Cultura de Ecija

Historia de Écija – Ramón Freire Gálvez (2004)

Más de tres mil años de antigüedad…
Cuna de varias civilizaciones…
Se llama ECIJA…

Y esta es su historia:

Está demostrado, que todo hijo, para poder querer a una madre, necesariamente, debe conocerla y ello es lo que nos proponemos con la publicación de este pequeño bosquejo, dedicado a Ecija, darla a conocer un poco más, para que no dejemos de quererla, defenderla y propagarla. Esta pequeña historia, no va dirigida sólo a todo aquél ecijano de nacimiento, sino también al de adopción, así como a sus moradores permanentes o transeúntes, y para ello, basándonos en todos y cada uno de los testimonios escritos que, hasta nuestros días nos ha llegado, a grandes rasgos, vamos a intentar, sin cansar al lector, haciéndola amena e instructiva, ilustrándola, en ocasiones, con leyendas que han formado parte de la vida ecijana.

EcijaEcija, la ciudad del sol y de la luz, de las más importantes poblaciones que componen la provincia de Sevilla, está situada a noventa kilómetros aproximadamente, al Este de la capital, muy cerca del límite de la provincia de Córdoba, uniéndose con ambas capitales por la autovía de Cádiz a Madrid.

Aunque su altura sobre el nivel del mar es de 101 metros, se extiende por una depresión muy cerrada por colinas de poca altura, entre las que se abre paso el río Genil, no percibiéndose por ello la ciudad hasta hallarse a unos cuatrocientos metros de ella, surgiendo así de improviso, ante el viajero, la maravilla de sus once torres barrocas, tan emblemáticas de la ciudad.

La situación de Ecija es causa del riguroso calor durante el verano, lo que dio lugar a su denominación popular de Sartén de Andalucía, y a que en su escudo figure el Sol con la leyenda “Civitas Solis Vocabitur Una” – Ciudad del Sol sólo hay una.

Dejemos constancia lo que sobre dicha denominación popular, escribió el maestro Pedro de Medina, en las Grandezas de España, tratando de Ecija: “Los moros le dieron este nombre, que en su lengua significa lo que en la nuestra, Sarteneja”. El Padre Fray Rodrigo de Yepes, morador que fue un tiempo del religioso Monasterio de Nuestra Señora del Valle, opinaba, que tener el Sol por armas esta ciudad, era por los muchos calores que hace en ella.

El jesuita Martín de Roa discrepaba de la primera afirmación, ironizando respecto de la misma y diciendo: “Quien le dijo el nombre de Sarteneja algún pasajero fue, que arribando aquí en caniculares, pasó la siesta en mala posada, peor alojado, por ventura en el aparejo de su jumento al calor del establo.”

El término de Ecija, aunque ligeramente accidentado con colinas y depresiones, en general es llano y ocupa gran parte de la campiña sevillano-cordobesa, de la que Ecija es el centro. Está atravesado ampliamente por el curso del río Genil, importante arteria fluvial que forma en él una pequeña cuenca hidrográfica con las aportaciones del Salado y de los arroyos Saladilla, Benavides, Hondo, Mochales, del Caño, Alcotrista y de la Serrezuela; el de Madre Fuentes –antiguo Arroyo de los Ciegos-, también atraviesa el término, rindiendo aguas en el Guadalquivir.

No es nuestro término de los más extensos que forman el conjunto de la provincia, pues tiene 974 kilómetros cuadrados de superficie, pero sí uno de los más ricos. Esta extensión superficial no ha sido constante, sufriendo desde su conquista a los musulmanes continúas mermas que lo redujeron a los límites actuales.

Rey Fernando III
Fernando III

En el año de 1263, después de conquistada la ciudad por Fernando III, al deslinde del término, éste era mucho más extenso que en la actualidad. Lindaba entonces con Estepa, Osuna, Marchena, Carmona y con el Guadalquivir, internándose por el Oriente en la que hoy es provincia de Córdoba. Dentro de sus límites, comprendía hasta treinta y dos aldeas, que figuran detalladas en la escritura de repartimiento.

Tras dicho repartimiento, pronto comenzaron litigios por cuestiones de límites con los Concejos colindantes, que fueron reduciendo poco a poco el término ecijano, como lo demuestran los acuerdos de Julio de 1313 entre Córdoba y Ecija; el de Septiembre de 1393 y Enero de 1395 con Osuna; Agosto de 1406 con Palma del Río, Marzo de 1412 con Estepa y junio de 1434 con Marchena.

En 1385 ya figuraba Fuentes de Andalucía como Concejo independiente de Ecija, de cuyo término se había segregado años antes, llevándose consigo los terrenos de La Monclova. En el siglo XVIII, con motivo de la política colonizadora de Carlos III en Andalucía, se fundan dos nuevas poblaciones dentro del término de Ecija. La Luisiana, formada principalmente por los baldíos de Mochales y los terrenos de la Orteguilla y Fuente Palmera, a cuyos terrenos se le agregaron la Cañada del Chaparral, El Villar, Regaña, la Cañada del Rabadán y el Ochavillo. Otra población colindante se nutrió también a costa del término ecijano, como fue La Carlota, con los baldíos de los Algarbes y el Garabato, perdiendo en conjunto en estos años, cerca de diez mil hectáreas de tierra.

Todavía en 1787 tenía Ecija tres aldeas; la de Fuente Palmera, la más importante; Fuente Carreteros y Los Silillos, que pocos años después pasaron a incrementar, las tres, el término municipal de Palma del Río.

El término estuvo siempre bastante poblado; haciendas muy importantes y núcleos de caseríos de diversas categorías que conservan aún el recuerdo de aquellas primitivas aldeas, como Arenales, Don Nuño, Arcofría y otras.
Ecija, en el siglo XVIII, sufrió una profunda renovación, producidas por el auge económico que experimentó en dicha centuria; construyéndose palacios y casas en crecido número; se derriban por completo iglesias para construirlas en nuevo estilo y es raro el edificio religioso que no se remoza en estos años con reformas de mayor o menor importancia, o agrega a sus viejos conjuntos una torre o capilla, convirtiéndose la ciudad en el más bello conjunto barroco de la provincia.

El trazado de Ecija puede considerarse como modelo típico en las poblaciones andaluzas; calles estrechas, largas y ondulantes, con perspectivas cerradas muchas de ellas; numerosas plazas de reducidas proporciones y una edificación de ladrillo, casi sin excepción, utilizando alguna vez en limpio y con mayor frecuencia enfoscado, sobre el que la cal, la calamocha y la almagra ponen fuertes notas de color, definiendo claramente todo ello la arquitectura ecijana.

La casa ecijana muestra los rasgos característicos regionales; el patio es el eje de la edificación y sirve, en unión del apeadero en las viviendas importantes, de elemento separativo entre la casa-habitación y la casa de labor, las cocheras y caballerizas. En las casas situadas en la plaza principal abundan los soportales y las galerías abiertas al exterior hasta en tres plantas superpuestas.

Esta descripción de la ciudad nos habla asimismo de una superficie que superpone a la anterior con las mismas dimensiones. El trazado de la muralla medieval, que se conservó hasta tiempos muy recientes, encerraba casi toda la población. Quizás las características del terreno sobre el que se extiende la ciudad, rodeado por el río y las inmediatas colinas, haya hecho que ésta encuentre su “molde” del que le resulte difícil salir.

Vestigios de época prerromana abundan en el término; en la ciudad hay numerosos desde la dominación romana y a su importancia le debió ser cabeza del Convento Jurídico de su nombre, uno de los que formaron la Provincia Bética en tiempo de Augusto, siendo comparada, por su importancia con Sevilla, Cádiz y Córdoba; en ésta época o en la anterior de Julio César, se le concedió el título de Colonia Julia Firma o Julia Augusta Firma. El que después fuera Sede episcopal de los obispados de la Bética (el nombre de San Fulgencio está íntimamente unido a ello) hasta la invasión musulmana, justifica también una población numerosa, que debió continuar durante la dominación sarracena. Con la dominación musulmana –en la que llegó a ser también capital de un pequeño reino independiente-, desapareció dicha sede episcopal astigitana, sin que haya sido restaurada pese a los muchos intentos que en dicho sentido hicieron los ecijanos en diversas épocas; la última vez en 1647, en cuya fecha y por mediación del Conde-Duque de Olivares parecía que iba a conseguirse su restauración.

El 3 de Mayo de 1240 se entregó Ecija a Fernando III, cuatro años después de conquistada Córdoba, concediendo el monarca a sus moradores el mismo fuero que Córdoba, siendo confirmado por su hijo Alfonso X en 1282. A los doscientos pobladores castellanos que figuran en el Repartimiento de Ecija, se unieron otros muchos, atraídos por la riqueza del suelo ecijano y pronto la ciudad se incorpora al proceso de la Reconquista, figurando los ecijanos en la batalla del Salado y en el cerco de Algeciras.

Pedro I de Castilla
Pedro I de Castilla

Pedro I concedió a la ciudad, por su fidelidad a su persona, el Fuero y privilegios que gozaba Sevilla y más tarde, en 1386, el rey Juan I le otorgó el voto en Cortes. Enrique III, en 1404, le concedió el título de Ciudad. Durante la guerra de Granada, Ecija desempeñó un papel muy importante, siendo sede de la Corte varias veces, dándose cita en ella lo más florido de la nobleza castellana que aquí se reunía con sus fuerzas. La ciudad misma aportó a la empresa hombres y provisiones de toda índole, figurando en su pendón las acciones de Loja, Coín y otras. Más adelante intervino en la sofocación del levantamiento de las Alpujarras y su actitud frente a los comuneros, en La Rambla, le mereció el título de Muy Noble y Muy Leal.

Una vez conquistada Ecija, la población musulmana permaneció íntegra, llegando con ciertas libertades religiosas y administrativas hasta la época de los Reyes Católicos, como lo demuestra un documento de Marzo de 1502, testimoniando el haberse convertido al cristianismo la población musulmana que quedaba en Ecija. A la población musulmana había que agregar también un núcleo judío.

En el siglo XV la población ecijana tenía la suficiente importancia para poder abastecer de hombres al ejército real que atacaba al reino de Granada, contribuyendo en 1486 con 1.000 peones y en 1489 con 150 lanzas y 1.000 hombres de a pie. De este mismo año, es una licencia de los Reyes Católicos al Concejo ecijano, para que este pudiese ampliar la Morería con objeto de que pudiesen habitarla algunos moros llegados de otras ciudades.

La nobleza tuvo una representación muy destacada en la ciudad de Ecija, pudiendo competir con la de las principales capitales andaluzas; en los siglos XV y XVI figuran avencidadas en Ecija distinguidas familias; la casa de los Aguilar, en cuyos miembros recayeron con frecuencia la alcaidía y alferecía mayores de la ciudad y a una de cuyas ramas pertenecieron los marqueses de Peñaflor; la de Sánchez de Badajoz, de la que descendía el poeta Garci Sánchez de Badajoz; la de los Garcilaso, que tuvo vinculada mucho tiempo la alcaidía mayor de Ecija; la de los Figueroa, poseedores del magnífico palacio mudéjar, hoy convento de las Teresas; la de los Castrillo, quizás la más importante familia ecijana en tiempo de los Reyes Católicos y la de los Galindo, Aguayo, Zayas y Portocarrero entre otras.

En los siglos XV al XVIII, otras familias enriquecen la nómina nobiliaria ecijana, hasta el punto de dar a la ciudad, con sus espléndidos palacios, un matiz señorial muy acusado que aún conserva, destacando las de los Cárdenas, el marquesado de Vilaseca; la de Tamariz Martel, marqueses de la Garantía y Conde de Valverde; la de los marqueses de Alcántara; la de Bernuy; marqueses de Benamejí, las de los Henestrosa y la de los Fernández de Bobadilla.

Frente a esta pujanza de la nobleza, Ecija no solo guardó celosamente sus privilegios sino que los fue aumentando y desde el reinado de Felipe IV, el Concejo ecijano tiene el tratamiento de Señoría concedido por dicho monarca. En la guerra de la Independencia igualmente es importante la participación ecijana, destacando la intervención del batallón nominado Virgen del Valle. Tras dicha guerra, como reliquia de la misma, Ecija tuvo que hacer frente al bandolerismo, desarrollado muy fuerte en esta comarca, viéndose azotada por numerosas partidas, entre las que se hizo famosa la de Los Siete Niños, que, constantes y curiosas investigaciones, pusieron de manifiesto, que ni fueron siete, ni naturales de Ecija todos los que la formaron.

La importancia que en todas las épocas históricas tuvo Ecija es una de las mejores pruebas de la riqueza económica de la ciudad, acentuada a partir de la Reconquista, por quedar la población como bastión avanzado en la frontera del vecino reino musulmán de Granada.

Casa Gemio seda ecija
Casa Gremio de la Seda

Pero sin duda, es la presencia de artesanos y su organización en gremios, el mejor índice del desarrollo económico e industrial de Ecija y de ello hay bastantes noticias. En el propio Repartimiento de 1263 figuran ya alfayates, alfagemes y herreros y en el arancel de Pedro I de Octubre de 1351, aparecen mencionados y como existentes en Ecija numerosos oficios, como carpinteros, albañiles, zapateros, pellejeros, fundidores, orfebres, armeros, etc. Desde el siglo XVI, es copiosa la relación de gremios que existían en Ecija, con sus ordenanzas, siendo las más antiguas de las conservadas en el Archivo Municipal las de carniceros, curtidores y zapateros, que datan de 1541; en 1575 aparecen las ordenanzas y aranceles de la mancebía, ya organizada en esta época.

En el siglo XVIII alcanzan las organizaciones gremiales su máximo apogeo, pues en una relación de 1755, se cita a 68 gremios, distribuidos en la forma siguiente: Tejedores de seda, de hilo y de lana; tundidores, zurradores, tintoreros, bataneros, curtidores, plateros, escultores, pintores, doradores, tapiceros, cordoneros, abaniqueros, botoneros, tafetaneros, terciopeleros, calceteros, colcheros, guanteros, bordadores, toqueros, pasamaneros, coleteros, tirilleros, jubeteros, herreros, cerrajeros, caldereros, armeros, cuchilleros, espaderos, veloneros, faroleros, hoceros, carpinteros de lo primo, de lo prieto, torneros, ebanistas, ensambladores, entalladores, vigoleros, silleteros, cedaceros, maestros de coches, zapateros de lo primo, de vacuno, chapineros, sombrereros, sastres, cereros, goerreros, odereros, guarnicioneros, silleros, albardoneros, guergueros, esparteros, alfareros, tejareros, chocolateros, confiteros, coheteros, jaboneros, panaderos, tahoneros y aceñeros.

La economía ecijana se fundaba principalmente en los productos agrícolas y ganaderos, cereales, aceite, curtidurías y lana. El trigo, la cebada y el aceite, fueron sus primeros productos del campo. En el ámbito industrial, la textil era la más fuerte de Ecija. A la misma altura se hallaba la industria de la seda y el lino, llegando en el siglo XVII a 500 telares de seda y 300 de lino, alcanzando estos últimos en el siglo XVIII la cifra de 1.000 telares. Destacó igualmente la industria del salitre, con una fábrica fundada en 1756 que producía 600 arrobas anuales, así como la industria sombrerera con más de veinte tiendas-talleres que abastecían toda la comarca.