LOS 7 NIÑOS DE ECIJA
(D. Joaquín J. Nogueras Rosado – 1982)

Quisiéramos ver esta historia no como una mancha en el noble abolengo ecijano, sino como un símbolo popular que quedo para siempre en la leyenda de esta Ecija que tuvo de todo en su dilatada existencia.
Preferimos hacernos eco de aquella estrofa:

Echa vino montañés
que lo paga Luís de Vargas
al que a los pobres socorre
y a los ricos avallasa.

Porque así la leyenda tiene un atractivo quijotescamente popular que vive para siempre en la fantasía del pueblo, como

Siete pensamientos puestos
en siete locuras blancas…

Esos siete que van con sus novias a la grupa de siete jacas jerezanas, camino de Ecija la llana.

Porque en esa fantasía del pueblo noble y sencillo, hay todo un cuento romántico de bravos bandidos generosos, que ejercían a su modo la justicia distributiva de la riqueza, con la arrogancia de las gentes andaluzas y el espíritu aventurero de toda una raza.
Sí, preferimos mejor la caliente poesía popular, que la fría prosa de unos documentos. Ese mismo calor popular que cantaba en el mas vulgar lenguaje del romancero anónimo:

Migueletes y “soldaos”
que nos persiguen sin tregua
estarán hoy “acampaos”
a lo menos una legua.

Según nos dice un espía
“algunos” mas cerca están
formando una compañía
con su bravo capitán.

Si despreciando la “vía”
se acerca “argun” miguelete
le dará la “bienvenia”
las bocachas de los siete.

Ecija no puede renegar de esos “Niños” que lo ultimo que robaron, y por cierto con amor, fue su nombre para repartirlo, como un gran tesoro, por todo el mundo.

Muchos autores han tocado este tema como un asunto enojoso para la ciudad, como si se tratara de un baldón, de una mancha caída sobre el brillante sol del escudo ecijano. Pero nada mas lejos porque los Niños de Ecija, ni eran “Niños” ni eran de Ecija. Además, si se nos apura un poco, hemos de decir que estos bandoleros constituyeron la primera promoción del turismo en Andalucía. Y ahí va la prueba: cuando las viajeras extranjeras que se aventuraban a pasar por Andalucía, comunicaron a sus amigas la noticia de que la diligencia en que viajaron, había sido asaltada por una tipos de patillas largas, extraños sombreros sobre pañuelos a la cabeza, armados de grandes trabucos y largas facas, que después de obligar a todos a descender de la carroza se limitaban a robarles solamente las joyas valiosas, haciendo alarde de ademanes corteses y galanes, llegando incluso a devolver los aderezos cuando se trataba de mujeres jóvenes y bonitas, se produjo un amplio movimiento femenino europeo hacia esta región andaluza, al igual que ocurre ahora con la costa del Sol, atraídas por aquella leyenda de bandolerismo quijotesco. Aunque tampoco faltaron las decepcionadas que atravesando desde Despeñaperros a Sevilla sin contratiempo alguno, se consideraban estafadas, por no haber conseguido la singular emoción de ser protagonistas en encuentro tan romántico.

Empecemos ahora por admitir que el origen de bandolerismo en España, es casi tan antiguo como el de nuestra nación, pues de fechas muy remotas se había ya, en las paginas de su historia, de individuos que mal avenidos con las leyes y costumbres, se dedicaban a la apropiación de lo ajeno y vivían de la rapiña.

Luego las guerras con los árabes, por espacio de siete siglos, y las revueltas políticas, una vez alcanzada la unidad nacional, fueron también causa y motivo de que muchos hombres se dedicaran al bandidaje; y así, unas veces lo vemos como heroicos perseguidores de los moros, y otras, cuando la necesidad los impulsaba, los vemos haciendo toda clase de atropellos. De este modo, en perfecto consorcio con el acto de mayor gloria nos encontramos con el hecho brutal realizado por el bandido, que bien lo encarna el señor que toma el hecho a forma de aventura, o el vasallo que, rechazando una ley injusta y oprimente, opta por la rebelión y decide vender cara su vida, antes que sufrir el servilismo vejatorio. Y no pocos fueron arrojados al campo del bandolerismo por la misma sociedad a la que demandaban protección y amparo, justicia y ley, contra el caciquismo imperante en ciertas épocas. Es la lucha eterna del bien y del mal, del débil y del fuerte, del poderoso y del humilde. No podemos negar tampoco que a la sombra de estos bandoleros, hubiese otros muchos mas viles que los que daban su vida limpiamente por los caminos y haciendas.

Y dicho esto vamos a concretarnos en lo que ocurrió con los “Niños de Ecija”. Al ser invadida la península por las tropas napoleónicas, organizaronse gran numero de partidas de guerrilleros, con la obligación de molestar constantemente a aquellas. Y en esta zona, como en otras, hubo hombres de valor y tan amates de su independencia, que no queriendo sufrir la dominación extranjera, se arrojaron al campo a perseguir y hostilizar las tropas de Napoleón. Pero a la vez que luchaban con el invasor, tenían que atender a sus mas apremiantes necesidades, y no pudiendo entrar en los pueblos, pues hubiera supuesto entregarse a sus enemigos, vieronse en la necesidad de robar para vivir, siendo declarados entonces bandidos.

Después de una larga y penosa lucha, España, tras la batalla de bailen, se ve libre de los invasores. El desbarajuste de una guerra en propio suelo; malas cosechas y epidemias de aquellos años, provocaron un agudo malestar económico que. Unido a la fácil propensión del hombre a la vida de libertad que ofrece la naturaleza, sobre todo para los que se han visto obligados a vivir dependiente de ella, dieron lugar, principalmente en Andalucía, al desarrollo del bandidaje. Además aquellos guerrilleros que tanto contribuyeron a la independencia nacional, eran ya considerados como vagabundos y hombres de mal vivir, dignos solo del desprecio ante la sociedad y de la horca ante la ley, por lo que muchos de ellos, acostumbrados a campar por sus respetos y a obtener por el valor y la astucia mas ganancias que por un trabajo honrado, siguieron en el campo, siendo el terror de los caminos.

Écija ocupa el centro geométrico de Andalucía, muy cerca de Sierra Morena y en pleno camino real, paso obligado de diligencias y de convoyes con ricos cargamentos de especias, oro y plata, procedentes de las Ameritas rumbo a Madrid para las reales arcas. Y no es de extrañar por ello, que este fuera el sitio que eligieron los “Niños”, como el mas provechoso para sus fechorías, tomando así como apellido el de la Ciudad. En cuanto al numero siete, es de suponer que fuera este el mas constante durante su corta existencia, ya que nunca bajo de seis ni paso de doce.

Comenzó entonces una activa persecución contra ello, y Ecija mas interesada que ningún otro pueblo en hacer desaparecer una partida que la deshonraba llevando su nombre, creo y organizo, a mediados de 1812, un cuerpo armado de escopeteros, dedicados exclusivamente a tal objeto.

A su vez los bandoleros se organizaban, y al mando del bravo capitán Luís de Vargas, quedo constituida la primera partida, compuesta por Juan Palomo, Satanás, Mala Facha, Cándido, El Cencerro y Tragabuches. Este ultimo, dado su interesante historial bien merecía un capítulo aparte, pero por apartarse de nuestro cometido solo diremos que el que se llamaba José Ulloa, gitano por los cuatro costados, que cambio su apellido por ese tan ilustre, acogiéndose a la pragmática que dio Carlos III autorizando a los gitanos a tomar el nombre que quisieran, al igual en siglos pasados ocurriera con los judíos conversos. Era natural de Ronda y el apodo le vino por haberse comido de joven un burro recién nacido. Tenia dos profesiones que simultaneaba: contrabandista y torero, contando en esta ultima con la protección de Pedro Romero (creador de la escuela de Ronda), quien le dio la alternativa el 12 de Septiembre de 1802 en Salamanca. Estaba casado con una guapa bailaora que se denominaba “la Nena” a quien tragabuches le sorprendió un amante al que apuñaló una madrugada, tirando a “la Nena” por la ventana de la casa, uniéndose en su huida a la pandilla de los Siete Niños de Ecija.

Esta partida tenia establecida espías en todas la poblaciones de la comarca; consiguieron amistad y protección en determinadas clases sociales, bien por soborno o por terror; designaron por las razones expuestas centro de sus operaciones el termino de esta ciudad, y amparados por la inmediata Sierra Morena, consiguieron ser el espato de toda Andalucía y extender su fama a toda la península.

Todos los medios de represión eran pocos. Cuadrillas de escopeteros y compañías de soldados custodiaban los caminos y pueblos, siendo las mas burlada su vigilancia. La Audiencia de Sevilla impone durísimas penas a los capturados; la capital de España siente verdadera inquietud por el conflicto, y en 1816 se crea una contribución especial para aliviar los gastos que todo ello ocasionaba y que debían pagar varios pueblos de Andalucía, siendo designada Ecija por su importancia y situación, como centro de todas ellas a los efectos de cobro y administración. A quien también se establece una especia de Cuartel General de tropas encargadas de la persecución de malhechores; aquí se reciben ordenes de Capitanía y la Audiencia; y aquí, en fin, establece su residencia el comisionado regio don José García de la Torre, desplazado a Ecija para estudiar tan difícil problema. Todo ellos da lugar a que suena tanto el nombre de Ecija asociado al bandolerismo (fondos para las tropas de Ecija, ordenes a Ecija, abastecimientos a Ecija, contribuciones para Ecija, etc.) que ha pasado a la historia como capital del mismo.

Ajusticiado Luís de Vargas, toma el mando de la partida Juan Palomo, que apresado al poco, cede el puesto a Pablo Aroca, alias “Ojitos”, que rehace el grupo con nombres tan celebres como El Portugués, Sebastián Martín, El Granadino, El Rojo, Minas y hasta incluso un fraile, el famoso fray Antonio de Lagama, de contextura moral semejante a la del cura pervertido de “El diablo mundo” que encuadra Espronceda en las tabernas y bajos fondos de Madrid de hace mas de un siglo.

En cabildo celebrado el 2 de Julio de 1818 se queja la ciudad de que “siendo compuesta dicha partida de bandidos o ladrones, por naturales de Córdoba, Granada, Lucena, Estepa, de otros distintos pueblos, y aun de Portugal, fuese denominada por la de los Niños de Ecija”.

En una reñida acción que sostuvieron las tropas al mando del comandante Vergara contra la partida, en las inmediaciones de una finca rústica situada en el limite de este termino con el de Aguilar, quedaron muertos Sebastián Martín, El Granadino, el Rojo y Minas. El resto de la partida se refugia en Sierra Morena al mando de Ojitos, que vuelve a rehacer la partida con El Portugués, El Fraile, Hornerillo, Candiles, el Chivo y Becerra.

Posteriormente el comandante Vergara comunica en oficio al Ayuntamiento de Ecija, que había conseguido derrotarlos en la campiña de Santaella, matando al famoso Portugués, deteniendo a Hornerillo y el Fraile, y dispersando desarmados a los restantes, quedando reducida la cuadrilla a solo cuatro individuos capitaneados por el llamado Ojitos. Este y sus subordinados se vieron obligados a refugiarse nuevamente en Sierra Morena donde, después de varias batidas, el mismo Vergara consiguió dar muerte al capitán hallándose después muerto Candiles y ocultándose los dos restantes, con lo que se dio la partida por extinguida.

Pese a toda esta documentación que consta en los archivos, los Siete Niños siguen viviendo en la fantasía del pueblo como hombres legendarios dignos de admiración. Y aunque no fueran siete, ni los siete fueran de Ecija; aunque dieran origen al mito unos vulgares ladrones, la leyenda tiene un atractivo heroico y el encanto plástico de un aguafuerte de Goya.