ECIJA… LA PASION SEGUN LOS EVANGELIOS
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ – 2008

CAPITULO - 1

PROTESTACION DE LA FE COFRADE

CREEMOS Y CONFESAMOS

que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén, en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, quien de la forma más humilde y sencilla, entró triunfante en Jerusalén, donde, por proclamar la verdad y defender a los oprimidos, tras ser negado tres veces por Pedro, su discípulo amado, quedó Cautivo, siendo azotado en la Columna de la envidia y Coronado de espinas por la indolencia del Procurador Poncio Pilatos, entregándolo a la plebe que manejaban quienes de verdad sabían que era el Hijo de Dios, pero a Jesús no le importó Abrazarse a la cruz de nuestra redención, con la que, Nazareno y Sin Soga, cargó sobre su hombro camino del Calvario, donde tras ser crucificado, fue Exaltado hasta que Expiró, y de su costado brotó Sangre, la que se extendió como Yedra de Salud por el huerto Confalonero de nuestro pueblo.
Tras su muerte, descendido de la Cruz, y Santamente Amortajado, fue entregado en la Piedad de los brazos de su Madre, recibiendo Entierro Santo en blanco sepulcro. Resucitó al tercer día y subió a los cielos, desde donde ha de venir para juzgar a vivos y muertos.

 

ENTRADA TRIUNFAL EN JERUSALEN

Cerca ya de Jerusalén, al llegar a Betfagé, al monte de los olivos,
Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de
enfrente, en seguida encontraréis una borrica atada con un pollino al
lado; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, decís que el
Señor los necesita, pero que en seguida los devolverá.
Los discípulos fueron e hicieron como Jesús les mandaba;
trajeron la borrica y el pollino y pusieron sobre ellos sus mantos y El
montó encima. El gentío, numeroso, tendía los mantos en el camino,
otros cortaban ramas de árboles y las tendían por el camino. Y la gente
que iba detrás y delante gritaba: «Hosanna al Hijo de David, bendito
el que viene en nombre del Señor, Hosanna en las alturas.»

Jesús entrará en Écija igual que lo hizo en Jerusalén, cubierto
del manto de la humildad, virtud cristiana por excelencia, fundamento
de todas las virtudes. Señor de la Humildad, virtud sobrenatural
que proporciona al hombre el exacto conocimiento de sí mismo.

Por esa virtud, el hombre, cuya naturaleza caída tiende a exagerar
su propio valor, se mantiene dentro de sus propios límites y
se somete a la voluntad de Dios.

Jesús hará su entrada rodeado de niños, quienes con sus palmas,
abrirán la Semana de Pasión ecijana, diciéndoles a cuantos
presencian el recorrido procesional, que son no sólo el relevo
generacional de los cofrades astigitanos, sino los mejores
abanderados de la fe en Cristo.

CAUTIVERO DE JESUS

Todavía estaba hablando, cuando Judas, uno de los Doce, llegó y con él un gran tropel con espadas y palos, de parte de los Sumos acerdotes y de los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal: «Al que yo bese, ése es, sujetadle». Rápidamente, acercándose a Jesús, dijo: «Salve Maestro» y lo besó. Jesús le dijo:

«Amigo, a lo que estás». Entonces, adelantándose echaron mano a Jesús y le prendieron. Los que prendieron a Jesús le llevaron a casa del Sumo Sacerdote Caifás. Los Sumos Sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para matarlo. Pero no lo hallaron a pesar de que se presentaron testigos falsos. Después Jesús compareció ante el Procurador Pilatos, quien le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús respondió: «Tú lo dices». Pero nada respondió a las acusaciones hechas por los Sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces Pilatos le dijo: ¿No oyes todo lo que dicen contra tí? Pero El nada le respondió, por lo que el Procurador quedó perplejo.

Por las fiestas solía el Procurador, conceder al pueblo, la libertad de un preso, el que ellos quisieran. Tenía entonces un preso llamado Barrabás. Y al decirles el Procurador: ¿a quién de los dos queréis que os suelte?, respondieron: «A Barrabás». Que haré entonces con Jesús, el llamado Cristo. Y todos dijeron. ¡Sea crucificado! Pues ¿qué mal ha hecho? ¡Sea crucificado!, gritaron ellos más fuerte. Pilatos, tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo diciendo: «Soy inocente de esta sangre, allá vosotros.» Soltó a Barrabás y a Jesús, después de azotarlo, se lo entregó para que fuera crucificado. En ese instante Pedro recordó que Jesús le había dicho: «Antes que cante el gallo me negarás tres veces.»

Los soldados del Procurador se llevaron a Jesús al Pretorio y reunieron en torno a Él toda la cohorte. Después de desnudarle, le vistieron una túnica de púrpura y tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y una caña en su mano derecha, y luego, arrodillándose delante, se burlaban de El diciendo: «Salve, rey de los judíos». Le escupían, le quitaban la caña y le daban con ella en la cabeza. Después de burlarse bien de Él, le quitaron la túnica, le vistieron sus ropas y le llevaron a crucificar.

Jesús caminará por Écija, preso, amarrado a la Columna y Coronado de Espinas; declarado culpable sin cometer delito. En el corazón de todos cuantos proclamamos su magisterio, brotarán sacudidas por el escalofrío que provoca su presencia. Cautivo, azotado y coronado de espinas por nuestras culpas, quedándonos el profundo dolor de su rostro grabado permanentemente, porque no entenderemos, un año más, por qué quedó preso en la cárcel de nuestros pecados pudiendo haberse salvado, pero al ver la expresión de sus ojos, comprenderemos que seguimos sin aprovechar la libertad que nos concedió con su sacrificio. Señor, después de tantos años, de qué me sirve rezarte, si todavía sigues Cautivo por nuestros pecados. Señor, después de tantos años, para qué quiero alabarte, si todavía sigues siendo azotado en la Columna de quienes decimos que te amamos. Señor, después de tantos años, para qué queremos seguir proclamándote rey, si todavía te seguimos coronando con las espinas de nuestra indiferencia. A nadie le puedo preguntar más que a mi propia conciencia. Y cuando en el silencio de mis oraciones se dibuja la libertad de tu cautiverio, comprendo entonces que deseas la libertad de quien, junto a nosotros, a diario, se encuentra preso; preso de lo superfluo, de la enemistad y de la envidia; preso del desaliento, de la vanidad y de la malicia, siendo para ese cautivo, andante por las calles de nuestras vidas, para quien tu deseas la libertad que le deje libre durante su vida.

Y el silencio de mis oraciones desea ser ungüento que sanen las heridas que nuestros azotes te producen, viendo en el rojo que de tu sangre emana, que dejas escrito sobre el silente blanco de la noche astigitana: que tus sufrimientos son los mismos que a diario padecen aquellos que sus gemidos no nos alcanzan; los mismos que a diario reciben malos tratos por ser de otro color o raza; los mismos que reciben los mayores cuando el cenit de la vida alcanzan; los mismos que reciben las madres con el abandono por hijos de sus entrañas; los mismos que reciben los niños de padres sin corazón ni alma; los mismos azotes que sigue recibiendo Cristo en la Columna, por muchos años y años que pasan. Y cuando en el silencio de mis oraciones quiero ser jardinero que, con tijeras de amor, pueda podar, de una vez por todas, las espinas que sobre tus benditas sienes se clavan, me llegan tus palabras que son mi causa, para que quite las espinas al pobre que la pobreza se las clava; al marginado que le corona de espinas la sociedad con sus puertas cerradas; al rico que, en su corona de insolidaridad, tiene espinas de madera menos blanca; al desamparado, que dejamos indefenso con las espinas de nuestra ignorancia; a todo aquel, que a diario, recibe las espinas del desempleo, de la droga, del terrorismo, de la violencia y de la enfermedad más larga, porque ellos sí que son Cautivos plenos de inocencia, que se ven azotados en la Columna de nuestra indiferencia y Coronados de espinas por los pecados de nuestras conciencias.

Para ellos, Cristo, cuando en la tarde del Domingo de Ramos, paso a paso, el Martes Santo su cautiverio anda,o, en tarde de Jueves Santo, por la luz del sol iluminada, o, en la noche del Miércoles Santo bajo estrellas engalanadas, a viva voz, ante el silencio del gentío que le recibe en esperanza deseada, nos dice: que su libertad es la libertad de quien a nuestro lado se halla; que sus azotes son los mismos que recibe aquel que nuestras manos encuentra cerradas y que su corona de espinas, es la misma, con la que coronamos, a quien en la hipocresía de nuestras palabras, llamamos hermano del alma. Para ese nos pide Cristo libertad, bálsamo en sus heridas y corona de amor, y así cumpliremos el mandato de aquél, que las entrañas de María Virgen, una noche en Belén, como Hijo de Dios hecho hombre, al mundo alumbró.