REEDICION DE LA HISTORIA DE LA GLORIOSA VIRGEN SANTA FLORENTINA
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ – 2008

PARTE - 1

SOBRE FRAY FRANCISCO DE YEPES

Cuando Yepes escribe la “Historia de Santa Florentina”, debería encontrarse ejerciendo como profeso y predicador en el Monasterio de San Jerónimo el Real de Madrid, año de 1584, pues así consta en el ofrecimiento que le hace al inicio de su obra, al rey Felipe II, en 31 de Enero del citado año.

De los datos encontrados y que aportamos a continuación, resulta que ejerció como Vicario en el Monasterio de dicha orden en Ecija muchos años antes a la fecha de la publicación de su obra, concretamente en los años 1569 y 1570, quedando ello acreditado de pasajes contenidos en la propia obra que escribe, así como de documentos a los que haremos referencia más adelante.

Cuando en el seno de la propia Orden, ocurre el episodio reformista del siglo XVI, aparece Fray Rodrigo de Yepes, interviniendo en diversos hechos de los ocurridos:

“Después de esta persecución de Rodrigo de Valer, otros muchos fueron perseguidos, de los cuales algunos se escaparon. Como el Doctor Juan Pérez, que se vino a Ginebra, donde imprimió el Testamento Nuevo y otros libros en español. Otros se quedaron. De los cuales, muchos perseveraron. Y otros, cobraron tanto miedo a la Inquisición, que negaron la verdad. Y, lo que es peor, fueron perseguidos por ella; como fue el Doctor Hernán Rodríguez y el Maestro Garci Arias, que comúnmente llamaban el Maestro Blanco. Pero Dios tuvo misericordia de Blanco y de lobo lo hizo cordero. Y así fue con muy gran constancia quemado. Este Blanco, cuando Dios lo hizo verdaderamente Blanco, decía a los Inquisidores libremente en las audiencias cuando lo examinaban que más valían para ir tras una reata de asnos que no para sentarse a juzgar materias de fe, las cuales ellos no entendían.

En el año de 1555, salieron de Sevilla siete personas, entre hombres y mujeres. Y vinieron a Ginebra, donde residieron. En el año 1557, acontecieron en Sevilla cosas maravillosas y dignas de perpetua memoria. Y es que, en un monasterio de los más célebres y ricos de Sevilla, llamado San Isidoro, el negocio de la verdadera religión iba tan adelantado y tan a la descubierta, que no pudiendo ya más con buena conciencia estar allí, doce de los frailes, en poco tiempo, se salieron. Unos por una parte y otros por otra. Los cuales, dentro del año se vieron en Ginebra, a donde, cuando salieron, tenían determinado de ir. No hubo ninguno de ellos que no pasase grandes trances y peligros. Pero de todos estos peligros los escapó Dios y, con mano potentísima los trajo a Ginebra.

Los que en el monasterio se quedaron (porque es de notar que casi todos los del monasterio tenían el conocimiento de la religión cristiana, aunque andaban en hábitos de lobos), padecieron gran persecución. Fueron presos, atormentados, afrentados, muy dura y cruelmente tratados, y al fin muchos de ellos quemados. Y en muchos años, casi no hubo Auto de la Inquisición en Sevilla, en el cual no saliese, o algunos, de este monasterio.

Entre los que salieron y vinieron a Ginebra, fueron el Prior, Vicario y Procurador de San Isidoro. Y con ellos salió el Prior del Valle de Écija, de la misma Orden. Y no solamente Dios, con su brazo poderoso, libró de las crueles uñas de los Inquisidores a estos doce, antes que comenzase la gran persecución en Sevilla, más aun después, en tiempo de la gran persecución, libró otros seis o siete, de este mismo monasterio; entonteciendo y haciendo de ningún valor u efecto todas lasa estratagemas, avisos, cautelas, astucias y engaños de los Inquisidores, Que los buscaron y no los pudieron hallar. Porque a quien Dios quiere guardar, ¿quién lo destruirá?” (Tratado del Papa y de su Autoridad, Cipriano de Valera, págs. 247-248).

No libró de este contagio su retiro en el campo al antiguo Monasterio de San Isidoro, reconoce el Padre Santivañez en su “Historia de la Provincia de Andalucía de la Compañía” (escrita en 1600 y todavía inédita, pero conservada en la Universidad de Granada), quien añade “a queste retirado claustro había escogido para Depósito el Racionero Julianillo en que guardar, como en carga de agua, los libros heréticos que de Alemania portaba”. Prácticamente toda la comunidad jerónima, con su prior al frente, se identificó con la Reforma en 1557. En consecuencia, unos huyeron de la Inquisición, entre los que estaban Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, traductor y revisor de la primera Biblia completa impresa en castellano, y Antonio del Corro. Otros fueron quemados públicamente en Sevilla. Y el resto, a petición de Felipe II y con la aprobación del Papa Pío V, se unieron a los antiguos jerónimos en 1568.

El historiador sevillano Antonio Domínguez Ortiz, en “El episodio de los Reformistas del siglo XVI” resume la historia de este Monasterio con las siguientes palabras: “A lo largo de una existencia en general gris y monótona, tiene destellos de singular intensidad: el episodio de los reformistas el siglo XVI…”

El episodio de los reformistas del siglo XVI tuvo su origen en el estudio de la Biblia que alentaban el Dr. Egidio primero, y el Dr. Constantino después, con su predicación en la Catedral de Sevilla, y Julianillo Hernández, trayéndoles de Ginebra Nuevos Testamentos, Salmos y diversa literatura de edificación y polémica religiosas. Un autor contemporáneo, R. G. Montes, narrando la transformación que los monjes y el Monasterio experimentaban, escribió: “Las horas que llaman de coro y rezo, se habían convertido en explicaciones de la Santa Escritura.” Las primeras sospechas se produjeron a raíz del proceso contra el Dr. Egidio (1551) y el secuestro inquisitorial de cuatro Biblias completas y ocho libros sueltos de la Escritura, al menos en 1552, a frailes de San Isidoro, y una Biblia a un monje del Monasterio de Nuestra Señora del Valle, en Ecija.

El Santo Oficio procedió contra los que permanecieron en sus respectivos claustros. Y a los que encontró culpables de “luteranismo” los sentenció a la hoguera o cárcel perpetua, tras un largo encierro, cinco años para García Arias, en los calabozos del Castillo de Triana, sede del Tribunal. A los que se refugiaron en el extranjero, se les quemó en estatua, menos a “Fray Juan Sastre, fraile lego natural de Palencia, al cual envió Su Majestad desde Flandes”, que ardió en persona. Este peligro de extradición amenazaba igualmente a los demás, ya que todos eran seguidos por eclesiásticos que servían de espías a Felipe II. Todavía se conservan las relaciones de las cantidades que recibieron por tan miserable ocupación.

En la relación que damos más adelante podrás ver, querido lector, los nombres de Casiodoro, Cipriano y Antonio del Corro, que estudiaremos con más detalle por la importancia y vigencia de su labor literaria. De estos tres y de sus compañeros de claustro Fray Cristóbal de Arellano, Fray Francisco Fox Morcillo y Fray Gaspar Porres se ocupó Mario Méndez Bejarano en su “Diccionario de Escritores, Maestros y Oradores naturales de Sevilla y su actual provincia.” ¿Se limitó la crisis de fe a los jerónimos de San Isidoro del Campo? Otros jerónimos que abrazaron la Reforma de San Isidoro dependían Santa Ana de Tendilla; Santa María de Barrameda, junto a Medina Sidonia; San Miguel de los Ángeles, junto al Pedrín (Sevilla); Santa Quiteria de Jaén (una ermita); Nuestra Señora de Gracia, de Carmona; y Nuestra Señora del Valle, de Ecija. Nada se sabe de lo que pudo ocurrir en esos lugares en cuanto a los cambios experimentados en San Isidoro del Campo, a excepción del último mencionado.

También en el Monasterio de Nuestra Señora del Valle, de la misma Orden, situado en las afueras de Ecija (Sevilla), en la margen occidental del Genil, se aceptó la Reforma. El Prior huyó a Ginebra y el Vicario fue condenado por los Inquisidores de Sevilla a ser quemado vivo. Del segundo de ellos nos ha llegado el autógrafo en documentos que firmó en Santiponce (Sevilla) cuando estaba en el Monasterio de San Isidoro del Campo. Y por la relación oficial del Auto Público de Fe en Sevilla, el 28 de octubre de 1562, aparece como Fray Cristóbal de Arellano, natural de Arnedo, Vicario del Monasterio de Nuestra Sra. del Valle (Ecija), predicador, relajado en persona y confiscación de bienes, por «luterano». ¿Fue él quien introdujo la Reforma allí? Ningún historiador del Monasterio ecijano se ha ocupado de este episodio. Ni siquiera Fray Rodrigo de Yepes, jerónimo que moró en él y escribió poco después de estos hechos (en 1570).

Según se desprende de la correspondencia de Fernando de Valdés, Arzobispo de Sevilla e Inquisidor General, con el Papa Paulo IV y Rey Felipe II. Al primero le decía lo siguiente: “Unos frailes del monasterio de san Isidoro, extramuros de ella (Sevilla), que son de la orden de los ermitaños de san Jerónimo, y entendieron ser culpados, luego se ausentaron del monasterio y del arzobispado y del reino, y entiéndase que están en Alemania, los nombres de los cuales van en una memoria. Y de los que quedaron en el monasterio, están presos en la inquisición de Sevilla ocho frailes, además de otras personas, sus cómplices”. Y en una carta del Consejo de la Suprema y General Inquisición a Felipe II, se informa de las decisiones que empezaron a tomar. Y que literalmente decía: “Los que ahora importaría poderse haber son fray Francisco Farias, prior, Fray Casiodoro y fray Antonio del Corro, todos tres, frailes del monasterio de San Isidoro de Sevilla” Y la relación más completa la conocemos por los listados originales del Tribunal de la Inquisición en Triana, conservados hoy en la Sección de Inquisición del Archivo Histórico Nacional, en Madrid. Entre los sentenciados, como protestantes procesados por los inquisidores de Sevilla, se encontraba: En 26 de abril 1562, FRAY CRISTOBAL DE ARELLANO. Quemado en estatua Vicario del Monasterio de Ntra. Sra. del Valle (Écija)…” .

Siguiendo en el tiempo sobre la permanencia de Yepes en el Monasterio de Ecija, aparece en el mismo al año de 1568, como resulta de: “…entre los papeles de Castgna en el Archivo Vaticano y que resulta ser la pieza principal de todo este asunto: Se trata de una censura o dictamen sobre el pasaje del Catecismo Romano a que Castagna se refiere en su carta informe. Los firmantes son: Fray Francisco de Villalba, Predicador de su católica majestad el rey de España Felipe y Fray Rodrigo de Yepes, profesor de Sagrada Teología y predicador, miembros de la Orden de San Jerónimo. Nota nº 62 a pie de página concreta sobre Yepes: Apenas sabemos nada de este otro fraile jerónimo. Al año siguiente, le vemos escribiendo a Zayas desde el Monasterio Premostratense de Nuestra Señora de la Vid, cerca de Peñaranda, cuya reforma había sido confiada a dos visitadores jerónimos (carta ológrafa 15-I-1568; AGS Patronato Real. Leg. 23 nº 40).

En Octubre del año 1570 ya aparece Yepes en el Monasterio de San Jerónimo el Real de Madrid, como se desprende de una censura que el mismo realiza a una publicación de Fray Tomás de Mercado: “…Censura del muy reverendo padre fray Rodrigo de Yepes, de la orden de San Jerónimo. Las adiciones que el padre maestro fray Tomás de Mercado ahora nuevamente ha hecho a su obra “Tratos y contratos”, las cuales se me cometieron que viese por los señores del Consejo Real de Su Majestad, son muy a propósito y muy importantes y de sana y católica doctrina para las materias que en su obra disputa y merecen la misma aprobación y alabanza que la obra principal tuvo de los más doctos de la Universidad de Salamanca y otras partes. Especialmente, a este trabajo se le debe mucho favor y agradecimiento por enderezarse a quitar las injusticias, agravios y usuras que entre los hombres tanto se usan en destrucción de la república, que es lo que los reyes deben principalmente pretender para hacer sus vasallos buenos, como fin de su estado y dignidad. Esto me parece así y lo firmé de mi nombre. En San Jerónimo el Real de Madrid, a 28 de octubre de 1570. Fray Rodrigo de Yepes.

EL MONASTERIO SANTA MARIA DEL VALLE - "LOS JERONIMOS"

La presencia de la Orden de los Jerónimos en el Monasterio de Nuestra Señora del Valle de Ecija, donde prestó sus servicios Fray Rodrigo de Yepes, como en la propia obra que reeditamos el propio autor lo hace constar, queda ratificada de los testimonios escritos que hasta aquí han quedado aportados. El propio monasterio en sí, queda igualmente descrito, no sólo por Yepes en el contenido de su libro que reeditamos, sino también por todos cuantos escribieron sobre Ecija, con posterioridad al año en que lo hizo Yepes, así como del contenido de las actas obrantes al Archivo Municipal de Ecija, como resulta de todo lo que a continuación exponemos:

El Cabildo ecijano, en 28 de agosto de 1592, designó una comisión para que en nombre de la ciudad escribiese al Prior del monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, apoyando y ratificando la petición del Prior del Monasterio del Valle de esta Ciudad, para que aquel monasterio cediese a este uno de los Sudarios de Jesucristo, de los dos que poseía.

En la “Historia General de España”, escrita por el jesuita Juan de Mariana, cuya edición en castellano fue publicada en el año de 1601, dentro del Libro Sexto, Capítulo I, titulado “De la muerte del rey Recaredo”, escribe:…Dícese demás desto que Santa Florentina pasó su vida en Ecija, do se muestra rastros así de sus casas, como de uno y el más principal de cuarenta monasterios de monjas que estaban a su cargo y debajo de su gobierno; en el mismo sitio que al presente está otro monasterio de gerónimos a la ribera del río Jenil…”

El anteriormente citado Cabildo ecijano, en 1 de Septiembre de 1625, conoció de una petición del Prior del monasterio del Valle, para ayuda de costa a la fábrica del convento, acordándose remitirla a Cabildo General.

El Cabildo celebrado el día 27 de Octubre de 1625, se acordó ceder por seis años las rentas de las tierras del Palmar de la Nava, para la reedificación de la iglesia y convento de Nuestra Señora del Valle, que estaba ruinoso. Estas rentas se venían destinando, hasta la fecha, a la reedificación de la iglesia de Santa Inés del Valle.

Uno de los testigos más directos que conoció el Monasterio al que nos venimos refiriendo, sin duda, fue el Jesuita P. Martín de Roa, por coincidencia en el espacio del tiempo, dada su permanencia en Ecija en el convento de su orden, y así lo deja reflejado en su publicación sobre esta Ciudad, editada en el año de 1629, por lo que dada la no mucha diferencia de años con la publicada por Fray Rodrigo de Yepes (año de 1584), no cabe duda que conoció dicho santuario o monasterio, como se desprende del relato de su descripción, y quién sabe, si incluso podría haber conocido a Yepes y, en todo caso, lo que nadie puede dudar, es que Martín de Roa, sí que tuvo un conocimiento más directo de todo lo que nos ocupa, en fechas muchos más cercanas a los autores posteriores al mismo. Roa, hace la descripción del monasterio, dentro del Capítulo VII, en el que se refiere a los Conventos de Religiosos que hay en esta Ciudad, numerándolo en el orden séptimo y escribe:

“SÉPTIMO. El de nuestra Señora del Valle: religioso y célebre por la antigua venerable imagen de la Santísima Virgen que tiene en su templo, y si bien insigne por su grandeza, lo es mucho por mas por la magestad de esta Señora que lo habita; regalo singular de las Santas vírgenes y de su gloriosa Madre y fundadora Santa Florentina que allí vivieron a Dios, muertas al mundo y en clausura de monasterio. Destruido después por los moros, quedó, según parece, en Ermita amparadas de la Santísima Virgen, su antigua moradora en aquella imagen. De su antigüedad y milagros tenían en esta ciudad un libro harto antiguo que no ha llegado a mis manos, porque no se halla; mas los votos que cuelgan de las paredes del templo, bien muestran las muchas maravillas que ha obrado esta Señora en sus devotos, no solo en esta Ciudad sino fuera de ella, invocada con el título del Valle, tan honrado con sus favores.

Buen testigo de esto es el Convento que, de este mismo nombre, tienen los religiosos de S. Francisco en Sevilla.

Tuvo principio su fundación en un insigne milagro, que allí obro esta Señora a favor de una criatura, única de su madre, natural de Écija, que viuda de su marido, se pasó a Sevilla y puso casa de posada donde hospedaba los de su patria. Arrimóse el niño al pozo, y viéndose en el agua como en espejo, hizo fuerza alargando el brazo, pensando inocentemente que pudiera asir su figura, y cayó dentro de él. Era muy profundo. Advertida la madre del triste suceso, corrió desolada a la imagen, que de esta señora del Valle tenía en su casas, y con tanta devoción como lágrimas, le suplicó que le restituyese su hijo y ofreció en retorno de este favor, si lo recibía, consagrar a su servicio sus casas, para que en ellas fuese siempre servida de varones, o bien de hembras en Monasterio. Apenas acabó su oración, cuando a vista de gran pueblo, que había concurrido a las voces, las aguas comenzaron a hervir hacia lo alto, y vertiendo sobre el brocal, recibió de ellas bueno y sano a su hijo. Recibido, cumplió su voto. Tanto se agrada esta Señora que la invoquen por este nombre y pidan por la intercesión de la gloriosa Santa Florentina, y por sus hijas mártires moradoras del Valle.

Los señores de Palma tenían en esta Ermita gran devoción; pidiéronla con intento de fundar allí Monasterio y enterrarse en la capilla mayor, de la iglesia que pensaban levantar. Trajeron licencia del Papa, y diéronsela el año 1486. Entregáronla a los monjes ermitaños de San Jerónimo, de la familia de los Isidoros, y edificáronles luego un paño de celdas, donde pudiesen vivir hasta seis religiosos. Dotaron también la Capilla mayor para su entierro en cincuenta mil maravedis de renta, y veinte cahices de trigo al año.

Esta asentada esta casa en la ribera occidental del río Genil, a media milla de la ciudad. Tiene dentro del pobre claustro una torre bien antigua, que no le supieron dar otro nombre sino la torre de Santa Florentina. También afirman que estuvo aquí el altar, capilla y sepultura de la Santa, y no se sabe el lugar porque con la nueva iglesia que hicieron los Isidoros, se trocó el sitio y después con el tiempo la memoria.

Volviendo a las actas capitulares, encontramos la relativa al Cabildo municipal del día 20 de Agosto de 1638, donde se hace constar: “Habiendo entendido la Ciudad que el día de la Asunción se intimó excomunión para que ninguna persona fuese al convento de San Jerónimo de Nuestra Señora del Valle, imagen de gran devoción, donde no sólo acuden los vecinos de esta ciudad a suplicar remedio en sus necesidades, sino toda esta comarca, la noche de su víspera, y porque ha sido novedad sin causa”, acordó que el regidor don Juan de Henestrosa Cabrera y jurado Lucas de Godoy se ocupen de que esa noche y la de la Natividad estén abiertas, como lo han estado siempre, las puertas de dicha iglesia.

En el Cabildo celebrado el día 27 de Junio de 1740, se dio lectura a un memorial del monasterio, que solicitaban una limosna para ayudar a la obra de reparación de la iglesia, que amenazaba ruina, acordándose en 16 de Septiembre concederle la suma de 1.500 reales.
Por Cabildo celebrado el día 3 de Abril de 1761, la Ciudad acordó solicitar de S.M. y del Consejo de Castilla, facultad para conceder una limosna con la que costear un rostrillo para la imagen de Nuestra Señora del Valle, como le tenía ofrecida la Ciudad.

En Cabildo de 7 de Febrero de 1772, se designó una diputación para que emitiese informe sobre la aportación de la Ciudad a la obra de la carroza que se hacía para el culto de la Virgen del Valle en su monasterio.

Como consecuencia de las leyes promulgadas sobre las desamortizaciones, desde el año de 1820 en adelante, se llevaron a cabo estas con unas consecuencias muy importantes para la pervivencia de varias iglesias y conventos ecijanos, encomendándose dicha tarea a las comisiones municipales. Los terrenos desamortizados por el gobierno fueron exclusivamente eclesiásticos, principalmente aquellos que habían caído en desuso. A pesar de que expropiaron gran parte de las propiedades de la iglesia, ésta no recibió ninguna compensación a cambio. Por esto la iglesia tomó la decisión de excomulgar tanto a los expropiadores como a los compradores de las tierras, lo que hizo que la gente no se decidiera a comprar las tierras y que hubiese que rebajar el precio. De dicha desamortización no se libró la Orden de los Jerónimos y como hemos dicho, entre los conventos que ocupaban los mismos, el de Santa María del Valle en Ecija.

La Orden de San Jerónimo fue víctima de exclaustraciones y desamortizaciones de los gobiernos liberales, llevando a la ruina la mayoría de sus monasterios, siendo malvendidos y abandonados. Los años de 1809, 1820 y 1835, fueron tristes para los monasterios masculinos de la Orden. El anticlericalismo de las clases rectoras se desató en 1820, con más furia y celo que los franceses. Varios decretos de las cortes ordenaron la exclaustración de regulares y la ocupación de los monasterios. La reacción política de 1823 posibilita a los monjes volver a sus monasterios, reuniéndose las comunidades para iniciar otro interludio de calma. En 1835 las deudas del Estado eran elevadas y el ministro Juan Álvarez Mendizábal pensó amortizarlas con los bienes de los religiosos, un proyecto fabuloso, de un idealismo que rozaba lo infantil. Echó al mercado los bienes de la Iglesia, cerrando los monasterios y casas religiosas, poniendo a la venta el 19 de febrero de 1836 todos los bienes raíces de las casas religiosas. Los monjes emprenden de nuevo un éxodo, ahora sin retorno.

En otras ocasiones, habían partido de sus monasterios, esperando regresar. Esta vez el golpe era definitivo e irrevocable, porque sus posesiones fueron subastadas y cayeron en manos rapaces de las que sería imposible arrancar su presa. En 1835 unos 1001 monjes formaban la población monástica jerónima distribuidos en 46 casas. Gobierna la Orden el Padre General fr. Francisco Campos, profeso de El Escorial. ¿Qué fue de la suerte de estos hombres de Dios? Los sacerdotes quedaron incardinados a las diócesis, ejerciendo funciones de párrocos y capellanes. Los demás, prácticamente dejados en la calle. Los que tuvieran familiares, a ellos se acogerían. Los más… ¡Dios sabe cuál fue su destino! Posiblemente los asilos. “¡Lumbrera y gloria de nuestro pueblo fue ese bosque de ascetas que taló implacable el hacha de la desamortización!” ¿Y cuál fue la suerte de los monasterios? En la mayoría de casos, la ruina. Se malvendieron a particulares, destinándose a usos distintos a su originaria función. Entre los mejor parados, los hay destinados a diversas funciones eclesiales (cenobios de otras órdenes, colegios, seminarios, universidad) y sedes de organismos oficiales. Por su valor artístico, varios han sido declarados Monumento Nacional, para protegerlos y rehabilitarlos…Entre los edificios religiosos desamortizados y desaparecidos en 1835 se encuentran los de Santa Ana, en Tendilla (Guadalajara), San Miguel de los Ángeles, en Sanlúcar la Mayor (Sevilla), Santa María de Gracia, en Carmona (Sevilla), y Santa María del Valle, en Écija (Sevilla) quedando ruinas de los mismos.

Como consecuencia de lo anterior, en Ecija, se inicia en el año de 1820 y se instruye un expediente sobre: “Extinción de monasterios y reunión de Reguladores”, que contiene en otros particulares:

…ocupación del Monasterio de Nuestra Señora del Valle…Instancia del Ayuntamiento y Curas a S. M, pidiéndole continué la iglesia del monasterio del Valle como ermita para que siga allí el cuto a la Virgen. Acuerdo del Cabildo, de acuerdo con los curas párrocos, para que la virgen se traslade provisionalmente a San Gil.

En 22 de Agosto de 1823, Fr. José Escalera, Prior del monasterio del Valle, solicitó y obtuvo la concesión en depósito de la imagen, patrona de Ecija, que recibía culto en la Parroquia de Santa María por la supresión de dicho Monasterio, alegando haber tomado posesión judicial de él.

Cabildo de 17 de Diciembre de 1845…El convento de San Jerónimo se proponía la enajenación a particulares por el estado ruinoso de la iglesia y convento…

A petición de varias personas se accedió a que quedase fuera del trámite de la subasta decretada la iglesia y sacristía del Monasterio del Valle. 1849.

Uno de los testigos directos y quizás de los últimos, de cómo se encontraba el Monasterio de Nuestra Señora del Valle, también llamado de los Jerónimos, en la segunda mitad del siglo XIX, fue el ecijano Juan María Garay y Conde, quien en el año de 1851, nos dejó esta descripción del mismo:

“…Desde esta capilla sigue el camino hasta el extinguido Monasterio, edificado no lejos de la margen occidental del Genil. Allí mismo existía el año de mil cuatrocientos ochenta y cinco una antigua ermita bajo la advocación de Santa María del Valle, que D. Luis Portocarrero y Doña Francisca Manrique, causantes de los condes de Palma, duques de Hijar, convirtieron a su costa en Monasterio de Jerónimos bajo ciertas condiciones convenidas con Prior de las Ermitas y la competente bula del Papa Inocencio octavo, por cuya causa eran aquellos señores los patronos del Monasterio, con panteón en la Capilla mayor, en que fueron depositados sus restos mortales. Por tal incidente el que antes fuera un pequeño Santuario de recomendables antecedentes, se elevó a la clase de edificio notable, cual el que llegamos a conocer; consta este hermoso templo de una nave, la mayor de Ecija en su clase, pues desde el altar mayor a la puerta principal que está en el testero al coro hay sesenta y cinco varas de longitud sobre trece de latitud, que dan una superficie de ochocientas cuarenta y cinco varas y catorce de elevación al enrasado de la obra; su techo artesonado con armadura de par e hilera y labor de lazo es magnífico; divide la Capilla mayor de lo demás de este templo espacioso, un elevado arco apuntado, a que sigue su cubierta elegante y cóncava, toda formada de recuadros nuégados y figuras poligonares de colores.

El retablo principal tallado y dorado en madera, es de hechura moderna con tres cuerpos de graciosos frontispicios de pilastras, hallándose en su centro el costoso camarín en que se custodiaba nuestra amada Patrona; súbese a él por una escalera de veinte y seis peldaños de diez palmos cada uno, de una sola pieza de jaspe encarnado, de cuyo mismo material es el pasamano balaustrado; tiene una sencilla cúpula de cornisas y dovelas en yeso y el pavimento de jaspes de colores formando labor; el coro en alto, que se haya situado a los pies de la Iglesia está sostenido por cuatro arcos adintelados de bastante mérito, atendida la anchura del local; este templo está cerrado desde el año de mil ochocientos treinta y cinco; su convento ruinoso en su mayor parte; una pequeña portada gótica facilitaba la entrada al claustro y delante de ella existen los restos de un peso en que se pesaban a trigo los enfermos que obtenían la salud por la intercesión de la Virgen y prometían dar de limosna a los monjes un equivalente en dicha especie a lo que su cuerpo pesaba.

Es antiquísima tradición en esta ciudad y comprueban diferentes crónicas, que Santa Florentina fundó un convento de monjas de la orden de San Benito, en el mismo punto que está dicho Monasterio, el cual subsistió hasta la entrada de los árabes, en que ocurría la catástrofe de las monjas que lo ocupaban; quedó por lo tanto abandonado el convento y reducido a una pequeña Ermita hasta la fundación del Monasterio de los Jerónimos…

En el año de 1906, el Presbítero Don Manuel Varela y Escobar, en su publicación titulada “Bosquejo Histórico de la Ciudad de Ecija”, cuando se refiere a Santa Florentina por su relación con la imagen de Nuestra Señora del Valle, en nota a pié de página, relativo a dicho monasterio escribe:

“Reedificado el Monasterio y ocupándolo una Comunidad de Padres Jerónimos (1485) se vuelve a ver colocada en su iglesia esta imagen, oculta desde la invasión agarena, ignorándose si como se lee en los Siglos Jeronimianos (Part. 7ª, folio 183), sería hallada por el conde de Palma D. Luis Portocarrero, con ocasión de cazar una paloma que se ocultó en un mechinal del convento o debido a cualquier otra coincidencia casual, así como también se desconoce, por no haberse encontrado documento alguno que exprese, desde cuándo data este Patronado, por más que se vea suficientemente fundado en una remota antigüedad sustentado por el Ayuntamiento en su ceremonial político, en el reconocimiento de que esto hacen todas las escrituras públicas y el testimonio del pueblo fiel, que lo ha confesado, muy especialmente en tiempo de epidemia, trayendo a su Patrona desde el Valle a la Ciudad para impetrar tan poderoso valimento…”

Martín Jiménez, cronista oficial de la Ciudad de Ecija en 1934, cuando escribe en dicho año sobre los templos desaparecidos en Ecija, lo hace respecto del que nos ocupa, nominándolo: de los “Jerónimos”, realizando la siguiente descripción del mismo:

“En el histórico lugar que en la antigua existió el primitivo santuario de la Virgen del Valle, se levantó este fastuoso monasterio del orden de San Jerónimo, funda el año de 1485 por Don Luis Portocarrero, Conde de Palma y su mujer Doña Francisca Manrique.

Constaba el templo de una sola nave del más puro estilo ojival, la mayor de su clase, pues tenía, desde la puerta al altar Mayor, sesenta y cinco varas y trece de lado y catorce de elevación, cuyo techo lo componía un enmaderado de lacería mudéjar.

Dividía la iglesia con la capilla mayor un elevado arco apuntado, a la que seguía una cubierta cóncava toda formada de artísticos recuadros nueagados y figuras polígonares. El retablo se componía de tres graciosos cuerpos, con frontispicios apilastrados de bellas proporciones, cuya ornamentación, toda ella en excelente talla dorada, podía considerarse como una de las mejoras obras del gótico.

En el centro se hallaba el hermoso camarín en que se custodiaba nuestra Patrona, llegándose a él por una artística escalera de jaspe encarnado, de cuyo material el balaustrado pasamano.

El coro, en alto, estaba situado al pie de la iglesia, sostenido por cuatro arcos del mismo estilo.

Una elegante portada gótica, facilitaba la entrada al claustro, hermoso en extremo, cuyas columnas hemos admirado en aquellos lugares hasta hace poco.

Tenía una elevada torre de ladrillos de forma piramidal, compuesta de tres airosos cuerpos.

Además de la imagen de Nuestra Señora del Valle, que en el año 1835 pasó a Santa Cruz, guardaba una buena escultura de Santa Florentina.

Dentro del “Catálogo Arqueológico y Artístico de la Provincia de Sevilla”, Tomo III. Editado en Sevilla el año de 1951, los Profesores Hernández Díaz, Sancho Corbacho y Collantes de Terán, como autores de la obra, describen dicho monasterio como sigue:

“En la huerta primera del Valle se hallan las ruinas irreconocibles del Monasterio. Surgió en la primitiva cristiandad por el milagro del pozo. Allí fue enterrada Santa Florentina. Con la invasión árabe quedó convertido en ermita. Los Señores de Palma obtuvieron licencia pontificia en 1486 para edificar el monasterio, con derecho a enterramiento en la Capilla mayor y se lo entregaron a los ermitaños de San Jerónimo. Serrano Ortega califica la iglesia de maravilla arquitectónica, constándonos que en 1623 y 1740 se hallaba en mal estado de conservación.”

SOBRE SANTA FLORENTINA

Antes de iniciar esta semblanza sobre la propia Santa Florentina, es necesario hacer constar que, consecuencia de, como escribe Martín de Roa, refiriéndose al Monasterio de Nuestra Señora del Valle, donde como monja y abadesa profesó la santa: “Hánse encontrado algunas veces, desbaratando los edificios antiguos, prendas conocidas de sus moradoras, hábitos de estameña negra y blanca, como los usan las monjas de S. Benito” y teniendo en cuenta que su hermano San Fulgencio, abrazó la vida monástica en la orden de San Benito, en Sevilla, no sería de extrañar que, con independencia de las reglas que para su convento le escribiera expresamente su hermano San Leandro, además del hábito de dicha orden, asumiera igualmente en todo o parte, la regla de la propia orden benedictina, extremo este que afirma Yepes en su obra. Por ello creo de importancia dejar reflejo, aunque sea someramente, sobre dicha Orden.

El fundador se llamó Benito de Nurcia y nació en el año 480, falleciendo en el año 543. (la fotografía aportada corresponde a un fresco de Fray Angelico, Basílica de San Marco, Florencia. 1400-1455). Se hizo ermitaño y por el rumor de su santidad le afluyen los discípulos. Organizó una comunidad y le dio una regla, llena de mesura, inteligencia y amplitud. Creó un monasterio abriendo las puertas a todo aquel que buscaba a Dios, sin preguntar a nadie por su pasado. Toda la jornada se consagró al trabajo manual (siete horas), al estudio (cuatro horas) y a los oficios (cuatro horas).

La Orden sigue la Regla dictada por éste en 529 para la abadía de Montecasino. Actualmente la Orden está esparcida por todo el mundo, con monasterios masculinos y femeninos.

LA ORDEN DE SAN BENITO

“Nada absolutamente antepongan a Cristo,
el cual nos lleve a todos juntamente a la vida eterna.”
Regla de San Benito c.72,11-12.

Siguiendo su ejemplo e inspiración, diversos fundadores de ordenes religiosas han basado la normativa de sus monasterios en la Regla dejada por Benito, cuyo principio fundamental es Ora et labora, es decir, reza y trabaja.

Los monasterios benedictinos están siempre dirigidos por un superior que, dependiendo de la categoría del monasterio, puede llamarse prior o abad; este es escogido por el resto de la comunidad. El ritmo de vida benedictino tiene como eje principal el Oficio Divino, también llamado Liturgia de las Horas, que se reza siete veces al día, tal como San Benito lo ordenó. Junto con la intensa vida de oración, en cada monasterio, se trabaja arduamente en diversas actividades manuales, agrícolas, etc. para el sustento y el autoabastecimiento de la comunidad.

San Benito y sus hijos han tenido gran influencia también en la historia, ya que contribuyeron a salvar la cultura grecorromana y a transformar la faz de Europa, tanto en el aspecto religioso como en el cultural, arquitectónico y agrícola. Por todo ello, el Papa Pablo VI le otorgó el nombramiento de Patrono de Europa en 1964.

No cabe duda que, como comprobaremos de los testimonios que sobre Santa Florentina nos han llegado, la misma no sólo cumplió fiel y puntualmente con el espíritu de la regla que le escribiera su hermano San Leandro e incluso la del propio San Benito, sino que la ejemplarizó y predicó entre los miembros de su comunidad. Pero con independencia de lo que leamos en la propia obra en sí, dedicada a dicha Santa, que como hemos dicho anteriormente, vio la luz en el año de 1584 escrita por Fray Rodrigo de Yepes, creo necesario aportar lo que sobre la misma nos ha llegado desde dentro y fuera de Ecija a la fecha que nos ocupa, año 2008 de nuestra era, dado que, de todo ello no deja lugar a dudas algunas de su permanencia en nuestra Ciudad, donde se le tuvo una devoción casi igualable a nuestra patrona María Santísima del Valle, imagen a la que dicha Santa amaba y veneraba intensamente y que, de otros escritos, sabemos que la trajo ella al Monasterio de dicho nombre, regalo de su hermano San Leandro, a quien se la había ofrecido San Gregorio Magno. De hecho, hubo momentos en que Santa Florentina ostentó el título de copatrona de Ecija. Uno de los testimonios más elocuentes sobre la devoción que en nuestra Ciudad se le tenía a Santa Florentina, lo podemos encontrar en los libros de bautismos de la Parroquia de Santiago (en dicha collación existió el Hospital de Santa Florentina), en los que son numerosas las nacidas, a las que sus padres, les imponen el nombre de “Florentina”, sobre todo en los siglos XVI y XVII.

Dentro de la bibliografía extensa que hemos encontrado sobre dicha Santa, además de sus antecedentes y biografía, muchos de los escritos que a ella se refieren, están llenos de una prosa lírica casi musical, que le hace a uno acercarse de forma más mística y espiritual al contenido de su vida, sintiendo un intenso orgullo el saber que su vida estuvo en esta Ciudad nuestra, que tiene a gala haber sido la primera, en el orbe, de proclamar a viva voz la inmaculada concepción de María Virgen. Lógicamente dentro de dicha bibliografía, no podemos dejar de aportar lo que en nuestra propia ciudad se escribió de ella, desde las publicaciones posteriores a la de Fray Rodrigo de Yepes y que tendrán su acogida dentro de los siguientes apartados.

Comenzamos por lo que de ella se relata en el santoral, editado por Mercaba: “Hace casi dos meses celebramos a san Isidoro de Sevilla, y decíamos que era uno de los músicos de ese cuarteto celestial que formaban él, san Leandro, san Fulgencio y santa Florentina, pues bien, nuestro santa de hoy es precisamente esta última, Florentina, hermana de los otros tres, y la parte femenina de este grupo. Curiosamente, Florentina sería luego la maestra de Isidoro, ya que era mayor que él. A nuestra santa, por su parte, la instruyó Leandro en los estudios clásicos y sagrados. Florentina, al igual que sus hermanos, era de inteligencia muy despierta y, también como ellos, decidió entregar su vida no a quienes la pretendían para el matrimonio, sino a Dios. Se retira entonces al monasterio benedictino de Santa María del Valle, en Ecija, donde su hermano Fulgencio era obispo. Pronto fue elegida superiora, destacando por su espíritu de penitencia y por su constante atención a las jóvenes que, en gran número, se añadían a las monjas del convento. “Utilizó” su amor fraternal con sus hermanos para que estos le escribiesen algunos tratados de gran belleza, como el de Leandro sobre la virginidad y los de Isidoro sobre la fe. Murió ya muy anciana en el año 633.

Santa Florentina, virgen, hermana de los santos arzobispos Leandro e Isidoro y de San Fulgencio, obispo de Cartagena. Recibió el velo de las vírgenes de manos de San Leandro, quien para ella escribió una regla o tratado de las vírgenes. Sevilla (Libro de la educación de las vírgenes y del desprecio del mundo, de Leandro Hispalense, escrito para su hermana Florentina, para el día de su profesión. Está compuesta esta regla por una introducción y 31 capítulos), s. VI.

Continuando y abundando en todo ello, nos encontramos ante un caso verdaderamente prodigioso. Cuatro hermanos santos y reconocidos como tales por la Iglesia: San Leandro, San Isidoro, San Fulgencio y nuestra biografiada Santa Florentina. Los padres de nuestra santa se llamaron Severiano y Túrtura y supieron educar cristianamente a sus hijos cuyos frutos ahora reconocemos. Su padre desempeñaba un alto cargo en Cartagena pero por razones políticas parece que hubo de emigrar a Sevilla por el 554. Aquí continuaron dando maravilloso ejemplo de unión y de vivencia de las virtudes cristianas. Leandro llegará a ser Arzobispo de Sevilla y una vez muertos sus padres, se encargará de formar a sus hermanos menores: Isidoro, que será también Arzobispo de Sevilla y una gran lumbrera de España y San Fulgencio que fue obispo de Ecija, así como a Sta. Florentina.

A Florentina le estará reservada la gracia de consagrarse al Señor en la vida religiosa y de ser Abadesa y madre de muchas monjas. Ella será a su vez quien mayormente influirá en la formación y consagración a Dios. Su juventud fue tan santa como podía esperarse de aquel hogar donde reinaba el amor y temor santo de Dios. El trabajo y la formación espiritual era a lo que estaban entonces llamadas, especialmente las mujeres de la época visigoda, a la que pertenecen de lleno estos cuatro santos hermanos. A la obra, sobre todo de San Leandro, se debe la conversión de San Hermenegildo a la fe cristiana y su martirio y la conversión posterior de Recaredo y con él toda la Península.

Vale la pena traer aquí los consejos que en un precioso tratado daba San Leandro a su hermana Florentina valiéndose del nombre de su piadosa madre, Turtur, en latín, que significa tórtola en castellano: “No quieras irte del tejado en donde la tórtola tiene sus pequeñuelos. Eres hija de la inocencia, del candor, tú precisamente que tuviste a la tórtola por madre. Pero ama mucho más a la Iglesia, tórtola mística que todos los días te engendra para Cristo. Descanse tu ancianidad en su seno, como antaño descansabas y tu ardor mecías en el regazo de la que cuidó tu infancia.

¡Ah, hermana mía querida, comprende si puedes el ardiente deseo que inflama el corazón de tu hermano de verte unida con Cristo! Tú eres lo mejor de mi mismo. ¡Desgraciado de mi si otro pretendiese despojarte de tu corona! Tú eres delante de Cristo mi baluarte, tú mi prenda querida, mi hostia santa por la que he de merecer salir del abismo de mis pecados…”

Ante tales acentos ¿quién es capaz de no admirar el profundo amor que le profesa su hermano a la vez que la gran estima que siente por la vida consagrada?

Como se desprende del contenido de las reglas que el mismo San Leandro escribió para su hermana y las demás monjas de su tiempo, se trata de un precioso tratado que vendrá a ser como una especie de Regla que influirá grandemente sobre todos los monasterios femeninos de su tiempo. Le dice entre otras cosas que no trate con mujeres casadas porque viven una profesión distinta. Que sea servicial con las hermanas que viven con ella y que procure no hacer sufrir a ninguna. Debe procurar leer y orar continuamente. Cuando tenga que hacer algún trabajo debe procurar que otra le lea algo. Si vive la vida comunitaria, su vida se parecerá a la de los Apóstoles. Debe procurar permanecer siempre en el mismo monasterio. Y un consejo para ella que era superiora: Que sea discreta para saber lo que debe conceder y negar según las necesidades de cada una. Que no tenga peculio, ya que todo en el Monasterio es común… Buenas reglas que siempre procuró vivir Florentina y que viviéndolas llegó a la perfección. Murió por el 636.

Lo más reciente, concretamente el 20 de Junio de 2007, lo hemos encontrado en la localidad de Zarate-Campana/ARGENTINA, recogiendo una noticia publicada tras la celebración de la fiesta patronal en honor a dicha Santa.

El 6 de julio la Parroquia Catedral “Santa Florentina” festejó su fiesta patronal en una celebración en la que estuvieron presentes Mons. Edgardo Galuppo, vicario general, los Pbro. Nestor Villa, P. Ariel Pérez, decano de Zárate-Campana, el P. Fernando, responsable de la zona pastoral Ntra. Sra. de Luján, el cura párroco P. Walberto Morales y el P. Mauricio Aracena, junto a numerosos fieles que se reunieron allí. También estuvieron las autoridades civiles, el Intendente Municipal Lic. Adalberto Tonani, la Diputada Provincial Stella Giroldi, la vicepresidenta del Concejo Deliberante Dra. Adriana Barbero, y concejales, el secretario municipal de salud Dr. Eduardo Chesini, el Jefe y subjefe de Prefectura Campana y otras autoridades y representantes de instituciones locales como así también la comunidad en general participaron de las fiestas patronales. En la homilía, el Sr. Obispo se refirió así en algunos de sus párrafos: “Santa Florentina no es tan conocida por nuestro actual pueblo cristiano, pero su vida ejemplar nos interpela aun hoy, y quizá especialmente en nuestros tiempos. Vivió durante el hoy lejano siglo VII (murió en 636), en la España visigótica.

Sus padres se llamaron Severiano y Túrtura y supieron educar cristianamente a sus hijos, entre los cuales se cuentan tres Obispos, hermanos de la santa, que fueron Leandro, Isidoro y Fulgencio. Leandro fue Arzobispo de Sevilla y una vez muertos sus padres, se encargará de formar a sus hermanos menores: Isidoro, quien lo sucedió en dicha sede, y constituyó la gran lumbrera de la España de esa época, así como Fulgencio, quien fue obispo de Écija. Todos han sido declarados Santos por la Iglesia, y frutos de una familia donde reinaba el Amor de Cristo y el don del Espíritu que conocemos como «temor de Dios», así como el trabajo arduo y animoso, y la formación espiritual. Florentina consagró su virginidad en el monasterio sevillano de Santa María del Valle, junto a Écija. donde llegaría a ser abadesa y ejemplo y consejo para otros monasterios, en especial bajo los consejos del «tratado» que su hermano san Leandro le dio. Le aconseja allí, entre otras cosas que sea “servicial con las hermanas que viven con ella y que procure no hacer sufrir a ninguna”, así como que “debe procurar leer y orar continuamente”, y que “si vive la vida comunitaria, su vida se parecerá a la de los Apóstoles”. Y le brinda un consejo de oro, para ella, que era superiora (y que bien puede aplicarse a todo aquél que detente una autoridad como servicio): “Que sea discreta, prudente, para saber lo que debe conceder y negar según las necesidades de cada una”.

Igualmente hemos encontrado una oración a Santa Florentina, contra la picadura de los bichos, que consta al final de una pequeña reseña biográfica de la misma.

SANTA FLORENTINA. Contra la picadura de los bichos.- VIDA: Nació en el siglo VI en Cartagena, en el seno de una ejemplar familia cristiana, ya que todos los hermanos alcanzaron la santidad: Leandro, Fulgencio, Isidoro y Florentina. Ella formó a su pequeño hermano Isidoro y consagró su vida al monasterio benedictino de Santa María del Valle, en Ecija. La leyenda nos cuenta que, siendo niña Santa Florentina, a su hermano Isidoro se le posaron unas abejas en los labios. La santa, con delicadeza y sin susto, las apartó, y los insectos no picaron la boca del niño. De ahí que se le pida para remediar las picaduras. Santa Florentina murió en el año 633. Su hermano San Leandro, obispo de Sevilla, escribió el célebre libro “La institución de las vírgenes,” dedicado a ella. Sus reliquias se conservan en El Escorial y en Murcia.

PETICIÓN: Si tienes la mala suerte de ser picado por un insecto harás la señal de la cruz con tu propia saliva por tres veces encima de la picadura y dirás:

Florentina te ayuda,
Florentina te protege,
Florentina con ternura
el mal te aleja.

La oración se dirá también tres veces. También se hace de otra forma la petición. Tomarás una moneda de cobre untada en aceite y la pondrás sobre la picadura diciendo la misma jaculatoria. Luego, esa moneda se enterrará junto a una planta que tengas en tu casa, y cuando esa planta esté muy hermosa y cuidada se la regalarás a alguien a quien quieras beneficiar y desearle progreso. Con esa planta, a la persona que se la regales no le podrás echar ninguna maldición ni atacar de palabra o de acción. Recomiéndale tan sólo que rece un avemaría cada día a Santa Florentina cuando la riegue.

Llegado a este punto, se hace necesario comenzar por lo escrito sobre la venerada Santa Florentina en las publicaciones que, referidas a Ecija, se hace mención a la misma. La primera de las que encontramos la lleva a cabo el jesuita Padre Martín de Roa en el año de 1629, dentro del capítulo VI, titulado: “DE STA. FLORENTINA, VIRGEN, HERMANA DE SAN FULGENCIO, FUNDADORA DEL CONVENTO DE VIRGENES QUE HUBO EN EL VALLE DE EICJA Y DE OTROS MUCHOS EN ANDALUCIA.

Crimen sería pasar de aquí sin hacer la debida memoria de la gloriosa Sta. Florentina, tan hermosa como suave flor del verjel de la Iglesia Española, que tan lleno dejó el suelo de Ecija de los suavísimos olores de sus admirables virtudes y tan enriquecido el cielo con los tesoros de tantas y tan valerosas hijas como allá envío. Si criadas con la leche de su enseñanza, bañadas también en la púrpura de su sangre, dada al filo del cuchillo de los enemigos de su esposo Cristo, con igual gloria de esta ciudad que del nombre cristiano. Hija fue de los mismos padres, que aquellas tres lumbreras de España y de toda la iglesia católica, Leandro, Fulgencio e Isidoro; no menos hermana de ellos en la santidad que en la sangre. La tierra de su nacimiento es la ciudad de Cartago, teatro de tantas tragedias cuantas allí representó la fortuna en las crueles guerras con que naciones, ya bárbaras, ya políticas, la redujeron a la pequeñez y soledad en que la vieron los descendientes, aunque mejorada ya, después de más de mil y cien años de su ruina, de orden de aquel insigne monarca Felipe II, llamado sin envidia el prudente. Aquí, dice don Julián, nació Sta. Florentina y se bautizó en Murcia, a quien, como dice Máximo, llamaban los godos Bigastro; si bien otros guiados del parentesco o sonido del nombre, dicen que era Barbastro, y otros no se sí con fundamento, Albarracin, lugar cerca de Valencia con silla Obispal; y señala Juliano el año de nacimiento, quinientos y cuarenta y cinco, viniendo a ser segunda en orden de sus hermanos después de San Leandro. Sta. Florentina, dice, nascitur Cartagine anno DCL Vitingitur Bigastri (“Santa Florentina, nace en Cartagena, año 545 y es bautizada en Bigastro”).

Era la niña tan por extremo hermosa, de color tan suave, de tan agradable semblante, tan florida en todo lo que puede lucir en los ojos del mundo, que respetándolo sus padres le dieron el nombre de Florentina, o Florencia, como muchos autores y martirologios la nombran. Parece que la belleza del cuerpo, aún desde aquella primera niñez dio señas de la que había de aumentar en su alma desde la primavera de su juventud hasta el otoño de la vejez. Como creció en años crecía en virtud inclinada siempre a lo mejor. Sus padres, tan católicos y piadosos como nobles e ilustres, cuanto más conocían la bondad del natural de la niña, tanto más estudiaban en su crianza, que fuese tal cual cabía en la capacidad y disposición de ella y pedía su esperanza y deseo.

Tomó parte de este cuidado S. Leandro su hermano, no más por el amor que él la tenía como a su hermana, que por la semejanza de las costumbres, muy parecidas en ambos y unas mismas inclinaciones. Hallaban en ella sus consejos puerta franca a todas horas y tan buen recibimiento en el corazón, que igualmente lograba en ellos el cuidado en darlos, como ella su fruto en la ejecución. Apenas abrió los ojos a la luz de la razón, cuando los puso en Jesucristo, para tomarlo por su esposo y celebró las primeras bodas con él, consagrándole por voto especial su cuerpo y alma en perpetua virginidad. Para asegurarla y asegurarse de los contrastes del mundo y de los acontecimientos de los príncipes de las tinieblas, determinóse a dejar la campaña donde ellos hacen más fuertes en las almas. Dio de mano a sus vanidades, renunció a sus pompas, holló sus grandezas, olvidó no sólo su patria, sino la casa de sus padres, y a ellos y sus regalos. Retirose al seguro de la religión en un monasterio de la orden del glorioso patriarca S. Benito, en Ecija, fundación suya propia, como lo afirma el Breviario de la misma orden, reformado en 1598 y tenido por cierto en aquella ciudad. Allí se encerró en compañía de otras siervas de Dios, y fue tan raro el ejemplo de su vida, que su fama convidó a muchas a seguir sus pisadas y profesión. Ofreciéronse tantas, que pasó el número de trescientas. Insigne monasterio, de los más célebres de aquel tiempo.

Era extremada su paciencia en las ocasiones de esta vida, su humildad tan sencilla como profunda; su agrado para con todos amable sobre manera; piadosa con ellas, rigurosa consigo, solícita en sus obligaciones, muy prudente en el gobierno, acertada en sus consejos, que venían a pedirlos conocidos y extraños, los que oíanlos con gusto y ejecutábanlos con provecho. Florecía verdaderamente como el lirio entre las flores del campo y descollaba entre las más aventajadas como el ciprés entre las matas menores. Voló tanto la fama de su santidad y derramóse por tantas partes la fragancia de sus virtudes que llegó a gobernar cuarenta monasterios y más de mil religiosas en ellos…El monasterio donde nuestra santa vivió y gobernó en Ecija, es el célebre santuario de Nuestra Señora del Valle, que asolado en tiempo de moros, después se reconstruyó por los monjes de S. Jerónimo y fue una de las colonias de aquella separación de Fray Lope de Olmedo, que de la principal, S. Isidoro de Sevilla se llamaron todos los Isidoros. Más de lo que a esta casa toda haremos especial mención después. Aquí hizo Santa Florentina una vida de ángel en la pureza, más que de varón y gigante en la penitencia, raro ejemplo de perfección. Adelgazó su cuerpo con la abstinencia, con los ayunos, con la oración continua, con las vigilias; ni comía carne, ni vistió lienzo, ni bebió vino, en estrecha observancia de la regla de S. Benito y de la que su hermano S. Leandro le envió desde Sevilla, cuyos cánones o preceptos, para memoria y consuelo de las que en esta ciudad se profesan por sus hijas, hemos de poner, traducidas del latín, en castellano.

Fue muy particular el afecto que tuvo a la flor de la virginidad y de sus lindezas, le escribió un libro el mismo San Leandro, su hermano. Entre los misterios de la vida y muerte de Jesucristo, tan sabroso como cotidiano sustento de las almas predestinadas, era ternísima la devoción que tenía con el de la encarnación del Hijo de Dios en las entrañas de la purísima Virgen; regalábase con Dios hombre, niño a los pechos virginales de María, reposando entre sus brazos; mirábalo y mirábase en él, decíale las ternuras y regalos como esposa a su esposo. Los gozos de tales vistas y pláticas, si entiendo cuan grandes, cuan suaves, cuan regalados serían solo sabrá decirlos la que supo gozarlos. Entre ellos sentía gravemente la dureza y obstinación de los judíos, que ciegos a la luz que les amaneció en medio de sus tinieblas, ni lo creyeron oyéndolo, ni viéndolo lo conocieron, antes dejaron su infidelidad por herencia a sus descendientes. Instó a su hermano S. Isidoro que le enviase lo que tenía recogido del nacimiento, pasión y muerte de Cristo y de los demás misterios de nuestra redención para consuelo suyo y enseñanza de muchos. Obdeciola el santo como a hermana que tenía en lugar de madre y compuso el libro De la fe católica contra los judíos. Y casi no conoció él otros padres que sus hermanos, ni otra madre sino a Sta. Florentina, que lo criaron y encaminaron los pasos de su niñez a la cumbre de santidad y letras donde arribó. También me persuado que, sino a su instancia, al menos a su devoción, escribió S. Fulgencio el libro de la fe de la Encarnación.

Los demás misterios de la vida de Cristo, el jardín era de su recreación: corría por ellos siguiendo el alcance de sus olores, sentía con ternura y regalo los dolores de su pasión, y con su memoria sabrosos hacía los rigores de su penitencia. Con esta leche criaba la santa a sus monjas, con este aliento les hacía fácil la clausura, suave esperanza de vida, ligera la carga de la observancia y ejercicios de la religión. Ayudaba a todo la suavidad de su condición, la dulzura de su trato, humilde, caritativo para con todas, y mas con las que mas habían dejado en el siglo por Dios, cuidado tan justo, como fundado en la doctrina del Salvador, que a los tales no solo prometió la vida eterna en el otro siglo, sino también en este el ciento por uno.

Así la había instruido su hermano S. Leandro en la regla que le escribió siendo abadesa, como se entiende, del convento de esta ciudad. Hacía esto con tanta discreción y prudencia, que acudiendo a todas según la necesidad y méritos de cada una, ni las preferidas tenían ocasión de ensoberbecerse, o menospreciar a las demás, ni las otras de desmayar, o dar quejas, que como dice el glorioso santo: “la que en el siglo vivió con pobreza y apenas tenía de que comer ni vestir, si no lo ganaba con el trabajo de sus manos y sudor de sus rostro, contentarse debe de que en el monasterio no padece frío ni hambre, y no murmure si la que se crió fuera de la religión con mas regalo, en ella es tratada con mas ventaja”.

Conocía el santo la condición de esta gente, que faltándoles allá, todo quieren que por acá todo les sobre; con que acreditan la sospecha de que mas vinieron a la religión por hallar lo que no tenían que para servir a Dios en la humildad y pobreza ajustada a su estado. Seminario único de envidias, murmuraciones, injustas quejas y tentaciones. La Santa de tal manera se portaba con todas y tan suavemente les hacía reconocer sus obligaciones, que a todas las tenía muy contentas, prestas a su obediencia y sujetas a la razón.
Queríanlas todas como a madre, respetábanla como a superiora, venerábanla como a Santa. Llegó la hora de despedirse del cuerpo, y pasar su alma al cielo, para celebrar con su esposo Jesucristo las bodas eternas.

Sintieron su partida con ternura de hijas; consoladas con afecto muy pronto como de verdadera madre y acompañaron con piadosas lágrimas su sepultura que según escriben y es tradición, fue en su monasterio de Écija, y regalaron el dolor de lo mucho que perdían en la tierra con la esperanza cierta de lo mas que les valdría con su intercesión en el cielo.

El Breviario del orden del gran patriarca S. Benito, dice que vivió una vida siempre de un ángel, por mas de setenta años: otros la extienden a ochenta. Constantino Cayetano, dice que leyó en un manuscrito antiquísimo, en poder de Nicolao Fabro, que murió esta santa en primero de Septiembre, era DCLXXI; y según esta cuenta, habiendo nacido la de DLXXXIII, año de nuestra redención 545, subió a los cielos a los ochenta y ocho de edad. Su cuerpo, en la pérdida de España, fue trasladado junto con el de su hermano S. Fulgencio a Berzocana. Celebra la iglesia su memoria a los veinte de Junio.

Conserva esta ciudad muchas y muy ciertas memorias de esta gloriosa santa, desde aquellos tiempos en que ella floreció, a quien ni sus mudanzas pudieron oscurecer, ni acabar las guerras entre tantos contrastes de fortuna como sintió España conquistada por los moros.

El insigne santuario de Nuestras Señora del Valle, religiosísimo monasterio del gran doctor de la iglesia San Jerónimo. Aquí vivió, aquí murió y fue sepultada así es tradición, habiéndole gobernado muchos años y criado en él ejemplares religiosas en el estado de vida perfecta que profesaron. De aquí la trasladaron a Sevilla, como también a S. Fulgencio su hermano. Hánse encontrado algunas veces, desbaratando los edificios antiguos, prendas conocidas de sus moradoras, hábitos de estameña negra y blanca, como los usan las monjas de S. Benito; el torno por donde daban y recibían recados. La torre que de su mismo nombre se llama de Santa Florentina, que aunque atraviesa el medio de un lienzo del claustro, y desdice del cuerpo del edificio, se retiene y frecuenta con devoción; ruinas de las celdas de las religiosas. La capilla de la Iglesia antigua que allí tuvieron, aunque algo encubierta con el edificio de la nueva que edificaron; un hospital o cofradía antiquísima, sin memoria de su erección cuyos cofrades traen la imagen de la Santa, con hábito de monja, en procesión, a este convento y en el celebran su fiesta cada un año. Y en las tres pascuas de él vuelven a reconocer la morada de su santa y venerarla con una misa solemne. Por este respeto habiéndose mandado reformar y reducir a menor número los hospitales de esta Arzobispado el rey Felipe II, que cuando bajó a la Andalucía quiso hospedarse en este monasterio, mandó que este se conservase sin reducirle, par perpetua memoria de la gloriosa Santa Florentina, por lo que, como en todas ocasiones, mostró en esta singular piedad y prudencia. Últimamente otro monasterio de monjas, con título de la santa, de cuya religión y calidad diremos en su lugar.

Fray José de Sigüenza, cronista del orden del gran doctor de la Iglesia, S. Jerónimo, dice en la III parte, cap. XLII de su “Crónica”, que el doctor Fray Diego de Godoy escribió, ha mas de ciento treinta años, una Historia o como sermón de la vida de Santa Florentina y de sus monasterios, que sacó de otra antiquísima que se perdió por descuido de la gente, donde se refería mucho de lo que hemos dicho y que esta Santa Florentina crió muchos días a su hermano S. Isidoro; que la llamaron sus padres Florentina, de Flor, por ser tan hermosa; que renunció al estado por ser monja y le sucedió su hermana Teodosia; que fundó y vivió en este su monasterio, adonde se retiró perseguida, como sus hermanos, del arriano rey Leovigildo; que instituyó y sustentó con sus rentas y patrimonio, que era muy grande, muchos otros conventos. De sus santas reliquias sólo tenemos una toca, que junto con un peine, que dicen ser de su hermano Fulgencio, estaba con el cuerpo de dicho santo en una caja de madera dentro de un sepulcro de piedra, y da fe de haberlos visto y reverenciado el Padre Fray Rodrigo de Yepes, en el lugar que arriba citamos.

Honró también la memoria de esta Santa el glorioso S. Ildefonso, gran estimador de sus heroicas virtudes, en un epigrama latino que debemos al Arcipreste Juliano, que le conservó en sus “Adversarios”, y dice así:

Florentina micans, decus immortale pudoris
Intermarata parens Virgineique chori.
Pauperiem praefers opibus, Christumque marito,
Qui tibi dives opum plurimus esse cupit.
Omnia calce premis, que fallax mundus adorat;
Sponsa Dei pauper pauperis astra petis.
Gaude sorte tua, quodvis y fruitura per aevum,
Agnumque agua tuum laeta dehinc sequere.
Castas funde preces pro nostro virgo reatu:
Quemque tus sponsus invit, et ipsa iuva.
ooo<>ooo
“De vírgenes, ilustre Florentina,
inmortal honra, y de muchas madre,
pobreza a los haberes preferiste,
y a Cristo por esposo al mundo todo,
de muchos poderosos pretendida.
A tus piés pones cuanto el mundo adora,
y esposa pobre de Dios pobre, al cielo
ligera subes, pisas las estrellas.
Goza tu suerte donde vas, cual siempre
dichosa gozarás, y cual cordera
alegra sigue desde aquí al cordero.
Perdón a nuestra culpas Virgen pide,
y a quien tu Esposo favorece, ayuda.”


Con independencia de que todos los historiadores y escritores, posteriores a Martín de Roa, bebieran de la fuente literaria de este, e incluso de la del propio Fray Rodrigo de Yepes, no es óbice ello para que no aportemos a la reedición de su historia, lo que hasta nuestros días se ha escrito sobre la misma, aunque en algunos casos sea reiteración, en todo o en parte, de lo publicado anteriormente.
El día 17 de abril de 1773, el Licenciado Don Lope Muñiz y Franco, hizo una representación al Ayuntamiento de Ecija, en el Cabildo general celebrado dicho día, dentro del cual recogía:

“Son gloria de la Monarquía de España los Santos quatro hermanos Leandro, Isidoro, Fulgencio y Florentina Virgen…Que San Leandro hubiese compuesto y dado Reglas a Santa Florentina para los Monasterios de Religiosas que pasaba a fundar, todos lo saben y así consta en las Historias eclesiásticas…Santa Florentina, fundadora del convento primero de religiosas que hubo en España, es constante y se refiere en el Manuscrito antiguo de la Vida de la Santa, que se guarda en el archivo del Convento de San Pablo de esta Ciudad, cap.2, por todo el folio 3, citándose a él P. Fr. Diego de Godoy, del Orden de Predicadores, en otro más antiguo Manuscrito de la Obra que compuso sobre la Vida y excelencia de la misma Santa Florentina, poco después del año 1400. Santa Florentina funda en España quarenta o cinquenta Monasterios de Religiosas, con otros, dos dentro de la misma ciudad de Ecija, sujetos todos a el primero y principal de Santa María del Valle; la que debe denominarse Casa Real como fundación y domicilio de la esclarecida Princesa…Santa Florentina mantiene de su propio caudal los Conventos que funda, dotándolos de copiosas rentas y sus Religiosas guardan clausura…”

En el año de 1817, Don Diego Lope de Cárdenas, Conde de Valhermoso de Cárdenas, Alguacil Mayor del Santo Tribunal de la Inquisición de Córdoba, alabando la figura del Conde de Palma, como patrono muy influyente en la fundación del convento de los Jerónimos en Ecija, realiza una publicación, que, en relación con el tema que nos ocupa, escribe entre otros particulares, extraído de los Siglos Geronimianos:
“ Santa Florentina consagró a Dios su virginidad y en una heredad suya extramuros de Ecija en el Valle fundó un Monasterio de vírgenes a quienes dio regla San Leandro; aquí en la Iglesia de su Monasterio colocó la Santa una imagen de María Santísima, copia hermosa de su prototipo que escondida en la invasión de los árabes y moros en que fue el Monasterio arruinado y todas las monjas martirizadas se descubrió obrando prodigios y hoy en el mismo sitio se restauró el Monasterio, que hoy tiene el nombre de nuestra Señora del Valle y se restituyó a la Orden de San Gerónimo…”

El referido autor Don Diego Lope de Cárdenas, critica en su obra citada, que Fray Rodrigo de Yepes, en la propia obra que reeditamos, no autenticase que antes de que se edificase el Monasterio de los Jerónimos sobre lo que era la Ermita de Santa María del Valle, esta gozara de mucha antigüedad y singular devoción, a pesar de tener varios documentos a su disposición en el archivo del propio convento y Lope de Cárdenas, basándose en los documentos que iremos citando, escribe lo siguiente:

“…Más por cuanto el citado autor omitió las fechas de los tratados que hizo el Señor de Palma, como el Prior de las Hermitas, expresar asimismo la dotación a que se obligó para fundar el Monasterio, como citar la Bula del Papa que dio a este fin, no obstante haberle sido tan fácil referirlas, porque a la sazón se hallaba de Vicario en él, haremos una memoria breve de todo con vista de los instrumentos que lo aseguran y se conservan no obstante la invasión de los franceses en el archivo de dicho Convento. Es pues el 1º el tratado (Este tratado celebrado entre el Señor de Palma y el Prior Juan de Medina esta original en el Archivo del Valle) celebrado entre Luis Portocarrero Señor de Palma y el Doctor Juan de Medina, Prior de las Hermitas, en que expresando el primero que por cuanto deseaba y quería que la Hermita de Santa María del Valle, que es cerca de Ecija, se hiciera Monasterio de la Orden de San Gerónimo de la Observancia, llamados de San Isidoro, ofrece consignar al dicho Prior 100 mrs. de renta en Sevilla para la dicha su dignidad porque hubiera de consentir que el Pontífice disolviera, desmembrara y separara de su pertenencia la dicha Hermita en lo cual se convinieron como consta del asiento que entre uno y otro se celebró en Ecija en 11 de marzo de 1485, cuyo original está firmado de ambos y sellado con sus respectivos sellos.

Es el 2º la dotación (consta esta escritura de dotación en el Archivo del Valle) que para la fundación del Monasterio del Valle, hizo el mismo Señor de Palma, obligándose por sí y con sus bienes a dar renta en cada un año desde el día que fuesen traídas las bulas para su erección y el Prior de San Isidoro de Sevilla asentara en ella seis Religiosos 500 mrs. y 20 cahizes de trigo, obligándose a más a labrar y edificar la Capilla principal o mayor de la Iglesia, con condición que el otorgante su mujer y sucesores en su Casa y Mayorazgo de Palma, hayan de ser patronos como parece de la Escritura otorgada también en Ecija a 18 de Marzo del mismo año de 1485 ante Alfon González de Naxera, Escribano Público.

Es el 3º la Bula (La Bula de su Santidad que se expresa está en el Archivo del Valle) del Papa Inocencio VIII, dada en Roma en San Pedro año de 1486 en las nonas de Octubre (que es el día 7) año tercero de su Pontificado por la que se concede se haga el Monasterio de los Gerónimos en la Hermita de Santa María del Valle.

Y es la 4ª en virtud de dicha Bula cometida a Don Fadrique Obispo de Mondoñedo (Este Prelado Obispo de Mondoñedo fue Don Fadrique de Guzmán, tío del Duque de Medina Sidonia que había pretendido conforme a la costumbre de aquel tiempo el Arzobispado de Sevilla por postulación de su Cabildo en la vacante de Don Alonso de Fonseca y en oposición del Cardenal de España Don Pedro González de Mendoza que fue el que recibió el Capelo. Ortiz Annales de Sevilla, fol. 792. Discurso de los Ortizes, fol. 134 vto. Salazar de Mendoza, Crónica del Cardenal de España, folio 137) residente en Sevilla, la Acta de presentación, cumplimiento y ejecución de ella, conforme al nombre de Comisario Apostólico para verificar, como lo hizo, dando sus letras a este fin en dicha ciudad a 27 de Abril de 1487. En consecuencia de ello, y en obsequio de la Casa de los conde de Palma, diremos que es a la debe Ecija y la Hermita de Santa María del Valle, se hubiese restablecido a Monasterio, pues que los fundadores de este famoso Santuario, de este religiosísimo Convento fueron Don Luis Portocarrero VII Señor de Palma, Comendador de Azuaga y trece de la Orden de Santiago, Alcaide, Alcalde y Alguacil mayor de Ecija, Capitan General en interin (Por provisión dada en Victoria en 30 de Octubre de 1483 dicen los Reyes que todo el tiempo que don Alonso de Cárdenas no asistiese en ella era su Real voluntad que Luis Portocarrero su Capitán y de su Consejo tuviese el cargo de la dicha Capitanía General y le manda no obedecer y seguir en la misma forma que al Maestre.

Florindo, Adición al libro de Ecija y sus grandezas, folio 70) de Andalucía y últimamente Capitan General de Italia, del consejo de los Señores Reyes Católicos (Salazar y Castro. Hist.de la Casa de Lara. Tomo 2, página 593) y uno de los más excelentes varones de la nación en aquel tiempo que produjo tantos y tan grandes y Doña Francisca Manrique su mujer (Hist. De la Casa de Lara, tomo y página anterior) de la que fueron padres Don Fadrique Manrique también Comendador de Azuaga, Alcaide, Alcalde y Alguacil mayor de Ecija y Doña Beatriz de Figueroa su mujer, hermana de don Lorenzo Suarez de Figueroa, I Conde de Feria, hijos de los fundadores del convento de Santa María del Valle de Zafra de quienes queda hecha mención en el capítulo anterior.

Los Señores de Palma que sin especificar dice Roa (Roa. Hist. De Ecija, folio 144) tenían en dicha Hermita de Nuestra Señora del Valle gran devoción y que la pidieron con intento de fundar allí Monasterio y enterrarse en la Capilla Mayor que pensaban edificar, fueron los mencionados Don Luis Portocarrero y Doña Francisca Manrique, quienes yacen en ella como parece del testamento de Don Luis Portocarrero, hijo de uno y de otra (Otorgó su testamento ante Luis de Xeres, escribano de Palma en 2 de Abril de 1574) y primer Conde Palma. De este propio conde su hijo otro Don Luis Portocarrero, II conde de Palma y el último de esta Casa (Trelles Asturias Ilustrada tomo 9, folio 55) incorporada con el Patronato del dicho Monasterio en la que de su descendiente el actual conde de Palma, duque de Hijar, que se mandó enterrar en dicho Convento que hizo su habitación en Ecija y que ejerció en ella en sucesión a su Padre y Abuelos los empleos de Alcaide, Alcalde y Alguacil mayor, logrando en el gobierno y en la estimación de la misma Ciudad, todo el lugar correspondiente a su nacimiento, autoridad y conducta.

El Presbítero Varela y el Ldo. T. Martel, dentro del Capítulo II, dedicado a la Dominación sarracena, Defensa de Astigi y horrible crimen…dentro del libro que consta en nota al pié, escriben: “…mientras duró el sitio ocurrió un horrible crimen con las religiosas que vivían en clausura dentro del monasterio de Sta. Florentina. Asaltado este por una descompuesta soldadesca sarracena, tuvieron precisión aquellas de salir precipitadamente con dirección a la ciudad huyendo del inminente peligro que corrían en este desamparado valle; pero alcanzadas en su fuga, fueron todas degolladas y una, que se había adelantado hasta la puerta de Palma, manchó con su sangre la columna que más tarde se colocó en la ermita del Humilladero, sitio del camino llamado después de las Virgenes, porque allí fueron asesinadas o del Aulladero tomado de los descompasados gritos que daban sus perseguidores al tratar de darles alcance…”

En 1906, el citado Presbítero Don Manuel Varela y Escobar, escribe: “…La princesa Florentina había renunciado a las grandezas mundanales y fundado en esta Ciudad con sus copiosas rentas el Monasterio de religiosas del orden benedictino, distante un kilómetro de la población. A él se retiró esta Señora, siendo muy respetada de todas sus monjas, como abadesa, no menos querida como madre y hasta venerada como santa, exaltación que alcanzó después de su muerte acaecida en dicho Monasterio (671)

En el propio monasterio a que se refiere Varela, se colocaron tres inscripciones con referencia a dicha Santa, inscripciones que el propio Yepes detalla en su libro y que fueron como consecuencia de la visita que, al citado monasterio, hizo el rey Felipe II, el día 2 de Mayo de 1570 a su paso por Ecija, cuando se dirigía a Sevilla procedente de Córdoba, visita, que hizo a petición de Fray Rodrigo de Yepes. Dichas inscripciones escritas en latín, en castellano dicen:

“Primera Inscripción: Haber habitado en esta casa ahora novecientos años, Florentina, virgen, hermana de los santos obispos Fulgencio, Leandro, Isidoro; siendo aquí abadesa de monjas, pruébalo constantemente la común tradición de la ciudad Astigitana.

Segunda Inscripción: Que todos los Reyes de España traigan su origen de Sta. Florentina virgen y de sus hermanos los santos obispos, por su hermana Theodosia, mujer del Rey Leovigildo, y que se haya conservado su linaje de la sangre famosa de los Godos en ochenta generaciones, la verdad de las historias lo manifiesta.

Tercera Inscripción: Conforme a esto, la Virgen Real y Religiosísima Florentina, al Rey Don Felipe Religiosísimo de las Españas, que viene a visitar su antigua morada y entra en ella, le recibe y abraza con gran voluntad y alegre rostro, como a hijo carísimo y predilecto”.

El ecijano Nogueras Rosado, contemporáneo, en el año de 1982, también dejó la huella floreada de su pluma literaria en loa a Santa Florentina y de ella escribió:

“Florentina era la segunda hija de una noble familia originaria de Cartagena, que había tenido cinco hijos, y cuatro alcanzaron la santidad: San Leandro, Santa Florentina, San Fulgencio y San Isidoro. Juliano no dice al respecto: Santa Florentina nascitur Cartagine anno DXLV”. Esta santa que, al decir de los historiadores, era una bellísima doncella, guiada por las virtudes de su hermano mayor Leandro, retiróse en plena juventud a un monasterio de la orden de San Benito, en Ecija, fundación suya propia, como lo afirma el breviario de la misma Orden. Allí se encerró en compañía de unas cuantas jovencitas, siendo el ejemplo de su vida tan convincente que arrastro a otras muchas a seguir su profesión. Y fueron tantas que su número pasó de trescientas, convirtiéndose el monasterio en el mas insigne y celebre de aquel tiempo. Voló tanto la fama de esta santa fundadora, que llego a gobernar hasta cuarenta conventos con mas de mil religiosas en ellos; queriéndolas todas como a madre, respetándola como a superiora y venerándola como a santa.

El monasterio donde Santa Florentina vivió en Ecija, fue el celebre santuario de Nuestra Señora del Valle, asolado durante la invasión árabe, y reconstruido después por los monjes de San Jerónimo, convirtiéndose en 1485 en un fabuloso y maravilloso monasterio, donde recibió culto la imagen de la Virgen del Valle, patrona de la ciudad, hasta 1835 en que por nueva ruina del monasterio, fue trasladada definitivamente a la Iglesia Mayor de Santa Cruz. A la muerte de Santa Florentina en el año 633 y ochenta y ocho de vida en este mundo, su cuerpo fue enterrado en dicho monasterio del Valle, pero con la dominación árabe fue trasladado, junto con el de su hermano San Fulgencio, Obispo de Ecija, a Berzocana (Cáceres), en cuya iglesia parroquial se guardan sus reliquias. Llegó el año 711. Tarik-ben-seyad, caudillo berberisco, tras su triunfal desembarco en la península, avanza por e sur de España en persecución de los cristiano, hasta llegar a Ecija. Aquí sus habitantes, junto con el resto del ejercito de Don Rodrigo, le hicieron frente en las afueras de la población, al lado de un manantial, desarrollándose tan sangrienta batalla que las aguas corrieron rojas de sangre, por lo que desde entonces se conoce aquel lugar con el nombre de la “la fuente de los cristianos”.

Aunque fueron los musulmanes los triunfadores en tan cruenta batalla, los estragos en sus filas también fueron cuantiosos. Era el primer enfrentamiento serio y difícil tenido en su triunfal marcha. Ello hizo que su furia creciera en tal manera que decidieron arrasar tierras, casas, y posesiones a las afueras del recinto amurallado, en donde nuevamente los ecijanos se habían hecho fuertes, aunque la falta de hombres les hiciera colocar en las almenas muchas de las estatuas que, de procedencia romana, aun había en la ciudad al objeto de intimidar a los árabes. El monasterio del Valle, residencia de las monjas de Santa Florentina, se encontraba asentado en la ribera occidental del río Genil.

A media milla de las murallas de la ciudad, y por tanto en inminente peligro en aquel desamparado valle. La descompuesta soldadesca sarracena, enterada de la existencia de esta comunidad de mujeres, sin protección militar alguna, deciden asaltar el convento y dar en el rienda suelta a sus apetitos carnales, pues era fama la juventud y belleza de las monjas de la congregación.

Milagrosamente enterada la abadesa de las pretensiones de los moros, llama a capítulo a sus hermanas que reunidas ante la tumba de Santa Florentina, muerta hacia ya setenta y ocho años, les expone el peligro que corren en su honestidad, ante la violencia y barbarie de aquellas gentes. La madre abadesa en una breve pero elocuente plática, les habla del compromiso que todas habían contraído con Dios el día que entraron a formar parte de la comunidad en aquel santo monasterio.

Y para probar sus vocaciones, el Señor les obligaba ahora a elegir entre la traición o la valentía. También contaba el miedo, miedo que el mismo Cristo quiso vivir en el Huerto de los Olivos y que superó por su confianza en el padre al que libremente ofrece su sacrificio, como un acto heroico para la salvación de los hombres. Les recordó lo que decía el libro “Sobre la institución de las vírgenes y el desprecio del mundo” que, como las reglas de la santa madre Florentina, escribió para ellas su hermano Leandro. Les habló, por fin, de la pureza y de la belleza espiritual que es la única que vale ante Dios, y terminó con esta frase: “mas vale vivir sin cara que sin alma”. Tras una corta deliberación, acordaron entre si de afear sus rostros de manera que no solo fuesen incentivo de su apetito carnal, sino mas aún lo apagasen del todo y se les hiciese aborrecibles. Unas a otras fueron dándose cortes en el rostro, sin oírse siquiera la mas mínima lamentación. (Ejemplo que siguieron después y por el mismo motivo, las siete doncellas de Simancas).

Aquella mañana en el convento, solo se oía el exquisito canto matinal del oficio de laúdes, tras el cual la madre abadesa, con voz entrecortada por la emoción al ver aquellas caras desfiguradas dijo: “Supone una gran responsabilidad para todas nosotras demostrar valor y entereza, dando así un alto ejemplo de serenidad, pues pase lo que pase será la voluntad de Dios y Él nos ama sobre todas las cosas.” Cuando al fin llegaron las moriscas huestes, quedaron sorprendidos ante el espectáculo de unos rostros cuajados de heridas sangrantes. Su enojo fue tal y su enfado tan irritante al verse burlados, que decidieron pasarlas a cuchillo. Ante el sorprendente peligro, corrieron las monjas despavoridas para alcanzar las murallas de la ciudad y obtener protección allí. Pero en el camino, una a una, fueron degolladas. La mas joven, una novicia recién ingresada en la orden, pudo adelantarse y llegar hasta la puerta de Palma, manchando con su sangre una de las columnas de la portada, antes de caer mortalmente herida y subir al cielo con su doble corona de virgen y mártir, al igual que todas sus hermanas.

Andando el tiempo, la columna, como un homenaje a aquellas mártires, fue colocada en la Ermita del Humilladero, sitio del camino llamado de “las Vírgenes”, porque allí fueron asesinadas, cruzado por el arroyo del “Ahulladero”, nombre este tomado de los descompasados alaridos que daban los perseguidores árabes. En confirmación de este suceso, en 1624 escribió así fray Rodrigo de Yepes, de la orden de San Jerónimo, religioso morador del Monasterio del Valle, tras su reconstrucción: “Todos los que ahora viven se destetaron oyendo la devoción a Nuestra Señora del Valle y de su santa imagen, y de haber vivido aquí Santa Florentina y las santas vírgenes de su monasterio. Y las abuelas decían a sus nietos que tuvieran devoción en el camino del Valle, que se dice el camino de las Vírgenes o del Ahulladero; por que todo él, desde la iglesia mayor de Santa Cruz hasta el Monasterio, está regado de sangre de las doncellas santas que martirizaron los infieles arrianos. Y a la Puerta de Palma de esta ciudad, están unos mármoles que se dice se regaron con la sangre de estas santas doncellas, cuando desde el monasterio las iban martirizando las infieles.

En confirmación de esto hay memoria en esta ciudad de una devota mujer, que se decía Maria Alonso, y ahora viven los que la conocieron., la cual afirmaba que una mañana antes del amanecer, que solía venir ella al monasterio cada día, le apareció una procesión de las vírgenes con candelas encendidas, le dieron una de ellas, la cual guardó para la hora de su muerte. Por reverencia de estas cosas y devoción de esta gran santa, muchas personas vienen gran parte del camino desde la ciudad descalzas, y otras las rodillas por tierra, hasta ver con sus ojos la santa imagen de la Madre de Dios, y el lugar donde vivió la virgen Florentina, con la compañía de las doncellas mártires de Cristo, y su capilla y sepultura. Hablo de esto no solo por la relación de otros, sino como testigo de vista en dos años que residí en aquel santo monasterio”. Y cuenta la tradición popular que aplicando el oído a la columna de la ermita del Humilladero, se oye como un fluir de sangre a borbotones. Y también es fama el oír sonido de campanas debajo de la tierra, donde se dice estuvo el monasterio de monjas de Santa Florentina. Lo que si nos cuenta Fray Jaime Bleda en el lib. VII, cap. II, es: “que las monjas de Santa Florentina de Ecija, fueron las que primero padecieron el martirio, luego en la primera invasión de los moros, cuando fue tomada aquella ciudad”.

Por último diremos que no hay exactitud de las publicaciones aportadas, respecto del año concreto que falleciera Santa Florentina. Unos escriben que falleció en el año 633 cuando contaba ochenta y ocho años de edad, otros en el 636 y algunos señalan que murió en Ecija el 23 de Febrero del año 620 a la edad de sesenta años.

Ermita del Humilladero. En su interior se encuentra la columna a que se ha hecho referencia anteriormente.
Foto: Juan N. Díaz Custodio.- Año 1920.