones, poco antes de ser denunciado y encarcelado por la Inquisición en 1531. Los frutos del Apóstol de Andalucía fueron aquí notorios, al igual que en el resto de la región, y entre ellos vemos que doña Sancha Carrillo cambia sus pomposas galas por el cilicio y el sayal.

Esta vida de austeridad, sacrificio y penitencia que se impone la hija de los marqueses de Guadalcázar, se ve recompensada por el Señor, que en repetidas ocasiones se le aparece abrazado a una Cruz, y cuyas divinas visiones fueron motivo para que un siglo mas tarde, la devoción popular ecijana mandara tallar una imagen de “Jesús Abrazado a la Cruz”, que se venera en la Iglesia Mayor de la Ciudad, por haber acaecido una de estas apariciones a doña Sancha Carrillo en dicha iglesia, a las doce de la noche de un Jueves Santo, alrededor de dicha imagen se creó en el año 1666 una Cofradía de Penitencia con el nombre de Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno Abrazado a la Cruz, que hace su desfile procesional anualmente desde dicha iglesia y en el mismo día y hora, conmemorando así dicha aparición.

En el siglo XVIII al construir los descendientes del Marqués de Guadalcázar su casa-apeadero en la plaza de Santa Cruz, hicieron colocar en su fachada principal una hornacina con un lienzo que reproducía la imagen de Jesús Abrazado a la Cruz, siguiendo así la devoción familiar de la casa a esta imagen, lienzo que últimamente fue sustituido (seguramente por su mal estado de conservación) por un azulejo con la misma imagen.

Pues andando con el tiempo y en una de las ultimas épocas de persecuciones religiosas, en que el pueblo, ese mismo pueblo descendiente de aquel que costeó con sacrificios la figura del Nazareno, incitado ahora por líderes ateos de fácil palabrería engañosa y perversa demagogia, apedreaban y destruían las imágenes religiosas que se exhibían a la publica devoción en infinidad de hornacinas diseminadas por toda la ciudad, el dueño de la antigua casa-apeadero del marquesado de Guadalcázar, quiso preservar de la destrucción a la imagen visionada por doña Sancha, para lo cual y ante la premura de los acontecimientos, blanqueó con cal la hornacina, para igualarla así con el resto de la fachada. Pero cual sería su sorpresa al observar después de la primera mano de blanqueo, la cara de Cristo seguía viéndose. Nueva mano de cal, y la cara del Redentor al descubierto otra vez. Así varias manos más de encalado, pero siempre la cara del Abrazado a la Cruz sin esconderse.

La turba de apedreadores había llegado ya a la Plaza de Santa Cruz dando gritos antirreligiosos, blasfemando y profiriendo amenazas; pero no se percataron de aquella cara divina que los miraba con amargo gesto, como ocurriera veinte siglos antes, cuando le tocó coger la cruz para caminar bajo ella hacia el Gólgota.

TERCERA HISTORIA

En los desfiles procesionales de la Semana Santa Andaluza, hay un intérprete fundamental de los mismo, comúnmente desconocido, que es el costalero.
Ser el costalero no es ejercer una profesión, sino mas bien una vocación. En Ecija este menester lo realizan, generalmente, hombres fuertes, recios y musculosos, curtidos en trabajos duros, principalmente en la carga y descarga de pesadas mercancías. Hombres rudos pero de cuerpo y mente sana, de gran corazón y nobleza de espíritu, a los que el magnifico poeta Padre Cue cantara en sus versos a la Semana Santa Sevillana.

Son como modernos Cirineos que ayudan a Cristo a llevar su carga. Hombres que saben darle a cada “paso” su movimiento, su vaivén, sus mecidas: Si el “paso” es de crucificado, el costalero lo llevará con gravedad, sin brusquedades, sin subidas, ni bajadas ásperas, para que Cristo no padezca más en su Cruz; si el “paso” es de Nazareno, su andar será menudo, sin alteraciones, con movilidad acompasada, para que el peso de su Cruz se le haga leve. Y se el “paso” es de Virgen, entonces el costalero pone gracia en su llevar, hace un alarde de movilidad artística, hay dulzura en sus bajadas y alegría en sus “levantás”; el costalero pone aquí un mimo especial, porque sabe que lleva a la Madre y Reina de cielos y Tierras. Y visto desde este punto de vista, no cabe duda que es un honor ser costalero.

—Aquella tarde de Miércoles Santo todo estaba preparado para que el Cristo de la Salud (vulgo San Gil), saliera de procesión por las calles ecijanas.

Pepe, uno cualquiera de aquellos costaleros, ocupaba su puesto bajo las trabajaderas del paso. De garganta del capataz se escaparía pronto esa clásica y tradicional frase:”A ésta es, mi valientes” con lo que se haría la primera “levantá” del paso, ya preparado a la puerta de la iglesia de San Gil.

La preocupación de Pepe en aquel momento no se debía, como otros años, a la emoción de la salida. No; este año se había dejado enfermo a su hijo el mas pequeño, de unos meses de edad, allí en su casa, muy cerca de San Gil. Pero él estaba seguro que a su regreso le enconaría ya bueno, porque el Cristo de la Salud habría realizado el milagro, para eso él estaba allí debajo, pidiéndoselo de todo corazón.

Pepe esperaba de un momento a otro escuchar el martillazo del capataz, pero lo que escuchó fue la voz de su mujer, como un alarido desesperante:
—Pepe, ! El niño se nos muere ¡

Levantando los faldones, sale a todo correr hacia su casa. A los pocos minutos y con el niño en sus brazos, vuelve Pepe a ocupar su puesto bajo la trabajadera del “paso”.

La cuadrilla de costaleros del paso del Cristo de la Salud, hizo su recorrido en el más profundo silencio; tal vez es que todos fueran rezando. Pepe bajo la dura madera sobres espaldas, rezaba y lloraba; el niños en sus brazos, apretado contra su pecho. ¡ Aun había esperanzas !. El Cristo estaba encima y era el de la Salud. Y lo fue… Cinco horas de recorrido entre un calvario de vida y muerte, pero venció la vida porque Cristo así lo quiso, para premiar la fe de aquel costalero.

LAS CALLEJUELAS DEL COJO

Aquella noche no apareció el Diablo Cojuelo para charlar con su discípulo junto a la “fuente de los piojos”. Solo me encontré con el joven diablillo que venia a despedirse y desearme suerte en mi cometido, puesto que las historias habían terminado la noche anterior. Se marchaba y cuando de repente me vino a la imaginación un nombre subyugante: “Las Callejuelas del Cojo”- ¿ Por que ese nombre ?; de seguro habría una vieja leyenda sobre ello; los motes no se adquieren así como así, y para cargar las callejuelas con el suyo, motivos tendría que haber. Sin embargo el Cojuelo no había contada nada en este sentido, y así lo hice notar al diablillo.

Yo pensé que su silencio sobre este tema se debería a cierta relación con la cojera del diablo pero el joven adivinando mi pensamiento, me contesto que la cojera del maestro nada tenia que ver con el sobrenombre de la callejuelas. Pero que si yo tenia que interés en el asunto, podría entrevistarme con un viejo zapatero remendón, morador de las callejuelas, que tuvo un descendiente cojo, el que, si quisiera, podría informarme y sacar yo mis propias consecuencias. De esta forma esa historia sería la única verdaderamente original, y a la vez me serviría para ir soltándome, adquirir practica, en la redacción de las mismas.

Un fuerte y penetrante olor a azufre fue lo ultimo que percibí, antes de quedarme definitivamente solo.
En una tarde de limpio ambiente primaveral, llego al portal de una vieja casa con mas desconchones que cal en su fachada. Escalón de piedra ya gastado por sabe Dios cuantos miles de pisadas, sobre el que se apoya una de las dos hojas de la puerta carcomida por el paso del tiempo. El Zaguán, son suelo de ladrillos pintados con polvos “caldereros”, tenia el clásico olor que despiden las pieles curtidas. En un rincón una banquilla de zapatero ¿ con cuantos años ? ! Quizás siglos ¡- Y tras ella, cheveta en mano, un anciano de simpático aspecto. Al verme, sonriente se levanto soltando la herramienta y un pedazo de suela que tenia en la mano izquierda, para poder sacudirse el mandil lleno de tiritas de cuero. Su estatura era pequeña; su escaso pelo, blanco como la nieve; su nariz aguileña; sus cejas, juntas y pobladas; sus pómulos rojizos. Sus ojos pequeños, oscuros y vivarachos, le daban un aspecto picaresco, unido a la sonrisa que se dibujaba en sus finos y delgados labios; sonrisa que no se por que, resultaba contagiosa.

De la tapa de una caja de betún, puesta boca arriba al objeto de servir de cenicero, tomó una colilla apagada y mientras se la llevaba a los labios, me dijo en tono muy amable:
¿ Que desea el señor ?
Pues vera; usted es Antonio, Antonio el Zapatero? le dije, más para iniciar la conversación que como información, ya que para esta solo había que mirarle y la respuesta caería de su peso.
—Para servirle — me dijo aquel nonagenario, que al hablar despedía un fuerte olor a aguardiente; los entendidos decían que aquí,en nuestra ciudad, mejoraba el sabor de esta bebida. Le ofrecí mi mano que me le estrecho con mas fuerza de la que le suponía, y me presenté.

Antonio, con una agilidad impropia de su edad, se fue hacia un rincón, quitó de un taburete un par de viejas botas camperas y me lo ofreció de asiento. Extrajo del bolsillo de la blusa una raída petaca que me entregó diciendo: ¿ Usted Fuma ?, para ser exacto en la redacción, su frase literal fue: ¿Ozté Juma?. ( Y traduzca así el lector toda la conservación de Antonio).
Le agradecí el cumplido y con miles fatigas, por la falta de costumbre, lié un pitillo que encendí con el mechero de yesca que el me ofreció, dejando en el ambiente un desagradable olor a trapo quemado.

Desde el sitio que ocupaba y a través de una puerta entreabierta, se divisaba un amplio patio rectangular rodeado de columnas, a cuyo peristilo daban acceso numerosas puertas, correspondientes a las habitaciones de los moradores de la casa. Estas casas de vecindad, mas conocidas por “laberintos”, eran alquiladas de comedor, dormitorio y sala de estar, en un sola pieza. En común tenían una amplia cocina con varios fogones y un solo retrete para toda la comunidad de vecinos.
En el Centro del patio se veía un pozo con amplio brocal de hierro forjado, del que pendía una gruesa soga de esparto atada a un cubo de cinc. El patio estaba pavimentado con grandes ladrillos pintados de rojo, por el clásico método de aljofifar con agua teñida de polvos “colorados”.

Había una cosa que molestaba en aquel ambiente de agradable tranquilidad y paz, y era ese ejercito de moscas que nos atacaban por todos los flancos. Mi ya amigo Antonio, dándose cuenta del esfuerzo que hacia por quitarmelas de encima, me dijo:
— Pues esto no es nada. Moscas cuando la calle no estaba asfaltaba; entonces el pavimento era de piedras, la mayoría de ellas sueltas, que le servían a los chiquillos para apedrearse o como proyectiles de las celebres “jondas” en aquellos tiempos de las “partías”. ¿Se acuerda Usted de las “partías”?, cada barrio tenia la suya y algunas de estas eran temibles.Pues por aquel entonces, el aire que respiraba por aquí era terriblemente “jeyondo”, impregnad de la pestilencia del agua “podría” que corría por el caño central de la calle, formando charcos de cieno, incluso con “mierdas” tiradas a la calle por los propios vecinos. Eran los tiempos en que no había alcantarillado ni agua corriente; ! De esto no hace mucho tiempo en realidad¡. Recordará usted también a los celebres piperos, que vendían el agua por las calles, pregonando su mercancía procedente de los mas diversos manantiales y pozos: “Fuente de las Peñuelas”, “Las Barrancas”, “Pozo del Trillo”, “Fuente de los Cristianos”, de la “Fuensanta”, etc. etc.; era una verdadera legión de aguaores, con sus clásicas pipas metálicas sobre un desvencijado carruaje, tirado por un renqueante borriquillo.

Y así, sin darnos cuenta, charlando de tiempos pasados, porque Antonio charlaba lo suyo y también sabia lo suyo de cosas antiguas, fuimos centrando la conversación en el tema que allí me había llevado.

Pues sí, amigo mío, estaba diciendome Antonio, mi abuelo, que por cierto también era zapatero remendón como yo y también se llamaba Antonio, era un hombre original. Fijese que un día fue a comprar cuero, para las suelas de los zapatos, a un almacén de curtidos que había frente a una taberna, y como quiera que en aquel momento estaba lleno de clientes el almacén, para distraer la espera se metió en la taberna de enfrente, donde se “sopló” unos medios de vino peleón, del mas barato, que era el que a el le gustaba. Volvió al almacén, pero seguía atestado de gentes, así es que decidió volver a la taberna. Y así anduvo, atravesando la calle, de la taberna al almacén y del almacén a la taberna, hasta que en ésta se dejó el ultimo céntimo que le quedaba. No pudo comprar los cueros, pero si adquirió una borrachera bastante respetable.

Otro día que se encontraba en un bar con su media “papelina”, como siempre, estaba escuchando muy serio la conversación de un marica que explicaba a unos cuantos clientes del bar, como el Cristo de San Gil, del que era muy devoto, le había curado de una grave dolencia, terminado así su charla el maricon: “Pues sí, a mi el Cristo de San Gil me hizo un hombre”. A lo que mi abuelo, ni corto ni perezoso añadió: “Pues ya fue grande el milagro, ¡ porque mira que hacerte a ti un hombre….!

Pues en otra ocasión, en que estuvo un poco “tocao” del hígado por aquello del alcohol, creo que fue la única vez que estuvo enfermo, el médico le receto una inyecciones. Y dispuesto a curarse cuanto antes, marcho a toda prisa a casa del practicante. Y ya en su presencia, echose los pantalones abajo y puesto culo en pompa le dijo si mas: “Venga don José, adelante”. El practicante todo sorprendido por tan lasciva actitud, contesto entrecortado: “Antonio yo no acostumbro…. Yo no soy hombre de eso”. “Venga don José, no tenga usted miedo, cuanto antes mejor. Un empujón y adentro”, volvió a insistir mi abuelo. El practicante que no, mi abuelo que sí, hasta que al fin… pudo aclarar el equívoco. Y es que mi abuelo, por falta de costumbre, había olvidado llevarse las inyecciones.
Como todo el dinero que cogía lo empleaba en vino o en aguardiente, su mujer tuvo que tomar la decisión de convertirse en administradora de la casa; así es que el pobre se veía y se deseaba para poder satisfacer sus apetencias alcohólicas.

Pero mire usted por donde, (mi abuela), enfermo de no se que malignas calenturas, que le tuvieron en la cama durante bastante tiempo.

Mi abuelo dentro de su natural dolor de esposo, estaba moderadamente contento pues creyó que con aquellas fiebres, sus penurias económicas se iban a terminar y volvería a disponer del suficiente dinero para sus borracheras. Pero “que si quieres arroz, Catalina” (frase celebre de aquellos tiempos), la mariquita no soltaba de la bolsa que, bien atada, guardaba justo para la manutención y los dos reales que entregaba al practicante por ponerle la inyección.

Entonces el abuelo, a fuerza de pensar, tuvo una brillante idea: un buen día le dijo al practicante que el médico había dejado de recetar inyecciones. Y el se convirtió en su insólito sustituto. Escogía el momento en que su mujer estaba ´mas amorrada, y desde la puerta del cuarto, que estaba en penumbra, se decía: “Pase usted Don José. Como usted tiene buena vista no le enciendo la luz, para no molestar a mi mariquita, que la pobre esta medio dormida”. Se llegaba hasta la cama, destapaba a la enferma, y con un alfiler que llevaba entre los dedos, le daba un buen picotazo en el culo. Al ratito sacaba el alfiler del cachete diciendo: “María, los dos reales para don José”. Una vez con ellos en la mano, daba por terminado su timo, con un afectuoso ” hasta mañana si Dios quiere, don José” y salía de la habitación tan satisfecho y contento.

Quiero hacerle la aclaración de que en aquellos tiempos, don dos reales se ponía uno “morao” de un vinillo muy ligero que se vendía en una bodega de aquí cerca y que a mi abuelo le sentaba de maravilla, pues el segundo o tercer vaso se ponía a cantar, a taconear y hasta recitaba versos que el mismo componía. ! Mi abuelo era todo un artista ¡.

De chiquillo le acompañaba yo con frecuencia a la taberna y comprobaba que le querían mucho. En cuanto llegaba, todo el mundo le saludaba y decían: ” Ya está aquí el cojo de las callejuelas” y la alegría iluminaba el rostro de todos los clientes.
Andando el tiempo y seguramente por haber desaparecido mi abuelo, aquello de “el cojo de las callejuelas”, lo cambio las gentes por ” las callejuelas del Cojo”.

Al salir a la calle, a esas calles estrechas y retorcidas con sabor morisco, un excitante olor a flores me limpio el olfato del penetrante a cueros que había tenido metido en mis narices durante mi charla con Antonio el zapatero. Eran las flores que tras los altos muros de un convento cuidaban las monjitas de clausura, o tal vez del cercano jardín de una antigua casa palaciega, cuidado por alguna dama de esa rancia nobleza de la que Ecija fue cuna.

Un Grupo de niños, jugando en corro, cantaban aquella vieja cancioncilla infantil:

Callejuelas de revueltas
del cojo morada eres,
hueles a frutos de huertas
y a flores tras las paredes.