FANTASÍA ECIJANA
POR D. JOAQUÍN J. NOGUERAS ROSADO – 1982
Dibujos: D. Cesáreo Cambronero López.

EL PORQUE DE ESTAS HISTORIAS

Fue en una de esas tardes primaverales de ambiente cálido, cuando decidí dar un largo paseo. Un paseo sin motivo determinado en que uno, a solas consigo mismo se va charlando interiormente, comentando con el otro yo los mil motivos que encuentra al paso de un camino sin rumbo determinado.

Había atravesado el puente y mis pasos tomaron la carretera de la derecha, hacia “Las Peñuelas”, a la que no llegué porque torcí nuevamente a la derecha por una senda, cerca del río, que me llevo a la “Fuente de los Piojos”. !Cuantos recuerdos infantiles y juveniles guardaba aquel paraje¡. Partidas de “buenos y malos” emulando a los héroes americanos del lejano oeste que veíamos en las películas del matiné de los domingos. Tiempos difíciles de estudiante en que aquel lugar nos había servido de campo de evasión a nuestros problemas académicos e incluso consuelo a los primeros fracasos de nuestra incipiente vida amorosa.

Quise recordar aquellos tiempos sentándome a la sombra de una enorme higuera muy cerda de la fuente, pero mi mente se distrajo en la observación de la belleza del paisaje: lugar abrupto, impropio de nuestra llanura, cuajado de peñascos y salpicado de enormes piedras graníticas, mas parecidas a las estribaciones de Sierra Morena que al valle del Genil; por allí el Singiles, el hijo grande del betis, discurre manso, suave, sin prisas, como queriendo saturarse de la belleza que contempla a su paso: la singular Astigi.

Y yo igual que el río, me dediqué a contemplar, a saborear la bella perspectiva que me ofrecía la legendaria ciudad ¿con cuantos milenios…?

No sé el tiempo que estuve embelesado, pero recuerdo que ya entre dos luces, unas voces ahogadas, casi con susurros, me hicieron poner atención. ¿ Era sueño o realidad ?. Allí mismo, a pocos pasos de mí, en el brocal de la fuente que da nombre al lugar, un anciano que por su aspecto me pareció demonio o diablo, que tanto monta, charlaba con otro mas joven, que supuse de la misma especie por el parecido. El viejo rogaba al joven que pusiera atención y escuchara atento, pues le quería hacer poseedor, dueño o portador de unas añejas historias y leyendas de la vieja Astigi, aprendidas en el transcurrir de los tiempos a través de las constantes visitas efectuadas a la ciudad del Sol y de las Torres, y las que no quería se perdieran con él. Por ello decía:
—Cada día y a esta misma hora, vendremos a este hermoso lugar y te contaré tales historias. Cada día una.

Entonces comprendí que el mas viejo era nuestro conocido y simpático paisano el “diablo Cojuelo” al que Vélez de Guevara inmortalizara en su celebre y universal novela, y sin embargo tan poco conocida por sus paisanos. El Cojuelo deseaba retirarse de la vida activa, de su incansable corretear, y ocupar un descansado puesto en la burocracia infernal. Por esto quería vaciar su caudal de conocimientos astigitanos en otro más joven que los difundiera.

Permanecí atónito: no podía moverme no sé si por el miedo o la sorpresa, pero si aseguro que quedé inmerso en la conversación de los diablos; más que conversación monólogo del Cojuelo, ya que el mas joven hacia lo que yo: escuchar.
Hubo un momento en que me sentí a volver solo. Supuso que la primera narración, la correspondiente a aquella noche, había terminado y el Cojuelo y su discípulo regresaron a sus diabólicos dominios. Pero no fue así; una nueva sorpresa me esperaba. Tras de mí sentí la fuerza de una penetrante mirada que ordaba mi cerebro. Instintivamente me volví, encontrándome con la sarcástica sonrisa del diablo joven.

—Te he estado observando —fueron sus primeras palabras, mientras me hablaba el Maestro Cojuelo, y sé que lo has oído todo, quedando por tanto enterado de sus recomendaciones: “que estas historias y leyendas no se pierdan en el olvido; procura que se difundan y conozcan, que los tiempos pasan y estas cosas hacen historia en los lugares que más amamos !ay de los pueblos sin historias¡, son como los pasos sin huellas y las aguas sin cauces, esfuerzos valdios… Y como dijo Antonio Machado, ni el pasado ha muerto ni está el mañana, ni el ayer escrito”. Pero yo me siento incapaz de dos cosas: la primera de dar vida narrativa a estas historias; y la segunda de defraudar a mi anciano protector y maestro “El Cojuelo”. Por eso voy a servirme de tí como de un puente, de un vehículo transportador de una generación que se fue con sus historias ingenuas, sencillas e inocentes, que al calor de la lumbre contaban los viejos a sus nietos antes de irse a dormir, a otras generaciones que llegan con ansias de saber. Solo que a ti te corresponde que estas se comprendan.

— Pero no ta hagas ilusiones —siguió diciendome— porque desde luego no te dejaran dinero, ni por supuesto ganarás un premio literario, ya que hoy existen muy pocos lectores para esta clase de literatura; aunque tal vez adornándolas, poniéndole un poquito de picardía y otro tanto de fantasía puede que triunfes. En cuanto a los honores, te repito otra frase de Machado: estos deben otorgarse a aquellos que, mereciéndolos, los desean y los solicitan. De tí depende pues esos honores que posiblemente reporten estas historias. Ese podría ser tu premio. Pero piensa también que tales historias y leyendas las aprendió el Maestro Cojuelo del pueblo al que te encargo devolvérselas.

No sé que fuerza misteriosa me forzó a aceptar el encargo del joven diablo. Lo que si puedo asegurar es que aquella noche no pude dormir. Me asaltaban mil ideas contrapuestas. A mi mente llegaban recuerdos de frases leídas en no se que libros:
“Es muy posible que el saber universitario no pueda competir con el saber popular. El pueblo sabe más y, sobre todo, mejor que nosotros. A este pueblo no es fácil engañarle con cosas mal sabidas o hechas a desgana”.
“Huid de los escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo: porque solo así tendreis una idea aproximada de vuestra estatura”.
“Muchas obras valiosas y bellas pueden malograrse por una torpe economía de lo honorífico”.
“Los hombres que están siempre de vuelta de todas las cosas, son los que no han ido a ninguna parte”.
“Millares de jóvenes de positivo mérito lloran amargamente el error de haber querido hacerse un nombre en vez de una conducta”.
“Un hombre metido a vociferante o con nombre escrito en letras impresas, no vale más que otro grabado en la inteligencia y en el corazón de los buenos”.
“¿Que importa el nombre del obrero, si la obra es fecunda y se realiza?”.

Frases que unas me hacían llegar al desánimo y otras me empujaban a la realización de la obra. Pero por encima de mi interés o indiferencia, estaba aquella fuerza misterios que me obligaba: Decididamente yo seria el portador de aquellos mensajes históricos que iba a entregar al pueblo. Y después el pueblo que juzgara.