ECIJA, SUS SANTOS Y ANTIGUEDAD (ECLESIASTICA Y SEGLAR)
POR EL PADRE MARTIN DE ROA – 1890
Copia de la que en 1629 publicó su autor

LIBRO III. ( De Écija después de la Reconquista )

CAPITULO I. RECOBRASE ÉCIJA POR LOS CRITIANOS. REPARTIMIENTO QUE SE HIZO DE TIERRAS, CASAS Y ALDEAS. CASO RARO QUE SUCEDIÓ EN UNA DE ELLAS.

Pasados quinientos veinte y cinco años de las cautividad, fue servido nuestro Señor de restituir a sus dueños naturales esta ciudad. El como sucedió, tan ligeramente lo refieren nuestras historias, que sólo dicen en general que unas compañías de soldados envidados por el santo rey D. Fernando, a tierra de enemigos, se apoderaron de muchos lugares, cuando por fuerza, cuando por rendirse ellos de su voluntad. En particular Écija, Estepa, Lucena, Osuna, Cabra, Baena, Marchena y otros muchos pueblos menores. La entrega de Écija se hizo al santo rey D. Fernando de Córdoba, y como se entiende de la escritura de repartimiento que se hizo de las tierras, casas y aldeas, los moros se rindieron a partido y entregaron la fortaleza que llamaban Calahorra, quedándose en la ciudad los que gustaron, por tributarios del rey, y saliendo también los que quisieron a tierra de moros. Pasó esto el año mil doscientos cuarenta, por Mayo, y duraron aquí los rendidos veinte y dos años y media, hasta el 1262, que de todo punto la desampararon los moros y se hizo el repartimiento en la forma que dice la escritura en los libros del Cabildo de aquel tiempo, y que es la que luego diremos.

Parece contradecir el tiempo un letrero que dicen estaba en la capilla mayor de la Iglesia de Santa Cruz, donde decía:

DIA DE S. CRVZ DE SEPTIEMBRE EN LA ERA
DEL NOBLE SEÑOR DE MCCLIX. AÑOS SE GANO LA
NOBLE CIVDAD DE ÉCIJA. GANOLA EL REI
DON ALONSO HIJO DEL REI DON FERNANDO.

Mas engañóse mucho el autor de esta inscripción; si habló de la primera entrega que hicieron los moros del castillo de la Calahorra, que fue el año 1240, entrado ya hasta mayo, y no al rey D. Alonso, sino a su padre el santo rey D. Fernando, como consta de nuestras historias y de la escritura del repartimiento que veinte y dos años después se hizo por mandado del rey D. Alonso, su hijo, a quien aquí se le atribuye la recuperación de Écija, porque reinando él la desocuparon de todo punto los moros. Lo mismo leemos en otra piedra de letras góticas que está en la pared de la otra torre de Santa Maria, donde se dice que la ganó de los moros el santo rey don Fernando.


ESCRITURA DE REPARTIMENTO

En el nombre de Dios Padre, e hijo, e Espíritu Santo que son tres personas, e un Dios; en la qual verdadera Trinidad todo Christiano cree, e en él tiene verdadera esperanza de bien para el cuerpo, i para el alma.
Andados diez años que el Bienaventurado Rei don Alonso reinó, i la Reina doña Yolante en Castilla, en Toledo, en León, en Galicia, en Sevilla, e Córdova, en Murcia, en IAEN, en el Algarbe: e aviendo passado ventidos años, i medio, que la torre de Calahorra de Écija fue dada a los Cristianos, en la era de MCCCI, años al tiempo que Écija se vazio de los moros, en presente de buena ventura del rei don Alfon, e de la Reina Doña Yolante, siendo in para la recibir el Concejo de la mui noble ciudad de Córdova, e Don Nuño hijo del conde don Gonçalo. Nos don Martín Fitero Arcediano de Córdova Clerigo del Rei, e Don Simón criado del Rei, e Alcalde por la Reina en Écija, e Iuan Lopez escrivano del Rei, siendo conocidos, e omildosos, a cartas e mandamientos de los sobredichos Reyes don Alfon, e Doña Yolante, partimos la villa de Écija a su termino según que aquí será dicho en quatro Collaciones en remenbranca de Cruz. La primera la Mayor Santa, i verdadera Cruz, i la del lado diestro Sta. María, i la del siniestro S. Iuan, i la de adelante de tres S. Barbara, en semejança del pueblo, que está ante la Cruz, pidiendo merced, i laudando en nonbre de IesuChristo. E le esarainamos la villa de Écija de la Torre de la Mezquita, de la bodega de Don Nuño, del termino de la Carniceria, alli do se parte las tres Collaciones de Santa Cruz, S. Maria, i S. Barbara. Dimos a Santa Cruz desta torre assí como va la calle adelante fasta la esquina de la Comarca de la cal de la Verdad, i desta torre dicha por la cal del Baño viejo, como se torna por la cal que va a la torre Albarrana, que está cerca de la escalera desta torre a la puerta sobredicha. E destas dos torres, como va el Adarve adelante, que está entre la puerta de Ossuna, e la escalera, en par de las casas de Martin Salvador, ansi como va por medio de la plaça, e por medio de la Carnecería. E dimos a la Collación de S. Iuan desde la puerta de la Verdad, fasta el canto de la cal de la verdad, e dende adelante por la cal de los Arquillos al forno de las aguas, e dende atraviesa la plaza de los Baños del Rei e toma la cal adelante fasta la puerta del Alcazar fasta el canto de la cal de Iuan Lopez escribano dicho, e como parte S. Iuan, por la cal de los baños del Rei. E por el forno de las aguas assi como va por la cal adelante fasta la torre de la Mezquita dicha, e torna dende la media carnecería, e la media plaza; e va por la cal de Puerta Ossuna, edestaja por las casas de Martin Salvador a la torre quebrada dimos a la de S. Maria.

E después que esto ovimos fecho, dimos a cada uno de los pobladores casas, según que pertenece a cada uno. Assi como la villa fue partida en Cruz, según que dijimos, asi partimos al termino en modo de Cruz: ca pusimos en cabo de la legua contra Oriente, en cabo Morana el Arrecife adelante a CSB sogas desde la peñuela, e fecimos mojon de legua, e cabeza de Cruz: e posimos en Alcofría en par de la fuente CXCII sogas, mojon a pies de Cruz. E posimos a la peña del cuervo a CC sogas, mojor, e brazo siniestro de Cruz. E posimos a CCXXX sogas mojon, e brazo diestro de Cruz, assi como diximos que partimos la villa en Cruz, assi como partimos el termino de la legua adentro en manera de Cruz, que es en quatro partes. E después que todo esto fue partido, feísmos treinta i dos aldeas, que son fuera de la legua: e entre nuestras vecindades la primera la noble Cibdad de Cordova, e de Carmona, e de Ossuna, e de Lora, e de Estepa, e Marchena. Las quales son estas que aquí seran dichas. Tejada, Aventurada, Alcofria, la Guarda, Merliza, la Figuera, Fuente de Silos, Salinas menores, Salinas mayores, Villagordo, aldea del Cuerno, la fuente del Cuerno, la Cabeza de la harina, los Algarves del camino de Ossuna; Villar de Fornos, Palomares, la Bastida de Don Nuño, el Aldea de Arenales, Villar de los Silos, Frias, el Almarjar, Baños o Bañuelos, la gran Albuhera, Mochales, Torregil, Saeta o Saetilla, S. Marcos, S. Marina, la Legua, Morana, Cestiles.

Martes tres días andados de Marzo Era XCCCIX años, nos Don Martin de Fitero Arcediano de Cordoba, e clerigo del Rei, e Don Simon ome del Rei, e Alcalde por la Reina en Écija, e Iuan Lopez escribano del Rei, e partidores dese mesmo lugar, por mandado de nuestra Señora la Reina, fuimos con los Iurados, e omes buenos de Écija, e con caballeros, e omes onrados de Cordova; e fue con nusco Don Alobasen, e Atabas, e Aboandre moros fijos del Alcaide, e señor de Écija; e Don Ali Aven Habetu, e Don Hain Alfaira: e Fue con Nusco Don Annas el partidor, e Iuan Ximénes, Escribano publico de Écija. Tomada la jura a este Iuan Ximenez sobre Santos Evangelios, que escrviese bien, e lealmente todo el fecho, assi cmo fallassemos. Otrosi los moros jurando por su Alquibla, que dirian verdad sobre este fecho. E nos los dichos partidores salimos de Écija a poner mojones en los lugares de los Moros nos mostrasen en Dios, e en sus animas, por la jura, que juraron, do solian ser en tiempo de los Moros, de sus padres, e de sus abuelos. Ellos con nusco; e nos con ellos, fuemos al lugar, que dizen Alhonoz sobre Guadaxenil, e fallamos el primero mojon, do fue en tiempo de Moros en derecho de las aceñas, cerca de la puerta dese mesmo lugar. E desde mojon yendo a mojon cubierto contra la cabeza del Cuerno fuemos, e entramos por un apartida de la Xara, e passamos el río salado, que dizen Sangil, e llegamos a una fuente, que es en Guadamedina; e está ai una alberca grande; e ensomo de la cabeza hallamos un mojon de tienpo de los Moros, según ellos dijeron por la jura que juraron. E dende a mojon cubierto allegamos a la Nava de Parederas, e dende a la Nava de la Figuera. E dende a mojon cubierto a la torre de la Reina. Está la torre por mojon, según dixeron los Moros, e dende adealnte llegamos al mojon, que esta sobre Fuencubierta, e fincó la Fuencubierta en el termino de Écija. E dende llegamos a un Villar do está un pozo en la Pardiella. E dende adelante llegamos a la Culubella, e alli fallamos un mojon de tiempo de moros, en un casar, que estava ai, e fincó la Culubella por la jura que juraron. E dende a un Villar, que está de suso de una peña redonda, e ai unas fuentes do fallamos un mojon de tiempo de Moros. E dende llegamos a Guadaxenil, en derecho en de la Cabeza de Alhonoz, do llegamos nos, e los moros sobredichos, quando acabamos de poner los mojones; dende nos tornamos a Écija, e a su termino, e començamos a partir las Aldeas:

Hasta aquí la escritura.

Estas aldeas o donadíos, algunos eran cortijos, otros con alguna población. Son las mismas que se nombran arriba, aunque se añaden la Moncloa, Turullote, Baños, que llaman Bañuelos; Saete, Saetilla; y Berros, la fuente del Berro, que se repartieron con los jurados y hombres buenos de Écija, y con los caballeros y hombres honrados de Córdoba, que por mandado de la reina vinieron a hacer el repartimiento.

Es de advertir que cuando aquí se nombra villar, significa alguna pequeña población, cual acostumbran tener muchas los moros en torno de la ciudades principales. Así fue el villar de los Marmolejos junto a la Moncloa, donde también está la fuente de Guadalpacar, que se entiende es la de Mingo-Andrés y el Arroyo de los ciegos es la madre.

CESTILES: Aldea se dice de Prado-redondo, y entre ésta y el camino de Santaella se han visto grandes ruinas, cimientos, acueductos y torres de cantería.

ALHOCEN: Lugar de moros, sobre la ribera del Genil en el camino de Lora, cuyas torres y castillos están en pié. Los comarcanos allí sueñan tesoros encantados.
Persuadiéronse a creerlos con lo que sucedió en una huerta cercana, en años pasados, a Juan Flores, vecino de esta ciudad. Fue así que éste y otros labradores habían visto varias veces entre las ruinas de este despoblado una culebra de disforme grandeza, cual las hemos visto en nuestros tiempos traidas de los desiertos del nuevo mundo de las indias, y hasta hoy se conserva una en la celebrada ermita de Nuestra Señora de la Fuensanta, en Córdoba, y se trajo siendo yo niño y fui testigo de la mayor fiereza que ahora me representa, consumida con los años, si bien admira la que hoy se vé.

Mas comparada con la que escriben y me refieren en estos días religiosos de gran crédito de la Compañía de Jesús, que vienen del nuevo reino de Granada, en las indias, no hará numero con las fieras. Afirman que una legua de Tunapuna, lugar en los llanos que dicen de Chita, hay un bosquecillo y una laguna, donde años há se ha visto una monstruosa culebra del cuerpo de un buey, larga en proporción. Deja por donde se mueve, senda ancha como una braza, tan seca, y trillada como una calle pública. Huélenla las cabalgaduras cuando caminan y no se las puede hacer dar un paso aunque mas las labren de espuela. Lo mismo hacen los perros, dándoles el viento de sus excrementos que tienen olor de almizcle. Tiróle un soldado muchos escopetazos tan sin efecto como si dieran las balas en bronce, porque está armada de fortísimas conchas, grandes cuanto una mano.

Vuelvo ahora a la de nuestro hortelano. Pasó tal vez por un soto de arboleda, de donde ella le acometió sobre descuido, tan feroz, que ni pudo valerse de los piés, ni tuvo armas de que aprovecharse en las manos. Obró el miedo en esta lo que en otras ocasiones el ánimo: que suele el temor desesperado pasar en coraje, hacer valiente a los flacos y aun vencedores a los vencidos. Era el hombre conocido de grandes fuerzas y alentólas el peligro con el amor a la vida. Abrazóse con la fiera luchó con ella gran pieza del tiempo, trayéndole ella como pelota. Cuando ya el cansancio le iba rindiendo, ella se desenlazó y cayó como muerta; él de la misma manera restó tan quebrantado, tan sin aliento, que a no caer ella quedara muerto.

Después de haberse reparado algún tiempo, cobró ánimo y llegándose a la culebra le midió la boca que tenía mas de una tercia rasgada, y a proporción el largo y grueso del cuerpo. Retiróse a su casería de donde envió dos hombres que la atasen, para hacer muestra del caso en la ciudad. Llegaron ellos, mas atemorizados de su vista volvieron atrás afirmando que aunque yacía como muerta parecían vivos los ojos. Para certificarse pués afirmaron otros labradores de aquel pago, que la veían algunas veces en el mismo lugar pasar del río a la huerta. El hortelano se retiró tan maltratado, como asombrado, a la ciudad, donde se curó del trance pasado, y estuvo tan en peligro que no fue poco que escapó con la vida. Hicieron fe de esta caso los que fueron testigos de el y el Ldo. Carranza de Valdenebro, que fue el médico de su enfermedad, nos dejó memoria de él por escrito.

NUÑO: también fue población donde los repartidores dejaron para morada cincuenta y seis aranzadas de tierra. Llamóse asó por D. Nuño, hijo del conde D, Gonzalo, que en el año 1261, o 62, vino a recibir a Écija por el Rey.

ARENALES: tuvo dos villares o aldeas; el villa de la Torre, el villar de aquende el Monte. Aquí dejaron para morada veinte y siete aranzadas y contenía en si la aldea de los Almarjales. Consta por una petición que los de Arenales enviaron al Rey, para que los de Marchena reedificasen la torre que les había derribado, y está en el archivo de la ciudad.

SILOS Y BAÑUELOS: también fueron lugares aunque pequeños, y a este le dieron el nombre porque allí estaban los baños del rey. La Calmosa y la Platosa retienen su nombre, como también Alcofría, junto a la cual estuvo la Atalaya de Mormout, que fue un buen lugar en tiempo de moros.

FUENTEDUEÑA: tomó este nombre en tiempo de cristianos y fue la aldea de la Figuera, pago de heredamientos, y el principal era de D. Aniceto, cuya mujer, por ser señora, que llamaban dueña, y ser suya la heredad, pudo ser se le diese este apellido. Aquí estuvo el pozo de los soles, famoso en Écija, como también la laguna de Rui-Sánchez, que conserva su nombre, porque el primero que allí tuvo alquería se llamaba así.

TURULLOTE: fue de las mayores poblaciones, cuyos moradores tenían reñidos encuentros con los de Écija, y por bien de paz se convinieron en que desamparasen el lugar y se avecindásen con sus casas y haciendas en la ciudad. Hallase en el archivo de Cabildo la petición que en razón de esto dirigieron a Écija, pidiendo que les perdonasen los agravios que hubiesen hecho a sus vecinos y dejarían su lugar.

Debía ser gente belicosa, hecha a los encuentros con los moros, que por todas partes les eran tan vecinos, y como los términos del lugar y la ciudad estuviesen mojón en medio, recrecíanse varias rencillas que a veces paraban en muertes. De aquí nació el refrán que cuando no quieren hacer lo que se les pide, responden ¿Sabe a Turullote? o váyase a Turullote que allá le cumplirán de justicia.

CAPITULO II. PRIVILEGIOS CON QUE SE POBLÓ ÉCIJA. PELIGRO QUE CORRIÓ POCO DESPUÉS QUE SE RECOBRÓ DE LOS MOROS, Y DEFENSA DE LAS FRONTERAS DE OSUNA Y ESTEPA. LLANTO Y CEREMONIAS EN LA MUERTE DE LOS REYES.

Los reyes D. Alonso, hijo del santo rey D, Fernando, y Dola Violante, con los infantes D, Fernando, primer heredero; D. Sancho, D. Pedro y D. Juan, el año 1266, cuidadosos de alentar pobladores para una ciudad de tanta importancia, les dieron el fuero y privilegio que el santo rey D. Fernando había dado a Córdoba en 1241, con muchas exenciones y libertades que fueron añadiendo sus sucesores. Entre ellas que no pudieran echarles huéspedes de muros adentro; que Écija no pueda desmembrarse de la corona; que tenga señas para apellidos, ayuntamientos y cabalgadas; que tenga feria franca, libro de toda veintena, los veinte días postreros de mayo; que el escribano del Concejo tenga el sello; que puedan sus vecinos cortar leña en ciertos lugares de la comarca; que no entre vino de fuera; que puedan sus vecinos y los de sus aldeas y castillos sacar fuera el tercio de su pan, sin pagar derechos donde quiera que lo llevasen; que puedan romper los montes y repartirlos, y que cuatrocientos hombres de a caballo sean franco de pagar monedas foreras. El rey D. Fernando, su nieto, les concedió que fuesen libres de pagar portazgos, y D. Pedro les da y confirma los privilegios de Sevilla, y los sucesores los fueron confirmando.

Habíales dado el rey D, Alonso, pocos años después que les hizo merced del fuero de Córdoba, que tuviesen feria franca para vecinos y forasteros, excepto los de Sevilla, Tolero y Murcia. La fecha del privilegio, en Sto. Domingo de la Calzada, año 1274. Este lo confirmó D. Alfonso XI en Trujillo, el año 1368, en 12 de Junio, y habiéndose dejado en desuso por muchos años, se restituyó el de 1611, mas se ha vuelto a dejar. Otros dirán las razones. Hay libro en Cabildo de todos los privilegios que concedieron los reyes a esta ciudad, recopilado por mandato de los Reyes Católicos en noviembre de 1499, sacándolos de los originales de su Archivo.

Pocos años después de haber echado a los moros de Écija y dado asiento en las cosas de su gobierno y defensa, se levantó una borrasca que puso a la ciudad en balance de perderse. Ello sucedió así, como lo refiere nuestro historiador el P. Juan de Mariana. El rey de Marruecos, Jacob Aben Yucep, hecho señor de África, sabiendo el estado de las cosas de España, mal apercibida y sin fuerzas por la ausencia del rey. D. Alonso, que era partido a la pretensión de la corona del Imperio; estaba dudoso y perplejo en lo que debía hacer: por una parte le punzaba el deseo de vengar las injurias de su nación, tantas veces por los nuestros maltratada; por otra parte le detenía la grandeza del peligro, además que de su natural era considerado y recatado, y mayormente que para asegurar su imperio, el cual era nuevo, se hallaba embarazado con muchas guerras en África, cuando una nueva embajada de España le hizo tomar resolución y aprestarse para aquella empresa. Fue así, que Mahomed, rey de Granada, quien tenía mas cuenta con su provecho que con lo que había jurado, ni con la lealtad, conforme a la infame costumbre de su nación; luego que se partió de la presencia del Rey D. Alonso, con quien se había confederado en Sevilla, vuelto a su tierra, sin dilación se propuso empezar la guerra y apoderarse de toda la Andalucía. Hazaña bien superior a su poder y fuerzas. Resolvióse con una embajada convidar al rey de Marruecos, príncipe poderoso en aquel tiempo, y muy señalado en las armas. Recibida por este la embajada, mandó hacer gentes por todas su tierras.

No se oía por todas partes sino ruido de naves, soldados, armas y caballos. Sólo le daba cuidado la falta de dinero y el como encubrir sus intentos, para hallar descuidados a sus contrarios. Por el uno y el otro respecto, con embajadores al rey D. Jaime de Aragón, le pidió dineros prestados so color de que se le había rebelado un señor moro vasallo suyo y entrado en Ceuta, cosa que por el sitio de aquella plaza, que está cerda del Estrecho de Gibraltar, era de consideración, y si no se prevenía con tiempo podría acarrear daño a las fronteras de África y España. Cuanto él mas cuidaba de encubrir estos designios, la fama, no acostumbrada a callar, mas los publicaba. Creciendo cada día los rumores y las sospechas, ni el rey de Aragón le envió dineros, ni los de Castilla se descuidaron en apercibirse de lo necesario.

El moro, en primer lugar, envió desde África Alcaides que se apoderasen y tuviesen las ciudades de Algeciras y Tarifa, que había de entregar el rey de Granada, para que sirviesen de plaza de armas y de reparo en los sucesos de la guerra. Después envió a España diez y siete mil caballos, con gran numero de infantería, cual requería la magnitud de la empresa. Procuró reconciliar a los señores de Málaga y Guadix con el rey de Granada. Juntáronse todos en Málaga para determinar en que forma se haría la guerra y acordaron que la gente se dividiese en dos parte, porque no se embarazasen con la muchedumbre para acometer con mas provecho las tierra de los cristianos. El rey de Marruecos tomó a su cargo corre la campaña de Sevilla, y el de Granada hizo entrada por los fronteras de Jaén. Estaba Don Nuño de Lara por frontero contra los moros; avisó al infante D, Fernando que con toda presteza enviase la mas gente que pudiese porque el peligro no sufría dilación. El mismo, arrebatadamente, con la gente que pudo se metió en Écija, ciudad bien fuerte, y que no se podía tomar con facilidad; y por donde era preciso que pasase el rey de Marruecos. Concurrió gran nobleza de las ciudades comarcanas, parte movidos por el peligro, parte convidados por D. Nuño de Lara.

Confiados, pués, en la mucha gente y porque los bárbaros no cobrasen mayor esfuerzo, si los nuestros daban muestras de miedo, salió de la ciudad, donde se pudiera entretener, y puestos en orden sus escuadrones no dudó encontrarse con el enemigo. Travose la pelea, en la cual los moros al principio iban de caía, y al fin vencieron por se en mayor numero y porque los fieles desbaratados se pusieron en huida. Don Nuño murió en la pelea con doscientos cincuenta de a caballo, y cuatro mil infantes. Los demás se recogieron a la ciudad, que estaba cerca, lo que también fue causa de que algunos no hiciesen el postrer esfuerzo. Esta desgracia, que sucedió el año mil doscientos setenta y cinco, causó gran tristeza en todo el reino, no por tanto por el daño presente, cuanto por el miedo de mayor peligro que amenazaba. Algún consuelo, y principio fue de mayor esperanza, que el bárbaro, aunque victorioso y feroz, no se puedo apoderar de la ciudad de Écija, que era como guardar reparo contra las fortunas aviesas y gran parte para los prósperas. Aquí residían mas los fronteros. Así lo muestra el romance antiguo que refiere la famosa victoria del Salado, en tiempo del Rey D. Alfonso XI, cuando con treinta y nueve mil cristianos vencieron, desbaratando y despojaron los nuestros mas de setecientos mil moros. El romance dice así:

“De Écija sale el Maestre
Capitán de la frontera,
Lleva caballero de Arcos
Y el peonaje de Utrera”.

Particularmente socorría y defendían las fronteras de Osuna y Estepa. Consta de los acuerdos del Cabildo, y el año mil trescientos noventa, sabida la muerte del rey D. Juan, los de estos lugares acudieron a pedir a Écija que pusiesen guardas en las tierras de mojón de los moros.
Sabida esta muerte por carta del rey D, Enrique III, trataron dice el escribano del Concejo, que “ mañana martes siguiente, feziesen llanto, en la villa por el dicho señor Rei quebrando escudos, e faziendo el llanto que debían fazer por el tal señor, e Rei natural, como in avian perdido, e de tomar voz e recibir por Rei a señor a nuestro señor Don Enrique su hijo primero eredero. E mandaron a Pedro Gonzales mayordomo del Concejo, que faga buscar dos escudos de las armas pintadas del dicho señor Rei para quebrar e faga conprar pan e vino, i cera, e todas las otras cosas, que fueren menester para el Mortorio, i cunplimiento del dicho señor Rei”. Y prosigue el acuerdo en conformidad de los que se pidió.

Y no solo guardaban estas fronteras, mas hacía entradas en las tierras de los moros con buenos sucesos. Diré solo uno, dejando los demás a quien tocare hacer su historia. Escríbese en la Crónica general y en la del rey D. Juan, año VII, cap. XXX, de esta manera:

“En este tiempo se ayuntaron en Theba hasta doscientos de caballo, y ochocientos peones de Écija, Carmona y Osuna los cuales fueron con Garci-Méndez señor del Carpio, por correr la tierra de Moros: el cual puso sus peones encima del puerto, que es cerca del puerto de Cazarabonela, y envió hasta setenta caballos a robar la tierra, y el quedó cerca de Cazarabonela, y sus corredores trajeron quinientas vacas y bueyes, y hasta dos mil cabras y ovejas. Los moros de la tierra, como sintieron la entrada de los cristianos, apellidaronse todos y fueron siguiendo la cabalgada que llevaban. Y como quiera que los cristianos los veían, no se curaban de ello, salvo el andar a buen paso. Los moros los siguieron tanto, hasta que hubieron de volver a ellos, y los moros volviéronse huyendo. Y los cristianos fueron en pos de ellos hasta meterlos en las huertas de Cazarabonela. En este tiempo se juntaron hasta setecientos moros de pié y fuéronse para tomar el puerto a los cristianos; mas los cristianos que en él estaban defendiéronlo muy bien, pelearon con los moros y habiendo muerto y herido algunos de ellos, pasaron el puerto con su cabalgada, y fuéronse a Theba, donde estuvieron dos días. Los moros de Málaga, Val de Cártama y Ronda, el domingo en la noche viniéronse a poner encelada en el camino de Theba que a vá a Osuna; podían ser los de a caballos setecientos, y ochocientos peones, con tres pendones: dos blancos y el otro colorado. Así aguardaron dos días, domingo y lunes, y ya que vieron que no venían volviéronse por el Almarjal de Theba, y como fueron sentidos hicieron rebato, y Garci-Méndez cabalgó con todos los que en su alrededor estaban, y salió a pelear con los moros, los cuales se pusieron en dos tropas y después se juntaron en una, y se pusieron en un cerro y los cristianos en otro, donde muy bien se veían los unos a los otros. Y luego Garci-Méndez comenzó a esforzar su gente diciéndoles: Señores, hoy habréis muy buena ventura que Dios y el Apóstol Santiago son en nuestra ayuda, y sin temor vamos a ellos, que no son nada. A todos los que con él estaban plugo mucho, y Garci-Méndez con todos los suyos fue muy denodadamente a herir en los moros, y los moros se vinieron para ellos y se revolvió la pelea muy grande entre ellos y allí fueron muertos muchos caballos de los cristianos y de los moros, y de estos murieron allí hasta treinta de los mejores; los otros se dejaron vencer, y los cristianos fueron en pos de ellos mas de una legua, en que murieron ciento setenta moros de a caballo, hubieron de ellos muy grande despojo y mas de sesenta caballos. De los cristianos ninguno murió, aunque fueron muchos los heridos, y perdieron veinte caballos”.

Luego que el rey católico dio libertad al rey de Granada, los moros hicieron una gran entrada en Andalucía. Llegaron a robar los campos de Utrera dos mil peones y doscientos caballos. Salióles allí Luis Fernández Portocarrero, capitán general de Écija, con su gente y además de haberles quitado buena parte de la presa, los desbarató y mató muchos de ellos y a los demás hizo retirar vergonzosamente con pérdida de sus banderas. También fueron los primeros que en el 1483 acudieron a la toma de Zahara y al socorro de Alhama, para lo que se reunieron en Écija cinco mil caballos y ocho mil infantes, bajo la conducta del mismo general.

Y ninguna otra empresa ni hacienda se ha ofrecido contra enemigos, en que no haya tenido gran parte esta ciudad. Veráse en la “Historia de los Reyes Católicos” del maestro Antonio de Lebrija, donde se alaba la gente de Écija por fuerte y belicosa.

No se quedaron los tiempos pasados con este valor y servicios que la ciudad de Écija acostumbró hacer a sus reyes, que tales y tan buenos han visto los nuestros. Dirálo lo que escribió el señor Duque de Medina, capitán general del mar Occeano y costa de Andalucía, reconociendo el socorro que envió a Cadiz, en la ultima jornada que a este lugar hicieron los ingleses el pasado año de 1625. “El socorro, dice, que V.S. a enviado en esta ocasión, que quiso el enemigo sitiar a Cádiz, es de los mas lucido en calidad y cantidad que aquí han llegado, tanto que puede servir de ejemplo a todos los que han dejado de hacer lo mismo, y de mucha estimación a su Magestad, como se lo he representado. Y si para que los premios sean iguales a tan señalados servicios, mi cuidado y solicitud fuere de provecho, por ninguna cosa de cuantas me tocan lo pondré con mas voluntad. Guarde Dios a V.S. muchos años. Jerez de la Frontera a 10 de noviembre de 1625.

Y añadió de su mano: “Mucho a servido V.S. a su Magestad en esta ocasión, como en todas, y a mi me ha hecho mucha merced”.

CAPITULO III. ÉCIJA TENÍA VOTO EN CORTES. ESTILO QUE TENÍA PARA NOMBRAR Y DESPACHAR SUS PROCURADORES.

Por este tiempo tenía Écija, voz y voto en Cortes de Procuradores, según se lee en los libros del Cabildo. Pondré aquí un caso, de este mismo tiempo de la muerte del rey D. Juan, de que arriba hice mención, en el que D. Enrique III, su hijo, llamó a Cortes para que se diese orden en su crianza y en todo lo demás que perteneciese al pró y conservación de su reino. Hallo razón de esto en un acuerdo de la ciudad que dice así:

“Miércoles nueve días de Noviembre, año de nacimiento del Señor mil i treszientos i noventa, a ora de Missas mayores se juntaron en Cabildo dentro del Corral del cementerio de S. Barbara, Tel Gonzalez de Aguilar Alcalde i Alguazil mayor desta villa, e Sancho Garcia, e Alfon Martinez Alcaldes ordinarios e Alfon Fernández e Fernan Ruiz, e Fernan Gonzalez, e Iuan Martinez, e Pedro Diaz oficiales de los ocho omes bonos, que ai deven facienda del Concejo desta villa, e Iaun Ruiz e Rui Ximenez Iurados de S. Cruz, e Gonzalo Martin Iurado de S. Iuan, Rui Fernández Iurado de S. Maria, e Rui Perez e Gonzalo Martinez Iurados de Santiago, e Fernan Marquez de S. Gil. Esto ansí, vino a el dicho Cabildo un ome, que se llamo Rodrigo Minaya, escudero de nuestro señor el rei, e mostró una carta del dicho señor Rei en las espadas de las dicha carta. La qual dicha carta fue leida, e dice de esta manera:

Don Enrique por la gracia de Dios rei de Castilla, de León, de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Cordova, de Murcia, de Iaen del Algarbe, de Algezira, e Señor de Vizcaya, e de Molina, al Concejo, Alcaldes, Alguazil, Oficiales, e omes buenos a la villa de Écija, salud, e gracia, como aquellos de quien mucho fío. Bien sabedes en como por otras mis cartas vos enbie dezir, en como el Rei mi padre, e mi señor, que Dios perdone, es finado. E agora sabed, que yo con acuerdo de los que eran del Concejo del dicho Rei mi padre, que Dios de santo Paraíso, ordene enbiar por todos los Prelados, Maestres, Condes, e ricos omes, e por todos los otros grandes, e por lo Procuradores de las Ciudades, e lugares de los mis reinos, e señoríos, para que se ayunten conmingo, para tratar, e ordenar, asi en fecho de mi crianza, como en quales lugares deva ser como del regimiento, e governamiento de mi persona, e de las otras cosas, que cumplen a mi servicio, e a pro, e a onra, e guarda de los dichos mis Reinos e de vosotros. Por lo qual yo e enbiado a llamar los dichos Prelados, Duques Maestres, Condes, ricos omes, e a todos los Procuradores de los dichos mis Reinos, para lo que dicho es. E por cuanto, como es razon, vosotros devedes ser con ellos a fazer, e ordenar lo que dicho es, es menester, que luego que vos fuere mostrada mi carta nonbredes de entre vosotros dos Procuradores suficientes, e buenos, que por servicio de Dios, e mio deven pro comunal de los dichos mis Reines, como dicho es. Por que vos mando que los fagades, e cumplades así. E los enbiedes con vuestra procuración; por que con los otros de los dichos mis Reinos, puedan tratar las cosas sobredichas, e todas las otras cosas, que cumplen a mi servicio, e a pro e a onra, e guarda, e defendimiento de los dichos mis Reinos, como dicho es. Por que vos mando que lo fagades assi. E fazed en manera como los dichos Procuradores sean conmigo aquí en Madrid a quinze dias de Noviembre, a lo mas tardar; por que por la tardanza se podra seguir algun peligro, e deservicio mio.
Dada en Madrid 22 dias de Octubre del año del nacimiento de nuestro salvador IesuChristo de 1390. YO EL REY. Yo Pedro Alfonso le fize escrivir por mandado de nuestro señor el Rei”.

Leída esta carta, nombraron por sus Procuradores a Alfonso Fernández y Pedro Díaz, regidores, y les ordenaron que luego se aprestasen a su viaje. Estos dos nombrados, el uno se llamaba Alfonso Fernández de Valderrama, y el otro Pedro Díaz de Valderrama. De ser así consta en los cuadernos originales de estas Cortes, que se celebraron en Madrid, y les vió, leyó y tuvo en su casa el maestro Gil González Dávila, cronista del rey nuestro señor, y las refiere en la Historia del rey D. Enrique III, que va escribiendo y se hace desear, como todas sus obras que tan gratas son. La forma y modo como se despacharon los Procuradores se halla en otro acuerdo siguiente, que dice así:

“Esto siendo ansi, en el dicho Cabildo Iuan Garcia de Villate, lugar teniente de Tel Gonzalez de Aguilar dixo, que bien sabian en como avian ordenado de enbiar por sus procuradores a Alfon Fernández, e Pedro Diaz oficiales, los quales que era suficientes, e buenos para la dicha mandaderia, e qual parecia, que la dicha mandaderia estava detenida por quanto non davan a Pero Diaz tres mil maravedis, como davan al dicho Alfon Fernández, pidio por merced, que viesen en ello lo que complia fazer. Dixeron que era bien de lo ver, e trataron en ellos muchas cosas, fasta que ordenaron de les dar tres mil maravedis, los quales feron librados en los propios del Concejo, de que levaron mandamientos.

E luego Iueves 16 días de Noviembre del dicho año 1390, a ora de Missas tañidas, se juntaron en Cabildo cerca de la Iglesia de Santa Maria los sobredichos oficiales, e Iurados. I esto siendo ansi, en el dicho Cabildo Pero Gonzalez escrivano del Concejo mostró i las peticiones, e todas las otras escrituras, que el Concejo le mandara ordenar para enbiar al dicho rei con sus Procuradores, en provecho de la villa, e dixo que el las fiziera según Dios le diera entender. Pidio por merced que las viesen, elas enmendasen en la manera, que las su merced, fuesse e viese que cunplía. Las quales escrituras fueron in leidas por el dicho Pero Gonzalez, e siendo leidas, dixeron, que era muy buenas, e mui bien ordenadas, e tales, quales cunplían a pro, e onra desta villa, e de las gentes, que en ella vivian, e que no avia en ellas cosa alguna de enmendar. E libraronlas luego: para que los mandaderos non se detuviesen.

Esto siendo assi fecho, fueronse luego los dichos Alcalde, Alguazil, Oficiales, Iurados a la puerta de Santa Barbara desta villa, e fizieron repicar la canpana, e juntaronse a Cabildo general, según lo ai de costunbre. E siendo in mui mucha gente ayuntada a ciudadanos, e otros omes vezinos desta villa otorgaron, e dieron su poder bastante a los dichos Alfon Fernández, e Pero Diaz sus procuaradores, para que en nombre de Écija fagan, e otorguen, consientan, e prometan todo o que el Rei mandare, e fuere su merced. La cual procuración les fue otorgada en presencia de Pedro Gonzalez, e Alfon Martinez escrivanos publicos desta villa, e la firmaron de sus nonbres”.

Luego se ponen las peticiones, en la forma que las han de presentar a la Cortes, y hablando con los Procuradores dicen así:

“Alfon Fernández, e Pero Diaz, estas son las peticiones, que avedes a librar, que en este cuaderno van escritas, e avedes a tratar estas libranzas, que se sigue, de que levades el privilegio original de la población desta villa: e la carta original de los dos mil maraveis de los escribano; e la carta original del Rei, e la carta original del Conde adelantando, sobre el fecho de la justicia. Primeramente avedes a recabdar confirmación de los privilegios e quadernos, e cartas, e gracias, e mercedes, que el Concejo ha, e de los buenos usos, e buenas costunbres de que sienpre usó; de que avedes carta e privilegio.

Otrosi avedes a traer carta, e privilegio del Rei sobre razon de la Alcaidia, que sea apartada de lo ordinario. Otrosi avedes traer carta, e previligio del Rei de las Caloñas de la Tahurería, etc”.

Después de haberles dado memorial de todas las cosas que había de tratar, y con que personas, les dan por escrito la forma en que las han de presentar a las Cortes, que es la siguiente:

“Señor, estas son las peticiones, que el Concejo de la vuestra villa de Écija vos enbía pedir de le fagades merced. Primeramente, señor, sepa la vuestra merced, que avemos privilegios de la población desta villa, so que esta villa fue poblada, e otros privilegios, e cartas de gracias, e mercedes que los Reyes donde vos venides nos fizieron, etc.
Otrosi, señor, sepa la vuestra merced, que las torres, e muros desta vuestra villa son muy viejos, e mui antiguos, mui flacos, e se an menester mui mucho de reparar en ellos: e quel repartimiento nos non podemos fazer del todo, se la vuestra merced enbiar limosna, etc”:

Y así prosiguen en las demás cosas de buen gobierno, no solamente político, sino cristiano, tratando mas del servicio de Dios y bien del reino, que de particulares intereses, extrema peste de las repúblicas. Cuidaban de reformar las costumbres, reducir los abusos, castigar los vicios y desterrarlos sin excepción de personas. Así eran los buenos tiempos. Los de ahora, ¿quién negará cuales sea?. Confiésanlo los mismo por cuyas manos pasa el gobierno. Enflaquecida a veces la justicia, tanto por la flojedad de los que la administran, como por la potencia de otros, reinar suele la libertad, la licencia, los atrevimientos, las insolencias, el rompimiento sin freno, sin reparo alguno; amenaza muy de cerca la perdición.

CAPITULO IV. PRIVILEGIO DEL REY D. ENRIQUE III, EN EL QUE HACE MERCED A ÉCIJA DEL TÍTULO DE CIUDAD Y DE LAS HONRAS Y DERECHOS QUE POR EL TIENEN LAS DEMÁS CIUDADES. SU Y FE LEALTAD AUN EN LAS COMUNIDADES.

Habráse extrañado el título de villa que hasta aquí se ha dado a Écija, habiendo sido este lugar, desde su primera memoria, no sólo ciudad sino una de las mas principales de todo el reino, como demostramos en la primera parte del libro. Es así que cuando se ganó de los moros, habiendo salido de ella casi todos sus moradores a tierras señorío de su nación, y no pudiendo sustentar el poco número de pobladores cristianos, el lustre y punto de tal ciudad, se quedó con nombre de villa par mas de ciento setenta años, hasta el mil cuatrocientos dos, en que advirtiendo sus vecinos el derecho antiguo del honroso apellido de su patria, perdido en las mudanzas de imperios y fortunas pasadas, suplicaron por su restitución al rey D. Enrique III, el que llamaron Doliente, que lo tuvo por bien y despachó su privilegio en la forma que sigue:

“DON ENRIQUE por la gracia de Dios Rei de Castilla, León, de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Cordova, de Murcia, de Iaen, del Algarve, de las Algeziras, e señor de Vizcaya, e de Molina. Por quanto yo fui informado, e sope ciertamente, que en el tienpo que los Santos señores S. Isidoro, i S. Leandro fueron Arzobispos de Sevilla, e S. Fulgencio su ermano dellos, que era obispo de la villa de Écija; e que esta dicha Villa era entonces Ciudad, e cabeza de Obispado el qual Obispado fue autentico en la madre Santa Iglesia, con otras villas, e lugares, que eran en aquella sazon de su Diocesi. Lo qual es assi manifiesto por los libros, que estan en la Camara del Papa, e después queando se perdio la tierra de los Cristianos de España, la ganaron los Moros enemigos de la fe, que perdio la dicha villa el titulo de se llamar Ciudad. E lo uno por esto, e lo otro por muchos servicios, e buenos, que la dicha villa fizo al Rei Don Enrique mi abuelo, e al Rei Don Iuan mi padre, e señor, que Dios de santo Paraíso, e a mi; e por que la dicha villa de Écija me lo enbía a pedir por merced, yo por le fazer bien a la dicha villa, e a todos los vezinos, e moradores, que en ella agora son, o seran de aquí adelante, restituyola en el dicho estado de se llamar Ciudad, según que primeramente se llamava, e dola licencia, e mandola que sea Ciudad, i se llama de aquí adelante Ciudad, sin enbargo, e sin contrariedad alguna. E mando, que aya todas las onras por nonbre de ser Ciudad, que le pertenecen, e aver deven por esta razon, assi como las otras ciudades de los mis Reinos an, e les pertencen aver por el dicho nonbre de se llamar Ciudades. E esto que lo aya la dicha Ciudad de Écija, agora, e para siempre jamas. E mando a mi Chanciller, e Notario, e a los otros mis oficiales, que estan a la tabla de los mis sellos, que den, e libren, e sellen a la dicha CIUDAD de Écija, mi privilegio, e cartas las mas cunplidas que en esta razon oviere menester. Dada en la mui noble Ciudad de Sevilla, a treinta i un dias de Março, año del nacimiento de nuestro Señor IesuChristo de mil quatrocientos e dos años. YO EL REY. Yo Rui le fize escribir por mandado de nuestro señor el Rei”.

A esta merced y a las demás que ha recibido esta ciudad de sus reyes, ha respondido ella con tan grandes servicios como las que mas en el reino, en proporción de sus fuerzas, y muy igual en la fe y lealtad a las que mas las han guardado en las ocasiones, que son las de Andalucía. Tanto mas es de sentir que un autor se alargase estos días a poner nota de lo contrario a las mas principales, haciendo comunera a la ilustrísima ciudad de Sevilla, a quien debe la corada de España lo mas de su grandeza, y a la nobilísima Córdoba, de cuya lealtad no sé como pudo dudar escritor español cursado en historias. Y aún cuando estas fueran mudas, que no lo son, no debiera cerrar los oídos a la pública voz, pués donde quiera suena que las ciudades de Sevilla, Córdoba, Écija, Jerez y Málaga, con muchos otros lugares de Andalucía, se juntaron en la Rambla, villa de Córdoba, donde acordaron todos en perseverar leales a su Rey, y servirle contra los desleales. Mostrára cuan indignamente, se echa esta mancha a tan fieles ciudades, si otras obligaciones dieran lugar, o no lo quitara la ocasión en que esta vez me cogió, dando a la imprenta esta cédula real, y no permitiendo suspensión la prisas de los oficiales. No dudo, sino que tan ilustres hijos y tan lucidos ingenios, como tienen estas ciudades, no sufrirán ociosas sus plumas en tal demanda, como ni tampoco sus armas, si necesario fuese sustentar con ellas la honra de leales, que con haciendas y vidas ganaron y hasta aquí han conservado.

CAPITULO V. MEMORIAS QUE RESTAN HOY DE TIEMPO DE LOS MOROS EN ÉCIJA.

Usaron también los moros, aunque bárbaros, honrar los sepulcros de sus reyes y varones insignes, con títulos ilustres escritos en piedras, aunque no con la cultura y gracia que los romanos y otras naciones políticas, sino con la rudeza tan conocida de su estilo, si bien en la labor, hermosura de las piedras y caracteres, o forma de las letras, en nada inferiores a las mejores. Restan hoy alguna en Écija: una en las casas de D. Antonio de Henestrosa, nuestro amigo, de mármol blanco alabastro, artificiosamente labrada, abiertas de relieve las letras, con tanta hermosura como destreza; digna ciertamente de mejor sitio que el que tiene en el umbral de una puerta, y cuya escritura declaró un moro de los de Granada, entendido y ejercitado en las antigüedades de su nación y dice así:

“Esta sepultura, tendióse en ella el sabio y largo en el saber, el que venció su pluma a todas las plumas, también a las de la Cuna y Almocer, (dicen que son libros arábigos). Si su rescate de la muerte pudiera ser con hombres, viniéranse a ofrecer por la sed que de él se tenía. Y como mano con presteza defiende los demás miembros del cuerpo, así estos le defendieran de buena gana de la muerte. Y pués no puede ser, quedan que tiene aparejados de rogar a Dios le escoja lugar de los que tiene aparejados para sus siervos. Es el Alcaide Abdala, el engrandecido Halada, el uno en este siglo, defensor de los peligros grandes. ¡Como vuela su fama muy alta!. Es el acabado y cortes Abdala Mahamet, Ibnadaid-el-Guazil, el cumplido, el engrandecido y bueno en cumplimiento de linaje; y su raiz Abimaruam, Abdulmalich, el engrandecido Abi Abdala Mahamed, Ebni-el-Guazil. El ensalzado Ebniyahayaf, xuibala, Ebni,Zuleima, Ebni Banchia, Ebni xuibala, Ebni Zaidi, Ebni xuibala Algazan. Perdónelo Dios. Nació el año setecientos cincuenta y cuatro de la Hégira, y murió el primer día del Ramadán, año de setecientos ochenta y seis.”

Insigne parece haber sido este moro, pues en solos treinta y dos años de edad granjeó con sus hechas tan honradas memorias como esta piedra conserva; y de tal alto linaje, que pudo contarse por calificada toda su descendencia, al uso de los Hebreos, llamándole hijo de todos sus ascendientes.

No es de menos calidad la labor y escritura, otro piedra que está en las casas de Garcilaso de León, a espaldas de la huerta de S. Francisco, debajo de una ventana que dice así:

“En el nombre de Dios, que pude perdonar a todos, el Sultán Enefia, Dios le ayude. Su padre el Sultan Alhacen, vivió cien años, tuvo setenta y cuatro mujeres y en la postera tuvo al Sultán Enefia, que salió de quince años a la guerra y la primera fue en Sierra-prieta, en un pueblo que se dice Almorin, y fue con quince mil caballos y cuando volvió trajo cinco mil y quinientos, y el mató once mil. La segunda fue a pelear con Rodrigo de Castilla, y en el campo salió un caballero que se decía Juan de Vicania y pidió campo por se persona. Y mató quince Alcaides por su persona, y el segundo día peleó con el Sultán Enefia y lo mató. Pero el Sultán Enefia salió tan mal herido, que en llegando a Écija murió luego; porque todo se acaba”.

Pensaron algunos que este Rodrigo de Castilla fue el famoso Cid Campeador; mas engañáronse, porque su muerte no fue a manos de sus enemigos, sino muerto de su enfermedad y puesto así sobre su caballo, bastó a desbaratarlos de miedo poner a su gente en posición de la victoria.

En la Iglesia Mayor de Santa Cruz, en la pared de la capilla del Bautisterio, que sale a la calle, cuyo edificio parece torre de mezquita, al lado siniestro está otra piedra, que declaró un árabe como se sigue:

“Cidiafari vivió cuarenta años: los veinte primeros fue muy pobre, los otros veinte tan rico, que labró una Ermita a la puerta Bibiluad, (que dicen es la de el puente), con gasto de sesenta mil doblas, y daba mil de limosna cada año. Y yodos decían: el mundo se acaba”.

En otra piedra que está al lado derecho, están las letras tan gastadas, que solo pudo leerse lo siguiente:

“El Alcaide Allhacen Abrahin, vivió veinticinco años”.

CAPITULO VI. IGLESIAS PRINCIPALES DE ESTA CIUDAD. STA. CRUZ, STA. MARIA, STA. BARBARA, S. JUAN Y LAS AÑADIDAS DE NUEVO SANTIAGO Y S. GIL.

De la escritura de repartimiento consta, que luego que los moros salieron de la ciudad, los repartidores escogieron solo cuatro parroquias. La primera, y mayor, Santa Cruz, que antiguamente tuvo título de JERUSALEM, que así solían llamarse en los primeros siglos de la Iglesia todas las catedrales, porque como aquella santa ciudad era la capital de Palestina, como madre de los demás lugares, que se llamaban hijas de Jerusalem, así también las iglesias catedrales son cabeza y madres de las demás. Aunque el Arcipreste Juliano en sus “Adversarios” dice, que las iglesias de España tomaron este nombre por la mucha comunicación y correspondencia que tuvieron con la de Jerusalem desde el tiempo de los Apóstoles. La primera que lo tuvo fue el venerabilísimo templo de Nuestra Señora del la Columna, o Pilar, de Zaragoza, como lo afirma Máximo, Arzobispo de esta Ciudad, en un Himno que le compuso en lengua latina.

Las de Toledo, Sevilla, Mérida y Córdoba, sabemos que también lo tuvieron, y esta última lo conservó hasta el año 1578, en la puerta que se cerró para la capilla que allí se labró dicho año junto al Sagrario, y se llamaba la puerta de Jerusalem; todo esto consta de escrituras que existen en el archivo de esta Iglesia, así como que la capilla se titula de Santa Cruz de Jerusalem.

La magestad de la Iglesia de Écija bien lo muestran la grandeza y hermosura de su torre, imitación de la mas insigne de Sevilla; el claustro, o patio de los naranjos, el pórtico o portal, con la gran plaza adonde miran haber sido allí la catedral primera de los santos Crispín y Fulgencio, y sus sucesores, hasta la entrada de los moros que la trocaron en su Mezquita. Sírvenla hoy seis Beneficiados, con setecientos ducados de renta cada uno; sesenta y seis capellanes; música de voces e instrumentos; dotada con trescientas capellanías y doce mil misas de obligación en cada año.

La segunda Iglesia en orden y dignidad es la de Santa María; en capacidad y fábrica, de las buenas; atienden al culto divino cinco Beneficiados, por sí o por sustitutos, con quinientos ducados de renta cada uno; treinta capellanes; ciento cincuenta capellanías, ultra de una prestamera, que rinde novecientos ducados. Su antigüedad es la mima que la de la anterior.

La tercera, Santa Bárbara, a la que se repartieron cuatro beneficios de trescientos ducados cada uno, con otra prestamera de cuatrocientos; tiene doce capellanes que la sirven y ciento cuarenta y cuatro capellanías. Que sea de las primeras que se erigieron cuando se recobró la ciudad de los moros, la escritura de repartimiento lo dice. Afirman muchos haber sido esta iglesia, la que en los tratos de los partidos con que se entregaron a los moros, reservaron para si los cristianos; donde tuvieron Sacramentos y sacerdotes y, como yo demostré poco há, también Obispo. Aquí afirman que administraron los Sacramentos S. Pedro y S. Wistremundo, ciudadanos de Écija, y mártires en Córdoba en la persecución de los árabes, el año ochocientos cincuenta y uno de Cristo, el siete de Junio. Que por este tiempo hubiese cristiandad con Obispo y sacerdotes en esta ciudad, no puede dudarse, pués mucho después, en el año ochocientos setenta y tres, lo era Beato, que asistió al Concilio que, como dijimos al fin de la vida de los dos santos mártires, Pedro y Wistremundo, se celebró en Córdoba contra hostigesio, hereje, que lo era entonces de Málaga.

Hacen sombra a esta tradición, diciendo que un Infante, hermano del rey de Aragón, murió en Écija y le sepultaron en esta iglesia, en la capilla antigua del Cristo, que por su talle bien muestras ser de aquel tiempo, y su lámpara fue dotación del Infante. El preceder también la Cruz de Santa Bárbara a la de San Juan y las demás, después de las de Santa Cruz y Santa Maria, a quienes es inferior, también demuestra su calidad, que a no tener la antigüedad que se afirma, no debiera preceder a San Juan.

La primera fiesta que votó esta ciudad fue la del apóstol San Pablo, y su procesión sale de Santa Bárbara, porque como en barrio mas antiguo de cristianos, allí solía tener su Cabildo, en los portales de la plaza.

En la torre de esta iglesia tiene su reloj la ciudad, y con su campana se hace seña siempre que se ha de hacer justicia de algún malhechor, sin que se haya faltado en mas de doscientos años a esta parte; cosa de que dicen no hay semejanza en España. Su origen es, que esta campana la tenía la Hermandad de Écija en un hospital, que estaba en el corral que dicen de Santa Bárbara, y hoy son las casas de Francisco Espinel. Pidiósela prestada la Ciudad para hacer un reloj y donáronsela ellos con esta condición: que en reconocimiento de sus dueños, se tocase por la Hermandad siempre que hubiese algún ajusticiado. De esto hay escrituras en el Archivo de la ciudad, mas tan antiguas, que apenas pueden leerse. Muchos años después se instituyó el Tribunal de la Hermandad en el reino, y cesó esta cofradía, mas no el uso de tocar la campana en la ocasión que se ha dicho. Tiene esta campana relevados dos castillos y leones, armas de los reyes, y soles de la ciudad, con esta inscripción en la orla:

“ANTÓN LOPEZ ME FIZO. AÑO DE MCCCCXI. “.

Estas memorias y la particular devoción que los Beneficiados y clero de esta parroquia tenían a sus santos naturales Pedro y Wistremundo, solicitó estos días sus ánimos para que les levantasen altar donde colocasen sus imágenes, y fuesen venerados por los fieles. Celebróse esta colocación en siete de junio de pasado año 1626, día en que ellos ganaron el cielo por el martirio y en que los festeja la Iglesia. Acudió la ciudad por sus diputados, al adorno y aparato de la fiesta. Trajéronse en procesión del insigne convento de monjas de Santa Inés, del orden de San Francisco, acompañándolas el clero, las religiones y la ciudad con general concurso, devoción y alegría del pueblo. Depositáronse en el altar mayor, en el interin se acababa la nueva fábrica del Sagrario, que en la antigua capilla del Cristo se levantaba, donde se cree que administraron ellos en vida los Sacramentos. Es tan universal como afectuosa la piedad con que acuden a venerarlos, muchos los votos y sacrificios que se ofrecen pidiendo su intercesión.

La cuarta parroquia, San Juan, desahogada y airosa, excede a muchas en hermosura de fábrica y Sagrario; tiene seis Beneficios y cuatrocientos ducados de renta cada uno, con una prestamera de quinientos; diez y seis capellanes y ciento treinta y tres capellanías. Fue de las cuatro primeras que se fundaron luego que salieron los moros de la ciudad.

Aumentada la población, fue necesario crear otras dos Parroquias, porque con mayor comodidad pudiesen administrarse a los fieles los Sacramentos: primero fue la de San Gil, junto al Alcázar, creada de ciento cincuenta años a esta parte; diéronsele dos beneficios de doscientos cincuenta ducados de renta y una prestamera de cuatrocientos; tiene ocho capellanes y cuarenta y dos capellanías.

La última Santiago, fuera de la ciudad, en labor y grandeza es de las mejores; tiene dos beneficios, de mil quinientos ducados de renta cada uno, y una prestamera que rinde dos mil. Tiene su fábrica otros tantos, no llegando la que mas de las otras a setecientos. Treinta y seis capellanes y quinientas veinte capellanías.

Su fundación data de ciento y veinte años.

CAPITULO VII. CONVENTOS DE RELIGIOSOS QUE HAY EN ESTA CIUDAD.

Son en número de diez y seis: de religiosos diez, y seis de religiosas; todos generalmente, aunque con exceso de unos a otros, de suntuoso edificios, ricos templos, habitaciones acomodadas, rentas bastantes y copiosas limosnas; los de varones seminarios son de lucidos sujetos en lo que de virtud y letras mas se estima en el mundo. Daré de ellos las relaciones que me enviaron, y dejaré a las historias particulares y propias de cada uno, el nombrar sus patronos y fundadores por las razones que al principio dije a la ciudad; lo mismo haré en otras semejantes ocasiones que restan, forzando mi juicio por los ajenos.

PRIMERO. El del glorioso Patriarca Santo Domingo, insigne de muchos títulos, y mas por haberle honrado el apóstol San Pablo, con el celebrado milagro que antes referíamos, y por haber vivido y predicado en él el milagroso predicador y defensor de la Inmaculada Concepción de la Virgen Santísima, San Vicente de Ferrer, del que quedaron y se conservan prendas en el convento y ciudad; el púlpito donde predicó, que por haberle gastada la devoción del pueblo sacándole astillas para remedio de sus males, se cubrió y cerró en otro de madera en que hoy se predica. Además de esto la pintura del juicio, infierno y purgatorio, que está como se entra en la iglesia, a mano derecha, y que aunque antiquísima, se conserva en toda su perfección, siendo común tradición que se pintó por orden del Santo.

Predicando el mismo un Domingo de Ramos, en la iglesia parroquial de Santa Maria, es común tradición, sabida generalmente de todos, que hallándose una judía en el auditorio burlábase de lo que el santo decía. Inspiróle Dios el atrevimiento de la blasfema con el castigo que se merecía. Reparóse un poco y dijo: entre vosotros hay quien se burla de lo que digo, y Dios quiere castigar este desacato. Volvió el rostro hacia la puerta de la iglesia y avisó se apartasen los vecinos de ella, porque amenazaba ruina; apenas obedecieron cuando desencajada de sus quicios la puerta, se vino al suelo y quitó la vida a la judía que se burlaba del Santo, cayendo sobre ella. En memoria de este milagro, aunque según la universal costumbre de las iglesias, la procesión y ceremonias de los ramos, se celebra dentro de ellas; este día sale en Écija de la mayor, Santa Cruz, acompañada del clero y cruces de la parroquia a Santa Maria, donde se celebra el oficio y predica siempre un religioso de Santo Domingo. Añaden otros que, muerta la judía, hizo oración el Santo y resucitó, y convertida a la fe hizo heredera de su hacienda a la iglesia, y dejó dotado el sermón de aquel día, como arriba se dijo. Confirma esta general tradición una pintura que se guarda en este convento. El año de este suceso no se sabe puntualmente cual fue; puede entenderse que sería, poco mas o menos, el de 1414, porque el santo murió en 1419, y en 1455 le canonizó el papa Calixto III.

Conserva este convento la campaña que dicen se tocó cuando el apóstol de las gentes, S. Pablo, se apareció al mancebo, en el milagro que arriba referimos, y no se tañe, por reverencia al Santo, sino en aprieto de tempestades, o semejantes necesidades; y aunque han pasado mas de trescientos años después que la fundieron, jamás ha sufrido quiebra ni deterioro en cuerpo ni en armas; antes se conserva tan entero en todo como el día en que se puso.

También guarda, con justa veneración, este Convento, la Cruz en que obro el milagro que hizo el apóstol S. Pablo, por cuya devoción obra el Señor maravillas, y se ha llevado a Madrid tres veces para los partos de la reina nuestra señora. Tiene además de esto una milagrosa imagen de la Santísima Virgen, con título del Rosario, cuyos favores de día en día experimentan los que se valen de su intercesión.

Hánse criado en este Convento varones insignes en letras y santidad, y aunque no profeso venir a particulares, por ser asunto propio de sus historias, y los escribe cumplidamente el Obispo de Monópoli, en el libro III, parte V, cap. XIV de su Historia; no puedo dejar de nombrar al maestro Fray Bartolomé de Sierra, varón verdaderamente de vida ejemplar, de tan conocida doctrina como virtud, y gran estimador de ella en los suyos y en los extraños. Su trato humilde, sencillo, agradable; gran celo del bien de las almas, a las que con suavidad encaminaba a su salvación. Hablo como testigo de vista, porque teniendo cuidado del Colegio de la Compañía de Jesús, en esta ciudad, por buena suerte mía, se me dio a conocer, comunicámonos muchas veces, y yo siempre con mayor estima de su santidad y mas amor a la bondad y religioso trato de su persona.

Venérele vivo justamente, y muerto con las ventajas que en la opinión común merece la gloria de que goza en el cielo. Era natural de Jerez de la Frontera. Pasó a las Indias, estuvo en el nuevo reino de Granada al mismo tiempo que honró aquella tierra el santo Fray Luis Beltrán, y pasaron por su mano las informaciones para canonizarle, siendo Provincial de aquella provincia. En su última vejez se recogió a esta casas, donde en santos ejercicios y continua asistencia al confesionario haciendo gran provecho en las almas, y aumentando los merecimientos de su corona, acabó dichosamente su carrera. Honraron su entierro todo lo noble de la ciudad, y con las dagas, tijeras y otros instrumentos, cortaban pedazos de sus hábitos, en testimonio de la estima que tenían de su santidad. Fue necesario abreviar el oficio de la sepultura porque no acabasen de despojarlo. Murió el catorce de Abril de 1618, a los setenta y seis años de edad. Fundóse este Convento por los años de 1353, poco después que Écija se recobró de los moros.

SEGUNDO. El del seráfico Patriarca San Francisco, que habiendo sido primero apetecido y admitido por acuerdo de la Ciudad, envuelto se vió entre olas de persecuciones, levantadas al soplo de algunos émulos, que nunca faltan a lo mejor; más, a despecho de ellos y del autor de la borrasca, el demonio que recelaba el daño que había de hacerle tan lucido escuadrón, que entraba de refresco en el campo, levantó cabeza y tomó puerto en las casas de la morada que hoy tienen. Comenzaban estas a labrarse, entreteniéndose los religiosos en la ermita de San Gregorio, extramuros de la ciudad, cuando solicitado el vulgo por sus contrarios, de tropel y con violencia, derribaron lo edificado, no una sino tres veces. Hallóse obligada la ciudad a revocar su primer acuerdo, y mandar que no se prosiguiese la obra. Salieron a la causa algunos caballeros, de los principales de Écija, que no sólo redujeron a lo mas granado de la ciudad con su autoridad y razones, mas aun, con sus espadas se opusieron al furor popular, no con pequeño riesgo de sus vidas, y no dejaron la fábrica de la mano hasta acabarla. Entraron en ella los religiosos el año de 1473, con tan general gusto y aplauso de toda suerte de gentes, que bien recompensaron el desacuerdo pasado del vulgo inconsiderado, y granjearon ellos con su vida ejemplar y celo de las almas, la devoción tan debida que hasta hoy conservan los moradores de este Convento.

TRES. El del gran Padre y Doctor de la Iglesia y luz de ella, San Agustín; tuvo principio en veinte de Agosto el año 1491., en una ermita con título de la Madre de Dios, que se conserva.

Es particular la devoción que se tiene en este Convento al glorioso S. Nicolás de Tolentino, de quien refieren muchos milagros, y tiene además de esto los cuerpos de los santos mártires S. Julián y S. Mario. Sustenta de cuarenta y seis religiosos arriba, y con no tener situado mas de tres mil reales cada año, son tan copiosas las limosnas que ellas basta a sustentarlos. Merecidas ciertamente por lo que con sus letras y ejemplos sirven a esta ciudad.

CUARTO. El de Nuestra Señora de la Merced: según los papeles de su archivo, tuvo principio el año 1509, el 25 de Marzo; día solemnísimo en que Dios se hizo hombre; fue muy debido que en el se fundase casa a su Madre, para honra de ambos y amparo y consuelo de esta ciudad.

Fundólo el bachiller Fray Alonso de Godoy, Comendador entonces del Convento de Huete, que era por este tiempo una sola provincia Andalucía y Castilla. El sitio fue el Mesón que se llamaba de Foronda; nombre por el que es conocido aun ahora entre los viejos, frente a la puente del Genil, entre los caminos de Córdoba, el arrecife, y el de Guadalcázar. La cruz que hoy se ve, algo aparatada de la puerta del Mesón, memoria y señal es de la iglesia del Convento que estuvo en aquel lugar. Labróse suntuosamente con el socorro de muchas limosnas, que cada día ofrecía la singular devoción con que era frecuentado su templo, a reverenciar la imagen de la Santísima Virgen que para él dieron sus fundadores los Condes de Palma, a cuya piedad debe mucho esta Ciudad.

En este Convento tuvieron principio las procesiones llamadas de sangre, saliendo de allí la primera que hubo en Écija, con título de Nuestra Señora de la Piedad y Exaltación de la Cruz. Mudado el Convento, como diremos, esta se repartió en dos: la una paso al Convento de San Francisco, con apellido que hoy lleva de la Veracruz; la otra perseveró en su primera casas con el antiguo título de Nuestra Señora de la Piedad, y guarda hoy su acostumbrada estación el Jueves Santo a las diez de la noche.

Perseveró en dicho sitio el Convento treinta y cuatro años, hasta el 1543, en que el río Genil, rompiendo el seto de sus riberas, tan furioso embistió los edificios vecinos, que puso en grande aprieto el lugar. El que mas padeció de su furia fue este Convento, en manera que de todo el no restó en pié sino sola la Iglesia, en cuyo coro salvaron las vidas los religiosos, habiendo llevado consigo la santa imagen con algunas reliquias, y el Santísimo Sacramento. Por esta causa al año siguiente, 1545, el maestro Fray Diego de Góngora, Comendador en aquella sazón, con catorce religiosos se trasladó al sitio que ahora tiene en el Altozano, entrándose en una posesión de casa y un horno que allí tenían. Por la vecindad intentó pleito el Convento de los Mínimos del glorioso Patriarca San Francisco de Paula, por seis años enteros, hasta que se ejecutorió a favor de los que poseían en la Rota de Roma. Es hoy uno de los Conventos mas graves de su Provincia, y Casa Capitular alternativamente con el Convento que la Provincia señala. Por esta causa el Comendador de esta casa es por constitución de su orden Vicario provincial, siempre que por cualquiera ocasión vaca el oficio de Provincial antes de cumplir el trienio, con facultad de llamar a Capitulo y presidir en él si no asistiere su General. La fábrica de su templo, con lo que de nuevo se ha enriquecido, es de las mas insignes de la Provincia.

SEXTO. El de Nuestra Señora de la Victoria: fue una ermita de S. Martín, que pasó a Convento de Mínimos del glorioso Patriarca San Francisco de Paula por los años de 1505. Háyanse en él dos cosas particulares: una Capilla pequeña debajo del altar mayor, y en ella otro con una imagen del glorioso apóstol, doctor de las gentes, San Pablo, y es el lugar donde se apareció el año de 1436, como referimos en el milagro. También es tradición confirmada con testigos de crédito, que habiendo ido Fray Martín de Marmolejo, fraile lego profeso de este Convento, a visitar en Tours de Francia, a su Santo Padre, y pedídole con sencilla devoción, a la vuelta, alguna cosa suya que llevar consigo, y no hallándose con ella el Santo, quebró una vara gruesa de un moral que estaba a mano, diciéndole, que de ella se sirviese por báculo en el camino y llegando a su Convento la plantase. Cumplió el religioso el encargo y llegado que hubo a Écija, plantó su báculo en la huerta; asió en la tierra y creció un hermoso árbol, que aun hoy dura y se tiene en veneración. Celébranse aquí los Capítulos Provinciales desde el año 1596. Refiérelo el Padre Fray Juan de Morales en la “Fundación de la Provincia de Andalucía”.

SÉPTIMO. El de nuestra Señora del Valle: religioso y célebre por la antigua venerable imagen de la Santísima Virgen que tiene en su templo, y si bien insigne por su grandeza, lo es mucho por mas por la magestad de esta Señora que lo habita; regalo singular de las Santas vírgenes y de su gloriosa Madre y fundadora Santa Florentina que allí vivieron a Dios, muertas al mundo y en clausura de monasterio. Destruido después por los moros, quedó, según parece, en Ermita amparadas de las Santísima Virgen, su antigua moradora en aquella imagen. De su antigüedad y milagros tenían en esta ciudad un libro harto antiguo que no ha llegado a mis manos, porque no se halla; mas los votos que cuelgan de las paredes del templo, bien muestran las muchas maravillas que ha obrado esta Señora en sus devotos, no solo en esta Ciudad sino fuera de ella, invocada con el título del Valle, tan honrado con sus favores.

Buen testigo de esto es el Convento que, de este mismo nombre, tienen los religiosos de S. Francisco en Sevilla.

Tuvo principio su fundación en un insigne milagro, que allí obro esta Señora a favor de una criatura, única de su madre, natural de Écija, que viuda de su marido, se pasó a Sevilla y puso casa de posada donde hospedaba los de su patria. Arrimóse el niño al pozo, y viéndose en el agua como en espejo, hizo fuerza alargando el brazo, pensando inocentemente que pudiera asir su figura, y cayó dentro de él. Era muy profundo. Advertida la madre del triste suceso, corrió desolada a la imagen, que de esta señora del Valle tenía en su casas, y con tanta devoción como lágrimas, le suplicó que le restituyese su hijo y ofreció en retorno de este favor, si lo recibía, consagrar a su servicio sus casas, para que en ellas fuese siempre servida de varones, o bien de hembras en Monasterio. Apenas acabó su oración, cuando a vista de gran pueblo, que había concurrido a las voces, las aguas comenzaron a hervir hacia lo alto, y vertiendo sobre el brocal, recibió de ellas bueno y sano a su hijo. Recibido, cumplió su voto. Tanto se agrada esta Señora que la invoquen por este nombre y pidan por la intercesión de la gloriosa Sta. Florentina, y por sus hijas mártires moradoras del Valle.

Los señores de Palma tenían en esta Ermita gran devoción; pidiéronla con intento de fundar allí Monasterio y enterrarse en la capilla mayor, de la iglesia que pensaban levantar. Trajeron licencia del Papa, y diéronsela el año 1486. Entregáronla a los monjes ermitaños de San Jerónimo, de la familia de los Isidoros, y edificáronles luego un paño de celdas, donde pudiesen vivir hasta seis religiosos. Dotaron también la Capilla mayor para su entierro en cincuenta mil maravedis de renta, y veinte cahices de trigo al año.

Esta asentada esta casa en la ribera occidental del río Genil, a media milla de la ciudad. Tiene dentro del pobre claustro una torre bien antigua, que no le supieron dar otro nombre sino la torre de Santa Florentina. También afirman que estuvo aquí el altar, capilla y sepultura de la Santa, y no se sabe el lugar porque con la nueva iglesia que hicieron los Isidoros, se trocó el sitio y después con el tiempo la memoria.

OCTAVO. El de las Carmelitas descalzos, fundado de treinta y seis años a esta parte, el de 1591, sin tener propios; es un edificio de Iglesia y casa, de los mejores de su provincia.

NOVENO. El colegio de la Compañía de Jesús: hechura del Cabildo de esta Ciudad, sustentado en los brazos de su devoción y liberalidad, tan propias suyas en toda obra de piedad, que ninguna hay que no tenga parte su caridad. Mas en este Colegio con grandes ventajas, como he dicho en la “Historia de esta Provincia”; pues habiéndole dado en sus principios, para fundar rentas, mas de diez y seis mil ducados, este año de 1627 añadió otros cinco mil y quinientos para la fábrica de las Escuelas.

Correspondió la Compañía reconocida a sus muchas obligaciones, abriéndolas luego para la crianza en virtud y letras de la juventud, cuyos ingenios en gran parte se malograban, ya por no tener caudales para sustentarse en estudios de fuera, ya porque faltaban despertadores paras solicitar la inclinación a procurarlos.
Léese Gramática en tres clases, o generales, por tres maestros; el curso de Artes, o Filosofía, con una lección de Teología moral para otros dos. El fruto que de ellas se ha cogido hasta hoy, tan conocido es aquí como en los demás lugares donde tiene escuelas esta orden. Su templo si no suntuoso, tan alegra, tan hermoso es, que ninguno lo es mas en la comarca. Honrólo la ciudad colocando en el la imagen de San Fulgencio, su Obispo y Patrón, cuya fiesta se celebra en dicho templo a los ocho días de enero con solemne procesión de clero y religiones y ofrende de cera cada año. El sagrario o Tabernáculo, donde se guarda el Santísimo Sacramento, en fábrica, labor y hermosura, excede a los mas aventajados de España.(*)

(*) Al comienzo de este capítulo, dice el P. Róa ser diez los conventos de religiosos que en su tiempo había en Écija; después solo hace relación de nueve, sin que hayamos podido explicarnos que pudo ocasionar la omisión de un convento. Hacemos esta salvedad, porque no se entienda la omisión como error de copia.

MONASTERIOS DE MONJAS.

PRIMERO. Fundóse el primero a la sombra y memoria de la gloriosa Santa Florentina, fundadora antigua del que gobernó en esta ciudad y se mantuvo hasta la invasión de los moros, se dijo en su vida cuando llegamos al convento de Nuestra Señora del Valle. Luego que se recobró por los cristianos dedicaron una ermita en su nombre, donde en pasados tiempos se retiraron algunas devotas mujeres a vivir en recogimiento sin regla particular. Corriendo días allegóse una hebrea de nación, que convertida a la fe se ocupaba con las demás en santos ejercicios, con particular afecto de devoción a la Santa; la cual, estando ella en oración, se le apareció en forma visible y le dijo que era voluntad de nuestro Señor, que todas las que en aquella casa estaban recogidas, subiesen a estado mas perfecto y fundasen allí monasterio bajo su nombre y amparo, con hábito, regla y obediencia a la religión de Santo Domingo. Sabido esto en la ciudad, algunos caballeros, regidores de ella, ofrecieron sus casas e hijas para la fundación del Convento. No se sabe con certeza el año en que esto se efectuó, aunque se entiende fue el de 1460, poco antes o poco después. Vivieron sin clausura algún tiempo, hasta que sobreviniendo a la ciudad una gran peste, la Santa reveló a una de sus religiosas, que con fervorosas oraciones suplicaban a nuestro señor por el remedio del mal, que si prometiesen clausura, favorecería con su Majestad sus peticiones y les valdría su intercesión. Fue así que hecho el voto se acabó la enfermedad. Sustenta hoy ciento sesenta religiosas, y ha criado en todo tiempo muchas de señalada virtud, favorecidas de nuestro Señor con singulares favores del cielo, cuya relación dejo a la historia de la orden del glorioso Patriarca Santo Domingo.

SEGUNDO. Del Espíritu Santo, de la misma orden que el anterior. Cerróse el año 1518. Sustenta ciento cincuenta monjas. La virtud y religión de este Convento muy conocidas son; testimonio dan algunos cuerpos de ellas difuntos que, después de cincuenta años de sepultura, se conservan enteros.

TERCERO. De Santa Inés, llamado del Valle por estar fundado en el que hace la ciudad camino del que dijimos arriba de Nuestra Señora del Valle; que está a gobierno del orden seráfico y regla de Santa Clara. Tuvo su primer asiento fuera de la ciudad y de allí se trasladó al que hoy tiene. Fundóse el año 1487. De este particular y de otros de mucho lustre de este Convento, de las religiosas que han florecido en él en toda virtud, hace memoria el reverendísimo P. Fray Francisco Gonzaga, Ministro general de su orden en la “Historia” de la misma.

Hace noble este Convento haberse hospedado en él la serenísima reina Doña Isabel, hembra de las mas esclarecidas que conocieron siglos pasados; cuando solicitaba por Andalucía la conquista del reino de Granada, y pagóse tanto de la mucha religión y ejemplar observancia de aquellas religiosas que les hizo merced del agua que ahora gozan, de unos libros de muchas estima, para el coro, y de la costosa sillería del coro, que consumió el incendio que sobrevino al Convento el pasado año d 1622, y fue así: en veinte y cinco de Julio, inadvertidamente una religiosa arrimó una luz encendida a la enmaderación de la iglesia, y de tal manera se asió el fuego en ella que vencida la diligencia de los muchos que, con la justicia y nobleza, acudieron a socorrerla, abrasó toda la iglesia, dos lienzos del claustro con muchas celdas, y, lo que mas lastima, muchas reliquias de mucha estima que la serenísima princesa Doña Isabel Clara Eugenia había dado a este monasterio.

Bien por especial favor del Cielo pudieron librar la custodia del Santísimo Sacramento y una imagen de Santa Clara. Obligó el caso a sacar las religiosas de esta casa a la una del día, y volvieron a la noche acompañadas de una solemne procesión, donde hallaron los daños, no solo del fuego sino también de los ladrones, pués estaban robadas las celdas. Socorrió con su acostumbrada piedad y largueza la Ciudad, y dióles mil ducados para el reparo del monasterio. En poco mas de un año se levantó otro templo de mejor traza y lustre que el primero.

Padeció segunda quiebra esta casa el año de 1626, cuando la inundación del río Genil y del arroyo que dicen del Matadero, de que adelante hablaremos. Entraron las aguas con tanta pujanza en el monasterio, que duraron en él ocho días continuos y aunque las religiones se vieron muy en peligro, no quisieron salir de su casas y fueron socorridas por la ciudad y muchos particulares de todo lo necesario. Sustenta cien monjas son doce mil reales y mil fanegas de pan, de renta.

CUATRO. De Nuestra Señora de los Remedios, de monjas carmelitas descalzas. Tiene mas de ciento veinte años de antigüedad, según consta de escrituras de sus archivos. Convento muy religioso, de donde sus Prelados han sacado muchas monjas de cuenta para gobierno de otros de su orden. Murió no ha muchos años en él una monja de ciento diez años, gran sierva de Dios, que habiendo por su mucha edad perdido la vista, pidió a nuestro Señor se la volviese para rezar las horas canónigas, y se la restituyó su Majestad tan aguda que hacía las mas sutiles labores de aguja. Viven hoy muchos que la conocieron.

QUINTO. De la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, de monjas descalzas sujetas al ordinario; veinte solas en número. Fundóse, con setecientos ducados de renta, el año de 1599.

SEXTO. De la Visitación de Nuestra Señora, de monjas y otras mujeres recogidas. Dio a este Convento, por los años de mil quinientos sesenta y cuatro, o sesenta y cinco, el P. N. de Herrara, religioso de la Compañía de Jesús que hallándose aquí en misión de las que acostumbra nuestra religión, antes que se fundase el Colegio que hoy tiene, y habiendo reducido con su santo celo algunas mujeres perdidas, especialmente de las que públicamente venden su honestidad, les puso casas en la Puerta del Agua, fuera de los muros de la ciudad, y trajo de Sevilla, con licencia del Ordinario Don Cristóbal de Rojas y Sandoval, una monja profesa de conocida virtud y prudencia, que las gobernase. Permanecieron en este sitio hasta el año 1570.m en que se pasaron a la casa donde hoy están. Sustenta ordinariamente de treinta a cuarenta monjas, con cuarto aparte para las recogidas, sin otra renta que ciento cincuenta ducados cada año, y ochenta fanegas de trigo que les dá el Regimiento de la ciudad. Lo demás lo suple la piedad de los ciudadanos.

HOSPITALES

Tiene esta ciudad cuatro hospitales, para los fines principales que son necesarios en una república, con edificios apropósito, y rentas bastantes para la administración de la hacienda, cura de enfermos, regalo de convalecientes y socorro de pobres pasajeros, habiéndose reducido a solos cinco todos los demás, en tiempos de Felipe II, para que los réditos y haciendas, que repartidas en muchos eran de poco provecho, unidas en menos, sirviesen mas al remedio de los necesitados.

1.- El de San Sebastián, que llaman el Real, del que son administradores: el Corregidor por su Majestad, el rey y el Vicario por el Arzobispo de Sevilla, a quien después de ganada a los moros quedó anexa la catedral de Écija; por la ciudad un Regidor, a quien toca el gobierno del hospital. Tiene ultra de las limosnas, dos mil ducados de renta para curar pobres enfermos.

2.- El de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora que, dotado de dos mil ducados de renta, se labró el año de 1593. Es muy sobre lo que generalmente vemos en Hospitales, la limpieza y el asco con que en este se curan los pobres enfermos.

3.- El de la Caridad, digno entre otros de este nombre, pues suple en los niños expuestos la que falló en sus madres para criarlos. Tiene de renta setecientos ducados para la crianza de los niños, y otros cuatrocientos para salarios de Administrador y Capellanes.

4.- El de Santiago, no menos acepto a nuestro señor que allí hallan donde hospedarse.

5.- Se añadió junto al Real de San Sebastián, donde se reparar los convalecientes que salen de los demás hospitales; socorro tan necesario como muestra la experiencia, para evitar las recaídas, que suelen causar las reliquias de las primeras enfermedades, de que muy poco, o nada, se cuida donde primero se curan.

El de santa Florentina no tiene hoy mas que el nombre, y así lo contaré entre las siguientes

ERMITAS.

1.- La antiquísima de Santa Florentina, por cuya memoria y veneración de su antigüedad, no quiso que se incluyese, en la reducción que se hizo, el rey Felipe II
Conservase hasta hoy en ella la cofradía de la Santa, sin que se halle principio ni como ni cuando se instituyó. Bastante argumento de su antigüedad, porque como advierte muy bien Fray José de Sigüenza, grave cronista de su orden, la de San Jerónimo; tratando de este hospital, en la III parte, cap. XLII, de su “Historia”, y tambien en la vida de San Jerónimo; tienen esta Cofradías muy alto principio desde aquellos primeros tiempos de la Iglesia.

2.- La Iglesia de Señora Santa Ana, a la Puerta del Puente, donde cuando esto escribo han entrado frailes de la tercera orden de San Francisco.

3.- La de San Cristóbal, al poniente de la ciudad, en lo alto de un cerro que mira al Genil.

4.- Del Humilladero, que dicen de Nuestra Señora del Valle, situada en el camino; de no menor devoción que antigüedad, como lo muestran bien su fábrica y las imágenes que hay en ella: tiene una fuente, que llaman de nuestra Señora, cuya agua suelen llevar para los enfermos.

5.- La de Nuestra Señora del Camino, que así se llama, porque está al principio del mas frecuente y cosario que lleva a Sevilla.

6.- La del antiguo Patriarca de los monjes, San Benito, a una milla de la Ciudad, en el camino real que va a Granada.

7.- La de Santa Quiteria, virgen.

8.- La de Nuestra Señora de los Ángeles.

9.- La de San Gregorio. De la que no tengo relación mas particular.

CAPITULO VIII. GOBIERNO ECLASIÁSTICO Y SEGLAR. DESCRIPCIÓN Y CALIDADES DE ESTA CIUDAD.

Creciendo con los años de la cautividad la insolencia de los moros, señores de la tierra, y los agravios de los cristianos cautivos, fueron estos desamparando su patria y recogiéndose a los lugares que recobraban sus reyes. Los pocos que restaban, cargados de tributos apenas si podían sustentar sus casas. Faltaban las obenciones a la iglesia y con ellas los Prelados y sacerdotes. Cuando se restituyó a sus dueños, no eran tantos los moradores que pudiesen, labrando las tierras, rendir lo necesario para que pudiesen poner en pié en su primer estado, la jerarquía eclesiástica, Obispos, dignidades y prebendas pasadas. Hallarónse obligados los ganadores a reformar algunas de ellas y reducirlas a las mayores. Corrió esta fortuna Écija, que habiendo tenido desde la primitiva iglesia y tiempo de los Apóstoles, iglesia catedral honrada con tan santos y tan insignes prelados, como hemos dicho, aun muchos años después de haber venido a poder de los moros, cuando se ganó de ellos se dio a la Arzobispal de Sevilla, y el Ilustrísima de ella lo gobierna en lo espiritual, por su Vicario, sujeto en todo a sus oficiales mayores.

El gobierno en lo temporal, a cuenta corre de un Corregidor con un teniente, o Alcalde; treinta y cuatro Regidores; veinticinco Jurados; dos Escribanos de Cabildo; uno de Rentas, y diez Públicos, reformados por estos años de veinte.

Son muchas las familias y linajes de caballeros hijo-dalgos, que hay en esta ciudad, de antigua sangre, descendientes de los primeros moradores de ella, que cuando aquí vinieron tenían sus casas y solares en León, Galicia y Vizcaya, y otras partes, con calidad y apellidos muy conocidos.

Los edificios públicos, plazas, fuentes, casas de ayuntamiento, carnicerías y pescaderías, de los mejores del reino.

Los caballos que aquí se crían, ultra de ser de muy buena obra, son muy animosos, de lindo talle y vista.
Está fundada esta ciudad de un llano, sobre la ribera occidental del Genil. La villa en lo murado corre en redondo; a un lado el Alcázar, entre el río y la ciudad. Sus muros y sus torres, de labor mas fuerte que vistosa. El resto de la población, fuera de los muros, se tiende mas a lo largo por la ribera del río en la parte hacia oriente. Al occidente unos cerros no muy altos. Servíase por siete puertas, todas con sus puentes que atravesaban el foso de agua que la ceñía, ya hoy ciego del todo. La primera del Sol, que hoy se llama de Osuna; la segunda, la Cerrada, llamada así porque cuando vinieron los moros a conquistarla desde Carmona, asentaron su real en el cerro cercano, que desde entonces se llama el Real, y teniendo las otras puertas abiertas, sólo esta estuvo cerrada. La de Palma, que entonces se llamaba de la Verdad; la Nueva; la del Puente, que los moros llamaron Bibiluad; la del Agua, que es la de Calahorra, o Alcázar; y últimamente la de Estepa.
La disposición y defensa, que todos tenían, la seguridad y ocio de las guerras, no bueno siempre, trocado lo tiene todo. Añadiéronse después otras dos puertas que para el servicio de la ciudad parecieron ser necesarias: la de Sevilla y la de San Juan. Entre la de Palma y la Cerrada está una parte de tierra llana, que de tiempo antiguo se llama el Osario, que sirvió a los romanos para lo sepulcros, y lo muestra bien la muchedumbre de los que allí se han hallado y ataúdes de plomo con muchas piedras escritas, que cada día se descubren.

El sitio de la ciudad es exento por todas partes de sierras y montañas que lo asombren, sin que se encuentre cosa que enoje la vista; y lo que en Italia tanto alaba Julio Solino: la templanza y clama del cielo benigno, la alegre postura de los collados, la agradable vista de los montes Marianos, Sierra Morena; la fertilidad de la tierra, tan conocida y celebrada por toda la Andalucía; la habitación saludable, la vivienda apacible, los tratos de interés; copiosos los frutos, abastecida de todo lo necesario, no sólo para la vida sino para el regalo de ella.

Las cosechas de viñas, olivares, ganados y grana muy copiosas; los mantenimientos, en bondad igualmente que en abundancia, no ceden a los buenos de la provincia. Disposición que, con las demás, cría muy buenos ingenios, de que dan calificadas muestras cultivando las letras. Tenía antiguamente gran término, muchas villas y castillos en él, como consta del repartimiento que se hizo de sus tierras, cuando se ganó de los moros, y lo escribe el moro Rasis en su “Historias”, diciendo:

“Écija yace contra el septentrión y meridien de Raya, al occidente de Córdoba. Es Écija villa muy antigua y cumplida de muchos bienes; de muy buen término con grandes llanos. Está Écija sobre el río Genil, el cual sale del monte de la Helada. En el término de Écija hay villas y castillos tan fuertes que no hay cosa en el mundo que teman; una de las cuales es Ronda, que es muy fuerte y muy antigua; la otro es Letescer, que es hecha nuevamente”.

Que no solo en tiempos romanos tuvo gran término y jurisdicción, sino también cuando floreció el imperio de los moros. Después, mudados los dueños, también se mudaron las demás cosas; hoy no se extiende a mas que a lo poblado de la ciudad y su término en el que no restaron villas ni lugares algunos.

CAPITULO IX. DEL RIO GENIL, SU ORIGEN, CURSO Y NAVEGACIÓN. SUS INUNDACIONES, ESPECIALMENTE LA DE MDC.XXXVI.

El río que goza esta ciudad, el mas caudaloso es de los que tiene Andalucía, que solo cede al Guadalquivir, al que los árabes dieron este nombre por su grandeza. En tiempo de Plinio y siglos adelante, navegables era ambos; después corriendo las cosas a lo peor, atropellaron intereses particulares al público, atravesaron azudas para molinos, y aunque dejaron canales para el paso de los barcos, cerraron las entradas y cesó la navegación. Mas en estos días con calor se trata de restituir esta comodidad, de no menos lustre que provecho a los moradores del Betis y del Genil.

Piensan algunos que de muchos siglos a este parte se dejaron de navegar estos ríos, a quien desengañara un auto y previsión del Rey D. Pedro a favor de los barqueros de Sevilla, que se le quejaron del daño que les hacían los señoríos de los molinos, cerrando la bocas de las canales, por donde pasaban sus barcos, y diéronles su petición diciendo:

“SEÑOR: Pedro Sánchez Orozco, Iuan Martin i Alonso Diaz, barqueros vezinos de la ciudad de Sevilla, que tenemos por oficio subir hasta la ciudad de Córdova con nuestro barcos de carga, parecemos ante la vuestra Alteza, e dezimos, que los señoríos de las azudas, e presas de los molinos del Río Guadalquivir, que son de la Ciudad de Sevilla a la de Cordova, an aserrado las bocas de las canales de las azudas, por donde suben i baxan los barcos cargados, que nosotros traemos para el abastanza desta Ciudad, de trigo, e farina: de lo qual se nos a recrecido gran daño; e para el remedio de lo tal, parecemos ante vuestra Alteza a le pedir e demandar justicia”.

“AUTO DEL REI: Vista la petición de suso, para bien proveer, fize parecer ante mi, cartas de mi abuelo el Rei Don Sancho, e cartas de mi padre el Rei don Alfonso. E considerado el mal fecho, que avedes fecho contra Dios, e contra mi corona, que por les aver aserrado las bocas de los canales, por donde suben, i baxan estos buenos omes barqueros, se afogan e pierden sus faziendas; e nos ai vegadas que non tenemos trigo, ni farina que yantar. Por lo qual vos mando, que dende en adelante non fagais lo tal, sino que deis libre el passo por donde puedan sobir, e decendir sin pena alguna, e mando a todas mis justicias de lo Realengo, i Abadengo, e logares de señorio, que cumplan lo ansi proveido por mí, sin ir ni venir contra ello. E mando al Comendador de Lora, que assi lo faga guardar e cumplir en su distrito, e a todos demas desta frontera de la Andaluzia, i al Adelantado della; en el nuestro Palacio. Era del Señor de mil i treszientos noventa y ocho”.

Así se cumplió, y para que se supiese en adelante el ancho que habían de tener las canales de las presas, el Alcalde mayor que por entonces era de Córdoba, tomó la medida en el arco que dicen de las bendiciones en la iglesia Mayor, y todo el dio por el que habían de tener los canales, con dos varas de fondo, como consta de su auto, en los papeles originales. Restituyóse con esto la navegación, y dejóse por algún tiempo, por los robos que algunas entradas hacían en los pasajeros los moros del reino de Granada, hasta que estos años pasados un Jurado de Sevilla requirió a Córdoba con esta provisión para que volviese al uso antigua de sus barcas, con que abastecían las fronteras de Andalucía. Porque después se interrumpiese o en que tiempo, no hallo escrito ni que poder escribir.

Volviendo pues adonde salí, digo que del río Genil hace memoria el moro Rasis en el capitulo de Iliberis, a quien llama Elibera.

“El otro, dice, es el castillo de Granada, al que llaman Villa de Judíos y esta es la mas antigua villa, que en termino de Elibera hay; y pobláronla los judíos. Por medio de la villa de Granada va un río que había por nombre Salón, y que ahora es llamado Guadalgenil y nace de un monte que hay en término de Elibera, que nombran Daina; en este río se cogen limaduras de oro fino, y entra en los ríos que salen del monte de la Helada”.

Así llamaban lo que nosotros Sierra-nevada.
Tiene su origen en una laguna que hay en la cumbre mas alta de esta sierra. Desde allí se despeña entre fragosísimos valles y sale a Pinos, Cenes y Granada, llevando de camino otros siete ríos de poca cuenta, con el que llaman Aguas-Blancas, que corre al Norte de la sierra de Guejar, por los lugares de Dular y Quentar. Así pasa fuera de los muros de Granada, toma a Darro, al río Monachil, al de Dilar, y riega toda la vega repartiendo en acequias. Después, recogiendo sus aguas, corre al poniente, recibe Cubila por bajo la puente de Pinos de la Vega; deja la villa de Illora y sierra de Barbandera, a mano derecha, camino a Loja, fertiliza sus campos, y enriquecido de otras aguas entre los cerros corre arrebatado; baña la falda del alto monte de Iznajar; recibe muchos arroyos, entre ellos el célebre de Martín González por la presa, que allí se hizo del rey Chico de Granada; pasa por la puente del Gran Capitán Don Gonzalo, a las ruinas de Estepa la vieja, al castillo de Alhonoz, primero en el término de Écija, y llega a la ciudad con las aguas de Monturque, Gilena y el Salado, tan caudal como provechoso a sus tierras, pués riega en ambas riberas mas de trescientas huertas, no de menos interés que recreación., De aquí camina su curso a la insigne villa de Palma, y como dos milla delante de ella entra en el Guadalquivir, tan soberbio, que lo atraviesa de orilla a orilla; mas mezclando con él, allí se ahoga y pierde su nombre.

Dicen varios autores que el Genil es como segundo Nilo, si no con fundamento de antigüedad, no sin causa para entenderlo; como aquel fertiliza los campos por donde pasa. Tarif, en su “Historia de la pérdida de España”, que del árabe tradujo al castellano Miguel de Luna; dice así en la parte II, cap. III:

“En la cumbre de Sierra Nevada hay una fuente, o laguna, que sus moradores llaman el manantial cristalino, y tienen razón, porque es un lago que tendrá de largo un tiro de arco, o ballesta, hondísimo, que no se le halla suelo, echa buen golpes de agua, clara como el cristal y es nacimiento de un río caudaloso, llamado en lenguaje español río de Sangil”. Y poco mas adelante, en el Cap. III dice:

“por la provincia del reino de Granada pasa otro río caudaloso al que los naturales cristianos llaman río de Sangil, y nuestros árabes Saanil, que quiere decir segundo Nilo, o imitador del río Nilo. Y este nombre se lo pusieron con razón, porque tiene tan alta corriente, tomando su nacimiento en lo alto de las montañas del sol y del aire, (así llamaban los moros aquellas sierras que caen al oriente;) que viene a ser mas alto que toda la tierra de sus provincia; con tan grande latitud y tal grado, que los moradores de ella sacan de el muchas acequias y con ellas riegan casi cuarenta millas de tierra, y causa en toda ella grande frescura, fertilidad y abundancia de frutos, a imitación del río Nilo, que con sus ordinarios crecientes causa tanta fertilidad en toda la tierra de Egipto”. Ya entonces se había empezado a trocar el nombre propio de Singil en Sangil, que después se trastocó en Genil.

Cría muchos peces de muy buen gusto: barbos, bogas, anguilas y a veces trae sábalos. Sus aguas son muy apropósito para refinar las lanas, y tenía para este efecto muchos lavaderos, que ya han reducido a tres.

Sus mareas grande alivio en las calores del estío; sus orillas, regalado sitio y fresco para las tardes y noches del verano.

De donde haya tomado el nombre de Genil, no se sabe; dice la “Crónica general de España”, parte III, capitulo CXLIX, que lo hubo de lo silíngos, o vándalos, que dieron nombre a la Andalucía. “Y aún ahora, añade, hay un río llamado Silíngo, en latín, del nombre de aquellos vándalos; y en árabe Guadaxenil, que quiere decir tanto como el agua de los silíngos”. Mejor color sacara la fábula cuando se diera del río SILINCENSE, que con tan poco mudanza pudiera ser SILENGENSE. Mas teniendo el nombre SINGILIS, tantos siglos de ancianidad sobre los años de los silíngos, no queda lugar a estas invenciones. Nosotros, como a veces solemos, trocando las sílabas, de Singil, hicimos Genil; como de mur mur, run run; de Betula, Ubeda; de Urgavona, Arjona; de at at, ta ta; etc.

Julio César, o Hircio, en el Lib. IV de la guerra de Alejandría, hace memoria de este río Silicense, y nuestro cronista Ambrosio de Morales, piensa que es el que llaman de las Algámitas, a tres leguas de la ciudad. Yo no tengo fundamento para afirmarlo o negarlo, ni menos para señalar que lugar fuese el que llama Segovia; aunque es cierto lo hubo de este nombre en Andalucía.

Las iras del Genil no son frecuente, mas son terroríficas cuando se enoja; no le enfrenan sus riberas, huella sobre ellas, hurtase a sus corrientes antiguas, rompe otras nuevas, inunda los campos vecinos, quebranta las azudas, derriba las aceñas, embiste la ciudad y hace estrago en los edificios; vacía las bodegas del vino y aceite, con no pequeña pérdida de sus moradores. No han olvidado después de ochenta y cuatro años, la invasión que hicieron sus crecientes en 1543, en día señalado de Febrero, en el que se celebra la Purificación de la Santísima Virgen, a cuya intercesión reconoció la ciudad la libertad del aprieto en que la puso, votando su fiesta que hasta hoy se celebra el Domingo siguiente en la Parroquia de Santa Maria. Después en el 1589, en 21 de Septiembre, día cruel para Córdoba, por la enorme tempestad de que ya en otro lugar escribimos; se arrojó con tanta furia dentro de la ciudad, que se llevó muchas casas de ella, el aceite y vino de las bodegas, el grano de las trojes, dejando taladas las huertas, destruidas las arboladas y ahogados muchos ganados.

En este mimo año, el día 31 de diciembre, amaneció esta ciudad cubierta de nieva mas de una cuarta en alto por las calles, que obligó a abrir por ellas y descargar los tejados, por el peligro del peso. Lo mismo sucedió el Miércoles, treinta y uno de enero, que subió mas de media vara la nieve, y duró en los tejados y partes umbrías por mas de ocho días sin consumirse. Y el sábado once de mayo tembló fuertemente la tierra por mas de un credo. Novedades grandemente admiradas entonces de los ancianos, por no haber visto otras tales, ni oídolas a sus mayores.

El año siguiente, 1590, llovió desde cuatro de marzo hasta cinco de mayo, con tal tesón todos los días que creció Genil cinco veces, y ultra del daño que hizo en la ciudad, que fue mucho, de tal manera estragaron los campos, él y las lluvias, que llegó a valer cincuenta y seis reales la fanega de trigo el día de San Juan.

Cinco años después, el 1595, en 20 de noviembre, y segunda vez en 31 de diciembre, no fueron menores los daños con que afligió la ciudad, derramándose por la Plaza de los Mesones, calles de Bodegas, Barquete y otras vecinas; aislando la puente, en cuyos pretiles batían las aguas, con gran peligro de derribarla. Inundó toda la Alcarrachela, cubrió la torre que dicen del Palomar y todo aquel sitio vecino parecía un mar.

El año 1618 rompieron las nubes con tantas y tan continuas aguas, desde el veinte y siete de enero hasta el diez de marzo, que a cuatro de este tiempo quebró Genil por muchas partes, con tanto estrago de las huertas y sus arboledas, norias, aceñas y casas, que para reparar el peligro de la gente, acudió la justicia eclesiástica y seglar, y a su ejemplo lo granado del pueblo, a pie y a caballo, socorriendo cada uno como podía. Sacaban de las casas anegadas a la mujeres y niños en los caballos, y nadaban ellos a veces, llevando otras el agua al pecho. Llegó hasta el Hospital de San Sebastián, corrió por toda la calle Mayor y aquel campo vecino, de tal modo, que en algunos días no se pudo pasar al monasterio de nuestra señora del Valle. Entró en la calle Charcal, y en la de Bodegas hasta la torre del puente de San Pablo, que es gran parte de la ciudad. Duró la fuerza de la creciente desde el viernes, todo el sábado y domingo siguientes. Llevóse la puente por donde se sirven las aceñas, y cabriolas mas de una vara de alto. Causó mucha hambre la falta de las moliendas; llegó a valer una hogaza de pan dos reales y medio, y apenas se hallaba; cosa nunca antes vista en esta ciudad. Acudió a este aprieto con su acostumbrada piedad y solicitud la ciudad: señaló diputados de sus regidores y jurados, que de sus propios sustentaros a las pobres y la demás gentes que sacaron de las casas anegadas, que no pudieron desaguare en mas de quince días, en que con frecuentes oraciones, plegarias, vigilias, procesiones y otras santas obras, se pidió al cielo misericordia.

Sucedió en esta ocasión, que hallándose cuatro muchachos en las huertas que dicen de Aritaña, se subieron en un nogal, donde estuvieron cuatro días sin comer; que por ser este río tan badoso no se sirven de barcos los vecinos de la ciudad, y así no se hallaba modo de socorrerlos; hasta que llenando de aire unos pellejos de aceite, se aventuraron algunos en ellos y los sacaron del río, no con pequeño peligro de los unos y de los otros. Afirman que pasó el daño de esta avenida de mas de ciento cincuenta mil ducados. Sucedió este año una cosa bien rara: Cubrió el río en su avenida muchos árboles frutales de tanta lama, que no llegaron fruto a su tiempo, mas diéronlo después tan copioso, que se vieron por Diciembre muchas y muy gruesas manzanas en las plazas, y se llevaron también a vender a Sevilla. Mas esta ventaja no es sola propia de aquel año: que en este de 1627, por el mismo tiempo, he cogido yo perillas, de las primeras que se dan en el verano, unas casi maduras y otras verdes, en el huerto de la Compañía de Jesús de esta ciudad.

No llega todo lo dicho a lo que aconteció este año pasado de 1626, peligroso en muchas partes de Europa, y no menos en Andalucía, por las inundaciones con que infestaron la tierra los ríos, especialmente el Guadalquivir en Sevilla, que contarán otras historias, y el Genil en Écija de que ahora hablaremos. A diez de Febrero, alas siete de la noche, salió tanto de madre, cuanto nunca otra vez. Viéronse inundados los campos, sitios y lugares que no habían sentido jamás las iras de su corriente, y los que en otras ocasiones las habían probado, lloraron en esta de sus efectos con mayor quiebra. Velóse la ciudad toda la noche, reparáronse los puestos por donde con mas daño pudiera embestir, si faltara la prevención: ni bastó esta para escudar la pérdida de los edificios y frutos recogidos de la tierra, en bodegas, cámaras y almacenes, que fue de gran precio.

Irrita las mas de estas veces a Genil, y fuérzale a salir de su paso, con graves daños de campos, casas, personas, heredades y haciendas de esta ciudad, el arroyo que llaman del Matadero, porque corre al lado de su pared, tan humilde de ordinario, que lo atraviesan hollándolo de un paso; tan soberbio en algunos tiempos, que hace en todo y a todos mayores ofensas que el Genil cuando mas caudal. Nace este arroyo de las lagunas que hay en las dehesas de Mochales, al poniente de la ciudad. Llenas estas con la lluvias del invierno vierten y corren entre el cerro real hacia el Matadero, de quien toma nombre. Su enojos tan pesados, tan temidos, tan dañosos son en Écija, cuanto los del mayor enemigo pudieran ser. En treinta y uno de diciembre de 1595, de que arriba dijimos, se arrojó a media noche en la ciudad, con tan gran pujanza, que aislado el convento de nuestra Señora del Carmen, entró en el de las monjas de la misma orden, llegó hasta la puerta de la Parroquia de Santiago, y en la de Osuna a las imágenes de ella, altura que admira a quien la conoce. Hizo gran estrago en la calle de la Cava; anegó todas las casas un estado de agua en alto; no dejó aceite, vino, y trigo, que no llevase. Por la otra orilla inundó el convento de la Victoria, poco menos que las demás casas, y fueran mayores los daños, si a repique de campanas no acudiera el clero, justicia y regimiento de a caballo, a socorrer la gente que se anegaba.

Con todo esto, mucho mas descompasado y furioso anduvo en 22 de enero de 1626. Quebró también a media noche por la calle del Carmen, y llegando a la barrera de Puerta Cerrada, partió sus aguas: derramóse por la calle Carrera, torre de la Albarrana y Puerta de Sevilla; llegó al Mesón de la Puerta Palma, pasó a la calle que va al puente, y parte corrió por la calle de San Cristóbal y embistió con tanta furia al convento de monjas de Santa Inés, que lo anegó todo con un estado de agua, y tardó muchos días en desaguarse, con gran pérdida de lo que tenían recogido para el sustento.

En esta última avenida de este arroyo, fueron mayores los daños que en la pasada, y sucedió un caso particular; que habiendo sacado un niño de su cuna junto al Matadero, le trajo como doscientos pasos sobre sus aguas hasta la barrera de Puerta Cerrada, en que lo dejó entre la mucha madera que allí suele haber, y donde lo hallaron vivo al día siguiente, mas murió dos después.

CAPITULO X. CAMINO DEL ARRECIFE, OBRA MAS ANTIGUA QUE LOS ROMANOS APRENDIERON ESTOS DE LOS ESPAÑOLES A EMPEDRAR LOS CAMINOS. DEDICACIONES Y MEDIDAS DEL ARRECIFE.

Yace la ciudad de Écija sobre el Arrecife, que así llamaron los moros a lo que nosotros “Calzadas”, “Stratas” los latinos, y los italianos “Estradas”; caminos aderezados, ya con solería de piedras, ya de hormigón, como dicen nuestros albañiles; sacados de arena, tierra y piedra menuda, a pisón, como el arrecife. Fue tanto el crédito que con sus obras ganaron los romanos por todo el conocido del orbe, que apenas hay puente, acueducto, ni edificio alguno de lustre, que no se les adjudique y venda por suyo. Este de que hablamos, también se atribuye generalmente a su policía. Persuasión que a no deshacerla autores de mayor opinión, pudiera tenerse por cierta, así por lo general que se ha dicho, como por las memorias de romanos que hallamos en él.

Dejo las fábulas de la hija del rey Hispan, de quien cuenta la “Crónica general del Rey D. Alonso”, que habiéndola venido a pedir en casamiento tres hijos de reyes: el de Grecia, el de Escocia y el de África, traídos de la fama de su hermosura, riquezas y entendimiento, ella se ofreció por esposa al que primero acabase una de tres obras que les señaló: al uno murar la ciudad de Cádiz, al otro la fábrica de la puente de Suazo, y al tercero esta Calzada, a la que los moros llamaron después Arrecife; cuento mas apropósito para entre las aventuras de los caballeros encantados de los libros de caballerías, que para la historia. Algo mas adelante, en el cap. CIII, dice “Después que Iulio César ovo tornado todas las España so el su señorío de Roma, e so el suyo vino a la provincia de Guadalquivir e mudo a Sevilla el nombre i mandóla llamar Iulia Romuela. De si andando por las otras tierras de España fizo fazer en la provincia de Guadalquivir e por la Andaluzía por nobleza e prez de su nombre las carreras que ahora llaman Arrecife”. Es cierto que una de las muchas obras que dejó Hércules en España, y tan suya que heredó su nombre y se llamó el camino de Hércules. Así lo escribe Aristóteles: “Desde Italia, dicen, que viene un camino hasta los Celtas, Franceses y Celtíberos, que llaman Heracleo, en el cual los naturales de la tierra cuidan mucho no les suceda algún mal a los Griegos y demás caminantes extranjeros”. Que aún este cuidado tenían los españoles, de asegurar los caminos a todos los pasajeros; gran señuelo para el comercio, que de lo contrario padece gran quiebra. Lo mismo afirma nuestro antiguo poeta español Rufo Festo Avieno; y el moro Rasis, lo hace con estas palabras: “E Carmona jaze sobre que se comienza en la huerta de Narbona; e de Carmona a Narbona a mil mijeros; e quien saliere de Carmona e fuere a Narbona, nunca saldrá de Arrecife si non quiere. Este Arrecife mandó fazer Hércules, cuando fizo fazer los Concilios en el cabo de España”. Concilios llama aquí el moro a los lugares públicos donde se juntaba el pueblo, o bien a los lugares y poblaciones que son junta de hombres debajo de una misma cerca, término y jurisdicción; que “concilium” en lengua latina, igualmente significa el lugar donde se juntan los consejeros que el mismo consejo. Lo mismo escribe Ammiano Marcelino en su libro XV, y Mamertino en su “Panegírico”, fólio trescientos tres. Strabón también lleva este camino desde Italia hasta lo último de toda España, por los trofeos de Pompeyo en los Pirineos; por Tortosa, Sagunto, o Murviedro; por Játiva, por los Espartales, unas veces junto al mar, otras apartado hasta entrar en la Andalucía por Cazorla, Porcuna, Córdoba, Écija, Carmona y Sevilla; de aquí, por la Alcantarilla, a la venta de la Vizcaína, Jerez y Cádiz, aunque rotos por muchas partes.

Aquí pusieron muchas memorias de los romanos, ya por medidas del camino, como ellos acostumbraban; ya por testigos de los reparos que en él hicieron. Duran hoy algunas en Córdoba, de ambos géneros, que se hallarán en los que escriben antigüedades, parte en este, parte en aquel, y las ha recogido estos días el Ldo. Pedro Díaz de Rivas, mi sobrino, que acabados con buena satisfacción y esperanzas los estudios mayores de Sagrada Teología, se solicita de la curiosidad y gusto de las cosas antiguas. Causa confusión hallarse en muchas un mismo nombre de Emperador, con igual número de millas, no acostumbrándose a poner de un mismo genero muchas; porque poniendo una que señale la distancia del camino y el Emperador en cuyo tiempo se puso, de valde se multiplican las demás, si por lo menos no se levantan en diversos lugares y señalan diferentes distancias, para que sepa el caminante lo que ha pasado del camino y lo que le resta; único fin de la invención de las piedras, de tanto alivio para el trabajo del caminar.

Es cierto que de estas piedras uniformes no todas se pusieron en un mismo tiempo, y me persuado que ni en un mismo lugar; porque de las que son de diferentes Emperadores no puede haber dificultad, como en la de Cayo César Germánico, que aunque señala las ciento catorce millas que las de Augusto César, desde Guadalquivir y templo de Jano al océano, pudo ponerse a par de las otras en lisonja de su memoria.

Los dos que se ven hoy en el templo mayor de Córdoba, a los lados del arco que dicen de la bendiciones, la una es de Augusto, la otra de Tiberio César. La que estaba en el Convento de San Francisco, de A gusto también era, con número de ciento veinte y una millas desde el Betis y templo de Jano al mar; pero esta púsose mas de veinticinco años antes que aquella otra, donde leemos solo ciento catorce. Variedad que dio ocasión a pensar que esta columnas no señalasen precisamente la puntual distancia que hay desde Córdoba al mar océano, y cuanto al espacio o pieza de camino que mandaron reparar hacia el mar.

Preciábanse entonces los señores del mundo de este cuidado tan necesario para la comunicación de las gentes. Luego que Octaviano César recibió del Senado y pueblo romano el título de suma veneración, llamándole Augusto, lo primero a que aplicó el ánimo, fue a reparar los caminos, como cosa que tocaba grandemente a la reputación del gobernador, a la majestad imperial y grandeza del pueblo romano; de cuyos propios, o bien de los despojos de las guerras, se hacía el gasto de los reparos. Tomó el a su cargo y expensas, la vía o camino Flaminio, y aderezólo hasta la ciudad de Arímino, que poco alterado el nombre se llama hoy Rímini. De esta vi yo y caminé buena pieza muy bien solada. Las demás repartiólas a los ciudadanos que habían triunfado de las provincias sujetas, para que el finero que de ellas había procedido, sin gravar mas a los pueblos, se reparasen. En reconocimiento de esto levantáronle aras con estatuas en el puente del Tiber, y en la ciudad de Rímini. Y en España hallamos no pocos testigos del agradecimiento que tuvieron nuestros españoles a los Emperadores de quienes recibieron semejante beneficio.

Ya de esto ningún cuidado hay, gástanse los caminos, rómpense las puentes, húrtanse los ríos a sus acostumbradas corrientes, cesa el comercio, peligran los caminos; a todo están sordas las repúblicas, a todo duermen sus gobernadores; algunos sólo velan en su provecho. El daño común tan extraño es para todos, como si nunca pudiera tocarles. No les duele sino cuando se hallan en él; y entonces no para el duelo general, sino por el suyo particular. Pues cuando ya rendidos al clamor universal de las gentes, o forzados de algún imperio superior, o, lo que mas cierto es, llevados de su propio interés, se inclinan a tratar el remedio, libran el gasto en sus propios, tan ajenos a veces de quien son, esto es de la república, que no reconocen otros dueños que aquellos por cuyas manos pasan. Alquílanse estos reparos, no a quien mejor los haya de hacer, sino a quien por menos y a veces entrando a la parte. Compónense esta libranzas igualmente en daño público, que en el particular de los destajeros. Dejan estos las obras comenzadas y aun fuera de ley, en peor estado que las tomaron; perdidos los caminos y la esperanza de sus reparos. Pluguiera a Dios que no tuviéramos los ejemplos tan a la vista. Escarmentó este linaje de ladrones de capa negra, en caso semejante, el emperador Domiciano, castigando severamente a los arrendadores, y privándolos de tener oficio público en adelante. Así lo muestra otra piedra que trae Ambrosio de Morales, del camino de la plata, y que por ser tan apropósito no quiero dejar de trasladarla en nuestro vulgar; dice así:

“El Emperador Domiciano Vespasiano César Augusto, hijo de Vespasiano, vencedor de Alemania, Pontífice máximo, mandó acabar la obra que había comenzado su padre, de los reparos de este camino por espacio de ochenta y ocho milla, que por su muerte, y la ruindad de los arrendadores se había interrumpido; y los mandó castigar por ello rigurosamente, y los condenó en privación de toda clase de oficios públicos”.

CAPITULO XI. QUE LUGAR Y SITIO ERA EL DE ESTAS COLUMNAS Y QUE EL JANO AUGUSTO QUE NOMBRAN, NUMERO DE MILLAS Y NOTAS DE ELLAS AVERIGUADAS.

Mas vuelvo ahora a las columnas de nuestro arrecife, y digo que, aunque fueran todas y otras mas, de un mismo Emperador y de un mismo tiempo, y señal de una misma distancia de camino, había comodidad de sitios donde, sin confusión, y con hermosura, pudieran ponerse; en los ángulos o esquinas, fuera del templo de Jano que se entiende hubo en Córdoba junto al Guadalquivir, y en ambos lados, a la entrada y salida de la puente, o principio del Arrecife, que lo tiene en ella; queriendo los gobernadores igualarse cada uno con su antecesor y ganar con ello la gracia de su señor. Así vemos muchos escudos de unas mismas armas en un edificio.

Resta la dificultad que causa la variedad del número de millas que ponen: unas de ciento catorce desde Córdoba al océano, otras de ciento veinte y una, algunas de ciento veinte y cuatro. Confieso que ha tenido a muchos dudosos esta variedad, no obstante la salida que le da nuestro cronista, de que habiendo medido con mas diligencia en los últimos reparos este camino, hallaron no estar Córdoba y su templo de Jano distantes del océano mas de ciento catorce millas, o que no sigue un mismo camino, sino diferentes.

Yo, no hallo aquí tantos misterios, ni tan cruda dificultad en la variedad de estos números, que no es nuevo encontrar diferencia en las medidas de los caminos que señalan los mejores autores. Sabrá bien esto quien los hubiere leído. De Cádiz a Calpe, dice Strabón, hay setecientos cincuenta estadios, y otros ponen ochocientos. Son muchos los ejemplos que de esto tenemos en todos los cosmógrafos, y en los itinerarios o guías de caminos que se hallan impresas. Y como advierte muy bien Juliano en el num. 157 de sus “Adversarios”, “en señalar las millas de los caminos se acomodó el emperador Antonio a las leguas de España, que unas veces tienen seis millas, otras cinco, algunas cuatro y a veces tres”.

Dije, que muchos otros se persuaden y tienen por mas cierto, lo que varones de acertado juicio han dicho y a mi parecer no sin fundamento; que estas columnas no son medidas del camino, sino de sus reparos, que tal vez llegaron a ciento catorce millas, y tal subieron a veinte y una y a veinte y cuatro. Ni obsta decir que no se puede entender que tantas veces se hubiese de reparar este camino en tan breve tiempo como el de tres emperadores tan cercanos entre sí, Augusto, Tiberio y Calígula. ¿Tan breve espacio hacen sesenta y siete años para gastarse varias veces un camino y ser necesario repararse?. La primera columna de Augusto, que señala ciento y veinte millas, erigióse veinte y cinco años antes del nacimiento de Cristo; la segunda, que ciento catorce, el mismo de su nacimiento. La de Tiberio, treinta y dos años después; la de Calígula diez. Ni se ha de entender que todo aquel espacio que señalan estaba gastado, si no ya unos, ya otras piezas, o partes de él en toda aquella distancia de camino que señala, como cad día acontece y cada día lo vemos.

Menos obsta lo que añaden de que en algunas piedras se ponen los nombres de dos emperadores, señalando una o pocas millas, y no es posible que hubiesen de dejar tan gran memoria de obra tan pequeña como el reparo de cuatro legua. Poco mas hizo en Chaves el emperador Adriano, y lo esculpieron en dos piedras que se hallarán en Paulo Manucio. U dicen, que el emperador César Trajano Adriano Augusto, Pontífice máximo, en su vigésimo tribunado, reparó una vez dos millas, o media legua: otra cinco millas, o legua y cuarto de aquel camino. Donde es de advertir que no eran los emperadores los que ponían comúnmente estas memorias, sino sus vasallos, que conociendo el ansia de semejantes lisonjas aun de cosas menores tomaban ocasión para hacerlas. Que en ellas no se ponga el verbo “Refecit o restituit”, no es de momento; porque como en otras se ponen estos mismos, sin añadir lo que se reparó, porque del lugar donde están y de lo demás que se dice se puede entender, así también en las otras, aunque no se pongan los verbos.

Engañóse un autor diciendo que Jano Augusto era un lugar de España junto al río Guadalquivir. De este yerro se aprovechan algunos sin causa, para poner en duda si hubo en Córdoba templo de Jano. Como si por pensar el otro que era algún pueblo S. Julián, probase yo que no era ermita. Sabemos que Jano significa varias cosas, mas aquí el renombre de Augusto muy propio es de templo, como lo enseña Ovidio, Fast. I:

Sancta vocant Augusta Patres
Templa Sacerdotum rite dicata manu.

Las cosas sagradas se llaman Augustas, y propiamente los templos consagrados por manos de los sacerdotes según sus ceremonias. Lo mismo dice Servio sobre el IV, de las “Geórgicas” de Virgilio: que como por abuso se dá este título a las cosas ilustres y llenas de majestad. A los dioses por esta razón se daba y porque estaban dedicados en los templos, que propiamente era augustos y por esto se dio también al dios Jano, como se ve en la dedicación “IANO AVGVSTO SACRVM”; y según la regla del derecho lógico, nombrándose IANO AVGVSTO, se ha de entender de su templo; que las palabras de muchas significaciones, siempre se han de entender por la mas principal, cuando no haya razón particular que la tuerza a las que se derivan de aquella, y son menos principales. Mas sea esto, se aquello, lo que al caso toca es que estas columnas estuvieron en Córdoba junto al Betis, y desde aquí se midió el camino hasta el océano, no siempre siguiendo el Arrecife, como se ha dicho.

No falta quien se le haya antojado, (así son las imaginaciones de los hombres; mayormente de los que con menos recato del que piden estas materias y guardan en hablar los que mas saben de ellas, se arrojan a venden sus pensamientos por verdades averiguadas); no falta, digo, quien se le haya antojado que estas columnas no son del lugar donde se hallaron, sino traídas de otro no conocido. Estriban su argumento sólo en el número de millas; las ciento catorce, qieren que sean trescientas catorce; porque la T Griega las significa; como si hubiera tal letra en la piedra; y aunque la hubiera, no siendo griego lo escrito, ¿de donde sacan que es griega y nota de número griego, siendo todo latino?. Si quieren que los números sean griegos séanlo todos, la T y el siguiente XIIII, que es tan griego de origen como ese otro. Hagan número cabal con la T y será tan peregrino como su pensamiento; porque la X a los griegos vale seiscientos y la I diez; sumando pues el numero entero TXIIII, montará disformemente novecientas cuarenta millas, que como después veremos suman, a la medida de nuestras leyes, mas de trescientas y trece leguas. Habrán de caminar y sudar mucho, para encontrar al Betis y Jano Augusto donde nunca lo hubo.

Adviertan que de los hebreos tomaron los griegos y caldeos el modo de contar por las letras de su A B C, repartidas de nueve en nueve, en tres ordenes: el primero de unidades, el segundo de decenas y el tercero de centenas, y así viene, el T hebreo, que es la T a los latinos y griegos; a ser nota de cuatrocientos. Si porfiase alguno que la T vale lo mismo porque de los hebreos tomaron los griegos el contar por las letras, ¿no causaría risa el oírlo?. No menos que sí, porque a los griegos vale trescientos, porfiase ya que ha de valer los mismo a los latinos; y aquí mas descaminadamente, porque si bien tomaron algunas letras de los griegos, no tomaron las cifras para contar.

Razón será que oigamos a S. Jerónimo, que nos dá regla para no errar en semejantes materias. Advierte en las cuestiones sobre el Génesis, “que de las voces griegas se ha de dar razón griega, y de las hebreas, hebrea; porque ninguno hay que dando a alguna cosa nombre propio de una lengua tome el origen de otra”.

Y citando este lugar el doctor Martín Martínez, en el Lib. II, cap. I de su “Hypotyposeón”, dice: “Yerran mucho aquellos que, porque los griegos vale ciento la R. Dicen muchos despropósitos sobre el nombre de Sarra, como si valiera otro tanto a los hebreos”.

Lo mismo juzgará todo hombre cuerdo del que, porque a los griegos vale la I diez, la M cuarenta, la O sesenta, la T trescientos y la X seiscientos, pretendiese que ha de valer lo mismo a los latinos, porque son también suyas las letras, siendo así como advierte Pedro Bungo en lo que escribió de los “Misterios de los números”, en la cuenta de los latinos por las letras del A B C, la I vale nueve, la M treinta, la O cincuenta; y en su modo común contar, de que usamos los españoles en castellano, la I no vale mas de uno, la M mil, la O por si sola nada, la X no mas de diez. Claro se vé cuan ciego andaría el que pretendióse que porque en una lengua tienen tal número unas letras, han de tener el mismo en las otras, aunque sean unos mismos los caracteres.

Cuanto mas, que habiendo de hacer cifras de números las letras latinas, la T vale ciento, como lo demuestra Pedro Bungo, ya citado, y Moya en su “Aritmética” dice que la L vale cincuenta porque es la mitad de esta figura ^ , que vale ciento; como la V vale cinco, por ser la mitad de la X, que vale diez y son dos >< contrapuestas, como la anterior dos LL; y esta dos CC, que valen doscientos.

Cuanto al número de las millas, digo que es el mismo camino, poco mas o menos, que hay desde Córdoba al océano, aún por el arrecife, aunque se haga consideración de las lenguas que ponemos los españoles; porque no guardamos la puntualidad de su medida y cada día experimentamos su desigualdad caminando. Mas cuando sea así, que no diga la distancia de estas columnas con la que ahora hallamos del océano a Córdoba, no por eso podemos negar que en aquel tiempo se entendió que era la justa, y andando los años pudo variarse como cada día acontece, mudándose los caminos. Habló Plinio en esta razón, dándola de los yerros que comúnmente encontramos en las medidas de regiones y tierras: “Porque se mudaron, dice, en algunas partes los términos de la provincias y aumentados en otras, o minorados los pasos de los caminos; cargaron con el tiempo los mares sobre la tierra y extendiéronse por otras las riberas; torcieron su curso, o enderezáronlo, los ríos. Comienzan a medir unos de una parte, otros de otra, y así no se hallan dos que concuerden”.

Strabón, Tolomeo y otros autores, avisan también para que semejantes variedades no se condenen por yerros; que el mar y la tierra padecen cada día mil mudanzas, por cuya causa no hallamos ahora los lugares y sus caminos, en la disposición y distancias que los antiguos las dejaron escritas; ni ellos las hallaron como las dejaron sus antecesores. Y cuando tan de antiguo no estuviéramos advertidos, nuestros ojos nos enseñaran, pues hemos visto en nuestros días hurtarse los ríos a sus corrientes y abrir otras nuevas; arrojárse el mar sobre la tierra, cubrir los edificios vecinos y descubrir los antiguos. Ya donde robada la tierra y los vados, forzaron a seguir nuevos caminos mas largos que los primeros; ya donde dejadas la vueltas, dieron mas breve paso a donde guiaban. ¡ Y que mudanzas no habrán sucedido en tanto siglos como componen los mil seiscientos veinte y nueve años que han pasado desde aquel en que se pusieron estas columnas!.

No será justo dejar de advertir aquí, que el uso de estas piedra de millares en los caminos no fue, como se piensa comúnmente, invención de romanos, sino de los hebreos, de Salomón y los Reyes sus antecesores, que señalaban con ellas las distancias de los caminos reales y militares. De ellos pasó esta costumbre a los cartaginenses, a los romanos y a los godos. Así lo escribe Juliano en los números 229 y 230 de sus “Adversarios”.

Y añade que le afirmaban los mas doctos hebreos de la Sinagoga de Toledo, que en una faz de la piedra ponían el numero de millas, y en la otra el nombre de Dios, y que a esto aludía lo del Salmo LXIV: “Turbabuntur gentes, et timebunt, qui habitant terminos a signis tuis”. “Turbaránse los gentiles viendo escrito tu nombre, y cobrarán miedo los que habitan los confines de tus tierras”: que esto decían que significó el Profeta por SIGNA; imitaron también esto los romanos poniendo en estas piedras los nombres de sus emperadores.

CAPITULO XII. LEGUA, MEDIDA EXTRANJERA, CUANDO FUE INTRODUCIDA EN ESPAÑA. BÉTULO Y GUADALIMAR QUE RIOS ERAN. DESHECHAS LAS OPOSICIONES CONTRA LO RESUELTO DE LOS MÁRMORLES.

Es de saber, que la medida de leguas no es española, sino francesa y no usada de los nuestros ni aun en tiempos de los godos, como vemos en S. Isidoro; y no tenía mas de mil quinientos pasos. Nosotros conservamos las millas de los romanos hasta el tiempo del emperador D. Alonso, que ganó a Toledo el 1085, y entonces nos redujimos a leguas como lo escribe el Arcipreste Juliano en su “Crónica”, en el año mil ciento diez; repartiéndose a cada una tres millas, medida que siguen nuestra leyes de Partidas, y comúnmente los autores, como escribe Covarrubias en sus “Varias”, Lib. II cap. XX, número V, fol. 667. Después, reparando por ventura en las demasía que tenían las millas romanas sobre las nuestras, contaron cuatro millas por legua, como escriben generalmente, con los demás, nuestros historiadores.

Repárese ahora en el numero de CCCXIIII millas, que quieren imaginar que señalan las piedras y veráse cuan falso es, y aun imposible, porque si se reducen a tres por legua, según las leyes, pasan de ciento cuatro, distancia que sobrepuja muchas leguas al primer origen del Betis y de cuantos ríos lo tienen en Andalucía.
Porque el Guadalquivir, desde su fuente donde nace, hasta el océano, en Sanlúcar, donde muere, no tiene de curso sobre setenta leguas o poco mas, que aún reguladas a cuatro millas no hacen mas de doscientas ochenta millas. Gualdalimar de tan poco vida es que apenas tiene un día de corriente, que no es mas de catorce o quince leguas, desde la sierra de Segura, donde nace, hasta donde se ahora en el Guadalquivir, abajo de Baeza, cerca de la villa de Javalquinto.

Dijo alguno, que Guadalimar no entra en el Betis, sino el Betis en él. Dijólo con el mismo fundamento que si dijera que el mar entra en el Guadalquivir, o que la luz de una estrella apaga la del sol. Cuando Guadalimar arriba al Betis, lo halla con tan gran cuerpo de aguas, que lo anega en ellas y con la vida le quita el nombre, habiendo recibido antes muchos otros ríos de aquellas sierras, especialmente al Guadiana el menor, que casi es de igual porte, y por eso dijo Plinio que era capaz de muchos ríos, a quien junto con las aguas les quitaba la fama.

Y vendrá con esto un pensamiento sin autor, que me refirieron de quien dijo, “ que el río Betis y Jano Augusto, de donde miden las piedras, es Guadalimar y un monte por donde pasa el arrecife, junto a la antigua ciudad de Mentesa, que hoy llaman Santo Tomé; y que el Guadalquivir se llamó antes Bétulo, diminutivo de Betis, como si dijeran Guadalquivirejo, y después se alzó con el nombre de Betis”. Que aún hasta en los ríos hemos de ver quien pretenda hacerse noble con los apellidos ajenos. Discurso es este que no podrán sufrirlo oídos eruditos, e indignos de referirse. Mas es bien advertir a los sencillos de la verdad.

“¿Dónde en el orbe hay, ni hubo ni memoria de otro río Betis que el nuestro?. ¿Quién leyó, ni oyó Bétulo, río en Andalucía?. Tolomeo, Pomponio, Mela, Plinio, Abrahamo Ortelio, con los demás cosmógrafos; Cavarrubias en su “Tesoro de la lengua Española”, Juliano con nuestros historiadores, todos ponen a Betulón, o Bétulo, río de cataluña. También hallamos en los antiguos confines de Andalucía, ciudad nombrada Bétula, que Juliano en su “Crónica” dice llanamente que es Úbeda; mas, río Bétulo en Andalucía, o cerca de ella, ¿dónde, o en quien se halló? ¿o quien le hizo diminutivo de Betis, y fuese lo mismo que decir Guadalquivirejo?. Río hay de este nombre en Andalucía, y todos saben que es el mismo que nombran los antiguos Saduca, o Salduba, que bajando de las sierras de Antequera desagua en el Mediterráneo, desviando una legua el poniente de Málaga, como escribimos en la nuestra.

Nuestro maestro Antonio de Nebrija le dá el nombre de “Salsus”, al Salado; no se por que, pues no lo es ni se hallará, como advirtió bien el cronista, en ningún autor.
En Hircio, en las “Guerras de España”, entre César y Pompeyo, apellido es del Guadajoz, al que llama río salado. El que tiene ahora el Guadalimar arábigo es, aunque algo trocado de Guadhamar; esto es río bermejo, porque lleva sus aguas de este color.

Flavio Dextro no una sino dos veces le llama “Tago” y duda el Ldo. Rodrigo Caro, en sus eruditas “Notas”, si ha de decir “Tygo o Tugio”. Y de esto último pudiéramos conjeturar mejor que de lo primero, pues nace Guadalimar en la sierra de Tugia, que llama Plinio “Saltu Tugiensi”. También hay lugar llamado Tugia junto a Cazlona, por donde corre este río; y distaba de ella treinta y cinco millas según Antonio. Dextro también dice, que S. Segundo, discípulo de Santiago, predicó en Castro-alto mas de sesenta leguas de donde está, y dicen es Castralla, o Castelseras, en lo mas interior de la Celtiberia. Permanecen hoy memorias de este lugar y el nombre de Castro, en las ruinas de un gran castillo, cual escribe Tito Livio, que fue señalado en aquellos siglos por la muerte del gran Amilcar, pocas leguas sobre Linares, en lo último de la España Tarragonense, vecino a la Andalucía, donde Dextro lo pone.
Ahora priorato es de Jaén, con una iglesia con título de la Magdalena, y algunos cortijos.

Siendo, pues, así que Guadalimar nace en la misma sierra de Tugia y pasaba por el lugar de este mismo nombre, bien pudo dudarse si en Dextro se había de sustituir “Tugius en vez de Tagus”. Mas no debe mudarse, porque Dextro y Tito Livio constantemente llaman Tago a Guadalimar. Dextro dice así: “Junto al río Tago, que pasa por junto a esta ciudad, a la entrada de Andalucía fueron martirizados por Cristo los Santos Marco y Hadria”. Con el mismo nombre y señas de la ciudad de Cazlona, como ahora llamamos a Cástulo, le llama Tago, año 301, parf. “Civitate”; diciendo que predicó en esta ciudad, por donde pasa el río Tago, S. Brictio, obispo de Ebora. Confirma este nombre de Tago, Tito Livio, que refiriendo en el Lib. VII de su “Década III” el suceso de aquella insigne batalla en que junto a Úbeda, a la que entonces llamaban Bétula, quebrantaron los romanos el poder de los cartagineses; dice, que Asdrúbal se retiró huyendo por junto al río Tago, hacia los Pirineos, para pasar a Italia, acercándose como parece a la marina, por ser para ellos tierra mas segura que la de mas adentro, por los muchos enemigos que tenían en ella. Mayormente que el camino ordinario de Scipión y de todos los romanos que venían de Tarragona a Úbeda, Cástulo y su comarca, se entraba la tierra adentro por el puerto del Muradal, y por él partió Scipión alcanzada esta victoria; y así les tornaba mejor a los cartaginenses hacerse mas a la costa asegurarse. Y bien considerado el camino que podían llevar, y conferido con los más prácticos en la tierra, no podían pasar por junto al Tajo, que les caía muy lejos, y era fuerza que saliendo de Úbeda, pasasen por junto al río Guadalimar, dejándolo a mano izquierda, o pasándolo, al cual claramente llama Tago Tito Livio. Que no es nuevo haber en una misma provincia varios ríos de un mismo nombre, como también hay muchos pueblos de un mismo apellido. Dos Letes, o Guadaletes, tenemos: en Galicia uno, otro en Andalucía; un Guadiana en esta y otro en la de Toledo.

Dice con esto Strabón, en el Lib. III de su Geografía, que los ríos Guadiana y Tajo, nacen en la misma sierra donde Guadalquivir. Error es este, que no condenáran tanto muchos autores, si advirtieran que otro río Guadiana tiene su origen cuatro leguas mas abajo del Guadalquivir, donde muere, habiendo caminado, bien caudaloso, no mas de otras tantas, o pocas mas. Nace también en la misma sierra, mas al poniente del Guadalquivir, cinco o seis leguas arriba, Guadalimar, al que, Tito Livio y Flavio Dextro, llaman Tago. Con que se verifica lo que Strabón dice de los dos ríos, Ana y Tago, que son nuestros Guadiana y Guadalimar. Mas no puedo negar, sino, que si como yo hubiera visto estos dos ríos, desde su principio hasta su fin, no confundiera las calidades de los dos ríos andaluces con las de otros dos del reino de Toledo, atribuyendo a estos lo que es propio de aquellos; como el tener su origen en las sierras de Segura, donde lo tiene el Guadalquivir; que como vemos nacen aquellos donde este.

Dos años después de haber escrito esto, al mismo tiempo que se hacía la impresión de este libro, llegaron a mis manos los “Adversarios” del Arcipreste Julián Pérez, que en honra de España y muestra de su buen gusto en letras y erudición, hizo imprimir en Francia; siendo embajador en la corte de aquel Rey, por el nuestro Felipe IV, D. Lorenzo Ramírez de Prado, nuestro amigo, del Consejo de su Majestad en Madrid, y en el número 350 claramente afirma nuestra opinión. Sus palabras en nuestra lengua son estas: “En mi tiempo se había destruido Cástulo, fin de la Bética, cerca de la cual corre el río Tajo, Parnasio, que vulgarmente se llama “Guadalimar”, y nace no lejos del río Betis y del Guadiana el menor”. Y añade en el número siguiente que, “Guadiana el menor nace no lejos del Betis y de este Tajo, que es mayor y de mas curso que el Guadiana, pero menor que el Guadalquivir”. A nuestro Tajo llamó Juliano “Parnasio”, a diferencia de ese otro, con el mismo renombre que dio nuestro Andaluz Silio Itálico a Cástulo por donde pasa, por haberla fundado los griegos focenses, moradores del Parnaso y Fuente de Castalia, tan celebrados de los poetas. Compóngase esto con las imaginaciones que poco ha referimos; reirán unos, otros se indignarán.

Des este engaño de Strabón, tomó ocasión también un autor extranjero para dar por erradas las inscripciones del Betis y Jano Augusto, diciendo, que en lugar de Jano se ha de leer Tajo; persuadido sin duda de lo que escribe Strabón, que los ríos Tajo y Betis corren parejas de un mismo origen. Mas cuando esto sea así, ¿dónde halló el Tajo con apellido de Augusto?. Desgracia es de los muy críticos, antojáseles yerros los mayores aciertos, ambiciosos de la vanagloria de corregirlos. De aquí el sudar por enflaquecer las tradiciones antiguas, fingir novedades sin fundamento, desdorar indignamente aquellos de quienes aprendieron; contrastar opiniones antiguas, veneradas comúnmente y acreditadas por varones mayores de marca. ¿Cuánto mejor les estuviera respetar y conservar las de sus mayores, como aconseja S. Agustín, y comúnmente los santos, que atropellándolas dar testimonio de su vana presunción, y hacerse odiosos de balde con novedades mal fundadas, si no mal imaginadas; con que tan lejos están de ganar reputación con los hombres doctos, que con ningunos mas pierden, porque engañan a los ignorantes!. Mucha fuerza de razones y autoridades debe haber para exceder de este aviso, que tan acordadamente guardan tanto mas todos, cuanto mas doctos son. Son mas atrevidos los mozos, porque con la poca experiencia no se han cogido a la manos de los muchos yerros de su fervor juvenil, de que ya están escarmentados los mas ancianos.

Los que entraron en este pensamiento, tan poco acertado como se ha visto, de que estas columnas señalaban ciento catorce millas, reparando en que estaban en Córdoba, donde no cabía tanta distancia, creyeron desembarazarse de esta dificultad afirmando que los moros las habrían traído de todas esas leguas arriba, aunque fuese en hombros de cristianos, para adorno de sus edificios, como otras del suntuoso templo que levantaron en esta ciudad. Y aunque bastara por respuesta pedirles la prueba, de lo que ni dan autor ni razón, por no obligarlos a lo que no pueden, los desengaño; que ni las vieron ni conocieron los moros, porque cuando se abrieron cimientos para la insigne fábrica de lo nuevo del templo, que hoy se goza con tanta majestad, pasáronlos oficiales abriendo todo el cimiento del edificio morisco mas de tres estados abajo, y allí las hallaron cerca de un sepulcro de mármol, que pensaron algunos sería el depósito del santo obispo de Córdoba Osio. Ni se maraville nadie del título que le doy de santo, pues no solo muchos varones píos y doctos de nuestro tiempo se lo dan, sino los del suyo; especialmente Flavio Dextro, que nació cuatro años después que Osio murió. Y como quien también pudo saberlo, afirma que murió santamente, confesando en su testamento la fé del Concilio Niceno, y protestando que jamás fue su intención apartarse de ella, ni lo negro, como dicen, de una uña, sin ceder un punto a las amenazas ni ruegos. Lo demás que otros dijeron en contrario, invención fue de un hereje para autorizas su herejía, como lo prueba el Cardenal Baronio, y después de el Doctor Bernaldo Aldrete en sus “Antigüedades de África”, tan complida cuan doctamente; y le dá título no solo de santo sino también de santísimo, muy conforme a lo que de él escribe S. Atanasio, testigo de más crédito que cuantos después escribieron.

Acabo ya con estos mármoles, que tan pesados ha hecho lo que no los han visto; que si los vieran bastara para desengañarse de tan peregrinos pensamientos como concibieron por ellos. Son dos trozos gruesos, de poco mas de dos varas cada uno, brutos sin pulimento alguno, cual los ponían los romanos por medidas en los caminos, para que no pudiendo servir de otra cosa de lustre, por lo tosco y por lo pesado, nadie apeteciese mudarlos. ¿A que fin los trajeran los moros, teniendo sobrados millares de muy preciosos y finos?. O ya traídos, ¿para que gastaran sin fruto en abrir tantos estados la tierra, para sepultarlos en ella?. Las guerras, los truecos, las ruinas de edificios, cual vez descubren, cual encubren semejantes destrozos. No dudo sino que llegarán con fastidio los que hasta aquí corrieron leyendo, pues yo llego con el mismo escribiendo. La culpa tiene quien nos obliga a responder a esta invenciones, y nosotros llevamos la pena de responderles.