IMAGENES Y RECUERDOS DE LA CIUDAD DE ECIJA
POR D. JUAN MENDEZ VARO – 1995

INTRODUCCION

Desde que salió a la luz el primer número de la serie ASI ERA MI BARRIO… ASI ERA MI CIUDAD, editado por la benemérita Asociación de Amigos de la Ciudad de Écija, y que tuvo una magnífica acogida, muchos amigos me han estado animando a que no dierapor concluida con ese libro la divulgación de las imágenes y recuerdos de nuestro próximo pasado.

Tal es así, que, desde esa fecha, diferentes personas han ido poniendo a mi disposición algunos trabajos gráficos que poseían en sus casas, a veces en cajas de cartón desordenadas, material que unas veces eran viejas fotografías amarillentas y otras negativos de placas de vidrio, pero que todas ellas vienen a recoger algún aspecto de interés de nuestra localidad.

Sin que sea un trabajo exhaustivo, dadas las limitaciones con que nos encontramos en nuestra ciudad por falta de hemeroteca y las propias del que conjuga su profesión con la labor de afición a la investigación, además de otras dificultades que siempre se encuentran en el camino, no obstante, ha sido posible recuperar un trabajo que esperamos sea del interés de todos.

Ya comento que si el resultado de recopilación del material gráfico ha sido relativamente fácil por la valiosa colaboración de muchos amigos y ecijanos, no así su documentación. Ésta, además de ser una tarea lenta, ha tenido la dificultad de identificar los contenidos a partir de negativos y la de ser incompatible el acceso a determinados archivos por coincidir con el horario laboral, labor ésta fundamental para relacionar el material gráfico con las publicaciones de la época.

Por otra parte, ha sido casi imposible, dada la variedad de los temas que se contienen y que fueron objeto de la atención de los fotógrafos, realizar un estudio monográfico. Así fue nuestra primera intención, pues en diferentes entregas se hubieran presentado trabajos sobre el comercio ecijano, arquitectura, Semana Santa, costumbres y fiestas locales, etc., pero también documentar bloques temáticos de una relevancia histórica ha contado con dificultades que nos hicieron abandonar el proyecto. No obstante, hemos pretendido realizar esta publicación con un máximo de rigor y realizar una tarea de documentación sin una precisión de fecha.

IMÁGENES Y RECUERDOS DE LA CIUDAD DE ECIJA es, pues, un análisis o, si se quiere, una sipnosis, en cierto modo autobiográfica, a través de textos e imágenes complementarios de lo que ha sido nuestra última historia como pueblo y como cultura. Ésta, como cualquier otra autobiografía, tiene un carácter necesariamente selectivo, subjetivo y expresivo. Textos e ilustraciones han abordado desde el urbanismo a la conservación de los bienes culturales, desde la pervivencia de nuestra arquitectura popular, el mantenimiento de mitos populares, hasta la sociología de la religiosidad, lo lúdico y recreativo, y desde lo arcano del mundo rural a lo refinado de la vida urbana.

Sí quiero hacer constar que, pese a lo expuesto, el libro que sale ahora a la luz y es fruto de muchos meses de recopilación, ha sido, para el que os escribe, altamente productivo. El trabajo realizado tendría su recompensa si hemos contribuido en algo al conocimiento del pasado histórico de nuestra noble y muy leal ciudad de Écija y al enriquecimiento del acervo cultural de los ecijanos.

Verano 1994.
.

PROLOGO

Recordar y estudiar el pasado es una manera de conocer nuestros antecedentes personales y colectivos, lo que nos permite ahondar en nuestro propio conocimiento. Y el que se conoce a sí mismo tiene mejores opciones para perfeccionar las acciones acertadas del pasado y evitar los errores cometidos en otros tiempos. Si ese conocimiento se refiere al pasado de una ciudad, los elementos son múltiples y conforman una realidad común que es preciso desentrañar para la comprensión de nuestro presente y la proyección de nuestro futuro. Además, rememorar el pasado es volverlo a vivir o transmitir esa impresión a los que no formaron parte de esa época.

En la obra que tengo el honor de prologar, el pasado ecijano viene a nosotros mediante imágenes, medio visual éste que nos acerca más, si cabe, a las situaciones estudiadas que otros sistemas de percepción, pues se ha captado el momento preciso de un hecho ocurrido en Écija. Estas instantáneas nos introducen en el estudio de la intrahistoria, como la denominó Unamuno, es decir, los pequeños hechos cotidianos que forman el entramado de la vida de las personas y, por elevación, de la vida de los pueblos.

El autor, Juan Méndez Varo, nos tiene ya acostumbrados a este tipo de investigación sobre nuestra ciudad, pues ha publicado otras obras sobre la materia, amén de documentadísimos trabajos sobre monumentos e instituciones ecijanos. Esto, y su acendrado amor a la tierra que lo vio nacer, demostrado en incontables actuaciones en defensa de su patrimonio cultural, hacen innecesaria cualquier presentación de su personalidad, aunque es de justicia señalar su dedicación a Écija desde variadas instituciones y su buen hacer personal. Una vez más salta a la palestra cultural con un trabajo de extraordinaria minuciosidad investigadora, que entraña, si es posible, mayor dificultad que los realizados sobre documentación escrita, pues ésta puede consultarse en archivos concretos, mientras las fotografías que se publican han sido recopiladas entre numerosos particulares, desconociéndose, en muchos casos, su existencia anterior. Por otra parte, los documentos gráficos tienen que acompañarse de datos que los descifren y expliquen el momento y su entorno, lo que lleva a una segunda labor de investigación, muy precisa para que las fotografías cobren todo su valor documental e histórico. Estos valores se complementan con la significación estética, que hace de los autores de las instantáneas, cuyos nombres y labor se va conociendo y apreciando cada día más, a la vez, reporteros de la vida ciudadana y artistas de la captación de imágenes, en ocasiones con técnicas hoy en desuso.

Por la diversidad de temas representados podemos dividir las fotografías incluidas en este libro en varios apartados, a saber:

A) Vistas de la ciudad y monumentos
Las primeras nos revelan encuadres hoy perdidos y transformados para siempre, donde se observan construcciones de gran sabor popular y perspectivas ocultas para nosotros. Los segundos presentan pocas modificaciones por su mismo carácter monumental, con lamentables excepciones como la Iglesia de la Victoria y el Asilo de Ancianos.

B) Situaciones excepcionales
De gran interés por su significación de hechos singulares, sobre todo, las nevadas de 1954 y 1971, que muchos ecijanos no han conocido. De triste recuerdo son las riadas que, periódicamente, azotaban nuestra ciudad y le daban un aspecto lacustre, imágenes felizmente inusuales en la actualidad.

C) Actos y celebraciones
En este apartado se pueden clasificar imágenes de hechos ocurridos en Écija, como homenajes a personas, ferias, o el rodaje de una película, que no sólo son anecdóticos sino que reflejan el ambiente, lugares y vestuario de las épocas en que ocurrieron, al tiempo que recuerdan personas en otras etapas de su vida.

D) Actividad económica
Aparecen aquí establecimientos desaparecidos o muy transformados que nos trasladan a años en los que era muy diferente la actividad económica, principalmente en el aspecto de los locales, en el aprovechamiento del río Genil por medio de molinos y en talleres manuales.

E) Escenas costumbristas
Aunque, en muchos casos, no se identifique a las personas que forman parte de los grupos, es éste un apartado de gran atractivo por su valor evocador de instituciones, como los antiguos colegios privados de la ciudad. Hay que destacar los personajes que han sido fotografiados ante el molino de Tinajuela Baja por su gran valor etnológico.

F) Festividades religiosas
Se nos muestran aquí recuerdos de procesiones de Semana Santa, del Patrón San Pablo y de altares de culto. En las primeras observamos la configuración antigua de algunos “pasos” con regusto de tradiciones, y en las últimas triunfa el esplendor de aquellas arquitecturas efímeras de las Hermandades de Écija.

Debemos felicitarnos y felicitar a Juan Méndez Varo por esta obra en la que, una vez más, nos aporta su contribución al conocimiento de nuestro pasado, en esta ocasión, por el medio tan directo de la imagen fotográfica.


José Enrique CALDERO BERMUDO.

 


.

LA CIUDAD

Escudo de EcijaComo se sabe, historiadores romanos compararon en importancia a Écija con Sevilla y Córdoba y de aquella época se conservan numerosos restos que lo confirman. A ella también cabe el haber sido Convento Jurídico Astigitano, uno de los que formaron la Provincia Bética, y que en tiempos de Julio César o de ugusto se le concediese el título de Colonia Julia Firma o Julia Augusta Firma, que alternaba con el de Astigi.

Esta importancia se mantiene durante los primeros siglos del Cristianismo, llegando a ser capital de uno de los obispados de la Bética, y bajo la dominación musulmana fue también cabeza de un pequeño reino independiente. Pero el gran florecimiento de la ciudad comienza al ser reconquistada por Fernando III en 1240.

El gran siglo ecijano fue el XVIII. En él aumentó considerablemente su riqueza económica hasta el punto de poseer importantes organizaciones gremiales. La nobleza rivaliza en construirse edificios suntuosos, imitándola muchas familias ecijanas, dando lugar con ello a que Écija sea la ciudad de la región sevillana que posea mayor número de edificios construidos en el setecientos, que son los que dan carácter a su caserío urbano’.

En 1816 se procedió a la división civil de la población para su mejor gobernación y policía. La ciudad quedó dividida en cuatro cuarteles y, cada uno de éstos, en cuatro barrios, estableciendo otros tantos alcaldes que ayudasen a la autoridad, llevando a efecto sus disposiciones y bandos para el buen gobierno. Se sincoparon los larguísimos nombres de varias calles y se pusieron azulejos que designasen no sólo aquellos y la numeración de casas, sino también las parroquias, conventos, hospitales y demás edificios públicos y la situación de cada cuartel con sus barrios’.

Gracias a un plano fechado en 1847, que se conserva en el rico Archivo Parroquial de Santa María, se puede comprobar el perímetro de la ciudad en esa fecha y que, prácticamente, ha mantenido hasta nuestra centuria.

El límite de la zona Sur estaba constituido por el arroyo del Matadero y algunas manzanas periféricas, construidas alrededor del antiguo Convento de la Victoria. Igualmente, definía el límite la preexistencia del antiguo anfiteatro romano, hoy plaza de toros. El límite Levante era el paseo del río. La Plaza de Armas del antiguo Alcázar era ya el Picadero. El vértice Nororiental estaba formado alrededor de la salida de la ciudad por el puente, las edificaciones complementarias de apoyo al mismo, tales como mesones y posadas, y el Convento de Santa Ana. El Norte de la ciudad estaba delimitado por los arrabales formados alrededor de los Conventos de Santa Inés del Valle y Purísima Concepción y el Hospital de San Sebastián. El extremo del Oeste estaba limitado por el antiguo Convento de San Agustín, y posteriormente, a partir de 1867, por el eje Norte/Sur de la vía del ferrocarril.

La ciudad de Écija contaba a mitad del siglo XIX con dos plazas, doce plazuelas, doscientas treinta y seis calles, dos mil quinientas treinta y tres casas, más setenta agregadas a las mismas, siete mil setenta y seis vecinos y veinte y tres mil cuatrocientas treinta y cinco almas. Su casco urbano tenía sesenta y dos casas ruinosas, cuarenta y dos solares, ciento treinta y siete accesorias, cuarenta y nueve cocheras, once hornos de pan, catorce tejares y alfarerías, dos atarazanas para la labranza de cáñamo, trece posadas, cuatro molinos de aceite, sesenta y siete cortijuelos y quince huertos’. En ella se contaban ocho fuentes públicas y doscientas cuarenta y seis particulares, que se abastecían de dos manantiales: uno en el Cortijo denominado Malabrigo, y el otro en el Molino conocido por Fuente de los Cristianos, además de diferentes pozos de menor interés.

La división eclesiástica estaba configurada por seis parroquias, cinco conventos de monjas, diez iglesias abiertas al culto, de conventos de regulares suprimidos, y trece capillas. El número total de presbíteros ordenados inscritos era de sesenta y ocho, más veinticinco capellanes de menores órdenes y setenta y dos religiosas, cantidad sensiblemente pequeña, si se compara con los existentes en el año de mil setecientos cincuenta y uno, que ascendía a doscientos treinta eclesiásticos seculares, quinientos cincuenta y siete regulares y trescientas ochenta y nueve monjas, cuyo censo ascendía a mil ciento setenta y seis individuos. Existían fundadas en la iglesia de Écija hasta cuarenta y seis hermandades y Cofradías, incluidas las Sacramentales y de Ánimas.

Écija se ha caracterizado por la presencia de una edificación bastante neutra, con fachadas encaladas de una o dos plantas, con escasas complicaciones en su composición y tratamiento de huecos y una gran austeridad en el tratamiento de los materiales. Sobre este fondo continuo y neutro que son las fachadas de las calles de la ciudad, iban destacando los palacios e iglesias en fuerte contraste con el entorno, un juego de contrapuntos donde la singularidad, a veces abundante, se ponía en valor frente al caserío popular que le acompañaba de forma similar a tantos pueblos de la región.

Esta definición bastante simplista de nuestra arquitectura popular difiere bastante de la que mantiene el señor Caldero Bermudo, y a la que nos adherimos totalmente, por su conocimiento más exacto de nuestro casco urbano. El señor Caldero nos dice que “la casa popular ecijana, de dos plantas, totalmente encalada, está inspirada en los esquemas de los palacios, pero con elementos mucho más sencillos, evidentemente. El molduraje de la portada suele ser de ladrillo visto o ladrillo encalado sobre él, y sobre la puerta, en lugar de existir un gran balcón con el remate de las armas del propietario, aparece una ventana rectangular, algunas veces cuadrada. Suelen tener también huecos con simetría a ambos lados de la puerta, tanto en planta alta como en la baja y, también, patios de menores pretensiones, a veces sustituidas, las columnas de materiales ricos, de piedra o de mármol, por las galerías y puntales de madera y antepechos. Este esquema se puede ver hoy en numerosas calles de la ciudad, donde el esquema inspirado en las portadas retablos de los palacios es evidente”.

Una variedad de la casa popular la tenemos en la casa-campo. Ésta es una zona dentro de una vivienda que sirve, lógicamente, para estancia de sus dueños, que tiene como anexo una zona para la guarda de aperos de labranzas, como también de granero y cría de animales. Es, al fin y al cabo, una zona de servicio dedicada fundamentalmente a las labores agrícolas dentro de la propia casa.

Otra variedad de la casa popular está en la existencia de una salida a la calle por detrás de la entrada principal, haciendo una comunicación entre dos calles a través de una manzana de casas. La zona ajardinada de la casa palaciega queda aquí sustituida por un área para todos los vecinos, que sirve de lavadero y zona de desahogo, en caso de vivienda multifamiliar, y en caso de que sea una vivienda unifamiliar, esta zona se solía dedicar a la cría de animales o, también, a almacenamiento de productos’.

Cierto es que la arquitectura popular ha mantenido en nuestra ciudad una tipología constante, con pocas variantes a lo largo de los años. Desgraciadamente, nuestra ciudad, como otras localidades españolas, ha experimentado una degradación alarmante, habiéndose transformado o perdido interesantes ejemplos de este tipo de construcciones.

En 1912 la única calle de la ciudad que se encontraba adoquinada era la de Duque de la Victoria, actual Del Conde, con acera de piedra artificial, y el resto de ellas empedradas o de tierra. Las corporaciones municipales, desde ese año, ponen especial empeño en la pavimentación y alcantarillado para evitar el vertido a las calles. La prensa local se hace eco de una buena iniciativa de nuestro Ayuntamiento y como buena obra que perdura recogemos dicha noticia por su importancia. En el semanario local La Voz de Écija’ leemos cómo el Alcalde don Antonio Benítez Fernández, en unión del teniente de alcalde don Lorenzo García de la Mata, marcharon a Gerena al objeto de adquirir determinada cantidad de adoquines para pavimentación de algunas calles, consiguiendo, sobre el terreno, comprar en ventajosísimas condiciones más de 80.000 adoquines para las calles ecijanas.

Pero la ciudad contaba con muchas deficencias. Una buena parte de sus casas se encontraba en ruina, con el consiguiente peligro para la población. Cuando llegaban los temporales se agudizaba el problema, temiéndose que pudieran ocasionar daños personales, tal como ocurrió en la mañana del sábado 5 de enero de 1924. Ese día, en la calle Zamorano de esta ciudad, se derrumbó una tapia del corral de la casa número 16 de dicha calle, cubriendo los escombros a tres niños de corta edad que allí jugaban. Acudieron al lugar del suceso los vecinos, agentes y autoridades y se logró sacar de entre los escombros a los tres niños, uno de los cuales ya era cadáver, y los otros dos con intensas magulladuras, erosiones y heridas de distinta consideración.

Pero no eran sólo éstas las deficencias que preocupaban a la población. Aunque ya se contaba con alumbrado eléctrico, éste ocasionaba al municipio muchos problemas. En la sesión ordinaria de la Comisión Permanente del día 29 de enero de 1929 “se vió el tema del pésimo estado de la red eléctrica, informándose que en las noches pasadas se desprendieron varios cables del alumbrado público hiriendo a un transeúnte, y que teniendo en cuenta el mal estado de la red, así como la poca intensidad de aquél, se estaba en el caso de adoptar una resolución que ponga fin a tal estado de cosas, comisionándose al presidente para que se pusiera en contacto con los señoresconcesionarios del repetido servicio para que se vea la forma de subsanar las deficiencias, y, caso de no obtenerse resultado, se proceda oficialmente a lo que haya lugar”.

Respecto a los medios de transporte público, los ecijanos disponíamos del ferrocarril. Como se sabe, la primera locomotora que recorrió la nueva línea de ferrocarril, llegó por primera vez a nuestra ciudad el día 25 de agosto de 1879, a las doce y cincuenta minutos de la mañana. En la estación la esperaba el señor alcalde con todo el ayuntamiento y numeroso público que celebró jubilosamente tan importante acontecimiento para la ciudad. A los alegres pitidos de la máquina que llegaba, respondieron todas las numerosas torres de la ciudad con un repique general. Puede decirse que fue un día de fiesta para nuestra ciudad, preludio del que se celebró cuando se estableció en toda su plenitud el servicio ferroviario.

El Ayuntamiento ecijano venía haciendo un importante esfuerzo económico en obras de infraestructura, llevando a cabo un valioso plan de expropiación de inmuebles para dotar de amplias vías que pusieran en comunicación el centro de la ciudad con la estación de ferrocarril y viceversa. Gracias a ese plan de modernización contamos hoy con dos de las más hermosas avenidas de la ciudad: la de María Auxiliadora y la de los Emigrantes.

Así que los ecijanos amantes del viaje por ferrocarril podían optar por estos horarios. Llegadas a Écija: procedente de Córdoba ó Madrid, a las 5 de la mañana. El correo, a la 1,34 de la tarde. De Sevilla: el correo, a la 1,43; el mixto, a las 9,20 de la noche; el carreta corto, sólo para Écija, a las 8,13 de la tarde. Salidas de Écija: a Córdoba y Madrid, el correo, a la 1,53 de la tarde; el mixto, a las 9,35 de la noche; el carreta de Marchena, a las 6,40 de la tarde. Para Sevilla: el correo, a la 1,44 de la tarde; el mixto, a las 5,37 de la mañana.

Pero, para desgracia de nuestro ferrocarril, comenzaba a tener mayor preferencia en los ecijanos el transporte por carretera. “La Voz de Écija` inserta un anuncio de la empresa de transportes de autobuses de la línea de Écija a Sevilla, que, a la sazón, era regentada por don Antonio Soto, en el que proclama la eficiencia de su servicio frente a las precariedades del ferrocarril ecijano. De él entresacamos este texto: “Gran servicio de automóviles establecido entre Écija y Sevilla y viceversa, pasando por La Luisiana y Carmona, el cual, por su comodidad y rapidez y convenientes horas de sus salidas y regreso, hacen que sea dicho servicio el preferido del público. Tiempo de recorrido, dos horas y quince minutos”.

En el año 1912, según un trabajo firmado por don Eduardo Muñoz Vizcaíno, Director de “Nueva Écija10”, la ciudad cuenta con una población de 23.128 habitantes, con 2.733 casas en el casco de la misma, 26 iglesias, 8 edificios públicos y 11 fábricas de harinas y molinos harineros. Siguiendo los datos obtenidos del director de “Nueva Écija”, el término municipal contaba con 188 cortijos y dehesas; 251 molinos; 245 casillas de olivar; 16 lagares; 118 huertas; 60 casas de campo y chozos; 2 fábricas de sal. Cultiva 474 aranzadas de huerta; 111.252 fanegas de tierra de siembra y pastos; 88 aranzadas de viña y 45.629 aranzadas de olivar.

La explotación de estas tierras ecijanas era de muy diversa índole. Además de la explotación directa por el propietario, existían los contratos de arrendamiento, aparcería o medianería, loscensos y los contratos de plantación; en éstos era el elemento principal la tierra. Por el contrario, en los contratos de servicio constituía el objeto determinante la relación de trabajo”.

Junto a la producción cerealista, olivarera y vinícola ya señalada, las huertas tenían una importancia notable en la agricultura. Merecen ser reseñadas las huertas de San Antón, Alcarrachela e Isla del Vicario, de indudable interés en el abasto de la localidad, hortalizas, árboles frutales cultivados con esmero gracias al sistema de regadío, servidos por norias, acequias y canalizaciones que aprovechaban las aguas del río Genil, de arroyos y de pozos como herencia de los musulmanes y romanos, continuada y enriquecida por los nuevos pobladores. Otra actividad económica fue la ganadería con numerosa cabaña de ganado bovino, lanar, porcino, caballar y cabrío.

Desde hace milenios, se vienen cultivando en las tierras de Écija los más diversos cereales, leguminosas y plantas industriales, desconociéndose aquellas especies que aprovechan tierras de mala calidad (centeno, altramuces, etc.), lo que demuestra la feracidad de nuestra tierra. En maíz existe una variedad llamada “ecijano”, que se sembraba hasta no hace muchos años en regadío, es de color blanco y muy rico en almidón y se obtenían producciones que aún hoy serían aceptables, si bien no puede competir con las variedades híbridas simples y dobles”-.

Pero también en la variedad de olivares existía una denominación de “ecijano”, que, por cierto, no fue bien apetecido por los olivareros por su producto de dimensiones excesivamente pequeñas. Tan pequeño que se parecen a las del acebuche, lo cual hacen que se recojan muy mal y rinda muy poco.

El Historiador ecijano Garay y Conde”, en su obra publicada en 1851, nos habla de la existencia en nuestro término municipal de ciento sesenta y seis cortijos, muchos de ellos con costosos caseríos, cuyas tierras se labraban, comúnmente, al tercio, además de dehesas de gran cabida, hazas y ubadas sueltas en la campiña. Además de ello, un importante número de haciendas de olivar, con o sin artefactos; ésto suponía que gran parte de los ecijanos vivieran dispersos por nuestro amplio término municipal. En los pagos de olivares había diecisiete capillas. Como escribe este autor, si la parte material de los edificios o caserío de los predios estuviesen reunidos, compondría indudablemente, una vistosa y no pequeña población, mucho más si se le agregasen las casas de trece lagares y ciento ocho huertas que hay en el término.

Al igual que la gran mayoría de las capitales e importantes poblaciones andaluzas, entre ellas Sevilla, Córdoba, Granada, Ronda, Antequera, Jerez de la Frontera, etc., con el fin de canalizar todo el inmenso pasivo que atesoraban dichas ciudades, y con el objetivo de emplearlos en obras sociales y lucrativas que levantaran el nivel económico de su zona, constituyeron sus propias Cajas de Ahorros, y Écija también gestionó y consiguió la aprobación de su propia Caja de Ahorros: la CAJA DE AHORROS Y MONTE DE PIEDAD DEL CIRCULO OBRERO INDEPENDIENTE DE ECIJA.

Esta Caja que hubiera supuesto para nuestra ciudad importantes beneficios, se creó como Institución de beneficiencia particular para disfrutar de las exenciones y privilegios concedidos a esta clase de fundaciones. Los fines por los que se debía regir esta Institución, determinados en sus Estatutos, eran:

1. Contribuir al mejoramiento moral y material de todos los socios del Círculo, difundiendo entre los mismos la idea de economía y previsión, facilitando la práctica del ahorro y empleando productivamente las economías que vayan realizando.

2. Socorrer por medio del Monte de Piedad las múltiples necesidades de la vida, facilitando préstamos sobre toda clase de efectos de fácil conservación y venta.

3. Contrarrestar la usura haciendo préstamos a medio interés Y con las más ventajosas condiciones mediante eficaz garantía.

4. Auxiliar a los socios laboriosos y de buena conducta, proporcionándoles los elementos precisos para su industria u oficio”.

La Organización y Administración de la Caja de Ahorros estaba configurada por: 1) Junta General. 2) El Consejo de Administración. 3) La Junta de Gobierno.

Sus Estatutos, en su Título Cuarto, regulaba las actividades del Monte de Piedad. “Las operaciones preferentes del Monte de Piedad serán: hacer préstamos al 6% de interés desde una peseta en adelante sobre alhajas de oro, plata y piedras preciosas, ropas nuevas o usadas, herramientas, telas y otros efectos o valores de fácil conservación y venta. Los objetos pignorables se apreciarán por los tasadores que el Consejo determine y, en vista de su avalúo, se concederá el préstamo, que no podrá ser mayor del 50% de aquél”.

Y en su Título Quinto se regulaban las actividades de la Caja de Ahorros, dividido este Título, a su vez, en dos apartados: el de imposiciones a plazo indeterminado e imposiciones a plazo fijo. En cuanto a éstas, en su artículo 53° se establecía: “Las imposiciones no podrán ser menores de 25 pesetas y devengarán un interés del 3% anual. Se representarán por resguardos nominativos que emanen de cuadernos talonarios”.

En el Título de disposiciones generales se establecía (art°s. 62° al 64°): Las cantidades que obtenga esta Institución después de cubrir todas las atenciones, quedarán como capital o fondo de reserva, y en caso de disolución de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, pasarán como haber activo del Círculo Obrero Independiente de esta ciudad. En ningún caso podrá repartir dividendo de utilidad a los fundadores o consejeros de esta Institución, pues su carácter es esencialmente benéfico.

Quizás muchos nos estemos preguntando dónde preveía fijar el Monte de Piedad de Ecija su domicilio o sede central y, en especial, su capital social inicial. En cuanto a su domicilio, el artículo 65°, lo fijaba en el mismo del Círculo Obrero Independiente, es decir, en la calle Caballeros (hoy Emilio Castelar), número 39. Respecto al capital social, en las disposiciones transitorias, párrafo segundo, señalaba: “Para constituir el capital de fundación se emitirán por el Consejo dos mil acciones de veinte y cinco pesetas cada una, las cuales serán reintegrables en cinco años, sin devengar interés, quedando facultado dicho Consejo para emitir mayor número si fuere necesario”.

¿Qué ocurrió para que nuestra Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Écija no comenzara su andadura a pesar de tener todos los trámites legales aprobados?.

¿Cómo es posible que los ecijanos dejaran escapar esta iniciativa que hubiera dado a la ciudad muchos beneficios, como le ha supuesto a otras ciudades, como Jerez, Ronda, Antequera etc.?.

Dejemos este tema para un estudio posterior y pasemos a otros temas de interés de la ciudad. Para el ocio los ecijanos disponían en los primeros años de la actual centuria de una buena biblioteca pública con más de 8.000 volúmenes, situada en el piso principal de las Casas Consistoriales; archivo municipal, uno de los más ricos de esta región, pues contiene privilegios y cartas reales auténticas; dos librerías, dos imprentas, tres casinos: Ecijano, Artesanos y el Círculo de Recreo; circo gallístico, plaza de toros, y un bello teatro, el Sanjuan. Además, contaban con elegantes cafeterías como el Triunfo y el Comercio, y las dos ferias tradicionales de siempre: la primera, que se celebraba durante los días 8, 9 y 10 de mayo, y la segunda, la de San Mateo, que da comienzo el día 21 de septiembre de cada año.

Los únicos medios de comunicación de la época eran los escritos. Ello dió origen a que nuestra ciudad contara, entre otros, con cuatro semanarios que tuvieron una importancia extraordinaria en la época: La Opinión Astigitana, publicación que más larga vida ha conseguido en nuestra ciudad, gracias a la meritoria labor de don Juan de los Reyes Sotomayor, escritor e historiador ecijano. Nació, pues, este periódico conservador y monárquico en noviembre de 1891, siendo fundado por don Ignacio de Soto y Fernández de Bobadilla, marqués de Santaella. Publicó el primer número el día 17 de ese mes y año, siendo su primer director don Antonio T. Martel, que, al ser designado alcalde cesó en el cargo pasando la dirección del mismo al buen periodista don Francisco Serrano, para después quedar como dueño y director de él, el citado don Juan de los Reyes Sotomayor, transformándose esta publicación de tendencia monárquica en republicana.

La otra a que nos referimos es Nueva Écija. Su primer número sale a luz el día 10 de agosto de 1910, de tendencia liberal, y su director es el veterano periodista, don Eduardo Muñoz Vizcaíno. Como también El Sol Ecijano, periódico Semanal Independiente, que fue creado para que Écija y su partido tengan en el periódico un verdadero y constante defensor de sus intereses morales y materiales, dirigido por don Antonio Jiménez Andrade, su redacción y administración estaban establecidas en la Plaza de San Juan.

Y la cuarta, La Voz de Écija, publicación también semanal, en cuya cabecera aparecía como independiente de información, defensor de los intereses de la ciudad y su distrito. Estaba dirigido por don Rafael Gomis Iborra y la redacción y administración se encontraban situadas en la calle Caza, 3, de nuestra localidad.

En dichos semanarios, como en otras actividades artísticas de la ciudad, surge un movimiento espontáneo de opinión, de esos que constituyen un momento histórico. Este movimiento, además de dar vida a las publicaciones de la época, da a luz importantes Tertulias, Conferencias y Veladas Artístico-Literarias, de las que surgen luego los Juegos Florales Ecijanos y, especialmente, la formación del Ateneo Astigitano. En medio de una población con un gran índice de analfabetismo destacan, entre otros hombres como don José Giles y Rubio, don Evaristo Espinosa, don José Alcántara, don Juan Armesto y García de Castro, don Victoriano Valpuesta Aparicio, don Manuel Ostos y Ostos, don Manuel Bermudo Portela, don José Garay Bernasqué, don Fernando Cano, don José Ruiz, don Juan de los Reyes Sotomayor, don Eduardo Muñoz Vizcaíno, don Manuel Figueroa y Rojas, don Rafael Gomis Iborra y don Cayetano del Real Benítez. Algunos de los cuales nos han dejado publicaciones de vital importancia para poder recurrir al pasado histórico de nuestra ciudad.

.