LOS 7 NIÑOS DE ECIJA ( Recuerdos de 1818 )
POR D. ALVARO CARRILLO – (Fragmento) VI Quienes eran los Niños de Écija

Tal vez para muchos de nuestros lectores resulte inverosímil cuanto acabamos de decir respecto al pavor que inspiraban los Niños de Écija, a las precauciones que se tomaban para evitar un encuentro y las enormes contribuciones que se veían obligados para pagarles los grandes propietarios de las tierras bajas de Andalucía para librar sus fincas del daño que aquellos hombres las pudieran causar.

Y esto parece tanto mas incomprensible, cuanto que se trataba de siete hombres solamente, porque jamás ni se aumento el numero ni se presento en el camino la partida con un individuo menos.

Y estos siete hombres recorrían aquellos campos con la mayor tranquilidad, nunca se ocultaban, desaparecían hoy de un sitio para mostrarse a la mañana siguiente en otro muy distante de donde estuvieron el día anterior, y para ellos no había migueletes ni soldados de línea, ni escuadrones de caballería.

Mas de una vez aquellos siete hombres se habían batido con fuerzas que les duplicaban el numero y las habían derrotado.
Y había llevado su audacia hasta el extremo de penetrar en la misma ciudad de Sevilla, residencia de las autoridades donde se hallaban reunidas la mayoría de las fuerzas que salían en su persecución, y habían entrado y habían salido sin que fuera posible detenerlos.

Un eminente escrito, compañero nuestro, ocupándose de los Niños de Écija, hace de ellos la siguiente descripción que no vacilamos en transcribir integra, porque en ella están consignados todos los datos por él recogidos con extraordinaria escrupulosidad.

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«Era el terror que los Niños de Écija infundían, que generalmente los que tenían que hacer un viaje, esperaban a que pasase un convoy, una especie de caravana compuesta de carruajes de todo genero y de arriería, que iban escoltadas por un regimiento de infantería y uno o dos escuadrones de caballería.
Estos convoyes escoltados no tenían lugar sino de tiempo en tiempo, cuando era necesario el envío de caudales desde las intendencias de Andalucía, y la Tesorería Real. Todas estas precauciones se tomaban solo por siete hombres, por los Niños de Écija.

Esto podrá aparecer exagerado, pero es verdad.

Estos siete hombres hacían necesario uno de aquellos pasados regimientos de tres mil plazas y dos escuadrones de cien hombres para que le convoy se pusiese en marcha con probabilidades de seguridad.
Y decimos con probabilidades, porque muchas veces, a pesar de esta enorme escolta, los caudales de la Real Hacienda habían sido robados por los niños de Écija, si no por fuerza, por astucia.

¿Quienes eran, pues, estos Niños de Écija, estos siete bandidos que de tal modo ponían espanto y burlaban los esfuerzos y la fuerza armada que se empleaba en perseguirles?

Desde el principio de la guerra de la independencia había aparecido una partida de siete hombres montados, que se decían naturales de Écija, y que no se empleaban en otra cosa que en seguir a retaguardia las columnas francesas, fusilar a los rezagados, acometer a los destacamentos y apoderarse de los convoyes de víveres destinados a los franceses.

Esos partidarios, que nunca pasaban de siete ni dejaban de tener este numero, prestaban grandes servicios a la nación durante la guerra de la Independencia.
Los franceses lo perseguían, procuraban exterminarlos, mataban a veces a uno o dos de ellos, y ocasión hubo en que sorprendieron a casi toda la partida y la fusilaron.

Pero al día siguiente, otros siete partidarios procedentes de Écija, aparecían al campo montados y equipados.
Siempre Siete.

La bajas se cubrían con una rapidez y una regularidad pasmosa, ya fuese un hombre o dos los que hubiesen sido exterminados, ya casi todo ellos.

Cuando se recibía la noticia de una sorpresa o de una hazaña llevada a cabo por los siete partidarios, decían los españoles celebrando el hecho:
“Buenos Niños son los de Écija”.

Y tanto se repitió esta frase, porque se repitieron las proezas de los siete partidarios, que todo el mundo, incluso los franceses, los llamó Los Siete Niños de Écija.

Usaban uniforme de la remonta de caballería de línea; sombrero Calañés con escarapela; chaqueta azul con vuelta solapilla, collarín y bocamanga encarnados; pantalón pardo bombacho con franja y vuelta encarnada, chaleco amarillo, espada de montar con tirantes, canana corrida con cuatro pistolas sujetas a ella por los ganchos, trabuco corto de bronce de gran calibre, de los que llamaban naranjeras, en los que se arrojan un puñado de balas y que causan tanto estragos como una pieza de artillería cargada de metralla, botones negros morunos, abiertos por el costado, bordados con hilo blanco; zapato de becerro color avellana, espuelas vaqueras y manta de muestra ó capote de monte, según que la estación era seco o lluviosa.

Llevaban además en los botones dorados bajo una corona Real la cifra de Fernando VII; se llamaban soldados del rey; y lo eran en efecto, y como tales, pedían raciones, alojamientos y auxilio en los pueblos, donde se les daban de muy buena gana.

El numero impar de siete hombres, era el jefe.
Era el más antiguo.
Su solo nombre producía en los españoles ardiente entusiasmo, y en los franceses rabia reconcentrada.
Los Siete Niños de Écija eran héroes dignos de España.
Acometían siempre cuando el numero de los enemigos no era mas que décuplo del suyo.
Siete contra setenta o contra ciento.

Caballos y jinetes hacían maravillas, maniobraban, huían en falso, se diseminaban y a cada momento el enemigo sentía sobre si el disparo o metrallas de sus trabucos.

Si vencían, exterminaban; si sucumbían, eran exterminados, y al día siguiente aparecía la partida, otros siete Niños de Écija renacían montados y uniformados del mismo modo, y eran tan bravos, tan héroes, tan astutos y conocedores del terreno como lo habían silo los Niños de Écija muertos por la patria a manos del extranjero.

Necesario es confesar que estos buenos mozos se permitían excesos de todo genero, que no había muchacha que respetaran, y que cuando se iban de la casa donde eran alojados, siempre faltaba algo.

Pero ¿Qué importaba esto? Todo se les perdonaba.

El patriotismo de nuestros abuelos lo sufría todo de los héroes de nuestra Independencia, con tal de que matasen franceses.

A las muchachas les importaba muy poco se supiese que habían sido los amantes de un día de uno de estos héroes de sombrero Calañés y trabuco.
Cuando se echaba de menos alguna cosa de valor en el alojamiento que acababan de dejar, el despojado decía tranquilamente:

-Aunque se hubieran llevado mas, bien empleado estaba.

!! Viva Fernando VII ¡¡

Aquello era delirio.

Los niños de Écija eran admirados, adorados por todos los habitantes de la tierra baja; hacían lo que querían; todo era suyo, pero en cambio trabajaban bien; su sangre era de la patria, y regaban continuamente el suelo con sangre enemiga.

Por lo mismo, nadie se quejaba de sus excesos amorosos, ni de que fuesen un poco ladrones; porque al fin y al cabo, algún descanso habían de tener y alguna buena recompensa por sus servicios, y ninguno de aquellos buenos patricios hacia sus huesos viejos. Tres o cuatro meses después cuando mas de haber entrado en campaña, perecía, dejando su lugar a otro.

En menos de un año, los franceses, que llevaban bien la cuenta, habían encontrado que mas de trescientos niños de Écija habían caído muertos en sus manos.

Pero como compensación, estos trescientos miserables, como los llamaban los franceses, habían causado en los cuerpos del ejercito que ocupaban a Andalucía, una baja de seis y ocho mil hombres.

Con muchas partidas como la de los Niños de Écija, el emperador hubiera necesitado ejércitos tan numerosos, como los de Xerxes para no encontrarse en un año sin soldados.
Los Niños de Écija hicieron pues, numerosos servicios durante la guerra de la independencia.
Fue verdaderamente lamentable, que cuando se hizo la paz y los franceses evacuaron a España, los Niños de Écija no se retirasen con sus honores cargados de dinero y de laureles a sus casas.
Pero se habían acostumbrado a su vida especial de campaña, y no se resignaron a renunciar a ella.

Un día se supo con escándalo en Córdoba, que un convoy de carruajes y arrieros había sido acometido en la Carlota, y robado por los Niños de Écija.
–Deben de ser bandidos disfrazados con el uniforme de los niños, dijeron algunos.

–Eso debe ser, contestaban los que oían aquella opinión.
Porque a los andaluces les dolía mucho el ver de que se convirtieran en bandidos los héroes de que estaban tan orgullosos.

Pero desgraciadamente para Andalucía era verdad.

Los siete Niños de Écija habían terminado su periodo heroico, y empezaban su periodo infame.
No fueron ya los franceses los que les persiguieron con una rabia encarnizada, sino las tropas españolas y los miqueletes del país.

Aconteció lo que había acontecido antes: por cada niño de Écija que se mataba o se prendía y se ahorcaba, perecían doce o quince soldados o miqueletes.
Las justicias de los pueblos aterradas, los protegían
Los propietarios se veían obligados a pagar fuertes contribuciones, para que los Niños de Écija no les incendiaran los trigos próximos a recogerse, los cortijos, los molinos de aceites, los lagares.
Nadie se atrevía a viajar por temor de ser robado o de ser maltratado o muerto por el delito de no haber llevado consigo cosa que le robasen.

Sietes hombres solos tenían aterrada la baja Andalucía, desde Cádiz hasta los últimos puertos de Despeñaperros.
Y era esto solo: los siete Niños de Écija eran del ejercito, la parte activa por decirlo así, de una sociedad numerosa, que tenía sus afiliados en las grandes y pequeñas poblaciones, en los cortijos, en la sierra, en las majadas de los pastores, en las ventas de los caminos, hasta en Madrid.

Se creía por los resultados, que grandes personajes eran socios suyos, y se sabe de seguro que estaban interesados en su industria un numero infinito de escribanos y una multitud de individuos de la justicia de los pueblos.
¿Hicieron los siete Niños de Écija la guerra de la independencia como partidarios por patriotismo o por la cuanta que les tenía?.
Había un numero infinito de ellos a manos de los franceses, pero seguían muriendo del mismo modo a manos de los españoles; lo que parecía demostrar que habían sido patriotas, en buena hora, pero por que a su patriotismo se había mezclado su afán al bandidaje, a la que no habían salido ni podido renunciar después de hecha la paz.

Seguían usando el uniforme semejante al de la remonta de caballería de línea, y continuaban reemplazando continuamente con una rapidez pasmosa sus bajas para continuar siempre el numero de siete.

Por su proceso, se ha conocido la manera de su asociación.
Se dividían en activos y pasivos.
El que quería optar a las vacantes que resultasen por la sucesiva disminución de la partida, para completar su numero, se presentaba a cualquiera de los directores secretos que había en Córdoba, Écija, Osuna, Carmona, Sevilla, Jerez y algunas otras poblaciones; se reconocía la aptitud física del pretendiente, y se tomaban informes de su valor; se le desechaba si no tenia cualidades necesarias, y si las tenia, se le daba un numero que venia corriendo desde el primero.
Numero que en el 1817 ascendía al novecientos y tantos.

Cuando moría o era preso uno de los siete, el numero que le seguía era llamado, se le daba uniforme, armas y caballo, e inmediatamente se incorporaba a su partida.
Esto, en cuando a los activos; los pasivos era espías indagadores, avisadores de cuando algún dinero salía al camino, ocultadores, protectores.
Lo que se robaba, se entregaba fielmente a los depositarios, y cuando estos depósitos se hacían fuertes, se repartían, cobrando veinte partes para los siete. Y una los restantes, activos y pasivos.

Como se ve, al generalizarse la asociación los siete, los que se veían, lo que se sentían, los que hacían el trabajo, no eran siempre naturales de Écija, pero en Écija había nacido la asociación, y por lo mismo la partida conservaba el nombre de los 7 niños de Écija.
Se había perdido ya la esperanza de exterminarlos.
Inútil era cortar una cabeza de aquella hidra, porque en seguida ya nacía otra, producida por una asociación que nadie conocía, por una asociación misteriosa.

Todos los Niños de Écija que habían sido presos, habían ido al patíbulo y habían muerto en el sin declarar nada, sin producir el mas leve rayo de luz sobre la asociación de quien eran hijos, porque no la conocían, o por el heroísmo funesto de no hacerla traición.

El mecanismo de esta asociación, no se ha conocido seno después de algunos años de haberse extinguido, por revelaciones in articulo mortis, hechas por la conciencia de personas que se tenían por muy respetables; y estas relaciones produjeron un proceso tal, que asustada la Chancillería de Granada por la inmensa trascendencia del proceso, que hubiera obligado a pronunciar grandes sentencias sobre un numero infinito de personas, muchas de ellas de alto coturno, consultó al rey, y para evitar un grande escándalo que hubiera perturbado gravemente la moral publica, se mando sobreseer la causa y quemar lo actuado.

En vano se pretenderá encontrar hoy el gran proceso de los Siete Niños de Écija.

Quedan en poder de algunos escribanos de Andalucía procesos visitados, por lo que solo se viene en conocimiento de crímenes individuales.
Pero detrás de estos procesos se trasluce algo grandemente terrible.
Estos procesos aparecen sobre un inmenso fondo densamente obscuros.
La confianza verbal fue la única que revelo a la opinión el secreto del organismo de los Niños de Écija.
Se no se conociera por multitud de pruebas la existencia real de aquellas celebres bandidos, se les creería personajes inventados de una leyenda popular.»

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Efectivamente, como hemos dicho al principio de este capitulo, al no existir esas pruebas positivas de la existencia de aquellos famosos bandidos, muchos de nuestros lectores podían sospechar que eran creaciones mas o menos erizadas de la fecunda imaginación de algún autor.

Pero hay que tener en cuenta también, que en la época que aquellos hombres vivieron, cuando realizaban sus hazañas, ni las comunicaciones eran tan fáciles como en nuestros días, ni las poblaciones estaban tan bien guardadas como ahora, ni la institución de la guardia civil había llevado la seguridad a las comarcas rurales.

Había vicios en todos los organismo de la publica administración y como estos vicios trascendían a todas las esferas, a todas las clases sociales y entre todas ellas había una afinidad grandísima, por esta misma causa medraban y sustituian estas partidas, de bandidos, como mas tarde pudieron subsistir José Maria, Jaime el Barbudo y tantos otros que fuera prolijo enunciar.