REEDICION DE LA HISTORIA DE LA GLORIOSA VIRGEN SANTA FLORENTINA
POR D. RAMON FREIRE GALVEZ – 2008

MOTIVACION

Como continuación de la idea que me propuse en el año de 2001 cuando reedité, con algunas actualizaciones, el libro que, sobre Ecija, escribió el jesuita, Padre Martín de Roa, titulado “Ecija, sus santos y sus antigüedades, eclesiástica y seglar”, fechado en el año de 1629, cuya obra ha venido sirviendo, desde su publicación, como base y fundamento para conocer la historia sobre nuestra ciudad astigitana y de cuya fuente literaria, han y hemos bebido muchos autores posteriores, solamente hacía seguir con la brillante idea que tuvo el impresor ecijano Juan de los Reyes Sotomayor, que no era otra que dar a conocer las publicaciones que, desde el siglo XVI, se habían realizado respecto de la historia de Ecija, ya fuera directamente sobre la propia Ciudad o de aquellas, que versando sobre otros temas, contenían referencias sobre esta Ciudad, desde su fundación, hasta la fecha en que veían la luz dichas publicaciones.

Juan de los Reyes, en su propia imprenta, sito en Ecija, calle San Francisco nº 20, reeditó en 1890 la obra de Martín de Roa, así como posteriormente la que escribió el Licenciado Andrés Florindo en el año de 1632, titulada: “Grandezas de Écija, adicción al libro Écija y sus Santos”, que era, como su propio nombre indica, una adición al libro de Martín de Roa escrito tres años antes por este.

En el libro de Martín de Roa, concretamente en el CAPITULO VI, titulado: “DE SANTA FLORENTINA, VIRGEN, HERMANA DE SAN FULGENCIO, FUNDADORA DEL CONVENTO DE VÍRGENES QUE HUBO EN EL VALLE DE ÉCIJA, Y DE OTROS MUCHOS EN ANDALUCÍA”, se hace referencia al monje de la Orden de los Jerónimos Padre Fray Rodrigo de Yepes (que como tal ejerció en el Monasterio del Valle) como autor de la obra: “Historia de Santa Florentina”, publicada en el año de 1584, y teniendo noticias de que también el impresor Juan de los Reyes, había reeditado dicha publicación en el año de 1898, quizás por ser la primera en la que, con independencia del personaje principal de la obra, cual es Santa Florentina, se escribía sobre otros extremos de interés, entre ellos los relacionados con Ecija, intenté por todos los medios conseguir un ejemplar, puesto que estaba seguro que en dicha obra, como digo anteriormente, no sólo se había escrito sobre Santa Florentina, sino que también contendría datos que serían muy interesantes para seguir conociendo la historia de Ecija, toda vez que en aquellos religiosos, tal como demostraba la obra del Padre Martín de Roa, existía una idea paralela de contar a las generaciones futuras lo que estaban viviendo y lo que habían conocido a través de otros escritos anteriores y de la propia leyenda oral que hasta ello les había llegado.

Y una vez más, mi amigo, el ecijano José Antonio García Prieto, conociendo y compartiendo mi interés sobre la historia astigitana, en las Pascuas del año 2004, me regaló debidamente encuadernado y en magnífico estado, un ejemplar de la “Historia de Santa Florentina” que, como decía anteriormente, el impresor Juan de los Reyes, había reeditado en 1898, sacada literalmente del original publicado por Fray Rodrigo de Yepes en el año de 1584.

Cuando llegó a mi poder, tardé menos de una semana en leerme completamente tan interesante obra y desde entonces me sentí obligado a realizar su reedición, porque siempre pienso que, como yo, serán muchos los ecijanos y no ecijanos, interesados en conocer lo que se escribió, no sólo sobre la historia astigitana, sino sobre la propia historia española, porque ello así resulta de la que yo creo muy interesante publicación que, con los escritos encontrados posteriores al año de 1584, fecha en la que se escribe dicha obra, hemos intentado actualizarla un poco para que sirva de orientación al lector, sobre algún extremo o hecho determinado.

Antes de entrar a encuadrar, dentro de los tres vértices del triángulo donde se asienta dicha publicación, a los personajes que hicieron posible la misma, como creo a mi entender que son: El impresor Juan de los Reyes Sotomayor, la propia Orden de los Jerónimos a la que pertenecía el autor Fray Rodrigo de Yepes y sobre este mismo, así como la figura estelar a la que está dedicada dicha publicación, como fue Santa Florentina, no puedo dejar de escribir, como detalle anecdótico, la idea ilusionada del impresor en hacer llegar a sus conciudadanos y por qué no, a las generaciones futuras, la reedición de las publicaciones anteriores, junto con la del “Bosquejo Histórico de la Ciudad de Ecija” , como se deduce de la pequeña nota recordatoria de dichas ediciones que, al final de la reedición de la “Historia de Santa Florentina” que nos ocupa, inserta en la última página de las llamadas de respeto, ofreciendo una “rebaja”, a quien adquiriera las cuatro publicaciones que, hasta dicho año de 1898, había editado en su imprenta y que, textualmente dice así:

“Este libro hállase de venta, al precio de tres pesetas cada ejemplar, en la Imprenta REYES, San Francisco 12, Ecija.

En el mismo establecimiento hay de venta los siguientes libros:

Ecija, sus Santos y su antigüedad eclesiástica y seglar”; obra escrita y publicada por el P. Martín de Roa en 1629 y reimpresa en 1890. Un tomo en 4ª, rústica, 6 pesetas.

Grandezas de Ecija.- ADICION al libro Ecija y sus Santos; escrita y publicada por el Licenciado Andrés Florindo en 1631 y reimpresa en 1895. En tomo en 4ª, rústica, 5 ptas.

Bosquejo histórico de la Ciudad de Ecija, escrito y publicado por los Sres. D. Manuel Varela y Escobar y D. Antonio T. Martel y Torres. Un tomo en 8ª rústica, 3 pesetas.

Nota.- Adquiriendo las cuatro obras a la vez, se darán con rebaja de 4,50 pesetas en el total de su importe.”

Por último, expresar mi agradecimiento sincero al Arcipreste de Ecija, Reverendo Don Luis Joaquín Rebolo González, Párroco actual de la Iglesia Mayor de Santiago de esta Ciudad, de quien solicité el prólogo de esta nueva reedición y que, no sólo aceptó gustosamente, sino que con su verbo fácil y comprensivo, no exento de calidad literaria, ha enriquecido no mi aportación, sino el de la propia obra reeditada en sí.

Igualmente, conste también mi gratitud, una vez más, a los patrocinadores de esta publicación, quienes siempre acuden, de forma altruista, a la petición que, en todo lo relacionado con publicaciones sobre Ecija, les hago, pudiendo, gracias a los mismos, que a los lectores interesados en ellas, les sea más fácil acceder a las mismas.

EL AUTOR

INTRODUCCION

Decía anteriormente en la motivación, que los tres vértices del triángulo que creo forma la obra “Historia de Santa Florentina”, están ocupados por el propio impresor Juan de los Reyes Sotomayor, la Orden de los Jerónimos a la que pertenecía el autor Padre Fray Rodrigo de Yepes, este mismo junto con el Monasterio de la Virgen del Valle conocido en el siglo XVI por el de “Los Jerónimos” y la propia Santa Florentina de la que trata dicha publicación, por lo que me siento en la obligación de aportar algunos datos sobre todo ello, para que cuando lleguemos a la lectura de la propia obra en sí, nos resulte más comprensible y nos vaya introduciendo en el contenido de la misma.

JUAN DE LOS REYES SOTOMAYOR

El impresor Juan de los Reyes Sotomayor, que en 1898, año de reedición de la “Historia de Santa Florentina”, tenía imprenta abierta en la calle San Francisco nº 12 de Ecija, nació en esta Ciudad, el día 30 de mayo de 1.853, en calle La Calzada nº 20, fue hijo de D. Mariano de los Reyes y de Dª Dolores Sotomayor, estuvo casado con Dª Pilar Rodríguez Silva y tuvo siete hijos, llamados Edmundo, Eladio, Enrique, Edelmira, Ernesto, Emilia y Esperanza.

En el año de 1875, adquiere a Don Pedro Olmedo la imprenta citada, que, en principio, estaba situada en la calle Zapatería (hoy Más y Prat) y posteriormente en san Francisco nº 12. Verdadero maestro en el arte de la tipografía, colaboró con los escritores de la época, manteniendo una rivalidad con su contemporáneo y escritor Manuel Ostos y Ostos (cronista oficial de la Ciudad). En su imprenta tenían lugar reuniones de los intelectuales ecijanos de la fecha. Además de impresor, fue igualmente director de la publicación local “La Opinión Astigitana”. Redactó la mayor parte del libro “Bosquejo histórico de la ciudad de Écija” (1.892) y preparó los “Apuntes bibliográficos de la imprenta de Écija”, que dejó comenzado Ostos y Ostos.

No deja ser curioso, como todos los nombres de sus hijos comienzan por la letra E, que es la misma por la que comienzan España y Ecija, nación y ciudad de las que siempre se mostró orgulloso y defendió el Sr. De los Reyes Sotomayor.

Su fallecimiento se produjo en Ecija, el día 28 de Diciembre de 1939, a la edad de 86 años, teniendo su domicilio a la citada fecha en la calle Carreras nº 62 de Ecija. Su fallecimiento se produjo, según el certificado médico adjuntado para la inscripción de su defunción, como consecuencia de “anemia”.

A la fecha de su óbito, en estado de casado con la citada Doña Pilar Rodríguez Silva, dejó tres hijos, llamados Esperanza, Ernesto y Emilia.

Por acuerdo plenario del Excmo. Ayuntamiento de Ecija, de 29 de Septiembre de 1995, en reconocimiento a su labor, se acordó rotular una calle de nueva formación con el nombre de “Impresor Juan de los Reyes”.

DE LA ORDEN DE LOS JERONIMOS

De la bibliografía que aportamos, entre otras, propia de la orden que nos ocupa, diremos que San Jerónimo (se celebra su fiesta el 30 de Septiembre), es uno de los cuatro doctores originales de la iglesia latina, padre de las ciencias bíblicas y traductor de la biblia al latín, fue presbítero, hombre de vida ascética y eminente literato (años 343-420).

JERÓNIMO (Eusebius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma. En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde. Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años) y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, “teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos”. Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios. En el año de 370, Jerónimo se estableció temporalmente en Aquilea donde el obispo, San Valeriano, se había atraído a tantos elementos valiosos, que su clero era famoso en toda la Iglesia de occidente. Jerónimo tuvo amistad con varios de aquellos clérigos, cuyos nombres aparecen en sus escritos.

Entre ellos se encontraba San Cromacio, el sacerdote que sucedió a Valeriano en la sede episcopal, sus dos hermanos, los diáconos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y su sobrino Nepotiano y, sobre todo, se hallaba ahí Rufino, el que fue, primero, amigo del alma de Jerónimo y, luego, su encarnizado opositor. Ya para entonces, Rufino provocaba contradicciones y violentas discusiones, con lo cual comenzaba a crearse enemigos. Al cabo de dos años, algún conflicto, sin duda más grave que los otros, disolvió al grupo de amigos, y Jerónimo decidió retirarse a alguna comarca lejana ya que Bonoso, el que había sido compañero suyo de estudios y de viajes desde la infancia, se fue a vivir en una isla desierta del Adriático. Jerónimo, por su parte, había conocido en Aquilea a Evagrio, un sacerdote de Antioquía con merecida fama de ciencia y virtud, quien despertó el interés del joven por el oriente, y hacia allá partió con sus amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, éste último había sido esclavo de Santa Melania. Jerónimo llegó a Antioquía en 374 y ahí permaneció durante cierto tiempo. Inocencio e Hylas fueron atacados por una grave enfermedad y los dos murieron; Jerónimo también estuvo enfermo, pero sanó. En una de sus cartas a Santa Eustoquio le cuenta que en el delirio de su fiebre tuvo un sueño en el que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado. Al preguntársele quién era, repuso que un cristiano. “¡Mientes!”, le replicaron. “Tú eres un ciceroniano, puesto que donde tienes tu tesoro está también tu corazón”. Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su espíritu y su encuentro con San Maleo, cuya extraña historia se relata en esta obra en la fecha del 21 de octubre, ahondó todavía más el sentimiento. Como consecuencia de aquellas emociones, Jerónimo se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma. Ahí soportó grandes sufrimientos a causa de los quebrantos de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales. En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto, escribió años más tarde a Santa Eustoquio, “quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma … En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas.

Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma”. De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular, monótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginación desatada. Se propuso aprender el hebreo. “Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos”, dijo en una carta fechada en el año 411 y dirigida al monje Rústico, “como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido judío, a fin de que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, de las juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicerón, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio, pasé a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas. ¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios”. No obstante su tenaz aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto se daba tiempo para releer a los clásicos paganos. Por aquel entonces, la Iglesia de Antioquía sufría perturbaciones a causa de las disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de Calquis también tomaron partido en aquellas disensiones e insistían en que Jerónimo hiciese lo propio y se pronunciase sobre los asuntos en discusión.

El habría preferido mantenerse al margen de las disputas, pero de todas maneras, escribió dos cartas a San Dámaso, que ocupaba la sede pontificia desde el año 366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia cuáles tendencias se inclinaba. En la primera de sus cartas dice: “Estoy unido en comunión con vuestra santidad, o sea con la silla de Pedro; yo sé que, sobre esa piedra, está construida la Iglesia y quien coma al Cordero fuera de esa santa casa, es un profano. El que no esté dentro del arca, perecerá en el diluvio. No conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extraño para mí. Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no está con Cristo, pertenece al anticristo… Ordenadme, si tenéis a bien, lo que yo debo hacer”. Como Jerónimo no recibiese pronto una respuesta, envió una segunda carta sobre el mismo asunto. No conocemos la contestación de San Dámaso, pero es cosa cierta que el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de Antioquía y que Jerónimo recibió la ordenación sacerdotal de manos del Pontífice, cuando al fin se decidió a abandonar el desierto de Calquis. El no deseaba la ordenación (nunca celebró el santo sacrificio) y, si consintió en recibirla, fue bajo la condición de que no estaba obligado a servir a tal o cual iglesia con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones le llamaban a la vida monástica de reclusión. Poco después de recibir las órdenes, se trasladó a Constantinopla a fin de estudiar las Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nazianceno. En muchas partes de sus escritos Jerónimo se refiere con evidente satisfacción y gratitud a aquel período en que tuvo el honor de que tan gran maestro le explicase la divina palabra. En el año de 382, San Gregorio abandonó Constantinopla, y Jerónimo regresó a Roma, junto con Paulino de Antioquía y San Epifanio, para tomar parte en el concilio convocado por San Dámaso a fin de discutir el cisma de Antioquía. Al término de la asamblea, el Papa lo detuvo en Roma y lo empleó como a su secretario. A solicitud del Pontífice y de acuerdo con los textos griegos, revisó la versión latina de los Evangelios que “había sido desfigurada con transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras descuidadas”.

Al mismo tiempo, hizo la primera revisión al salterio en latín. Al mismo tiempo que desarrollaba aquellas actividades oficiales, alentaba y dirigía el extraordinario florecimiento del ascetismo que tenía lugar entre las más nobles damas romanas. Entre ellas se encuentran muchos nombres famosos en la antigua cristiandad, corno el de Santa Marcela, a quien nos referimos en esta obra el 31 de enero, junto con su hermana Santa Asela y la madre de ambas, Santa Albina; Santa Léa, Santa Melania la Mayor, la primera de aquellas damas que hizo una peregrinación a Tierra Santa; Santa Fabiola (27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas, Santa Blesila y Santa Eustoquio (28 de septiembre). Pero al morir San Dámaso, en el año de 384, el secretario quedó sin protección y se encontró, de buenas a primeras, en una situación difícil. En sus dos años de actuación pública, había causado profunda impresión en Roma por su santidad personal, su ciencia y su honradez, pero precisamente por eso, se había creado antipatías entre los envidiosos, entre los paganos y gentes de mal vivir, a quienes había condenado vigorosamente y también entre las gentes sencillas y de buena voluntad, que se ofendían por las palabras duras, claras y directas del santo y por sus ingeniosos sarcasmos. Cuando hizo un escrito en defensa de la decisión de Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que súbitamente renunció al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jerónimo satirizó y criticó despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila hacía ostentación, atacó a aquellas damas “que se pintan las mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro, demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas. Son esas mujeres a las que el paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos”.

No se mostró menos áspero en sus críticas a la sociedad cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que escribió a Santa Eustoquio, donde ataca con particular fiereza a ciertos elementos del clero. “Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas … Se les tomaría por novios y no por clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas”. Después de semejante proemio, describe a cierto clérigo en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que va a engullir y usa su lengua en forma bárbara y despiadada. Jerónimo escribió a Santa Marcela en relación con cierto caballero que se suponía, erróneamente, blanco de sus ataques. “Yo me divierto en grande y me río de la fealdad de los gusanos, las lechuzas y los cocodrilos, pero él lo toma todo para sí mismo … Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podría pasar por un hombre bien parecido y sabio”.A nadie le puede extrañar que, por justificadas que fuesen sus críticas, causasen resentimientos tan sólo por la manera de expresarlas. En consecuencia, su propia reputación fue atacada con violencia y su modestia, su sencillez, su manera de caminar y de sonreír fueron, a su vez, blanco de los ataques de los demás. Ni la reconocida virtud de las nobles damas que marchaban por el camino del bien bajo su dirección, ni la forma absolutamente discreta de su comportamiento, le salvaron de las calumnias. Por toda Roma circularon las murmuraciones escandalosas respecto a las relaciones de San Jerónimo con Santa Paula.

Las cosas llegaron a tal extremo, que el santo, en el colmo de la indignación, decidió abandonar Roma y buscar algún retiro tranquilo en el oriente. Antes de partir, escribió una hermosa apología en forma de carta dirigida a Santa Asela. “Saluda a Paula y a Eustoquio, mías en Cristo, lo quiera el mundo o no lo quiera”, concluye aquella epístola. “Diles que todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en qué espíritu vivió cada uno de nosotros”. En el mes de agosto del año 385, se embarcó en Porto y, nueve meses más tarde, se reunieron con él en Antioquía, Paula, Eustoquio y las otras damas romanas que habían resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jerónimo, aquellas mujeres se establecieron en Belén y Jerusalén, pero antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandría. Gracias a la generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres, próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. El propio Jerónimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde nació el Salvador. En aquel mismo lugar estableció una escuela gratuita para niños y una hostería, “de manera que”, como dijo Santa Paula, “si José y María visitaran de nuevo Belén, habría donde hospedarlos”.

Ahí, por lo menos, transcurrieron algunos años en completa paz. “Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones… Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno, nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que, reciben sus diarias visitas. Pero no por gozar de aquella paz, podía Jerónimo quedarse callado y con los brazos cruzados cuando la verdad cristiana estaba amenazada. En Roma había escrito un libro contra Helvidio sobre la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María, ya que aquél sostenía que, después del nacimiento de Cristo, Su Madre había tenido otros hijos con José.

Este y otros errores semejantes fueron de nuevo puestos en boga por las doctrinas de un tal Joviniano. San Pamaquio, yerno de Santa Paula, lo mismo que otros hombres piadosos de Antioquía, se escandalizaron con aquellas ideas y enviaron los escritos de Joviniano a San Jerónimo y éste, como respuesta, escribió dos libros contra aquél en el año de 393. En el primero, demostraba las excelencias de la virginidad cuando se practicaba por amor a la virtud, lo que había sido negado por Joviniano, y en el segundo atacó los otros errores. Los tratados fueron escritos con el estilo recio, característico de Jerónimo, y algunas de sus expresiones les parecieron a las gentes de Roma demasiado duras y denigrantes para la dignidad del matrimonio. San Pamaquio y otros con él, se sintieron ofendidos y así se lo notificaron a Jerónimo; entonces, éste escribió la Apología a Pamaquio, conocida también corno el tercer libro contra Joviniano, en un tono que, seguramente, no dio ninguna satisfacción a sus críticos. Pocos años más tarde, Jerónimo tuvo que dedicar su atención a Vigilancio -a quien sarcásticamente llama Dormancio-, un sacerdote galo romano que desacreditaba el celibato y condenaba la veneración de las reliquias hasta el grado de llamar a los que la practicaban, idólatras y adoradores de cenizas.

En su respuesta, Jerónimo le dijo: “Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron mártires de Cristo para poder adorarlo a El. Honramos a los siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su Señor”. Protestó contra las acusaciones de que la adoración a los mártires era idolatría, al demostrar que los cristianos jamás adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los santos interceden por nosotros, escribió: “Si es cierto que cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra, podían pedir por otros hombres, y con cuánta mayor eficacia podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso menos poder ahora que están con Jesucristo?” Defendió el estado monástico y dijo que, al huir de las ocasiones y los peligros, un monje busca su seguridad porque desconfía de su propia debilidad y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta junto a una serpiente. Con frecuencia se refiere Jerónimo a los santos que interceden por nosotros en el cielo.

A Heliodoro lo comprometió a rezar por él cuando estuviese en la gloria y a Santa Paula le dijo, en ocasión de la muerte de su hija Blesila: “Ahora eleva preces ante el Señor por ti y obtiene para mí el perdón de mis culpas”.Del año 395 al 400, San Jerónimo hizo la guerra a la doctrina de Orígenes y, desgraciadamente, en el curso de la lucha, se rompió su amistad de veinticinco años con Rufino. Tiempo atrás le había escrito a éste la declaración de que “una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera”, lo mismo que, mil doscientos años más tarde, diría Shakespeare de esta manera:

… Love is not love which
alters when its alteration
finds or bends with the
remover to remove.

(No es amor el amor que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro).


LA ORDEN JERÓNIMA

E l padre y fundamento de este linaje espiritual es San Jerónimo. Una de las personalidades más enérgicas, de los genios más poderosos y de los corazones más magnánimos que Dios haya creado para su gloria. Él fue un gran enamorado de Cristo y puso todo su empeño en conocerle más y en imitarle mejor. De aquí sus dos grandes ideales: la Sagrada Escritura y la vida monástica. Con este anhelo entre manos, vive unos pocos años en el desierto de Calcis y, después de otras andaduras, se retira a Belén, donde funda un monasterio en el que se dedica a las alabanzas divinas, a escudriñar la Palabra de Dios y a la penitencia.

Allí acabó sus días en el año 419 0 420. Pero su espíritu persiste en el tiempo por su fama de santidad y por sus escritos, medios de que se sirvió la Providencia para que durante el siglo XIV diversos grupos de hombres, en España y en Italia, con deseos de vida perfecta, inspirándose en la vida y enseñanzas del santo, intentaran vivir su carisma bajo distintos aspectos, dando origen a otros tantos institutos de vida consagrada. Nos situamos, pues, en el siglo XIV español. Un siglo decadente bajo todos los aspectos, también el religioso y eclesial. Pero suenan gritos de reforma. Y aquí es donde hay que colocar los orígenes de la Orden de San Jerónimo, que es uno de los primeros frutos de esa reforma deseada. Diseminados por distintos puntos de la geografía ibérica surgen grupos de ermitaños que profesan especial devoción y tienen un gran deseo de imitar a aquel santo y docto varón. Estos ermitaños, entre los que destacan Pedro Fernández Pecha y Fernando Yáñez de Figueroa, después de varios años de vida eremítica, consideran que sería más provechoso atarse con los vínculos de alguna regla aprobada y deciden abrazar la vida cenobítica.

Gregorio XI les concede esta gracia el 18 de octubre de 1373, les otorga la Regla de san Agustín, les permite que puedan hacer constituciones propias y que se llamen hermanos o ermitaños de San Jerónimo. Desde entonces comienza la evolución por constituir en monacato regular lo que tan espontáneamente nacía al soplo del Espíritu santo. Ya en 1415, fecha de la unión de la Orden, pueden contarse veinticinco monasterios. Siguen las fundaciones, principalmente en el siglo XVI, hasta llegar a 48 monasterios cuando llega la revolución liberal del siglo XIX, habitados entonces por unos mil monjes, que se ven obligados a abandonar para siempre sus monasterios. La suerte de estas casas fue muy diversa: los más acabaron en ruinas, otros fueron rescatados por la Iglesia o entregados a otras órdenes religiosas, otros quedaron convertidos en cualquier cosa: fábrica de cerveza, cebadero de cerdos, fincas de recreo…Pero cuando todavía no habían transcurrido los cien años que el derecho eclesiástico señala para la prescripción canónica, gracias a las oraciones y a las ayudas de las monjas jerónimas, a las que no había afectado la exclaustración, en 1925 se obtiene de la Santa Sede un rescripto de restauración, y ésta comienza en el Monasterio de Santa María del Parral, en Segovia. Mas la república de 1931 y la guerra civil de 1936-1939 y dificultades de diverso género obstaculizan la marcha, hasta que puede constituirse el gobierno general en 1969.


En la actualidad existen dos comunidades, una en Santa María del Parral y otra en San Jerónimo de Yuste (Cáceres). La Orden Jerónima es una institución monástica, de tendencia puramente contemplativa, que en soledad y silencio, en asidua oración y animosa penitencia, pretende llevar a sus monjes a la unión con Dios, consciente, por otro lado, de que cuanto más intensa sea esta unión por su propia donación en la vida monástica, tanto más espléndida se hace la vida de la Iglesia y más vigorosamente se fecunda su apostolado.


En este clima, la vida del monje jerónimo se desarrolla dedicando la mañana al trabajo, medio normal para subvenir a sus necesidades, para ayudar al hermano necesitado y para mantener el equilibrio interior. La tarde la dispone para dedicarse con asiduidad a ejercicios de vida contemplativa e intelectual: oración lectura, estudio… Y en el curso del día, santificando todas las horas, la celebración cantada de la Liturgia de las Horas -las alabanzas divinas- y la Misa Conventual, primordial ocupación del jerónimo, que orienta toda su manera de vida, sus leyes y costumbres. Por otra parte, la hospitalidad es la forma más expresiva de la caridad del monje con el prójimo.

La experiencia tiene demostrada que es una forma exquisita y eficaz de apostolado. Es gratificante observar que, en medio de un mundo que introduce inquietud y disipación en el corazón del hombre, hay quienes -creyentes o no creyentes- llaman a la puerta del monasterio con el anhelo de vivir un tiempo en la soledad monástica para buscar al menos la paz interior. Por eso la caridad pastoral impone a la comunidad monástica una fraterna acogida a todo el que quiera compartir seriamente su vida, siempre que queden garantizados dentro del monasterio la soledad, el silencio y el orden.

Junto a los Jerónimos, surgen las Jerónimas. Todo un linaje de claras y virtuosas mujeres que siguen sus huellas, como en otro tiempo las santas Paula y Eustoquia siguen a Jerónimo. La cosa comienza en Toledo. Un grupo de mujeres de santa vida, entre las que destacan doña María García y doña Mayor Gómez, empiezan ejercitándose en obras de humildad y caridad y, por fin, se retiran a una casa de su propiedad para consagrar sus vida a Dios en oración y penitencia. Alma de esta floración es fray Pedro Fernández Pecha que en 1374 fundaba el Monasterio de Santa María de La Sisla en las proximidades de la ciudad. Él las atiende, las orienta y les va perfilando su modo de vida en todo semejante a la recién fundada Orden de San Jerónimo. Este primer brote dio origen al Monasterio de San Pablo de “beatas de San Jerónimo”, como se las comenzó a llamar. Se mantienen con gran fama de observancia y santidad y propagan por distintos lugares de España.

En la actualidad existen 17 monasterios, la mayoría de los cuales, a pesar de sus muchos avatares a través del tiempo, perseveran desde su fundación. Otros son de fundación reciente.


ESPIRITUALIDAD DE LA ORDEN

Llegarse a unir con Dios olvidando todo lo del suelo y cuanto no es eterno. He aquí el fin único, propio y directo de la vida monástica en la Orden de San Jerónimo. Las demás santas religiones -nos advierte el padre Sigüenza- podemos decir que se hicieron para los hombres, ésta -la de San Jerónimo y, en general, todas las órdenes monásticas- parece que sólo se hicieron para Dios; aquellas, para enseñarles la fe y penitencia a los ignorantes, ésta para desvelarse en los loores y servicio divinos.

Por eso, la vocación del monje jerónimo no se puede comprender sino desde el misterio de Dios; sólo tiene sentido para quienes Dios ocupa el lugar preeminente en su vida; no la entenderá sino el que haya penetrado, siquiera un poco, en las altas verdades acerca de la soberanía de Dios en el mundo, de las relaciones de la criatura con su Creador y en la necesidad de una redención que se hace a base de cruz.

El monje jerónimo -diremos para terminar- es un cristiano más lógico, más exigente y radical que, mientras los demás se conforman con ir paso a paso, él se decide por lanzarse a toda marcha hacia un destino idéntico para todos. ¿Cómo realiza el monje jerónimo su fin?

Tiene determinado esta Orden desde sus principios ser pequeña, humilde, escondida y recogida, llevar a sus hijos por una senda estrecha, tratando dentro de sus paredes de la salud de sus almas, ocupándose continuamente en las alabanzas divinas, recompensa de las ofensas que por otra parte se hacen: orando, cantando y llorando, servir a la Iglesia y aplacar la ira de Dios contra los pecados del mundo.

Supuestos los tres votos de CASTIDAD, POBREZA Y OBEDIENCIA, con los que el monje -a fin de que sólo Dios le llene- hace el vacío más absoluto en su corazón, con relación a todas las criaturas -personas, cosas, afectos, y aun su propia voluntad-, destaca, en primer lugar, como medio específico, el CULTO DIVINO, ya que la principal y mayor parte de la vida ordenó esta religión para el coro y alabanzas divinas: ocupación de ángeles. Del monje jerónimo podemos decir que es un ser para quien vivir es dar culto a Dios. Es así como orienta hacia Dios su persona y su propia vida. Es en esto en lo que pretende principalmente parecerse a san Jerónimo: emplearse de día y de noche en las continuas alabanzas de Dios, cantar los salmos y celebrar con singular devoción los oficios divinos. Con esto, el monje jerónimo cumple su misión de tributar todo honor y gloria a Cristo y, por medio de él, al eterno Padre. Tiene, pues, parte principalísima en el culto oficial de la Iglesia: LA LITURGIA: EUCARISTÍA Y LITURGIA DE LAS HORAS.

Algunos de los jerónimos ilustres, fueron: Fray Hernando de Talavera, confesor de Isabel La Católica y primer arzobispo de Granada. Fray José de Sigüenza, historiador, teólogo y poeta español, Fray Ambrosio de Morales, catedrático de Retórica en la Universidad de Alcalá, cronista de Castilla. Fray Antonio de Villacastín, aparejador, director de obras del Monasterio de El Escorial y Sor Juana Inés de la Cruz, poeta y dramaturga mexicana.