ECIJA, SUS SANTOS Y ANTIGUEDAD (ECLESIASTICA Y SEGLAR)
POR EL PADRE MARTIN DE ROA – 1890
Copia de la que en 1629 publicó su autor

LIBRO II - ( De Écija y sus Santos )

CAPITULO I. FÉ, RELIGIÓN, IGLESIA DE ÉCIJA: CUAN ANTIGUA Y QUIEN LOS PRIMEROS AUTORES DE SU CONVERSIÓN A LA FÉ.

El conocimiento de un solo Dios, primera causa y autor de todo lo creado, sin mudanza permaneció entre los hombres hasta que sus demasías los acabaron en el Diluvio; la religión fue una en todas las naciones, y ni el amor atrevido, ni el temor cobarde tanto habían pervertido la razón, que de pecadores hubiesen pasado los hombres a infieles. En España, que como mejor sienten los que mas bien discurren, estuvo poblada por aquellos siglos, también como en las demás partes del mundo, en su entereza se conservaba el mismo conocimiento y culto de un Dios. Cuando cesaron las lluvias, y las aguas se retiraron a su clausura del mar, abismos, ríos y fuentes, habiendo crecido en número y repartídose por varias regiones los descendientes del patriarca Noé, en ellas fundaron la fé y la religión de sus padres. Así la estableció Tubal en España, y así la profesaron por largos años su descendientes, conservaron las religiosas ceremonias, que para honrar al verdadero Dios habían aprendido de sus mayores, gobernáronse por las leyes que de ellos recibieron, hasta que por violencia de naciones extrañas no sólo el orden de su república turbaron, mas aun su religión. Griegos, fenices, cartagineses, romanos, gente sino todos bárbaros, todos idólatras, con la tiranía de sus armas introdujeron su imperio y con el su idolatría en España. Entonces dedicaron aras, levantaron templos, fabricaron ídolos, cosa que hasta su entrada no habían visto los españoles, que aun adoraban a un Dios. Así discurre el maestro Fray Juan de la Puente, de la Sagrada Orden de Predicadores, en el Lib. III, cap. XX y siguientes, de su “Concordia de las dos monarquías”.

Esto antes de la Encarnación del Verbo en la Virgen Santísima: después que vieron a Dios hombre en la tierra, comenzaron algunos de su nación a conocerle por tal, a creerle, y a reverenciarle con verdadera fé de quien era. La de Écija tan antigua fue cuanto su predicación en España, como en otras ocasiones he dicho, la primera es, que del orbe gentílico, ilustrada con la luz evangélica recibió la fe de Cristo, que hasta hoy conserva y defiende sobre todas las naciones del mundo. Dio la primera nueva de ella el glorioso español andaluz Cayo Opio Centurión, ciudadano de Málaga, aquel que al eclipsarse el Sol entre tristes ademanes de la tierra y sus piedras, confesó por verdadero Dios a Cristo pendiente en la Cruz; el primero que recibió su fé después de su muerte, y la publicó después en su patria.

Publicáronla luego muchos insignes varones de los que convertidos por los Apóstoles, dando vado a la persecución, que coronado el proto-mártir Esteban, levantaron los hebreos en Jerusalén, es esparcieron parte en Asia, parte en Europa. Quinientos de ellos, escribe Dextro, autor digno de tanto crédito como estima, que arribaron en Cartagena de España y la llenaron toda de milagrosas nuevas de los misterios de nuestra rendición. Al mismo tiempo el muy invencible capitán general de las huestes españolas, el sagrado y primer maestro de su santa fé, glorioso apóstol Santiago, único y singular patrono de toda España, y sus discípulos. Después los príncipes de los Apóstoles, inmobles columnas de la fé, S. Pedro y S. Pablo, enseñaron, adelantaron y extendieron los frutos del evangelio. Díolos, y gózolos entre las primeras ciudades de Andalucía, la nobilísima ciudad de Écija, regada no sólo con la doctrina de los sagrados apóstoles, sino con la sangre también de esclarecidos mártires, que en la misma persecución primera de la iglesia, imperando Nerón, dieron sus vidas por Cristo.

Dije, que antes de la venida del glorioso Patrono, nuestro invicto capitán de las huestes españolas, obrador de todas nuestras victorias, gran apóstol Santiago, había dado la primer nueva de la vida y muerte de Cristo en España los centuriones Cornelios, familia muy conocida en Andalucía; no que la convirtieron a la fé, como alguno arguye, condenando a quien admite lo primero, de que juzga el se puede inferir lo segundo, en algún menoscabo de la gloria que a España cabe de haber sembrado en ella el apóstol la primera semilla del Evangelio; en que justamente fundan el único derecho del patronato, por tantos otros títulos también debido a Santiago. Cuyo santo celo como lo estimo y venero, así quisiera que no fuéramos tan escrupulosos en no admitir a otras glorias de España, que bien consideradas no disminuyen a esta; que el haber llevado la Samaritana la primera nueva del Mesías a sus ciudadanos, no quitó a Cristo la prerrogativa de haber sido el autor de su conversión.

Quien dirá que el correo, que trae la primera nueva de la pragmática, que se publica en Madrid, es el primer autor de su guarda? Quien, que el que dá noticia de la venida del médico, y refiere las curas milagrosas de los enfermos, es el que las hizo y les dio salud? bien que por su relación tratasen algunos de hacer prueba de sus remedios, o de ir a buscarlo. El referir otros, como referían, y refirieron muchos de que se hallaron en Jerusalén de diversas naciones, cada uno en las suyas, lo que oyeron a los Apóstoles, de la vida y muerte de Cristo, no les dio derecho ni quitó aquellos de ser lo primeros en ella fundaron la fé.

Que diga Dextro, que los que llegaron a Cartagena, hebreos, huyendo de la persecución de los suyos después de la muerte de S. Esteban, publicaron la muerte y resurrección de Cristo, y la vida de su Santísima Madre, a quien desde España muchos votaban pasos y los cumplían, y llenaron toda esta tierra de nuevas maravillas y nunca oídas, ¿qué contradicción hace a lo que se dice de los pocos que convirtió a la religión católica, Santiago?. Halla esta el autor: “Que aquella palabra muchos dicen mas número que siete o nueve, que dicen haber sido convertidos por Santiago”. Como si fuera esto infalible verdad o fuera crimen y no muy conforme a razón y buen discurso negarlo. No puedo dejar de maravillarme que quien tan celoso es, y con tanta razón, de la honra de nuestro apóstol, como muestra bien la defensa de su patronato, tan llanamente se rinda a esta opinión, habiendo tantas razones para defender lo contrario. Añade que votar pasos y cumplirlos, ya se vé que no es de gente que solo había tenido noticia de la fe, sino de quien estaba muy constante en ella. ¿Qué dirá, si decimos, que el particular de las peregrinaciones de España, a la Santísima Virgen, que a Dextro añade el texto impreso de Zaragoza, es engerto sin sazón fuera de su tiempo y no la tienen sus copias?. Mas dado caso que la tengan, ¿no es cosa muy conocida en Historias sagradas, igualmente que profanas?. Y cuando dijéramos que votaban pasos y los cumplieron no a las primeras relaciones que tuvieron de Cristo y su Madre Santísima, sino cuando después se convirtieron muchos, por la predicación del apóstol y sus discípulos, bastantemente satisfacíamos. En el Éxodo, cap. XVIII, se dice que llovió Dios maná a la salida de Egipto, y en el Deteuronomio, Levítico y de los Reyes, que al mismo tiempo les dio la ley; y cayó aquel de un mes y se dio esta otra cincuenta días después. A Jeremías le dice Dios que acuerde a su pueblo del concierto que hizo con ellos el día que los sacó de Egipto, y habían pasado desde aquel día seis meses. No faltó según esto a la verdad, ni así mismo nuestro amigo D. Tomás Tamayo de Vargas en lo que refiere y colige de Dextro. Mostrarélo mas en otro lugar, que este no lo permite. Solo deseo que los varones doctos que tanto me exceden en doctrina y juicio no estrechasen tanto las glorias de la nación, que de muchas que en ella caben, le quitasen alguna, ni temiesen que por defender la que quieren hacen guerra a las demás.

Debe esta ciudad en gran parte su conversión a la fe al glorioso Apóstol San Pablo, que por los años sesenta y cuatro predicaba en España, adonde el príncipe de la Filosofía moral, mi ciudadano Séneca, le enviaba regaladas cartas de Roma. D. Lorenza de Padilla, Arcediano que fue de Ronda en la Catedral de Málaga, folio cinco del “Catalogo de los santos de España”, tratando de la venida y predicación de S. Pablo en ella, hace fe de esta verdad con la tradición antigua en esta ciudad, y dice:

“Y así muchos antiguas de la ciudad de Écija dicen que este apóstol ha revelado a muchos, que lo tengan por su Patrón y abogado antes Dios, porque mediante su predicación recibió aquella ciudad la fé”.

Así es persuasión de sus moradores, que obligados del Santo Apóstol con singularísimos beneficios, por autor le tienen de su cristiandad, por aficionado intercesor para con Dios, por amparo de su república, por velador en sus ocasiones como luego declararemos.

Alientan otros esta opinión con aquella insigne conversión de Probo y Xantipe, personas principales, a quienes abrió al apóstol los ojos para que viesen la luz del Evangelio, y abrazasen la fé de Cristo. Milagro tan celebrado por todo genero de escritores. No falta quien dé la posesión de esta gloria a la ciudad de Écija, siendo así que, como escribe Dextro en el año sesenta y tres, propia es de Laminio, lugar en el reino de Toledo, a la parte del campo de Montiel; yerro a que dio paso aquel tan célebre milagro, en que se mostró el santo apóstol gran Patrón y defensor de esta ciudad, cuya memoria celebra cada un año en el día de su gloriosa conversión. Referirá el caso quien dio fe de él, Jerónimo de Guzmán, escribano de cabildo, y yo serviré de copiarlo.

CAPITULO II. ESCRITURA AUTENTICA, RELACION DEL MILAGRO QUE OBRÓ EN ESTA CIUDAD EL APÓSTOL S. PABLO. CELO DE SUS REGIDORES EN QUITAR PECADOS PÚBLICOS.

YO GERÓNIMO DE GVZMAN, Escrivano de su Majestad, i del Cabildo desta mui noble, i mui leal Ciudad, de Écija, doi fe a los señores que la presente vieren, que en el arca, i Archivo de las Escrituras antiguas, que los mui ilustres señores de Écija tienen en las casas Reales del Cabildo desta ciudad está una Escritura escrito en pergaminom de la qual por mandado de la dicha Ciudad saque un traslado, su tenor del qual dize así.

Porque la ingratitud es madre de todos los vicios, i pecados, i consiste principalmente en no acordarse el onbre, ni dar gracias a nuestro Señor por los beneficios de su Magestad recibidos, por donde se haze indigno de recibir otros. E por que los fieles, i católicos Crchistianos, que moran en esta Ciudad de Écija, de tanto, i tan gran beneficio no sean ingratos, mas continuamente den gracias a Dios nuestro Señor, por que tan alto, i tan excelente Patrón les quiso dar, como el glorioso, i bienaventurado Apóstol San Pablo: en el nonbre de Iesu Chirsto nuestro redentor, e de la gloriosa Virgen Santa Maria su madre, i abogada nuestra, e de nuestro glorioso Padre Santo Domingo, e de toda la Corte Celestial, siguiese un testimonio de un Milagro, que en esta dicha Ciudad aconteció, cuyo tenor es este que se sigue.

En la noble Ciudad de Écija, Lunes veinte dias del mes de Febrero, año del nacimiento de nuestro Salvador Iesuchristo de mil, i quatrocientos i treinta i seis años a ora de Tercia poco mas, o menos, estando ayuntados en las casa del Cabildo desta dicha Ciudad los nobles, i onrados Don Gutierre de Sotomayor Maestro de la orden de cavallería de Calatrava, i otros cavalleros de la dicha orden, e Tello de Aguilar Alcalde, e Alguazil mayor de esta Ciudad, e Lorenzo de Figueroa, e Rui Martinez de Prado, e Pedro Fernández de Savedra Alcaldes ordinarios, e Alonso de Çayas, e Hernando Diaz de Eslava, e Iuan do Godoy, e Diego de Malaver Regidores desta Ciudad, i Alonso Coronado, e Iuan Sánchez Iurados de la Collación de Santa Cruz; e Sancho Garcia, e Iuan de Ortega Iurados de la Collación de Santa Maria, Iuan Gonzalez, e Gonzalo Martinez Iurados de la Collación de Santa Barbar, e Diego Fernández, e Ruiz Fernández Iurados de la Collación de San Gil, e Iuan de Santaella, e Fernan Martinez iurados de la Collación de Santiago; en presencia de mi Alonso Fernández de Guzmán Escrivano Publico del nuestro señor y Escrivano del Concejo desta ciudad, pareció, e vino al dicho Cabildo de la dicha Ciudad Diego Fernández de Carmona vezino desta Ciudad de Écija en la Collación de Santiago: el qual traxo consiguo un su hijo, que a nonbre Antón móço de edad de catirze años poco mas o menos. El qual dicho moço dixo, e notificó a los dichos Señores en como en la noche passada, un poco antes que amaneciese, estando en su cama, que viera visiblemente estando despierto, un onbre mui ermoso a maravilla; el qual venia vestido de unas vestiduras blancas e dixo, que el en viéndolo, ovo gran temor; e el dicho onbre le habló, e dijo, que no oviese miedo, ca el era San Pablo Apóstol de Iesu Christo, nuestro Redendor, que primero avia sido perseguidor d su santa Fé Catolica, i de su Iglesia, e después avia sido tan grande predicador della, i que le mandava, que fuese, i dixese, i publicase en esta dicha Ciudad, en como nuestro Señor estava mui airado contra las gentes por muchas cosas; en especial, por que no guardavan los dias santos de los Domingos, e fiestas, como debían, ni los santificaban; e así mesmo por que hazian, e consentían muchos juramentos falsos, e muchas blasfemias de su Magestad, e de los Santos, e assi mismo por que no hazian caridad, ni hazian limosna a los pobres, como según la verdad deviesen tirarlo de si, para mantenerlos; e por otras culpas, i pecados. Por ende les dezia de parte de Dios nuestro Señor, que hiziesen penitencia, i se confessasen, i conmulgassen con devoción, i enmendasen los dichos vicios, i pecados, i quitasen las ocasiones de las blasfemias, como son los juegos, e tableros publicos, que sino lo enmendasse, que nuestro Señor enviaría pestilencia grande en la dicha Ciudad. E assi mismo, que le dixo, que por que las gentes le creyessen, que le diese la mano derecha, i el dicho mozo diosela, i el bienaventurado Apóstol le ató, e anudó los dedos unos con otros, según los mostró. Los quales estavan desta manera, los quatro dedos mayores bueltos, e ligados unos con otros tan maravillosamente, que bien parecia ser fecho tal ligamento por poderio de Dios, i no artificialmente por mono de onbres. E por ningun arte el dicho ligamento, se podia tirar. I dixole mas el dicho glorioso Apóstol S. Pablo, que después que esto oviese noticificado, que fuessen al Monasterio de Santo Domingo de la Orden de Predicadores desta Ciudad, e que truxesse aquella mano ligada a la Cruz, que está en el dicho Monasterio, i que luego se abriria, i desataria, e se tornaria tan sana como la tenia. E dixo mas el dicho mozo, que mientras el dicho glorioso Apóstol S. Pablo estuvo con el hablando esto, que no pudo hablar: e que después, que desaparacio, quedó, un rato sin hablar de grande espanto, que avia recibido. I los dichos Señores preguntaron al dicho Diego Fernández, si el dicho mozo su hijo tenia antes la manos sana, el qual dixo que si. I dixo mas, que a este dicho su hijo se le quito una vez la vista el dia de la Conversión de San Pablo, e que su muger prometiera de hacer decir una Missa a Santa Lucia, la qual hizo dezir, pero no vido el dicho mozo. E que una su vecina le dixera, que le ofreciese al Señor San Pablo, que podria ser, que por que avia hilado en su dia la avia venido aquel mal a su hijo, e que la dicha su muger lo hizo ansi, e prometio de hazer un retablo de la Historia de San Pablo en dicho Monasterio de Santo Domingo, e que hizo medir su estadal de cera, e que luego vido. E que algunas vezes se le tirava la habla el dicho su hijo, e la madre hincabase de rodillas, e rogava a Dios nuestro Señor, i al bienaventurado Señor San Pablo, que le sanase el hijo, i que ella haria el retablo lo mas presto, que pudiese.

E luego los dichos Señores oyendo aquesto, ordenaron algunas cosas complidera al servicio de nuestro Señor, i a la enmendación de los vicios , i pecados, e provecho del bien comun desta Ciudad, e mandaron para el Martes siguiente fuessen los Clrerigos de la Universidad con toda la gente desta dicha Ciudad en solene procesión al dicho Monasterio a rogar a Dios nuestro Señor, oviese piedad dellos, i que quisiese demostrar, si era verdad, lo que el dicho mozo dezia. I otro dia fueron en procesión todos los dichos señores con toda la gente comun, assi onbres como mugeres: e dicha Missa solenemente, e fecho Sermón, tomaron la Cruz del dicho Monasterio algunos Religiosos del, i algunos Clerigos con mucha reverencia, e pusieronla en comedio del Altar Mayor, i el dicho mozo fue delante, i hincadas las rodillas llegó con la mano a la manzana de la Cruz, e subiendo arriba por ella, llegando a la imagen de nuestro Señor, que está en la dicha Cruz, se abrio la mano, e tornose tan buena, i sana, como antes la tenia, salvo que le quedaron los dedos un poco mas gruesos, i esto por la memoria del milagro.

Lo que fue visto por toda la gente, testigos que fueron presente los dichos señores con todo el pueblo. I desto según passo, yo el dicho escribano a pedimiento de todos los dichos Señores, de dello testimonio. Fecho dia del año i mes susodichos. I en memoria deste tan gran milagro, e por que por el parece, que el glorioso Apóstol San Pablo es Patrón, i tiene señalado cuidado de esta Ciudad, de que se deven tener por bienaventurados los moradores della, acordaron los dichos Señores de cada año hazer una solene procesión el dia de la Conversión del bienaventurado Patron, de lo qual hizieron voto a Dios gracias.=Alonso Fernández de Guman, Esc. Publ. I del Cabildo, etc.= Corregido concertado con el dicho original que fue hallado en el arca del Cabildo escrito en pergamino, del qual fue sacado este traslado.= Gerónimo de Guzmán, Escribano del Cabildo”.

Fuerza es repara aquí, y aun sentir, cuanto había quebrado aquel santo celo con que los regidores, Cabildo de esta ciudad, trataban el gobierno de su república en aquellos principios, cuando después de quinientos y veinte y tantos años de cautiverio a los moros, la recobraron a su libertad. Entre los cuidados de la guerra, que tan a las puertas tenían en las fronteras del reino de Granada, no olvidaban el principal de remediar pecados públicos, como al servicio de Dios y bien de su ciudad más convenía. Parece así por lo que acordó la ciudad el año mil y trescientos y ochenta y siete, contra dos vecinos amancebados: “Que por cuanto supieron que N escrivano publico, e N carnicero, vecinos desta villa no guardavan regla, que todo ome casado debe guardar, e que públicamente usavan mal haziendo adulterio, teniendo barraganas conocidas; en lo qual fazian ofensa al pueblo, porque tanto quanto el pecado es mas usado, es fecha mas ofensa a Dios, e al pueblo; ordenaron que los dichos N.N. que los pongan en la prisión, i esten ai treinta dias por pena i escarmiento. E mandaron a Men Fernández Alguacil por Tel Gonçalez de Aguilar, que los levase a la dicha prisión por pera y escarmiento del dicho pecado, etc”.

No había entontes hidalguías, ni exenciones de las obligaciones de cristianos; el noble, el plebeyo, el rico y el pobre, corrían parejas en la estacada del Evangelio.

El escribano y el carnicero iguales eran para cumplir su deber, iguales en las penas de no cumplirlo. ¡Oh, cuanto han degenerado los tiempos, cuan fallida anda la justicia en los nuestros!. Telas son de arañas las leyes; no prenden sino viles moquillas; los mayores animalillos las rompes. Pecadores son de privilejio los poderosos, y ningunos mas que los oficiales públicos, pues no contentos con ser exentos en sus personas, exenciones y libertades vende de culpas, con igual interés suyo que daño de la república.

No es de menos ejemplo el segundo capítulo de la instrucción que dio esta Cabildo a su Procurador de Cortes, en fin del año mil trescientos noventa, para que representase al rey don Enrique en esta forma: “Otro si, Señor, sepa la vuestra merced, que las Torres, e muros desta vuestra villa, que son mui viejos, e mui antiguos, e mui flacos, o se an mui mucho de reparar en ellos: e que el repartimiento nos non podemos fazer del todo. Sa la vuestra Merced enviar limosna. E agora Señor el dicho Rei vuestro Padre ordenó, que no oviese tablero, ni tafureria en sus reinos, ni jugasen dados ningunas personas, so ciertas penas, que pagasen a qualquier persona, que las demandassen. E agora Señor, si malos juegos se fazian en tiempo que avia tablero, mucho mayores o perores se fazen oi, por no aver persona cierta, que demande las dichas penas: de lo qual viene daño a nuestros vecinos en deservicio de Dios, por que vos pedimos, Señor, por Merced, por que los dichos juegos non se fagan, e esto sea mejor guardado, que nos fagades merced de las dichas penas, que las ayamos, e podamos arrendar para labor de los muros, pues es vuestro servicio”.

CAPITULO III. S. CRISPÍN, MÁRTIR EN EL PRIMER SIGLO DE LA IGLESIA, OBISPO DE ÉCIJA, MUESTRA DE SU ANTIGÜEDAD EN LA RELIGIÓN, AUTORIDAD Y CREDITO DE FLAVIO DEXTRO, CUAN GRANDE SEA.

Del tiempo en que floreció viviendo, y se coronó muriendo el glorioso S. Crispín, Obispo de Écija, variamente hablan los que de él hacen memoria. Usuardo Francisco Maurólico, de Peregrinis, el Obispo Equilino en sus Martirologios, el de los Padres predicadores hacho por orden del maestro Fray Serafín Cavali, general de su religión; el romano del Papa Gregorio XIII, y el cardenal Baronio en sus notas, igualmente refieren su triunfo y el lugar donde lo alcanzó, si bien en ves de “astigiense o astigitano”, le nombran ASTIGIANENSE; ninguno de ellos señala en que tiempo. Pedro Galesino, protonotario apostólico, aun el nombre varía llamándole Crispiniano, aunque después en las notas de su martirologio se corrige en Crispino, y dándole la misma ciudad que los demás, por campo de sus batallas y vencimientos, dice que las tuvo y alcanzó del fiero enemigo de la fé, Dioclesiano, a cuya persecución, como a las mas cruda, en duración y fiereza, cargan comúnmente los historiadores las coronas y martirios de que no hallan tiempo determinado en las historias. Mucha mas antigüedad les da Juliano, Arcipreste de Sta. Justa, que floreció en tiempo del Emperador D. Alonso, el que ganó a Toledo, cuyo fragmento del principio de sus “Adversarios”, me comunicó D. Tomás Tamayo de Vargas, cronista de su magestad, nuestro amigo, cuyo ingenio, erudición y celo de la gloria de nuestra España merece toda estima, y dice así: “ En la ciudad de Écija, en Andalucía, vivía fresca la memoria de S. Crispín, Obispo de la misma ciudad, el cual como tuviese gran mano con Domiciano, y estuviese sobrado de riquezas y regalos, inspirado del cielo creyó en Cristo, y enviado, como se cree, por S. Clemente a España, predicó en Écija y por toda Andalucía. Fue de nación egipcio, varón verdaderamente muy santo, cuyo cuerpo se reverenciaba en aquella ciudad, hasta la pérdida de España; a quien S. Julián, o S. Isidoro, celebró con un himno que hasta hoy tenemos”. Recelo equivocación en el nombre de Crispín, y nacido en Egipto, señas que se acuerdan con las que da Juliano de S. Crispín, fue aquel tan infame en los vicios y tan cruel perseguidor de cristianos como Domiciano, y como tan parecido a su persona, así lo quiso y honró, que aunque de bajo suelo lo hizo caballero romano, príncipe y tribuno de una legión. Este es aquel de quien ya con nombre de Fescennio, ya de Sifinio, ya de Fescennino, ya de Fescennio Sifinio, hay mucha memoria en los martirologios e historias eclesiásticas, donde leemos sus crueldades con los cristianos; su nombre propio Vario Crispino Sifinio; el de Fescennino sus costumbres, por ventura se lo dieron, manchadas en todo género de torpezas. “Vario, dice Dextro, Sifinio Crispino, Fescennino, nacido en Egipto, ciudadano de Sifinio, en Italia, que siguió los reales de César Dominicano en la Jornada de Alemania, como lo enseña Plinio, en el libro XVIII, y hombre de bajo nacimiento, que persiguió cruelmente a los cristianos, y siendo Emperador Trajano y Adriano los atormentó en Francia”. Mucho temo que hayan confundido a nuestro santo con este verdugo, por la mucha semejanza de las señas, del nombre, de la patria y privanza de Domiciano. Que sea así muestran ser manifiesto los años en que pone Dextro su muerte, en lomas crudo de la persecución de Nerón; y de él a Domiciano pasaron diez y nueve años hasta el de ochenta y tres en que tomó el imperio después de los Emperadores Galva, Otón, Vitelio, Vespasiano y Tito.

Juan Nigravelo, Bibliotecario apostólico hace a San Crispín ermitaño de S. Agustín, no sé con que fundamento, si ya no es que fuese otro de este mismo nombre, Obispo también de Écija, de quien no se halla memoria en nuestras historias, ni en las extrañas. En tanta confusión y tinieblas como hasta aquí vemos envueltas las memorias de San Crispín, descubre, como suele, su luz el insigne español Flavio Dextro, que habiendo tratado varias veces de la persecución de Nerón, desde el año cincuenta y siete de Cristo, llegando al de sesenta y seis dice: “Sanctus Crispinus Episcopus Astigitanus sub Aloto patitur”. Padeció S. Crispín, Obispo de Écija, siendo Aloto juez. Tenía este las veces de Nerón en España, donde muchos años antes que en Roma se guió tan crudamente en el reino de Toledo, en Castilla, en Andalucía, en Aragón, Cataluña, Valencia y Portugal, y por toda España, que apenas dejó lugar de cuenta en ella, que no bañase de sangre cristiana.

“Algunos, dice Dextro el primero de Nerón, de los discípulos de Santiago, siendo Juez de Nerón Aloto, juntándose al Concilio Iliberitano, quemados y despojados de todos su bienes ellos, y los suyos muriendo valerosamente por le fe de Cristo, alcanzaron la corona de mártires”. Y en el año sesenta, particularizando este hecho general, dice : “Muchos en España en la primera persecución de Nerón, que comenzó el año cincuenta y siete, en Sevilla, en Andujar, en Portugal, en Ilíberi, en Tarragona, en Zaragoza, en Andalucía y reino de Toledo, confiscados sus bienes atrozmente fueron atormentados. En el mismo tiempo habiéndose juntado en Cherroneso, que ahora dicen Peñiscola, cerca de Valencia en España, a un Concilio los santos Obispos, discípulos también de Santiago, Basilio de Cartagena, su primer discípulo; Eugenio, de Valencia; Pío de Sevilla; Agathodoro, de Tarragona; Elpidio, de Toledo; Etheno, de Barcelona; Capitón de Lugo; Efrén, de Astorga; Nestor de Palencia, Arcadio, de Juliobriga; confiscada su hacienda fueron muertos por el mismo Juez”.

Continuó la persecución este maldito juez todos los años siguientes y en el de sesenta y seis, que fue el diez de Nerón cuando su rabio se desenfrenó haciendo a mano la ocasión del incendio de Roma, quitó la vida en Écija a S. Crispín, discípulo como se cree, de Santiago, que como algunos dicen solo él, de los Apóstoles, por este tiempo había predicado en España. Si bien otros sienten, y bien, que por este tiempo predicaba en ella S. Pablo. El juez Aloto, uno fue de los facinerosos ministros que Nerón tenía mas a mano para la ejecución de sus crueldades, a quien en vez de castigar como merecía hizo merced Sergio Galva, como escribe Suetonio en su vida, cap. XV.

Los gloriosos hechos del santo, sus excelencias, los milagros que Dios obró por su intercesión, el concurso de toda suerte de gentes que acudía a venerar su sepulcro, los beneficios que de allí recibían, las saludes que alcanzaban, no solo en los cuerpos enfermos sino también en las almas con inspiraciones del cielo, tan sabidos fueron como celebradas hasta la inundación de los árabes, que con su venida anegaron estas con otras ilustres memorias, que para los que hoy vivimos fueran de honra y provecho. Una suma de ellas conservaron San Julián, o bien S. Isidoro, como escribe el Arcipreste de Santa Justa, en el Himno que leemos en su Breviario.

Pondrélo ya aquí en lengua castellana, y al fin de este discurso en la que se compuso latina, para los que la entienden.

A Crispino de Cristo insigne mártir,
Aquel que confesando al uno y trino,
Lavó su cuerpo en baño de su sangre,
Y renunciando el mundo y sus grandezas,
Goza ya entre los ángeles el cielo,
Con justas alabanzas celebremos.
Aquel que generoso despreciando
Del mundo los alagos engañosos,
Puesta la mira en el que rige el orbe,
Siguió sus pasos con alegre gozo.
Aquel que caminando felizmente
Al paraíso con igual presteza,
Dejó vencido en campo al enemigo.
Su sello le echó Cristo, que del cielo
Vió que con pura fé, y heroicas obras,
Su nombre y magestad piadoso honraba.
Acometerle la infernal serpiente
Tentó tal vez, mas el puesto al punto
Con fuerte pecho al enemigo asaltó
Rindió la invida del cruel tirano.
La gracia fue de Dios omnipotente
La que a Crispín armó de tal constancia.
Que ni la cárcel, ni el tormento esquivó;
Ni los azotes, ni la sed, ni el hambre,
Ni menos el rigor del fuego ardiente,
Pudieron afear su cuerpo santo:
Aunque tan fiero los tormentos fueron
Que a no estar en su Dios tan bien fundado,
Pudieran quebrantar su fe constante.
Ante los ojos en el cielo puestos,
El soldado de Cristo, y alentado
Con su favor, desnudo puso el cuello
Al fiero golpe del cruel cuchillo;
Hasta que envuelto en su preciosa sangre
Écija le ofreció sepulcro honroso.
A visitarle vienen mil dolientes
De sus enfermedades aquejados,
Cojos, sordos, lunáticos y ciegos,
Y confesando a Cristo, prestamente,
Con viva luz de inspiraciones santas,
Salud entera por Crispino cobran,
Y cumplido remedio de sus males.
Oh, tu glorioso mártir, que enviado
Ante nosotros de este mundo fuiste
Por nuestro intercesor, al cielo santo,
Senos de hoy mas para con Dios propicio,
Para que así perdone nuestras culpas,
Y sean nuestras ánimas y cuerpos
Librados de enemigas asechanzas.
Y tan piadoso Padre nos concede
Esta merced a ruegos de tu mártir:
Borra, Señor, las cometidas culpas,
Si públicas, o bien ocultas sean,
Para que con alegras corazones,
Todos los años esta misma fiesta
En alabanza tuya celebremos
Gloria canten al Padre para siempre
Los que sus siervos son, gloria a aquel hijo
Que redimiendo al mundo con su sangre,
Y dándonos su espíritu de vida
Herederos nos hizo de su gloria.

Bien se muestra en el discurso de este himno, cuan grande haya sido la santidad del glorioso mártir S. Crispín, cuan ilustre su martirio, cuan crudos y cuan muchos los tormentos que en el padeció por la confesión de Jesucristo; cuan celebrado no sólo en Écija, sino en España; cuan frecuentado de los fieles su sepulcro, tesoro de tantos bienes corporales y espirituales, como visitándole, todos recibían por su intercesión. Allí hallaban ojos los ciegos, allí oídos los sordos, allí piés los cojos, y, lo que es mas raro, seso los que lo habían perdido. Ninguno llegó a él triste, que no volviese consolado; ninguno enfermo, que no le dejase la enfermedad; ninguno necesitado que no alcanzase remedio. Mas no paraban solo en el cuerpo los beneficios del santo pastor, que pasaban también a las almas; y como vivo había favorecido sus ovejas en los unos y en las otras, así muerto no los olvidaba, curaba sus dolencias, y en primer lugar las del alma, alcanzándoles del Señor santas inspiraciones con que se disponían a dejar las culpas, y recibir su divina gracia.

He visto dudar donde hubiese sucedido su martirio, y donde primeramente fue depositado su santo cuerpo: porque siendo dos las Écija, una a quien dieron sobrenombre de VETUS, otra a quien de COLONIA, no determinando en cual de ellas, parece quedar igual el derecho de ambas a pretenderlo. Demás, que siendo cierto que el santo no encerró en solo un lugar su doctrina, sino que la repartió aun con los de fuera de su Obispado, muy verosímil es, que le hubiese cogido la muerte en alguno del suyo. Dio ocasión a este pensamiento una estancia de este himno, donde dice:

Sepulcro corpus homatum reconditur,
Astigitanoe urbique reponitur.

“Al cuerpo se dio en tierra sepultura
Y en la ciudad de Écija se puso”.

Pareció cosa diferente lo primero de los segundo; que aquello sonaba entierro, y esto otro traslación; que aquel pudo ser en Écija la vieja, eso otro en la Colonia Astigitana. Mas bien considerado no añade nada lo postrero sobre lo primero; lo mismo es lo uno que lo otro, declarado mas en la segunda parte lo que se había dicho en la primera. No se hará esto nuevo a quien tuviese observación de los autores, no solo profanos, sino sagrados, a quienes es tan familiar este estilo que no hallo obligado a probarlo. ¿Quién ignora cuan frecuentemente en las sagradas letras, la segunda proposición declara lo mismo que se dijo en la primera? Modo de hablar tan usado en los poetas como el que mas. Decir, pues, el maestro que enterraron a S. Crispín, y lo pusieron en Écija; bien así hablamos también nosotros: corrió fulano, y corrió muy bien; dormía francisco y dormía profundamente; caminó y caminó a gran prisa. Añadimos en lo segundo lo que no explicamos en lo primero. Aunque sin bien miramos, no quiso decir otra cosa el autor del Himno, sino que encerraron el santo cuerpo en su caja y lo colocaron en Écija.
Que no se especifique en el Himno en cual de los Ecijas se hubiese enterrado el santo, nada contradice, porque si fuera en la vieja debiérasele añadir su sobrenombre “VETUS”; lo que en esta otra no era necesario, porque por el suyo propio, sin añadir el de la Colonia, porque era conocida y nombrada en todos los autores. Esta otra no, sino por el “VETUS”, y así diciendo que S. Crispín fue sepultado en Écija, no corrió obligación de añadir que es la nuestra. Menos fuerza mudar opinión lo que se añadió, que pudo ser, muriese el Santo en Écija la vieja y habiéndose depositado en ASTIGI VETUS después de trasladarse a la Colonia. Porque dado que así pudo ser, no consta de otra parte que fuese así, ni el Himno lo dice. Demás que el mismo discurso se pudiera hacer de cualquiera otro lugar, mayormente de su diócesis, y como falleciera en estos el argumento, también en este otro.

Tengo por cierto, que la sepultura del santo fue en la Écija que hoy tenemos,; en que lugar de ella no lo ha descubierto nuestro Señor. Bien que abriendo estos años pasados zanjas para su Iglesia los Padres carmelitas descalzos, se halló en ella una caja de plomo, esculpido en ella un cordero y el rostro de Cristo, que dio ocasión a pensar si fuesen las reliquias del glorioso S. Crispín; a que pudiera dar luz un ladrillo escrito, que juntamente se halló, y no pudo leerse, porque inconsideradamente lo desbarataron. Aunque inscripción en ladrillo no fue de aquellos tiempos; mas pudo ser de los nuevos en el imperio de los godos, en alguna traslación que del santo cuerpo se hizo, como lo persuade la cortedad de la caja, que no se hizo para un cuerpo entero, sino para solo los huesos. Y no dudo sino que como lo dá a entender Juliano, los cristianos escondieron sus santas reliquias en la pérdida de España, que hasta aquel tiempo habían sido allí grandemente reverenciadas. Algún día será el Señor servido de consolar a esta ciudad y a toda su Iglesia, dándole a conocer donde reposa su santo, para mayor gloria suya y veneración de los que él honra en su reino.

Para despertar la memoria y veneración del santo mártir en los corazones de sus ciudadanos y la del glorioso S. Fulgencio, sus Obispos, y la de Sta. Florentina su hermana, y de sus mojas mártires en la persecución de los árabes, determinó la ciudad estos años pasados levantar dos insignes trofeos, uno en el camino del Valle, al paso del monasterio del gran doctor de la iglesia S. Jerónimo, estación frecuentísima, y otro en la barrera del convento del Espíritu Santo, que fue casa morada de S. Fulgencio, cuya parte está incorporada en el mismo convento, con las inscripciones, o, como el vulgo dice, letreros, que entonces hice, y pondré aquí porque no se olviden y se hallen a mano, para cuando se ejecute acuerdo tan honroso a la ciudad, como piadoso:

CHRISTO. IN. SS. VICTORI.
B. CRISPINO. M. ET. B. FVLGENTIO
CONF. (CVIVS. HAEC. AREA. DOMVS. OLIM
FVIT.) EPISC. ASTIGITANIS.
S. P. Q. A. RELIGIONIS. ET. PIETATIS.
ERGO. POSVIT. DD. Q.

En nuestro vulgar dice:

“Memoria consagrada a Cristo vencedor en sus santos. El senado y el pueblo de Écija puso, y dedicó este trofeo al bienaventurado S. Crispín, mártir, y a S. Fulgencio, de quien fue morada esta plaza, Obispos ambos de Écija, por la particular piedad y devoción que les tiene”.

La que se había de colocar en el camino del Valle es de esta manera:

CHRISTO. IN. SS. VICTORI
MEMORIAE. SS. MART. PETRI. ET
VBISTREMVNDI. ASTIGIT. CIVIVM. QVI
IN. ARABICA. PERSECVTIONE. COR-
DVBAE. PASSI. SVNT.
ET. B. FLORENTINAE. V. B. FVLGENTII. SO-
RORIS. SS. ITEM. VV. ET. MART. QVAE.
CORONATAE. HIC. SVNT. PARENTI
OPTIMAE. S. P. Q. A. DD.

“El senado y el pueblo de Écija, dedicó este trofeo a la memoria de los santos mártires Pedro y Wistermundo, sus naturales, que padecieron en Córdoba martirio en la persecución de los árabes; y de Sta. Florentina, virgen, hermana de S. Fulgencio, madre también de las Santas vírgenes, que en este lugar recibieron la corona del martirio”.

De esto haremos adelante especial mención.

CAPÍTULO IV. E. S. HIEROTEO, OBISPO DE ATENAS Y MAESTRO DE S. DIONISIO AREOPAGITA, ESPAÑOL DE NACIÓN, A QUIEN ÉCIJA TIENE POR SU NATURAL.

De los mas ilustres varones, que en la primera fundación de la Iglesia con sus autoridad, letras y celo, después de los apóstoles, acreditaron el Evangelio, y aun les ayudaron a promulgarlo, uno fue nuestro insigne español Hieroteo, que por lo excelencia de su ingenio y sabiduría, verdaderamente celestiales, mereció entre todos el renombre de divino; celebrado por su gran discípulo apóstol de Francia S. Dionisio, con tan superiores encarecimientos, que aún a el parece le faltaban palabras para declarar sus sentimientos y a muchos caudal para entenderlos. Del suelo de su nacimiento afirman constantemente los intérpretes griegos de S. Dionisio Areopagita que fue en España. Así lo refiere nuestro cronista el maestro Ambrosio de Morales en el Lib. IX, cap. XII, de su “Historia de España”. Bien que yo hasta ahora no lo he visto en los que he leído. La prueba de que lo que sea remite el maestro Fr. Juan de la Puente al Lib. VII de su “Concordia de las dos Monarquías”, que por esto y por otras dificultades que ocurre allanar en el, se hace muchos años a desear. En el interior bastará el común sentir de los españoles derivado de unos siglos en otros y confirmado con la autoridad de Flavio Dextro, que como mas cercano a los siglos del Santo, que tantos otros de los extranjeros, que lo dificultan, pudo saber y dejar memoria de los mas cierto. En el años sesenta y uno dice:

“S. Hieroteo, español de nación, a quien convertido por S. Pablo, dio gran nombre la gloria de su discípulo S. Dionisio; vino a España, y habiendo sido primero Obispo de Atenas y después de Segovia, en la región de los arévacos, era tenido por varón de maravillosa santidad”. Esta opinión siguen los mas doctos de nuestra edad.

No falta quien lo dude, no por otra razón, que por haber leído en algunas historias, que era español y gobernaba en España. Hizo novedad y fuerza en contrario, tener gobierno siendo español, que antes sería de cualquiera otra nación que da esta. Pudo despertar esta duda en recuerdo, no se cuan acordado, de algunos escritores extranjeros, que dando lugar de nacimiento a Cornelio, aquel tan celebrado centurión de Cafarnaun, natural de Málaga, como probamos en la nuestra, lo hicieron romano, ya por el nombre que traía de origen de Roma, ya mas apretadamente, porque pasemos por los que muchos niegan, que los extranjeros fuesen admitidos por aquel tiempo en la milicia romana, no lo eran a los oficios de su gobierno, mucho menos en el de la paz. Persuasión, que como allí enseñamos. Engendró en unos la ignorancia, en otros el olvido de las historias antiguas. Dí varios ejemplos contrarios que no repito; daré otros par deshacer este error.

Digo, pues, que no sólo en el siglo de S. Hieroteo, sino también en los que precedieron, que de los mas bajos no pienso que dudarán, muchos españoles gobernaron en la paz, y en la guerra, en Roma, en Italia, en España y en otras naciones sujetas a los romanos, con la lealtad y fidelidad que experimentaron entonces por tan propia de esta las naciones extrañas, y aun la admiran hoy las mas apartadas del orbe. Esta es la principal, la firme, la segura guarda de nuestros reyes: el fiel amor de sus vasallos, tan de cerca de sus mandamientos, como de acero a sus cargas. Con igual ánimo los hallan en el favor, que en el desdén, porque al uno responden con vida y hacienda y al otro con el olvido. Mas de doscientos ochos años antes del nacimiento de Cristo, ganaron no solo sueldo, sino premios en la milicia romana, por el gran valor con que se portaron en la entrada de Zaragoza y de Sicilia, bajo la bandera de Marco Marcelo, abuelo que fue del otro del mismo nombre, que, según piensan algunos, gobernando a España ennobleció la ciudad de Córdoba y sus edificios. Quedaron entonces enredados en Sicilia, segunda vez, los españoles, primeros fundadores de aquella isla, y entró Merico su capitán, español, en Roma, con corona de oro fue uno de los seis del gobierno de su patria, mas aún, gobernó toda la Celtiberia como Pretor del Cónsul Cecilio Metelo, vencedor de Macedonia, cuyo celo, rectitud y justicia, mereció la estatua que muestra una piedra que copió el maestro Ambrosio de Morales, Lib. VII, cap. II, de su Historia; pasó esto mas de ciento cuarenta años antes de nuestra rendición. Tito Thorio, natural de Itálica, que el yerro común llama hoy Sevilla la vieja, general fue de las legiones de Gneyo Pompeyo, hijo del Magno.

Aulo Mevio, natural de Vich, en Cataluña, uno de los insignes españoles que hubo en las guerras de Sertorio; tribuno fue de los soldados del cónsul Lúculo, en Asia, contra Mitridates. Dícelo la basa de su estatua que se muestra junto a dicha ciudad en su sepulcro. Lucio Decidio Saxa, capitán fue de Julio César. Junio Pachecho, general fue del ejercito de Lucio Syla envió contra Sertorio en África. Paulo Emilio Regulo, descendiente de otro de su nombre, insigne español natural de Córdoba, cuyo celo en bien de la ciudad de Roma engrandece Josefo en el Lib., XIX, cap. I de sus “Antigüedades”; Prefecto fue en Roma, o Juez de pleitos, y Questor de Tito César Augusto. Lucio Ovinio Rústico, ciudadano de Tarragona, como en ella muestra una piedra, electo fue Cónsul en Roma, Pretor y Tribuno y teniente general de las legiones de la Misia inferior. Mario Prisco, andaluz, después de haber sido Cónsul en Roma, fue Procónsul en África. Al mismo tiempo Cecilio Clásico tuvo igual cargo en Andalucía, y se portaron tales que por donaire decían africanos y andaluces: “Di mal y diéronme otro tal”.

¿Qué muchos si cuando Hieroteo pudo ser gobernador en España, fue Cónsul Séneca en Roma y Junio Galión, su hermano, Procónsul en Acáia, ante quien los judíos se querellaron de S. Pablo, como se escribe en los hechos de los Apóstoles?. Silio Itálico y su hijo el mayor fueron cónsules en Roma por este tiempo, y Lucano Questor. Pudiera dar innumerables otros ejemplos, sino sobraron los referidos par hacer evidencia de cuan flacos fundamentos se valen los que tan de plano determinan las naturalezas de algunos ilustres varones, quitándolos a unas naciones, y dándolos a otras, ya por afición a las unas, ya por aversión a las otras.

De mucho mas flaca rama se asen los que por solo el linaje del nombre, quieren convencer el de la persona; como si cuantos los tienen, romanos o griegos, un pudieran ser de otra que de esta o de aquella nación. Errada conclusión cuanto mostramos en nuestra Málaga, a los que por ser el nombre de Cornelio romano, dieron a Roma el centurión que confesó a Cristo en la cruz, siendo español y de Málaga. Glareano en su Cronología advierte, en el año de Roma 748, nombrado a Bebio Pánfilo, que por este tiempo, muchos de los romanos tomaban apellidos griegos. Entre los españoles, de unos y de otros tuvimos muchos, por el comercio y común habitación que por tantos siglos conservamos con la una y la otra nación. Tan a mano están los ejemplos, que debe ser escusado ofrecerlos. Lo cierto es que S. Hieroteo fue español y no Griego, que si lo fuera no eran ellos tan poco encarecedores de sus cosas, o tan poco celosos de su gloria, que repartieran esta con los extraños y dejaran de reconocerlo por su natural. Mas era tan notorio el no serlo, que de usurparlo por suyo sin duda se les recreciera mayor infamia que honra.

Que ciudad de España sea la madre de un tan ilustre hijo como S. Hieroteo, en ninguno de los autores se lee; solo Fray Juan Marieta en el libro XXII, donde trata de las fundaciones de las ciudades, hablando de Écija, dice que fue natural de ella, sin dar razón ni autor de su dicho. De el lo refiere D, Francisco de Padilla en la Centuria primera de su “Historia Eclesiástica”. El doctor Francisco de Valdes, del Consejo de Castilla, lo mismo supone como cosa constante, en lo que escribió de la “Procedencia de los Reyes de España”, donde habiendo referido algunas de las excelencias, que de S. Hieroteo escribe su gran discípulo S. Dionisio, añade: “Cumque sit astigitanus, facienda est hic mentio Crispín beati martyris et Proesulis Astigitani”. “Y porque es de Écija, vendrá bien hacer aquí memoria de S. Crispín, glorioso mártir y Obispo de la misma ciudad”.

Debieran todos dar autoridad a su opinión, y aunque no la dieron no puedo persuadirme que para decirla se dejasen llevar tan ciegamente de sola una pura imaginación. El primero que la introdujo, muy poco acreditado está de diligente en el examen de lo que escribe. Los demás pudieron seguirle, persuadidos que no pudo decirlo en balde; los naturales de Écija por suyo tienen al Santo y siempre le nombran con título de su ciudadano.

Fundóse no sin razón en esto Fray Juan Marieta, nada sospechoso en este particular, como también los demás, por no ser naturales de esta ciudad, ni tocarles el amor de la patria, ni otros internes de los que pudieran sacarlos de los quicios de la verdad, o de la que estimaban por tal. Mas a su mano tenían otros lugares que, o por naturaleza o por otros títulos, les tocaban muy cerca y no los hicieron dueños de esta prenda y se la dieron a Écija. Ella es de tanto precio, que se pudiera aventurar cualquier empeño por adquirirla. ¿Quién la desechará ofrecida?. No doy mas calidad a este parecer, del que tiene por sus autores, y por estas razones que los persuaden; mas no puedo dejar de referirlo y escribir lo poco que de sus grandezas llegó a nuestra memoria; habiendo sido tantas que ultra de las que por muchas de sus obras esparció su insigne discípulo S. Dionisio, hizo libro particular de su vida y maravillosas virtudes, que en tiempo de Juliano, Arcipreste de Sta. Justa, se guardaba en la librería de un convento que regía el Abad Alberto Furnesio, como se vé en la dedicación que de su Crónica le hace, donde dice en latín, lo que yo en nuestro vulgar: “Suplico, dice, a vuestra muy venerable paternidad, que me envíe de su copiosísima librería la vida de S. Hieroteo el divino, discípulo de S. Pablo, español de nación, que escribió en griego S. Dionisio Areopagita”. Si tan dichoso fuéramos que alcanzamos a gozarla, ella sin duda desempeñará los grandes encarecimientos con que todos hablan de su divina sabiduría, de la alteza de sus escritos, del milagro de su santidad.

Su excelente ingenio, y generosa inclinación a las letras le sacó de su casa a las extrañas, y le llevó al teatro entonces de ellas, Atenas, donde tanto se aventajó, que favoreciéndole su vida inculpable, ajustada en todo a la razón natural, y granjeándole ya la buena opinión de todos, la rectitud de sus obras, ya el amor y estima, la dulzura de su trato y loables costumbres, mereció, aunque extranjero, subir a la suprema honra de ser uno de los jueces de aquel tan celebrado tribunal del Areópago.

Cuando, donde y como se convirtiese a la fé, no convienen los escritores: afirman unos que en España en la predicación del apóstol S. Pablo, que habiendo sido después del tránsito de la Virgen, a que asistió y acompañó en su entierro S. Hieroteo, excluye precisamente este pensamiento, que no decía con la dignidad de aquella Señora y magestad de aquel acto, que en el se mezclasen gentiles y mas que con celestiales himnos lo celebrasen, como lo hizo S., Hieroteo en compañía de los apóstoles. Que en Atenas le hubiese ganado a Cristo S. Pablo, no me hace menos dificultad, porque siendo persona tan conocida, y tan calificada en aquella ciudad, no es de creer, como repara muy bien Juan Lorino, de nuestra compañía, docto intérprete de los Actos de los Apóstoles, que nombrando a su discípulo Dionisio y a la buena señora Damaris, lo olvidase S. Lucas.

El maestro Fray Juan de la Puente en el libro II, cap. XII, de su “Concordancia de las dos Monarquías”, hablando de los que en Atenas se convirtieron predicando el Apóstol, añade: “Algunos cuentan entre los convertidos a Hieroteo; téngolo por fabuloso por las razones que daré en el Lib. VII. Mas creo a Juan Escoto, monje de S. Benito, que lo hace discípulo de Cristo. Y sospecho que acompañó al apóstol en su peregrinación, y lo dejó en Atenas para regir aquella Iglesia recién fundada e instruir a S. Dionisio en los misterios de la fé”.

Yo grandemente me inclino a que fue enseñado de los apóstoles, especialmente de S. Pablo, mucho antes que el apóstol estuviese en Atenas. Ni es difícil creer que como a la fama de la sabiduría de Atenas dejó su patria, dejase también la ajena al sonido del Evangelio y fuese a verse con los sagrados Apóstoles en Jerusalén, como lo habían hecho muchos españoles, de quien lo escribe Flavio Dextro y Juliano, Arcipreste de Sta. Justa, y el maestro Fray Juan de la Puente en el Lib. II, cap. VI, dá fé de una antiquísima escritura, en la cual un caballero de la familia de los Quiñónes, tan noble en Castilla, vende un lugar suyo en quinientas onzas de plata, para ir a ver a Cristo que predicaba en Palestina.

A S. Hieroteo podo despertarle a este viaje el eclipse tan milagroso y tan admirado de él y de los sabios de Atenas, y las nuevas de la vida y muerte de Cristo, y prodigiosas obras de los Apóstoles, que por la comunicación y correspondencia de los hebreos repartidos en las naciones ya llenaban el mundo. Que no le acompañase S. Dionisio, no es maravilla, que era muy mozo, poco mas de veinte y cinco años, puesto entonces en oficio de tanto lustre, y holgaría de lograrlo y saber de S. Hieroteo la verdad de loo que publicaba la fama. De allí satisfecho su deseo y recibida la fé por la enseñanza de los Apóstoles, pudo volverse a Atenas antes que llegase a ella S. Pablo, o también en su compañía. Con esto pudo fácilmente persuadir después a su discípulo en viaje, que hicieron juntos a gozar de la gloriosa vista de la Santísima Virgen, y lograr el deseo de recorrer los lugares, que había visto, donde se obraron los misterios de nuestra redención. Y para que en sus fuentes recibiese S. Dionisio la enseñanza del Evangelio, que había gastado en la predicación de San Pablo, comunicada de los Apóstoles.

Que de ellos la hubiese recibido primero S. Hieroteo, su mismo discípulo S. Dionisio lo significa en el Lib. I, cap. III de los “Divinos nombres”, donde encareciendo la doctrina de su maestro, dice, que trató con extremada alteza los misterios teológicos que aprendió de los santos teólogos, esto es de los sagrados Apóstoles. Favorecen grandemente este parecer al doctor Juan Mollano y el protonotario Pedro Galesino, por estas palabras: “ En Atenas se celebra la memoria de S. Hieroteo, Obispo instruido en la fé de Cristo por los Apóstoles, a quienes tomó por dechado para imitarlos; fue de gran gloria a la cristiandad. Enseñó celestiales virtudes a S. Dionisio de Areopagita, a quien convirtió a la fé de Cristo San Pablo”. Aquí distintamente hacen al uno hechura de San Pablo y al otro de los apóstoles. Ni ofenden este parecer los que dicen que instruyó S. Pablo en la fe y le dan nombre de su discípulo, porque también lo fue y fueron sus maestros los Apóstoles, a quien comunicó antes en Jerusalén. Porque de otra manera, como le dejara el apóstol, que cualquiera otro de sus discípulos. A lo menos no se puede presumir que quedará el tan inferior en la doctrina del Evangelio, que tuviera necesidad de aprenderla de alguno de sus iguales y compañeros; y fue s. Hieroteo el maestro de la primera Teología, que se supo en toda Grecia, y abrió escuelas para enseñarla y las continuó su discípulo S. Dionisio; como lo nota el Arcipreste de Santa Justa en el año 108, diciendo que este año hubo en Atenas, escuelas de Teología como las había habido en tiempo de los santísimos Obispos Hieroteo y Dionisio Areopagita; y aun parece que en el orden de nombrarlos, guardo el que había tenido en la sucesión de la dignidad. Hace sombra a estas conjetura Simeón Metaphraste en la vida de S. Dionisio, donde dice, que no solo recibió de S. Hieroteo la enseñanza de la sagrada teología, sino aun los primeros rudimentos de la fe, y que habiéndole instruido en la predicación y ejemplo de la vida alcanzó de el la comunicación del Espíritu Santo.

No voy con los que afirman y dan por sucesor de S. Dionisio a S. Hieroteo, en el obispado de Atenas, de que ninguna otra razón proponen sino que partiéndose el santo para Roma, a ningún otro pudiera dejar encomendada su iglesia, que mejor cuenta diera de su gobierno, que a tan sabio como santo pastor. Mas bien considerado, llanamente se acerca mas a toda buena razón y discurso, que S. Dionisio hubiese sucedido en la silla de S. Hieroteo, pues siendo el oficio del Obispo ser maestro y enseñar a sus súbditos, no parece tan acordado dar la cátedra al discípulo negándosela al maestro que lo enseñaba, y tal maestro como era S. Hieroteo, a juicio del mismo S. Dionisio y de todos, de superiores ventajas. Abona este sentimiento el Breviario griego que me comunicó de su librería el insigne doctor Bernaldo Aldrete, donde en una lección en la fiesta del santo, dice en griego lo que aquí en latín: “Nactus est primum sui cathechisten Paulum: inde sufragiis creatus Episcopus Athenarum”: que habiendo sido instruido por San Pablo, luego fue electo obispo en Atenas. El maestro Fray Juan de la Puente en el Lib. 1, cap. IX, llanamente lo afirma: “ S. Hieroteo, español, discípulo de Cristo, o de sus Apóstoles, como probaremos en el libro VII, fue el primer Obispo de Atenas a quien San Pablo encargó la conversión en Grecia, que el mismo apóstol comenzó”. Esto mismo da a entender el Prólogo de las obras de S. Dionisio, que últimamente trasladó en latín Pedro Lansélio, de la Compañía de Jesús, donde se dice: “ Que después de haberlo instruido muy bien Hieroteo en los misterios teológicos puso S. Pablo en la silla obispal de Atenas a S. Dionisio”.

Hace a favor Hilduino en su vida, diciendo que por tres años aprendió S. Dionisio del apóstol, y le acompañó, y después habiendo vuelto de Tesalónica, le ordenó Obispo; y no es de creer que tanto tiempo hubiese dejado aquella Iglesia sin pastor el apóstol, cuya costumbre, como de los demás, era dar luego pastores de los mas provectos discípulos que tenían a las Iglesias que fundaban.

Alienta mas este pensamiento lo que después se añade en su vida, que no subió a la dignidad obispal, escalándola como quien quiere robarla, sino que entró por la puerta y pasando por todos los grados inferiores subió a los mayores, y habiendo aprendido a ser bien enseñado, comenzó a enseñar a otros experimentado. Y habiéndose hecho a obedecer con humildad y a enseñar con fidelidad, después de haber ejercitado todos los misterios de sus ordenes, finalmente le fue mandado regir el Obispado de Atenas y presidido su Iglesia. Pués todas estas ocupaciones y santos empleos de aprender, enseñar, ejercitarse en los ordenes y misterios inferiores, para ser promovido a los superiores, tiempo requerían y en el no había de estar Atenas sin pastor, y está muy a mano pensar que lo fuese S. Hieroteo por las razones ya dichas; lo que también persuade que acompañó S. Hieroteo al Apóstol y que bien enseñado en la fe le hubiese encargado de aquella Iglesia, a ejemplo de S. Pedro y de los demás compañeros apostólicos, que enviados a predicar el Evangelio, no fiaban comúnmente el cultivar las nuevas plantas de los recién convertidos, sino de los discípulos que traían consigo, después de experimentados en la fe y en la doctrina.

Aprieta este punto mas la razón de los tiempos, porque si es así, como algunos dicen, que el año de cincuenta y ocho partió S. Dionisio de Atenas, a verse en Roma con los maestros de la fe, los príncipes de los Apóstoles, S. Pedro y S. Pablo, que halló ya martirizados, y para hacer este viaje dejó encargada su Iglesia a quien cuidase de su gobierno: no pudo ser S. Hieroteo, que por este tiempo había dejado ya esta vida y entrado en posesión de la eterna, y como ellos piensan y San Dionisio lo significa en lo que escribe de los divinos nombres a S. Eugenio, llamado por excelencia Timoteo, donde claramente habla de él, como de persona que no estaba entre los vivos. Mayormente que, como advierten los que escriben su vida y lo refiere el cardenal Baronio en el tomo I de sus Anales, y repite en las notas del Martirologio romano a los IV de octubre, a S. Dionisio sucedió Publio: así lo dice Orígenes en el Lib. III, “Contra Celsum”, y lo refieren otros; a este Quadrato, y si creemos a Hipólito, primero que todos San Narciso, uno de los setenta y dos discípulos de Cristo.

Cuanto mas, que si como otros escriben, entre los varones apostólicos que por los años noventa y uno y después en tiempo de S. Clemente, llevados del espíritu divino, discurrían por diferentes partes para derramar la fe, uno fue S. Dionisio, que dejando sucesor en Atenas, predicó por muchas regiones de Grecia y llegó a Roma y se echó a los piés del viario de Cristo en la tierra, Clemente; no pudo dejar por sucesor a s. Hieroteo, que ya había venido a España y había muchos años que estaba en el cielo, como se colige de los que de él dice Dextro en el año setenta y uno: “Hieroteo, español de nación, vino a España y habiendo sido antes Obispo en Atenas y después de Segovia, era tenido por varón de santidad milagrosa”. Donde juzgan muchos que habla del el como de difunto y si no lo era, ya había dejado la silla de Atenas, y tenía la de Segovia con el aplauso de santidad, que Dextro nos dice. Lo cierto es, que S. Dionisio no salió de Grecia hasta que S. Juan de su destierro, muerto Domiciano, en el año noventa y ochos y siendo Pontífice S. Clemente, que al fin de este año le envió por su legado a Francia; y entonces, convienen todos, que fue sustituido S. Pubilo, con que se convence claramente que no pudo sucederle San Hieroteo.

De su venida a España y obispado de Segovia, ninguna otra memoria tenemos sino la que nos dio este autor, y por ventura en ella se fundaron los que le confundieron con Filoteo, discípulo también de S. Pablo, que después de su martirio fue enviado a España por S. Clemente con potestad de legado, acompañando hasta Francia a S. Dionisio. Y es muy verosímil que el amor de la patria y deseo de enseñarla con su doctrina en la fe, le hubiese animado a S., Hieroteo a dejar la tierra de su crianza, por venir a la de su nacimiento, donde pudo tener la cátedra en Segovia. Cuanto mas que otro motivo tan fuerte pudo solicitarle a este viaje: el debido reconocimiento a la leche con que se había criado, de su maestro el apóstol S. Pablo, que por los años sesenta y tres o sesenta y cuatro predicaba en España. Ni hará novedad que por solo verle y comunicarle, hubiese emprendido camino tan largo y que el mismo apóstol le hubiese puesto por obispo de Segovia.

De todas estas dudas nos quitará la vida que de este glorioso español escribió su discípulo S. Dionisio, si fuéramos tan venturosos que la alcanzáramos. Persuade también esta venido a España, la costumbre tan introducida entonces de los varones apostólicos, que para gozar de la presencia y trato de sus maestros, especialmente los Apóstoles, no dudaban en hacer jornadas muy largas. Así lo hizo S. Pablo con S. Pedro, S. Dionisio con S. Juan y S. Clemente, y con el su grande amigo y compañero S. Marco Marcelo Eugenio, Arzobispado de Toledo. Y si este llegando a Francia tomó el obispado de Tolosa, huérfana entonces por la muerte de S. Saturnino su pastor, ¿qué mucho que tomase S. Hieroteo el de Segovia, habiendo dejado el de Atenas, como también su discípulo S. Dionisio la de París, lugar entonces de menos cuenta, según escribe Miguel Sincelo en su vida?. Así es fuerza buscar convivencia en las cosas que por falta de otras memorias no podemos asegurarlas.

Algunos por huir el fastidio de esta averiguaciones, por falso condenan lo que no alcanzan y por supuesto al autor que lo escribe. Diré de esto al fin lo que siento.

No desdice de nuestra opinión el testimonio de las láminas que estos años pasados se descubrieron en el Monte Santo de Granada, donde si dice que está la vida de S. Cecilio, discípulo de Santiago, en que se dá a entender que había estudiado en Atenas, y que volviendo a visitar los lugares santos de Jerusalén, pasó por esta ciudad y habiendo perdido la vista con los trabajos de la peregrinación, cubriéndosele los ojos de escamas, en ella halló un santo varón por Obispo, que consolándole, le aplicó a ellos un lienzo con que la Virgen Purísima enjugó los suyos el amargo día de la pasión de su hijo, con que luego cobró la vista. Entonces Cecilio con encarecimiento pidió parte de aquella reliquia para honrar a su tierra con ella. Alcanzóla con otras y con una profecía que tradujo del hebreo en griego, por manos del sapientísimo filósofo Dionisio Areopagita.

Infiere de esto, y bien, D. Tomás Tamayo de Vargas, que por lo menos consta de ello que era otro entonces el Prelado de Atenas, y así es verdad; mas no se prueba que fuese S. Hieroteo, si bien yo me persuado que pudo serlo; y no lo había sido antes S. Dionisio, ni lo era entonces, aunque estaba en Atenas, donde se muestra que hizo la traducción de la profecía. Estuvo S. Pablo en Atenas el año cincuenta y dos: cuando en este hubiese dádole por Obispo S. Hieroteo, no es mucho lo fuese por este tiempo, que dicen sería el de sesenta de Cristo; y de este al setenta y uno en que Dextro hace memoria de el, o al sesenta y ocho en que otros le hacen difunto, lugar hubo para su venida a España y ser Obispo de Segovia como adelante se verá ser verosímil.

Que no haya otra memoria de esto en los escritores, si bien hace duda, no arguye falsedad, y en las cosas de S. Hieroteo menos que en otras, porque de ellas casi es nada lo que hallamos escrito. La causa fue cierto el haberlas tratado tan de propósito y tan por extenso su discípulo S. Dionisio en libro particular, y según era el afecto, la estima y aprecio que tuvo de su maestro, cual muestra siempre que se le ofrece nombrarlo, es muy de entender que no dejaría cosa que nadie pudiese añadirle. Ahora mil doscientos años había muchos autores que escondieron los siglos; había grande y las fresca noticia de lo que ahora ignoramos, sabiesen los sucesos, principio y progresos de la Iglesia, de sus prelados y mártires, como ahora las de nuestra cautividad por los árabes, que aun el vulgo las cuenta. Cuando fiorecía Flavio Dextro, por aquel tiempo no había cosa en el mundo, particularmente en España, que mas anduviese en la boca y puma de todos, que los aumentos de la fe, su dilatación en varias naciones por los Apóstoles y varones apostólicos; sus nombres su hechos, sus gobiernos, los frutos de ellos, todo era tan notorio que no podía ocultarse a los ojos abiertos de un tan diligente escritor, mayormente en cosas tan de su casa, como era las de su patria y nación. Todo eso me persuade que tuvo Dextro bastante autoridad para escribir el segundo obispado de S. Hieroteo en Segovia.

Añado ahora, que de su venia a España no faltan conjeturas de buen peso. Tal es la invención de su sagrada cabeza en el monasterio de Sandoval del orden Cisterciense de S. Bernardo, a la falda de las montañas de León, donde hallándose acaso el maestro Fray Francisco de Vivar, Procurador general del dicho orden en Roma, supo que había tradición allí de haber entre otras reliquias la cabeza de S. Hieroteo, mas sin escritura alguna que lo certificase.

Codicioso el de tan gran tesoro hizo abrir el sagrario de ellas, y viendo la cabeza quitóle con algun cuidado un lenzuelo que de muchos siglos antes tenía cosido y muy apretado; fue Dios servido que pareciese un pergaminillo antiquísimo no mas largo de medio dedo con estas letras griegas: KEPHALE HIEROTHEOV, “La cabeza de Hieroteo”. Fue increíble el gozo, dice, que bañó los corazones de todos los monjes de aquella casa que hallaron presentes, y en hacimiento de gracias se hizo aquel día de su invención, 5 de agosto de 1625, una solemne procesión y se celebró la misa del mismo santo.

Es muy verosímil que en tiempo de la cautividad por los moros se llevaron sus reliquias a aquellas montañas; y bastante prenda de la verdad de Flavio Dextro, a quien con tantas otras mejoras de España, debemos también esta tan calificada de haber sido este glorioso santo el primer Obispo fundador de la Santa Iglesia de Segovia, obligación que fuerza a reconocerle y reverenciarle por tal, prestándole los servicios y privilegios que le son debidos por serlo. Escribe esto el autor en sus comentarios a Flavio Dextro.

La alteza de ingenio, la grandeza de sabiduría, la luz de santidad, la excelencia de virtudes con que el divino español Hieroteo resplandeció en el mundo, honró su patria, ilustró la iglesia y enseñó las gentes, ¿con que otras palabras mejor se darán a reconocer que con aquellas, que el asombro de entendimientos humanos, el angélico S. Dionisio Areopagita, tan humilde como grande discípulo suyo, escribe en los milagrosos libros, que intituló de “Divinos nombres”, a S. Marco Marcelo Eugenio, segundo Arzobispo de Toledo después de San Elpidio, que por la excelencia de su vida y doctrina se llamó Timoteo?.

Hallaba el santo en las obras de Cristo tan soberanas maravillas, tan retirados secretos, tan superiores sacramentos, que deseando ponerlos a vista de todos, no solo de las sentencias de su maestro S. Hieroteo se vale para alcanzarlo, sino que traslada sus palabras y dice: “De estos misterios en otras ocasiones he hablado bastantemente, siguiendo las huellas de mi glorioso maestro S. Hieroteo, que habló de ellos con tanta profundidad como loa, en sus comentarios de teología, bien que como el lo había aprendido parte de los sagrados Apóstoles, parte con el solícito y cuidadoso estudio de las divinas letras, por largo tiempo y continuo ejercicio; y mucho mas con la afectuosa meditación de los divinos secretos y celestiales ilustraciones que en ella recibía”.

Gloriosa llama y bienaventurada la enseñanza de S. Hieroteo, porque no era solo aprendida con sus estudios, sino inspirada del cielo y experimentada con la soberana luz que tenía impresa en su entendimiento de las cosas sobrenaturales de que hablaba el, no como quien las entendía solamente sino como quien las sentía; y pone luego el título a lo que de el traslada diciendo: “Del libro que escribió de la dignidad y excelencia de Cristo el santísimo Hieroteo”.

Este envió S. Dionisio a su compañero y amigo San Marco Marcelo Eugenio, por renombre Timoteo. Paciole oscuro por la alteza de pensamiento que contenía y remitióselo como superior a su entendimiento. Tomó a su cuidado al santo declarar copiosamente lo que por la mucha brevedad de su maestro se hacía dificultoso. Mas como tan humilde previene la sospecha, que pudiera acaso engendrar, si con alguna presunción tentaba suplir alguna falta de su maestro, derramándose tanto en alabanzas de el , cuanto excusando su diligencia en el asunto de declararlo por habéroslo pedido Timoteo.

“Será, dice, por ventura necesario dar alguna satisfacción, porque habiendo nuestro glorioso maestro Hieroteo tratado tan altamente estos puntos de Teología, habrá quien se maravilla de que aquí y en otros lugares, nosotros los repitamos como si no fuera muy cumplido lo que él escribió. Mas si el se hubiera dignado tratar generalmente de todas las obras divinas y declarar todo lo que de ellas nos enseñan las letras sagradas, parte por parte, no llegara a tanto nuestra rudeza ni saliera tan fuera de paso nuestras soberbia, que presumiéramos de entender mejor o enseñar mas a gusto lo que el dijo dicho. Ni atribuyéndonos sus trabajos, su enseñanza y doctrina, tuviéramos ardimiento de hacer agravio a quien reconocemos por maestro, amamos como amigo y reverenciamos como aquel a quien, después del divino apóstol, debemos lo que aprendimos. Comprendió el muchas cosas en una, enseñónos altos misterios, dejándonos a nosotros y a otros maestro inferiores, declarar a los pequeñuelos las grandezas que en sus escrito dejó como en compendio encerradas. Allégase a esto, haberme tú exhortado a hacerlo y enviádome el libro para que lo hiciese. Harélo pues con este aviso de no repetir lo que el dijo. Dejaré todos sus escritos a los doctores y maestros de ingenios y partes mas aventajadas, como enseñanza, que después de la sagrada escritura, tiene el primer lugar “. Tan alto sentía S. Dionisio de la doctrina de su maestro, que comparada con las demás, solo en las sagradas letras reconocía ventaja, y lo confirma diciendo:

“Concurrimos, mi glorioso maestro y yo con los sagrados apóstoles, columnas de la iglesia, y con muchos otros señalados varones discípulos de Cristo, en Jerusalén a ver aquel soberano sagrario del cuerpo difunto de la santísima Virgen, de cuyas purísimas entrañas nació dios hecho hombre. Hallóse también allí Santiago, hermano del Señor, y la cima, corona y honra de todos los teólogos y doctores, S. Pedro; y habiendo visto aquel milagro del mundo, llenos igualmente de gozo que de admiración, pareció a todos los que allí nos hallamos presentes, que todos, así los sagrados Apóstoles, como los demás santos varones, cada uno según sus fuerzas, a medida del favor que se les comunicase del cielo, engrandeciesen con justas alabanzas el inefable misterio del verbo Dios hecho hombre; la pureza sobreangélica de su Madre, los innumerables bienes que de el y por ella recibían los hombres. Razonaron aquí como primeros maestros y cantaron himnos los sagrados Apóstoles, con ventajas a los demás insignes varones, que después persiguieron el intento no con menos devoción que doctrina, como recibida del cielo. Venció no solo a todos estos, sino también a sí mismo el ilustrísimo Hieroteo, aunque gentil todo de nación y de la gentilidad convertido a Cristo. Venció, digo, en sabiduría, en gracia de la lengua, en afecto de devoción a juicio de cuantos le vieron, le oyeron y conocieron. Tan ardiente era el fervor de su espíritu, la fuerza de sus razones, el fuego de sus palabras, que parecía que había salido de sí, todo arrebatado en Dios y transformado en él. Mirábanle, oíanle todos con igual gusto y admiración como a un hombre lleno de Dios, abrasado todo en su amor, bañado en luz de sabiduría, que sabía todo a Dios, sabroso él a todos”.

“Pues ya cuando se ofrecía enseñar a otros la doctrina que profesamos y reducirlos a nuestra fé, milagrosa cosa era ver las ventajas que hacía a muchos de los doctores de nuestro tiempo en declarar los misterios, en facilitar la enseñanza a los ignorantes, en la gracia de persuadir y finalmente en todas las buenas calidades, que desearse pueden en el mas perfecto maestro.

De manera que no me atreviera yo a fijar los ojos en sol tan resplandecientes, cuanto mas pensar de alcanzar los rayos de sus doctrina, cuya alteza dejaré yo para los mejor entendidos, y para los demás declararé mas a lo sencillo y humilde, lo que él trató en sus escritos en general”.

Así sentía y hablaba el sapientísimo y juntamente santísimo doctor S. Dionisio, de las ventajas de S. Hieroteo. Así nos dio a conocer la excelencia de santidad de su maestro y la suya, tanto mayor y mas segura cuanto mas fundada en tan profunda humildad. Y advierte muy bien Pedro Lansélio, de nuestra Compañía, en sus notas al santo que dice mucho mas de las acciones y obras de S. Hieroteo, que lo que pueden significar cualesquiera palabras latinas.

Escribió S. Hieroteo las “Instituciones Teológicas”, un libro de alabanzas del amor, otro de canciones sagradas, y de todos trasladó en sus obras S. Dionisio gran parte. No paraban sus estudios en solo discursos de entendimiento, seguían los afectos de la voluntad a os pensamientos, y amaba ella lo mucho que de las grandezas de Dios él conocía.

Con el uso continuo de hacerse presente a su Magestad en la oración, en todos lugares, en todos tiempos, en todas ocasiones, tan a la puerta le tenía siempre del corazón que aun sin llamarle, él se entraba dentro, y de tal manera le ocupaba el alma que mas le hallaban en Dios, que en sí mismo. Tan anegado andaba en aquel mar inmenso de las divinas perfecciones, que aunque tan aventajado en las demás ciencias, no parece que sabía ni gustaba otra cosa sino la dulzura de aquellos bienes, que tan caudalosamente se derraman de aquella primera fuente de todo bien. Tan suave, tan regalada, tan amorosa era su contemplación, que aún no le cabía el fuego en el pecho, salíale el calor a la boca y caldeados los labios, rayos daban de fuego; que tales eran sus palabras y tales efectos hacían en los oyentes. Cuando estos faltaban cantaba a fuer de enamorado tiernas canciones a su Señor, a su Reina la Santísima Virgen y a los moradores del cielo. Y para que a veces pudiesen hacerle compañía los de la tierra no las fiaba de voces, que las lleva el viento: escribíalas con la pluma. Gastólas el tiempo con sus mudanzas, aunque vive a pesar de ellas su memoria, para dolor de haberlas perdido. Sólo tenemos principios de algunos Himnos, que para colmo de lo que había escrito S. Dionisio de las grandezas del divino amor, los traslada en el cap. IV de los nombres de Dios.

¿Quién duda sino, que de tan heroico caudal de sabiduría, de santidad, de tan divino espíritu y tan soberanos dones, como el Señor puso en este glorioso varón, saldrían divinas obras en el gobierno de sus Iglesias, en la enseñanza de sus ovejas, en la conversión de los infieles, en la dilatación de la fé?. No pudo caber menos que muy gran parte del fruto de sus trabajos a España, si como dicen otros le tuvo por hijo. Por estos pasos, tan concertados como provechosos, llegó al de la muerte, tan dichosa para el como triste para tantos que perdían en el padre, pastor y maestro. No quedó memoria del tiempo en que sucedió, por haberse perdido la vida que de el escribió su discípulo, mas conjetúrase que fue antes que padeciese San Pablo, o no mucho después antes del año setenta. Mucho es de sentir, que entre las fiestas de España, falte la de un tan glorioso español. Este año pasado de 1625, comenzó el ilustrísimo Cabildo sede vacante de la Catedral de Sevilla a tratar de señalarle día y oficio, como a santo su natural; obra digna de tal Senado.

No pasaré de aquí sin dar alguna significación de lo mucho que siento el agravio, que a toda la antigüedad y a su descendencia hacen, particularmente a nuestra nación, algunos que de muy censores, o no admiten, o reprueban autores antiguos como Flavio Dextro, Máximo, Juliano, etc., no por otra causa que por hallar en ellos algunas dificultades a que no encuentran salida.

Propiedad verdaderamente de ingenios cobardes, huir el rostro a la dificultad que se ofrece, negándolo todo; como volver la espalda al enemigo, dándose por desentendidos de que les sale al encuentro, por no hallarse obligados a medir las armas con el. Mayor gloria fuera hacer rostro a lo arduo, que negarse al trabajo que ha de costar el vencerlo. Contradecir, bien pueden los ignorantes; probar solo saben los sabios. ¿Qué si buscan razones de lo que niegan? no harán mucho; mas hicieran, si, como a otro propósito dijo Quintiliano, los discursos que gastan en ofender la autoridad de un escritor que tanto lustre da a su nación, emplearan en defenderla. Cuanto mas, que como dice Tertuliano, Lib. VI, cap. II, “De Spectaculis”, “Sabía argumentadora es la ignorancia”. No hay duda sino que yerran mucho los que por no hallar salida fácil a sus dudas, tienen por falso todo aquello que las levanta. Hallarán otros pié donde yo me anego y verán luz donde yo tinieblas, Que ni es igual en todos la vista, ni los discursos tan prestos que no pasen adelante unos de donde otros se quedan. Mas hidalguía es confesar mi ignorancia, que atribuirla a otros por encubrirla. Dijo maravillosamente Tertuliano:

“Loan lo que saben, dicen mal de lo que ignoran, y aun eso que saben lo echa a perder con lo que no saben. Siendo mas puesto en razón juzgar, que serán las cosas que les son ocultas, como las que les son manifiestas; antes que condenar las manifiestas, porque no alcanza las ocultas”.

Así deberían hacerlo los que por no saber con que apoyar algunas relaciones de Dextro, todo lo condenan por inventado. Mas hidalgamente el otro, de quien escribe Cicerón, que oyendo a un orados y no habiendo entendido mucho de lo que había dicho, dijo de él: “Lo que entiendo bueno es, pienso que también lo es lo que no entendí”. Bien lejos van de esta cortesía los que confesando la aprobación que este autor tiene de tantos hombres doctos, prefiriéndose a todos se atreven a censurarlo de apócrifo. Mostrara cuanto se engañan, si el lugar lo permitiera.

CAPITULO V. DEL GLORIOSO S. FULGENCIO, OBISPO DE ÉCIJA, Y DE SUS DOS ANTECESORES GAUDENCIO Y PEGASIO, OBISPOS DE LA MISMA CIUDAD.

Desde el triunfo de S. Crispín, primero de los que hay memoria, Obispo de Écija, que desnudo de la pesadumbre mortal de su cuerpo, envió su alma a gozar los bienes del cielo, en el año setenta de nuestra redención por Cristo, ninguno otro hallamos en la silla de su Iglesia por mas de quinientos años, hasta el de quinientos ochenta en que presidía en ella Gaudencio. El número, nombres y calidades de los que le precedieron en tantos siglos, no hay duda sino que con otras innumerables memorias, que echamos menos a cada paso, las sepultaron los árabes, no mas en las guerras, que en la paz de su tiranía.

A Gaudencio sucedió Pegasio, que por los años quinientos noventa gobernaba esta iglesia. Lo uno lo otro consta por una carta que el primer Concilio de Sevilla le escribió, estando ausente por la falta de salud, como muestra la salutación de la carta. Tampoco se halló en el tercero de Toledo que el años antes de 589, se había celebrado en aquella ciudad. Mas asistió en su nombre y con sus poderes un diácono de la Iglesia de Écija llamado Servando, y firma. “Servando, Diácono de la Iglesia de Écija, agente de mi Señor el Obispo Pegasio, firmé”. Veráse en aquella carta cuan grave y rica era entonces la Iglesia de Écija, con tanto número de esclavos, y ellos también hacendados como en ella se muestra.

Tercer obispo de Écija en tiempo de los godos, fue Fulgencio, hijo de Severiano, duque o gobernador y capitán general de Cartagena en España; y Teodora, hija de Teodorico, rey de los ostrogodos; hermano segundo de San Leandro, San Isidoro y Santa Florentina, y tío hermano de madre del glorioso príncipe y mártir S. Hermenegildo. Nació en Sevilla, como escribe Máximo, Arzobispo de Zaragoza, por los años quinientos y cincuenta y seis, habiéndose recogido allí su padre, destruida Cartagena. El glorioso S. Ildefonso en esta señala su nacimiento. Criólo su madre en todo género de virtud, inclinándole siempre a lo mejor, imprimiéndole en el alma la enseñanza católica de la Iglesia, que ella tenía tan arraigada en su alma contra los errores que por aquel tiempo sembraban los arrianos. Con esta lecho creció el santo no sólo en conocimiento, sino en amor y estima de la fé que aprendió. Hizo empleo de lo mas florido de su edad en el estudio de las letras, y adelantóse tanto en ellas que fue tenido por uno de los mas insignes doctores de su tiempo, tuvo entre muchas ventajas de precio, una de muy grande lucimiento, plausible aun entre las naciones extrañas; conocimiento de varias lenguas, no común, sino aventajado; supo ultra de la propia natural española, la griega, la siria, la hebrea, la gótica, la latina y la arábiga. Gran hechizo para granjear voluntades, aun de los mas enemigos. Que como dijo Filón, ninguna cosa así aprovecha para el bien, conservación y seguridad de los hombres, como el usar una misma lengua: y quien muchas habla prendas tiene para acreditarse y ser tenido por amigo de muchos, que no es pequeña muestra de amistad hablar a cada uno su lengua, y el que esto puede, consigo lleva seguro en los peligros.

Del Arzobispo D, Rodrigo, varón no menos señalado en las armas que en la pluma con que nos dejó escritas las Historias de España, refiere de un manuscrito antiguo D, García de Loaisa, Arzobispo también de su Iglesia, que en el Concilio Lateranense, donde asistieron con el Papa Inocencio III, sesenta y un Arzobispos, cuatrocientos doce Obispos, y otro gran número de personas insignes de diversas naciones, habiendo orado acerca de la autoridad del Papa en la lengua común a todos, la latina, para que cada uno se enterase del discurso, oyéndolo en la suya, lo repitió en la alemana, francesa, inglesa, italiana y navarra, con que junto con la admiración de cosa tan rara, les granjeó las voluntades de manera que, ultra de obtener la causa de su primado que allí se litigó, le hizo el Papa su legado “Adlátere” en España.

El glorioso S. Fulgencio, a mas altos fines enderezó el trabajo de aprenderlas; a gozar de los tesoros de las divinas letras, que debajo las mas de estas llaves se encierran negando puerta a los ignorantes. Con estas riquezas preciosos hizo sus escritos, ricos los ajenos. Confesarálo el ilustrísimo Primado de la España, San Julián, Arzobispo de Toledo, que en el Concilio XV, que se celebró en esta ciudad el año 688, primero del pontífice Sergio y del glorioso rey Flavio Egica; dando razón de ciertas proposiciones, que no habían parecido ajustadas al Papa Benedicto, en la Apología que el santo le escribió para el VI Sínodo general, alega a favor de ellas la autoridad del gran doctor de la Iglesia, S. Ambrosio, y con él la de S. Fulgencio, Obispo Ruspense en África, español de nación también, y de padres naturales de Toledo, varón doctísimo en todas letras, oiga al Arcipreste de Santa Justa en su “Crónica”, donde el año quinientos noventa y siete quita el lugar a la duda diciendo: “Florecía por este tiempo S. Fulgencio, discípulo del Obispo Etherio, que después fue Obispo de Cartagena y Écija, doctor a quien cita S. Julián, Arzobispo de Toledo, en el Concilio V de esta Ciudad”. El número de este Concilio está sin duda errado en todos los manuscritos que ha visto; ha de ser décimo Quinto, que se celebró, como arriba advertimos, en la era DCCXXVI, el año 688, presidiendo como metropolitano el mismo S. Julián.

Quien fuese este Etherio, Obispo, y maestro de San Fulgencio, no lo declaró Máximo, si bien se deja entender que era persona de calidad y partes cuales requería la enseñanza de un tal discípulo y como tal se le dá el nombre de maestro. Dos Etherios hallo ambos Obispos, el uno de Osonoba, ciudad que fue marítima en el Algarbe, no lejos de donde ahora esta la villa de Faro, y asistió al Concilio que se celebró en Zaragoza por los años trescientos ochenta y cuatro, mas este no pudo ser el que nombra Máximo por la antigüedad de los tiempos. Otro del mismo nombre, Obispo de Baza, se halló en el Concilio que hubo en Toledo el primer año del reinado Flavio Gundemaro, el seiscientos diez; y había de ser quinto en orden. Este pudo ser maestro de S. Fulgencio, y sería por este tiempo de edad bien cargada; porque el mismo año firma S. Fulgencio el decreto de Gundemaro en razón de la primacía de la Iglesia de Toledo sobre la de Cartagena, y tenía ya cincuenta y cuatro años; si ya no es que fuese aquel Obispo Eutherio a quien el Papa Vigilio escribe una carta que está en las Decretales. Mas no se sabe la silla que tuvo. El Cardenal Baronio en el tomo VII, año DXXXVII, dice, que del argumento de aquella carta se entiende bastantemente que la tenía en lo último de España, que es el reino de Andalucía. En otro texto no se nombra Etherio, sino Eleuterio, Obispo de Braga, que murió el año 588, varón célebre y santo.

Lo cierto es que de la escuela de su maestro sacó gran caudal de sabiduría, y el lo aumentó tanto con sus trabajos y estudios cuanto muestran los méritos del título de doctor, con renombre de insigne que le dá San Julián y confirman sus escritos en números y grandeza de ciencia, tan aventajados como todos refieren. Escribió comentario sobre el Pentateuco, sobre los Reyes, sobre Isaías y los doce profetas menores, sobre los Evangelios y sobre los Salmos, cuyo manuscrito, libro grande, precioso y raro, como escribe Fray Prudencio de Sandoval, historiador de Felipe III, nuestro rey, se guarda en el real convento de S, Salvador de Oña, del orden de S. Benito, También dicen que escribió otro de la Encarnación del hijo de Dios; mas hace dificultad que en el segundo Concilio de Sevilla, donde asistió nuestro San Fulgencio, se cita el libro “De Incarnatione”, de S. Fulgencio, con el renombre de Santo, que no se le diera en su presencia y parece que el nombrado debía ser el Ruspense, si bien no estorba que en diferentes tiempos hubiesen corrido ambos una misma carrera. Que haya sido así, confírmalo un manuscrito de mas de quinientos años de antigüedad, que está en la librería de la Iglesia de Córdoba, de letra gótica, en el cual están con título de S. Fulgencio el libro de la fe de la Encarnación y otras cuestiones, que un amigo suyo con él consultaba. Julián Pérez en sus “Adversarios”, número 462, dice que lo compuso estando desterrado en su patria, Cartagena, de donde con cartas exhortaba al príncipe S. Hermenegildo al martirio. Este libro dedicó a Scarila, Abad de Sta. Leocadia. Máximo, Arzobispo, el de las Mitologías le atribuye también, y según su opinión y la común, no fue el Ruspense Obispo de Cartagena de España, sino solo la de África.

Juan Vaseo, Francisco Maurólico, D. Lorenzo de Padilla y otros dicen que primero fue Obispo de Écija y de aquí pasó a Cartagena, y gobernó aquella Iglesia veinte y cuatro años; lo mismo dice un Breviario antiquísimo que me comunicó el doctor Juan de Torres, hijo de Sevilla, diligente observador de memorias antiguas. Mas que hay sido lo contrario, tan evidente es que no puede negarse. Da cumplida luz en esto la “Crónica”, de Máximo, donde distintamente leemos las sillas que tuvo S. Fulgencio, el orden y sucesión de ellas y los años hasta su muerte.

En el año 588, refiere, que muerto en Constantinopla, no sin sospecha de veneno, Liciniano, o como le nombra Juliano en sus “Adversarios”, Lacimano o Luciniano, Obispo de Cartagena, entró en su dignidad Domínico, presbítero de Sevilla, anciano de días que hallándose cargado igualmente de achaques que de años, poco después de haber tomado la silla, pidió al rey católico Recaredo, le mandase dar coadjutor y le dieron a Flavio Fulgencio, presbítero de Sevilla, hermano de S. Leandro, por sucesor el año 591. Luego el siguiente parece que pasó Domínico de esta vida. Después, el año 600, dice que para sosegar no sé que alboroto que se había levantado en Écija, dando ocasión su Prelado, pasaron a S. Fulgencio de la Iglesia de Cartagena de España a la de Écija en Andalucía; y le sucedió en aquella Vincencio, que como escribe él mismo, gobernaba su iglesia, viviendo él el año 603: “Fulgentio in sede Carthaginensi successit Vincentius, qui sedem tenet nunc Carthaginensem Hispaniae”.

Hallóse, y firmó juntamente con los demás obispos, el decreto del rey Flavio Gundemaro, en que se mandaba a los de las provincia de Cartagena, que reconociesen la primacía del de Toledo, el año seiscientos diez.

Asistió también al Concilio II de Sevilla, que el año seiscientos diez y nueve reunió S. Isidoro contra la herejía que un obispo de Siria pretendió sembrar en Sevilla, negando las dos naturalezas de Cristo. Tratáronse en este Concilio algunas cosas tocantes a Écija. Quejóse primeramente Teodulfo, Obispo de Málaga, pidiendo restitución de una iglesia, que destruida en años pasados en las guerras, la habían usurpado las de Écija y Cabras, sus vecinas, con quienes partía términos su Obispado, y se les mandó restituir con todo lo demás que le pertenecía.

También se compuso otra diferencia entre S. Fulgencio y el Obispo de Córdoba, Honorio, sobre otra Iglesia, que cada uno pretendía ser de su jurisdicción y distrito. Acordóse remitir el negocia a vista de ojos, por personas fieles señaladas por ambas partes. Hubo además de esto una denunciación de los ordenantes de Écija, que de pocos años a esta parte habían sido promovidos a los sacros ordenes algunos bígamos, esto es casados dos veces, o con mujeres viudas, contra lo decretado por los sagrados cánones, y se mandó que no fuesen admitidos al ejercicio de ellos. Este fue el último Concilio en que se halló S, Fulgencio.

El maestro Fray Prudencio de Sandoval, monje benito, Obispo de Tuy, en la traducción de la Regla de San Leandro para su hermana Santa Florentina, dice: “Que fue obispo de Écija y no de otra iglesia, como algunos quieren; porque en aquellos tiempos no se mejoraban los Obispos, como ahora, por quitar las ambiciones, etcétera”

Mas, ¿quién ignora, que aun desde el tiempo de los Apóstoles, no por ambición, sino por utilidad o necesidad de las iglesias, o por otras justas causas, se hacían estas mudanzas, y pudo haberla para la de S. Fulgencio a Écija, de Cartagena, cual es la que dá Máximo y poco ha referimos nosotros? y cuando no la diera, ¿qué mas firmeza pudiéramos buscar a esta verdad que el testimonio de quien, si no lo vió con los ojos, lo supo tan de cierto como si lo viera, porque pasaba en su tiempo y dá fé cuando el escribía era obispo de Cartagena Vincencio, que había sucedido a San Fulgencio, que de aquella iglesia había sucedido a Fulgencio, que de aquella Iglesia había sido promovido a las de Écija?.

Los santos empleos y heroicas obras de este glorioso santo, en solo cifras las hallamos apuntadas ya en las Historias, ya en los Breviarios antiguos. Alcanzó tiempos turbados, guerras civiles y extrañas, osados acometimientos de lobos carniceros al rebaño de los fieles de España, herejes arrianos que con rabia de furias embestían las almas, con venenos de víboras las emponzoñaban, y aun no perdonaban a los cuerpos.

Hízole rostro S. Fulgencio; rebatía sus golpes con su doctrina, desarmaba el veneno de sus engaños con sus consejos, con sus alabanzas, con sus avisos. Predicaba en su catedral siendo obispo y discurría por toda su diócesis sembrando la verdadera doctrina del Evangelio; animaba a los suyos con el ejemplo de su vida, como con la fuerza de sus palabras. En todas ellas, en sus acciones todas y pensamientos, presente tenía siempre el día grande, el último de la visita general del mundo y sus moradores.

A vista traía siempre al juez de vivos y muertos y así se portaba en todos tiempos, en todos lugares, en todas ocupaciones, como si en cada una hubiera de tomársele residencia. Era celoso por extremo del bien de la Iglesia, de la salud espiritual de sus súbditos, de la reformación del clero; remedio singular para la del pueblo. Hacíales cumplir lo decretado por los Concilios, componer sus costumbres y satisfacer sus obligaciones, y responder con las obras a la profesión de su estado. Fue muy crecido el fruto de sus trabajos, y si gran perseguidor fue de los enemigos de la Iglesia, grandemente fue perseguido de ellos; mas no por esto largaba de las manos las armas de las sagradas letras con que los confundía.

Padecía notables quiebras la salud de su cuerpo con la mucha carda de los cuidados, con la oración continua, con el incansable celo del bien de las almas, de quien era pastor. Llenaba todas estas molestias de enfermedades y persecuciones de eres, con milagrosa paciencia, con grande igualdad de ánimo, con inflexible constancia. Ninguna de las máquinas que contra el intentaban los enemigos de la fe, y suyos, pudieron, no digo acobardar su fortaleza o apagar el ardor de su ánimo, mas ni aun entibiarlo. Podía decir con San Pablo, que cuando parecía mas flaco, se sentía mas fuerte, porque cuanto mas la naturaleza parece que desfallecía con los trabajos y achaques, tanto mas lo esforzaba Dios con su gracia, y le sustentaba a pié quedo peleando sus batallas contra sus enemigos. Pudieron tanto estos con el rey Leovigildo, su cuñado, hereje arriano, que lo desterró aun no siendo Obispo, de sus tierras, junto con S. Leandro, su hermano, y otros Prelados de España que favorecían al príncipe su hijo, San Hermenegildo, como a católico. Y no es pequeña gloria de Écija haber seguido las partes de este glorioso príncipe mártir. No cesó en el destierro de trabajar, escribiendo en la defensa dela verdadera religión; hasta que reconocido de sus culpas Leovigildo y arrepentido de la injusta muerte que había dado a su hijo, sin otra causa que por se católico, gran enemigo de los arrianos, apretado también de una enfermedad peligrosa, les alzó el destierro y habiéndolos mandado volver a su reino, les dejó encargada en su testamento la crianza en virtud y verdadera religión, de Recaredo su hijo y sucesor en su reino.

Escribió San Gregorio, Papa, este suceso, añadiendo que murió Leovigildo sin reconciliarse con la Iglesia y abjurar la herejía; mas es cierto que abrazó la verdadera fé de la iglesia romana, y en ella dio el último espíritu. De su conversión, de sus lágrimas y penitencia fueron testigos Simplicio, Obispo de Zaragoza, y Máximo su Arcediano, como el mismo lo escribe en su Crónica, año 587, donde habiendo referido la revocación del destierro de los dos santos hermanos, Leandro y Fulgencio, añade que el se halló presente juntamente con su Obispo Simplicio, al último trance de la vida de Leovigildo, y a su postrer boqueada, y notó sus lágrimas y su penitencia. Juliano, Arcipreste de Santa Justa en Toledo, en el mismo año dice en su Crónica, que engañaron a San Gregorio los que le hicieron relación de la impenitencia de Leovigildo, como personas que hablaron de oídas; mas que M. Máximo, que después fue Obispo de Zaragoza y San Gregorio Turonense, que supieron lo cierto, hacen fe de su penitencia.

Así me persuado que lo alcanzarían de Dios con sus oraciones los dos gloriosos hermanos Leandro y Fulgencio, y mas apretadamente el ilustrísimo príncipe Hermenegildo su hijo, cuya sangre, con indigno ejemplo, derramaba por mandato de su padre, no como la de Abel, venganza, sino como la del rey de los mártires, Cristo, perdón clamaría para su padre.

Vuelto S. Fulgencio de su destierro, puso su cuidado y fuerzas en instruir al rey Recaredo, y aprovecharon tanto en el los consejos y enseñanza de ambos hermanos, que fue uno de los mas católicos y celosos reyes de España. Entonces aun no era Obispo S. Fulgencio, si bien había merecido serlo por sus grandes letras y excelentes virtudes. Mas en el pecho dañado del rey no dejaban lucir los méritos del santo las tinieblas de sus pasión. Encendían esta la oposición de la religión, que profesaban contraria los dos: la arriana el rey, la romana Fulgencio; y alentaban las llamas de le envidia los soplos de las persuasiones de sus émulos, que eran muchos y muy poderosos de la contraria fracción. Luego que empuñó el cetro el religiosísimo Recaredo, reconocido al beneficio de la enseñanza, que de su tío había recibido, ofrecida la ocasión del Obispo Domínico, le acomodó en su Iglesia de Cartagena, ciudad que su padre había gobernado muchos años con título de duque y donde é había pasado la primavera tan florida de su juventud, que en la edad madura dio tan maravillosos frutos de santidad y doctrina.

Allí dicen algunos que le halló la muerte, especialmente los que entendieron que había sido aquella Iglesia su última silla, a quien desengañan, como vimos, los que vivieron en aquel tiempo. M. Máximo, Arzobispo de Zaragoza, en el año 638 dice así: “Murió San Fulgencio, doctor insigne de España, en Cartagena ya casi asolada, habiendo sido primero Obispo de ella y después de Écija”. En esto por ventura se fundaron tantos autores y Breviarios para afirmar que de Écija fue a Cartagena, supuesto que allí murió, y si el número de los años no estuviera errado en el Arcipreste, como parece, en treinta y seis años que van de seiscientos y treinta y ocho que señala su tránsito, a quinientos y noventa y dos años, en que, según Máximo, fue nombrado en la iglesia de Écija, bien pudiera haber logrado las doce en esta y los veinte y cuatro que algunos les dan en la Iglesia de Cartagena. Mas ya se ha visto cuan engañados andan los que esto sintieron.

Bien que pudieran oponernos, lo que en ocasión semejante el cardenal Baronio, a los que dudaban la ida de S, Dionisio a Francia; ¿y a que propósito le habían de dar sucesor en Écija a S. Fulgencio, estando vivo y en Cartagena, sino hubiera dejado aquella iglesia y pasado a esta otra?. Que fuese así, vése claro, porque en el Concilio IV Toledano, que se celebró en la era DCLXXI, año 633, ya tenía la silla de Écija Abencio, como lo muestra su firma; o, ¿qué otra causa pudo tener S. Fulgencio para desamparar la Iglesia e irse a Cartagena, donde dicen que murió?.

Donde faltan las memorias antiguas, fuerza es valernos de conjeturas. Pudo ser que hallándose el Santo tan cargado de años como de trabajos, gastadas las fuerzas con el tesón de tantos cuidados, de gobierno, de estudios, de encuentros con enemigos herejes y, sobre todo, estragado el cuerpo con la esperanza de la penitencia, ayuno, oración y vigilias, se alentase a buscar alivio en los aires natales, en Cartagena, donde había pasado su juventud. Si ya no le llevó allá alguna necesidad de aquella tierra, entonces tan afligida con las guerras pasadas, y que habiéndole allí salteado la muerte, se le hubiese dado en Écija sucesor. Juliano, en el numero 562 y 63 de sus Adversarios, dice, que destruida Cartagena Fulgencio, segunda vez, y de no llamarse, dice, Obispo de Cartagena, si no de Murcia, causa alguna confusión. No hallo luz en estas tinieblas.

La relación de su muerte hallamos particularmente en un Breviario antiquísimo, escrito en vitela, que me comunicó el doctor Juan de Torres, en Sevilla, donde en la última lección de su rezo dice así: “Que se abrasaba el santo en fervorosos deseos de verse desasido de las ligaduras del cuerpo, para gozarse con Cristo; que el ansia del corazón hacía seña en los labios y suspirando clamaba al cielo y pedía el remedio de la muerte, que ya sentía se le acercaba. Hizo saber con propio la vecindad de su partida a S. Leandro, su hermano, Arzobispo de Sevilla, y a S. Braulio, que lo era de Zaragoza, a quien falsamente algunos también lo hacen su hermano; por hallarse con tan buenos lados en aquel trance, donde aún a los santos no faltan muchas veces peleas con los enemigos del alma y ayudan a vencerlos las oraciones de los buenos. Mas esto no pudo ser así porque a este tiempo ya era muerto S, Leandro y aun sucedió en su silla arzobispal S. Isidoro su hermano, que presidió el Concilio II de Sevilla, donde firma San Fulgencio, Obispo de Écija, en la era DCLVII, año 619.

Recibió los santos sacramentos, provisión no menos provechosa que necesaria para el camino de esta vida a la otra, especialmente el de la sagrada Eucaristía; con tan profunda humildad, como ternísima devoción, y entre las dulces lágrimas de los presente y suaves Salmos que repetían, la bendita alma de S. Fulgencio, suelta ya de las prisiones de la carne, y acompañada de espíritus celestiales, ligera subió a la casa de Dios, ciudad soberana, Jerusalén celestial, corte de sus escogidos, hermosa morada de paz, rico descanso, donde faltando todos los males sobras todos los bienes. Vivió S, Fulgencio, no solo sesenta y seis años como se dice en aquel Breviario, sino por lo menos algunos mas de setenta, porque habiendo nacido, como dice Máximo, en el año 556 y muerto, según la cuenta mas cierta, antes del 633, en que ya tenía sucesor, fuerza es que llegase al de setenta y cuatro o setenta y cinco. Esta misma edad la señala D. Francisco de Padilla. El arcipreste Juliano, escribiendo en sus “Adversarios” los versos que S. Ildefonso hizo en la traslación de los restos de este Santo, dice, que se hizo treinta y cuatro años después de su muerte, en el 664, con lo que se ajusta haber sido el curso de su vida por lo menos setenta y cuatro años. Su cuerpo, dice Arcediano de Ronda D. Lorenzo de Padilla, que le llevó su hermano S. Leandro a Sevilla, y le dio sepultura en la Iglesia del precursor de Cristo S, Juan Evangelista.

Mas ya se ha dicho el engaño que esto padece, pues muchos años antes había pasado de esta vida S. Leandro su hermano. Lo cierto es, que de Cartagena fue trasladado a Sevilla, y colocado con sus hermanos en un sepulcro, treinta y cuatro años después de su muerte, en el 664. Hacen fe de es los versos que el glorioso S. Ildefonso hizo en su traslación y los ofreció al Santo y as sus tres hermanos en una cruz de plata. Copiólos el Arcipreste Juliano de un manuscrito antiquísimo del archivo de Santa Justa, en Toledo; hallaránse al fin de sus “Adversarios”, y pondrélos yo aquí, porque en sus copias en unas anda faltos en otras muy estragados:

Cruz haec alma gerit geminorum corpora fratrum
Leandri, Isidorique; priorum ex ordine vatum.
Tertia Florentina Deo devota perennis.
O quam composite concors haec digna quiescit.
Isidorus medius disiungit membra duorum.
Hi quales fuerint, libris inquirito lector;
Cognosces et cos bene cuncta fuisse locutos.
Cum quibus hic recubat Fulgentius; inspice tres hos
Spe certa, plenosque; fide super omnia claros;
Docmatibus cernas horum crevisse fideles;
Acreddi Domino, quos impia iura tenebant.
Utque viros credas sublimes vivere semper,
Aspiciens pictos, sursum contende videre.

“ De S. Leandro y S. Isidoro hermanos,
a los antiguos Padres de la iglesia
En ciencia y santidad iguales, muestra
Los santos cuerpos esta cruz sagrada.
Con ellos Florentina, digna hermana
A Dios desde su infancia consagrada,
Y a ellos semejante aquí reposa;
Isidoro entre los dos, los dos divide.
Quien los dos fueron, en sus doctos libros
Conocer puedes; y hallarás en ellos
Cuan bien y sabiamente en todo hablaron.
Fulgencio aquí descansa; a los tres mira,
De segura esperanza y de fé llenos,
Y en defenderla sobre todo ilustres,
En cristiandad crecieron los fieles
Con su doctrina, y los herejes dieron
Vuelta a la fé de Cristo verdadera.
Y porque veas cuan gloriosamente
Viven con Dios, y vivirán, levanta
A donde ellos le ven corrido el velo,
De su pintura el pensamiento al cielo”.

De aquí en las fortunas de España poseída de los árabes, los cristianos con su acostumbrada piedad, hurtándose y hurtando el santo cuerpo a la insolencia de los moros, lo llevaron consigo y lo ocultaron en las montañas vecinas a Guadalupe, junto con el de Santa Florentina su hermana, y con la santa imagen de nuestra señora del mismo nombre, tan celebrada en España.

Allí se hallaron en tiempo del rey D. Alfonso el XI. Las reliquias del santo con las de sus hermana se colocaron en Berzocana, lugar no lejos del sagrado monasterio de Guadalupe, donde es venerada la santa imagen de nuestra Señora. Envidió, y con gran razón este tesoro la iglesia de Cartagena, y pidiólos en el año 1592 al rey Felipe II, a título de ser naturales de su ciudad. Defendiólos con igual celo Berzocana, y averiguada la causa de ambas partes por el Prior del sagrado monasterio de Guadalupe, Fray Gabriel de Calahorra, no permitió su Magestad alterar la posición de Berzocana, mas respondiendo a la devoción de Cartagena y satisfaciendo a la suya, mandó llevasen a la ciudad y a su Escorial cada dos reliquias de las mayores. Así se ejecutó con la decencia posible, quedando honrados ambos lugares sin agravio de Berzocana.

Lo mismo consiguió Murcia estos años pasados, que diligenciándolo con su gran celo y devoción, D. Sancho Dávila, obispo de Cartagena, parte de las reliquias se trasladaron a la ciudad de Murcia, donde fueron recibidas y colocadas en la Iglesia Mayor con todo solemnidad de acompañamiento, alegría, fiestas, invenciones y regocijos. Bien es verdad que los religiosos del sagrado monasterio de Guadalupe, pretenden tener los santos cuerpos encerrados en el altar mayor de su templo y deben tener algunas insignes reliquias. Los breviarios antiguos de Sevilla, de Plasencia, de Sigüenza, y del sagrado orden de S, Benito, tienen oficio de S. Fulgencio. Mas ningún autor antiguo lo hace monje de dicho orden y así lo confiesa el maestro Fray Prudencio de Sandoval, a quien se debe más crédito, como a persona de casa. Mucho es de sentir, que tan insigne santo y doctor de España, no tenga lugar y día entre los demás santos sus naturales. La ciudad de Écija, reconocida grandemente tanto a la luz de su doctrina como al ejemplo de su heroica vida, con que por tantos años se criaron sus hijos, deseosa de resucitar su memoria, quiso y estimó que el colegio de la compañía de Jesús, que nació en sus manos y comenzó a fundarse en la liberalidad, piedad y devoción tan propia suya; se levantase y consagrase a su nombre y fuese titular de su templo, donde con solemne procesión del clero y religiones, asiste a la celebración de su día y ofrece en la misa la cera con que la acompaña.

Algunas cosas se hallarán en otros autores diferentes de las que aquí hemos referido; dijeron unos lo que leyeron otros, sin mas examen los segundos que los primeros: cual por no haber encontrado mas fieles originales, cual por excusar el fastidio de averiguarlos.
Yo, lo que consideradas las cosas y los autores parece mas verosímil, he dicho; seguiré al mas acertado si me guiare.

El día de su tránsito ponen unos en primero de Enero, en que se celebra S. Fulgencio Ruspense, confundiendo al uno con el otro, solo por la semejanza del nombre. Los Breviarios de España lo señalan los ochos del mismo mes, y en este reza de él la metropolitana de Sevilla y sus sufragáneas, si bien Máximo dice que fue a los cinco de Marzo, y Juliano a los diez y seis de Enero.

Celebró la memoria de S. Fulgencio su grande amigo S. Ildefonso con un epigrama que no será razón olvidad:

Fulgenti, nova Cartago, quem reddidit auris
Teque nimis felix postmodo patre fuit.
Inde patrem recipit te gaudens Astygis unda,
Qua fruitur Betis, teque magis fruitur
Corrigis effrenes mores, vitamque tuorum
Erudis exemplo, Doctor et eloquio.
Hispalis ipsa tuos ciñeres cum fratribus aptal;
Tres eadem frates continet urna simul.

“ Fulgencio, que en la nueva Cartagena
la luz primera de tu vida viste,
dichosa ella después, cuando por padre
Y pastor sacro pudo poseerte.
De allí también por padre te recibe
Écija, con su río, de quien goza
El Betis en sus aguas y cuanto ellas
Bañan de tierra, tus riquezas gozan.
Licenciosas de súbditos costumbres
Y descompuestas vidas, tu compones
Con tu doctrina, y con tu ejemplo formas.
Y al fin Sevilla tus reliquias sacras
Con las que tus hermanos acompaña
Y a todos tres en un sepulcro encierra.”

CAPITULO VI. DE SANTA FLORENTINA, VIRGEN, HERMANA DE SAN FULGENCIO, FUNDADORA DEL CONVENTO DE VÍRGENES QUE HUBO EN EL VALLE DE ÉCIJA, Y DE OTROS MUCHOS EN ANDALUCÍA.

Crimen sería pasar de aquí sin haber la debida memoria de la gloriosa Sta. Florentina, tan hermosa como suave flor del vergel de la Iglesia española, que tan lleno dejó el suelo de Écija de los suavísimos olores de sus admirables virtudes, y tan enriquecido el cielo con los tesoros de tantas y tan valerosas hijas como allá envió. Si criadas con la leche de su enseñanza, bañadas también en la púrpura de su sangre, dada al filo del cuchillo de los enemigos de su esposo Cristo, con igual gloria de esta ciudad que del nombre cristiano. Hija fue de los mismo padres, que aquellas tres lumbreras de España y de toda la Iglesia Católica, Leandro, Fulgencio e Isidoro; no menos hermana de ellos en la santidad que en la sangre. La tierra de su nacimiento es la ciudad de Cartago, teatro de tantas tragedias cuantas allí representó la fortuna en las crueles guerras con que naciones, ya bárbaras, ya políticas, la redujeron a al pequeñez y soledad en que la vieron los descendientes, aunque mejorada ya, después de mas de mil y cien años de su ruina, de orden de aquel insigne monarca Felipe II, llamado sin envidia el prudente. Aquí, dice Juliano, nació Santa Florentina y se bautizó en Murcia, a quien, como dice Máximo, llamaban los godos Bigastro; si bien otros guiados del parentesco o sonido del nombre, dicen que era Barbastro, y otros no se si con fundamento, Albarracín, lugar cerca de Valencia con silla Obispal: y señala Juliano el año de su nacimiento, quinientos y cuarenta y cinco, viniendo a ser segunda en orden de sus hermanos después de S. Leandro. Santa Florentina, dice, “nascitur Cartagine anno DXLV tingitur Bigastri”.

Era la niña tan por extremo hermosa, de color tan suave, de tan agradable semblante, tan florida en todo lo que puede lucir en los ojos del mundo, que respetándolo sus padres le dieron el nombre de Florentina, o Florencia, como muchos autores y martirologios la nombrar. Parece que la bellaza del cuerpo, aun desde aquella primer niñez dio señas de la que había que aumentar en su alma desde la primavera de su juventud, hasta el otoño de la vejez. Como crecía en años crecía en virtud inclinada siempre a lo mejor. Sus padres, tan católicos y piadosos como nobles e ilustres, cuanto mas conocían la bondad del natural de la niña, tanto mas estudiaban en su crianza, que fuese tal cual cabía su capacidad y disposición de ella y pedía su esperanza y deseo. Tomó parte de este cuidado S. Leandro su hermano, no mas por el amor que él la tenía como a su hermana, que por la semejanza de las costumbres, muy parecidas en ambos y unas mismas inclinaciones. Hallaban en ella sus consejos puerta franca a todas horas y tan buen recibimiento en el corazón, que igualmente lograba en ellos los cuidados en darlos, como ella su fruto en la ejecución. Apenas abrió los ojos a la luz de la razón, cuando los puso en Jesucristo, para tomarlo por su esposo, y celebró las primeras bodas con él, consagrándole por voto especial, su cuerpo y alma en perpetua virginidad. Para asegurarla y asegurarse de los contraste del mundo y de los acometimientos de los príncipes de las tinieblas, determinóse a dejar la campaña donde ellos hacen mas fuerte en las almas. Dio de mano a sus vanidades, renunció sus pompas, holló sus grandezas, olvidó no solo su patria, sino la casa de sus padres, y a ellos y sus regalos. Retirose al seguro de la religión en un monasterio de la orden del glorioso patriarca S. Benito, en Écija, fundación suya propia, como lo afirma el Breviario de la misma orden, reformado en 1598 y tenido por cierto en aquella ciudad. Allí se encerró en compañía de otras siervas de Dios, y fue tan raro el ejemplo de su vida, que su fama convidó a muchas a seguir sus pisadas y profesión. Ofreciéronse tantas, que pasó el numero de trescientas. Insigne monasterio, de los mas célebres de aquel tiempo.

Era extremada su paciencia en las ocasiones de esta vida; su humildad, tan sencilla como profunda; su agrado para con topos amable sobre manera; piadosa con ellas, rigurosa consigo; solícita en sus obligaciones, muy prudente en el gobierno; acertada en sus consejos, que venían a pedirlos conocidos y extraños, los que oíanlos con gusto y ejecutábanlos con provecho. Florencia verdaderamente, como el lirio entre las flores del campo y descollaba entre las mas aventajadas como el ciprés entre las matas menores, Voló tanto la fama de su santidad y derramóse por tantas partes la fragancia de sus virtudes, que llegó a gobernar cuarenta monasterios y mas de mil religiosas en ellos.

Uno de estos debió de ser en Palma del Río, villa a que dá S. Eulogio título de noble, distante de Écija diez y seis millas o cuatro leguas; donde dice Máximo que Sta. Obdulia, monja profesa de velo, del orden de San Benito, era tenida de todos en grande veneración. Era esta santa natural de Toledo, cuyo fervor, entre el de otros santos, invocó D. Alfonso VI, rey de León, cuando puso cerco a Toledo y la recobró de los moros. Así lo escribe Juliano, Arcipreste, en el año mil y setenta y nueve. Y de ella añade, en el 878, que fue mártir en tiempo del Arzobispo Juliano, y que sus reliquias, que al principio de la cautividad habían sido llevadas a Palma, se trasladaron de allí a Toledo, siendo Arzobispo Juan Loyosense, a cinco de Diciembre, y habían sido recibidas de todo el pueblo con gran honra y solemnidad. Parece que esta santa fue martirizada en la persecución de los arrianos, en algún otro monasterio, o lugar, de donde pudieron trasladas su cuerpo al suyo de Palma y de aquí después a Toledo. Cual de los Julianos haya sido aquel en cuto tiempo padeció, no me toca examinarlo: remítolo a la diligencia y erudición tan conocida de nuestro amigo el cronista D. Tomás Tamayo de Vargas en su “Toledo”.

Solo añado que no se puede entender que su martirio hubiese sido en tiempo del apóstata Juliano, cuando aun no era nacido el patriarca S. Benito, ni pudo ignorar esto Julián Pérez, ni yo creer que hubiese tenido a nuestra Sta. Obdulia por la otra Sta. Otilia, una del número de las once mil vírgenes, escribiendo el mismo el lugar de su nacimiento, Toledo, y el de su reposo, Palma, en Andalucía. Persuádome que el nombre de Juliano es el del primero de los Arzobispos de Toledo, en cuyo tiempo pareció como señaló el que lo era, cuando se trasladó, y es muy ordinario en el Arcipreste, reducir los sucesos de aquellos tiempos al que tuvieron la silla metropolitana los arzobispos de Toledo. Dice esto bien con el tiempo de Juliano primero, a quien llamaron Pomerio, que tomó la silla el año 534, cuando andaban furiosos los arrianos, mayormente contra las vírgenes consagradas. Y cuarenta y dos años después, en el 576, era grandemente venerada en Palma.

El monasterio donde nuestra santa vivió y gobernó en Écija, es célebre santuario de Nuestra Señora del Valle, que asolado en tiempo de moros, después se restituyó por los monjes de S. Jerónimo, y fue una de las colonias de aquella separación de Fray Lope de Olmedo, que de la principal, S. Isidoro de Sevilla, se llamaron todas de Isidoros. Mas de lo que a esta casa toca haremos especial mención después. Aquí hizo Sta. Florentina una vida de ángel en la pureza, más que de varón y gigante en la penitencia, raro ejemplo de perfección. Adelgazó su cuerpo con la abstinencia, con los ayunos, con la oración continua, con las vigilias: ni comía carne, ni vistió lienzo, ni bebió vino, en estrecha observancia de la regla de S. Benito y de la que su hermano S. Leandro le envió desde Sevilla, cuyos cánones o preceptos, para memoria y consuelo de las que en esta ciudad se profesan por sus hijas, hemos de poner, traducidas del latín al castellano.

Fue muy particular el afecto que tuvo a la flor de la virginidad, y de sus lindezas, le escribió un libro el mismo S. Leandro su hermano. Entre los misterios de la vida y muerte de Jesucristo, tan sabroso como cotidiano sustento de las almas predestinadas, era ternísima la devoción que tenía con el de la encarnación del hijo de Dios en las entrañas de la purísima Virgen; regalábase con Dios hombre, niño a los pechos virginales de María, reposando entre sus brazos; mirábalo y mirábase en el; decíale las ternuras, y regalos como esposa a su esposo. Los gozos de tales vistas y pláticas, si entiendo cuan grandes, cuan suaves, cuan regalados serían solo sabrá decirlos la que supo gozarlos. Entre ellos sentía gravemente la dureza y obstinación de los judíos, que ciegos a la luz que les amaneció en medio de sus tinieblas, ni lo creyeron oyéndolo, ni viéndolo lo conocieron, antes dejaron su infidelidad por herencia a sus descendientes. Instó a su hermano S. Isidoro, que le enviase lo que tenía recogido del nacimiento, pasión, y muerte de Cristo, y de los demás misterios de nuestra redención para consuelo suyo y enseñanza de muchos.

Obedecióla el santo como a hermana que tenía en lugar de madre y compuso el libro que intituló “De la fé católica contra los judíos”. Y casi no conoció el otros padres que sus hermanos, ni otra madres sino a Santa Florentina, que lo criaron y encaminaron los pasos de su niñez a la cumbre de santidad y letras donde arribó. También me persuado que, sino a su instancia. Al menos a su devoción escribió S. Fulgencio el libro de la fe de la Encarnación.

Los demás misterios de la vida de Cristo, el jardín era de su recreación: corría por ellos siguiendo el alcance de sus olores, sentía con ternura y regalo los dolores de su pasión, y con su memoria sabrosos hacía los rigores de su penitencia. Con esta leche criaba la santa a sus monjas, con este aliento les hacía fácil la clausura, suave esperanza de vida, ligera la carga de la observancia y ejercicios de la religión. Ayudaba a todo la suavidad de su condición, la dulzura de su trato, humilde, caritativo para con todas, y mas con las que mas habían dejado en el siglo por Dios, cuidado tan justo, como fundado en la doctrina del Salvador, que a los tales no solo prometió la vida eterna en el otro siglo, sino también en este el ciento por uno.

Así la había instruido su hermano S. Leandro en la regla que le escribió siendo abadesa, como se entiende, del convento de esta ciudad. Hacía esto con tanta discreción y prudencia, que acudiendo a toadas según la necesidad y méritos de cada una, ni las preferidas tenían ocasión de ensoberbecerse, o menospreciar a las demás, ni las otras de desmayar, o dar quejas, que como dice el glorioso santo: “la que en el siglo vivió con pobreza y apenas tenía de que comer ni vestir, sino lo ganaba con el trabajo de sus manos y sudor de sus rostro, contentarse debe de que en el monasterio no padece frío ni hambre, y no murmure si la que se crió fuera de la religión con mas regalo, en ella es tratada con mas ventaja”.

Conocía el santo la condición de esta gente, que faltándoles allá todo quieren que por acá todo les sobre; con que acreditan la sospecha de que mas vinieron a la religión por hallar lo que no tenían que para servir a Dios en la humildad y pobreza ajustada a su estado. Seminario único de envidias, murmuraciones, injustas quejas y tentaciones. La Santa de tal manera se portaba con todas y tan suavemente les hacía reconocer sus obligaciones, que a todas las tenía muy contentas, prestas a su obediencia y sujetas a la razón.

Queríanlas todas como a madre, respetábanla como a superiora, venerábanla como a Santa. Llegó la hora de despedirse del cuerpo, y pasar su alma al cielo, para celebrar con su esposo Jesucristo las bodas eternas.

Sintieron su partida con ternura de hijas; consoladas con afecto muy pronto como de verdadera madre y acompañaron con piadosas lágrimas su sepultura que según escriben y es tradición, fue en su monasterio de Écija, y regalaron el dolor de lo mucho que perdían en la tierra con la esperanza cierta de lo mas que les valdría con su intercesión en el cielo.

El Breviario del orden del gran patriarca S. Benito, dice que vivió una vida siempre de un ángel, por mas de setenta años: otros la extienden a ochenta. Constantino Cayetano, dice que leyó en un manuscrito antiquísimo, en poder de Nicolao Fabro, que murió esta santa en primero de Septiembre, era DCLXXI; y según esta cuenta, habiendo nacido la de DLXXXIII, año de nuestra redención 545, subió a los cielos a los ochenta y ocho de edad. Su cuerpo, en la pérdida de España, fue trasladado junto con el de su hermano S. Fulgencio Berzocana. Celebra la iglesia su memoria a los veinte de Junio.

Conserva esta ciudad muchas y muy ciertas memorias de esta gloriosa santa, desde aquellos tiempos en que ella floreció, a quien ni sus mudanzas pudieron oscurecer, ni acabar las guerras entre tantos contrastes de fortuna como sintió España conquistada por los moros.

El insigne santuario de Nuestras Señora del Valle, religiosísimo monasterio del gran doctor de la iglesia San Jerónimo. Aquí vivió, aquí murió y fue sepultada así es tradición, habiéndole gobernado muchos años y criado en él ejemplares religiosas en el estado de vida perfecta que profesaron. De aquí la trasladaron a Sevilla, como también a S. Fulgencio su hermano. Hánse encontrado algunas veces, desbaratando los edificios antiguos, prendas conocidas de sus moradoras, hábitos de estameña negra y blanca, como los usan las monjas de S. Benito; el torno por donde daban y recibían recados. La torre que de su mismo nombre se llama de Santa Florentina, que aunque atraviesa el medio de un lienzo del claustro, y desdice del cuerpo del edificio, se retiene y frecuenta con devoción; ruinas de las celdas de las religiosas. La capilla de la Iglesia antigua que allí tuvieron, aunque algo encubierta con el edificio de la nueva que edificaron; un hospital o cofradía antiquísima, sin memoria de su erección cuyos cofrades traen la imagen de la Santa, con hábito de monja, en procesión, a este convento y en el celebran su fiesta cada un año. Y en las tres pascuas de él vuelven a reconocer la morada de su santa y venerarla con una misa solemne. Por este respeto habiéndose mandado reformar y reducir a menor número los hospitales de esta Arzobispado el rey Felipe II, que cuando bajó a la Andalucía quiso hospedarse en este monasterio, mandó que este se conservase sin reducirle, par perpetua memoria de la gloriosa Santa Florentina, por lo que, como en todas ocasiones, mostró en esta singular piedad y prudencia. Últimamente otro monasterio de monjas, con título de la santa, de cuyas religión y calidad diremos en su lugar.

Fray José de Sigüenza, cronista del orden del gran doctor de la Iglesia, S. Jerónimo, dice en la III parte, cap. XLII de su “Crónica”, que el doctor Fray Diego de Godoy escribió, ha mas de ciento treinta años, una Historia o como sermón de la vida de Santa Florentina y de sus monasterios, que sacó de otra antiquísima que se perdió por descuido de la gente, donde se refería mucho de lo que hemos dicho y que esta Santa Florentina crió muchos días a su hermano S. Isidoro; que la llamaron sus padres Florentina, del Flor, por ser tan hermosa; que renunció al estado por ser monja y le sucedió su hermana Teodosia; que fundó y vivió en este su monasterio, adonde se retiró perseguida, como sus hermanos, del arriano rey Leovigildo; que instituyó y sustentó con sus rentas y patrimonio, que era muy grande, muchos otros conventos. De sus santas reliquias sólo tenemos una toca, que junto con un peina, que dicen ser de su hermano Fulgencio, estaba con el cuerpo de dicho santo en una caja de madera dentro de un sepulcro de piedra, y dá fe de haberlos visto y reverenciado el Padre Fray Rodrigo de Yepes, en el lugar que arriba citamos.

Honró también la memoria de esta Santa el glorioso S. Ildefonso, gran estimador de sus heroicas virtudes, en un epigrama latino que debemos al Arcipreste Juliano, que le conservó en sus “Adversarios”, y dice así:

Florentina micans, decus immortale pudoris
Intermarata parens Virgineique chori.
Pauperiem praefers opibus, Christumque marito,
Qui tibi dives opum plurimus esse cupit.
Omnia calce premis, que fallax mundus adorat;
Sponsa Dei pauper pauperis astra petis.
Gaude sorte tua, quodvis y fruitura per aevum,
Agnumque agua tuum laeta dehinc sequere.
Castas funde preces pro nostro virgo reatu:
Quemque tus sponsus invit, et ipsa iuva.

“De vírgenes, ilustre Florentina,
inmortal honra, y de muchas madre,
pobreza a los haberes preferiste,
y a Cristo por esposo al mundo todo,
de muchos poderosos pretendida.
A tus piés pones cuanto el mundo adora,
Y esposa pobre de Dios pobre, al cielo
Ligera subes, pisas las estrellas.
Goza tu suerte donde vas, cual siempre
Dichosa gozarás, y cual cordera
Alegra sigue desde aquí al cordero.
Perdón a nuestra culpas Virgen pide,
Y a quien tu Esposo favorece, ayuda.”

CAPITULO VII. CONTINUACIÓN DE LOS OBISPOS DE ÉCIJA HASTA LA ENTRADA DE LOS ARABES, PERDIDA DE ESTA CIUDAD Y MARTIRIO DE LAS VÍRGENES DEL MONASTERIO DE SANTA FLORENTINA.

Al glorioso San Fulgencio sucedió en la silla obispal de Écija, Abencio, que se halló y firma en el Concilio de Toledo, cuarto en orden que se celebró en el años 633, reinando en España el rey Sisenando.

El V Obispo de Écija de quien hallamos memoria, es Estéfano, que en el año 646 asistió al Concilio VII de Toledo y al VIII en el año 653; mas cuántos hubiese gobernado esta Iglesia, no lo sabemos, como ni de los que mas adelante le sucedieron; bien que en el año de 681 hallamos el VI, Teodulfo, que se halló en dos concilios de Toledo: en el XII que se celebró en dicho año 681, y en el XIII que tuvo lugar en 684. A este Obispo siguió el VII, Nasibardo, cuyo nombre hallamos en el Concilio XV que se celebró en dicha ciudad, en el primer año del pontificado del Papa Sergio, y primero también del reinado de Egica, que fue el 688; mas no se halló personalmente en el sino por su vicario Desiderio, presbítero, que asistió y firmó con sus veces.

El VIII y último de los que se tiene memoria, es Arvidio, sucesor de Nasibardo, que debió tener pocos años la silla, porque el año 693 ya la tenía Arvidio y se halló en el Concilio XVI de Toledo, este mismo año, en el mismo imperio de Egica y pontificado de Sergio.

Aquí fenece la memoria de los Obispos de Écija, porque veinte años después la tiranizaron los moros, y a su entrada se retiró Arvidio, como escribe Juliano, a un lugarcillo antiguo en un monte de Portugal, junto con los demás obispos de Andalucía. Y añade que muchos de ellos padecieron martirio a manos de los enemigos; que estando uno de ellos celebrando, sobrevinieron de improviso y les quitaron la vida. Sintiendo algunos el tropel de los que venían, tomaron la hostia consagrada y la arrojaron a un pozo porque no la ultrajasen los moros. Después la sacaron y colocaron decentemente en la Iglesia y el lugar donde primero estuvo era tenido de los vecinos en gran veneración.

La pérdida de esta ciudad no salió de balde a los enemigos; pocos lugares de España hubieron tan caros ni aprecio de tanta sangre y aun con ella solo pudieron comprar el reducir los cristianos a que pidiesen partido. No fue menos costoso a los nuestros salir del campo sin ser del todo vencidos, porque si bien hicieron rostro al orgullo victorioso de los contrarios, con mas ánimo del que pude pudiera sustentarse entre sus desdichas, como quiera que allí mas les seguía la justicia de Dios airado que las armas de los vencedores, ¿qué fuerzas, que valor pudieran bastarles?, allí desfallecieron, donde menos pensaban.

El Arzobispo D. Rodrigo, en el Lib. III, cap. XXII de su “Historia”, en pocas palabras refiera esta perdida.

Dice, que acabada desastradamente aquella nunca bien llorada batalla que en los campos vecinos al Guadalete, se dieron los cristianos y árabes, Tarif siguió el alcance de los godos hasta Écija, de donde salieron inconsideradamente sus moradores, en compañía de los muchos que habían escapado de la primera batalla, y, fiados de la muchedumbre, sin medir el esfuerzo, quebrantado ya con la vista de tan malos sucesos, con el esfuerzo y avilantez que la victoria, tan fresca, daba a los enemigos, dieron precipitadamente con gran coraje sobre sus reales, y habiendo comenzado desgraciadamente la pelea, muchos dejaron la vida en el campo; los demás se retiraron a la ciudad, Aquí se queda el Arzobispo sin decir el fin de los retirados y pasa a las demás conquistas de las ciudades de Córdoba, Mérida, Granada y otras.

El padre Juan de Mariana, de nuestra Compañía, a quien con justa razón llaman los varones doctos de nuestra edad Tito Livio de España, así refiere esta pérdida:
“Un gran golpe de los que escaparon de aquella desastrada batalla del rey don Rodrigo, se recogieron a Écija, ciudad que no estaba lejos y en aquel tiempo bien fortalecida de muros. Con estos se juntaron los ciudadanos y animados a tratar del remedio, aun cuando fuese con riesgo de sus vidas, salvar lo que quedaba y vengar, si pudiesen, las injurias, no dudaron de salir al campo y pelear de nuevo con el vencedor que ejecutaba el alcance y perseguía lo que restaba de los godos. El suceso de esta batalla fue el mismo que el pasado. De nuevo fueron los nuestros desbaratados y puestos en huida. Los que escaparon de la matanza se fueron por diversos lugares. La ciudad por estar desnuda de gente de guerra, quedó en poder del vencedor y por su mandado la echaron por tierra”.

Lo mismo escriben otros autores.

Lo crónica general del rey D. Alonso, tan corta queda en esta conquista de Écija, que habiendo referido el encuentro que los de ella tuvieron con los moros y la retirada a la ciudad, no da fin al suceso. Solo dice que “después que Tarif, ovo la batalla vencida (la del rey D. Rodrigo) segundó los que quedaron fasta la cibdad de Écija, e los Cristianos cuando le vieron, con aquellos que fincaron del alcance, tomaron esfuerzo en si, e atrevieronse a ir a lidiar otra vez con los Moros, e salieron a ellos, e fueronlos a acometer sin recaudo, e el comienzo de su batalla fue mui sin ventura, murieron muchos dellos hi; e los que escaparon pugnaron de se acoger a la villa, e Tarif vinose entonces con su cavallería, e passose aparte cerca de una fuente, e de allí adelante fue llamado aquel lugar la fuente de Tarif, (es la que se llama de los Cristianos), e los Cristianos de aquella tierra quando oyeron dezir que tal gente era venida, e que venciera, e quebrantara el poder de los godos, demas que dizen que comían a los omes, pero non era verdad, ca los moros se fazen aquellas nuevas por espartar las gentes: cayó en ellos tal quebranto, e desi a tal espanto, ca solmente non avie in ome, que se osase anparar, e defender, e porque Toledo es cibdad muy fuerte mas que ninguna de las otras de las fronteras, pugnaron los omes de se acoger a ella, de guisa que non fincaron en las Castiellos, si non mui pocos que los anparasen”.

En un manuscrito del Ldo. Carranza de Valdenebro, noble médico de esta ciudad, se refiere de esta manera:

“Dentro de Écija estaban dos caballeros godos, sus naturales, Patrias y Frisus, habiendo sufrido varios y recios asaltos, salieron con su gente contra los moros, que tenían su asiento en el cerro real, y volviendo después a la noche cansados de la batalla, los moros, que estaban en emboscada, dieron sobre ellos en compañía del conde D. Julián, contra quien Patrias enristró su lanza diciendo: hoy pagarás traidor homicida de ti mismo, derramador de tu propia sangre tus traiciones y maldades y tu alma irá al infierno enviada por esta mano, que si esperas te dará la muerte. Arremetiendo el uno para el otro, fue Dios servido, como al fin aquella perdición era azote suyo, que el hierro de la lanza de Patrias, como había dado tantos golpes en los enemigos, se cayó en el suelo, y con el asta solamente hirió tan de recio al maldito conde, que con venir bien armado, salió herido de manera que llegó a punto de muerte, y esta se escribe que fue la primera sangre que sacaron a este traidor, y Patrias murió dentro de tres días. El cual como viese que no les quedaba a los de Écija capitán que pudiese gobernarlos, les aconsejó que se diesen a partido, y fue que se quedasen sus vecinos con sus familias y haciendas, con las Iglesias, sacerdotes y Obispo, con que si alguno de estos faltase no pudiesen criar otro ni traerlo de fuera; y que la tenencia y señorío de la ciudad fuese del moro Muza”.

Dice con esto Fray Jaime Bleda, en el Lib. VII, cap. Iv, de su “Crónica de los moros”:
“Orpas, hijo del rey Egica, Arzobispo que fue de Sevilla, andaba ya predicando (quiso decir persuadiendo), a los cristianos, que se diesen a los moros. Diéronles las fortalezas y castillos y quedaron mezclados con los moros”.
Preservaron en esta forma lo que duraron los sacerdotes, que fue mas de lo que aquí se da a entender, hasta que la falta de estos y tiranía de los moros lo acabaron todo. Así es tradición en esta ciudad, y pudo suceder así, supuesto que el Arzobispo mas vecino a los tiempos en que pasó afirma que volvieron a la ciudad. Mas no he leído en otro lo que aquí hallé escrito.

Añaden muchos autores un caso de los mas insignes que se han visto en España; el martirio de Santa Florentina del Valle. Dura hoy sustentada de la tradición de aquel tiempo al nuestro, tan fresca este memoria, como cuando se vieron teñidos con su sangre los alfanjes moriscos.

Las tradiciones anteojos son de larga vista; antorcha que en los lejos de la antigüedad descubre el camino a la historia. Con su luz vemos lo que no vimos, y a lo pasado halla paso el discurso a quien lo cerró el olvido de las historias.¿Qué opinión mas constante, que no llamo tradición hablillas del vulgo, mas firme, mas sin recelo en esta ciudad, que el martirio de estas vírgenes consagradas a Cristo?. En la leche maman esta enseñanza los niños, con ella se crían los mancebos, esta conservan y acreditan los viejos tan asegurados de su verdad, que ni cabe duda en ella, ni la ha puesto ninguno de los que escriben. Hablando esté el camino de la ciudad al monasterio de Nuestra Señora del valle. De las vírgenes se llama, de aquellas cierto, que como allí nacieron a Cristo y se criaron en la perfección religiosa, aquí murieron por él y pasadas a cuchillo, pasaron a gozarlo en el cielo. Pues ya el arroyo que de este suceso tomó el nombre de “Aulladero”, si bien por los clamores que enviaban ellas por mensajeros a su celestial Esposo, de las prisas que su amor les daba para que volasen a él, mucho mas por la confusa vocería con que se arrojaron los tiranos a su matanza, ¿qué no persuade?.

Fue así que entrada por los moros esta ciudad, la abadesa y monjas de este monasterio de Santa Florentina, como hijas de tal madre, menospreciando el peligro de la vida y temiendo el que corría su honestidad, expuesta a la violencia de tan bárbara gente, acordaron entre si de afear sus rostros de manera que no solo no fuesen incentivo de su apetito, mas aun lo apagasen del todo y se les hiciese aborrecibles. Dieronse varias heridas en el rostros y bañadas de sangre causaron asombro primero, después tan gran enfado que como lobos sangrientos cargaron sobre las inocentes ovejuelas del rebaño de Jesucristo, e hiriendo en ellas con coraje de fieras, todas las pasaron a cuchillo y ellas subieron al cielo triunfadoras, con dobladas coronas de vírgenes y mártires. Ilustre ejemplo, que imitaron después para eterna memoria las siete doncellas de la ciudad de Simancas, que recelando cuando la entrada de los moros los agravios a su honestidad, o de indigna servidumbre se cortaron las manos siniestras, para hacerse con la fealdad de su sangre aborrecibles a los vencedores. En confirmación de este suceso escribe así Fray Rodrigo de Yepes, religioso morador de este convento:

“Todos los que ahora viven se detestaron con oír la devoción de Nuestra Señora del Valle y de la Santa imagen, y de haber vivido aquí Santa Florentina y las santas vírgenes de su monasterio; y la abuelas decían a sus nietos que tuvieran devoción con el camino del valle, que se dice el camino de las vírgenes, o del Aulladero; por que todo el, desde la Iglesia Mayor de Santa Cruz hasta el monasterio, estaba regado de sangre de las doncellas santas que martirizaron los infieles arrianos o moros, en la destrucción de España. Y en el camino un paso se llama la puentecilla de las vírgenes, que son como las estaciones que se hacían al monte Calvario por los pasos de la pasión del Señor; muchas personas devotas traen esta consideración por esta camino. Y a la Puerta de Palma en esta ciudad, están unos mármoles que dicen se regaron con la sangre de estas santas doncellas, cuando desde el monasterio las iban martirizando los infieles. En confirmación de esto hay memoria en esta ciudad de una devota mujer, que se decía María Alonso, o de la Cruz, y ahora viven los que la conocieron, la cual afirmaba que una mañana antes del amanecer, que solía ella venir al monasterio cada día, le apareció una procesión de las vírgenes con candelas encendidas, le dieron una de ellas, la cual guardó para la hora de su muerte. Por reverencia de estas cosas y devoción de este gran santuario, muchas personas vienen gran parte del camino desde la ciudad de Écija descalzas, y otras las rodillas por tierra, hasta ver con sus ojos la santa imagen de la madre de Dios, y el lugar donde vivió santa Florentina, con la santa Compañía de las doncellas mártires de Cristo, y su capilla y sepultura. Hablo de esto no solo por la relación de otros, sino como testigos de vista en dos años que residí en aquel santo monasterio, donde consideré la singularísima devoción de la gente y el grandísimo concurso que hay de venir allí, especialmente a la misa del alba todos los sábados, que desde antes que amanezca esta a la puerta mucha gente devota, y con lágrimas y gran confianza de encontrar allí remedio y consuelo a sus trabajos y necesidades.”

Hasta aquí el autor, y me maravillo que hable en duda de los autores de este martirio, atribuyéndolo ya a los arrianos, ya a los moros, afirmando que lo fueron estos, la tradición y los historiadores. Por eso Fray Jaime Bleda, en el Lib. VII, cap. II, dice, “que las monjas de Santa Florentina de Écija, fueron las que primero padecieron el martirio, luego en la primera invasión de los moros, cuando fue tomada aquella ciudad:” bien que no fueron solas ellas las que en esta ocasión así triunfaron de sí mismas; que en algunos lugares de España, dice Juliano, que se oían sonidos de campanas debajo de tierra, donde se creía, que hubo monasterios de monjas, que por no manchar su honestidad en poder de los moros, pidieron a Dios se las tragase antes la tierra y lo alcanzaron.

No dan paso mas adelante nuestras historias, ni representan otra memoria de las que nos importa tener, para saber seguramente el estado en que perdida la ciudad quedaron sus cosas, mayormente la cristiandad. Mas si bien las historias callan, hablan algunos ejemplos y responden tradiciones antiguas, conservadas hasta hoy en sus ciudadanos.

Muchos años después hallamos naturales de Écija, mártires, sino en su tierra, en su vecina Córdoba, cuyos triunfos escribe S. Eulogio y son los siguientes.

CAPITULO VIII. DE SAN PEDRO, PRESBÍTERO, Y SAN WISTREMUNDO, MONJE, MÁRTIRES, NATURALES DE ESTA CIUDAD. CONTINUACIÓN DE LA IGLESIA DE ESTA CIUDAD.

Aseguran grandemente y hacen cierta la tradición referida, de que aun rendida la ciudad a los moros, no la desampararon del todo sus moradores cristianos, las memorias que en sus escritos nos dejó el glorioso mártir S. Eulogio en el segundo libro de su “Memorial de los Santos”, donde entre seis gloriosos triunfadores, cuenta dos naturales de Écija: S. Pedro, ilustre sacerdote y S. Wistremundo, valeroso mancebo, hijos de esta ciudad, que mas de ciento y treinta y siete años después que fue poseída de los moros, el uno con respetos propios de buen sacerdote, el otro con deseo de vida mas perfecta, ambos dejaron su patria y se vinieron a Córdoba. S. Pedro para proseguir los estudios de las letras y hacerlo digno ministro de la Iglesia. S. Wistremundo huyendo del siglo a la religión. Abonan ambos testimonios que aun estaba en pie la cristianidad en Écija, con iglesia, sacerdotes y sacramentos. Los empleos de sus primeros años no se escribieron, mas bien se dejan conocer de los que tuvieron edad consiguiente, que los mancebos, como dice el Espíritu Santo, el paso que tuvieron en su juventud ese llevan a la vejez. Echan profundas raíces los vicios; échanlas también las virtudes. Cada uno coge lo que sembró; frutos semejantes a la semilla. De vida, y vida no cualquiera, sino eterna y gloriosa, fue la que sembraron en su niñez los dos santos; esta creció en sus loables costumbres y correspondió con frutos de bendición. Diólos S. Pedro en el sacerdocio: S. Wistremundo en la religión; y últimamente ambos en el martirio, tan aventajados como los refiere el glorioso mártir S. Eulogio con palabras bien grandes diciendo:

Vengamos ya a aquel sacratísmo globo, o compañía del misterioso Senario, o numero seis, que juntos en un día y una hora, fueron pasados a cuchillo por testigos de la verdad. Sus nombres, Pedro, Walabonso, Sabiniano, Wistremundo, Abencio y Jeremías. De estos los dos, Pedro y Abencio, aquel nacido en Écija, este otro en Peñaflor, lugar vecino a veinte millas, o poco mas, no conocido entonces por este nombre, sino por el de Ilipa o Elepla, como aquí la nombra el santo; ciudad, cuando su pujanza, calificada; cabeza de Obispado hasta la invasión de los moros, ahora diócesis de Sevilla, y jurisdicción, desde el imperio de los romanos, de Córdoba en lo seglar; puesta sobre la ribera occidental del gran río Betis, navegable hasta allí con navíos de mediano porte, como dice Strabón y lo muestran las ruinas de su puerto y otras memorias que de aquellos siglos aun permanecen. Vuelvo a los dos santos que vinieron a Córdoba, guiados dos buenos pensamientos, dignos de nobles espíritus amadores de alta virtud y divina sabiduría. Buscaron honrosamente, cediendo a la dulzura de su patria y conversión de los suyos, lo que en ella y entre ellos afrentosamente otros desprecian: estudios de buenas letras especialmente de las sagradas, perfección de entendimientos hidalgos, que hechos al deleite de la contemplación, todos se ocupan en conocer las cosas celestiales; bienaventuranza de esta vida, semejanza de la eterna. Aquí se dieron al ejercicio de las ciencias debajo de la enseñanza de un abad Frugelo, que, como en otra ocasión dijimos, regían las iglesias Abades, vocablo hebreo que significa lo mismo que cura o ministro, y aun eran casi todas monasterios donde, como antiguamente la religión del glorioso patriarca S, Benito, en honesta ocupaciones de virtud y letras se criaba entonces la juventud. Granjearon de ambas cosas tanto caudal y acrecentáronlo con el estudio de la sagrada escritura de manera que les encargaron la administración y gobierno del monasterio de Nuestra Señora de Cuteclara, famoso por la devoción de su imagen y por la santidad de las monjas que en él vivían.

Estaba este monasterio en un lugar, o barrio, de que tomó nombre de Cuteclara, no lejos de la ciudad a la parte del occidente. Señas que guiaron a nuestro cronista Ambrosio de Morales a pensar si hubiese sido el que es ahora religioso templo y celebrado monasterio de frailes mínimos, orden del gran patriarca S. Francisco de Paula, a la occidental de la ciudad, extramuros, con el título de Nuestra Señora, heredado de mas de doscientos y cuarenta años de antigüedad, si bien se llamaba en la edad pasada de Santa María de las Huertas, cuya imagen allí se guarda y ahora se llama de la Victoria. Conjeturas que a no decir el mismo que estaba en la sierra, pudieran persuadirlo.

Así escribimos de este monasterio en nuestros “Santos de Córdoba”. Después el Padre Fray Juan de Morales, ejemplar religioso del dicho orden, en el “Epítome de la provincia de Andalucía”, donde se habla del convento de Córdoba, esfuerza cuanto puede la opinión de nuestros cronistas, de que el monasterio que hoy es de Nuestras Señora sea el que entonces fue de Santa María de Cuteclara; aunque no responde a la dificultad que el mismo se puso del texto, que pensó ser de S. Eulogio, y no es sino de su comentador Ambrosio de Morales, que en el “Índice de los monasterios de Córdoba”, que puso al fin de las Prefaciones, dice: “Cuteclarense Monasterium urbi vicinis livae Mariae Virgini sacrum”, que en nuestro vulgar dice: “el monasterio de Cuteclara en la sierra vecina a la ciudad, dedicado a la sagrada Virgen Maria”. Que S. Eulogio solo dice que no estaba lejos de la ciudad, y si fuera donde el convento de la Victoria, parece que debía decir junto a la ciudad. Además, que en el cap. VIII, del Lib. II del “Memorial de los santos”, añade que Santa Maria, virgen y mártir, hermana de los proto-mártires de esta persecución, Adulfo y Juan, bajó de este monasterio para recibir el martirio, dando a entender que estaba en lugar alto respecto de la ciudad. Conjetura que movió al maestro Ambrosio de Morales, a ponerlo en la sierra cercana; aunque después en la III parte de su “Historia de España”, mostró sentir que el sitio del convento de la Victoria es el mismo que fue de Cuteclara. Ni hace mucha fuerza en contrario que allí se diga que bajó Sta. Maria al martirio; porque siendo el tribunal de los jueces y reyes en los palacios del Alcázar, los que allá caminan desde este convento, por donde quiera que vayan, han de bajar. Y diciendo con esto haberse hallado allí estos años pasados el torno de las monjas y lo demás que refiere el P. Fray Juan de Morales, muy creíble hace su parecer y mucho alienta la común devoción que se tiene en esta casa. Mas no ha prueba mas firme.

Vuelvo a los compañeros de nuestros santos, especialmente al de S. Wistremundo, que fue Sabiniano, natural de un pequeño lugar llamado Froniano, del que no se tiene memoria. Profesaron ambos vida religiosa en el insigne monasterio de S. Zoil, puesto en la soledad y asperezas de la Sierra Morena, treinta millas adentro, en lo alto de un cerro a cuyas raíces corre el río Armilata, que mudado ahora poco el nombre se llama Guadalmellato, socorro en aquel tiempo de la necesidad y pobreza de aquellos monjes, por la muchedumbre de peces que en él se criaban y se crían hoy en tanta abundancia, que viéndose como se ven ahora por la mucha claridad del río causan gusto y admiración. De el que acabólo, no el tiempo que todo lo gasta, sino la ejecutiva furia de los moros que nada perdonaron. Sólo quedan en el sitio dudosas memorias en ruinas de antiguo edificio, como seis leguas la sierra adentro, sobre el religiosísimo monasterio que con título de S. Francisco del Monte ha tenido y tiene hijos muy de su padre, señalados en clausura, penitencia y asperaza de vida; imitadores especialmente de su extremada pobreza, favorecida con milagros en socorros del cielo, por manos de animales tal vez, o de hombres no conocidas, en ocasiones desesperadas de medios humanos. Dio fuerza a la opinión del lugar la buena diligencia y piedad del nobilísimo caballero D, Diego López de Haro, marqués del Carpio, en cuya tierra está el monasterio, a quien los sucesores todos ayudan y favorecen siempre con sus limosnas; porque advertido a instancia del Padre Fray Felipe de Sosa, de la misma orden, varón señalado en piedad y doctrina, envió con él un criado que puntualmente midiese la distancia que S. Eulogio señala, y hallaron ser la misma sin diferencia: conservase hoy allí una cueva con el nombre de S. Zoil.

Los santos Abencio, de buena edad, y el anciano Jeremías, naturales de Córdoba, monjes ambos, este en el monasterio Tabanense, fundado por el de su propia hacienda, como se dijo en la vida de S. Isaac; Abencio en el de S. Cristóbal, frente de la ciudad, a la parte del mediodía, donde según la tradición desde aquellos siglos al nuestro, se ve la ermita que llaman de S. Julián, celebrada antiguamente por la cofradía que de algunos años acá se paso a la nueva parroquia del Espíritu Santo, en el campo de la verdad, contra el castillo guarda de la puente que llaman allí la Calahorra. Aquí el santo monje, muerto al mundo vivía sólo a Dios en vida semejante a la de aquellos antiguos moradores del yermo, que lejos del bullicio de la ciudades y conversación de los hombres, en sosegada soledad pasaban atentos a las inspiraciones del cielo, y buscaban seguros y breves caminos para alcanzarlo. No contento con la clausura del monasterio, cerrose en una voluntaria cárcel de estrecha celda murada en alto, sin dejarse ver ni comunicar mas que en ocasiones forzosas por alguna ventana. Vistió siempre un duro silicio de jaunas de hierro; traía en cinta su carne, en regla sus apetitos, en abstinencia el gusto, en continua mortificación los sentidos, los pensamientos en Dios y los deseos en el martirio para gozarlos.

Todos estos seis fortísimos y esclarecidos varones en una misma voluntad y resolución de dar la vida por Cristo, puestos ante el tribunal de los moros a una voz dijeron: nosotros también, oh juez, somos de la misma opinión y sentimos lo mismo que nuestros hermanos Isaac y Sancho, a quienes por ello quitaste la vida. Ejecuta, pues, en los presentes la sentencia que en los pasados, y, si mas quieres, acrecienta cuanta fiereza pudieres en venganza de tu profeta; porque nosotros, así como confesamos a Cristo por verdadero Dios, así también tenemos a vuestro profeta por mensajero y precursor del Anticristo, autor de las mentiras de vuestra ley. De vosotros nos dolemos, que ciegos de ignorancia e inficionado el corazón con la ponzoña que os dio a beber aquel demonio, sin remedio corréis a la eterna perdición.

Mandólos el juez degollar en oyendo esta confesión. Echáronles mano los ministros y aunque con los demás guardaron el tenor de sus leyes, que vedan dar otro castigo al que ha de padecer muerte, excediéronse con el santo Jeremías, a quien, por haberles hablado en ofensa de sus creencias, le cargaron de azotes tan crudamente, que casi muerto lo llevaron al lugar del martirio. Los santos, gozosos todos de ver cumplido el fin de sus deseos, iban con alegre semblante, convidándose como a bodas, no para engañar algún temor de la muerte tan vecina, sino para entretener las ansias de recibirla. Fueron degollados en primer lugar el sacerdote y diácono Pedro y Walabonso, después los demás; todos en el día siete de junio de ochocientos cincuenta y uno.

Los cuerpos pusieron en palos en compañía de los que habían padecido por estos días y poco después los quemaron a todos y sus cenizas esparcieron por el río para que no quedase memoria de ellos. Refieren este martirio, sacado de S. Eulogio, los martirologios de Usuardo, Abdón y el romano del Cardenal Baronio, con algunos otros historiadores de España.

Algunos años después, el ochocientos setenta y tres, que es el cinto cincuenta y nueve de su cautividad, hallamos obispo de Écija, de quien por buena dicha dejó memoria ilustre confesor de Cristo, el Abad de San Zoil, de Córdoba, Sansón, no mas por el nombre que en la fortaleza y celo de la honra de Dios, con que se opuso a Hostigecio, obispo entonces de Málaga, no pastor sino lobo de sus ovejas, y al conde Servando casado con su sobrina, cruel perseguidor de la sangre de sus naturales, herejes ambos infames, de los que negaban la humanidad del Verbo encarnado. Para asegurar la fé y la religión se reunió Concilio en Córdoba, en la Iglesia de los gloriosos mártires su patronos, S. Aciselo y Santa Victoria. Asistieron en él, con Valerio obispo de Córdoba, Reculfo de Cabra; Beato, de Écija; Juan, de Baza; Gines o Genesio de Almería; Theudeguto, de Elche; Miro, de Medina Sidonia, y otros que no se nombran.

Muestra esto, que no fueron los conciertos con que esta ciudad se entregó a los moros en la forma que arriba referimos del manuscrito del Ldo. Carranza, que afirma haber sido condición de la entrega, que muriendo el obispo, o cualquier sacerdote, no habían de sustituir otro en su lugar. Si ya no pensasen que este obispo sólo fuese titular. Mas si así fuese como allí se dice, la condición de la entrega, duro gravamen fue ciertamente encaminado por el común enemigo del linaje humano a extinguir en breve la cristiandad. Lo contrario hallamos, conservada la silla obispal por mas de ciento cincuenta y nueve años del imperio de los moros. Alárganse otros , y conocen iglesias, sacerdotes y cristiandad continuada por tantos siglos hasta que recobraron la ciudad los cristianos. Que si bien puedo ser así, para asegurarlo no se que tengamos autoridad que lo fíe. Mas de esto a su tiempo diremos, pocos pasos de aquí cuando arribemos a recobrarla.

Dije arriba que el monasterio de S. Cristóbal, donde fue monje S. Abencio, compañero en el martirio de nuestros santos, estuvo de la otra parte del río, donde ahora la pequeña ermita de S. Julián, o en aquel sitio vecino, porque así lo entendieron nuestros mayores y lo mostraban las ruinas de antiguos y grandes edificios que allí vimos en nuestra niñez, y las que este año pasado, de mil seiscientos veinte y seis, descubrió la inundación de Guadalquivir lo persuaden tanto, que los hombres doctos y de voto en antigüedades, se han confirmado mucho en esta opinión. Pero porque algunos mas confiadamente, que lo que sufren estas materias y afianzas otras prendas, las califican por falsas y por superstición del vulgo, no me hallo obligado a salir a la causa y defender el respeto que se debe a personas tan doctas, tan pías, de tan gran crédito y autoridad, por si mismas y por su escritos, recibidos no solo de nuestra nación, sino también de las extrañas, a quienes son de estima y veneración; que lo afirmaron y afirman.

Mas por no cortar el hilo a la historia, reservo el hacerlo para el fin de ella.

CAPITULO IX. GRANDEZA DE ÉCIJA EN HABER SIDO UN HIJO SUYO INSTRUMENTO DE LA CONVERSIÓN DE AQUELLA PARTE DE NUEVO MUNDO, LLAMADA IMPERIO DE MEJICO.

Ya que me hallo escribiendo los triunfos que ganaron los ciudadanos de Écija, derramando su sangre por Cristo, no será razón pasar adelante sin dejar memoria de los que fundaron su fe en el nuevo mundo del Occidente. Que si uno de los mas aventajados y gloriosos títulos de alabanzas que por beneficio del cielo tiene España, sobre todas la naciones del orbe, es haber llevado las banderas de la fe a regiones tan apartadas de oriente y poniente, gran parte de esta gloria cabe a la ciudad de Écija, pues un ciudadano suyo fue instrumento de conversión de aquella parte del nuevo mundo, conocida por el imperio de Méjico, y de su reducción a la corona de España.

El como, suceso fue raro, disposición de la divina providencia; glorioso para con Dios, para la nación española, a quien reservó su Majestad esta empresa. Fue así que habiendo salido el valerosísimo Hernán Cortes de la isla de Yucatán para la de Cotoche, comenzó la nave de Pedro de Alvarado, uno de sus compañeros, a hacer agua de manera que, para remediarla, fueron forzados de volver a la isla de Acuzamil. Estando en ella, una mañana, domingo primero de cuaresma, llegó a tierra una canoa, que así llaman a unas barcas pequeñas hechas de troncos de árboles, en forma de artezas, y venían en ella cuatro hombres desnudos, con arcos y flechas y ademanes de pelear. Persuadidos los españoles que venían de guerra, desnudas las espadas, fueronse para ellos, mas adelantándose uno de los isleños dijo en lengua española a los nuestros: Señores, ¿sois cristianos?. Sí somos, respondieron ellos, y también españoles. Arrojóse entonces de rodillas en tierra, y con lágrimas en los ojos, levantadas las manos al cielo: a Dios, dijo, doy infinitas gracias que me ha sacado de entre bárbaros infieles; ¿qué día es hoy? Señores, que según yo pienso es miércoles. Desengañáronlo afirmándole que era domingo primero de cuaresma, y con igual gozo que admiración lo llevaron a Hernán Cortes, quien informado del caso, con igual afecto que los demás, alegre de haber encontrado en naciones nunca vistas y lengua tan extrañas quien hablase la suya natural, le preguntó quien era, de donde y como se hallaba en aquellas tierras. Yo, señores, respondió, soy andaluz, natural de Écija; mi nombre Jerónimo de Aguilar. El año mil quinientos navegando de Darien a Sto. Domingo, a recoger dineros para la guerra que hacíamos cuando los encuentros de Diego de Nicuesa y Vasco Núñez de Balboa, dimos al través con una carabela, junto a Jamaica, y para guarecerlos metimos veinte hombres en el batel. De estos murieron siete en el mar; los trece restantes tomamos tierra en la provincia que dicen Maya. Allí nos prendieron los indios naturales y nos entregaron a un cacique, mas fiera que hombre. Sacrificó a sus dioses y comiose uno que se llamaba fulano Valdivia y de otros cuatro dio banquete a sus criados y amigos. Los demás quedamos a engordar para el plato de otro día. Mas no quiso Dios que lograse el bárbaro tan fiera carnicería. Huimos, por gran misericordia suya, de la prisión, aunque vinimos a manos de otro cacique, grande enemigo de esto otro lobo sangriento, que si bien nos tuvo presos nos hizo buen tratamiento él y sus herederos. De todos siete compañeros míos, muerto seis, sólo resta un Gonzalo Guerreo, casado con una india muy rica, que avergonzado de traer al uso de la tierra taladradas las narices, no quiso venir conmigo.

Esta relación obró en los españoles varios efectos: alegría del buen suceso con que habían recobrado un cautivo de la nación por medios tan no pensados; práctico en la lengua de aquellas tierras donde se hallaban; mas causóles horror oir que fuesen aquellos bárbaros tan bestiales que como brutos, o peces, se comiesen unos a otros. Venció el contento de tener lengua en Jerónimo de Aguilar para entenderse y contratar con los indios. El día siguiente le mandó Cortes que predicase la fé de Cristo y lo hizo también que a persuasión suya derribaron los ídolos, recibieron la cruz y la adoraron y cobraron gran devoción a Nuestra Señora, cuya imagen había puesto antes Cortes en un templo. Lo mismo hizo en otro lugar que poco después ganaron a fuerza de armas y fue el primero que tuvieron los españoles en tierra firme de Indias, al que dieron el nombre que hoy tiene de Vitoria, teniendo antes el indio de Potouchan. Limpiaron el templo mayor, destruido los ídolos, colocaron con la devoción y aparato posible la Cruz y celebraron en él la fiesta y ceremonias del Domingo de Ramos. Con la religión recibieron los naturales la obediencia a nuestro reyes; los primeros vasallos que tuvo en aquellas tierras del nuevo mundo la corona de España, y en que tuvo gran parte la ciudad de Écija, pues la industria y persuasiones de un hijo natural suyo redujo a Dios los primeros cristianos y al rey los primeros vasallos de aquel nuevo reino. Casó Jerónimo de Aguilar con una india llamada Marina, de las primeras que allí recibieron la fé, y sirvió también ella de lengua donde no la sabía su marido, con toda fidelidad, de tal manera, que no solo ayudó para tratar los negocios de estado, sino para los mas principales de la religión, sirviendo de intérprete a quien se proponían. Dio noticias a sus indios de la fe de Cristo, declaróles el engaño en que vivían de la adoración de sus ídolos, afeóles la fiereza de los sacrificios con sangre humana que les hacían, la bestialidad de comerse unos a otros, con que los dispuso a detestar su ley y recibir la evangélica. Engrandeció la potencia, majestad y buen trato para con sus vasallos de los reyes de España, con que los aficionó a desearlos por sus señores. Sucedió esto el año 1519, y refiérelo en su “Pontifical”, parte segunda, Lib. VI, capítulo CCXXV, el doctor Gonzalo de Illescas.