SOBRE LOS 7 NIÑOS DE ECIJA
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ

SOBRE LOS SIETE NIÑOS DE ECIJA

A lo largo de casi doscientos años (desde 1812), mucho ha sido lo que se ha hablado, escrito y publicado sobre los famosos Siete Niños de Ecija. Algunos, lo hicieron para dar cuenta de las fechorías de dicha banda y otros, para desmitificar la crueldad que se le imputaba, endulzando sus cientos de actuaciones, con acciones en contra de los ricos y poderosos y a favor de los más desvalidos, a los que una parte del pueblo alababa y otra la odiaba, aunque por la mayoría de todos los autores, se haya hecho mucho hincapié y demostrado documentalmente, que ni eran siete, ni eran de Ecija, si bien no pudo evitar que le tocara a esta Ciudad, soportar con ser el pueblo donde naciera dicha partida y la cuna de sus componentes.

Con el abandono de la ciudad por parte del ejército francés, el día 28 de Agosto de 1812, en reunión celebrada el 19 de Septiembre siguiente, por la Junta Popular de Ecija, se dio cuenta de los frecuentes robos, asaltos y crímenes que estaban cometiendo una cuadrilla de malhechores que posteriormente se llamarían bandoleros, acordándose crear una partida de escopeteros compuesta de cuarenta hombres, bajo el mando de Don José Díaz, cuyo nombramiento se hizo en 24 de Noviembre de 1812 por el Capitán General Conde de Abascal.

“…Y estos siete hombres recorrían aquellos campos con la mayor tranquilidad, nunca se ocultaban, desaparecían hoy de un sitio para mostrarse a la mañana siguiente en otro muy distante de donde estuvieron el día anterior, y para ellos no había migueletes ni soldados de línea, ni escuadrones de caballería…Era tal el terror que los Niños de Ecija infundían, que generalmente los que tenían que hacer un viaje, esperaban a que pasase un convoy, una especie de caravana compuesta de carruajes de todo género y de arriería que iban escoltadas por un regimiento de infantería y uno o dos escuadrones de caballería…¿Quiénes eran, pues estos Niños de Ecija, estos siete bandidos que de tal modo ponían espanto y burlaban los esfuerzos y la fuerza armada que se empleaba en perseguirles?. Desde el principio de la guerra de la Independencia había aparecido una partida de siete hombres montados, que se decían naturales de Ecija y que no se empleaban en otra cosa que en seguir a retaguardia las columnas francesas, fusilar a los rezagados, acometer a los destacamentos y apoderarse de los convoyes de víveres destinados a los franceses. Esos partidarios que nunca pasaban de siete, ni dejaban de tener este número, prestaban grandes servicios a la nación durante la guerra de la independencia. Los franceses los perseguían, procuraban exterminarlos, mataban a veces a uno o dos de ellos y ocasión hubo, en que sorprendieron a casi toda la partida y la fusilaron. Pero al día siguiente otros siete partidarios procedentes de Ecija aparecían al campo montados y equipados. Siempre siete. Las bajas se cubrían con una rapidez y una regularidad pasmosa, ya fuese un hombre o dos los que hubiesen sido exterminados, ya casi todos. Cuando se recibía la noticia de una sorpresa o de una hazaña llevada a cabo por los siete partidarios, decían los españoles, celebrando el hecho: “Buenos Niños son los de Ecija”. Y tanto se repitió esta frase, porque se repitieron las proezas de los siete partidarios, que todo el mundo, incluso los franceses, los llamó “Los siete Niños de Ecija.” Usaban el uniforme de la remonta de caballería de línea; sombrero calañés con escarapela, chaqueta azul con vuelta solapilla, collarín y bocamanga encarnados, pantalón pardo bombacho con franja y vuelta encarnada, chaleco amarillo, espada de montar con tirantes, canana corrida con cuatro pistolas sujetas a ella por los ganchos, trabuco corto de bronce de gran calibre, de los que llaman naranjeras, en los que se arrojan un puñado de balas y que causan tanto estrago como una pieza de artillería cargada de metralla, botones negros morunos, abiertos por el costado, bordados con hilo blanco, zapato de becerro color avellana, espuelas vaqueras y manta de muestra o capote de monte, según que la estación era seca o lluviosa. Llevaban además en los botones dorados bajo una corona real la cifra de Fernando VII, se llamaban soldados del rey y lo eran en efecto, y como tales, pedían raciones, alojamientos y auxilio en los pueblos donde se les daban de muy buena gana.- El número impar de estos siete hombres era el jefe y el jefe era el más antiguo. Los siete niños de Ecija eran héroes dignos de España…”

Como podemos leer del principio de la obra Los Siete Niños de Ecija (Recuerdos de 1818), original de Alvaro Carrillo, las actuaciones de los Niños contra el ejército francés, eran merecedoras de darle el título de héroes. Cuando Alvaro Carrillo, en su antes citada obra, describe a los “Siete Niños de Ecija” lo hace transcribiendo y así lo hace constar, de …un eminente escritor, compañero nuestro, ocupándose de los Niños de Ecija, hace de ellos la siguiente descripción…

Dicho escritor, tal como posteriormente reseña José María Gutiérrez Ballesteros, Conde Colombí, en su obra Los Siete Niños de Ecija, Madrid 1959, se trataba del escritor sevillano Don Manuel Fernández y González, que escribió una novela en el año de 1863 con el título de Los Siete Niños de Ecija en la novela, compuesta de 53 capítulos, prólogo y epílogo, 796 páginas y adornada con 18 láminas, incluida la portada y la inicia, como prólogo y capítulo primero, con una hazaña de los siete niños de Ecija, realizada en pleno centro de Sevilla, en la plaza de la Encarnación y en domicilio del supuesto Marqués de Guadalcanal, en la que hubo robo, violencia, asesinatos y secuestro de la hija del dueño de la casa Doña Luisa, precisamente el día en que contrajo matrimonio. De la obra del Conde de Colombí, uno de cuyos originales igualmente obra en mi poder, nos ocuparemos más adelante, para no perder el orden cronológico de los acontecimientos.

Una vez que el ejército francés abandona Ecija, Andalucía y España, aquellos famosos Siete Niños de Ecija siguieron cometiendo tropelías y fechorías como al principio hemos indicado, pasando de héroes a villanos y ser su exterminación, el objetivo de las autoridades, a través del ejército y las partidas creadas al efecto.

El Ayuntamiento de Ecija, cuando en el año de 1873, a través de la Imprenta de Pedro Olmedo, publica el Reglamento de las Escuadras de Campo de la Ciudad de Ecija, aprobado por el Gobernador de la Provincia en 24 de Enero de dicho año, uno de cuyos originales obra en mi poder, lo inicia con el informe de la comisión de concejales y contribuyentes nombrada al efecto, cuyo informe, textualmente dice así:

“Las escuadras de campo cuyo origen en esta localidad se remota a los años de 1825, fueron creadas como el medio más eficaz y seguro de concluir con el bandolerismo, con esas partidas de facinerosos, oprobio de la civilización, que habían fijado sus reales en este término donde multiplicaban sus desmanes y correrías, donde encontraban guaridas excelentes, y donde a veces sostenían largas y empeñadas luchas con las fuerzas del ejército, destinadas a su persecución.

Lo inveterado del mal y la necesidad apremiante de ponerle correctivo, hicieron comprender que nada sería de resultados tan prontos y satisfactorios como la organización de una fuerza permanente de paisanos, naturales del país y residentes de continuo en los parajes frecuentados por los malhechores, para ahuyentarlos y nació de aquí esa escuela de somatén compuesto de guardas, caseros, ganaderos y colonos armados, que se reunían en grupos a la menor señal de alarma, a la más ligera indicación de haberse presentado gente sospechosa en sus demarcaciones y persiguiéndola con energía y con decisión y sin consideraciones en los sitios más ocultos, que estos beneméritos defensores de la sociedad conocían perfectamente, lograron estirpar de raíz una plaga tan temible para el desarrollo de la agricultura, germen principal de la riqueza pública. Con posterioridad y después de haber llenado tan cumplidamente su primitivo objeto, las escuadras de que se trata han seguido prestando importantes servicios, protegiendo siempre la seguridad personal y la propiedad, amparando a los que demandan su auxilio en medio de los campos, evitando el merodeo de frutos y animales y protegiendo con éxito feliz nuestro término del azote de los secuestradores…”

Si bien en el año de 1825, cabe la posibilidad de que la cuadrilla o banda de Los siete niños se hubiese exterminado, las secuelas del bandolerismo seguían latente, como lo demuestra la introducción contenida en el Reglamento citado.

Ya en el año de 1817, en las causas que conoció la Justicia en Sevilla, procedentes de Ecija, Carmona, Fuentes de Andalucía, Lora, Marchena y Osuna, por los delitos cometidos por dicha banda, sus componentes eran imputados como “salteadores de camino, incendiarios, asesinos, forzadores de vírgenes y mujeres honradas y otros delitos”, dictándose sentencia decretando la rebeldía de seis de los Niños de Ecija, llamados Pablo Aroca “Ojitos”, Juan Antonio Gutiérrez “El Cojo”, Diego Meléndez, Francisco Narejo “Becerra”, José Martínez “El Portugués”, y el nominado “El Fraile” y demás personas que componen la cuadrilla llamada de los Niños de Ecija, ofreciendo como premio por la muerte o prisión de uno sólo de estos bandidos, mil ducados de vellón, excediendo de uno hasta cuatro inclusive, mil pesos por cada uno y mil duros por cualquiera de los demás hasta su exterminio.

Sentencia Niños de Ecija

Hemos dicho al principio de este apartado dedicado a los Siete Niños de Ecija que, quienes escribieron sobre los mismos, dejaron expresada su admiración o repudio. En este último calificativo podemos encuadrar al ecijano Juan María Garay y Conde, quien, por su cercanía en el tiempo con las actuaciones de dicha cuadrilla, podría haber llegado a conocer personalmente o por transmisión oral muy cercana en aquellos años, la realidad o no de cuanto se les imputaba a dichos bandoleros. Una de las mayores preocupaciones de nuestro paisano Garay y Conde, se basaba en desvirtuar no sólo que dicha cuadrilla o banda no estaba compuesta por ecijanos, sino que sus actuaciones merecían el repudio y el castigo de la justicia. Lo cierto es que, cuando publica su obra Breves Apuntes Históricos Descriptivos de la Ciudad de Ecija, año de 1851, al escribir sobre ellos, lo hace con el siguiente texto:

“…Ya que dejamos relacionadas las diferentes preeminencias y prerrogativas con que en todas épocas y gobiernos ha sido distinguida nuestra querida patria, por haberlas merecido, y supuesto que hemos descrito también los relevantes servicios y acciones heroicas y laudables de muchos de sus hijos, cumple a nuestro propósito vindicarla de una mancha con que sin los debidos datos ha tratado de mancillarse en parte su esclarecido concepto; mancha de que a pesar de los muchos años de su origen, aún existe un rastro desagradable. Nos referimos a la partida de bandidos que, bajo el título de los Niños de Ecija, tanto nombre llegó a adquirir, y cuya larga duración tocó en el escándalo; en efecto, parece como fabuloso que siete hombres a caballo, casi siempre dentro del término de nuestra ciudad, perseguidos sin descanso por fuerzas considerables que no bajaban de mil y quinientos hombres entre infantería y caballería, existiesen algo más de once años; verdad es que fueron aquellos malhechores la excepción de la regla en su clase; sobre montar los caballos más corredores de Andalucía, que adquirían comprándolos a peso de oro donde quiera que los hubiese en la comarca, eran hombres de un gran valor a prueba, cual no ha vuelto a conocerse entre gentes de su oficio, porque vemos por regla general que el crimen infunde cobardía; más en la partida de los Niños, reducida constantemente a el número de siete hombres, no existía esa cualidad, y hechos repetidos en demasía vinieron a acreditarlo; citáremos alguno que otro para comprobación de lo dicho.

Hallándose descuidados sesteando en el cortijo del Villar de Ajenjos, sin vigía que pudiese avisarles la llegada de alguna de las muchas partidas que los perseguían, se hallaron de pronto cercados por veinte y dos soldados de caballería con un valiente oficial a la cabeza; en su consecuencia montaron a caballo, salieron a escape haciendo una descarga para romper la línea de tropa que trataba de impedirles su fuga, pero quedando muerto uno de ellos, a quien dividió el cráneo de una cuchillada el referido oficial, que estaba situado a la puerta del cortijo. ¿Se creerá que por haber quedado sólo seis ladrones contra dos tercios más de fuerza huyeron a la desbandada?. Nada menos que eso, volvieron cara inmediatamente, cayendo al suelo por efecto de una segunda descarga de trabucazos el oficial que mandaba la tropa; el resultado fue ver entrar en esta ciudad dos soldados muertos, el oficial quebrada una pierna y sin armas el resto de la partida con los caballos del diestro; por lo visto era tropa bisoña y se intimidó al ver a su oficial en tierra. En la dehesa de Mochales se estuvieron batiendo en guerrilla más de una hora con una partida de infantería de migueletes, hasta que a estos se les acabaron las municiones, habiéndole muerto el caballo a el oficial Mauri, que la mandaba. Pero lo que hizo darle más nombre a esos bandidos fue haberse apoderado del rico regalo que desde la Isla de Cuba hacía a S.M. el señor Goyeneche, en que venían alhajas de sumo valor y exquisito gusto, burlándose también de la tropa que escoltaba el carro en que venían.

Estos hechos que acreditaban su arrojo y valentía, nos trajeron el irritante espectáculo de ver transigir con ellos a las autoridades locales, y lo que es más, el jefe militar principal encargado de su persecución; entonces se acordó una tregua ínterin que el Gobierno resolvía una petición de indulto que debía hacerse. En los días que para esto mediaron vimos indignados a esos criminales pasear las calles de la población en arrogantes caballos, perfectamente enjaezados a su manera, y ellos con vestidos lujosos, dos encargos de ancha boca y sendos puñales en las cananas bordadas, insultando con su presencia a muchos de los que por su causa gemían en la desgracia; pero entonces el Gobierno no tuvo por conveniente concederles lo que solicitaban, de lo que sabedores ellos con anticipación, volvieron a sus andadas para dar que hacer muchos años, sin que bastase a evitarlo ni aún el estimulante medio de poner talla a sus cabezas, de modo que si ellos mutuamente no se hubiesen ido asesinando por rivalidades, incluso los principales jefes, habrían continuado por dilatado tiempo siendo el terror de nuestras campiñas.

Estos hechos que dejamos citados, dan una idea de los otros muchos de la misma especie, que ocurrirían en la dilatada época de su perjudicial existencia, tomando por consiguiente un funesto renombre, no solamente en toda la Península, sino aún en el extranjero, en términos que los viajeros que venían por el camino real hacía Andalucía, temían más tener que cruzar nuestro término que los navegantes dar vuelta a el borrascoso cabo de Hornos, detestando por consiguiente de nuestro pueblo y calificando desde luego como criminales a sus moradores, en términos que se comprometía cualquiera en decir que era ecijano; tal era la persuasión en que generalmente se estaba, de que cuantos individuos compusieron la partida de los Niños, que pasaron de ochenta, aproximadamente, eran naturales de esta Ciudad. Tan crasa equivocación es la que tratamos de deshacer, porque si es verdad que en un principio hubo algunos pocos de Ecija, los que fueron ingresando después hasta que se extinguieron, eran de otros pueblos y hasta extranjeros, pues hubo uno portugués entre ellos; pero lo que más viene en nuestro apoyo es el modo con que se expresa el Diccionario Geográfico Universal, en que no se debe sospechar el menor espíritu de parcialidad, el cual, al hacer la descripción de la ciudad de Ecija, dice con respecto a esta particular lo siguiente:

“Parece por desgracia que el término de esta ciudad es el punto de reunión de los salteadores de las provincias meridionales de España, los cuales agavillándose en numerosas cuadrillas, se entregan a toda clase de excesos. Estos malvados no se contentan con despojar al caminante y saquear las alquerías, sino que añaden las más veces a estos crímenes el asesinato, el rapto y el incendio. Emboscados en los inmensos olivares que cubren el término, poseyendo un conocimiento exactísimo del terreno, protegidos por la vecina Sierra Morena y seguros de un abrigo impenetrable en los desiertos islotes del río Genil, bravos por naturaleza, feroces por educación y desalmados por instinto; dueños de los caballos más briosos de la comarca y jinetes diestrísimos por práctica y necesidad, burlan por algún tiempo la diligencia de las autoridades y la actividad y los esfuerzos de las tropas. Se ha querido suponer que las dificultades que se oponían a su exterminio consistían en la facilidad con que se ocultaban en la misma población, saliendo de ella para hacer sus correrías, tan repentinas como inesperadas, para volver en seguida a sus hogares o a ocuparse en sus tareas campestres, mientras las tropas recorrían inútilmente las campiñas en su persecución. Este aserto es tan falso como injurioso a el noble vecindario de esta ciudad. Las gavillas de facinerosos que se reúnen en su término han contado siempre de forasteros vagamundos y ha sido raro el hijo del país que se ha contado en su número. Las razones arriba dichas, el atractivo de la carretera que conduce de Cádiz a Madrid, los ricos convoyes y pasajeros pudientes que por ella transitan, la distancia que separa los pueblos en esta parte de Andalucía, todos estos motivos hacen que sea este término tan frecuentado de los malhechores de todas las provincias. Las autoridades de Ecija, deseosas de alejar del territorio de su jurisdicción este azote tan cruel y continuo, han ejercido el mayor celo y practicado las más enérgicas diligencias para exterminarlos, y no han descansado hasta entregar al brazo de la justicia las gavillas que sucesivamente se han ido reuniendo; es de esperar que las sabias disposiciones adoptadas recientemente por S. M y el celo infatigable de estas autoridades beneméritas, logren prevenir en lo sucesivo estos males, poniendo a cubierto de futuros insultos la seguridad de los caminantes y las propiedades de los pacíficos moradores.”

En efecto, la situación topográfica de Ecija, enclavada en el camino real, entre cuarenta mil aranzadas de olivar, no lejos del Genil, el Guadalquivir y la Sierra y cercada de una porción de pueblos y aldeas miserables, son elementos para que su territorio lo elijan siempre los malhechores como el más adecuado para ejercer su criminal ocupación; los Cambriles, los Lagartos, los José Marías, los Caballeros, los Navarros, los Caparrotas, los Renegados y los otros muchos capitanes de bandidos que consternaron nuestra comarca, ninguno eran natural de Ecija, aún cuando el término de esta ciudad fuese por desgracia el principal teatro de sus crímenes. Con lo dicho creemos dejar vindicada a nuestra población de la prevención y mal concepto en que ha sido tenida, designándola como el foco de donde salieron los malhechores que por muchos años se enseñorearon de sus campiñas, cometiendo a rienda suelta los mayores desafueros. El modo breve de sustanciar sus causas, adoptado después por los jefes de partidas encargados de su persecución, fue un correctivo, sino legal, el más a propósito para conseguir su exterminio, en términos que hace ya años atraviesa su territorio el pacífico viajero con la mayor seguridad y confianza; el útil establecimiento de la Guardia Civil, aunque bastante costoso, ha contribuido mucho a que se goce de autoridad personal y a que los hombres de mal vivir, vayan olvidando el criminal recurso de montar a caballo y salir en cuadrilla a los caminos para apoderarse y vivir de lo ajeno contra la voluntad de su dueño. ¡Oh! los ladrones a mano armada que presentan el cuerpo al frente por hipoteca de sus atentados en las campiñas y caminos, son bien fáciles de exterminar, toda vez que en ello se tome un verdadero empeño; pero no consiste el remedio sólo en el filo de la espada; hay medidas filantrópicas que poner antes en juego para moralizar la sociedad, toda vez que los males pueden precaverse, sin deber llegar jamás al caso de tener que remediarlos por medios inhumanos e ilegales; guíese bien la infancia desde luego y estará conseguido el objeto de formar hombres útiles a la sociedad, incapaces de apelar al crimen para adquirir el sustento; proporcionese trabajo a la clase proletaria y podrán criar a sus hijos dándole ejemplo de honradez y laboriosidad; por un medio tan sencillo como conocido de todos, no habría que ejercer tan frecuentemente la severidad de la ley en tantos infelices que involuntariamente se arrojan a la carrera del crimen, impulsados por la miseria y la carencia de medios para darle pan a sus hambrientos hijos; el gobierno que esto llegue a conseguir en todos los pueblos, obtendrá por recompensa una bien merecida celebridad y las bendiciones de innumerables familias…”

El contrapunto a lo publicado por Juan María Garay y Conde, donde además expresa no sólo su defensa de la Ciudad de Ecija frente a la imputación (escribe el mismo que no sólo a nivel nacional sino también en el extranjero), que se hace sobre la banda o cuadrilla de los Siete Niños, de ser naturales de Ecija y por ello llevar el nombre de la misma, transcribiendo, para defender su versión, incluso lo relatado al efecto dentro de la publicación del Diccionario Geográfico Universal, ese contrapunto, concretamente respecto a la crueldad, maldad y otros calificativos que reciben los componentes de dicha cuadrilla, así como el carácter heroico con el que se calificaron algunas de sus acciones, se ven reflejadas en otro tipo de publicaciones, noveladas o no, que a lo largo del siglo XIX y XX vieron la luz.

De una de ellas, cuyo original me ha llegado en un muy buen estado de conservación, publicada en Madrid en el año de 1857 y donde no aparece la identidad del autor (aunque pudiera tratarse del escritor y novelista sevillano Don Manuel Fernández y González, autor en 1863 de la novela Los Siete Niños de Ecija, con la que inicia un nuevo ciclo temático de gran éxito en el mundo de la entrega: las historias de bandidos generosos, ladrones y contrabandistas, llenas de aventuras sangrientas y escenas amorosas), se hace un reflejo de esa otra forma de ser de dichos bandoleros, que, fuese o no verdad, no cabe duda que influyó en el sentimiento del escritor, por lo menos, para dejar testimoniado, lo que quizás a aquel le hubiese gustado que fuese. Por ello y con el fin de que sea conocido su contenido, lo transcribo de forma literal, desde la misma portada hasta el final.
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