Cultura de Ecija

Historia de Écija – Ramón Freire Gálvez (2004)

4.- Desde la reconquista al siglo de Oro Ecijano.

Rey Fernando III
Fernando III

El 3 de Mayo de 1240 se entregó Ecija a Fernando III, cuatro años después de conquistada Córdoba, concediendo el monarca a sus moradores el mismo Fuero de aquella ciudad, que fue confirmado por su hijo Alfonso X en 1282, quien había ordenado su repartimiento y el de su término en 1263. El primer mando militar de la plaza, una vez reconquistada, se le confió a D. Nuño González de Lara, llamado “El Bueno”, con el cargo de Capitán general o Mayor de Andalucía, capitanía que tuvo su sede en Ecija por mientras fue fronteriza de Granada.

Los doscientos pobladores castellanos que figuran en el Repartimiento de Ecija, se vieron aumentados rápidamente con otros atraídos por la riqueza del suelo ecijano y pronto la Ciudad se incorpora al proceso de la Reconquista figurando sus vecinos en la batalla del Salado y en el cerco de Algeciras.

Pedro I concedió a la ciudad por su fidelidad a su persona el Fuero y privilegios que gozaba Sevilla y más tarde, en el año 1386, el rey Juan I, le otorgó el voto en Cortes. Posteriormente el rey Enrique III le concedió el título de Ciudad en el año 1404.

Durante la guerra de Granada, Ecija desempeñó un papel muy importante, siendo sede de la Corte varias veces, dándose cita en ella lo más florido de la nobleza castellana que aquí reunió sus fuerzas con aquel fin. El Convento de Santa Inés del Valle, fue sede de la Reina Isabel la Católica varias veces durante la conquista de la capital granadina, y entre las muchas mercedes que dicha reina hizo al convento, la magnifica sillería del coro, desaparecida posteriormente en un incendio y una colección de libros en pergaminos, miniados e iluminados.

A la citada guerra de Granada, Ecija aportó hombres y bastimentos de toda índole, figurando su pendón en relevantes hechos de armas, destacando, entre otros, Don Nuño González de Lara, en el que perdió la vida el caudillo moro; las célebres jornadas de Teba, Archidona y Ronda, la popular batalla del Salado, donde los ecijanos, capitaneados por Fernán González de Aguilar vencieron a las fuerzas berberiscas.

En la batalla de la Sierra del Madroño, mandaba las cuatro compañías el alcaide de Ecija D. Diego García del Castrillo. Los ecijanos intervinieron también en el asalto de Alhama y Zahara; en la batalla de Lucena y bloqueo de Baza, en la acción de Loja, así como en el sitio de Coín, donde el ecijano Don Tello González de Aguilar salvó la vida al rey Fernando V. En el sitio y toma de Granada, el ecijano Garcilaso, fue uno de los quince capitanes de frontera que ayudaron a Pérez del Pulgar a defender el pergamino del Ave María. Más adelante intervino en la sofocación del levantamiento de las Alpujarras y su actitud frente a los comuneros en la Rambla, le mereció el título de Muy Leal que une al de Muy Noble que ya tenía.

Jeronimo de Aguilar
Jeronimo de Aguilar

En la conquista del Nuevo Mundo, a la que marchan ciento cuarenta y cuatro ecijanos en distintos años, destaca Jerónimo de Aguilar, haciendo de intérprete a Hernán Cortés en la conquista de Méjico. Igualmente debe mencionarse a los intrépidos marinos Pedro Carrillo y Diego de Tártalo, que combatieron contra Barbarroja y merecieron el honor del rey Carlos I. Igualmente se distinguen los ecijanos contra la invasión de los turcos, señalándose en la batalla de Lepanto D. Diego de Henestrosa, Francisco y Pedro de Aguilar, al cual cita Cervantes en su obra titulada: Vida del Cautivo. Asimismo en los campos de Flandes se hicieron célebres los apellidos ecijanos como los Zayas, los Silva, los Henestrosa y otros.

Las anteriores y otras muchas ocasiones en que Ecija acudió en defensa del reino, fue lo que indujo al rey Felipe IV a conceder a Ecija el tratamiento de Señoría y que pudiera usar dosel en la Sala Capitular, así como tener en esta, un cuadro de María Inmaculada, en atención a ser el primer pueblo que creyó y defendió el misterio de su Concepción. El único privilegio que a lo largo de estos siglos no consiguió recuperar la Ciudad de Ecija, a pesar de haberle sido solicitado a la Corona en varias ocasiones, fue la restitución de la silla obispal que desde el año 66 correspondía a Ecija, dado que, aunque seguía designándose por la Iglesia Obispo de Ecija, no tenía su sede en ella.

Buena prueba del aprecio y estima que Ecija tuvo al noble ejercicio de las armas, fue una inscripción que se encontraba en el nº 5 de la antigua calle Caza, puesta al pie de un escudo nobiliario, orlada con un sol a un lado y una luna al otro que decía: “Ecija, mandó hacer esta Sala de armas, siendo Corregidor en ella Don Francisco de Ovando y Torres, vecino de Cáceres, año de 1597.”

Miguel de Cervantes

No podemos dejar de citar la estancia de don Miguel de Cervantes en Ecija al año de 1587, en su carácter de recaudador de ventas reales, para cobrar a D. Gutierre Laso noventa y seis fanegas y media de trigo a la tasa puesta por el proveedor de Sevilla de diez reales y medio por fanega, y por igual motivo a otros vecinos, siendo entre ellos D. Francisco Enrique de Ribera, dignidad maestre escuela de la Catedral de Sevilla. Requerido su mayordomo Damián Pérez al pago de ciento veinte fanegas de trigo, como advirtiera a Cervantes que lo embargado eran bienes de la Iglesia y de atacarlos podría seguírsele algún perjuicio espiritual, se dice que este hubo de exclamar “con la Iglesia hemos tropezado” y, en efecto, reunidos el Deán y Cabildo Hispalense, fulminaron excomunión contra Don Miguel de Cervantes, por haberse apoderado de aquel sacratísimo trigo, resolución que sirvió de gran complacencia a estos vecinos, hartos castigados ya en sus predios y posesiones. De tal acuerdo se dio cuenta a los señores del Cabildo, quienes comunicaron que ya no podía deshacerse lo hecho, por tratarse de obtener recursos para el servicio de Su Majestad en las guerra contra los infieles, razones que no debieron parecer muy atendibles cuando todavía, en Febrero de 1588, no había sido levantada a Cervantes la excomunión.

Sin perjuicio de ello, la obligada o voluntaria, solidaridad de Ecija con la Corona de Castilla, no lo fue sólo en el campo militar, sino también en el económico, colaborando en 1603 para las urgencias de la expedición a Irlanda, a satisfacción de Felipe III; en 1607 además de soldados, víveres y municiones para el socorro de las plazas de Cádiz y Gibraltar, amenazadas por la escuadra holandesa. En 1611 envió ocho mil ducados a causa de las pretensiones y turbulencias del Príncipe de Saboya; en 1614 abasteció para el socorro de las fuerzas de Larache y La Mármora con cuatro mil ducados y en 1616 otros siete mil ducados. Todo ello fue agradecido por los monarcas con la merced de corredurías, medidurías y derechos de corretaje “para que gozara estos oficios por sus propios, en atención no sólo al último servicio prestado, sino al de los anteriores y otros más.”

La nobleza tuvo una representación destacadísima en la ciudad, pudiendo competir con la de las principales capitales andaluzas; en los siglos XIV al XV figuran avecindadas en Ecija las siguientes familias; la casa de los Aguilar, en cuyos miembros recayeron con frecuencia la alcaldía y la alferecía mayores de la Ciudad y a una de cuyas ramas pertenecieron los marqueses de Peñaflor; la de Sánchez de Badajoz, de la que descendía el poeta Garcí Sánchez de Badajoz; la de los Garcilaso que tuvo vinculada mucho tiempo la alcaidía mayor de Ecija; la de los Figueroas; de la de los Castrillo, quizás la más importante familia en tiempos de los Reyes Católicos; y la de los Galindos, Aguayo, Zayas y Portocarrero.

Durante el siglo XVI y siguiente, otras familias enriquecen la nómina nobiliaria ecijana, hasta el punto de dar a la Ciudad, con sus espléndidos palacios y edificaciones, un matiz señorial muy acusado. Se pueden mencionar entre ellas las de los Cárdenas, Cabrera, Tamariz Martel, Marqueses de la Garantía y condes de Valverde; Marqueses de Alcántara, Bernuy y Benamejí, la de los Henestrosa y los Fernández de Bobadilla. En este punto es interesante destacar la carroza perteneciente al Marquesado de Alcántara, hecha por los artesanos ecijanos, y que se encuentra actualmente expuesta en el madrileño Palacio de Oriente por deseo de sus dueños.

Frente a la pujanza de la nobleza, el Concejo ecijano guardó celosamente sus privilegios, solicitando constantemente su confirmación por parte de la realeza y procurando de esta las mayores garantías contra los posibles abusos de aquella. En este sentido fueron expedidas numerosas cartas y privilegios que se conservan en el rico archivo del Concejo, siendo curiosa la documentación referente al pleito que se suscitó en el año 1414 sobre la tenencia del sello concejil, que lo retenía el alcaide y alguacil mayor Tello González de Aguilar, fallándose a favor del Concejo.

Reyes Católicos

La política de los Reyes Católicos, encaminadas a fortalecer los Concejos municipales, se refleja en diversas disposiciones; de ellas es muy interesante la carta de Doña Isabel, de 1478, en que ordenaba a Don Luis Portocarrero, conde de Palma, que entregase la alcaldía de la fortaleza de Ecija al doctor Pedro Sánchez de Frías.
La importancia que en todas las épocas históricas tuvo Ecija, es una de las mejores pruebas de la riqueza económica de la ciudad, acentuada a partir de la Reconquista por quedar la población bastión avanzado en la frontera del vecino reino musulmán de Granada, que hizo que los monarcas castellanos procurasen aumentar el número de sus vecinos, concediéndoles derechos y franquezas que forzosamente redundaron en beneficios económicos.

Con esas miras dio Alfonso X dos cartas al Concejo ecijano con ocasión de hallarse en la Ciudad el 1 de Mayo de 1282, concediendo a sus vecinos el derecho a cortar maderas en su término y a que no entrase en la ciudad vino fuera de aquél en los seis primeros meses del año. Su hijo Sancho IV le otorgó también por privilegio de 21 de Enero de 1287 el derecho de portazgo sobre cualquier mercadería y más tarde Alfonso XI le concedía el diezmo de toda la cal que se labrase en el término, para la obra de las murallas.

En otro aspecto, hablan también del desenvolvimiento de la riqueza en la Ecija de la Baja Edad Media, la autorización que, en 7 de Mayo de 1324 dio Alfonso XI a Domingo Cid, para que pudiese construir una aceña y molinos en el Genil y la escritura de cambio de unas casas-tienda de vender paños, otorgada entre el Concejo y Ferrán Márquez en 30 de Septiembre de 1393. Desde estos años contaba con el privilegio de una Feria muy importante que Felipe IV trasladó desde el 21 de Septiembre hasta el 6 de Octubre.

Pero sin duda, es la presencia de artesanos y su organización en gremios, el mejor índice del desarrollo económico e industrial de Ecija y de ello hay abundantes noticias. En el propio Repartimiento, tras la reconquista, figuran ya alfayates, alfagemes y herreros y en el Arancel de Pedro I de 2 de Octubre de 1351, aparecen mencionados y como existentes en Ecija numerosos oficios, cuales eran los de carpinteros y albañiles, zapateros, pellejeros, fundidores, orfebres, armeros, etc.

Desde el siglo XVI es copiosa la relación de gremios que existían en la Ciudad con sus ordenanzas, siendo las más antiguas de las conservadas en su Archivo municipal las de carniceros, curtidores y zapateros del año 1541; de 26 de marzo de 1575 son las ordenanzas y aranceles de la mancebía ya organizada en ésta época.

La economía ecijana se fundaba principalmente en los productos agrícolas y ganaderos, cereales, aceite, curtidurías y lanas. El trigo, la cebada y el aceite, fueron sus primeros productos del campo y con motivo de la guerra de Granada contribuyó Ecija con importantes cantidades de ellos para el abastecimiento de los ejércitos castellanos. En una estadística del año 1624 se calculó en 800.000 arrobas la cantidad de aceite recogido y en 1700, concluía el Cabildo Catedral de Sevilla la reconstrucción de su Cilla o depósito de diezmos en Ecija, capaz para 40.000 fanegas de trigo y 60.000 arrobas de aceite.

En el campo industrial la textil era quizás la más fuerte de Ecija. En el siglo XVII existían en ella diversos lavaderos de lana, cobrando la ciudad un arbitrio de un real sobre arroba de lana lavada en ellos y con destino fuera de la ciudad. En 1635 fueron lavadas 14.517 arrobas y en 1667 15.659 arrobas. Estas cifras son clara muestra del crecido número de ovejas que había en la comarca. A la misma altura se hallaba la industria de la seda y lino, como lo demuestra un acta capitular de 10 de Noviembre de 1686, donde se registran 500 telares de seda y 300 de lino. Asimismo consta una fábrica de tintes para el algodón y otra de salitre durante la centuria de 1600.

Como consecuencia de todo lo anterior y gracias a las donaciones económicas y patrimoniales, concedidas por las familias nobiliarias y pudientes de la sociedad ecijana, a cambio sobre todo de tener capillas y panteones familiares propios, desde la Reconquista hasta finales del siglo XVII, Ecija se vio poblada de numerosas edificaciones religiosas, construyéndose iglesias y conventos, convirtiéndose así en sede de diversas órdenes religiosas, como dominicos, franciscanos, mercedarios calzados y descalzos, agustinos, jesuitas, etc. fundándose durante el siglo XVI la mayoría de las Hermandades y Cofradías ecijanas, con sede en dichas Iglesias o Conventos. La amplia nómina de religiosos y religiosas que ocupaban dichas iglesias y conventos, en un número tan grande que pudiera resultar desproporcionado para quien no conozca nuestra Ciudad, queda demostrada de un censo realizado el 26 de abril de 1757, concretándose a 230 eclesiásticos seculares, 557 regulares y 389 monjas.

El patrimonio artístico, aparte del cultural y religioso que ello aportó a la Ciudad, fue numeroso, y como muestra anecdótica curiosa, citar la costumbre o norma de que, cuando una mujer ingresaba en algún Convento, donara en talla la Imagen de un Niño Jesús.

De la época que nos ocupa, datan las Iglesias de Santa Cruz, Santa María, Santiago, Santa Bárbara, San Juan y San Gil; los conventos de la Merced, La Victoria, El Carmen, San Agustín, Descalzos, La Concepción, Espíritu Santo, Santa Florentina, Santa Inés del Valle, Santa Ana, Filipensas, Marroquíes, Teresas, Monjas Blancas, algunos de los cuales perduran en nuestros días; distintas ermitas, de la que sólo queda la del Humilladero y San Antón, así como diversos Hospitales, subsistiendo el actual nombrado de San Sebastián, en el que se refundieron los distintos fundados en nuestra ciudad.

Los distintos cambios políticos producidos en España, así como el famoso terremoto de Lisboa en 1755, junto al estado ruinoso de los mismos, originaron la desaparición de algunos edificios religiosos con posterioridad al siglo XVII, lo que ha provocado el que no llegáramos a conocer algunos de ellos, y sobre todo, los que hemos conocido y conocemos, lo fuese con las grandes reformas y construcciones realizadas durante y a partir del siglo XVIII.

En la época a la que nos hemos referido, es decir desde la reconquista hasta finales del siglo XVII, Ecija dio ilustres hijos, tanto en el ámbito religioso, como militar y cultural, sin que podamos dejar de citar a Fray Pablo de Santa María, aclamado Padre de los Pobres y de quien el Duque de Alcalá trató en Roma de su beatificación; Fray Agustín de los Reyes, que después de estudiar Artes y Teología, tomó el hábito en los religiosos del Carmen, en cuya orden ocupó los cargos de Rector en los colegios de Salamanca, Sevilla y Baeza; prior de Córdoba y Granada, definidor general, dos veces de la provincia de Andalucía y fundador del Colegio de Sevilla y de los Conventos de Ecija, Aguilar, Bujalance, Jaén, Ubeda y Andújar y de quien cuenta la leyenda, que al intentarse la traslación de sus restos en la ermita de San Benito, al ahondar la fosa para hacer la exhumación del cadáver, brotó la fuente que es conocida hoy por la Fuensanta; los franciscanos Fray Antonio de Aguilar y Juan de Espinosa, ambos confesores de la familia del emperador Carlos V; Juan de Ayora, Inquisidor apostólico en los tribunales de Logroño, Cuenca y Toledo, siendo después Obispo de Oviedo y Conde de Noroña; Fray Antonio de Zayas, Obispo de Nicaragua en las Indias y Fray Alonso Vidal, Obispo de Lípari en Sicilia; Fray Francisco Delgado, catedrático y provincial denominado el Maestro de los Maestros, pues a la luz de su clara inteligencia se instruyeron las de otros tantos que ilustraron a muchos. Luis Méndez, que enseñó en Sevilla el arte de Jerónimo Carranza, ósea la esgrima, según reglas geométricas, y escribió un compendio en defensa de la doctrina y destreza de su maestro Cristóbal Granado, autor de un libro de Flebotomía, impreso en Sevilla el año de 1618.

Alonso de Cardenas
Alonso de Cardenas

Fray Juan Bermudo, célebre músico que escribió un tratado sobre La declaración de los instrumentos, dedicado al rey de Portugal Juan III, impreso en Granada en 1555 y reimpreso en Osuna el 1640. El presbítero Pablo Vallejo de Orellana que compuso el Reloj de horas canónicas para eclesiásticos en 1644.

Entre los capitanes de guerra, además de los citados anteriormente al referirnos a las batallas y actos de guerra donde intervinieron, son dignos de méritos Don Diego García de Castrillo, maestre sala de los Reyes Católicos y alcaide de Ecija, que fue el que en la toma de Granada, subió a la torre del Homenaje y fijó el real estandarte al lado del guión del Arzobispo de Toledo. Don Alonso de Cárdenas, el maestre de Santiago, de quien decía el Gran Capitán haber aprendido todo cuanto sabía siendo soldado suyo y Don Lorenzo Juárez de Figueroa, adelantado de la frontera de Ecija y maestre de la Orden de Santiago.

En el ámbito cultural, sobresale Luis Vélez de Guevara, célebre dramaturgo, autor de más de cuatrocientas comedias, entre ellas Reinar después de morir, ósea, los amores de doña Inés de Castro con don Pedro de Portugal, Cumplir dos obligaciones y Duquesa de Saboya, El Obrero de Ocaña y El Diablo Cojuelo. El inmortal Lope de Vega, en su Laurel de Apolo dedicó a Vélez de Guevara los siguientes versos:

“Ni de Ecija dejara
el florido Luis Vélez de Guevara
de ser su nuevo Apolo,
que pudo darle solo
y solo en sus escritos
con flores de conceptos inauditos,
lo que los tres que faltan,
así sus versos de oro
con blando estilo la materia esmaltan.”

D. Juan Fernández de Henestrosa escribió sobre legislación y el Mariscal de Campo Don García Ramírez de Arellano, acerca de las mejoras susceptibles en la táctica de caballería. Don Marcos Tamariz de la Escalera ostentó el alto puesto de Juez mayor de Vizcaya, y el de ministros togados los señores Don Antonio Villacreces Aguilar y el doctor Don Antonio Fernández Montiel en los tribunales de Guatemala y Charcas, respectivamente. D. Enrique Castrillo, obtuvo en 1617 el virreinato del Perú, con el cargo de capital de la compañía de lanzas.