ECIJA… LA PASION SEGUN LOS EVANGELIOS
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ – 2008

CAPITULO - 2

CAMINO DEL CALVARIO

Cuando le llevaban, echaron mano de un tal Simón de Cirene
que venía del campo y le cargaron la cruz para que la llevara
detrás de Jesús. Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres,
que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a
ellas dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por
vosotras y por vuestros hijos. Porque vienen días en que se dirá:
Dichosas las estériles y las entrañas que no engendraron y los pechos
que no amamantaron». En el camino hacia el Calvario, Cristo
sufrió tres caídas.

Él contaba con la Cruz pero no la buscaba, y cuando Poncio Pilatos dicta la sentencia que el pueblo le pedía, le es presentada a Jesús la Cruz como instrumento del suplicio infame.

A ella se abraza amorosamente. Con ella carga sobre su hombro. Y en esos instantes que nos encontramos con Jesús Nazareno, un nudo se detiene en la garganta, sosteniendo las lágrimas que provoca su presencia, para no romper el hermoso silencio que cubre hasta el propio pueblo.

Es el instante justo para pensar qué hubiera sido de nosotros si Jesús no abraza o carga con la Cruz. La mirada de Jesús Abrazado a la Cruz; las manos del Nazareno de San Juan o el bamboleo de la túnica Sin Soga de Jesús, ya sea de día o de noche, de madrugada o en el amanecer, son testimonios más que elocuentes, para entender el inmenso sacrificio de quien caminaba hacia el Calvario para salvar al mundo, a ese mundo, al que gracias a Él, pertenecemos, y que su solidaridad, con tan patente entrega de su vida, tiene que ser camino y sendero en el caminar de nuestra vida.

Cristo tomó la Cruz por todos nosotros sin excepción; no hay, ni hubo, ni habrá, hombre alguno por quien no haya padecido Cristo.

La noche del Jueves Santo envuelve el Silencio al silencio bajo su luna y estrellas, y cuando Jesús abraza la Cruz lloran mis ojos de pena.

Madrugada, la del Nazareno, manos benditas sobre la Cruz que en su hombro lleva, queriendo ser Cirineo que le ayude en su condena.

Tarde, la que en su puesta de sol levanta el perfume del azahar, queriendo ser alivio en el dolor que siente Jesús Sin Soga descalzo en su caminar. Tres Nazarenos hacia un mismo final.

De los ojos del Abrazado, brota el perdón que nos da. En las manos del Nazareno de San Juan, la eterna bendición desde que inicia

su peregrinar. En la túnica de Jesús Sin Soga expresión de la caridad, pues no sólo entregó su cíngulo a quien le volvió a defraudar, sino que cargó su Cruz al hombro perdonando una vez más.

Tres nazarenos hacia un mismo final.

Cuando te vemos pasar a tu destino Abrazado, buscamos sobre el sentido del camino desolado.

Se suceden las preguntas de corazones callados y surge la interrogante del sufrimiento humano. ¿Por qué el hombre carga cruces sobre sus propios hermanos?

Por ello te miro a los ojos cuando pasas por mi vera, con la cruz de mis pecados Jesús, Nazareno, Sin Soga, Abrazado y con la Cruz a cuesta. Tres nazarenos hacia un mismo final.

El silencio de la madrugada, el canto de los pájaros en su despertar, el brillo de luceros y estrellas, la frescura que deja el sol cuando se va, el reflejo de la luna, la blancura de la cal, la rosa, el clavel, el incienso al volar, saeta, llamador, cera, varal, costalero y costal, todo ello son oraciones por las tres caídas de Jesús en su caminar, siendo tres los Nazarenos que caminan por la Écija romana hacia un mismo final.

CRUXIFICCION Y MUERTE

Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.» Pilatos mandó poner sobre la Cruz está inscripción: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos», escrito en hebreo, en latín y en griego.

Los soldados, después de crucificar a Jesús, tomaron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado y la túnica. Se cumplió la escritura: «Se repartirán mis vestidos y echarán a suerte mi túnica». Es lo que hicieron los soldados.

Dijo Jesús: Tengo sed. Había un vaso lleno de vinagre y los soldados, poniendo en un hisopo una esponja empapada de vinagre, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús tomó el vinagre dijo: «Está cumplido, e inclinando la cabeza entregó el espíritu y expiró».

Los judíos, como era la Parasceve, para que no quedaron los cuerpos en la cruz el sábado, era el día grande aquel sábado, rogaron a Pilatos que les rompieron las piernas y los quitaran. Vinieron los soldados y rompieron las piernas a los dos malhechores crucificados junto a Jesús, y cuando llegaron a Él, al verle muerto, no le rompieron las piernas, pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza y seguidamente salió agua y sangre.

Desde el Puente a la Victoria, desde la Merced a Santiago, desde San Gil a la calle Zamorano, veremos durante la Semana Mayor a Cristo exaltado en la Cruz o en esa maravillosa imagen que representa la Expiración, para contemplar su muerte plena entre yedra verde que trepa sobre la propia Cruz, intentando apagar el rojo de Sangre que sobre pies descalzos de auténticos Confaloneros, piden Salud al Cristo de toda Écija.

El caminar del crucificado lo será por calles estrechas y angostas, animándonos a superar las dificultades que plantea la vida diaria, a no perder la fe en ningún momento, dejando a un lado la hipocresía y el egoísmo, sintiéndonos, al ver a Cristo en la cruz de su muerte, responsable de sus padecimientos, solicitándole perdón por no haberla evitado, igual que Jesús pidió perdón al padre porque no sabían lo que hacían; y comprenderemos que el Hijo de Dios hecho Hombre no vino a ser servido sino a servir, a dar su vida como rescate por muchos. Por esta razón, el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades. Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios. Dios reinó desde el
madero de la Cruz.

En definitiva, Cristo murió por amor a nosotros, para que nos hagamos prójimos del más lejano, para que amemos a los niños y a los padres como a Él mismo.

Se vivirán momentos inigualables; nervios, llanto, júbilo y cansancio. Merecerá la pena. Seis Advocaciones de Cristo para cinco barrios, porque San Gil no tiene su Cristo para ellos, sino que lo comparte con un pueblo entero que le venera.

Lunes, Martes, Miércoles, Jueves y Viernes Santo, tardes y noches de cante y llanto. Salud, Expiración y Confalón, Yedra, Sangre y Exaltación, seis Cristos con distinta Advocación, Hijos de la misma Encarnación.

Écija se hará rumor, copla y fandango, y mientras llora el azahar, la luna se volverá nardo, repicando las campanas por el misterio de lo sagrado, donde el clavel y el jazmín, la violeta y el geranio, serán saeta, quejío y llanto, mientras al eco de las cornetas el lirio se hará oración por Salud, Expiración y Confalón, por Yedra, Sangre y Exaltación, seis Cristos con distinta Advocación, Hijos de la misma Encarnación.

Yedra será puente, Santiago se hará Expiración, ¡Vivas! a la Victoria cuando sale Confalón; Sangre en Zamorano y en la Merced Exaltación y el pueblo entero, al paso del Señor de San Gil, se hará oración.

En la calle de la Piedad Écija vibrará con Cristo exaltado, mientras que en Caballeros será amor a Yedra enredado. Con el Cristo de Confalón, -misterio de lo sagrado-, la saeta se hará oración, queriendo ser costalero de Expiración en chicotá verdadera, para que Cristo no muera.

¡Que va a llegar el Señó! se escuchará en Zamorano, convirtiéndose el cante en plegaria al Cristo y Señó de payos y gitanos.

Y hasta el curso del Genil, de su eco en lejanía, en murmullo repetía ¡Viva el Cristo de San Gil!

Salud, Expiración y Confalón, Yedra, Sangre y Exaltación, seis Cristos con distinta Advocación, Hijos de la misma Encarnación. Y aunque mi sangre sea de túnica colorada, es la misma sangre la que Cristo derrama, se llame Yedra, Salud o Expiración, se llame Sangre, Confalón o Exaltación, seis ramas del mismo árbol, flores del mismo jardín, al que todos los ecijanos gritamos ¡Viva el Cristo de San Gil!

DESCENDIMIENTO Y ENTIERRO SANTO

Al caer la tarde, vino un hombre rico, natural de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús. Se presentó ante Pilatos y le pidió el cuerpo de Jesús y Pilatos mandó que se lo entregaran. José tomo el cuerpo y lo envolvió en una sábana limpia y la depositó en su propio sepulcro nuevo que había hecho cavar en la roca. Rodó una piedra grande a la puerta del sepulcro y se fue. Los Sumos sacerdotes y fariseos, recordando lo que Jesús había dicho de que: «…al tercer día resucitaré», consiguieron de Pilatos que asegurara el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.

Desde la tarde del Viernes, Écija se cubrirá de luto, por el dolor que sentiremos ante la muerte de Jesús, que nos llevará de las tinieblas a la luz. Veremos a Jesús, tras su descendimiento de la Cruz y su Sagrada Mortaja, en los brazos de María madre, momentos de acatamiento y respeto al Hijo de Dios. La Cruz quedó vacía. Todo se está cumpliendo según los designios del Padre. Solo nos queda comprender que acabó la Pasión de Cristo y que su muerte es el triunfo de nuestra vida. Cristo será acompañado en su Santo Entierro por todos nosotros, quienes por nuestros pecados, fuimos la causa de su Pasión y Muerte.

Dijimos al principio que el pueblo andaluz, del Nazareno, Crucificado y la Dolorosa han hecho la personificación visible de su propia tragedia y en ellos ha visto su propio dolor enaltecido en apoteosis.

Pero en esa catequesis andante que hemos definido la Pasión y Muerte de Cristo, personificada en la figura principal de Jesús de Nazaret, nos faltaba su Madre, que es la tuya y la mía; María Santísima, Madre del Hijo de Dios hecho hombre.

Durante toda su vida y hasta su última prueba, cuando Jesús, su Hijo, murió en la Cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el «cumplimiento » de la palabra de Dios. Por todo ello veneramos a María como la realización más pura de la fe, reconociéndola y venerándola como verdadera Madre de Dios y del Redentor, Madre, en definitiva, de los miembros de Cristo, pidiéndole a Ella, con el Ave María, que interceda por nosotros en la hora de nuestra muerte.

Y en nuestra Semana Mayor, María, es belleza inigualable en un jardín florido entre varales, vergel renovado de alabanzas en honor de una Madre, en la que los rayos del sol o de la luna, provocarán un arco iris de colores entre lágrimas derramadas con lluvia misericordiosa hacia este pueblo que vibra con Ella. La veremos majestuosa. 

En nuestra Madre dolorosa quedó depositado ese amor de fe hacia el dolor de una Madre por la Pasión y Muerte de su Hijo, y nosotros, su pueblo, que compartimos su dolor y angustia, no sabremos qué hacer para aliviarla, convirtiendo los rezos en piropos cuando pase por nuestro lado, porque comprenderemos el dolor que sufrió hasta llegar al pie de la Cruz, a solas con ese dolor, que sólo conocen de verdad nuestras madres cuando tienen que soportar las penosas cruces de la tribulación familiar, la enfermedad, el paro o la droga, porque nuestras madres, sí que son el auténtico reflejo de la Virgen María, siempre a solas con el dolor de su hijo, y que, como mucho, solamente reciben palabras de consuelo que Virgen de la Caridad alivian el dolor de sus sentimientos.

Porque nuestra Madre es durante toda su vida Caridad auténtica, la que se hace en silencio. Madre de las Lágrimas, cuando ve a su hijo cautivo de cualquier problema.

Madre de los Dolores, porque de su gran corazón emana sangre perfumada, cuando recibe las heridas que el puñal de la vida clava a su hijo.

Madre de la Esperanza, porque no espera nadie como una madre, que incluso por esperar, espera la visita o cuidado de su hijo.

Virgen de la Esperanza de EcijaMadre de la Amargura, porque ella se traga sus propias penas y no quiere compartirlas con nadie para no preocuparle.

Madre de la Misericordia porque no hay ser más misericordioso ni compasivo que una madre.

Madre de la Fe, porque su amor es inquebrantable y siempre cree en su hijo.

Madre de la Piedad, porque nuestra madre es un jardín florido de ternura piadosa hacia su hijo y los hijos de su hijo, ofreciendo generosidad, amor, compasión y dulzura.

Y Madre de la Soledad, fiel reflejo de la Soledad de María al pie de la Cruz, sola con la pena en su corazón ante la muerte del hijo, que no olvidará por mientras ella permanezca con vida en la tierra.

Pero yo quiero alegrarte madre, porque cuando en Semana Santa te vea pasar, ya sea en Caridad, Lágrimas o Dolor, en Fe, Misericordia o Piedad; Amargura, Esperanza o Soledad, te quiero entregar mi mejor flor, un rosario de piropos que calmen tu dolor. Por ello: Que me preste su voz el viento, y las flores su color, y la luz el firmamento para expresar el dolor, que en esa cara divina, lleva la Madre de Dios, que cuando pasa junto a mí, como Vírgen de las Lágrimas, yo le quiero dar mi pañuelo del alma, no queriendo que llore porque no puedo resistirlo, al ser yo también madre y saber lo que duele un hijo, queriendo en ese instante, ser lucero para secar su llanto y estrella encendía para hacerle compañía, porque Ella, Madre del Puente, es también Caridad mía.

Y ante el peso de su gracia cada varal se arrodilla, cada clavel le suspira por perfumar su arrogancia, siendo el cirio un corazón, que se consume entre llamas ante los vivas que son clamores, prendíos en tres noches Santas por la Vírgen de los Dolores.

Y aunque el Cielo tiene que tiene a Dios y a su Madre buena, no tiene lo que Écija tiene, a una madre en trono verde y torero, que es la Virgen de la Esperanza, Madre de confaloneros, siendo la Amargura en su llanto causa de mi quebranto, y siendo tanta mi pena, que hasta la saeta, en el silencio de la noche, llorará en su canto, queriendo ser blanca paloma que a Tí, Vírgen de la Misericordia pueda llegar, para recoger las lágrimas que en Tu cara divina dejas derramar, cuando apaga la noche su perfume de naranjos y el amor a la Virgen de la Fe llora entre claveles blancos, haciéndose Écija entera Fe con el fervor de un aplauso a la Virgen de la Piedad, que es llevada en dulce caminar por valientes costaleros que al cielo la levantan, porque Ella pone en sus vidas un camino de esperanza a la Vírgen de la Soledad, madre de negro luto, a la que Écija piropea con pétalos de rosa, gritando en voz alta, que la Vírgen de la Soledad es la madre más hermosa.

Por todo ello: Madre de la Misericordia y de la Piedad, de la Fe, Esperanza y Caridad, de Las Lágrimas y Amargura, de los Dolores y de la Soledad, dejadme Madre soñar en una noche cualquiera: ¡Quién fuera hermano martillo! y en la misma gloria eterna, arcángeles por cuadrilla, nubes por trabajaderas, varales de sol y brisa, bambalinas de promesas, y al compás del llamador que entre luceros resuena, con voz quebrada cantar: ¡Voy por el cielo con Ella!